Buena Mar — Antonio Lucas / Good Sea by Antonio Lucas (spanish book edition)

El mar de Gran Sol es un adiestramiento hacia la muerte y un arsenal de treinta y dos pares de calcetines por marinero, siempre húmedos. Un laboratorio de intemperies. Su belleza es conflictiva y se resume en una palabra que puede repetirse tanto como haga falta, pero nunca se llega a decir del todo. Tiene unos protocolos feroces. Un lugar tan extremo y desmesurado que sólo puedes asimilarlo sorteando pesadillas, temores, augurios, algún escaso entusiasmo que perpetúa la sensación de extravío. Gran Sol es uno de los peores caladeros de pesca de altura del mundo. De los más fieros. Allá un hombre se hace más invisible aún, sin asidero alguno, casi ajeno a cuanto lo ha precedido. Si no perteneces a la torrefacta cofradía marinera, qué sentido tiene estar ahí. Y a ellos, qué los empuja. Quizá la incesante condena de no saber ya qué.

Disfruté mucho este libro. La historia del periodista que se hizo a la mar en un barco de pesca fue bastante interesante de manera descriptiva y el estilo de escritura escaso le dio un buen ambiente. Aunque no me importaba la idea de que todos los pescadores fueran filósofos a tiempo parcial, algo profundo que decir sobre su forma de vida, sobre el mar, sobre la eternidad. Todo se volvió un poco desgastante y en las últimas cuarenta o cincuenta páginas descubrí que había leído un par de páginas de auto introspección sin tomar una sola palabra. Cuando la tierra apareció a la vista, el libro aceleró de nuevo y terminó bien.
Una novela reveladora, de descubrimiento de lo desconocido y de lo muy conocido a través de la vivencia del personaje. Una obra maestra y un canto a la buena literatura.

Paseo por una dársena indolente, desapacible, dispuesto a subir a un barco para algo que desconozco. A un barco que aún no ha llegado. Un barco que a esta hora de la noche navega hacia el puerto desde el más allá de un océano que sólo imaginarlo activa una desazón prematura. He visto algunos documentales. Leí Gran Sol, de Ignacio Aldecoa. Vine impulsado por un afán de conocer que ahora no sé si necesito y que tampoco sé interpretar.
Ahora mismo puedo comprimir la soledad entera en una palabra inspirada: temor. Parece que huyo, pero tan sólo busco a trompadas algo distinto y muy ajeno a mí, por supervivencia, por no rendirme a la rutina, a lo previsible, a la oferta de comodidad de alguna gente que quiero. Qué otra explicación puedo dar. La vida de los hombres de la mar es una incógnita interminable, un espacio ajeno a las normas por las que yo me muevo o me detengo. Son inquilinos de un enigma legendario. Su realidad no tiene forma ni en la forma cabe. Una vez que el barco se adentra en el mar, en ese vasto dominio sin testigos, todo lo posible es posible. O imposible.

El puerto es un territorio amenazante que se va poblando de sujetos esquivos como en un simulacro de algo por suceder. Cajas vacías acumuladas en torres de cuatro o cinco metros. Fardos de redes como farallones. Decenas de jaulas apiladas para la captura del marisco. Algunos coches que llegan deprisa y quedan desperdigados y con las luces encendidas. Las tres pequeñas naves de almacenaje donde algo empieza a despertar. Y un silencio atizado por ráfagas de viento crecidas, algo rabiosas.

Hace horas que vomito sin tregua. Cierro los ojos para concentrarme mejor en no sé qué. El Carrumeiro se mueve con un bamboleo incesante y la vida protesta en el estómago. Lolo me observa a rachas, con cierta compasión, quizá también con prevista ironía. Ni tumbado en el catre, ni de pie en el puente de gobierno: ningún lugar es más confortable que el baño que hay junto al primer pasillo de camarotes, donde un charco de agua se desplaza de un lado a otro, como un océano en miniatura que agoniza. Un péndulo líquido para la hipnosis de incautos. Más allá de los ojos todo es inestabilidad y un frío que barre por dentro, una náusea abriendo paso a otra que incuba la siguiente, sin tregua. Conviene beber agua para no caer aún más.

El frío de fuera se suma al frío de dentro, de dentro de mí, y según el día pierde claridad las nubes calcan la noche. La noche abierta. La noche más allá de la noche. Nubes oscuras, densas, masticables.
Es el sexto día. El primero en que me ducho. No es fácil encontrar el equilibrio, aceptar el frío, comprender que el tizne de óxido de la cabina de ducha sólo es óxido. Para no caer varias veces por minuto ato dos cordones de bañador, de los dos bañadores que traje en un absurdo alarde de vacaciones.

…Me pregunto para qué he tenido hijos, si no los disfruto, si nunca los tengo cerca. Es muy difícil mantener el vínculo. Hasta nos olvidamos del día de nuestros cumpleaños, que a mí siempre me pillan en el mar porque es en abril. Lo recuerdo un día o dos después, y entonces no llamo. A ellos les sucede lo mismo. De todo se ha ocupado mi mujer. Gracias a ella aún tengo familia. No quiero que me suceda como a mi padre, pero se está repitiendo. A él lo conocí realmente cuando se jubiló, y a ambos se nos hizo tarde. Hasta entonces fue un desconocido. Era un tío que pasaba algunos días en casa y se marchaba para meses o para siempre, porque eso no lo sabes cuando te echas al mar. Gastó, como yo, la puta vida en los barcos. Nuestras familias están hechas de historias así. Son diferentes a las de tierra…
La historia de Gran Sol está llena de gente que, como tú, estaba y no estaba. Hasta hace veinte años se enrolaban algunos dispuestos a desaparecer por cualquier asunto de tierra, pero ahora es complicado. Por los mares del sur, que son más difíciles de controlar, aún hay tripulaciones fantasma en barcos que navegan sin licencia. Pero esa vida es aún más mierda. Suelen ser piratas, narcos, buscavidas, colgaos de aquí y de allá. Lo mejor es no cruzarse con ellos. Aunque el mar, igual que desgasta o aniquila, también salva a gente… No te hagas novelas, chaval. En cinco días vuelves a ser un periodista de Madrid con la vida en orden. No echarás de menos esto.

El mar es indiferente al dolor. La sabiduría que otorga consiste en sobrevivirlo, porque sólo tiene una misión: devolver de algún modo el maltrato que recibe. Incluso su aparente calma es un infierno capaz de crujirte los huesos de un solo golpe.
Los verdaderos marineros desprecian el desahogo lírico y cualquier estereotipo sobre su condición de hombres de mar. Están demasiado cansados para entretenerse en algo tan escasamente llamativo en ningún aspecto. Viven de un trabajo preciso y peligroso, también enfurecido.

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The sea of Gran Sol is a training towards death and an arsenal of thirty-two pairs of socks per sailor, always wet. An outdoor laboratory. Its beauty is conflictive and can be summed up in a word that can be repeated as much as necessary, but is never quite said. It has fierce protocols. A place so extreme and inordinate that you can only assimilate it by dodging nightmares, fears, omens, some little enthusiasm that perpetuates the feeling of being lost. Gran Sol is one of the worst deep-sea fishing grounds in the world. One of the fiercest. There a man becomes even more invisible, without any hold, almost oblivious to what he has preceded him. If you don’t belong to the roasted seafaring brotherhood, what’s the point of being there. And to them, what pushes them. Perhaps the incessant condemnation of not knowing what.

I quite enjoyed this book. The story of the journalist going to sea in a fishing boat was interesting enough in a descriptive way and the sparse writing style gave it a good atmosphere. I didn’t though care for the idea that all the fishermen were part time philosophers something profound to say about their way of life, about the sea, about eternity. It all became a bit wearing and in the last forty or fifty pages I found that I had read a couple of pages of self introspection without taking in a single word. As land came into view the book picked up the pace again and finished well.
A revealing novel, discovering the unknown and the well-known through the experience of the character. A masterpiece and a hymn to good literature.

A walk through an indolent, unpleasant dock, ready to get on a boat for something I don’t know. To a ship that has not yet arrived. A ship that at this time of night sails towards the port from beyond an ocean that just imagining it triggers a premature uneasiness. I have seen some documentaries. I read Gran Sol, by Ignacio Aldecoa. I was driven by an eagerness to know that now I don’t know if I need to and that I don’t know how to interpret either.
Right now I can compress the entire loneliness into one inspired word: fear. It seems that I flee, but I am just looking for something different and very alien to me, for survival, for not surrendering to the routine, to the foreseeable, to the offer of comfort of some people I love. What other explanation can I give. The life of the men of the sea is an endless unknown, a space alien to the rules by which I move or stop. They are tenants of a legendary enigma. Its reality has no form or in the form it fits. Once the ship is out at sea, into that vast unwitnessed domain, anything possible is possible. Or impossible.

The port is a threatening territory that is being populated by elusive subjects as if in a simulation of something to happen. Empty boxes accumulated in towers of four or five meters. Bales of nets like cliffs. Dozens of cages stacked for the capture of shellfish. Some cars that arrive quickly and are scattered and with the lights on. The three small warehouses where something begins to wake up. And a silence fueled by high gusts of wind, somewhat rabid.

I’ve been vomiting relentlessly for hours. I close my eyes to better focus on I don’t know what. The Carrumeiro moves with an incessant sway and life protests in the stomach. Lolo observes me in streaks, with a certain compassion, perhaps also with anticipated irony. Neither lying on the cot, nor standing on the wheelhouse: nowhere is more comfortable than the bathroom next to the first cabin corridor, where a pool of water drifts from one side to the other, like a miniature ocean that is dying. A liquid pendulum for the hypnosis of the unwary. Beyond the eyes, everything is instability and a cold that sweeps inside, a nausea giving way to another that incubates the next, without respite. It is advisable to drink water so as not to fall further.

The cold from outside adds to the cold from within, from within me, and as the day loses its clarity the clouds trace the night. The open night. The night beyond the night. Dark, dense, chewy clouds.
It is the sixth day. The first one I take a shower. It is not easy to find the balance, to accept the cold, to understand that the rust stain in the shower cubicle is only rust. In order not to fall several times a minute, I tie two swimsuit strings, one of the two swimsuits I brought in an absurd holiday display.

… I wonder why I have had children, if I don’t enjoy them, if I never have them around. It is very difficult to maintain the link. We even forget about our birthdays, that I always get caught at sea because it is in April. I remember a day or two later, and then I don’t call. The same thing happens to them. My wife has taken care of everything. Thanks to her I still have a family. I don’t want it to happen to me like my father, but she is repeating herself. I really knew him when he retired, and we were both late. Until then he was a stranger. He was a guy who spent a few days at home and left for months or forever, because you don’t know that when you go out to sea. He spent, like me, his fucking life on ships. Our families are made up of stories like this. They are different from those on land …
The history of Gran Sol is full of people who, like you, were and were not. Until twenty years ago, some were enrolled willing to disappear for any land issue, but now it is complicated. In the south seas, which are more difficult to control, there are still ghost crews on ships that sail without a license. But that life is even more shit. They tend to be pirates, drug traffickers, hustlers, hang from here and there. It is best not to run into them. Although the sea, just as it wears out or annihilates, it also saves people … Don’t make novels to yourself, kid. In five days you are again a journalist from Madrid with life in order. You will not miss this.

The sea is indifferent to pain. The wisdom it grants consists of surviving it, because it has only one mission: to return in some way the mistreatment it receives. Even its apparent calm is hell capable of cracking your bones in one fell swoop.
True sailors despise lyrical outpouring and any stereotype about their status as seamen. They are too tired to entertain themselves in something so scarcely conspicuous in any respect. They live from a precise and dangerous job, also enraged.

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