Fuera De Juego — Emmanuel Carrère / Hors d’atteinte ? by Emmanuel Carrère

La canguro llegó con retraso a causa, según explicó, de un suicidio que había interrumpido la circulación del metro. Viajaba en el tren homicida, pero en el vagón de cola, y el hecho de saber que las ruedas de dicho vagón habían frenado antes de destrozar el cuerpo del desesperado parecía proporcionarle cierto consuelo: no tuvo, pues, nada que ver con el asunto, no vio nada; sin embargo, imaginaba la carnicería con gran abundancia de detalles crudamente acentuados por las mucosidades que el resfriado le obligaba a sorber.

Es una pequeña novela en particular que explora la tentación de los juegos de casino y el círculo un tanto infernal que se configura tan pronto como lo pruebes, especialmente cuando la vida es monótona. Encontré algunos pasajes un poco largos y extravagantes pero interesantes en el estudio de la pérdida de la realidad, la vida fácil o imaginaria que uno puede crearse. Pero, afortunadamente, esta mujer está volviendo a la realidad y, aunque esta no sea color de rosa, aquí es donde la felicidad se encuentra.

El cine los situaba a un mismo nivel, un nivel de igualdad, debido a que, para las gentes de su generación, los conocimientos y las preferencias cinematográficas no eran valores transmitidos, sino adquiridos por uno mismo. Ambos elaboraban sus juicios basándose en una cultura compartida, en una jerarquía de valores comúnmente admitida que cada cual podía replantear sin temor a revelar su ignorancia o la tosquedad de sus gustos. Así, sabiendo perfectamente a qué se refería y cuál era la opinión adecuada al respecto, Frédérique se permitía la coquetería de ponderar la superioridad de Claude Zidi sobre Woody Allen, mientras que no se habría atrevido, y en esto hubiera sido sincera, a considerar a Keith Jarrett muy por encima de Thelonius Monk. De ahí que el cine siguiera constituyendo un estrecho vínculo fácil de mantener, el invariable pretexto de sus salidas en común y de muchas de sus discusiones.

Sin haber entrado jamás en un casino, Frédérique ignoraba qué traje debía ponerse para la ocasión. Una serie de imágenes literarias y cinematográficas, bastante confusas por cierto, componían en su mente un elegante ballet de smokings y de trajes largos que evolucionaban bajo altos techos de madera, la burbujeante agitación de una Riviera de opereta propia de una comedia de Lubitsch. Pero tales clichés, pensaba, quizá solo estaban ya de moda en los círculos especialmente prestigiosos, como Montecarlo, por ejemplo, para complacer a los jeques árabes encandilados con el refinamiento europeo.
…Era otra manera de jugar: el riesgo de ver salir su número sin haber apostado a él resultaba lo suficientemente excitante como para experimentar, luego, un intenso alivio. Salir bien librada le resultaba embriagador; se decía que resultaría razonable apostar en aquel momento y, desafiante, aguardaba la partida siguiente para hacerlo. El 36 seguía sin salir. Jugaba con fuego. Cada uno de los treinta y cinco números restantes la tranquilizaba. Por fin, tuvo la certeza de que iba a salir, ahora, enseguida; apostó una ficha de cincuenta. Salió el 36.
Basándose en la experiencia, Frédérique se llevó más dinero en metálico, aunque no sobrepasó el límite de mil ochocientos francos permitido por los cajeros automáticos, no por avaricia, sino porque dicha cantidad, convertida en fichas de cincuenta, constituía exactamente el capital necesario para poder aguantar hasta la trigésimo sexta apuesta a plenos, es decir, hasta la jugada decisiva. La coincidencia entre la suma de dinero de que se componía su fortuna, así calculada, su número fetiche, el número de jugadas que había decidido hacer en el peor de los casos, su edad actual y la talla de su calzado, probablemente definitiva, le proporcionaba una armonía secreta, íntima, capaz de forzar la suerte a su favor. Además, al confiar en tales intuiciones, creía imitar a los auténticos jugadores, a quienes imaginaba supersticiosos y, a la vez, sagaces. Mientras lograba adquirir aquella sagacidad, a fuerza de aplicación, no tenía intención de obstinarse con un solo número, aunque fuera el 36; por el contrario, se proponía familiarizarse con las distintas clases de apuestas catalogadas en el folleto de Claude. Esta vez, le importaba poco perder: lo consideraba el precio que tendría que pagar por una sesión de ejercicios prácticos…

La pasión por el juego sugería un «dejadlo todo» más insidioso, más realizable quizá. El juego no exigía que uno se situara fuera de la ley, sino que se sometiera a la suya, reconocida por cierto, tolerada en la medida en que, salvo excepciones consideradas patológicas, no regía el conjunto de la vida social sino la diversión de una velada, vivida de vez en cuando. Sin embargo, bastaba jugar con suficiente asiduidad, otorgar prioridad al juego, para que el poder del azar se acentuase en la vida del jugador del mismo modo que se adopta la nacionalidad del país en el que se reside y, sobre todo, en el que se pagan impuestos. Vivir del juego, tal como lo entendía la señora Krechmar, no. En cambio, dejarse llevar por él, confiar en que fuera la bola de marfil la que se ocupara de decidir lo que uno haría, adónde iría, si sería rico o pobre y en qué grado… Esa era la posibilidad a la que Frédérique se enfrentaba ahora. Y, al contrario que la mayor parte de jugadores, preocupados por compartimentar su vida, por dedicar a la ruleta solo una parte modesta, y ya establecida de antemano, de
su tiempo, de sus pensamientos y, sobre todo, de sus recursos, Frédérique deseaba entregarse desenfrenadamente a sus poderes, confiarle su vida y, para empezar, su bolsillo. Deseaba jugar mucho dinero. Eso era lo que quería.

Cada vez que bebo un poco, tengo ganas de contarlo y sé que un día estallaré. De hecho, ya he estallado dos o tres veces. Todavía tengo pesadillas, ¿sabes? Me despierto pensando que estuve a punto de hacerlo. A veces me digo que, en cierto modo, es como si lo hubiera hecho.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2016/01/09/el-bigote-emmanuelle-carrere/

https://weedjee.wordpress.com/2016/01/10/una-semana-en-la-nieve-emmanuelle-carrere/

https://weedjee.wordpress.com/2016/01/10/el-adversario-emmanuelle-carrere/

https://weedjee.wordpress.com/2019/10/13/de-vidas-ajenas-emmanuel-carrere-dautres-vies-que-la-mienne-lives-other-than-my-own-a-memoir-by-emmanuel-carrere/

https://weedjee.wordpress.com/2021/03/21/yoga-emmanuel-carrere-yoga-by-emmanuel-carrere/

https://weedjee.wordpress.com/2021/07/06/limonov-emmanuel-carrere-limonov-by-emmanuel-carrere/

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/16/una-novela-rusa-emmanuel-carrere-un-roman-russe-by-emmanuel-carrere/

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/17/fuera-de-juego-emmanuel-carrere-hors-datteinte-by-emmanuel-carrere/

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The babysitter arrived late because, he explained, of a suicide that had interrupted the circulation of the subway. He was traveling on the homicidal train, but in the caboose, and the fact that he knew that the wheels of said carriage had stopped before destroying the body of the desperate man seemed to provide him with some consolation: it had, therefore, nothing to do with the matter, did not see anything; however, he imagined the carnage with an abundance of details starkly accentuated by the mucus that the cold forced him to suck up.

It’s a particular little novel that explores the temptation of casino games and the somewhat hellish circle that sets in as soon as you try it, especially when life is monotonous. I found some passages a bit long and extravagant but interesting in the study of the loss of reality, the easy or imaginary life that one can create. But, thankfully, this woman is coming back to reality and, although this is not rosy, this is where happiness is found.

The cinema placed them at the same level, a level of equality, because, for the people of their generation, cinematographic knowledge and preferences were not transmitted values, but acquired by oneself. Both made their judgments based on a shared culture, on a commonly accepted hierarchy of values that each could rethink without fear of revealing their ignorance or the crudeness of his tastes. Thus, knowing perfectly what he was referring to and what was the appropriate opinion on the matter, Frédérique allowed herself the flirtation of pondering the superiority of Claude Zidi over Woody Allen, while she would not have dared, and in this she would have been sincere, to consider Keith Jarrett far above Thelonius Monk. Hence, the cinema continued to constitute a close bond that was easy to maintain, the invariable pretext for their outings in common and for many of their discussions.

Without ever having entered a casino, she, Frédérique, did not know what outfit she should wear for the occasion. A series of literary and cinematographic images, quite confused indeed, composed in her mind an elegant ballet of tuxedos and long suits that evolved under high wooden ceilings, the bubbling agitation of an operetta Riviera typical of a Lubitsch comedy. . But such clichés, she thought, perhaps were only already in vogue in especially prestigious circles, such as Monte Carlo, for example, to please Arab sheiks dazzled by European refinement.
… It was another way to play: the risk of seeing her number come out without having bet on it was exciting enough to experience, later, an intense relief. Getting away with it was intoxicating; it was said that it would be reasonable to bet at that moment and, defiantly, she awaited the next game to do so. The 36 still did not leave. She played with fire. Each of the thirty-five remaining numbers reassured her. At last, she was certain that she was going to leave, now, right away; she bet a chip of fifty. She came out on 36.
Based on experience, Frédérique took more money in cash, although she did not exceed the limit of eighteen hundred francs allowed by ATMs, not because of greed, but because that amount, converted into fifty tokens, constituted exactly the capital necessary to be able to hold until the thirty-sixth bet in full, that is, until the decisive move. The coincidence between the sum of money that made up his fortune, thus calculated, his fetish number, the number of plays he had decided to make in the worst case scenario, his current age and the size of his shoes, probably definitive, he it provided a secret, intimate harmony, capable of forcing luck in their favor. Furthermore, by relying on such intuitions, he believed he was imitating the real players, whom he imagined to be superstitious and, at the same time, sagacious. While he managed to acquire that sagacity, by dint of application, he had no intention of sticking with a single number, even if it was 36; Rather, she intended to familiarize herself with the various kinds of bets listed in Claude’s brochure. This time, she cared little about losing: she considered it the price he would have to pay for a hands-on workout …

The passion for the game suggested a more insidious «leave it all», perhaps more achievable. The game did not require that one be placed outside the law, but that one submit to its law, recognized by the way, tolerated to the extent that, except for exceptions considered pathological, not the whole of social life governed but the entertainment of a veiled, lived from time to time. However, it was enough to play with enough assiduity, to give priority to the game, so that the power of chance was accentuated in the life of the player in the same way that the nationality of the country in which they reside and, above all, in which they are adopted is adopted. taxes are paid. Living off the game, as Mrs. Krechmar understood it, no. Instead, letting yourself be carried away by him, trusting that it was the ivory ball that would decide what you would do, where you would go, whether you would be rich or poor and to what degree … That was the possibility that Frédérique faced now. And, unlike most players, concerned with compartmentalizing their lives, dedicating only a modest part to roulette, and already established in advance, of
His time, his thoughts and, above all, his resources, Frédérique wanted to surrender unrestrainedly to his powers, to entrust his life to him and, to begin with, his pocket. She wanted to play a lot of money. That was what he wanted.

Every time I drink a little, I want to tell it and I know that one day I will explode. In fact, I’ve already blown up two or three times. I still have nightmares, you know? I wake up thinking that I was about to do it. Sometimes I tell myself that, in a way, it’s like I did.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2016/01/09/el-bigote-emmanuelle-carrere/

https://weedjee.wordpress.com/2016/01/10/una-semana-en-la-nieve-emmanuelle-carrere/

https://weedjee.wordpress.com/2016/01/10/el-adversario-emmanuelle-carrere/

https://weedjee.wordpress.com/2019/10/13/de-vidas-ajenas-emmanuel-carrere-dautres-vies-que-la-mienne-lives-other-than-my-own-a-memoir-by-emmanuel-carrere/

https://weedjee.wordpress.com/2021/03/21/yoga-emmanuel-carrere-yoga-by-emmanuel-carrere/

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