Las Nuevas Rutas De La Seda: Presente Y Futuro Del Mundo — Peter Frankopan / The New Silk Roads: The Present and Future of the World by Peter Frankopan

La expresión «rutas de la seda» sirve para describir las formas en que se entretejieron pueblos, culturas y continentes, y al hacerlo nos ayuda a comprender mejor el modo en que en el pasado se propagaron las religiones y los idiomas y a mostrar cómo en esta parte del mundo distintas ideas acerca de la comida, la moda y el arte se difundieron, compitieron entre sí y se influenciaron las unas a las otras. Las rutas de la seda ayudan a aclarar el lugar central que ocupan el control de los recursos y el comercio a larga distancia, y por lo tanto explican los contextos de las expediciones que contribuyeron a moldear el surgimiento de los imperios y los motivos que las animaban a cruzar desiertos y océanos. Las rutas de la seda muestran cómo se estimuló la innovación tecnológica a lo largo de miles de kilómetros y cómo la destrucción de la violencia y las enfermedades a menudo siguió las mismas pautas.
En Asia las rutas de la seda son omnipresentes. Hay, por supuesto, un sinnúmero de empresas turísticas que prometen revelar las glorias del pasado misterioso, perdido en la noche de los tiempos, de cada uno de los países del corazón del mundo. Pero también hay muchas más manifestaciones más actuales que ponen de relieve el poder de las redes tanto del pasado como del presente y el futuro. Tenemos un ejemplo de ello en el centro comercial Mega Silk Way en Astaná, Kazajistán, o en la elegante revista Silkroad, que puede leerse a bordo de los vuelos de la aerolínea Cathay Pacific. En el aeropuerto de Dubái, los carteles del Standard Chartered Bank…
El ritmo al que Asia está creciendo y las dimensiones de los cambios que está experimentando son impresionantes. Según un cálculo, para el año 2027 el PIB combinado de las ciudades asiáticas será ya mayor que el de la suma de las norteamericanas y las europeas, y se espera que solo ocho años después las supere en un 17 %. Como es obvio, el desarrollo de las ciudades a lo largo y ancho del continente no será uniforme, tanto en términos económicos como geográficos, y algunas urbes prosperarán más que otras. El ascenso de las megaciudades traerá consigo una serie de desafíos medioambientales, sociales y administrativos sin precedentes, y en algunos casos someterá las infraestructuras y los recursos existentes a una presión excesiva.

Las nuevas rutas de la seda: Presente y futuro del mundo de Peter Frankopan, es un análisis interesante de la geopolítica cambiante de nuestro mundo actual. Frankopan escribe sobre el papel cada vez más central de Asia (en particular, Asia Central) en términos de importancia política, social, económica y cultural. Con el inicio de la iniciativa One Belt, One Road de China, muchos observadores de China han estado examinando de cerca los numerosos proyectos multimillonarios que están surgiendo en Asia Central, Asia Meridional y en el Medio Oriente y África. Estos proyectos buscan mejorar la infraestructura en áreas tradicionalmente marginadas en la economía global, o en áreas que no pueden capturar un valor proporcional de los flujos actuales de comercio, desarrollo económico y poder político. Los observadores también están notando la creciente influencia geopolítica que China tiene en estas regiones, ilustrada por una creciente postura militar y política, y una erosión de la importancia del poder de Estados Unidos y Occidente en las áreas enumeradas anteriormente.
Estos cambios tienen críticas mixtas; En los círculos occidentales, los expertos en políticas condenan los crecientes niveles de estabilidad de la deuda en toda la región, señalando niveles más altos de endeudamiento externo con China en países como Djibouti, Pakistán, Maldivas, etc. A los analistas de política occidental también les preocupa que la inversión de China en la región sea nefasta y esconda connotaciones siniestras para desplazar la influencia occidental en todo el mundo. Por otro lado, los beneficiarios de la inversión china cuentan otra historia. La iniciativa Belt and Road impulsa el crecimiento y el desarrollo de la infraestructura en regiones que necesitan urgentemente ayuda extranjera y fondos para el desarrollo en una era en la que Estados Unidos y los países occidentales están cada vez más enfocados hacia adentro. Los proyectos de infraestructura como mejorar la infraestructura energética, construir nuevos puertos, ferrocarriles y carreteras, y vincular regiones previamente disociadas, permiten expandir el comercio, las oportunidades y el crecimiento en países que a menudo se ignoran por estar fuera de los caminos comerciales habituales.
Frankopan también examina el vacío de poder que queda a medida que las naciones occidentales comienzan a perder importancia en todo el mundo. China, Rusia y otros intervienen para recoger contratos, proyectos y acuerdos comerciales en áreas de las que Occidente se aleja. Contratos valiosos en Irán, por ejemplo, han ido a China después de que las sanciones de Estados Unidos desalentaran las inversiones occidentales en el país. El hardware militar turco, que alguna vez fue el dominio exclusivo de su aliado de la OTAN, los EE. UU., Ahora está siendo suministrado por Rusia mientras los EE. UU. Continúan presionando a Turquía y amenazando con sanciones contra la élite turca.
El desarrollo de estas regiones (Asia central, África, Oriente Medio, Asia meridional) tiene el potencial de sacar a millones de personas de la pobreza. También siembra la posibilidad del desarrollo de un mundo multipolar. Las grandes naciones asiáticas, como China, Rusia e India, están comenzando a forjar sus propias esferas de influencia en las regiones enumeradas, a menudo en desacuerdo con las prioridades políticas de Estados Unidos y Occidente. China, en particular, está comenzando a emerger como el actor principal de la región. Sus inversiones afectan a casi todos los proyectos de la región. Están desarrollando una base naval en el extranjero capaz de albergar barcos PLA-N. Están construyendo puertos, puentes, carreteras e infraestructura energética, lo que beneficia a las poblaciones locales y, al mismo tiempo, impulsa el potencial de desarrollo económico y comercio en Asia, su propio patio trasero. El desarrollo de África es una parte importante de esto, ya que China busca exportar conocimientos técnicos y mano de obra calificada a cambio de buena voluntad diplomática, recursos en bruto e influencia en la región.
Este libro es una buena lectura sobre las arenas movedizas de la geopolítica en los tiempos modernos. Frankopan analiza proyectos, documentos de política, noticias y fuentes oficiales para pintar una imagen de un gran plan para modernizar gran parte del mundo. Este libro es refrescante como lectura, ya que ofrece una visión equilibrada y matizada de estas regiones y su desarrollo. Frankopan señala la alteración que podría tener un vacío político occidental en Asia, y señala también los peligros de un mundo multipolar. Frankopan también, sin embargo, critica a Occidente por su falta de compromiso, visión e inteligencia en términos de competir contra la iniciativa Belt and Road. Sin embargo, dejando de lado los argumentos, el desarrollo de estas regiones tiene enormes implicaciones para muchos factores, desde la política mundial hasta el bienestar económico, el medio ambiente, los flujos comerciales mundiales y la economía.

Este mundo en plena transformación también trae consigo desafíos, a menudo en lugares inesperados y de formas igualmente inesperadas. El auge de China ha planteado problemas extraordinarios para los asnos y los criadores de asnos desde Asia Central hasta África Occidental. La piel de asno es el ingrediente básico del ejiao, una sustancia que en la medicina popular china se utiliza para aliviar el dolor, pero de la que también se dice que sirve para tratar el acné, prevenir el cáncer y aumentar la libido. En los últimos veinticinco años, la demanda de ejiao ha provocado una reducción del 50 % de la población de asnos en China, lo que ha llevado a buscar nuevos proveedores en otros lugares. El precio de los asnos se ha cuadruplicado en Tayikistán, y también en África ha sufrido un acusado aumento. Esto no es necesariamente una buena noticia. Dado que los asnos se utilizan como bestias de carga y desempeñan un papel importante en la producción agrícola y el transporte de los alimentos hasta el mercado, la marcada y repentina disminución del número de animales disponibles (sumada al aumento de su precio) amenaza con desestabilizar la economía agraria de países con un equilibrio a menudo precario. Por ese motivo, Níger, Burkina Faso y otras naciones de África han aprobado leyes para prohibir la exportación de asnos a China.
La paz y la estabilidad no deben nunca darse por sentadas, como pone de manifiesto una mirada incluso superficial a la historia reciente de Siria, Irak, Yemen y Afganistán. El desarrollo restringido de las tradiciones democráticas, la redistribución del poder y la riqueza de una élite reducida y el surgimiento de las clases medias profesionales han conllevado la aparición de una serie de líderes poderosos a lo largo y ancho de Asia, y al mismo tiempo han hecho aflorar debilidades capaces de hacer que los estados fracasen de manera rápida y dramática.
Quienes intentan adaptarse descubren que no solo resulta complicado gestionar el cambio; igualmente difícil es mantener la apariencia de que la reforma es una realidad.
Asia y las rutas de la seda están ascendiendo, y lo hacen con rapidez. No lo hacen aisladas de Occidente y tampoco en competencia con él. De hecho, lo que ocurre es todo lo contrario: el ascenso de Asia está estrechamente relacionado con las economías desarrolladas de Estados Unidos, Europa y otros países. La demanda de recursos, bienes, servicios y talento en estas últimas ha estimulado el crecimiento de la primera, pues ha creado empleos y oportunidades y ha servido como un catalizador para el cambio. El éxito de una parte del mundo está vinculado al éxito de la otra, en lugar de conseguirse a su costa. El despertar del sol en Oriente no implica que se esté poniendo en Occidente. Todavía no, al menos.
Sin embargo, la diferencia de las reacciones al cambio en cada una de las partes resulta muy llamativa. En Oriente existe esperanza y optimismo respecto a lo que deparará el mañana; en Occidente, en cambio, la ansiedad es tan intensa que los países se encuentran cada vez más divididos.

Muchos de los estados de Asia Central, todos los cuales poseen una gran riqueza de recursos, han estado explorando formas de trabajar juntos de manera práctica con cierto éxito. En marzo de 2017, los presidentes de Turkmenistán y Uzbekistán inauguraron un puente ferroviario sobre el río Amu Daria en la ruta Turkmenabat-Farab, una importante intersección que, además de contribuir a mejorar las conexiones entre los dos países, abrirá nuevas posibilidades para el comercio a larga distancia. La cooperación entre las repúblicas de Asia Central se demuestra en iniciativas como las destinadas a ayudar a Tayikistán a reforzar la frontera sur con Afganistán, lo que incluye operaciones para impedir el tráfico de drogas y la apertura de nuevos puestos de control, en la segunda mitad de 2017, en los distritos de Osh, Batken y Jalalabad en Kirguistán con el fin de facilitar y agilizar el cruce de la frontera con Uzbekistán.
Una consecuencia de la mejora de las relaciones es que los intercambios se multiplican.
La cuestión del agua es una de las más significativas a lo largo y ancho de Asia Central. La progresiva desaparición del mar Aral a partir de la década de 1960, cuando la Unión Soviética decidió desviar los ríos que lo alimentaban para apoyar iniciativas agrícolas erradas, ilustra con crudeza el problema. Resulta imposible restar importancia a las tensiones y dificultades prácticas derivadas de ello, tanto en términos de devastación del paisaje y contaminación ambiental como en términos de salud pública, con problemas que van desde el aumento de las enfermedades respiratorias y el cáncer hasta una elevada tasa de mortalidad infantil.
A finales de mayo de 2018, las tormentas arrastraron la sal del lecho del mar, ahora seco, y la arrojaron en partes de Uzbekistán y Turkmenistán, cubriendo campos de trigo y algodón con hasta un centímetro de sal, en un momento de la estación en el que la escasez de agua ya había causado la pérdida de algunas cosechas. El hecho de que los esfuerzos para restablecer el nivel del agua parezcan estar surtiendo efecto, aunque sea con lentitud.
Parte del problema es que los tres principales ríos de Asia Central (el Sir Daria, el Amu Daria y el Irtish) son ríos transfronterizos, lo que significa que las decisiones de un país afectan a lo que sucede río abajo. La relevancia de ello resulta patente al considerar que la escasez de agua potable es la causa de alrededor de un 70 % de los problemas que lastran el desarrollo de la región. En consecuencia, no es de sorprender que la búsqueda de la manera óptima de resolver la gestión del agua sea, desde hace algún tiempo, una de las cuestiones que más interés e inquietud suscitan.
El agua es un problema también en el sur de Asia, donde la construcción de la represa y central hidroeléctrica de Kishanganga por parte de la India ha causado mucha preocupación al gobierno de Pakistán, que sostiene que el proyecto viola el tratado de 1960 que dividió los recursos hídricos del Indo entre los dos países.
Los talibanes se han dado cuenta de que la riqueza mineral de Afganistán les ofrece oportunidades de enriquecimiento, así como la posibilidad de comprar más armas, reclutar más partidarios y fortalecer su poder. En consecuencia, han prestado particular atención a asegurarse el control de aquellas regiones en las que ya existe una actividad minera con el propósito de continuar explotando los recursos e incluso ampliar las operaciones existentes. Según un informe, «en 2014 solo las dos zonas mineras de Deodarra y Kuran wa Munjan proporcionaron a los grupos armados cerca de veinte millones de dólares, de acuerdo con un cálculo aproximado pero conservador, lo que equivale a los ingresos procedentes de todo el sector extractivo declarados por el gobierno» para el conjunto del año anterior. En 2016, por otro lado, la mitad de todos los ingresos de las minas de lapislázuli fueron a parar a los talibanes, una suma que, de nuevo, se mide en millones o incluso en decenas de millones de dólares.
Lo mismo ocurre con los fondos derivados del silicato de magnesio hidratado, «el mineral más suave conocido por el hombre», más conocido por los consumidores como «polvo de talco». Afganistán tiene la bendición de importantes depósitos que es posible traducir en dinero contante y sonante.

Tras años de financiar y apoyar la causa palestina, los saudíes han pasado a priorizar el ganarle la partida al régimen en Teherán, un objetivo común que ha llevado a Arabia Saudí, Israel y Estados Unidos a una alianza que hasta hace muy poco tiempo era impensable. Los saudíes desean forzar un acuerdo entre Israel y los palestinos a casi cualquier precio: siempre y cuando se llegue a un acuerdo con rapidez.
Son muchos los factores que estimulan el cambio en el siglo XXI, desde la demografía hasta el desplazamiento del poder económico, desde el papel que desempeñan las tecnologías digitales hasta el cambio climático. Las rutas de la seda ascienden de forma vertiginosa porque todo ello las mueve a la acción. Lo que suceda en el corazón del mundo en los próximos años dará forma a los próximos cien.

La idea de alentar a las empresas chinas a buscar nuevas oportunidades fuera del país se impulsó mediante la adopción formal en 2000 de la estrategia «salir» (zouchuqu zhanlue) por parte de la IX Asamblea Popular Nacional y la aprobación del nuevo plan quinquenal de economía y desarrollo social. Las ambiciones de Xi son mucho más amplias, y, lo que es más importante, se han hecho realidad con una velocidad y entusiasmo asombrosos.
A mediados de 2015, el Banco de Desarrollo de China, una de las instituciones financieras clave del país, declaró que había reservado ochocientos noventa mil millones de dólares con el propósito de invertirlos en unos novecientos proyectos centrados sobre todo en el transporte, las infraestructuras y el sector energético. Seis meses después, el Banco de Exportaciones e Importaciones de China anunció que había empezado a financiar lo que se esperaba serían más de mil proyectos en cuarenta y nueve países distintos dentro de la «Iniciativa del cinturón y la ruta de la seda.
Hoy participan en la iniciativa más de ochenta países, lo que incluye a las repúblicas de Asia Central, a los países del sur y sureste de Asia, a los de Oriente Próximo, a Turquía y los países de Europa oriental, así como a diversos estados de África y el Caribe. Con una población combinada de cuatro mil cuatrocientos millones de habitantes, quienes viven a lo largo de las nuevas rutas de la seda entre China y el Mediterráneo oriental constituyen más del 63 % de la población mundial y una producción de veintiún billones de dólares, el 29 % del total mundial.
La percepción más amplia que hoy tiene China de sus intereses de seguridad nacional ha tenido una función clave en el desarrollo de posiciones en el mar de la China Meridional, donde en 2013 las dragas comenzaron a crear una serie de nuevas islas artificiales que pudieran servir como bases militares. Semejante paso suscitó una preocupación considerable en los demás países de la región. Cuando Filipinas denunció que las acciones de China violaban la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, en 2016 el Tribunal Permanente de Arbitraje dictaminó que no existía base jurídica alguna para que China reivindicara derechos históricos sobre los territorios en disputa, al tiempo que la consideró responsable del incumplimiento de varias de las obligaciones establecidas en la Convención. Asimismo, declaró que la negativa de China a aceptar o participar en la demanda presentada por Filipinas no era un impedimento para que el tribunal alcanzara una decisión de acuerdo con el Anexo VII de la Convención, el cual establece que la «ausencia de una parte o la abstención de defender su caso no constituirá un impedimento para las actuaciones».
La expansión de las empresas chinas en Europa tiene un reflejo preciso en África, donde han sido sumamente activas desde mucho antes del anuncio de la «Iniciativa del cinturón y la ruta». Entre 2000 y 2014, los préstamos chinos permitieron que se invirtieran unos veinte mil millones de dólares en la construcción de carreteras y líneas férreas por toda África, y una cantidad muy similar en centrales y redes eléctricas y oleoductos.

Predecir el desarrollo y resultado de una rivalidad y competencia geopolíticas intensas está lejos de ser fácil. Lo que llama la atención, sin embargo, es que mientras que en Estados Unidos el auge de China suscita preocupación, la perspectiva al otro lado del planeta es muy diferente. «La civilización occidental se basa en una tradición teológico-filosófica de antagonismos binarios», escribe Jiang Shigong, un destacado intelectual chino, en un ensayo que ha sido descrito como «la exposición autorizada de la nueva ortodoxia política bajo Xi Jinping».
Puede decirse que lo que está ocurriendo en China bajo Xi Jinping, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, es la culminación natural y lógica de unas tendencias arraigadas y un largo proceso que el autor remonta a 1921 y la fundación del Partido Comunista. «El gran renacimiento de la nación china —concluye—, no es solo un renacimiento económico y político. También es un resurgimiento en términos de educación política … que tendrá como resultado un gran renacimiento de la civilización china.» Las implicaciones son claras: «La civilización china se está difundiendo y extendiendo a más partes del mundo».

En el caso del nuevo mundo emergente, y en particular con el ascenso de China, Estados Unidos ha decidido apostarlo todo a la India. Eso ya parecía probable incluso antes de que Trump fuera elegido presidente. Además de hablar del daño que China estaba causando a la economía estadounidense, el entonces candidato expresó una opinión muy diferente acerca de la India. «Soy un gran fan de lo hindú. Soy un gran fan de la India. Un gran, gran fan», dijo cuando se encontraba en campaña. «Si soy elegido presidente —agregó—, la comunidad india e hindú tendrá un verdadero amigo en la Casa Blanca.
Pese a la rivalidad con China, la India es reacia a mostrarse innecesariamente hostil con su poderoso vecino y ha procurado desarrollar un relato constructivo en lugar de agudizar los antagonismos que les separan. Además, gestionar con el mayor pragmatismo posible las relaciones con China (y, de hecho, también con otros países) tiene una serie de ventajas obvias para la India. Una cumbre celebrada en Wuhan en la primavera de 2018 fue escenario del intercambio de importantes declaraciones de solidaridad entre el presidente Xi y el primer ministro Modi. Más allá de las formalidades diplomáticas de rigor, el dirigente indio fue objeto de un recibimiento especialmente distinguido, y resultó llamativo que, en lugar de hacer hincapié en las diferencias de su país con China (en particular sobre la disputa fronteriza que mantienen en la región de Doklam y las cuestiones marítimas más recientes), Modi se mostrara deseoso de subrayar el notable papel que ambas naciones han desempeñado en la historia del mundo. Ambos tenían mucho en común, dijo. Eso no era sorprendente, dado que «la India y China fueron los motores del crecimiento económico mundial durante mil seiscientos de los últimos dos mil años».
Forjar alianzas es un arte, un proceso largo y lento cuyas recompensas se obtienen a largo plazo. Sin embargo, construir, mantener y cultivar tales relaciones requiere tiempo y requiere inversión.

Los riesgos para la economía mundial en el caso de una desaceleración, corrección o crisis financiera en China son obvios, pues, como señala el informe del Banco de Inglaterra, China está «profundamente integrada en las cadenas de suministro globales». Habría beneficios potenciales, como por ejemplo, una fuerte reducción de los precios de algunos productos básicos como el carbón, el acero y el cobre, así como del petróleo, lo que se traduciría en precios más bajos en el Reino Unido y otros países del mundo. Es probable que evaluaciones de este tipo estén respaldando la postura agresiva de Estados Unidos en relación con China en el tema de los aranceles, con la adopción de medidas económicas encaminadas a debilitar a Pekín y al mismo tiempo fortalecer a los consumidores estadounidenses.
El rápido desarrollo de las nuevas tecnologías plantea también un reto significativo al que es necesario prestar atención para intentar predecir el impacto que tendrá en los próximos años y, asimismo, para idear el modo de prepararnos para un mundo en el que la inteligencia artificial (IA), la robótica, el aprendizaje automático o de máquinas, la tecnología de blockchain [cadena de bloques], el proyecto Ethereum, etc., cambiarán la forma en que vivimos, amamos, trabajamos y nos comunicamos. A ello debemos añadir las criptomonedas como Bitcoin, que si bien plantean posibilidades emocionantes para los pioneros digitales, parecen tener un obvio interés para todo aquel que desea mantener sus transacciones protegidas y lejos de las miradas curiosas, lo que incluye a quienes comercian con sustancias o mercancías ilícitas y a aquellos que prefieren mantener rentas potencialmente gravables lejos del alcance de las autoridades. En este sentido, no deja de resultar irónico que, en un contexto en el que el predominio en las transacciones internacionales del dólar, el euro y el yen hace que el comercio a gran escala en otras monedas sea poco práctico, inconveniente o definitivamente imposible, el desarrollo de las monedas digitales descentralizadas pueda acabar siendo más importante para aquellos estados que deseen continuar participando en el comercio internacional teniendo que hacer frente a presiones económicas externas, como las sanciones.

Predecir cómo evolucionarán las relaciones con China no es más fácil, pero resulta evidente que las relaciones entre Washington y Pekín se han tornado tensas, hasta el límite de la neurosis.
La certeza de que China constituye una amenaza con la que es necesario lidiar con firmeza explica de algún modo la disposición a infligir daños colaterales.
Desde la perspectiva estadounidense, algo parece haber salido mal en la columna vertebral de las rutas de la seda, donde se considera que China, Rusia e Irán (tres de los países más grandes e importantes del mundo) constituyen un peligro directo para Estados Unidos y una amenaza para la estabilidad mundial. Otros dos países, Turquía y Pakistán, son vistos como una especie de cáncer que solo puede ser tratado de manera agresiva; y todo ello al tiempo que las experiencias en Siria, Irak y Afganistán son un oportuno recordatorio de que a menudo las intervenciones no salen según lo planeado.
Hace casi dos mil quinientos años, uno de los soberanos del reino de Zhao, en el noreste de China, declaró que «el talento para seguir las costumbres de ayer no es suficiente para mejorar el mundo de hoy». Esas palabras sabias resultan tan apropiadas hoy como lo eran entonces. Comprender qué es lo que impulsa el cambio es el primer paso para estar en condiciones de prepararse y adaptarse a él. Tratar de frenarlo o detenerlo es hacerse ilusiones vanas. Lo que es indudable, en cambio, es que las rutas de la seda están en ascenso. Y continuarán estándolo. La forma en que se desarrollen, evolucionen y cambien dará forma al mundo del futuro, para bien y para mal. Porque es lo que siempre han hecho las rutas de la seda.

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The expression «silk roads» serves to describe the ways in which peoples, cultures and continents were woven together, and in doing so it helps us to better understand how religions and languages spread in the past and to show how in this way. Around the world different ideas about food, fashion and art spread, competed with each other and influenced each other. The Silk Roads help to clarify the central place of long-distance trade and resource control, thereby explaining the contexts of the expeditions that helped shape the rise of empires and the motivations behind them. to cross deserts and oceans. The Silk Roads show how technological innovation was stimulated over thousands of kilometers and how the destruction of violence and disease often followed the same patterns.
In Asia the silk roads are ubiquitous. There are, of course, countless tourism companies that promise to reveal the glories of the mysterious past, lost in the mists of time, of each of the countries in the heart of the world. But there are also many more more current manifestations that highlight the power of networks both past and present and future. We have an example of this in the Mega Silk Way shopping center in Astana, Kazakhstan, or in the elegant Silkroad magazine, which can be read on board Cathay Pacific airline flights. At Dubai Airport, the Standard Chartered Bank signs …
The rate at which Asia is growing and the dimensions of the changes it is undergoing are impressive. According to one calculation, by the year 2027 the combined GDP of Asian cities will already be greater than that of the sum of North American and European cities, and it is expected that only eight years later it will exceed them by 17%. Obviously, the development of cities throughout the continent will not be uniform, both economically and geographically, and some cities will prosper more than others. The rise of megacities will bring with it an unprecedented series of environmental, social and administrative challenges, and in some cases will put existing infrastructure and resources under undue pressure.

The New Silk Roads: The Present and Future of the World by Peter Frankopan, is an interesting analysis of the shifting geopolitics of our current world. Frankopan writes of the increasingly central role of Asia (in particular, Central Asia) in terms of political, social, economic and cultural importance. With the initiation of China’s One Belt, One Road initiative, many China watchers have been closely scrutinizing the numerous multi-billion dollar projects popping up in Central Asia, South Asia, and into the Middle East and Africa. These projects seek to improve infrastructure in areas traditionally marginalized in the global economy, or in areas that are unable to capture proportionate value from current flows of trade, economic development, and political power. Watchers are also noting the increasing geopolitical clout China has in these regions, illustrated by increasing military and political posturing, and an erosion of the importance of US and Western power in the areas listed above.
These changes have mixed reviews; in Western circles, policy pundits decry increasing levels of debt stability across the region, noting higher levels of foreign indebtedness to China in countries like Djibouti, Pakistan, Maldives and so on. Western policy analysts also worry that China’s investment in the region is nefarious, and hides sinister overtones to displace Western influence across the globe. On the other hand, beneficiaries of Chinese investment tell another tale. The Belt and Road initiative stokes infrastructure growth and development in regions that sorely need foreign aid and development funds in an era where US and Western countries are increasingly inwardly focused. Infrastructure projects like improving energy infrastructure, building new ports, railways and highways, and linking previously disassociated regions together, allow for expanded trade, opportunity, and growth in countries that are often ignored for being off the beaten trade path.
Frankopan also examines the power vacuum being left as Western nations begin to recede in importance across the globe. China, Russia and others step in to pick up contracts, projects and trade agreements in areas the West backs away from. Valuable contracts in Iran, for example, have gone to China after US sanctions discouraged Western investments in the country. Turkish military hardware, once the sole domain of their NATO ally, the US, is now being supplied by Russia as the US continues to pressure Turkey and threaten sanctions against Turkish elite.
The development of these regions – Central Asia, Africa, the Middle East, South Asia, has the potential to bring millions out of poverty. It also seeds the possibility of the development of a multi-polar world. Large Asian nations, like China, Russia and India, are beginning to carve their own spheres of influence in the regions listed, often at odds with US and Western policy priorities. China, in particular, is beginning to emerge as the main player in the region. Their investments touch almost every project in the region. They are developing overseas naval basis capable of hosting PLA-N ships. They are building ports, bridges, highways and energy infrastructure, which benefits local populations, while also boosting the potential for economic development and trade in Asia – their own backyard. The development of Africa is an important part of this, as China looks to export technical know-how and skilled labour in exchange for diplomatic goodwill, raw resources, and influence in the region.
This book is a good reading – on the shifting sands of geopolitics in modern times. Frankopan analyzes projects, policy papers, news and official sources to paint a picture of a grand plan to modernize much of the world. This book is refreshing as a read, as it does offers a nuanced and balanced view of these regions and their development. Frankopan notes the disruption a Western policy vacuum could have in Asia, and notes the dangers of a multi-polar world well. Frankopan also, however, criticizes the West for a lack of commitment, vision and intelligence in terms of competing against the Belt and Road initiative. Arguments aside however, the development of these regions has huge implications for so many factors – from world politics, to economic well being, the environment, world trade flows, and economics.

This changing world also brings challenges, often in unexpected places and in equally unexpected ways. The rise of China has posed extraordinary problems for donkeys and donkey herders from Central Asia to West Africa. Donkey skin is the basic ingredient in ejiao, a substance used in Chinese folk medicine to relieve pain, but is also said to treat acne, prevent cancer, and increase libido. In the past 25 years, demand for ejiao has led to a 50% reduction in the donkey population in China, leading to a search for new suppliers elsewhere. The price of donkeys has quadrupled in Tajikistan, and in Africa it has also risen sharply. This is not necessarily good news. As donkeys are used as beasts of burden and play an important role in agricultural production and the transport of food to market, the sharp and sudden decrease in the number of animals available (coupled with the increase in their price) threatens to destabilize the agrarian economy of countries with an often precarious balance. For this reason, Niger, Burkina Faso and other African nations have passed laws to ban the export of donkeys to China.
Peace and stability should never be taken for granted, as even a cursory glance at the recent history of Syria, Iraq, Yemen and Afghanistan shows. The restricted development of democratic traditions, the redistribution of power and wealth of a reduced elite and the rise of the professional middle classes have led to the emergence of a number of powerful leaders throughout Asia, and at the same time brought out weaknesses capable of causing states to fail quickly and dramatically.
Those trying to adapt find that it is not only difficult to manage change; it is equally difficult to maintain the appearance that reform is a reality.
Asia and the Silk Roads are on the rise, and they are doing so fast. They do not do so in isolation from the West and not in competition with it. In fact, the opposite is true: Asia’s rise is closely related to the developed economies of the United States, Europe, and other countries. The demand for resources, goods, services and talent in the latter has stimulated the growth of the former, as it has created jobs and opportunities and has served as a catalyst for change. The success of one part of the world is linked to the success of the other, rather than at its expense. The awakening of the sun in the East does not imply that it is setting in the West. Not yet, at least.
However, the difference in reactions to change in each of the parties is very striking. In the East there is hope and optimism about what tomorrow will bring; in the West, by contrast, anxiety is so intense that countries are increasingly divided.

Many of the Central Asian states, all of which are rich in resources, have been exploring practical ways of working together with some success. In March 2017, the presidents of Turkmenistan and Uzbekistan inaugurated a railway bridge over the Amu Darya River on the Turkmenabat-Farab route, an important intersection that, in addition to helping to improve connections between the two countries, will open up new possibilities for trade. Long distance. Cooperation between the Central Asian republics is demonstrated in initiatives such as those aimed at helping Tajikistan reinforce the southern border with Afghanistan, including operations to prevent drug trafficking and the opening of new checkpoints, in the second half. 2017, in the districts of Osh, Batken and Jalalabad in Kyrgyzstan in order to facilitate and expedite the crossing of the border with Uzbekistan.
One consequence of improved relationships is that exchanges multiply.
The water issue is one of the most significant throughout Central Asia. The progressive disappearance of the Aral Sea beginning in the 1960s, when the Soviet Union decided to divert the rivers that fed it to support failed agricultural initiatives, starkly illustrates the problem. The resulting tensions and practical difficulties cannot be downplayed, both in terms of landscape devastation and environmental pollution and in terms of public health, with problems ranging from increased respiratory diseases and cancer to high rates of disease. Child mortality.
In late May 2018, storms swept salt from the now-dry seabed and dumped it across parts of Uzbekistan and Turkmenistan, coating fields of wheat and cotton with up to one centimeter of salt, at one point in the season in that the water shortage had already caused the loss of some crops. The fact that efforts to restore the water level appear to be working, albeit slowly.
Part of the problem is that the three main rivers in Central Asia – the Sir Darya, the Amu Darya, and the Irtish – are transboundary rivers, meaning that a country’s decisions affect what happens downstream. The relevance of this is clear when considering that the shortage of drinking water is the cause of around 70% of the problems that hinder the development of the region. Consequently, it is not surprising that the search for the optimal way to solve water management has been, for some time, one of the issues that arouse the most interest and concern.
Water is a problem in South Asia as well, where India’s construction of the Kishanganga dam and hydroelectric power station has caused much concern to the Pakistani government, which maintains that the project violates the 1960 treaty that divided the Indus water resources between the two countries.
The Taliban have realized that Afghanistan’s mineral wealth offers them enrichment opportunities, as well as the ability to buy more weapons, recruit more supporters and strengthen their power. Consequently, they have paid particular attention to ensuring control of those regions in which there is already a mining activity in order to continue exploiting the resources and even expand existing operations. According to a report, “in 2014 alone the two mining areas of Deodarra and Kuran wa Munjan provided armed groups with close to twenty million dollars, according to a rough but conservative estimate, which is equivalent to the income from the entire sector extractive declared by the government »for the whole of the previous year. In 2016, on the other hand, half of all revenues from lapis lazuli mines went to the Taliban, a sum that, again, is measured in millions or even tens of millions of dollars.
The same occurs with funds derived from hydrated magnesium silicate, «the softest mineral known to man», better known to consumers as «talcum powder». Afghanistan is blessed with large deposits that can be translated into hard cash.

After years of financing and supporting the Palestinian cause, the Saudis have come to prioritize beating the regime in Tehran, a common goal that has brought Saudi Arabia, Israel and the United States into an alliance that until very recently was unthinkable. . The Saudis want to force a deal between Israel and the Palestinians at almost any cost – as long as a deal is reached quickly.
There are many factors driving change in the 21st century, from demographics to the displacement of economic power, from the role of digital technologies to climate change. The Silk Roads are climbing steeply because all of this moves them into action. What happens in the heart of the world in the next few years will shape the next hundred.

The idea of encouraging Chinese companies to seek new opportunities outside the country was spurred on by the formal adoption in 2000 of the «go out» strategy (zouchuqu zhanlue) by the Ninth National People’s Congress and the approval of the new five-year economic plan. and social development. Xi’s ambitions are much broader, and more importantly, they have been realized with astonishing speed and enthusiasm.
In mid-2015, the China Development Bank, one of the country’s key financial institutions, declared that it had set aside $ 890 billion for the purpose of investing in some 900 projects focused primarily on transportation, infrastructure and the energy sector. Six months later, the Export-Import Bank of China announced that it had begun financing what was expected to be more than 1,000 projects in forty-nine different countries under the «Belt and Road Initiative.»
Today, more than eighty countries participate in the initiative, including the republics of Central Asia, the countries of South and Southeast Asia, those of the Middle East, Turkey and the countries of Eastern Europe, as well as various states. from Africa and the Caribbean. With a combined population of 4.4 billion, those living along the new silk routes between China and the eastern Mediterranean constitute more than 63% of the world’s population and a production of 21 billion dollars, 29 % of the world total.
China’s broader perception of its national security interests today has played a key role in developing positions in the South China Sea, where in 2013 dredgers began to create a series of new artificial islands that could serve as military bases. Such a step raised considerable concern in the other countries of the region. When the Philippines denounced that China’s actions violated the United Nations Convention on the Law of the Sea, in 2016 the Permanent Court of Arbitration ruled that there was no legal basis for China to claim historical rights to the disputed territories, while at the same time it considered her responsible for the non-compliance of several of the obligations established in the Convention. It also stated that China’s refusal to accept or participate in the lawsuit presented by the Philippines was not an impediment for the tribunal to reach a decision in accordance with Annex VII of the Convention, which establishes that the “absence of a party or the abstention from defending their case will not constitute an impediment to the proceedings ”.
The expansion of Chinese companies in Europe is accurately mirrored in Africa, where they have been extremely active long before the announcement of the ‘Belt and Road Initiative’. Between 2000 and 2014, Chinese loans allowed some 20 billion dollars to be invested in the construction of roads and railways throughout Africa, and a very similar amount in power plants and networks and oil pipelines.

Predicting the development and outcome of intense geopolitical rivalry and competition is far from easy. What is striking, however, is that while the rise of China in the United States raises concern, the outlook on the other side of the planet is very different. «Western civilization is based on a theological-philosophical tradition of binary antagonisms,» writes Jiang Shigong, a leading Chinese intellectual, in an essay that has been described as «the authoritative exposition of the new political orthodoxy under Xi Jinping.»
It can be said that what is happening in China under Xi Jinping, both domestically and internationally, is the natural and logical culmination of entrenched trends and a long process that the author dates back to 1921 and the founding of the Communist Party. «The great renaissance of the Chinese nation – he concludes – is not just an economic and political renaissance.» It is also a resurgence in terms of political education … which will result in a great revival of Chinese civilization. ‘ The implications are clear: «Chinese civilization is spreading and spreading to more parts of the world.»

In the case of the emerging new world, and particularly with the rise of China, the United States has decided to bet everything on India. That already seemed likely even before Trump was elected president. In addition to talking about the damage that China was causing to the American economy, the then candidate expressed a very different opinion about India. «I am a big fan of the Hindu. I am a huge fan of India. A big, big fan, ”he said when he was campaigning. “If I am elected president,” he added, “the Indian and Hindu community will have a true friend in the White House.
Despite the rivalry with China, India is reluctant to be unnecessarily hostile to its powerful neighbor and has sought to develop a constructive narrative rather than sharpen the antagonisms that separate them. Furthermore, managing relations with China (and indeed other countries as well) as pragmatically as possible has a number of obvious advantages for India. A summit held in Wuhan in the spring of 2018 was the scene of the exchange of important statements of solidarity between President Xi and Prime Minister Modi. Beyond the diplomatic formalities of rigor, the Indian leader was the object of a particularly distinguished reception, and it was striking that, instead of emphasizing the differences between his country and China (in particular on the border dispute that they maintain in the region of Doklam and more recent maritime issues), Modi would be eager to underline the remarkable role that both nations have played in world history. They both had a lot in common, he said. That was not surprising, given that «India and China were the engines of world economic growth for 1,600 of the last 2,000 years.»
Forging alliances is an art, a long and slow process with long-term rewards. However, building, maintaining and cultivating such relationships takes time and requires investment.

The risks to the world economy in the event of a slowdown, correction or financial crisis in China are obvious, as, as the Bank of England report points out, China is «deeply integrated into global supply chains.» There would be potential benefits, such as a sharp reduction in the prices of some commodities such as coal, steel and copper, as well as oil, which would translate into lower prices in the UK and other countries around the world . Assessments of this kind are likely to be backing up the US ‘aggressive stance vis-à-vis China on the tariffs issue, adopting economic measures aimed at weakening Beijing while at the same time strengthening US consumers.
The rapid development of new technologies also poses a significant challenge that needs to be paid attention to in trying to predict the impact it will have in the next few years and also to figure out how to prepare for a world in which artificial intelligence (AI ), robotics, machine or machine learning, blockchain technology, the Ethereum project, etc., will change the way we live, love, work and communicate. To this we must add cryptocurrencies such as Bitcoin, which, while they pose exciting possibilities for digital pioneers, seem to be of obvious interest to anyone who wants to keep their transactions protected and away from prying eyes, including those who trade in substances or illicit goods and those who prefer to keep potentially taxable income out of reach of the authorities. In this sense, it is ironic that, in a context in which the dominance of the dollar, the euro and the yen in international transactions makes large-scale trade in other currencies impractical, inconvenient or definitely impossible, The development of decentralized digital currencies may end up being more important for those states that wish to continue participating in international trade, facing external economic pressures, such as sanctions.

Predicting how relations with China will evolve is not easier, but it is clear that relations between Washington and Beijing have become tense, to the brink of neurosis.
The certainty that China constitutes a threat that needs to be dealt firmly with explains in some way the willingness to inflict collateral damage.
From the American perspective, something seems to have gone wrong at the backbone of the Silk Roads, where China, Russia, and Iran (three of the world’s largest and most important countries) are seen as a direct danger to the United States and a threat to world stability. Two other countries, Turkey and Pakistan, are seen as a kind of cancer that can only be treated aggressively; and all this while the experiences in Syria, Iraq and Afghanistan are a timely reminder that interventions often do not go as planned.
Nearly 2,500 years ago, one of the rulers of the Northeast Chinese kingdom of Zhao declared that «the talent to follow yesterday’s customs is not enough to improve the world today.» Those wise words are as appropriate today as they were then. Understanding what is driving change is the first step in being in a position to prepare and adapt to it. Trying to stop or stop it is to have vain illusions. What is undeniable, on the other hand, is that the Silk Roads are on the rise. And they will continue to be. How they develop, evolve and change will shape the world of the future, for better and for worse. Because that’s what the Silk Roads have always done.

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