Calomarde: El Hijo Bastardo De Las Luces — Sergio Del Molino / by Sergio Del Molino (spanish book edition)

Aquí yace Francisco Tadeo Calomarde, se lee en el único monumento que queda en España de quien una vez tuvo al país encerrado en su puño. Olvido sobre olvido, refrigerado en la nevera de lo más recóndito de la provincia de Teruel, la misma en la que nació. La tumba está resguardada del cierzo y del hielo y se puede ver siempre que el párroco tenga a bien abrir la iglesia donde se encuentra, que es un templo coqueto y casi acogedor, con bóvedas que inspiran más susurros que alabanzas divinas.
Sólo hay una calle Tadeo Calomarde en España, y está en Teruel. En el resto de España, nada. Ni tan siquiera callejones o plazuelas. Ni un pasadizo Calomarde.
Calomarde fue más cómplice útil de un criminal que instigador de crímenes. Un brazo ejecutor, el que mandaba en lo que los periodistas de hoy llamarían las cloacas del Estado. Fue, de hecho, el primer capo de esas cloacas, que él mismo inauguró —antes, casi no había ni Estado en España, como para tener cloacas—. Pese a haber amontonado tantos méritos, apenas figura como comparsa en la historia y en la literatura. Es un personaje muy secundario que, como el diablo en los títeres de cachiporra, sólo asoma la cabeza para que el público infantil lo abuchee.
Cuando se cita su nombre es para recordar que recibió el bofetón más famoso de la historia de España, en el palacio de La Granja en 1832, de la real mano de la infanta Carlota. La leyenda (apócrifa, como casi todos los momentos célebres de la historia, que no pasan de chismorreos) cuenta que el abofeteado respondió, muy digno: «Señora, manos blancas no ofenden».

Con Calomarde se abre a nuevos mundos. Después de libros con mucha autobiografía —La hora violeta, La mirada de los peces y Lo que a nadie le importa—, y de ensayos sobre el éxodo rural o taras del mapa nacional —La España vacía y Lugares fuera de sitio—, del Molino sorprende con esta mini-biografía de un personaje histórico muy desconocido y que, sin embargo, tuvo una importancia capital.
Con un índice cronológico al principio del volumen que ayuda a situar al lector en su lectura de los acontecimientos, el autor nos presenta con tu particular forma de narrar y que a mí tanto me gusta la vida y obra de Francisco Tadeo Calomarde (1773-1842). Calomarde fue un político español de los siglos XVIII y XIX, ministro de Gracia y Justicia durante el reinado de Fernando VII y, según se nos dice, dirigió la represión contra Torrijos y Mariana Pineda y sus posteriores asesinatos.
De infancia labriega y campesina, Calomarde consiguió abrirse paso de un pueblo de Teruel hasta Zaragoza, donde estudió Leyes en 1788, y de ahí a Madrid, para no volver jamás a su pueblo, no sabemos si ni siquiera para enterrar a sus padres, aunque luego no se quedaría siempre en Madrid, ni mucho menos.
Así, irá ascendiendo socialmente en una época sin becas ni ayudas del Estado. Sin embargo, como dice del Molino, “aunque no era gato, sabía caer siempre de pie”. Se casó y enseguida envió a su esposa lejos de él, manchó la honra de su suegro y de alejó de la persona más poderosa en España en ese momento: Manuel Godoy, al que llegó a conocer.
Para que suene un poco más su nombre, he de decir que Calomarde realizó la primera reforma del sistema educativo, si puede llamarse así, a partir de la cual creó escuelas de tauromaquia, fomentó la enseñanza de mucha patria y religión, eliminó contenidos como Voltaire y el ateísmo y suprimió la validez de los títulos otorgados durante la etapa liberal, por lo que muchos abogados y médicos que habían promocionado en esa época se quedaron, de repente, sin reconocimiento y sin poder ejercer.
Sin embargo, y aquí hemos de romper una lanza a su favor —la primera y la última—, Calomarde también dejó escrito por ley que todos los niños y niñas debían tener acceso a la enseñanza y a aprender a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir. Y prohibió el maltrato físico en las escuelas. Ninguna de las dos se cumplió, sin embargo, hasta bien entrado el siglo XX.
Calomarde participó en alguna que otra conspiración carlista…
Al principio del libro lo compara, de forma desfavorable, con otros ‘malvados poderosos’ de la historia como Rasputín o Hoover. Seguramente la comparación más justa, que no menciona el autor, sería con Joseph Fouché creador de las ‘cloacas del Estado’ en la Francia revolucionaria, en la época napoleónica y en la restauración posterior. También en este caso parece que la comparación le vendría grande a Calomarde por la superior talla intelectual de Fouché, pero creo que es algo que debería haber intentado el autor. Puede que realmente no haya diferencia intelectual real entre ambos personajes sino que sea el propio complejo español el que la haya creado a posteriori.
No me convence el paralelismo que hace el autor al final del libro entre Alfonso Guerra y Calomarde, en cuanto al rechazo que sufrieron por sus orígenes humildes más que por sus actos, aunque puede que tenga algo de razón.

Calomarde, a sus treinta y cinco, no estaba para bravuras ni arcabuces, pero podía servir en la retaguardia. Los hechos son de sobra conocidos. En la primavera de 1808, Napoleón fue ocupando España sibilinamente y se aprovechó de la impotencia de Carlos IV y de la estupidez infinita de Fernando VII para sacar a toda la familia real de la corte. No contaba, sin embargo, con el apego monárquico del pueblo español, que salió en Madrid el 2 de mayo a la corte. No contaba, sin embargo, con el apego monárquico del pueblo español, que salió en Madrid el 2 de mayo a suicidarse colectivamente bajo los caballos de los jenízaros. Héroes, al fin, entre los que Francisco Tadeo no se encontraba.
La siguiente noticia de su vida lo sitúa camino del sur, acompañando a todos los nobles y burgueses que se refugiaron en Cádiz y se dispusieron a inventar de nuevo España. Empeño lógico, pues de la vieja España no quedaba ya nada ni a este lado del Atlántico ni al otro.
Hay un retrato que le hizo Goya un poco después, en 1815, cuando tenía setenta y un años y estaba a punto de caer en desgracia. El cuadro muestra a Lardizábal de pie y uniformado sobre fondo neutro, sosteniendo en la mano derecha unas cartas y luciendo en el pecho la gran cruz de Isabel la Católica que le acababa de conceder el rey (probablemente, la excusa para que Goya le retratase). A su edad, parece un hombre corpulento, un vasco arquetípico (su familia procedía de Guipúzcoa y, cuando llegó a España, fue director del seminario de nobles de Vergara muchos años), un poco hosco, sin hueco para la frivolidad o la campechanía. Es el retrato de un hombre duro y seguramente implacable.
Miguel de Lardizábal ya conocía a Calomarde, pues antes de la guerra había presidido el Consejo de Indias, donde este trabajaba, pero no fue hasta Cádiz cuando se fijó en sus virtudes políticas. Lardizábal, que había abominado desde el principio de las Cortes y luchaba por frenar la empresa constitucional, vio en el labriego de Villel a un aliado muy útil para su proyecto absolutista.
Calomarde volvía a quedarse solo. No tenían buena suerte sus protectores, pero él, como buen gato, sabía caer de pie. El rey no le consideró digno de recibir el mismo castigo que Lardizábal (al fin y al cabo, no había firmado memorial alguno ni dicho esta boca es mía), pero reestructuró el gobierno y le mandó a purgar sus penas a Pamplona, bien lejos de la corte, donde se dedicó al arte de morirse del asco.
Desde aquel burgo triste pero muy afín a su sensibilidad servil, rodeado de amigos con tanto rencor como poder, Calomarde se prepararía para el asalto definitivo. El llamado sexenio absolutista (1814-1820) es una época de terror e incertidumbre que afectó a todo el país y que no propició las ambiciones políticas de nadie. Lo más inteligente, para un camaleón como Calomarde, era aguardar en silencio en la covachuela a la espera de tiempos mejores.

Calomarde, había nacido en un pueblo muy pobre de Aragón y había alcanzado una posición desde la plebeyez y el esfuerzo. Aunque él no tenía ambiciones políticas y lo fio todo a un talento inabarcable que hizo de él, tal vez, el mejor pintor de la historia. Francisco de Goya, anciano y sordo, se compró una quinta de dos plantas con un terrenito en el que plantó unos árboles y una viña. Lo adquirió y lo reformó en 1819 con el dinero que cobró de los encargos patrióticos que le habían hecho. Acababa de pintar Los fusilamientos y La carga de los mamelucos, con los que se había hecho perdonar su afrancesamiento y su connivencia con el rey José I. Allí dejará sus pinturas negras, junto a todos los monstruos y pesadillas de su razón. Fue su forma de exorcizar un tiempo bárbaro del que salió con más bien del que esperaba, pues se libró tanto de la Inquisición (que quiso condenarle por pintar la obscenidad de La maja desnuda) como de la furia servil que siempre vio en él a un artistilla liberal descarado e intratable. Sus frescos y su demencia se convirtieron en metáfora de aquellos años en que los españoles, incluso los afines al rey, como Calomarde, tuvieron que enclaustrarse para sobrevivir.

Calomarde asumió un papel político protagonista al ser nombrado secretario de la Regencia de Urgel, lo que equivalía a un puesto de primer ministro. Fue en este momento histórico cuando Benito Pérez Galdós le dedicó su primer retrato, en el episodio nacional de Los Cien Mil Hijos de San Luis, de la segunda serie: «Se llamaba don Francisco Tadeo Calomarde, y era de la mejor pasta servil que podía hallarse por aquellos tiempos. Empleado desde su tierna edad en el ministerio de Gracia y Justicia, se había criado en los cartapacios y en el papel de pleitos: los legajos fueron su cuna, y las reales cédulas, sus juguetes. Su jurisprudencia, llena de pedantería, me inspiraba aversión, y, según se decía, compró el primer destino con su mano, casándose con una muchacha muy fea, a quien dio malos tratos».
He aquí todo el mito de Calomarde, expresado en medio párrafo, empaquetado para la eternidad sin posibilidad de enmienda o matiz. Faltaban la prosopografía y la etopeya, que las leyes de la novela instaban a no demorar mucho. Dos párrafos más abajo, se lee: «Calomarde no era mal parecido ni carecía de urbanidad, aunque muy hueca y afectada, como la del que la tiene más bien aprendida que ingénita. La humildad de su origen se traslucía bastante».

Durante la década ominosa o calomardiana (1823-1833), el labriego de Villel se convirtió en un asesino que nunca usó sus propias manos para matar a nadie, pero cuyas firmas y silencios fueron la causa directa de muchos crímenes. Cuando el personaje amenaza con ponerse muy folclórico o caricaturesco, hay que invocar a todas sus víctimas para volver a tomarlo en serio.
Los gobiernos de Fernando VII sólo se parecían formalmente a lo que en el siglo xxi entendemos por un gobierno. Por supuesto, no respondían ante ningún parlamento ni ejercían un poder separado del legislativo y del judicial.
Calomarde, como jefe de la policía y responsable máximo de la represión política, era un aliado natural de este partido. Quienes frecuentaban su casa cada noche intentaban influir en el gobierno (y, por tanto, en el rey), y él les hacía creer que conspiraba con ellos. ¿Qué mal podía haber en inflar las ilusiones de esos aliados cuyo apoyo era fundamental para el sostenimiento de la monarquía? Los carruajes misteriosos, los santos y señas y el trasiego de individuos embozados en capas en la puerta del palacio del duque de Alba formaban parte de un juego al que Calomarde creía saber jugar. Toda su vida se había manejado con dobles barajas, y aquellas tertulias no hacían daño a nadie.

* En Los apostólicos, la novela donde más páginas ocupa Calomarde, Galdós escribió: «Había entrado el coche en el paseo de Atocha, cuando vieron que por este venía a pie don Tadeo Calomarde, en compañía de su inseparable sombra el colector de espolios. Paseaba grave y reposadamente, con casaca de galones, tricornio en facha, bastón de porra de oro, y una vistosa comitiva de sucios chiquillos que, admirados de tanto relumbrón, le seguían. El célebre ministro, a quien Fernando VII tiraba de las orejas, era todo vanidad y finchazón en la calle; si en Palacio adquirió gran poder fomentando los apetitos y doblegándose a las pasiones del rey, frente a frente de los pobres españoles parecía un ídolo asiático en cuyo pedestal debían cortarse las cabezas humanas como si fuesen berenjenas. A su lado iba la carroza ministerial, un armatoste del cual se puede formar idea considerando un catafalco de funeral tirado por mulas».
Galdós lo retrata en el cénit de su poder, en la década de 1820, cuando nadie en España estaba por encima de él, salvo el rey. Es, sin embargo, el retrato de un palurdo, la caricatura de un intruso. Parece que el pecado capital de Calomarde no fue su tiranía, ni su crueldad, ni su compromiso abyecto con el absolutismo.
El bofetón hipotético que recibió de la infanta Carlota fue la venganza de los de arriba, el castigo a la insolencia del lacayo que se atrevió a hablar de tú a la élite. Por eso las manos blancas no ofenden, porque Calomarde, pese a haber sido uno de los tiranos más siniestros y poderosos de la historia de España, sabía que su sitio estaba lejos del palacio, en los montes de su niñez, en el frío del dorondón y en el cierzo vespertino.

Libros del autor comentados en el blog:

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Here lies Francisco Tadeo Calomarde, one reads in the only monument left in Spain of the one who once held the country in his fist. Oblivion upon oblivion, refrigerated in the refrigerator in the most remote part of the province of Teruel, the same one in which he was born. The tomb is sheltered from the wind and ice and can be seen as long as the parish priest sees fit to open the church where it is located, which is a charming and almost welcoming temple, with vaults that inspire more whispers than divine praise.
There is only one Tadeo Calomarde street in Spain, and it is in Teruel. In the rest of Spain, nothing. Not even alleys or squares. Not a Calomarde passage.
Calomarde was more useful accomplice of a criminal than instigator of crimes. An executive arm, the one he commanded in what today’s journalists would call the sewers of the State. He was, in fact, the first capo of those sewers, which he himself inaugurated – before, there was hardly even a State in Spain to have sewers. Despite having accumulated so many merits, he hardly figures as a comparsa in history and literature. He is a very secondary character who, like the devil in blackjack puppets, only sticks his head out to be booed by the child audience.
When his name is cited, it is to remember that he received the most famous slap in the history of Spain, in the palace of La Granja in 1832, by the royal hand of the Infanta Carlota. The legend (apocryphal, like almost all famous moments in history, which do not go beyond gossip) tells that the slap responded, very dignified: «Ma’am, white hands do not offend».

With Calomarde you open up to new worlds. After books with a lot of autobiography —The Violet Hour, The Fish Look and What Nobody Cares About—, and essays on the rural exodus or flaws on the national map —The Empty Spain and Places out of Site—, del Molino Surprise you with this mini-biography of a very unknown historical figure who, nevertheless, had a capital importance.
With a chronological index at the beginning of the volume that helps to place the reader in his reading of the events, the author presents us with your particular way of narrating and that I like the life and work of Francisco Tadeo Calomarde (1773-1842) so much ). Calomarde was a Spanish politician of the 18th and 19th centuries, Minister of Grace and Justice during the reign of Fernando VII and, we are told, led the repression against Torrijos and Mariana Pineda and their subsequent murders.
From a peasant and peasant childhood, Calomarde managed to make his way from a town in Teruel to Zaragoza, where he studied Law in 1788, and from there to Madrid, never to return to his town, we do not know if not even to bury his parents, although then he would not always stay in Madrid, far from it.
Thus, he will go up socially in a time without scholarships or state aid. However, as del Molino says, “although he was not a cat, he always knew how to land on his feet”. He married and immediately sent his wife away from him, tainted the honor of his father-in-law and distanced himself from the most powerful person in Spain at the time: Manuel Godoy, whom he got to know.
To make his name sound a bit more, I have to say that Calomarde carried out the first reform of the educational system, if it can be called that, from which he created bullfighting schools, promoted the teaching of a lot of homeland and religion, eliminated content such as Voltaire and atheism and suppressed the validity of the titles granted during the liberal stage, so that many lawyers and doctors who had promoted at that time were suddenly left without recognition and without being able to practice.
However, and here we have to break a spear in their favor – the first and the last – Calomarde also wrote by law that all boys and girls should have access to education and to learn to read, write, add, subtract, multiply and divide. And he prohibited physical abuse in schools. Neither was fulfilled, however, until well into the 20th century.
Calomarde participated in the odd Carlist conspiracy …
At the beginning of the book he compares him, unfavorably, with other ‘powerful villains’ in history such as Rasputin or Hoover. Surely the fairest comparison, which the author does not mention, would be with Joseph Fouché, creator of the ‘sewers of the State’ in revolutionary France, in the Napoleonic era and in the subsequent restoration. Also in this case it seems that the comparison would be great for Calomarde because of Fouche’s superior intellectual stature, but I think it is something that the author should have tried. It may be that there really is no real intellectual difference between the two characters but rather it is the Spanish complex itself that has created it a posteriori.
I am not convinced by the parallel that the author makes at the end of the book between Alfonso Guerra and Calomarde, in terms of the rejection they suffered for their humble origins rather than for their actions, although he may have some reason.

Calomarde, at thirty-five, was not up for bravery or arquebus, but he could serve in the rear. The facts are well known. In the spring of 1808, Napoleon quietly occupied Spain and took advantage of the impotence of Charles IV and the infinite stupidity of Ferdinand VII to remove the entire royal family from the court. He did not, however, count on the monarchical attachment of the Spanish people, who left the court in Madrid on May 2. He did not, however, count on the monarchical attachment of the Spanish people, who left in Madrid on May 2 to commit suicide collectively under the horses of the Janissaries. Heroes, finally, among whom Francisco Tadeo was not.
The following news of his life places him on the way to the south, accompanying all the nobles and bourgeoisie who took refuge in Cádiz and set out to reinvent Spain. Logical endeavor, since there was nothing left of old Spain either on this side of the Atlantic or on the other.
There is a portrait that Goya made of him a little later, in 1815, when he was seventy-one years old and about to fall from grace. The painting shows Lardizábal standing and uniformed on a neutral background, holding some letters in his right hand and wearing on his chest the large cross of Isabel la Católica that the king had just granted him (probably, the excuse for Goya to take his portrait) . At his age, he seems like a big man, an archetypal Basque (his family came from Guipúzcoa and, when he arrived in Spain, he was director of the noble seminary in Vergara for many years), a bit surly, with no room for frivolity or heartiness. It is the portrait of a tough and surely implacable man.
Miguel de Lardizábal already knew Calomarde, because before the war he had presided over the Council of the Indies, where he worked, but it was not until Cádiz that he noticed his political virtues. Lardizábal, who had abhorred the Cortes from the beginning and was fighting to stop the constitutional enterprise, saw in Villel’s peasant a very useful ally for his absolutist project.
Calomarde was alone again. They had no good luck protecting him, but he, like a good cat, knew how to land on his feet. The king did not consider him worthy of receiving the same punishment as Lardizábal (after all, he had not signed any memorial or said this mouth is mine), but he restructured the government and ordered him to purge his sentences in Pamplona, well away from the court, where he dedicated himself to the art of dying of disgust.
From that sad town but very akin to his servile sensibility, surrounded by friends with both rancor and power, Calomarde would prepare for the final assault. The so-called absolutist six-year term (1814-1820) is a time of terror and uncertainty that affected the entire country and that did not promote anyone’s political ambitions. The smartest thing, for a chameleon like Calomarde, was to wait in silence in the hut waiting for better times.

Calomarde assumed a leading political role by being appointed secretary of the Regency of Urgel, which was equivalent to a post of prime minister. It was at this historical moment when Benito Pérez Galdós dedicated his first portrait to him, in the national episode of Los Hundred Thousand Sons of San Luis, from the second series: «His name was Don Francisco Tadeo Calomarde, and he was of the best slavish paste that he could be in those times. Employed from his tender age in the Ministry of Grace and Justice, he had grown up in folders and in the role of lawsuits: the files were his cradle, and the royal cédulas, his toys. His jurisprudence, full of pedantry, inspired me with aversion, and, it was said, he bought the first destination with his hand, marrying a very ugly girl, whom he mistreated ».
Here is the entire Calomarde myth, expressed in half a paragraph, packaged for eternity without the possibility of amendment or nuance. The prosopography and etopeia were lacking, which the laws of the novel urged not to delay long. Two paragraphs below, it reads: «Calomarde was not bad looking or lacking in civility, although very hollow and affected, like that of someone who has learned it rather than inborn. The humility of his origin was quite evident ».

During the ominous or Calomardian decade (1823-1833), the peasant de Villel became a murderer who never used his own hands to kill anyone, but whose signatures and silences were the direct cause of many crimes. When the character threatens to become too folkloric or cartoonish, all his victims must be summoned to take him seriously again.
The governments of Fernando VII only formally resembled what in the 21st century we understand by a government. Of course, they did not answer to any parliament, nor did they exercise a power separate from the legislative and the judiciary.
Calomarde, as chief of the police and head of political repression, was a natural ally of this party. Those who frequented his house each night were trying to influence the government (and therefore the king), and he made them believe that he was conspiring with them. What harm could there be in inflating the illusions of those allies whose support was fundamental to the maintenance of the monarchy? The mysterious carriages, the saints and signs, and the movement of cloaked individuals at the door of the Duke of Alba’s palace were part of a game that Calomarde believed he knew how to play. His whole life had been handled with double decks, and these gatherings did not hurt anyone.

* In Los apostolicos (The apostolics), the novel with the most pages of Calomarde, Galdós wrote: «The car had entered the Paseo de Atocha, when they saw that Don Tadeo Calomarde was coming on foot, accompanied by his inseparable shadow, the thorn collector. He walked gravely and calmly, wearing a chevron coat, a tricorne in the face, a gold truncheon cane, and a showy retinue of dirty little boys who, admired by so much brilliance, followed him. The famous minister, whom Ferdinand VII pulled by the ears, was all vanity and finchazón in the street; If in the Palace he acquired great power by encouraging appetites and yielding to the king’s passions, in front of the poor Spaniards he looked like an Asian idol on whose pedestal human heads had to be cut off as if they were aubergines. Beside him was the ministerial carriage, a hulk of which one can form an idea by considering a funeral catafalque drawn by mules.
Galdós portrays him at the zenith of his power, in the 1820s, when no one in Spain was above him except the king. It is, however, the portrait of a peasant, the caricature of an intruder. It seems that Calomarde’s cardinal sin was not his tyranny, nor his cruelty, nor his abject commitment to absolutism.
The hypothetical slap he received from the Infanta Carlota was the revenge of those above, the punishment for the insolence of the lackey who dared to speak of you to the elite. That is why white hands do not offend, because Calomarde, despite having been one of the most sinister and powerful tyrants in the history of Spain, knew that his place was far from the palace, in the mountains of his childhood, in the cold of the dorondón and in the evening wind.

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