Tipos Diversos — G.K.Chesterton / Varied Types by G.K. Chesterton

Los ensayos reunidos en Tipos diversos son pródigos en juicios y digresiones paradójicas y sorprendentes. Así, para negar el pesimismo y la depresión de Lord Byron apuntó «cuando un hombre joven puede elegir pasear solo en invierno junto a la orilla batida por el mar, cuando encuentra placer en las tormentas y las cumbres solitarias y en la melancolía sin límite de la tierra más antigua, podemos deducir con toda la certeza de la lógica que es un hombre muy joven y muy feliz». Y a cuento del arte de la sátira en el ensayo dedicado a Alexander Pope, Chesterton hizo este hallazgo genial: «Para escribir una gran sátira, para atacar a un hombre de forma que este acuse el ataque y casi llegue a admitir que es justo, es necesaria una cierta magnanimidad intelectual que reconozca los méritos del oponente además de sus defectos».
No obstante, hay dos temas que desde mi arbitrario punto de vista destacan de manera singular en Tipos diversos: la sencillez y el humor.
La teoría de la sencillez —según la cual «hay más simplicidad en el hombre que come caviar por impulso que en el hombre que come pasas y nueces por principio».

Este libro contiene 20 ensayos, 12 de los cuales ya fueron publicados en un volumen llamado DOCE TIPOS.
No me malinterpretes, todos estos ensayos son geniales y soy de la opinión de que casi cualquier cosa escrita por Chesterton es más que digna de tu tiempo.
«Observamos el surgimiento del cristianismo y lo concebimos como un aumento de la abnegación y casi del pesimismo. No se nos ocurre que la mera afirmación de que este universo furioso y contradictorio está gobernado por la justicia y la misericordia es una parte de asombroso optimismo apto para hacer cabriolas a todos los hombres «.

Un caso muy llamativo es el de las Brontë. Brontë se hallaba en la misma situación de la dama loca en una población rural. Sus excentricidades constituyen una infinita fuente de cándidas conversaciones dentro de ese círculo tan extremadamente apacible y bucólico que es el mundo literario. Los cotillas verdaderamente gloriosos de la literatura, como Mr. Augustine Birrell y Mr. Andrew Lang, jamás se cansan de recoger toda clase de escenas, anécdotas, sermones e incidentes con los que se podría hacer un museo Brontë. Han sido ellas las más personalmente discutidas de todos los autores victorianos, pero el primer plano de la biografía ha dejado unos pocos rincones oscuros en la oscura y vieja casa de Yorkshire.
Su nombre era Charlotte Brontë. Como una gigantesca y radiante figura geométrica que se despliega sobre nosotros son hoy las infinitas ramas de la gran ciudad. Hay veces en las que casi llegamos a enloquecer por la multiplicidad de sus atroces perspectivas, como si fuésemos la frenética aritmética de esa población inconcebible. Sin embargo, este pensamiento nuestro no es más que una fantasía. No hay cadenas de casas, no hay multitudes de personas. Ese diagrama colosal de calles y edificios es un mero espejismo, el sueño opiáceo de un constructor especulador. Cada uno de esos hombres está sublimemente solo y es sublimemente importante para sí mismo. Cada una de esas casas se alza justo en el centro del mundo. De entre esos millones de casas no hay una sola que no haya sido para alguien, alguna vez, el corazón de todas las cosas y el final del viaje.

Byron y el byronismo fueron algo incomparablemente más importante de lo que podamos suponer desde este punto de vista. Y su auténtico valor y significado son desde luego poco entendidos. El primero de los errores sobre Byron consiste en que haya sido tratado como un pesimista. Cierto es que él mismo se trató de ese modo, pero ningún crítico podrá alcanzar ni el más remoto conocimiento de Byron sin saber que éste poseía el peor conocimiento de sí mismo que jamás cayó en suerte a otra inteligencia humana. Y el verdadero carácter de lo que conocemos como el pesimismo de Byron es tan digno de estudio como ningún pesimismo auténtico haya podido serlo jamás.
Es peculiaridad permanente de este mundo nuestro que casi todo lo que en él ha sido ensalzado de modo entusiasta haya sido también ensalzado invariablemente en detrimento de todo lo demás.
Byron gozó de una extraordinaria popularidad, y esa popularidad puede decirse que estuvo, hasta donde alcanzan las palabras y explicaciones, fundada en su pesimismo. Fue adorado por una mayoría abrumadora, por casi cada uno de los individuos que desprecia a la mayoría de los hombres. Pero cuando acertamos a considerar la cuestión con mayor profundidad, tendemos en cierta medida a dejar de creer en la popularidad del pesimismo. La popularidad del pesimismo puro y sin adulteraciones es una auténtica rareza; casi una contradicción en los términos. Los hombres no recibirían las noticias del fracaso de la existencia o de la armoniosa hostilidad de las estrellas con más ardor o regocijo popular que si encendieran hogueras por la llegada del cólera o bailaran al ser condenados a la horca. Cuando el pesimista se hace popular nunca es por haber demostrado que no hay nada bueno, sino por demostrar que existe alguna excepción.

La teoría crítica general más extendida tanto en el nuestro como en el pasado siglo es la que da por sentado que fue muy fácil para los imitadores de Pope escribir poesía inglesa. El pareado clásico era algo al alcance de las facultades de cualquiera. Pero sería perfectamente legítimo responder pidiendo a quien quiera que lo intentara. Puede ser más fácil tener ingenio que, en el sentido más audaz y perdurable de la palabra, tener verdadera imaginación. Pero resulta incomparablemente más fácil fingir tener imaginación que fingir tener ingenio. Hay quien puede complacerse en una falsa rapsodia, pues el mérito de una rapsodia puede consistir en ser ininteligible. Pero nadie puede complacerse en un falso chiste, pues ser ininteligible supone la ruina de un chiste. Alguien puede fingir ser un poeta, pero no puede fingir ser ingenioso, como no puede fingir sacar conejos de una chistera sin haber aprendido antes a ser prestidigitador.
Pope no era tan estúpido como para tratar de presentar a Addison como un estúpido. Sabía que Addison no era un estúpido, e incluso que el propio Addison también lo sabía. Pero, en el caso de Pope, el odio se había hecho tan grande, casi diría que tan puro, que, al igual que el amor, lo iluminaba todo. Pope señaló lo que realmente estaba mal en Addison, y en colores serenos, claros y perdurables pintó el retrato de los males del temperamento literario: «No lleva, como el turco, al hermano a su trono. / Míralo con envidia y con desdén / y detesta las artes que lo han hecho ascender […] Dicta como Catón leyes senatoriales / y aguarda atento aplauso mientras ingenios / y templarios ensalzan cada frase / con estúpidos rostros fascinados».
Esta es la clase de cosas que realmente se ajusta al propósito que Pope perseguía. Está impregnada de pesadumbre y de una especie de respeto a la vez, y va dirigida directamente a un hombre.
En nuestro materialismo político actual impera la idea de que, sin necesidad de comprender su causa ni sus méritos, es posible beneficiar de manera práctica a un hombre. Pero sin comprender su causa y sus méritos, no es posible ni siquiera herirlo.

Todas las virtudes espirituales e intelectuales de Stevenson han sido en parte frustradas por una virtud adicional: la virtud de la destreza artística. Si escribiésemos con tiza sobre un muro su gran mensaje, al igual que Walt Whitman, en letras grandes y desordenadas, éste sobresaltaría a los hombres como una blasfemia. Sin embargo, él escribió sus espontáneas paradojas en un cuaderno de estilo tan fluido que todo el mundo supuso que debía tratarse de meras anotaciones de cuaderno. Padeció su versatilidad no, como suele decirse indirectamente, por no saber hacer nada demasiado bien, sino por hacerlo todo demasiado bien. Como niño, como cockney, como pirata o puritano, sus disfraces eran tan perfectos que la mayoría de la gente no fue capaz de ver al mismo hombre bajo todos ellos. Sería injusto que un hombre que sabe tocar el violín, ofrecer consejos jurídicos y limpiar botas negras de modo tolerable pudiera ser considerado un Crichton admirable y, sin embargo, si hiciera las tres cosas completamente bien, se le considerase en cada una de ellas por separado un violinista mediocre, un abogado mediocre y un limpiabotas mediocre. Esto mismo es lo que ha ocurrido en el caso de Stevenson. Si El Dr. Jekyll, El Señor de Ballantrae, El jardín de los versos de un niño, y A través de las llanuras hubieran sido por separado sólo un poco menos perfectas, todo el mundo habría percibido que cada una de estas obras formaba parte del mismo mensaje. Sin embargo, al conseguir el milagro proverbial de estar en cinco lugares al mismo tiempo, no ha hecho sino convencer a los demás de ser en realidad cinco personas diferentes. Aun así, el verdadero mensaje de Stevenson era tan sencillo como el de Mahoma, tan moral como el de Dante, tan convencido como el de Whitman y tan práctico como el de James Watt.
La idea que da coherencia a toda la variada obra de Stevenson es que la fantasía o visión de las posibilidades de las cosas era mucho más importante que los simples acontecimientos. Que una cosa era el alma de nuestra vida; la otra, el cuerpo; y de las dos, el alma era lo más preciado. El germen de todas sus historias descansa en la idea de que cada paisaje y cada trozo de escenario tienen alma y el alma es una historia. Frente al muro en ruinas de un huerto podemos saber que no lo frecuenta más que una anciana cocinera. Pero todo existe en el alma humana. Ese huerto crece en nuestra mente y contiene el templo y escenario en el que una muchacha, un poeta harapiento y un granjero loco se encuentran por un extraño azar. Stevenson representa esa concepción de que las ideas son los verdaderos acontecimientos, de que nuestras fantasías son nuestras auténticas aventuras. Pensar en una vaca con alas es esencialmente lo mismo que haber visto una. Y ésta es la razón de la enorme diversidad de sus narraciones.

Tolstoi representa la reafirmación de un terrible sentido común que caracterizó las palabras más extremas de Cristo. Es cierto que no podemos poner la otra mejilla; es cierto que no podemos dar nuestra capa al ladrón. La civilización es demasiado compleja, se vanagloria demasiado de sí misma, es demasiado sentimental. El ladrón se jactaría y nosotros nos sentiríamos avergonzados. O, dicho de otro modo, tanto el ladrón como nosotros mismos somos igualmente sentimentales. El mandamiento de Cristo es imposible, pero no disparatado; más bien es como predicar la cordura en un planeta de lunáticos. Si el mundo entero se viera de repente invadido por el sentido del humor acabaría mecánicamente cumpliendo el Sermón de la Montaña. No son los meros hechos del mundo los que entorpecen tal consumación, sino las pasiones de la vanidad, la autoafirmación y la sensibilidad patológica.
La confianza en la naturaleza humana era verdaderamente honorable y magnífica. Adoptaba la forma de un rechazo a creer en la abrumadora mayoría de los hombres, incluso cuando se proponían explicar sus motivos. Pero, aunque la mayoría de nosotros seguramente a primera vista tenderíamos a considerar esta nueva secta de cristianos algo menos escandalosa que algunas de esas conflictivas y absurdas sectas de la Reforma, incurriríamos al hacerlo en un error singular.
Sin embargo, el mayor de todos sus errores está en el simple hecho de haber dividido la enseñanza del Nuevo Testamento en cinco preceptos. Pues de ese modo ingenioso olvidaban precisamente la característica predominante de la enseñanza: su absoluta espontaneidad. El abismo que existe entre Cristo y sus exégetas modernos radica en que no tenemos ni un solo testimonio de que Él escribiera jamás una sola palabra sino en la arena. Todo es la historia de una continua y sublime conversación. Y de ella se han deducido mil preceptos anteriores a estos preceptos tolstoianos del mismo modo que vendrán otros mil después. No fue por ninguna pomposa proclamación, no fue por ninguna elaborada edición de volúmenes impresos; fue tan sólo por unas pocas espléndidas palabras espontáneas que la cruz fue alzada en el Calvario, y la tierra se abrió, y el sol se oscureció al mediodía.

Para Sir Walter Scott como para la mayoría de los hombres de su tiempo, la mujer no era un ser individual, sino una institución que en el brindis iba sólo un poco después de la Iglesia y el Rey. Sin embargo, es mucho mejor considerar la diferencia como una cualidad especial que lleva a todas esas frescas y estimulantes sacudidas de incidentes ajenas al sufrimiento y a la debilidad, a esa especie de despreocupación propia de la soltería que es casi esencial en los libros de aventuras. Con todos sus errores y todos sus triunfos, Scott representa la virilidad natural que ha de ser absorbida por el arte a menos que el arte esté llamado a ser un mero lujo estrafalario. La consideración de Scott casi podría ser un modo de medir la decadencia. Si alguna vez perdemos el contacto con este escritor tan absolutamente temerario y lleno de defectos, será la prueba de que hemos erigido a nuestro alrededor un falso cosmos, un mundo de horrible y falsa perfección que ha dejado fuera a Walter Scott con su extraño viejo mundo, tan confuso e indefendible, tan inspirador y saludable como él.

En la reverencia universal rendida a la reina, apenas si hubo en ninguna parte el menor asomo de esnobismo. El esnobismo afectó a soberanos anteriores en su condición de aristócratas más que de reyes, como cabezas de ese orden superior de los hombres que fueron casi ángeles o demonios en su admitida superioridad con respecto a las líneas comunes de conducta. Esa clase de reverencia fue siempre una maldición, pues no era posible concebir nada peor para la masa del pueblo que pensar que la moralidad por la que tenía que luchar era una moralidad inferior, impropia de una clase más altiva. Sin embargo, apenas hubo la más leve huella de este elemento patricio en la dignidad de la reina. El grado en que las clases medias y bajas llegaron a hacer propios sus problemas y preocupaciones llegó a ser casi grotesco por su familiaridad.
Tanto la realeza como la religión han sido acusadas de despreciar profundamente a la humanidad y, en la práctica, dicha acusación ha sido demasiado a menudo fundada; sin embargo, después de todo, tanto la concepción del profeta como la del rey se han formado rindiendo a la humanidad el supremo elogio de tomarlos de ella casi al azar. Esta osada idea de que un ser humano sano, conmovido por las trompetas de la confianza que se deposita en él, lograría estar a la altura de las circunstancias ha sido puesta a prueba a menudo, pero nunca con tan rotundo éxito como en el caso de nuestra fallecida reina. Sobre ella recayó la aplastante carga de una vasta y mística tradición, y aun así logró mantenerse erguida. Los heraldos la anunciaban como la ungida de Dios, y ello no parecía presuntuoso. Miles de hombres valerosos murieron gritando su nombre, y ello no parecía antinatural. Ningún simple intelecto, ningún simple éxito mundano podría, en esta época de intensa indagación, haber reivindicado esa hazaña inconmensurable; hace mucho que habríamos hecho caer a César y destronado a Napoleón. Pero estas glorias y sacrificios no parecían excesivos para celebrar una esforzada naturaleza humana, y fueron posibles porque en el corazón de nuestro Imperio no había sino una desafiante humildad. Si la reina hubiera simbolizado reivindicaciones imperiales fabulosas, todo habría parecido una pesadilla; en cambio, todo fue bien porque simbolizó, y eso nadie podría negarlo, el más humilde, el más breve y el más indestructible de los evangelios humanos: que una vez que todos los problemas y expertos en problemas han hablado, podemos seguir haciendo nuestro trabajo hasta el final del día y podemos seguir viviendo nuestra vida hasta la muerte.

Mrs. Browning y su esposo fueron más liberales que la mayoría de los liberales. La suya fue la hospitalidad del intelecto y la hospitalidad del corazón, que es la mejor definición posible del término. Nunca incurrieron en el hábito propio de los indolentes revolucionarios de suponer que el pasado era malo porque el futuro era bueno, lo que equivale a afirmar que por el hecho de que la humanidad no haya hecho nunca sino cometer errores es ahora cuando estamos enteramente en lo cierto. Browning poseía, en mayor medida que ningún otro hombre, la capacidad de comprender que todas las convenciones eran sencillamente revoluciones victoriosas. Era capaz de seguir a los lógicos medievales en cada una de sus siembras de viento y cosechas de torbellinos con todo ese entusiasmo generoso que es debido a las ideas abstractas. Era capaz de estudiar a los antiguos con la mirada joven del Renacimiento y de leer una gramática griega como un libro de poemas de amor. Este inmenso y casi desconcertante liberalismo de Browning indudablemente tuvo algún efecto sobre su esposa.
Por alguna oscura razón que es difícil alcanzar, la fe en el patriotismo en nuestros días se considera principalmente una fe en cualquier otra nación que abandona sus sentimientos patrióticos. Esta misteriosa contradicción no se da en otras pasiones. Los hombres cuyas vidas se basan fundamentalmente en la amistad simpatizan con las amistades de otros. El interés mutuo que sienten dos prometidos es proverbial, y como muchos otros proverbios también resulta fastidioso con frecuencia. Sólo en el patriotismo se considera ahora correcto suponer que el sentimiento no existe en los otros. Sin embargo, no era así para los grandes liberales de la época de Mrs. Browning. Los Browning poseían, por decirlo de algún modo, un talento espiritual para el patriotismo. Amaban Inglaterra y amaban Italia; y aun así, eran el reverso mismo del cosmopolita. Amaban ambas naciones como naciones, no como arbitrarias divisiones del globo. Habían encontrado la raíz y la esencia del patriotismo. Sabían cómo ciertas flores, pájaros y ríos entran en los molinos de la mente y salen convertidos en guerras y descubrimientos, y cómo una aventura exitosa o un crimen atroz en un continente remoto pueden arrastrar consigo el color de una ciudad italiana o el alma de una tranquila aldea de Surrey.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/29/breve-historia-de-inglaterra-g-k-chesterton/

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/31/el-napoleon-de-notting-hill-g-k-chesterton/

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/29/tipos-diversos-g-k-chesterton-varied-types-by-g-k-chesterton/

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The essays collected in Varied Types are lavish in paradoxical and surprising judgments and digressions. Thus, to deny Lord Byron’s pessimism and depression, he noted «when a young man may choose to walk alone in winter by the seashore, when he finds pleasure in storms and lonely peaks and in the boundless melancholy of the oldest land, we can deduce with all the certainty of logic that he is a very young and very happy man. And on account of the art of satire in the essay dedicated to Alexander Pope, Chesterton made this brilliant discovery: «To write a great satire, to attack a man in such a way that he accuses the attack and almost comes to admit that it is fair, a certain intellectual magnanimity is necessary that recognizes the merits of the opponent as well as his shortcomings.
However, there are two themes that from my arbitrary point of view stand out in a singular way in Different Types: simplicity and humor.
The theory of simplicity – according to which «there is more simplicity in the man who eats caviar on impulse than in the man who eats raisins and nuts on principle».

This book contains 20 essays, 12 of which were already published in a volume called TWELVE TYPES.
Don’t get me wrong–all these essays are great, and I’m of the opinion that pretty much anything written by Chesterton is more than worthy of your time.
«We look at the rise of Christianity, and conceive it as a rise of self-abnegation and almost of pessimism. It does not occur to us that the mere assertion that this raging and counfounding universe is governed by justice and mercy is a piece of staggering optimism fit to set all men capering».

A very striking case is that of the Brontë. Brontë was in the same situation as the mad lady in a rural town. Her eccentricities constitute an infinite source of candid conversations within that extremely peaceful and bucolic circle that is the literary world. The truly glorious gossips of literature, such as Mr. Augustine Birrell and Mr. Andrew Lang, never tire of collecting all sorts of scenes, anecdotes, sermons, and incidents that could make a Brontë museum. They have been the most personally discussed of all Victorian authors, but the foreground of the biography has left a few dark corners in the dark old Yorkshire house.
Her name was Charlotte Brontë. Like a gigantic and radiant geometric figure that unfolds over us today are the infinite branches of the great city. There are times when we are almost driven mad by the multiplicity of the atrocious prospects of it, as if we were the frenzied arithmetic of that inconceivable population. However, this thought of ours is nothing more than a fantasy. There are no chain houses, no crowds of people. This colossal diagram of streets and buildings is a mere mirage, the opiate dream of a speculative builder. Each of these men is sublimely lonely and sublimely important to himself. Each of those houses stands right in the center of the world. Among those millions of houses there is not a single one that has not been for someone, once, the heart of all things and the end of the journey.

Byron and Byronism were incomparably more important than we can suppose from this point of view. And its true value and meaning are certainly little understood. The first of the mistakes about Byron is that he has been treated as a pessimist. It is true that he treated himself that way, but no critic will be able to reach even the remotest knowledge of Byron without knowing that he possessed the worst knowledge of himself that ever fell to another human intelligence. And the true character of what we know as Byron’s pessimism is as worthy of study as no true pessimism has ever been.
It is a permanent peculiarity of this world of ours that almost everything that has been enthusiastically extolled in it has also been invariably extolled to the detriment of everything else.
Byron enjoyed extraordinary popularity, and that popularity may be said to have been, as far as words and explanations go, founded on his pessimism. He was worshiped by an overwhelming majority, by almost every one of the individuals who despises the majority of men. But when we do come to consider the question in greater depth, we tend to some extent to stop believing in the popularity of pessimism. The popularity of pure and unadulterated pessimism is a true rarity; almost a contradiction in terms. Men would not receive the news of the failure of existence or the harmonious hostility of the stars with more ardor or popular rejoicing than if they lit bonfires for the arrival of cholera or danced when condemned to be hanged. When the pessimist becomes popular it is never by having shown that there is nothing good, but by showing that there is an exception.

The most widespread general critical theory both in ours and in the last century is that which assumes that it was very easy for Pope imitators to write English poetry. The classic couplet was something within the reach of anyone’s faculties. But it would be perfectly legitimate to respond by asking whoever would try. It may be easier to have ingenuity than, in the boldest and most enduring sense of the word, to have true imagination. But it is incomparably easier to pretend to have imagination than to pretend to have wit. Some may indulge in a false rhapsody, for the merit of a rhapsody may be that it is unintelligible. But no one can indulge in a false joke, for being unintelligible is the ruin of a joke. Someone can pretend to be a poet, but he cannot pretend to be ingenious, as he cannot pretend to pull rabbits out of a hat without first learning how to be a conjurer.
Pope wasn’t stupid enough to try to portray Addison as stupid. He knew that Addison wasn’t stupid, and even that Addison himself knew it too. But, in Pope’s case, the hatred had grown so great, he would almost say so pure, that, like love, it illuminated everything. Pope pointed out what was really wrong with Addison, and in serene, clear, enduring colors he painted the portrait of the ills of literary temperament: ‘He does not lead, like the Turk, his brother to his throne. / Look at him with envy and disdain / and detest the arts that have made him ascend […] He dictates senatorial laws like Cato / and awaits attentive applause while wits / and Templars extol each phrase / with stupid fascinated faces ».
This is the kind of thing that really fits the purpose Pope was pursuing. It is infused with regret and a kind of respect at the same time, and it is addressed directly to a man.
In our current political materialism the idea prevails that, without having to understand its cause or its merits, it is possible to benefit a man in a practical way. But without understanding his cause and his merits, it is not possible to even hurt him.

All of Stevenson’s spiritual and intellectual virtues have been partly thwarted by an additional virtue: the virtue of artistic prowess. If we were to chalk on a wall his great message, like Walt Whitman, in large, messy letters, it would startle men like blasphemy. Yet he wrote his spontaneous paradoxes in a notebook so fluid in style that everyone assumed they must be mere notebook notations. He suffered from his versatility not, as they say indirectly, for not knowing how to do anything too well, but for doing everything too well. As a child, as a cockney, as a pirate or a Puritan, his costumes were so perfect that most people were not able to see the same man under all of them. It would be unfair if a man who knows how to play the violin, offer legal advice, and clean black boots in a tolerable way could be considered an admirable Crichton, and yet, if he did all three completely well, he would be considered in each of them separately. a mediocre violinist, a mediocre lawyer and a mediocre shoeshine. The same is what has happened in Stevenson’s case. If Dr. Jekyll, The Lord of Ballantrae, A Child’s Garden of Verse, and Across the Plains had been separately only slightly less perfect, everyone would have perceived that each of these works was part of the story. same message. However, by achieving the proverbial miracle of being in five places at the same time, he has done nothing but convince others that he is actually five different people. Still, Stevenson’s true message was as simple as Muhammad’s, as moral as Dante’s, as convinced as Whitman’s, and as practical as James Watt’s.
The idea that gives coherence to all of Stevenson’s varied work is that the fantasy or vision of the possibilities of things was much more important than simple events. That one thing was the soul of our life; the other, the body; and of the two, the soul was the most precious. The germ of all his stories rests in the idea that each landscape and each piece of scenery has a soul and the soul is a story. In front of the ruined wall of an orchard we can know that it is not frequented by more than an old cook. But everything exists in the human soul. That garden grows in our minds and contains the temple and scene in which a girl, a ragged poet and a mad farmer meet by a strange chance. Stevenson represents that conception that ideas are the real events, that our fantasies are our real adventures. Thinking of a cow with wings is essentially the same as having seen one. And this is the reason for the enormous diversity of his narratives.

Tolstoy represents the reaffirmation of a terrible common sense that characterized the most extreme words of Christ. It is true that we cannot turn the other cheek; it is true that we cannot give our cloak to the thief. Civilization is too complex, it boasts too much of itself, it is too sentimental. The thief would boast and we would feel ashamed. Or, put another way, both the thief and we ourselves are equally sentimental. Christ’s command is impossible, but not crazy; rather it is like preaching sanity on a planet of lunatics. If the whole world were suddenly invaded by humor he would end up mechanically fulfilling the Sermon on the Mount. It is not the mere facts of the world that hinder such a consummation, but the passions of vanity, self-assertion, and pathological sensitivity.
Confidence in human nature was truly honorable and magnificent. It took the form of a refusal to believe the overwhelming majority of men, even when they set out to explain their motives. But while most of us would surely at first glance tend to regard this new sect of Christians as somewhat less scandalous than some of those conflicting and absurd sects of the Reformation, we would be making a singular mistake in doing so.
However, the greatest of all his errors is in the simple fact of having divided the teaching of the New Testament into five precepts. For in this ingenious way they forgot precisely the predominant characteristic of teaching: its absolute spontaneity. The gulf that exists between Christ and his modern exegetes is that we do not have a single testimony that He ever wrote a single word but in the sand. Everything is the story of a continuous and sublime conversation. And from it a thousand precepts have been deduced prior to these Tolstoian precepts in the same way that another thousand will come later. It was not because of some pompous proclamation, it was not because of some elaborate edition of printed volumes; it was only by a few splendid spontaneous words that the cross was raised on Calvary, and the earth was opened, and the sun was darkened at noon.

For Sir Walter Scott, as for most of the men of his time, the woman was not an individual being, but an institution that in the toast came only slightly after the Church and the King. However, it is far better to regard the difference as a special quality that leads to all those fresh and exhilarating jolts of incidents other than suffering and weakness, to that kind of singleness nonchalance that is almost essential in adventure books. With all his mistakes and all his triumphs, Scott represents the natural virility to be absorbed by art unless art is called to be a mere outlandish luxury. Scott’s consideration could almost be a measure of decline. If we ever lose touch with this utterly reckless and flawed writer, it will be proof that we have erected around us a false cosmos, a world of horrible and false perfection that has left Walter Scott out with his strange old world. , as confusing and indefensible, as inspiring and healthy as he is.

In the universal reverence paid to the queen, there was hardly the slightest hint of snobbery anywhere. Snobbery affected former sovereigns as aristocrats rather than kings, as heads of that higher order of men who were almost angels or demons in their admitted superiority over common lines of conduct. That kind of reverence was always a curse, for nothing worse could be conceived for the mass of the people than to think that the morality for which they had to fight was an inferior morality, unfit for a higher class. However, there was hardly the slightest trace of this patrician element on the queen’s dignity. The degree to which the lower and middle classes came to make their problems and concerns their own became almost grotesque in their familiarity.
Both royalty and religion have been accused of profound contempt for humanity and, in practice, this accusation has been too often founded; However, after all, both the prophet’s and the king’s conceptions have been formed paying humanity the highest praise of taking them from it almost at random. This daring idea that a healthy human being, moved by the trumpets of trust placed in him, would rise to the occasion has been tested often, but never with such resounding success as in the case of our late queen. Upon her fell the crushing burden of a vast and mystical tradition, and yet she managed to stand tall. Her heralds announced her as the anointed of God, and that did not seem presumptuous. Thousands of brave men died screaming her name, and it did not seem unnatural. No mere intellect, no mere worldly success could, in this age of intense inquiry, have vindicated that immeasurable feat; long ago we would have brought down Caesar and dethroned Napoleon. But these glories and sacrifices did not seem excessive to celebrate a struggling human nature, and they were possible because at the heart of our Empire there was nothing but a defiant humility. If the queen had symbolized fabulous imperial claims, it would all have seemed like a nightmare; instead, everything went well because it symbolized, and that no one could deny, the humblest, the shortest and the most indestructible of the human gospels: that once all the problems and experts in problems have spoken, we can continue to do our work. Until the end of the day and we can continue to live our life until death.

Mrs. Browning and her husband were more liberal than most liberals. His was the hospitality of the intellect and the hospitality of the heart, which is the best possible definition of the term. They never fell into the habit of indolent revolutionaries of assuming that the past was bad because the future was good, which is to say that because humanity has never done anything but made mistakes, now we are entirely right. certain. Browning possessed, more than any other man, the ability to understand that all conventions were simply victorious revolutions. He was able to follow medieval logicians in each of their wind crops and whirlwind harvests with all that generous enthusiasm that is due to abstract ideas. He was able to study the ancients with the youthful gaze of the Renaissance and to read a Greek grammar like a book of love poems. This immense and almost bewildering liberalism of Browning undoubtedly had some effect on his wife.
For some obscure reason that is elusive, belief in patriotism in our day is considered primarily a faith in any other nation that abandons its patriotic sentiments. This mysterious contradiction does not occur in other passions. Men whose lives are primarily based on friendship sympathize with the friendships of others. The mutual interest that two fiancees feel is proverbial, and like many other proverbs it is also frequently annoying. Only in patriotism is it now considered correct to suppose that sentiment does not exist in others. However, this was not the case for the great liberals of Mrs. Browning’s day. The Browning had, so to speak, a spiritual talent for patriotism. They loved England and they loved Italy; and yet they were the very reverse of the cosmopolitan. They loved both nations as nations, not as arbitrary divisions of the globe. They had found the root and essence of patriotism. They knew how certain flowers, birds, and rivers enter the mills of the mind and turn out to be wars and discoveries, and how a successful adventure or a heinous crime on a remote continent can carry with it the color of an Italian city or the soul of one. quiet Surrey village.

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