Últimas Noticias De La Duquesa – Caroline Blackwood / The Last of the Duchess by Caroline Blackwood

La primera vez que oí hablar de la señora Simpson, futura duquesa de Windsor, yo era una niña y vivía en el Ulster. Entonces era demasiado pequeña para entender el escándalo que estaba organizando esa mujer, pero las violentas emociones que despertaba en la gente me picaron la curiosidad. En una comunidad protestante y sitiada, cuya identidad dependía de su lealtad a la Corona británica, la figura de la señora Simpson inspiraba terror. Constituía una amenaza para la Iglesia y la monarquía. Simbolizaba sexo y maldad. Los ojos de asombro y los cuchicheos morbosos eran la reacción habitual cuando se decía su nombre. «Esa horrible divorciada americana», oí que la llamaban.
Wallis está muy sola desde que murió el duque –dijo–. La verdad es que ha tenido malísima suerte. No tiene un solo pariente cercano. Su única familia es la familia real y, ya lo sabe usted, siempre la han odiado.
La duquesa había sido muy bebedora. Reconoció que, a raíz de la muerte del duque, bebía mucho.

Este libro es más una memoria de cómo Caroline estaba tratando de obtener información sobre Wallis, la duquesa de Windsor, y encontró un gran obstáculo en el camino con el nombre de Maitre Blum: la abogada y portavoz de la duquesa.
Este libro no se publicó hasta la muerte de la abogada, ya que era famosa por demandar a cualquier periodista o periódico por escribir algo que no consideraba agradable sobre la duquesa.
Cuando comienza la búsqueda para saber cómo está la duquesa … los lectores entienden por los rumores que ella tiene 84 años, postrada en cama, quizás dentro y fuera de la conciencia, no se encuentra con ninguno de sus amigos habituales, algunos dicen que Maitre Blum se mantiene ella viva a través de un tubo de alimentación a través de la nariz.
Caroline Blackwood se siente como una periodista gonzo ya que nos está poniendo allí en toda su entrevista con el abogado, su editor, las diversas damas y señores que conocen a la duquesa.
Como lectores, estamos aprendiendo y leyendo sobre eventos que cubrieron la mayor parte del siglo XX.
Blackwood narra sus intentos fallidos de ver a la duquesa, sus tres entrevistas con Blum y sus diversas investigaciones sobre ambas mujeres, en gran parte a partir de entrevistas con amigos y asociados sobrevivientes. Esto fue a principios de los 80, y el libro de Blackwood no salió hasta después de la muerte no solo de la duquesa sino también de Blum. Muy rápidamente se hace evidente por qué, cuando uno lee la caracterización colorida y mordaz de Blum, sin mencionar los hábitos notoriamente litigiosos de Blum. Sospecho que la eventual aparición de este volumen fue una enmienda al artículo de Blackwood sobre Blum después de las entrevistas, que ella caracteriza, con evidente disgusto, como particularmente adulador y elogioso.
No he leído mucho sobre Edward y Wallis, por lo que el elenco de personajes era completamente nuevo e interesante para mí: eso incluye a la propia Blackwood (que definitivamente es un personaje en su narrativa). Falleció un año después de la primera edición en 1995.
Entonces, ¿Wallis estaba realmente muerta o se mantuvo cruelmente viva durante esos largos años finales bajo la custodia de Blum? ¿Estaban Blum y su compañero vendiendo la propiedad real que Edward y Wallis se habían quedado? Las respuestas no son definitivas, pero nos queda un escalofrío definido y vergonzosamente bastante alegre.

Al parecer, la frívola americana que nunca consiguió cumplir sus ambiciones de formar parte de la realeza recibía ahora, en su lecho de muerte, un trato verdaderamente digno de ella: el más moderno y cruel, reservado a las grandes personalidades.

Los sentimientos de la letrada Blum eran mucho más complicados que los de una simple abogada explotadora, me preocupaba por ella en otros aspectos. ¿Con qué frecuencia iba la letrada a contemplar su cuerpo? Había dispuesto que la duquesa no recibiera más visitas que la suya.
La letrada era una vieja agotadora. Aunque parte de su ira fuera a veces fingida, la técnica de liberar la rabia a borbotones seguía siendo eficaz, pues inducía la pasividad de sus interlocutores. Podría haberle pedido que explicara por qué lady Dudley no era amiga de la duquesa, pero ya no tenía fuerzas. Quedaban aún preguntas por hacer, pero aquella mujer había conseguido que el cansancio me quitara las ganas. Y, al ver que me había agotado, que había exprimido mi valor, me vengué, dejando vagar mis pensamientos hasta el terreno de la más pura especulación, donde ella no pudiera querellarse ni presentar requerimientos judiciales, porque mis preguntas no llegaban a formularse.

Me llamó la atención que la abogada se sulfurara tanto por la insinuación de que su cliente fuera dueña de joyas de la Corona, mientras que no le ofendía la penosa imagen del duque y la duquesa que se ofrecía en el episodio del robo. ¿Por qué le interesaban tanto las joyas? ¿Qué le hacía pensar que el hecho de que la duquesa hubiera recibido joyas de la Corona, como regalo de su marido, fuera una deshonra para ella? La duquesa era la dueña legítima de estas joyas. No las había robado de la caja fuerte de la reina Alejandra.
Aunque fueron muchas las joyas de la Corona que le robaron a la duquesa en esa ocasión, es de suponer que buena parte de ellas no estuvieran en el baúl. Además, el duque sustituyó las piezas robadas con la indemnización del seguro, que destinó a comprar joyas para su mujer por valor de 75.000 libras. Cuando la astuta abogada negaba con tanta rotundidad que su cliente hubiera tenido nunca joyas de la Corona, ¿era el futuro lo que le preocupaba? Muerto el duque, ¿querría la familia real conocer el paradero de estas antiguas reliquias?…

Lady Mosley había sido una de las amigas más íntimas de la duquesa y, de haberse encontrado Wallis en condiciones de tomar decisiones económicas, probablemente le habría permitido emplear la fotografía totalmente gratis, sin mezquinos costes. La duquesa no solo vivía apartada de quienes la habían apreciado, sino que, en su triste estado de postración, estaba chantajeando a una persona que siempre le había demostrado afecto. Desde su cama, sin su conocimiento, la forzaban a chantajear a su amiga.
El carácter de la letrada Blum duro, implacable y abrasivo, sería rotundamente injusto decir que su personalidad residía «principalmente en su forma de vestir». Mientras que esta había sido la acusación fundamental contra la duquesa, su abogada mostraba una inquietante impaciencia por establecer ahí su personalidad. ¿Por qué si no quiso dejar constancia de que alguna vez había llevado una estola de armiño en las noches de gala de París?
El difunto duque de Windsor siempre creyó que su mujer tenía un carácter «evasivo y complicado». Estudiando los recortes de prensa, tuve la sensación de que los mismos adjetivos eran incluso más oportunos aplicados a la letrada Blum.

La duquesa de Windsor siempre tuvo terror a volar. Creía que su «muerte rara» sería por un accidente aéreo. Aunque luego se reconocería cierta exactitud en las profecías, la adivina se equivocó al infundirle este miedo a volar. Su muerte sería «rara» por larga y cruel. No vio que el destino de la duquesa estaría finalmente en manos de la letrada Blum.
Mucho después de que Wallis Warfield llevara al príncipe de Gales a renunciar al trono por ella, antes de convertirse en la famosa duquesa de Windsor, recibía invitados los fines de semana en una preciosa casa de campo de las afueras de París. La finca se llamaba The Mill. En la fachada puso una placa muy criticada en su mayor momento de gloria, cuando la duquesa era para muchos la autoridad mundial del buen gusto. La inscripción decía: «No soy la hija del molinero pero he dado muchas vueltas».
Wallis Windsor se casó con Ernest Simpson porque vio en él una pasarela que podía conducirla al príncipe de Gales. El primer marido de la letrada Blum tuvo para ella una utilidad similar. Paul Weill representaba al duque de Windsor en el famoso bufete de Allen & Overy. Aunque la letrada odiaba la sola idea de casarse, que por su experiencia familiar había perdido todo su encanto, no deja de ser una ironía que, como la heroína de una novela sentimental, fuese a través del matrimonio como en última instancia alcanzó la plenitud: fue el matrimonio lo que le permitió «encontrar» a la duquesa.

La actitud de la letrada Blum parecía muy cruel. La hipócrita abogada quería una inyección para ella pero profesaba un respeto reverencial a la vida cuando se trataba de la vida de la duquesa.
Poco después de conocer este deseo de la letrada Blum supe que estaba escribiendo un libro sobre la duquesa. Había enviado un borrador de su proyecto al editor británico André Deutsch. La ira y las querellas que habían perseguido a los autores que habían escrito sobre Wallis Windsor se explicaban mejor sabiendo que la letrada se proponía decir la última palabra. Sin embargo, escribir un libro así constituía una violación de su juramento profesional. Se servía de su famosa cliente para su propio beneficio económico. Pero la letrada Blum siempre supo cómo justificar sus actos.

La duquesa de Windsor había sido en su día el símbolo de la frivolidad de la jet set. En su larga agonía había ganado envergadura. Contemplando su ventana, con las persianas abiertas, tuve la impresión de que con este final de dolor y soledad se había convertido en un personaje de tragedia.
La señora Simpson rompió a llorar cuando supo que el rey de Inglaterra había abdicado. Estaba con sus amigos los Rogers, en su villa de Cannes, y corrió a esconderse en el lavabo. Entre lágrimas, ese día, plenamente consciente del carácter irreversible de la histórica decisión del duque, no había podido intuir que, en su agonía, la televisión británica emitiría imágenes del micrófono con el que Eduardo VIII transmitió su famoso discurso. No pudo prever que el propio micrófono sería capaz de reproducir un día el discurso de su difunto marido, gracias a una cinta hábilmente instalada en su interior que hoy permite al público escuchar a voluntad la voz del rey renunciando al trono… «por la mujer que amo».
Al morir el duque, cayó en manos de la letrada Blum. La duquesa siempre había sido un personaje mítico, y fue el mito lo que atrajo a la abogada. Según el duque, su mujer tenía un carácter «evasivo», y ahora, por su estado físico, se había vuelto totalmente escurridiza gracias al deseo de la letrada de agrandar el mito. ¿Se había vuelto negra? ¿Estaba radiante? ¿La alimentaban con una sonda o seguía tan ingeniosa y parlanchina como siempre, escuchando a Cole Porter? ¿Hacía ya tiempo que había muerto, como suponía el detective siciliano? ¿Quería la abogada retener sus queridos restos y conservarlos siempre cerca, en suelo francés? ¿Sería un cadáver cualquiera el que finalmente haría el viaje hasta el cementerio real de Frogmore, escoltado por el embajador británico? ¿Acabaría el duque descansando al lado de una falsa duquesa?
Puede que estas incógnitas nunca se resuelvan. Lo único cierto es que, para la letrada Blum, con su excéntrica pasión octogenaria, Wallis Windsor solo podía volverse cada día más guapa. Tanto viva como muerta, para ella siempre sería la chica que enamoró al príncipe. Eso era lo único importante para la letrada Blum.

* La duquesa de Windsor murió en su casa de París el 24 de abril de 1986, a los noventa años, después de una larga enfermedad y diez años bajo la supervisión de su abogada.
El 29 de abril de 1986 se celebró su funeral en la capilla de San Jorge de Windsor, en presencia de la reina y el duque de Edimburgo, la reina madre, el príncipe y la princesa de Gales y otros miembros de la familia real. Ni Michael Bloch ni la letrada Blum asistieron. La enterraron al lado del duque de Windsor, en el cementerio real de Frogmore.
El mismo mes de abril de 1986 Mohammed Al-Fayed alquiló la residencia de la duquesa y lo primero que hizo fue cambiar las cerraduras. A continuación reformó íntegramente el edificio.
En abril de 1987 las joyas de la duquesa se vendieron en la sede de Sotheby’s de Ginebra por una cantidad muy superior a las expectativas.
La letrada Blum falleció en París el 23 de enero de 1994, a los noventa y cinco años.

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The first time I heard of Mrs. Simpson, future Duchess of Windsor, I was a girl living in Ulster. At that time I was too young to understand the scandal that this woman was organizing, but the violent emotions that she aroused in people piqued my curiosity. In a besieged Protestant community, whose identity depended on its loyalty to the British Crown, the figure of Mrs. Simpson inspired terror. She was a threat to the Church and the monarchy. She symbolized sex and evil. Astonished eyes and morbid whispers were the usual reaction when her name was spoken. «That horrible American divorcee,» I heard them call her.
Wallis has been very lonely since the duke died, ”she said. The truth is that she has had very bad luck. She does not have a single close relative. Her only family is the royal family and, you know, they have always hated her.
The duchess had been a heavy drinker. She acknowledged that, in the wake of the duke’s death, she drank heavily.

This book is more of a memoir of how Caroline was trying to get information about the Wallis the Duchess of Windsor, and she found a huge obstacle in the way by the name of Maitre Blum: the Duchess lawyer and spokesperson.
This book was not published till the death of the lawyer, as she was famous for suing any journalist or newspaper for writing anything she deemed not nice about the duchess.
When the quest begins to know how the duchess is doing.. the readers understand from the gossip that she is 84 years, bedridden, perhaps in and out of consciousness, doesn’t meet any of her usual friends, some say Maitre Blum is keeping her alive through a feeding pipe through the nose.
Caroline Blackwood feels like a gonzo journalist as she is putting us right there in all her interview with the Lawyer, her editor, the various ladies and sirs who know the duchess.
As readers we are learning and reading about events that covered most of the 20th century.
Blackwood narrates her unsuccessful attempts to see the Duchess, her three interviews with Blum, and her various researches into both women, largely from interviews with surviving friends and associates. This was in the early 80s, and Blackwood’s book didn’t come out until after the death not only of the Duchess but of Blum as well. It very quickly becomes apparent why, when one reads the colourful and scathing characterization of Blum, not to mention Blum’s notoriously litigious habits. I suspect that the eventual appearance of this volume was by way of amends for Blackwood’s article about Blum following the interviews, which she characterizes, with obvious distaste, as particularly fawning and complimentary.
I haven’t read much about Edward and Wallis, so the cast of characters was all new and interesting to me: that includes Blackwood herself (who is definitely a character in her narrative). She passed away a year after the first edition in 1995.
So was Wallis actually dead, or kept cruelly alive during those long final years in Blum’s custody? Were Blum and her sidekick selling off royal property Edward and Wallis had kept? The answers are not definitive, but we are left with a definite, and shamefully rather gleeful, shiver.

Apparently, the frivolous American who never succeeded in fulfilling her ambitions to become her royalty was now receiving, on her deathbed, a treatment truly worthy of her: the most modern and cruel, reserved for the great her personalities.

The feelings of the lawyer Blum were much more complicated than those of a simple exploitative lawyer, I worried about her in other respects. How often did the lawyer look at her body? He had arranged for the duchess to receive no more visitors than his own.
The lawyer was an exhausting old woman. Although some of her anger was sometimes feigned, the technique of spurting anger was still effective, inducing passivity in her interlocutors. He could have asked her to explain why Lady Dudley was not a friend of the Duchess, but she no longer had the strength. There were still questions to be asked, but that woman had made my exhaustion take away my desire. And, seeing that I had exhausted myself, that I had squeezed my courage, I took my revenge, letting my thoughts wander to the field of the purest speculation, where she could not complain or present legal requirements, because my questions were never asked.

I was struck by the fact that the lawyer was so angry at the suggestion that her client was the owner of Crown jewels, while she was not offended by the painful image of the Duke and Duchess that was offered in the episode of the robbery. Why was he so interested in her jewelry? What made you think that the fact that the Duchess had received Crown Jewels, as a gift from her husband, was a disgrace to her? The Duchess was the rightful owner of these jewels. She hadn’t stolen them from Queen Alexandra’s safe.
Although there were many Crown Jewels that were stolen from the Duchess on that occasion, it is to be assumed that a good part of them were not in the trunk. In addition, the duke replaced the stolen pieces with the insurance indemnity, which he used to buy jewelery for his wife worth 75,000 pounds. When the astute lawyer so adamantly denied that her client had ever owned the Crown Jewels, was it the future that worried you? With the duke dead, would the royal family want to know the whereabouts of these ancient relics? …

Lady Mosley had been one of the Duchess’s closest friends and, had Wallis been in a position to make financial decisions, she would probably have allowed her to use the photograph completely free of charge, at no petty cost. The duchess not only lived apart from those who had liked her, but, in her sad state of prostration, she was blackmailing a person who had always shown her affection. From her bed, without her knowledge, they forced her to blackmail her friend.
The tough, ruthless and abrasive character of the lawyer Blum, it would be grossly unfair to say that her personality resided «mainly in the way she dressed.» While this had been the fundamental accusation against the duchess, her lawyer displayed an unsettling impatience to establish her personality there. Why else would she not go on record that she had ever worn an ermine stole on gala nights in Paris?
The late Duke of Windsor always believed that his wife was «elusive and complicated.» Studying the press clippings, I had the feeling that the same adjectives were even more appropriate applied to the lawyer Blum.

The Duchess of Windsor was always terrified of flying. She believed that her «rare death» would be from a plane crash. Although she would later recognize certain accuracy in the prophecies, the fortune teller was wrong to instill in her this fear of flying. Her death would be «rare» for long and cruel. She did not see that the fate of the Duchess would ultimately be in the hands of the lawyer Blum.
Long after Wallis Warfield led the Prince of Wales to relinquish the throne for her, before she became the famous Duchess of Windsor, she entertained weekend guests in a beautiful country house outside Paris. The estate was called The Mill. On its facade he put a plaque much criticized in her greatest moment of glory, when the Duchess was for many the world authority on good taste. The inscription read: «I am not the miller’s daughter but I have been around a lot.»
Wallis Windsor married Ernest Simpson because she saw in him a catwalk that could lead her to the Prince of Wales. Counsel Blum’s first husband served her similarly. Paul Weill represented the Duke of Windsor at the famous Allen & Overy law firm. Although the lawyer hated the very idea of getting married, which due to her family experience had lost all its charm, it is still an irony that, like the heroine of a sentimental novel, it was through marriage that she ultimately reached fulfillment: it was marriage that allowed him to «find» the duchess.

The attitude of the lawyer Blum seemed very cruel. The hypocritical lawyer wanted an injection for herself but professed reverential respect for her life when it came to the life of the duchess.
Shortly after learning of this wish from the lawyer Blum she learned that she was writing a book about the duchess. She had sent a draft of her project to the British publisher André Deutsch. The anger and quarrels that had dogged the authors who had written about Wallis Windsor were best explained by knowing that the lawyer intended to have the last word. However, writing such a book was a violation of her professional oath. She used her famous client for her own financial gain. But the lawyer Blum always knew how to justify her actions.

The Duchess of Windsor had once been the symbol of jet-setting frivolity. In her long agony he had grown larger. Looking at her window, with the blinds open, I had the impression that with this end of pain and loneliness she had become a character of tragedy.
Mrs. Simpson burst into tears when she learned that the King of England had abdicated. She was with her friends the Rogers, at her villa in Cannes, and she ran to hide in the bathroom. Through tears, that day, fully aware of the irreversible nature of the Duke’s historic decision, she had not been able to intuit that, in her agony, British television would broadcast images from the microphone with which Edward VIII transmitted her famous speech. She could not foresee that the microphone itself would one day be able to reproduce her late husband’s speech, thanks to a tape cleverly installed inside it that today allows the public to listen at will to the voice of the king resigning the throne… «for the woman who love».
When the duke died, he fell into the hands of the lawyer Blum. The Duchess had always been a mythical character, and it was the myth that attracted the lawyer. According to the duke, her wife had an «elusive» character, and now, because of her physical condition, she had become totally elusive thanks to the lawyer’s desire to enlarge the myth. Had she turned black? Was she beaming her? Was she feeding her with a tube or was she still as witty and talkative as she always was, listening to Cole Porter? Had she been long dead, as the Sicilian detective supposed? Did the lawyer want to retain her beloved remains and keep them always close to her, on French soil? Was it just any corpse that would finally make the journey to the royal cemetery at Frogmore, escorted by the British ambassador? Would the duke end up resting next to a false duchess?
These unknowns may never be resolved. The only certainty is that, for the lawyer Blum, with her eccentric octogenarian passion, Wallis Windsor could only become more beautiful every day. Both alive and dead, for her she would always be the girl who fell in love with the prince. That was the only important thing to Attorney Blum.

* The Duchess of Windsor died at her home in Paris on April 24, 1986, at the age of ninety, after a long illness and ten years under the supervision of her lawyer.
On April 29, 1986, her funeral was held in St George’s Chapel in Windsor, in the presence of the Queen and Duke of Edinburgh, the Queen Mother, the Prince and Princess of Wales and other members of the royal family. . Neither Michael Bloch nor Attorney Blum attended. She was buried next to the Duke of Windsor, in the royal cemetery at Frogmore.
The same month of April 1986, Mohammed Al-Fayed rented the Duchess’s residence and the first thing he did was change her locks. He then completely renovated the building.
In April 1987, the Duchess’s jewels were sold at Sotheby’s headquarters in Geneva for much more than expectations.
The lawyer Blum died in Paris on January 23, 1994, at the age of ninety-five.

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