Política Para Adultos — Mariano Rajoy Brey / Adult Policy by Mariano Rajoy Brey (spanish book edition)

Hoy más que nunca, la integración es el signo de los tiempos. Es la única manera que tenemos para garantizar nuestra influencia y fortaleza en este siglo XXI tan complejo que nos ha tocado vivir. Una Europa presa de nacionalismos secesionistas y excluyentes, de movimientos populistas, correría el riesgo de verse diluida y debilitada. No podemos permitir bajo ningún concepto que algo así suceda. El precio que pagaríamos sería demasiado alto y afectaría al fundamento nuclear del proyecto europeo: la integración de los estados en una comunidad de derecho, valores democráticos y progreso.
Tenemos problemas muy serios y muchas cosas pendientes de hacer, necesitamos que la política sea útil y no solo un debate estéril e interminable. De entrada sería muy aconsejable que volviera a ser un ámbito suficientemente acogedor para que pudieran acercarse a él personas de la sociedad civil dispuestas a poner sus conocimientos y su experiencia al servicio del bien común. Participar en un gobierno o colaborar con un partido no degrada la cualificación técnica de una persona ni nubla su independencia o la rectitud de su criterio. Y en ningún caso ese eventual paso por la política debiera significar un lastre para recuperar la vida profesional que se dejó en suspenso.
También convendría dedicar algo más de atención a esos asuntos que suelen quedar sepultados por las infinitas polémicas de cada día pero que deberían formar parte de nuestra deliberación pública ya que en ellos nos jugamos nuestro futuro. Últimamente España parece cada vez más distraída con cuestiones del pasado, querellas doctrinarias o —llamemos a las cosas por su nombre— auténticas chorradas, mientras los asuntos que determinarán nuestro bienestar durante generaciones se despachan con brochazos superficiales.
Con menos ruido se pueden ver y atender mejor los problemas. Ahora toca derrotar definitivamente la pandemia y cerrar las heridas de esta nueva crisis para seguir mirando hacia el futuro con confianza. Es posible y es deseable que España tenga un gobierno distinto: austero, con ministros competentes y que se ocupe de los temas que realmente afectan al futuro y al bienestar del país. Un gobierno que trate a los ciudadanos como personas adultas y que no busque revanchismos ni tensión. Ya hemos tenido gobiernos así en el pasado y confío en que, más pronto que tarde, volvamos a tenerlos en el futuro.

La lectura de este libro me ha dejado una sensación agridulce, aunque es el libro que más me gusto, el ex presidente del gobierno español Mariano Rajoy entrega al lector una obra a medio camino entre la opinión, la crítica velada y la esperanza en el futuro.
Tiene una parte a destacar, como es el hecho de aportar soluciones a problemas típicos de esta era como son el Populismo, el descrédito político, el recursos al referendum gracias a su antiguo cargo; además, la visión aportada de cara al futuro de España y el conjunto de la Unión Europea, coincide con la opinión de la mayoría de los analistas y politólogos más reconocidos.
Los capítulos 5, 6 y 8 son de lo mejor del libro, por la descripción clara del problema – haciendo política comparada o bien describiendo casos de la política española – donde hace gala de una visión prístina del conjunto. Sin embargo, en su acción de gobierno no dio cumplimiento a su prédica – Por ejemplo mitigando, acabando o luchando contra el populismo en las RRSS, o contra las «embajadas catalanas» y su mensaje contra toda España.

Sobre el movimiento 15-M deseaba contar con mi testimonio. Hasta ese momento ni se me había pasado por la cabeza que en este año 2021 se cumplía una década de aquel fenómeno acogido con tanto alborozo y tanta expectación por quienes veían en aquellas acampadas de la Puerta del Sol la ocasión de renovar la política española, supuestamente anquilosada por el bipartidismo. La propuesta de la periodista era reflexionar sobre lo que fue y significó aquel movimiento: cómo lo recordaba, cómo había evolucionado y qué quedaba de él diez años después de su irrupción estelar en nuestro sistema político.
El momento no podía ser más tentador para entrar en profundidad en el fenómeno, o acaso sería más adecuado decir que para hacerle la autopsia: Pablo Iglesias estaba a punto de saltar del Gobierno para intentar defender la super­vivencia de su partido en las elecciones autonómicas de Madrid, y el deterioro de su imagen pública era indiscutible y galopante. Su popularidad declinaba de manera acelerada como antes le había ocurrido a Albert Rivera, que abandonó la política por la debacle de su partido en las elecciones generales de noviembre de 2019. Iglesias y Rivera encarnaban el final inapelable de aquella «nueva política» que tanto entusiasmo había cosechado años antes. Ambos hicieron grandes carreras al rebufo de una ola de descontento e insatisfacción general y ambos creyeron que podrían sustituir a los viejos partidos mayoritarios afianzados a lo largo de nuestro casi medio siglo de historia democrática; sin embargo, sus estrellas políticas eran volátiles y se apagaron con la misma celeridad con la que prosperaron. A mi juicio, en el caso de Iglesias, con muchas y más fundadas razones que en el del líder de Ciudadanos.
Después del 15-M vino la crisis del euro, aparecieron y desaparecieron varias veces Varoufakis y Beppe Grillo, luego todos los eurófobos de extrema derecha en Europa y los euroescépticos de la más diversa condición. Llegaron también el referéndum del Brexit y el shock que provocó su resultado, luego el ascenso y la caída de Donald Trump y, finalmente, una pandemia que, además de cobrarse millones de vidas y provocar una crisis económica de dimensiones históricas, ha acabado por desor­denar lo poco ordenado que quedaba en el panorama político y social. Difícilmente encontraremos una década con tantos y tan dramáticos cambios en nuestras vidas.
El populismo, con sus falsedades y su polarización, nos aleja de esa condición de ciudadanos adultos porque nos promete un mundo sin límites y sin responsabilidad. Un mundo inexistente. Pero el daño que esa ficción produce en nuestra convivencia no es en absoluto ficticio.
Cuando llegué al Gobierno a finales de 2011, mis preocupaciones casi exclusivas eran evitar el rescate de España y recuperar el empleo perdido. Las acampadas y el movimiento de «los indignados» me parecían entonces el menor de mis problemas. ¡Claro que había una crisis social! ¡Cómo no iba a haberla cuando la crisis se había llevado por delante más de dos millones de empleos en España! Pero mi prioridad eran los desempleados reales y no quienes decían representarlos en las calles. A diferencia de tantos otros observadores, yo no atribuía a aquellos indignados los rasgos esperanzadores de una regeneración política; siempre pensé que el liderazgo de aquel movimiento lo llevaba la misma extrema izquierda de toda la vida. Hoy sabemos que, además de ese ideario, el 15-M contaba con otra característica definida por sus hechuras. Era un movimiento populista con todos los rasgos que definen este modelo: el adanismo, la superioridad moral, el discurso demagógico y la deslegitimación sistemática de las instituciones.
En todos estos casos la técnica es la misma: manipulando los datos o sencillamente mintiendo, se traslada una imagen distorsionada de la realidad y se le hace creer a la gente que son víctimas. Víctimas de los políticos sin escrúpulos, de los funcionarios de Bruselas, de los inmigrantes, de los banqueros, de la justicia al servicio de los ricos o de cualquier otro colectivo que pueda convenir en un momento dado. No existe un recurso más fácil ni más tramposo para seducir a la audiencia que convertirla en víctima de una injusticia que se promete reparar.
Cuando se repite tanto este fenómeno en nuestra vida pública no podemos limitarnos a analizarlo como entomólogos porque no es un fenómeno aséptico y aislado; esa deslegitimación de las instituciones afecta de manera directa a nuestra convivencia y, por eso mismo, a nuestras vidas.

La pandemia nos ha mostrado que las crisis son, cada vez más, convulsiones globales que desafían la capacidad de gestión de los estados soberanos, al menos de aquellos de tamaño medio como el nuestro. Cada día descubrimos nuevas disfunciones, retos más exigentes y problemas de muy difícil solución. El desafío es creciente para los gobiernos y para las instituciones que velan por el orden multinacional, pero los ingredientes básicos de una sociedad saludable y próspera no son tan distintos de los que conformaron nuestras sociedades abiertas después de la Segunda Guerra Mundial. Necesitamos instituciones democráticas basadas en el imperio de la ley y en la voluntad popular, pero ante todo necesitamos un sistema de controles y contrapesos que limiten el poder del gobierno de turno. Un gobierno sin control no es un gobierno democrático por muy votado que haya podido ser. Necesitamos partidos políticos capaces de vertebrar las distintas opciones y contribuir a la estabilidad de los sistemas democráticos: ni movimientos caudillistas ni plataformas puramente electorales.

A lo largo de mi vida he escuchado muchas veces quejas sobre lo difícil que resulta reformar nuestra Constitución. Según algunos partidos políticos y no pocos comentaristas y expertos, hay que «modernizar» la Carta Magna y adaptarla a las nuevas generaciones que no la votaron.
Es indudable que existen dos o tres cuestiones concretas que pueden ser reformadas —singularmente, la discriminación a favor del varón en la sucesión a la Corona— y la propia Constitución establece el mecanismo necesario para ello. Es algo que sin duda se podrá abordar en el momento en que ni el nacionalismo independentista ni el populismo antisistema puedan convertir esa reforma en un instrumento para liquidar la propia Constitución; es decir, en el momento en que se pueda contar con un consenso tan amplio como el que alumbró el texto actual, algo a lo que me referiré con más detalle en este libro. Ahora solo conviene recordar que los requisitos establecidos por la Constitución para su reforma o para la designación de los órganos constitucionales constituyen un ancla que estabiliza nuestro sistema político y lo protege de cualquier tentación iliberal. Son procesos que obligan al consenso, exigen el entendimiento; en definitiva, imponen a los distintos actores políticos un gran acuerdo nacional. Esto, en los tiempos que corren, se convierte en un impagable mecanismo de seguridad que evita que la Constitución pueda ser pervertida y convertida en una norma de parte, como tantas veces ha ocurrido en nuestra historia.
Es cierto que hemos tardado más que otras potencias como el Reino Unido, Israel o Estados Unidos a la hora de arrancar el proceso de vacunación, pero no es menos cierto que el hecho de que todos los europeos hayamos tenido acceso a las vacunas en igualdad de condiciones es algo histórico y de un indudable valor político. Pensemos por un instante qué situación habríamos vivido los veintisiete países de la Unión si cada gobierno hubiera tenido que salir a pujar en una subasta internacional por las vacunas, como sucedió en los primeros momentos de la pandemia con los respiradores, los equipos de protección e incluso las mascarillas. Lo mismo podríamos decir de los multimillonarios fondos de recuperación aprobados por la Unión Europea o de la política del Banco Central Europeo, absolutamente innovadora y decisiva en sus programas de compra de deuda. ¡Ya me hubiera gustado a mí que durante mi etapa al frente del Gobierno, el Banco Central hubiera comprado ilimitadamente la deuda española! ¡Cuántas dificultades y malos tragos me habría ahorrado!
Pues bien, este modelo democrático de poderes limitados, de estrecha cooperación e integración entre estados nacionales, de economías abiertas, de respeto a los derechos humanos y de sujeción a la ley se ve hoy retado por los populistas de toda condición. A diferencia de lo que ocurría durante la Guerra Fría, el desafío no llega tanto del exterior como desde el corazón mismo del sistema.

Un político populista siempre se presenta como salvador de ese pueblo oprimido e ignorado por sus élites. Se dice aquello tan manido de «devolver la voz al pueblo», como si el pueblo no expresara claramente su voz plural y diversa cada vez que hay elecciones.
Es importante significar lo de la diversidad porque el populista mantiene que el pueblo tiene una sola voz y una sola voluntad, y esa es su primera trampa. Las sociedades, felizmente, son plurales y diversas, y ese pueblo uniforme convertido en única fuente de legitimidad política no existe. Sí existen distintos grupos, clases, colectivos y personas, cada cual con sus particulares intereses, y las últimas, las personas, con unos derechos inalienables que no pueden someterse a la voluntad de ningún «pueblo». El éxito de la política democrática ha consistido en avanzar todos estos años buscando mecanismos para articular una gobernanza satisfactoria para esos distintos intereses.
Indudablemente gobernar no es tarea fácil, como no es fácil hacer buenas leyes. Eso acaba siendo una labor encargada a personas especializadas en ello. Podemos y el movimiento del 15-M forjaron su éxito sobre esa denuncia de la casta. Su lema para atacar a quienes llevábamos años en la vida pública era el famoso «No nos representan» que se escuchaba en las calles, las manifestaciones y las tertulias de televisión. Cuando ellos llegaron al Congreso, dejamos de escuchar aquella consigna; los que presumían de ser los auténticos representantes del pueblo pasaron a comportarse no igual que sus predecesores, sino bastante peor.
El adanismo que comparten todos los populismos va de la mano de su promesa de un futuro maravilloso que nunca acaba de llegar; son las dos caras del mismo proceso: todo lo anterior merece ser sepultado y todo lo que está por llegar será maravilloso.
Si la izquierda se ha atribuido tradicionalmente el monopolio de la verdad y de los buenos sentimientos, los populistas han elevado esa superioridad moral a una nueva categoría. No solo son los buenos, son los justos; y en aras de esa «justa indignación» cualquier error, cualquier mentira y cualquier atropello encuentran amparo y disculpa. Insisto, ya no se trata de la habitual superioridad moral, sino de generar una especie de resentimiento que justifica la descalificación integral del adversario y, en su forma más radical, la legitimación de comportamientos intolerables como los acosos personales. Se trata, en definitiva, de dar un barniz de grandeza moral a lo que no es más que una nueva edición de los viejos y rancios odios sociales que tanto hemos luchado por superar: odio al extranjero, al de otra raza, al de otra clase, al de otra ideología… Odio al diferente.

La labor de los políticos, al menos de los políticos responsables, no es acrecentar esos temores o los recelos frente al extranjero y mucho menos utilizarlos como munición electoral, sino crear las condiciones para despejarlos, y esto pasa por una inmigración ordenada y capaz de integrarse en la sociedad de acogida. Dicho así suena fácil, pero exige mucho más esfuerzo, más tesón y más inteligencia que editar un cartel o realizar unas declaraciones incendiarias.
Gestionar la inmigración implica controlar las fronteras, por supuesto, pero también cultivar una relación de cooperación con los vecinos. No hace falta subrayar la importancia de las relaciones con Marruecos. Fue una de mis prioridades cuando era presidente del Gobierno y rindió sus frutos porque fue una de las etapas más tranquilas de las relaciones de vecindad entre ambos países. Pero no se trata solo de Marruecos. También es necesario fomentar el desarrollo económico en el conjunto de África. Europa debe prestar más atención a su frontera sur y ayudar a estos países, en especial a los del África subsahariana. En los últimos años se han producido importantes avances en esta materia en las políticas europeas, pero aún queda mucho camino que recorrer.
Asimismo es preciso velar por unos servicios públicos suficientes y de calidad para atender a la población que recurre a ellos, sin discriminar entre ciudadanos españoles o extranjeros.
La chispa que desencadenó el Brexit fue precisamente la intención de Cameron de reducir determinadas ayudas sociales a la población inmigrante y limitar también el principio de libertad de movimiento de personas en la Unión Europea.
En España no existe un nacionalismo español como tal, tenemos además el sistema más descentralizado de Europa y comunidades autónomas con amplias competencias para realizar políticas propias. Sin embargo, en octubre de 2017 los ciudadanos llenaron las fachadas de sus viviendas con banderas de España de forma espontánea en la mayor manifestación de fervor patriótico que hemos visto en los últimos años. Eso no había ocurrido nunca con semejante intensidad. Fue la manera en que muchos españoles estaban diciendo que sentían su identidad nacional amenazada. El independentismo catalán logró despertar este sentimiento nacional que hasta entonces no había mostrado ninguna necesidad de reivindicarse.

A nadie se le escapa que uno de los factores que en ciertos casos ha tenido un papel destacadísimo en el resurgir del populismo es la corrupción política.
Todos los teóricos que en los últimos años han analizado el auge del populismo coinciden en señalar la importancia de las redes sociales en la deriva que ha experimentado la política actual. Es inevitable que así sea. La política tiene un componente imprescindible y fundamental de comunicación; estamos todo el día compartiendo ideas, propuestas, debatiendo a través de los medios y tratando de que las tareas que se llevan a cabo en el gobierno o en la oposición sean conocidas y valoradas por los ciudadanos. Pura comunicación. En consecuencia, una revolución de la magnitud de la que han supuesto las redes sociales necesariamente debía tener su impacto en la política.

Uno de los episodios absurdos de todos a los que hemos asistido durante la pandemia ha sido el debate sobre la va­cuna de AstraZeneca. Como todos recordamos, cuando comenzó la aplicación masiva de esta vacuna se produjeron algunos escasos episodios de efectos secundarios, de trombos, que no se habían detectado durante la fase de ensayos clínicos. Estos casos eran estadísticamente irrelevantes y se podían tratar sin mayores dificultades. Sin embargo, los gobiernos europeos, en plena pandemia, acordaron suspender la vacunación con AstraZeneca hasta que la Agencia Europea del Medicamento realizara un segundo informe sobre la vacuna. Hasta aquí la reacción puede entenderse dentro de lo razonable: había surgido una duda ante un efecto secundario no previsto y se reclamó a la AEM una mayor precisión para la tranquilidad general.
Ningún ciudadano debería verse obligado a firmar la admisión de una responsabilidad que solo le compete a la Administración pública; para eso hemos creado las agencias nacionales del medicamento y la europea, cuya única función es garantizar la seguridad de los fármacos basándose exclusivamente criterios técnicos. Por eso los gobiernos tienen la facultad de autorizarlos o prohibirlos. Pero también resulta sorprendente que un gobierno sin particulares cualificaciones técnicas se decidiera a enmendarle la plana al consenso científico en la materia para acabar endosándole al ciudadano la responsabilidad última sobre la elección de la vacuna.
No se me ocurre una manera más directa de desacreditar la labor de los expertos, de las agencias creadas para velar por la seguridad de los medicamentos y de sembrar la incertidumbre sobre las vacunas cuando más necesario resultaba reforzar la confianza de los ciudadanos en ellas. Por más vueltas que le he llegado a dar a este asunto, no he encontrado en él ni un solo elemento dictado por la raciona­lidad.
Como sabemos, a pesar de todos los esfuerzos propagandísticos del Gobierno, los ciudadanos prefirieron de forma muy mayoritaria pincharse con AstraZeneca, con lo que el principal desautorizado, y en unos términos realmente iné­ditos en democracia, resultó ser el propio Ministerio de Sanidad.
En una situación de crisis aguda como es una pandemia, resulta muy difícil calibrar en qué punto una decisión que busca transmitir tranquilidad a los ciudadanos puede convertirse por exceso en una fuente de mayor incertidumbre social.
Una de las derivadas de esta infección sentimental que ha inundado la vida política se pone de manifiesto también en los excesos del particularismo. Nadie habla ya de grandes proyectos colectivos y la política parece haberse reducido a la suma de una serie de medidas sectoriales para contentar a distintos colectivos y distintos territorios.

Creo que la democracia liberal que hemos ido perfeccionando con los años sigue siendo el mejor instrumento para abordar con éxito los desafíos que nos plantea el futuro. Modernicemos todo lo que haya que modernizar, ajustemos nuestras conductas a las nuevas realidades como la digitalización, el cambio climático, la globalización o los movimientos migratorios, pero hagámoslo sin renunciar a los valores y las instituciones que desde mediados del siglo pasado han protegido nuestra convivencia en paz. Ese sistema liberal de sociedades abiertas, con los poderes limitados, instituciones independientes y un absoluto respeto a los derechos y libertades de las personas, nos ha traído hasta aquí y ha acreditado sobradamente su eficacia y su justicia. Ese modelo sigue siendo nuestra mejor baza para mirar hacia el futuro con confianza: instituciones más fuertes, Estado de derecho más sólido y mayores consensos políticos.

Los errores que haya podido cometer Juan Carlos I ni cuestionan a la institución ni pueden suponer una desautorización de su figura histórica, que merece un juicio más ponderado y ecuánime. En el debate parlamentario sobre su abdicación dije que su labor merecía el agradecimiento de generaciones de españoles, y hoy lo sigo pensando. Incluso esos adanes que circulan por la política empeñados en derruir cualquier vestigio de institucionalidad le deben a Juan Carlos I parte de sus libertades. Le deben también su empeño por romper nuestro aislamiento internacional de medio siglo, su apoyo siempre generoso en la defensa de los intereses de cualquier empresa o administración española allá donde fuera necesario hacerlo, así como un modelo impecable de ejercitar sus funciones constitucionales.
Aunque no esté de moda, yo sí me siento capaz de hacer un juicio ponderado de la figura de don Juan Carlos, que siempre será el rey que habiendo recibido un poder sin límites lo entregó de forma ejemplar a los españoles para que nos gobernáramos en democracia. Ha sido un buen rey, uno de los mejores de nuestra historia, y quiero decirlo ahora que está vivo y viviendo tan lejos de aquí.

La existencia de grandes acuerdos nacionales no significa que todos tengamos que pensar igual. Eso no es posible ni deseable. No hay democracia en el mundo en la que no existan puntos de vista diferentes, maneras distintas de ver las cosas, de enfocar la gobernación de un país. No hay parlamento democrático en el que no se produzcan debates, muy duros a veces, votaciones a favor o en contra, en el que no haya mayorías y minorías. Esto forma también parte, y muy sustancial, de las democracias.
La democracia necesita de fuerzas políticas diferentes que representen al conjunto de la sociedad y a su pluralidad. Que confronten entre ellas. Pero también precisa de partidos que sean capaces de colaborar para acordar las normas básicas de una convivencia ordenada y de tomar juntos decisiones que afectan al interés general de la nación. También de afrontar aquellas cuestiones que no es bueno dejar al arbitrio de una sola fuerza política, aunque esta disponga de una mayoría. No todo puede ni debe ser objeto de polémica y de confrontación. Hay ocasiones, las más importantes, en las que es imprescindible entenderse con los opuestos.

Mi previsión es que, al igual que sucedió con Ciudadanos, más pronto que tarde los votantes de Vox volverán a apostar por el Partido Popular.

La crisis actual, tiene un origen distinto; se trata una pandemia global que nos ha llevado a una situación casi distópica, en la que nos hemos visto obligados a paralizar casi por entero nuestras relaciones humanas y económicas. Se trata de una crisis exógena, derivada de una decisión meditada de inducir el coma a la economía para salvar la vida de millones de personas. Toda la actividad no esencial fue suspendida durante meses en todo el mundo. Economías como la española, más dependientes del sector servicios o del turismo, con empresas de menor tamaño medio que otros países europeos y con menor margen fiscal de partida, sufren con mayor gravedad el golpe de la pandemia.
Ahora vienen tiempos de importantes tasas de crecimiento, algo lógico después del desplome sufrido en 2020, pero no conviene dejarse llevar por un entusiasmo infundado y olvidar los deberes pendientes; la recuperación aún llevará tiempo y será desigual, con unos sectores claramente más atrasados que otros. Y es imprescindible, además, empezar a gobernar, porque hasta ahora las medidas adoptadas han sido paliativas pero en absoluto suficientes para lograr una recuperación sostenible en el tiempo. Ante el triunfalismo de algunos, debo recordar que España ha sido, en el segundo trimestre de 2021, el país de la Unión Europea más rezagado a la hora de recuperar los niveles de actividad económica previos a la pandemia.
Ni los eslóganes, ni el dogmatismo y menos aún la demagogia son herramientas útiles para manejarse ante una crisis. Acaso puedan servir para eludir la propia responsabilidad o para derivar las culpas, que es algo muy socorrido en la vida pública, pero en ningún caso permiten actuar de manera positiva sobre una realidad desagradable y transformarla en beneficio del interés general.

Europa no puede bajo ningún concepto conformarse con un papel secundario en la escena internacional del siglo XXI . Debe desplegar una acción exterior ambiciosa, coherente con sus objetivos y principios fundamentales. Una acción exterior que impulse nuestra presencia en el mundo, defienda nuestros intereses y proyecte nuestros valores, como ocurrió en su día con la democracia liberal, el mercado o la ciencia. Pero una cosa son las buenas palabras y otra los hechos reales. El llamado soft power , del que Europa es campeona, tiene sus límites cuando se enfrenta a potencias no tan soft.
La Unión Europea se encuentra bien situada para reaccionar ante muchos de estos retos. Está en disposición de aplicar una serie de medidas, variadas y flexibles, que combinan mediación, diplomacia, comercio, cooperación al desarrollo, ayuda humanitaria o gestión de la pandemia, mediante acciones civiles o incluso, en algún caso, militares. De hecho, en el mundo hay una creciente demanda de Europa: cuanto más hacemos, más nos piden que hagamos.
En el ámbito de la seguridad y la defensa, Europa tiene la obligación de contribuir a un orden global multilateral, basado en el derecho internacional y en los valores europeos, y debe hacerlo en concierto con nuestros aliados y amigos —en primer lugar, con Estados Unidos—. La OTAN debe seguir siendo el marco principal de nuestra seguridad; no obstante, ello no impide tener una contribución propia mediante decisiones colectivas pero hablando con una sola voz y actuando con los medios adecuados. Debemos reforzar nuestro compromiso con el desarrollo de una política común de seguridad y defensa eficaz.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/17/una-espana-mejor-mariano-rajoy-brey-a-better-spain-by-mariano-rajoy-brey-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/08/politica-para-adultos-mariano-rajoy-brey-adult-policy-by-mariano-rajoy-brey-spanish-book-edition/

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Today more than ever, integration is the sign of the times. It is the only way we have to guarantee our influence and strength in this complex 21st century in which we have lived. A Europe preyed upon by secessionist and exclusionary nationalisms, by populist movements, would run the risk of being diluted and weakened. We cannot under any circumstances allow something like this to happen. The price we would pay would be too high and would affect the core foundation of the European project: the integration of states into a community of law, democratic values and progress.
We have very serious problems and many things to do, we need politics to be useful and not just a sterile and endless debate. From the outset, it would be highly advisable to return to being a sufficiently welcoming environment for people from civil society willing to put their knowledge and experience at the service of the common good to approach it. Participating in a government or collaborating with a party does not degrade a person’s technical qualifications or cloud their independence or the correctness of their judgment. And in no case should this eventual passage through politics mean a burden to recover the professional life that was left on hold.
It would also be advisable to devote a little more attention to those matters that are usually buried by the endless controversies of each day but that should be part of our public deliberation since we risk our future on them. Lately Spain seems more and more distracted with issues of the past, doctrinal disputes or – let’s call things by their names – real bullshit, while the issues that will determine our well-being for generations are dismissed with superficial brushstrokes.
With less noise, problems can be better seen and dealt with. Now it is time to definitively defeat the pandemic and heal the wounds of this new crisis to continue looking to the future with confidence. It is possible and desirable that Spain has a different government: austere, with competent ministers and that deals with issues that really affect the future and well-being of the country. A government that treats citizens as adults and does not seek revenge or tension. We have had governments like this in the past and I am confident that sooner rather than later we will have them again in the future.

Reading this book has left me a bittersweet feeling, although it is the book that I liked the most, the former president of the Spanish government Mariano Rajoy gives the reader a work halfway between opinion, veiled criticism and hope for the future .
It has a part to highlight, such as the fact of providing solutions to typical problems of this era such as Populism, political discredit, resources for the referendum thanks to his former position; Furthermore, the vision provided for the future of Spain and the European Union as a whole coincides with the opinion of the majority of the most recognized analysts and political scientists.
Chapters 5, 6 and 8 are the best of the book, for the clear description of the problem – doing comparative politics or describing cases of Spanish politics – where it shows a pristine vision of the whole. However, in the government action he did not comply with his preaching-For example, mitigating, ending or fighting against populism is the RRSS, or against the «Catalan embassies» and their message against all of Spain.

Regarding the 15-M movement, he wanted my testimony. Until that moment, it had not even crossed my mind that this year 2021 marked a decade of that phenomenon, welcomed with so much joy and so much expectation by those who saw the opportunity to renew Spanish politics, supposedly stagnant by bipartisanship. The journalist’s proposal was to reflect on what that movement was and meant: how I remembered it, how it had evolved and what was left of it ten years after its stellar irruption into our political system.
The moment could not be more tempting to go deeper into the phenomenon, or perhaps it would be more appropriate to say than to do the autopsy: Pablo Iglesias was about to jump from the Government to try to defend the survival of his party in the regional elections in Madrid , and the deterioration of his public image was indisputable and galloping. His popularity was declining rapidly as had happened before to Albert Rivera, who left politics due to the debacle of his party in the general elections of November 2019. Iglesias and Rivera embodied the unappealable end of that «new politics» that so much enthusiasm had harvested years before. Both made great races behind a wave of discontent and general dissatisfaction and both believed that they could replace the old majority parties entrenched throughout our almost half century of democratic history; however, its political stars were volatile, fading just as quickly as they prospered. In my opinion, in the case of Iglesias, with many and more founded reasons than in that of the leader of Ciudadanos.
After the 15-M came the euro crisis, Varoufakis and Beppe Grillo appeared and disappeared several times, then all the Europhobes of the extreme right in Europe and the Eurosceptics of the most diverse condition. There was also the Brexit referendum and the shock that caused its result, then the rise and fall of Donald Trump and, finally, a pandemic that, in addition to claiming millions of lives and causing an economic crisis of historic dimensions, has ended up disorderly. how little order was left in the political and social panorama. We will hardly find a decade with so many and such dramatic changes in our lives.

Populism, with its falsehoods and its polarization, distances us from that condition of adult citizens because it promises us a world without limits and without responsibility. A non-existent world. But the damage that this fiction produces in our coexistence is not fictional at all.
When I came to the government at the end of 2011, my almost exclusive concerns were to avoid the rescue of Spain and to recover the lost job. The camping trips and the movement of «the indignados» seemed to me then the least of my problems. Of course there was a social crisis! How could there not be when the crisis had washed away more than two million jobs in Spain! But my priority was the real unemployed and not those who claimed to represent them on the streets. Unlike so many other observers, I did not attribute to those outraged the hopeful traits of a political regeneration; I always thought that the leadership of that movement was led by the same extreme left of all life. Today we know that, in addition to that ideology, the 15-M had another characteristic defined by its workmanship. It was a populist movement with all the features that define this model: Adamism, moral superiority, demagogic discourse, and the systematic delegitimization of institutions.
In all these cases the technique is the same: manipulating the data or simply lying, a distorted image of reality is transferred and people are made to believe that they are victims. Victims of unscrupulous politicians, Brussels officials, immigrants, bankers, justice at the service of the rich or any other group that may agree at any given time. There is no easier or more tricky way to seduce your audience than to make them the victim of an injustice that you promise to repair.
When this phenomenon is repeated so much in our public life, we cannot limit ourselves to analyzing it as entomologists because it is not an aseptic and isolated phenomenon; This delegitimization of institutions directly affects our coexistence and, therefore, our lives.

The pandemic has shown us that crises are, increasingly, global convulsions that challenge the management capacity of sovereign states, at least those of medium size like ours. Every day we discover new dysfunctions, more demanding challenges and problems that are very difficult to solve. The challenge is growing for governments and institutions that ensure the multinational order, but the basic ingredients of a healthy and prosperous society are not so different from those that shaped our open societies after World War II. We need democratic institutions based on the rule of law and the popular will, but above all we need a system of checks and balances that limit the power of the government in power. A government without control is not a democratic government, no matter how highly voted it may have been. We need political parties capable of structuring the different options and contributing to the stability of democratic systems: neither caudillista movements nor purely electoral platforms.

Throughout my life, I have heard many complaints about how difficult it is to reform our Constitution. According to some political parties and not a few commentators and experts, the Magna Carta must be «modernized» and adapted to the new generations that did not vote for it.
There is no doubt that there are two or three specific issues that can be reformed – singularly, discrimination in favor of men in succession to the Crown – and the Constitution itself establishes the necessary mechanism for this. It is something that will undoubtedly be tackled at a time when neither pro-independence nationalism nor anti-system populism can turn this reform into an instrument to liquidate the Constitution itself; that is to say, at the moment when a consensus as broad as the one that gave rise to the current text can be counted on, something to which I will refer in more detail in this book. Now it is only worth remembering that the requirements established by the Constitution for its reform or for the appointment of constitutional bodies constitute an anchor that stabilizes our political system and protects it from any illiberal temptation. They are processes that force consensus, require understanding; in short, they impose a great national agreement on the different political actors. This, in these times, becomes an invaluable security mechanism that prevents the Constitution from being perverted and turned into a party rule, as has happened so many times in our history.
It is true that we have taken longer than other powers such as the United Kingdom, Israel or the United States to start the vaccination process, but it is no less true than the fact that all Europeans have had equal access to vaccines. conditions is something historical and of undoubted political value. Let us think for a moment what situation the 27 countries of the Union would have experienced if each government had had to go out to bid in an international auction for vaccines, as happened in the first moments of the pandemic with respirators, protective equipment and even the masks. The same could be said of the multimillion-dollar recovery funds approved by the European Union or of the policy of the European Central Bank, which is absolutely innovative and decisive in its debt purchase programs. I already wish that during my time at the head of the Government, the Central Bank had bought the Spanish debt without limits! How many difficulties and bad drinks it would have saved me!
Well, this democratic model of limited powers, of close cooperation and integration between national states, of open economies, of respect for human rights and of subjection to the law is today being challenged by populists of all walks of life. Unlike what happened during the Cold War, the challenge does not come so much from outside as from the very heart of the system.

A populist politician always presents himself as the savior of that oppressed people and ignored by their elites. It is said that so hackneyed of «giving the voice back to the people», as if the people did not clearly express their plural and diverse voice every time there are elections.
It is important to mean diversity because the populist maintains that the people have one voice and one will, and that is his first trap. Fortunately, societies are plural and diverse, and that uniform people, which have become the only source of political legitimacy, does not exist. Yes, there are different groups, classes, collectives, and people, each with their own particular interests, and the latter, individuals, with inalienable rights that cannot be submitted to the will of any «people.» The success of democratic politics has consisted of advancing all these years looking for mechanisms to articulate a satisfactory governance for these different interests.
Undoubtedly governing is not an easy task, just as it is not easy to make good laws. That ends up being a task entrusted to people specialized in it. Podemos and the 15-M movement built their success on this denunciation of the caste. His motto to attack those of us who had been in public life for years was the famous «They don’t represent us» that was heard in the streets, at demonstrations and on television gatherings. When they arrived at the Congress, we stopped listening to that slogan; those who presumed to be the true representatives of the people began to behave not the same as their predecessors, but rather worse.
The Adamism shared by all populisms goes hand in hand with their promise of a wonderful future that never just arrived; they are the two sides of the same process: everything that has gone before deserves to be buried and everything that is yet to come will be wonderful.
If the left has traditionally claimed a monopoly on truth and good feelings, populists have elevated that moral superiority to a new category. They are not only the good ones, they are the fair ones; and for the sake of this «just indignation» any error, any lie and any outrage find protection and excuse. I insist, it is no longer about the usual moral superiority, but about generating a kind of resentment that justifies the complete disqualification of the adversary and, in its most radical form, the legitimization of intolerable behaviors such as personal harassment. Ultimately, it is about giving a veneer of moral greatness to what is nothing more than a new edition of the old and stale social hatreds that we have struggled so hard to overcome: hatred of the foreigner, of another race, of another class , to another ideology … I hate someone who is different.

The work of politicians, at least of responsible politicians, is not to increase these fears or misgivings about foreigners, much less use them as electoral ammunition, but to create the conditions to clear them, and this involves an orderly immigration capable of integrating. in the host society. Said like this it sounds easy, but it requires much more effort, more determination and more intelligence than editing a poster or making inflammatory statements.
Managing immigration involves controlling borders, of course, but also cultivating a cooperative relationship with neighbors. There is no need to stress the importance of relations with Morocco. It was one of my priorities when I was Prime Minister and it paid off because it was one of the calmest stages in the neighborhood relations between the two countries. But it is not just about Morocco. There is also a need to promote economic development in the whole of Africa. Europe must pay more attention to its southern border and help these countries, especially those in sub-Saharan Africa. In recent years there have been important advances in this area in European policies, but there is still a long way to go.
Likewise, it is necessary to ensure sufficient and quality public services to serve the population that uses them, without discriminating between Spanish and foreign citizens.
The spark that Brexit unleashed was precisely Cameron’s intention to reduce certain social benefits to the immigrant population and also limit the principle of freedom of movement of people in the European Union.
In Spain there is no Spanish nationalism as such, we also have the most decentralized system in Europe and autonomous communities with broad powers to carry out their own policies. However, in October 2017, citizens spontaneously filled the facades of their homes with Spanish flags in the largest manifestation of patriotic fervor that we have seen in recent years. That had never happened with such intensity. It was the way many Spaniards were saying that they felt their national identity threatened. The Catalan independence movement managed to awaken this national sentiment that until then had not shown any need to vindicate itself.

No one is aware that one of the factors that in certain cases has played a prominent role in the resurgence of populism is political corruption.
All the theorists who in recent years have analyzed the rise of populism coincide in pointing out the importance of social networks in the drift experienced by current politics. It is inevitable that this is the case. Politics has an essential and fundamental communication component; we are all day sharing ideas, proposals, debating through the media and trying to ensure that the tasks that are carried out in the government or in the opposition are known and valued by the citizens. Pure communication. Consequently, a revolution of the magnitude of which social networks have implied must necessarily have its impact on politics.

One of the absurd episodes of all that we have attended during the pandemic has been the debate about the AstraZeneca vaccine. As we all remember, when the massive application of this vaccine began, there were some rare episodes of side effects, thrombi, which had not been detected during the clinical trials phase. These cases were statistically irrelevant and could be treated without major difficulties. However, European governments, in the midst of a pandemic, agreed to suspend vaccination with AstraZeneca until the European Medicines Agency made a second report on the vaccine. So far, the reaction can be understood within reason: a doubt had arisen in the face of an unforeseen side effect and a greater precision was requested from the AEM for general reassurance.
No citizen should be forced to sign the admission of a responsibility that only belongs to the Public Administration; For this we have created the national drug agencies and the European one, whose sole function is to guarantee the safety of drugs based exclusively on technical criteria. That is why governments have the power to authorize or prohibit them. But it is also surprising that a government without particular technical qualifications decided to amend the scientific consensus on the matter to end up endorsing the ultimate responsibility for the choice of the vaccine on the citizen.
I cannot think of a more direct way of discrediting the work of the experts, of the agencies created to ensure the safety of medicines and of sowing uncertainty about vaccines when it was most necessary to reinforce the confidence of citizens in them. For more laps than I have come to give to this matter, I have not found in it a single element dictated by rationality.
As we know, despite all the propaganda efforts of the Government, the majority of citizens preferred to tap into AstraZeneca, with which the main one unauthorized, and in truly unprecedented terms in democracy, turned out to be the Ministry of Health itself.
In a situation of acute crisis such as a pandemic, it is very difficult to gauge at what point a decision that seeks to transmit tranquility to citizens can become excessively a source of greater social uncertainty.
One of the derivatives of this sentimental infection that has flooded political life is also evident in the excesses of particularism. Nobody talks about large collective projects anymore and politics seems to have been reduced to the sum of a series of sectoral measures to satisfy different groups and different territories.

I believe that the liberal democracy that we have perfected over the years remains the best instrument for successfully tackling the challenges of the future. Let’s modernize everything that needs to be modernized, let’s adjust our behavior to new realities such as digitization, climate change, globalization or migratory movements, but let’s do it without renouncing the values and institutions that have protected our coexistence since the middle of the last century. in peace. This liberal system of open societies, with limited powers, independent institutions and absolute respect for the rights and freedoms of people, has brought us here and has amply proven its effectiveness and justice. This model remains our best asset to look to the future with confidence: stronger institutions, stronger rule of law and greater political consensus.

The mistakes that Juan Carlos I may have made neither question the institution nor can they imply a disavowal of his historical figure, who deserves a more balanced and balanced judgment. In the parliamentary debate on his abdication, I said that his work deserved the gratitude of generations of Spaniards, and I still think so today. Even those adams that circulate in politics determined to demolish any vestige of institutionalism owe Juan Carlos I part of his freedoms. They also owe him their determination to break our international isolation of half a century, their always generous support in defending the interests of any Spanish company or administration wherever it was necessary to do so, as well as an impeccable model of exercising their constitutional functions.
Although it is not fashionable, I do feel capable of making a weighted judgment of the figure of Don Juan Carlos, who will always be the king who, having received unlimited power, gave it in an exemplary way to the Spanish so that we could govern ourselves in a democracy . He has been a good king, one of the best in our history, and I want to say it now that he is alive and living so far from here.

The existence of large national agreements does not mean that we all have to think alike. That is neither possible nor desirable. There is no democracy in the world in which there are no different points of view, different ways of seeing things, of approaching the governance of a country. There is no democratic parliament in which there are no debates, sometimes very tough, votes for or against, in which there are no majorities and minorities. This is also part, and very substantial, of democracies.
Democracy needs different political forces that represent the whole of society and its plurality. Let them confront each other. But it also requires parties that are capable of collaborating to agree on the basic norms of an orderly coexistence and of making decisions together that affect the general interest of the nation. Also to face those questions that it is not good to leave to the discretion of a single political force, even if it has a majority. Not everything can and should not be the subject of controversy and confrontation. There are occasions, the most important, in which it is essential to understand with the opposites.

My forecast is that, as happened with Ciudadanos, sooner or later the voters of Vox Party will go back to betting on the Popular Party.

The current crisis has a different origin; It is a global pandemic that has led us to an almost dystopian situation, in which we have been forced to almost completely paralyze our human and economic relationships. It is an exogenous crisis, derived from a thoughtful decision to induce coma into the economy to save the lives of millions of people. All non-essential activity was suspended for months around the world. Economies such as Spain, which are more dependent on the services or tourism sectors, with companies of smaller average size than other European countries and with a lower initial fiscal margin, suffer the blow of the pandemic more seriously.
Now comes times of significant growth rates, something logical after the collapse suffered in 2020, but it is not advisable to get carried away by unfounded enthusiasm and forget the pending duties; recovery will still take time and will be uneven, with some sectors clearly more backward than others. And it is also essential to start governing, because so far the measures adopted have been palliative but not at all sufficient to achieve a sustainable recovery over time. Given the triumphalism of some, I must remember that Spain was, in the second quarter of 2021, the country in the European Union that lagged the furthest behind when it came to recovering the levels of economic activity prior to the pandemic.
Neither slogans nor dogmatism and even less demagoguery are useful tools to deal with a crisis. Perhaps they can serve to avoid their own responsibility or to derive blame, which is something very helpful in public life, but in no case do they allow us to act positively on an unpleasant reality and transform it to the benefit of the general interest.

Europe cannot under any circumstances settle for a secondary role on the international scene of the 21st century. It must deploy an ambitious foreign action, consistent with its objectives and fundamental principles. A foreign action that promotes our presence in the world, defends our interests and projects our values, as happened in its day with liberal democracy, the market or science. But good words are one thing and real events are another. The so-called soft power, of which Europe is the champion, has its limits when it faces not-so-soft powers.
The European Union is well placed to react to many of these challenges. It is in a position to apply a series of measures, varied and flexible, that combine mediation, diplomacy, trade, development cooperation, humanitarian aid or pandemic management, through civil actions or even, in some cases, military. In fact, in the world there is a growing demand for Europe: the more we do, the more they ask us to do.
In the field of security and defense, Europe has an obligation to contribute to a multilateral global order, based on international law and European values, and must do so in concert with our allies and friends – first and foremost, with States. United-. NATO must remain the main framework for our security; However, this does not preclude having their own contribution through collective decisions but speaking with one voice and acting with the appropriate means. We must reinforce our commitment to developing an effective common security and defense policy.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/17/una-espana-mejor-mariano-rajoy-brey-a-better-spain-by-mariano-rajoy-brey-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/08/politica-para-adultos-mariano-rajoy-brey-adult-policy-by-mariano-rajoy-brey-spanish-book-edition/

2 pensamientos en “Política Para Adultos — Mariano Rajoy Brey / Adult Policy by Mariano Rajoy Brey (spanish book edition)

  1. Buenos días y felicidades por esta entrada. Muy interesante, de verdad. Tan clara que me has ahorrado el tiempo de leerme el libro de Rajoy. Ahora bien, yo le aconsejaría al autor que leyese, el Manual de Ética para el CIUDADANO, EL POLÍTICO Y EL CIENTÍFICO. Todos aprendemos de todos; ahora bien hay claves que rompen el principio de igualdad de todos los ciudadanos. Un saludo y gracias.

    • Ernesto te doy la razón los libros en España de nuestros gestores públicos generalmente se resumen en predicar remedios que no aplican pero quedan bonitos a posteriori

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