El Voluntario: La Verdadera Historia Del Hombre De La Resistencia Que Se Infiltró En Auschwitz — Jack Fairweather / The Volunteer: The True Story of the Resistance Hero who Infiltrated Auschwitz by Jack Fairweather

Witold Pilecki se ofreció voluntario para que lo encarcelaran en Auschwitz. Witold Pilecki, que de ser un hacendado en la Polonia rural pasó a agente clandestino en la Varsovia ocupada, a mercancía humana en un vagón de ganado con destino al campo de concentración y luego a espía en el epicentro del peor de los infiernos nazis.

Esta es la historia de Witold Pilecki, que permaneció perdida durante muchos años después de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. Pilecki era un miembro de la resistencia polaca que se ofreció como voluntario para ser arrestado y enviado a Auschwitz antes de que nadie, ni siquiera los alemanes, supiera en qué se convertiría Auschwitz. Relata sus años allí, organizando un movimiento clandestino y tratando de alertar al mundo, luego relata su regreso a Varsovia para luchar contra los alemanes en su batalla final en Polonia, solo para ver a los soviéticos entrar después para instalar un gobierno comunista.
Pasó sus años en Auschwitz tratando inútilmente de que alguien (especialmente Inglaterra y Estados Unidos) reconociera lo que estaba sucediendo allí y tomara medidas. Es una historia notable sobre un hombre que renunció a todo para tratar de rescatar a Polonia de la locura, solo para ver sus esfuerzos una y otra vez ser ignorados por aquellos que podrían haber hecho algo al respecto. Es desgarrador de muchas maneras.
Por un lado, cuenta una historia importante. Cualquiera que haya ido a Auschwitz voluntariamente para que la clandestinidad polaca pudiera entender lo que estaba sucediendo dentro del campo de exterminio más notorio de los nazis merece reconocimiento y honor. Pero, Dios mío, fue tan deprimente leer, y no solo por las razones que uno pensaría, porque primero, obviamente, se trata de Auschwitz y es HORRIBLE, sino también porque este pobre hombre está tratando de correr la voz e instando a los Aliados a bombardear el lugar porque cualquier cosa tendría que ser mejor que lo que está pasando allí y nadie lo hace. Fue increíblemente frustrante leer que esto sucedía una y otra vez.
Y luego, Witold se las arregla para escapar (!!!) e intenta decirle a la gente lo que está sucediendo allí y TODAVÍA no sale nada. Y luego la guerra finalmente termina, los soviéticos se apoderan de su parte de Polonia y, antes de que te des cuenta, lo envían a una prisión soviética y lo ejecutan como traidor. Todo eso por NADA ???
Todo se sentía tan deprimente y sin sentido.
Además, por mucho que admiro el amor de Witold por el país y la forma en que sacrificó todo por él, es difícil identificarme con ese ideal ahora. Pude entender un poco al principio, pero como él continuó sin ver a su esposa e hijos (pero vio a su cuñada bastante y luego tuvo una secretaria con el mismo nombre que su esposa trabajando para él (? ??)), comenzó a sentirse menos como un sacrificio y más como si tal vez no se preocupara mucho por ellos. Probablemente estoy siendo injusto aquí, pero si es así, tal vez Fairweather debería haber hecho un mejor trabajo mostrando a sus lectores el amor que Witold tenía por su familia.
Necesitamos recordar estas cosas para no dejar que sucedan de nuevo.

Witold evitaba las concentraciones públicas y buscaba reclutas que compartieran su natural discreción y prudencia. Sacó una verdad fundamental del trabajo de resistencia. La nacionalidad, la lengua, la cultura eran vínculos importantes en cualquier grupo, pero a la postre su red descansaba en una cualidad más básica: la confianza. La labor de reclutamiento implicaba poner su vida en manos de los reclutas, y viceversa. A veces, los seleccionados por Witold mostraban sorpresa por la confianza que depositaba en ellos.
Los informantes solían reunirse en un club de noche subterráneo ubicado en la calle Nowy Świat llamado Café Bodega. El local era propiedad de la mujer polaca del embajador italiano, que daba protección al establecimiento por su singular atracción: el jazz. La aversión de Hitler hacia la Negermusik, la música de negros, era conocida, pero no estaba prohibida oficialmente, y la Gestapo toleraba la Bodega porque su auditorio oscuro y ruidoso les parecía el lugar perfecto para reunirse con informantes en la barra o en una de las mesas reservadas junto al escenario.
Los hombres de Witold establecieron un pequeño puesto de observación encima de una imprenta enfrente del club, desde donde tomaban nota de los clientes y sacaban fotos de posibles informantes cuando las titilantes farolas lo permitían. También trabajaban con los empleados para escuchar las conversaciones y, ocasionalmente, enviaban a hombres que se hacían pasar por informantes para denunciar a los verdaderos colaboradores de la Gestapo por algún delito inventado.
Los pensamientos de Witold se aceleraron. Someterse a propósito a un arresto de los alemanes era una locura. Incluso si los alemanes no le pegaban un tiro a la primera, se exponía a que lo interrogaran y lo descubrieran. ¿Y qué ocurriría una vez que llegara allí? Si el campo era tan violento como temía la resistencia, sus perspectivas de forjar un grupo y organizar una fuga parecían poco prometedoras. Y si solo se trataba de otro centro de internamiento, podría pasarse meses enteros languideciendo en cautividad, cuando el centro de la acción transcurría en Varsovia.

El bloque de Witold era el 17.º, ubicado en la segunda planta de uno de los barracones de la plaza, donde un centenar de soldados se hacinaban en los dormitorios de cerca de treinta metros cuadrados. Las paredes desnudas del bloque, los azulejos antiguos y las lámparas anticuadas le conferían un aire de reformatorio victoriano. Witold y los demás se cosieron sus números a las camisas, junto con un triángulo rojo que indicaba su estatus de presos políticos. Exhaustos, finalmente se tumbaron en finos colchones de yute en el suelo para descansar lo que quedaba de noche. Witold compartió el suyo con otros dos hombres; se hicieron un ovillo unos junto a otros y usaron los zuecos y sus uniformes de almohadones. La ventana estaba cerrada y las paredes húmedas de la condensación. Los hombres gruñían, roncaban y se maldecían los unos a los otros cuando intentaban cambiar de postura. El impacto inicial de Witold había cedido a un sordo letargo. Había conseguido infiltrarse en el campo. Su trabajo tendría que empezar ahora.
Witold se reunió con los reclusos en la plaza para el recuento. Los prisioneros de los otros bloques habían formado filas. La barra de metal que colgaba de un poste en el patio resonó, y los primeros hombres de las SS aparecieron con uniformes verde campo y botas de piel de caña alta. Se comprobaron los números de cada bloque dos veces y a continuación fueron anotados por un alemán con cara de niño que hacía las veces de verdugo del campo, el Hauptscharführer de las SS Gerhard Palitzsch. Cinco mil almas, a juzgar por el número de identificación de Witold, aparte de los que habían muerto esa noche y habían apilado al final de cada fila.
La mayoría de los reclusos experimentaba un cambio de personalidad al llegar a Auschwitz. La incansable violencia del campo rompía los vínculos entre los prisioneros y los forzaba a encerrarse en sí mismos para sobrevivir. Se volvían «cascarrabias, desconfiados y en casos extremos incluso traicioneros —recordó un prisionero—. Como la gran mayoría de los reclusos adoptan estas características, incluso una persona plácida tiene que seguir una actitud agresiva». Algunos internos trataban de garantizarse protección organizándose en pequeños grupos, pero eso solo pareció disparar la violencia. Con frecuencia, los prisioneros se denunciaban unos a otros, con la esperanza de conseguir un poco más de comida.

En momentos como hambriento, helado y devorado vivo, Witold descubrió que podía separar la mente del sufrimiento de su cuerpo. Su espíritu se elevaba y desde lo alto miraba su cuerpo con un sentimiento de lástima, como a un mendigo en la calle. «Mientras que el cuerpo soportaba tormentos, a veces uno se sentía espléndido mentalmente», recordó.

Los británicos no se habían tomado en serio sus primeros informes sobre los crímenes de guerra alemanes. En este punto, el nombre de Auschwitz era prácticamente desconocido para los funcionarios británicos, si bien entendían la importancia del sistema de campos de concentración alemán en la oposición decisiva contra los nazis. Es más, el Gobierno británico había publicado un Libro Blanco en 1939 que describía el feroz trato dispensado a los prisioneros en los campos de Dachau y Buchenwald. No obstante, los británicos se mostraban reticentes a publicitar historias sobre las maldades de los nazis por temor a que los acusaran de propaganda. Que el Gobierno británico hubiera dado pábulo a historias atroces fabricadas durante la Primera Guerra Mundial —como que los alemanes habían usado cadáveres para fabricar jabón— había sembrado la desconfianza ciudadana generalizada. Los oficiales británicos se mostraban igualmente escépticos ante la información proporcionada por otros gobiernos.

El método más sencillo para contener la enfermedad era aliviar las condiciones antihigiénicas, pero los SS recurrieron a métodos más ineficaces, como el despioje de todo el campo, que implicaba mojar a los prisioneros en tinas con una solución de cloro. Dering y los demás enfermeros también oyeron oscuras murmuraciones entre los médicos de las SS sobre la necesidad de despejar los pabellones. «Qué sentido tiene tener a tantos prisioneros enfermos en el hospital?», declaró un médico recién llegado, el Sturmbannführer de las SS Siegfried Schwela. Algunos miembros del personal médico de las SS comenzaron a experimentar con pacientes, inyectándoles varias sustancias —peróxido de hidrógeno, gasolina, evipan, perhidrol, éter— en un intento de practicar la eutanasia a los enfermos.
El líder de la resistencia, Stefan Rowecki, recibió los informes de Witold sobre el gaseamiento de los prisioneros de guerra soviéticos ese otoño. Él, al igual que Witold, no estaba seguro de cómo actuar ante esta nueva barbarie. Ciertamente, contravenía el derecho internacional. Pero Rowecki no infería la capacidad de matar de los nazis con su brutal proyecto en Varsovia. Los alemanes habían hacinado a la comunidad de cuatrocientos mil judíos de la ciudad en las atestadas calles del gueto, donde cada mes morían por miles debido a la escasez de alimentos y de asistencia médica. Para colmo, los hombres de Rowecki reportaban que los alemanes estaban cometiendo fusilamientos masivos de judíos en lo que ahora era la Polonia oriental ocupada por los nazis. Pero para Rowecki estos incidentes eran pogromos aislados y no el principio de una campaña de asesinatos masivos.
El gaseamiento en Auschwitz parecía ser un caso aislado.

Witold se encargó de que instalaran el transmisor en el sótano del bloque de los convalecientes, poco frecuentado por los SS por temor a contagiarse de alguna enfermedad. A Alfred Stössel, un ordenanza conocido como Fred y uno de los escasos polacos de origen alemán que formaban parte de la resistencia, se le encomendó la responsabilidad de custodiar el aparato, mientras que Zbigniew montaba las piezas. Unos días más tarde, admitió, un poco avergonzado, que necesitaba una pieza o dos más, pero que sabía dónde conseguirlas.
Witold activó su plan de fuga para informar a Varsovia a mediados de mayo. Stefan Bielecki llevaba varias semanas preparado en Harmęże. Witold pidió a su amigo artista Wincenty que lo acompañara. Witold veía algo de sí mismo en ese joven encantador y extrañamente vulnerable que se había tomado al pie de la letra su orden de compartir y dar cualquier alimento que él recibiera a cambio de sus pinturas a amigos y Muselmänner. Witold tenía que recordarle a veces que se cuidara él también, pero desde que había presenciado el extermino de las presas políticas, Wincenty había perdido las ganas de vivir. En una ocasión, Witold lo encontró cargando contra la verja eléctrica, dispuesto a suicidarse.

Finalmente el papel de Auschwitz como campo de la muerte salió a la luz el 20 de noviembre, pero no gracias a los agentes de inteligencia británicos, estadounidenses o polacos que hubieran recompuesto las piezas de los informes de Witold, sino a una modesta organización sionista conocida como la Agencia Judía. Su oficina en Jerusalén había recabado el testimonio de 114 sujetos palestinos, 69 de ellos judíos, liberados por los alemanes en un intercambio de prisioneros. Una mujer de Sosnowiec, en Polonia, describió la existencia de tres cámaras de gas en Auschwitz usadas para gasear judíos. Un corresponsal del New York Times en Londres se hizo eco de su testimonio y escribió un breve artículo al respecto que publicaron en la edición del 25 de noviembre, en la página 10, bajo el titular DETALLES QUE LLEGAN A PALESTINA. La referencia a Auschwitz se limitaba a una sola línea: «La información recibida sobre los métodos con que los alemanes en Polonia están masacrando a judíos incluye testimonios de trenes llenos de adultos y niños que son llevados a grandes crematorios en Oswiencim [sic], cerca de Cracovia».
Esta fue la primera referencia a Auschwitz como campo de la muerte en la prensa occidental. Sin embargo, no le dieron seguimiento. Ese mismo día, la atención se desvió a una conferencia de prensa del rabino Wise en Washington. El Departamento de Estado concluyó finalmente su investigación y dio permiso para publicar la información de Schulte sobre los planes de exterminio de Hitler. Wise reveló que ya se habían perdido dos millones de vidas.
En julio de 1944, Witold terminó su décimo informe sobre el campo en cuatro años, seguro de que la mayoría de sus camaradas estaban muertos. Los alemanes habían ocupado Hungría en primavera y se dedicaban a deportar a la mitad de los ochocientos mil judíos del país a Auschwitz. Gaseaban hasta cinco mil judíos al día, sobrepasando la capacidad de sus crematorios. Las autoridades del campo volvían a quemar cuerpos en piras funerarias gigantescas.
Witold creía que había fracasado, pero en verdad Occidente reconocía finalmente la importancia del campo. Dos prisioneros eslovacos judíos habían escapado del campo en abril de 1944 y prepararon un informe mientras se escondían en Eslovaquia. El informe describía la operación de las cámaras de gas en Birkenau y la destrucción inminente de los judíos húngaros. Llevaron este material a Suiza, donde fue publicado y enviado a las capitales aliadas. Este informe fue reconocido por captar el interés de los líderes occidentales. Pero la información que Witold había sacado clandestinamente de Auschwitz sentaba las bases de su aceptación.

Se presentaron acusaciones formales contra él y contra siete de sus cómplices, entre ellos, Maria Szelągowska, Tadeusz Płużański y Makary Sieradzki. La fecha del juicio se fijó el 3 de marzo. El Estado le asignó un abogado defensor simbólico. El hombre era bienintencionado y aceptó ponerse en contacto con la familia de Witold en su nombre. Witold no tenía derecho a visita, pero el abogado le dijo que su mujer, Maria, podría asistir a las partes del juicio que estaban abiertas al público y hablar con Witold antes de las audiencias.
El caso de Witold iba a ser una de las primeras farsas judiciales al estilo soviético del país. Después de las elecciones, el régimen comunista quiso demostrar su poder. A medida que se aproximaba el juicio, los periódicos del régimen se llenaron de titulares que señalaban a Witold como el cabecilla de la «banda de Anders» y a sueldo de los imperialistas occidentales. «Traidores —declaró un locutor de la radio estatal— que son una amenaza para nuestra sociedad y nuestros maravillosos jóvenes.»
Witold fue sentenciado a pena de muerte. Su abogado presentó una apelación y aseguró a Maria que sería posible reducir la pena a cadena perpetua si convencían a los líderes del país. La apelación fue rechazada diez días después. Algunos de los antiguos amigos de Witold en Auschwitz se juntaron para firmar una petición dirigida al primer ministro polaco, Jósef Cyrankiewicz, él mismo exprisionero. Aludieron al extraordinario trabajo y patriotismo de Witold. Pero Cyrankiewicz no se conmovió, y el hombre que había organizado la petición, Wiktor Śniegucki, fue pronto despedido de su trabajo.
Maria también escribió directamente al presidente, Bolesław Bierut, suplicándole en nombre de sus hijos que le perdonara la vida a Witold.
Bierut también ratificó el veredicto. Fueron a buscar a Witold a su celda el 25 de mayo, una hora después de la puesta de sol. Los carceleros leyeron la sentencia en voz alta, lo amordazaron con un pañuelo blanco y luego lo sacaron fuera sujetándolo de los brazos. Había llovido esa mañana, pero empezaba a despejar y el cielo seguía iluminado en el oeste. Lo llevaron a un edificio pequeño de una sola planta en los terrenos de la prisión. Cuando se acercaron al edificio débilmente iluminado, Witold insistió en caminar sin ayuda.
El verdugo, Piotr Śmietański, aguardaba dentro. Un sacerdote y un médico en bata estaban a un lado. Ordenaron a Witold que se pusiera contra la pared. Entonces Śmietański levantó su pistola y le pegó un tiro en la nuca.

La historia de Witold es esencial para comprender cómo llegó a existir Auschwitz. Witold ingresó en Auschwitz antes de que los alemanes comprendieran en qué iba a convertirse el campo. Esto significó que Witold tuvo que asimilar el Holocausto a medida que el campo se transformaba en una fábrica de la muerte ante sus propios ojos. A veces luchaba por encontrarle sentido a los acontecimientos y recurría a situar las extraordinarias atrocidades en el contexto de lo familiar. Pero Witold, a diferencia de la mayoría de los prisioneros o de la larga cadena de personas que manejaron sus informes entre Varsovia y Londres, se negó a apartar la mirada de lo que no podía entender. Él se comprometió y, con ello, sintió que su deber era arriesgar la vida y actuar.
La historia de Witold demuestra el valor que se necesita para distinguir los nuevos males de los viejos, nombrar la injusticia y no desentenderse de las desgracias ajenas. Pero me parece importante señalar que la empatía de Witold tenía límites. Witold nunca llegó a entender el Holocausto como el acto definitorio de la Segunda Guerra Mundial, o el sufrimiento de los judíos como un símbolo de la humanidad. Él permaneció centrado en la supervivencia de sus hombres y de su país. En la actualidad, un patriotismo firme podrá parecernos desfasado o, preocupantemente, de dominio exclusivo de la extrema derecha. Sin embargo, Witold trazó una línea entre el amor al país y la retórica nacionalista. Para él, la segunda le hacía el juego a los nazis. El patriotismo, por el contrario, le proporcionó el sentido del servicio y la brújula moral necesarios para sostener su misión en el campo. Al final no pudo salvar a sus camaradas o a los judíos.

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Witold Pilecki volunteered to be imprisoned at Auschwitz. Witold Pilecki, who went from being a landowner in rural Poland to a clandestine agent in occupied Warsaw, to human merchandise in a cattle car bound for the concentration camp, and then to a spy in the epicenter of the worst of the Nazi hells.

This is the story of Witold Pilecki, which remained lost for many years after the conclusion of WWII. Pilecki was a member of the Polish resistance who volunteered to get arrested and sent to Auschwitz before anyone–not even the Germans–knew what Auschwitz was to become. It recounts his years there, organizing an underground and trying to alert the world, then recounts his return to Warsaw to fight the Germans in their final stand in Poland, only to see the Soviets stroll in afterwards to install a communist government.
His years in Auschwitz were spent futilely trying to get anyone (especially England and the USA) to recognize what was happening there and to take action. It’s a remarkable story about a man who gave up everything to try to rescue Poland from the madness, only to see his efforts time and again get ignored by those who could have done something about it. It’s heartbreaking in so many ways.
On the one hand, it tells an important story. Anyone who went to Auschwitz voluntarily so the Polish Underground could understand what was happening inside the Nazi’s most notorious death camp deserves recognition and honor. But ohmygoodness, it was so depressing to read, and not just for the reasons you’d think because first, obviously, it’s about Auschwitz and it’s HORRIBLE, but also because this poor man is trying to get the word out and urging the Allies to bomb the place because anything would have to be better than what’s happening there and no one. ever. does. a. thing. It was frustrating beyond belief to read this happening over and over again.
And then, Witold manages to escape (!!!) and tries to tell people himself what is going on there and STILL nothing comes of it! And then the war finally ends, the Soviets take over his part of Poland, and before you know it he’s been thrown in a Soviet prison and executed as a traitor. All that for NOTHING???
It all just felt so depressing and pointless.
Also, as much as I admire Witold’s love of country and the way he sacrificed everything for it, it’s hard to relate to that ideal now. I could kind of understand at the beginning, but as he continued to never see his wife and children (but did see his sister-in-law a fair bit and then had some secretary with the same name as his wife working for him (???)), it started to feel like less of a sacrifice and more like he maybe didn’t care that much about them. I’m probably being unfair here, but if so, maybe Fairweather should have done a better job showing his readers the love that Witold had for his family.
We need to remember these things so we don’t let them happen again.

Witold avoided public gatherings and sought recruits who shared his natural discretion and prudence. He drew a fundamental truth from resistance work. Nationality, language, culture were important links in any group, but ultimately his network rested on a more basic quality: trust. The recruiting job involved putting his life in the hands of the recruits, and vice versa. At times, those selected by Witold were surprised by the trust he placed in them.
Informants used to meet in an underground nightclub located on Nowy Świat street called Café Bodega. The place was owned by the Polish wife of the Italian ambassador, who protected the establishment due to its unique attraction: jazz. Hitler’s dislike of Negermusik, black music, was known, but not officially banned, and the Gestapo tolerated the Bodega because its dark and noisy auditorium seemed the perfect place to meet informants at the bar or in one of the shops. the reserved tables next to the stage.
Witold’s men set up a small observation post above a printing press across from the club, from where they took notes of patrons and snapped photos of potential informants when flickering streetlights allowed. They also worked with employees to listen in on conversations and occasionally sent men posing as informants to denounce real Gestapo collaborators for some fabricated crime.
Witold’s thoughts raced. Purposely submitting to an arrest by the Germans was insane. Even if the Germans didn’t shoot him the first time, he risked being questioned and found out. And what would happen once he got there? If the camp was as violent as the resistance feared, its prospects for forging a group and staging an escape looked bleak. And if it was just another detention center, he could spend months languishing in captivity, when the center of the action was in Warsaw.

Witold’s block was 17th, located on the second floor of one of the barracks in the square, where a hundred soldiers were crammed into dormitories of about thirty square meters. The block’s bare walls, antique tiles, and dated lamps gave it an air of a Victorian reformatory. Witold and the others sewed their numbers onto their shirts, along with a red triangle indicating their status as political prisoners. Exhausted, they finally lay down on thin jute mattresses on the floor to rest the remainder of the night. Witold shared his with two other men; they curled up next to each other and wore their clogs and their pillow uniforms. The window was closed and the walls damp from condensation. The men grunted, snored, and cursed each other when they tried to change positions. Witold’s initial shock had given way to a dull lethargy. He had managed to infiltrate the field. His work would have to start now.
Witold met with the inmates in the square for the count. The prisoners from the other blocks had lined up. The metal bar dangling from a pole in the courtyard echoed, and the first SS men appeared in field green uniforms and tall leather boots. The numbers in each block were checked twice and then recorded by a child-faced German who served as the camp’s executioner, SS Hauptscharführer Gerhard Palitzsch. Five thousand souls, judging by Witold’s ID number, aside from those who had died that night and had piled up at the end of each row.
Most of the inmates underwent a personality change upon arrival at Auschwitz. The relentless violence of the camp broke the bonds between the prisoners and forced them to close in on themselves to survive. They became «curmudgeonly, suspicious, and in extreme cases even treacherous,» one prisoner recalled. As the vast majority of inmates adopt these characteristics, even a placid person has to follow an aggressive attitude. Some inmates tried to guarantee themselves protection by organizing themselves into small groups, but that only seemed to trigger violence. Prisoners often denounced each other, hoping to get a little more food.

In moments like hungry, frozen, and eaten alive, Witold found that he could separate his mind from suffering from his body. His spirit rose and from on high he looked at his body with a feeling of pity, like a beggar on the street. «While the body endured torments, sometimes one felt splendid mentally,» he recalled.

The British had not taken his early reports of German war crimes seriously. At this point, the name Auschwitz was practically unknown to British officials, although they understood the importance of the German concentration camp system in decisive opposition against the Nazis. Furthermore, the British Government had published a White Paper in 1939 that described the fierce treatment of prisoners in the Dachau and Buchenwald camps. However, the British were reluctant to publicize stories about the evils of the Nazis for fear of being accused of propaganda. That the British Government had fueled atrocious stories fabricated during World War I — such as how the Germans had used corpses to make soap — had sown widespread public mistrust. British officials were equally skeptical of information provided by other governments.

The simplest method of containing the disease was to alleviate unsanitary conditions, but the SS resorted to more ineffective methods, such as delousing the entire camp, which involved dipping prisoners in tubs with a chlorine solution. Dering and the other nurses also heard dark murmurings among the SS doctors about the need to clear the wards. «What’s the point of having so many sick prisoners in the hospital?» Declared a newly arrived doctor, SS Sturmbannführer Siegfried Schwela. Some members of the SS medical staff began experimenting with patients, injecting them with various substances – hydrogen peroxide, gasoline, evipan, perhydrole, ether – in an attempt to euthanize the sick.
Resistance leader Stefan Rowecki received reports from Witold of the gassing of Soviet POWs that fall. He, like Witold, was not sure how to deal with this new barbarism. Certainly, he was violating international law. But Rowecki did not infer the killing ability of the Nazis from his brutal project in Warsaw. The Germans had crowded the city’s 400,000 Jewish community into the crowded streets of the ghetto, where thousands died each month due to shortages of food and medical care. To top it all, Rowecki’s men reported that the Germans were committing mass shootings of Jews in what was now Nazi-occupied eastern Poland. But for Rowecki these incidents were isolated pogroms and not the beginning of a campaign of mass murder.
The gassing at Auschwitz appeared to be an isolated case.

Witold arranged for the transmitter to be installed in the basement of the convalescent block, which was rarely visited by the SS for fear of catching some disease. Alfred Stössel, an orderly known as Fred and one of the few Poles of German origin who were part of the resistance, was entrusted with the responsibility of guarding the apparatus, while Zbigniew assembled the pieces. A few days later, he admitted, a little embarrassed, that he needed a piece or two more, but that he knew where to get them.
Witold activated his escape plan to report to Warsaw in mid-May. Stefan Bielecki had been prepared in Harmęże for several weeks. Witold asked his artist friend Wincenty to accompany him. Witold saw something of himself in this charming and strangely vulnerable young man who had taken to heart his order to share and give whatever food he received in exchange for his paintings to friends and Muselmänner. Witold had to remind him sometimes to watch out for himself, but since he’d witnessed the extermination of political prisoners, Wincenty had lost the will to live. On one occasion, Witold found him charging against the electric fence, ready to commit suicide.

Auschwitz’s role as a death camp finally came to light on November 20, but not thanks to British, American or Polish intelligence agents who had pieced together the Witold reports, but to a modest well-known Zionist organization. like the Jewish Agency. His office in Jerusalem had collected the testimony of 114 Palestinian subjects, 69 of them Jews, freed by the Germans in a prisoner exchange. A woman from Sosnowiec, Poland, described the existence of three gas chambers at Auschwitz used to gas Jews. A New York Times correspondent in London echoed her testimony and wrote a short article about it that was published in the November 25 issue, on page 10, under the headline DETAILS REACHING PALESTINE. The reference to Auschwitz was limited to a single line: ‘The information received about the methods with which the Germans in Poland are massacring Jews includes testimonies of trains full of adults and children being taken to large crematoria in Oswiencim [sic], near from Krakow ».
This was the first reference to Auschwitz as a death camp in the Western press. However, they did not follow up. That same day, attention was diverted to a press conference by Rabbi Wise in Washington. The State Department finally concluded its investigation and gave permission to publish Schulte’s information on Hitler’s extermination plans. Wise revealed that two million lives had already been lost.
In July 1944, Witold completed his tenth report on the camp in four years, certain that most of his comrades were dead. The Germans had occupied Hungary in the spring and were deporting half of the country’s 800,000 Jews to Auschwitz. They gassed up to 5,000 Jews a day, exceeding the capacity of their crematoria. The camp authorities were once again burning bodies in gigantic funeral pyres.
Witold believed that he had failed, but in truth the West finally recognized the importance of the field. Two Slovak Jewish prisoners had escaped from the camp in April 1944 and prepared a report while hiding in Slovakia. The report described the operation of the gas chambers in Birkenau and the impending destruction of the Hungarian Jews. They took this material to Switzerland, where it was published and sent to the Allied capitals. This report was recognized for capturing the interest of Western leaders. But the information Witold had smuggled out of Auschwitz laid the foundation for his acceptance.

Formal charges were brought against him and against seven of his accomplices, including Maria Szelągowska, Tadeusz Płużański and Makary Sieradzki. The trial date was set for March 3. The State assigned him a symbolic defense attorney. The man was well-meaning and agreed to contact Witold’s family on his behalf. Witold did not have the right to visit, but the lawyer told him that his wife, Maria, could attend the parts of the trial that were open to the public and speak with Witold before the hearings.
Witold’s case was to be one of the first Soviet-style court hoaxes in the country. After the elections, the communist regime wanted to demonstrate its power. As the trial approached, the regime’s newspapers filled with headlines pointing to Witold as the head of the «Anders gang» and in the pay of the Western imperialists. «Traitors,» declared a host on state radio, «who are a threat to our society and our wonderful young people.»
Witold was sentenced to death. His lawyer appealed and assured Maria that it would be possible to reduce the sentence to life imprisonment if they convinced the country’s leaders. The appeal was rejected ten days later. Some of Witold’s former friends at Auschwitz got together to sign a petition addressed to the Polish Prime Minister, Jósef Cyrankiewicz, himself a former prisoner. They alluded to Witold’s extraordinary work and patriotism. But Cyrankiewicz was unmoved, and the man who had organized the petition, Wiktor Śniegucki, was soon fired from his job.
Maria also wrote directly to the president, Bolesław Bierut, pleading on behalf of her children that she spare Witold’s life.
Bierut also upheld the verdict. They went to look for Witold in his cell on May 25, an hour after sunset. The jailers read the sentence aloud, gagged him with a white handkerchief, and then carried him outside, holding him by the arms. He had rained that morning, but it was beginning to clear and the sky was still illuminated in the west. They took him to a small one-story building on the prison grounds. As they approached the dimly lit building, Witold insisted on walking unaided.
The executioner, Piotr Śmietański, was waiting inside. A priest and a doctor in robes stood to one side. Witold was ordered to stand against the wall. Then Śmietański raised his pistol and shot him in the back of the head.

Witold’s story is essential to understanding how Auschwitz came to be. Witold entered Auschwitz before the Germans understood what the camp was going to become. This meant that Witold had to assimilate the Holocaust as the countryside was transformed into a factory of death before his own eyes. He sometimes struggled to make sense of events and resorted to placing extraordinary atrocities in the context of the familiar. But Witold, unlike most of the prisoners or the long chain of people who handled his reporting between Warsaw and London, refused to look away from what he could not understand. He made a commitment, and with it, he felt it was his duty to risk his life and act.
Witold’s story demonstrates the courage it takes to distinguish the new evils from the old, to name the injustice, and not to ignore the misfortunes of others. But I think it’s important to point out that Witold’s empathy had limits. Witold never came to understand the Holocaust as the defining act of World War II, or the suffering of the Jews as a symbol of humanity. He remained focused on the survival of his men and his country. Today, strong patriotism may seem outdated or, worryingly, the exclusive domain of the extreme right. However, Witold drew a line between love of country and nationalist rhetoric. For him, the latter played the game of the Nazis. Patriotism, on the other hand, provided him with the sense of service and the moral compass necessary to sustain his mission in the field. He in the end he could not save his comrades or the Jews.

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