China En Diez Palabras — Yu Hua / China in Ten Words by Yu Hua

Que el dolor de los demás se convirtiera en mi propio dolor me ha permitido tener una comprensión verdadera de lo que es la vida, de lo que es la escritura. Creo que no hay nada en este mundo que predisponga con tanta facilidad a la gente a comunicarse como el sufrimiento, por la simple razón de que el camino que recorre el deseo de compartirlo parte de lo más profundo de nuestro corazón. Por tanto, al escribir este libro sobre el sufrimiento de China he escrito también sobre mi sufrimiento, porque el sufrimiento de China es también mi propio sufrimiento.

Esta es una memoria, que se centra principalmente en la adolescencia de Yu o en la comparación de la época de su adolescencia (la Revolución Cultural) con la China actual. Las historias de la Revolución Cultural me recuerdan mucho a un libro que leí recientemente sobre la Rusia comunista (la Tumba de Lenin). Las comparaciones de los tiempos de la Revolución Cultural con la actualidad ilustran cuánto ha cambiado China desde finales de los 70 y me recuerdan la mayor parte de lo que se lee sobre China hoy.
Hay mucho más en el libro, pero dos historias realmente me llamaron la atención:
En el primero, Yu recuerda una disputa que tuvo con su mejor amigo de la infancia sobre si el sol estaba más cerca de la tierra al amanecer / anochecer (cuando parece ser más grande) o al mediodía (cuando parece hacer más calor). Solo después de una falsa apelación a la autoridad, Lu Xun, ganó Yu. Pero fue a costa de mentir, por lo que se sintió bastante avergonzado.
Las discusiones tontas con mis amigos y la comprensión de mentir al llegar a la mayoría de edad fue un feliz recordatorio para mí de lo similares que somos todos, en todas las culturas. También me recordó el robo de peras de Agustín con sus amigos matones que relata en sus Apologías.
En la segunda historia, Yu recuerda ser un joven adolescente que aterrorizaba a los campesinos que llegaban a la ciudad para tratar de canjear cupones por otros bienes que necesitaban. Esta práctica anticomunista era ilegal, y Yu y sus amigos sirvieron alegremente como una fuerza policial voluntaria sancionada por el estado. Normalmente, se trataba de ancianos pobres que, tímidamente, renunciaban a sus vales sin mucha lucha. Pero una vez, el esperanzado campesino era un hombre enorme y corpulento que no renunciaba a sus vales tan fácilmente. El hombre se negó a pelear y, en cambio, empujó a los niños, tratando de escapar. Finalmente, Yu y sus amigos golpearon al hombre en la cabeza con un ladrillo para derribarlo. En la comisaría, el hombre explicó que su familia había guardado sus cupones de aceite de cocina durante un año y luego pidió prestados aún más para poder pagar una boda.
Hoy, Yu mira hacia atrás con vergüenza por su comportamiento. Pero parecía perfectamente aceptable en ese momento. Esto me hizo preguntarme qué estoy haciendo hoy que algún día pueda ser interpretado como inmoral. Probablemente mi carne comiendo en una época de granjas industriales. El hecho de que no me preocupe más probablemente sea la disonancia cognitiva en el trabajo.
Información bastante interesante sobre la vida de alguien que creció durante la Revolución Cultural en China. Me hubiera encantado tener más detalles. Me pareció un poco liviano sobre su familia y lo que les sucedió a todos. Parecía más una entrevista extensa que una autobiografía o biografía detallada. Pero fascinante de todos modos.

En los más de cuarenta años que han transcurrido desde el inicio de la Revolución Cultural hasta nuestros días, la palabra «pueblo» se ha vaciado de significado en la realidad China actual. Echando mano de la terminología económica tan de moda, «pueblo» se ha convertido en una simple empresa pantalla que es utilizada en diferentes momentos y con diferentes contenidos para poder cotizar en el mercado de valores.
En la primavera de 1989 Pekín era el paraíso del anarquismo. La policía había desaparecido de un día para otro y estudiantes y ciudadanos se hicieron cargo de manera espontánea de las labores policiales. Se convirtió en una ciudad que creo que difícilmente podremos volver a ver. Las metas comunes y las aspiraciones compartidas permitieron que una Pekín libre de policía funcionara en perfecto orden.

En tiempos de la Revolución Cultural, Mao presenciaba los desfiles en Tiananmen vestido con uniforme militar. No sé si porque hacía mucho calor o porque estaba contento, solía quitarse la gorra y saludar a las masas con ella en la mano. La imagen más carismática de Mao saludando es seguramente aquella en la que, después de haber nadado a placer en el Yangtsé, está en albornoz en la proa de un barco agitando la mano hacia las multitudes que lo aclaman en ambas orillas.
En la personalidad del líder Mao Zedong confluían la capacidad de análisis y estrategia de un hombre de Estado y el espíritu libre del poeta, y era habitual que sus planteamientos a largo plazo fueran producto de la improvisación.
A comienzos de la Revolución Cultural surgieron los dazibao, carteles escritos con grandes caracteres que solían colgarse en los muros de las calles y que llegaban a alcanzar el tamaño de las ventanas típicas de la arquitectura tradicional china.
La China de hoy es completamente diferente. La competencia es tan feroz y la presión tan asfixiante que para muchos chinos sobrevivir se ha convertido en una guerra. En el entorno social prima la ley de la selva, donde el más fuerte se come al más débil, el poder y la riqueza se consiguen mediante la violencia y el fraude, y la práctica de la estafa se ha impuesto con absoluta naturalidad. Así, lo normal es que los que se comportan honradamente queden apartados mientras los lanzados carentes de escrúpulos triunfan. Los cambios en el sistema de valores y la redistribución de la riqueza han generado una división de la sociedad que, a su vez, ha dado lugar a tensiones sociales. Ahora sí que se puede hablar de una China de clases y lucha de clases.

Me crié en una época en la que los libros brillaban por su ausencia y, por tanto, no sé muy bien cómo comenzó mi afición a la lectura. Ordenando mis recuerdos me he dado cuenta de que curiosamente puedo contar mi iniciación a la lectura a través de cuatro historias diferentes.
La primera coincide con las vacaciones de verano después de haber terminado mis estudios de primaria, por 1973. Era el séptimo año de la Revolución Cultural y atrás iban quedando las peleas sangrientas y los saqueos salvajes que habían sido el pan nuestro de cada día en los últimos años. Las atrocidades cometidas en nombre de la revolución también parecían haberse agotado y la vida en mi pequeña ciudad había entrado en un estado de calma sofocante y represora. La gente se había vuelto aún más temerosa y precavida y, aunque la radio y los periódicos continuaban día tras día con sus arengas sobre la lucha de clases, parecían haber pasado siglos desde la última vez que había visto un «enemigo del pueblo».
Creo que, si la literatura tiene realmente algún poder misterioso, es precisamente éste: que uno puede leer la obra de un escritor de otra época, de otro país, de otra raza, de otro idioma y de otra cultura diferente y sentir que describe tus propias sensaciones.

La pasión de la gente por escribir dazibao en tiempos de la Revolución Cultural era aún mayor que la fiebre de los blogs en la actualidad. La diferencia era que aquellos carteles estaban todos cortados por el mismo patrón y eran básicamente versiones plagiadas de los artículos del Diario del Pueblo, impregnadas de retórica revolucionaria y eslóganes vacíos desde la primera hasta la última línea. Los blogs, en cambio, se definen por su gran variedad: pueden valer para glorificarse a uno mismo, para poner verde a los demás, para airear asuntos privados, para expresar opiniones encendidas, para hacer montañas de un grano de arena, y abarcan todos los temas imaginables, ya sea sociedad, política, economía o historia, entre otros. Pero ambos medios comparten un aspecto común y es que tanto los carteles de la Revolución Cultural como los blogs de hoy desean reafirmar el valor de la existencia de quien los escribe.

A veces la vida y la escritura son en realidad muy simples: un sueño genera un recuerdo y todo cambia a partir de ese instante.

El rápido crecimiento de la economía en China parece haberlo cambiado todo en un abrir y cerrar de ojos. Igual que si hubiéramos participado en una prueba de salto de longitud, hemos saltado de una época de carencias materiales a una época de extravagancias y derroche; de una época en que la política era el valor supremo a una época en la que el dinero es lo primero; de una época de instintos reprimidos a una época de lujuria compulsiva… Un lapso de treinta años que parece haber transcurrido en el tiempo que tardas en dar un salto.
No hay más que ver cómo es China hoy: grandes edificios se elevan como bosques bajo el cielo gris de las ciudades; el entramado de autopistas supera en número a los ríos del país; los grandes almacenes y supermercados nos deslumbran con su gran variedad de productos; un flujo incesante de vehículos y personas invade a diario las calles; anuncios y neones compiten con sus destellos; cada dos pasos hay una discoteca o un centro de masajes, y a la vuelta de cada esquina aparece un salón de belleza o un local de baños relajantes de pies, por no hablar de los omnipresentes macrorrestaurantes de lujo, algunos de tres o cuatro pisos, cada planta del tamaño de un auditorio, con hileras de fastuosos reservados a cada lado y dos o tres mil personas con la cara resplandeciente comiendo y bebiendo opíparamente.
Algunos intelectuales occidentales se aferran a la idea de que un rápido crecimiento económico únicamente puede producirse en el marco de una sociedad con un sistema político plenamente democrático. De ahí su perplejidad ante la asombrosa velocidad a la que se ha desarrollado la economía de un país que dista de tener un sistema político transparente. Creo que, probablemente, están obviando un punto importante: detrás de este milagro económico hay un par de manos empujando, unas manos que se llaman Revolución.
Después de que en 1949 el Partido Comunista llegara al poder, se mantuvo el compromiso de llevar los ideales revolucionarios hasta el final. Naturalmente, la revolución dejó de ser una lucha armada para convertirse en una representación en cadena de movimientos políticos que alcanzaron su cenit con el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/03/28/cronica-de-un-vendedor-de-sangre-yu-hua/

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/02/china-en-diez-palabras-yu-hua-china-in-ten-words-by-yu-hua/

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That the pain of others became my own pain has allowed me to have a true understanding of what life is, what writing is. I believe that there is nothing in this world that predisposes people to communicate as easily as suffering, for the simple reason that the path that the desire to share travels starts from the depths of our hearts. Therefore, in writing this book on the suffering of China, I have also written about my suffering, because the suffering of China is also my own suffering.

This is a memoir, mostly focusing on either Yu’s adolescence or comparing the time of his adolescence (the Cultural Revolution) to China today. The Cultural Revolution stories felt very reminiscent of a book I read about communist Russia recently (Lenin’s Tomb). Comparisons of Cultural Revolution times to today illustrate how much China has been changing since the late 70’s, and remind me of most of what one reads about China today.
There’s plenty more to the book, but two stories really stood out for me:
In the first, Yu recalls a long-standing feud he had with his childhood best friend over whether the sun was closest to the earth at dawn/dusk (when it appears to be biggest) or at noon (when it appears to be hottest). Only after a false appeal to authority, Lu Xun, did Yu win. But it was at the cost of lying, which he felt quite sheepish about.
The dumb arguments with buddies and coming-of-age realization of lying was a happy reminder to me of how similar we all are, across cultures. It also reminded me of Augustine’s theft of pears with his hoodlum friends that he recounts in his Apologies.
In the second story, Yu recalls being a young teen terrorizing country peasants who were coming in to town to try to exchange vouchers for other goods they needed. This anti-communist practice was illegal, and Yu and his friends gleefully served as a state-sanctioned voluntary police force. Normally, these were poor old folks who sheepishly gave up their vouchers without much fight. But one time, the hopeful peasant was a huge, burly man who would not give up his vouchers so easily. The man refused to fight, and instead pushed the kids away, trying to escape. Eventually, Yu and his friends beat the man over the head with a brick to bring him down. At the police station, the man explained that his family had saved their cooking oil vouchers for a year and then borrowed even more, so he could afford a wedding.
Today, Yu looks back with shame on his behavior. But it seemed perfectly acceptable at the time. This made me wonder what I’m doing today that may one day be construed as immoral. Probably my meat eating in an age of factory farming. That I’m not more bothered about it is probably cognitive dissonance at work.
Pretty interesting insights into the life of someone who grew up during the Cultural Revolution in China. I would have loved more detail. Found it a bit light on his family and what happened to everyone. Seemed more like an extended interview than a detailed autobiography or biography. But fascinating nonetheless.

In the more than forty years that have elapsed since the beginning of the Cultural Revolution to the present day, the word «people» has been emptied of meaning in today’s Chinese reality. Taking advantage of the fashionable economic terminology, «people» has become a simple shell company that is used at different times and with different contents to be able to quote on the stock market.
In the spring of 1989, Beijing was the paradise of anarchism. The police had disappeared overnight and students and citizens spontaneously took over police work. It became a city that I think we will hardly be able to see again. Common goals and shared aspirations allowed a police-free Beijing to function in perfect order.

In times of the Cultural Revolution, Mao watched the parades in Tiananmen dressed in military uniform. I don’t know if because he was very hot or because he was happy, he used to take off his cap and greet the masses with it in hand. The most charismatic image of Mao saluting is surely the one in which, after having leisurely swam in the Yangtze, he is in a bathrobe on the prow of a ship waving his hand to the cheering crowds on both shores.
In the personality of the leader Mao Zedong, the analytical and strategic capacity of a statesman and the free spirit of the poet came together, and it was usual that his long-term approaches to him were the product of improvisation.
At the beginning of the Cultural Revolution, the dazibao emerged, posters written in large characters that used to be hung on the walls of the streets and that reached the size of the windows typical of traditional Chinese architecture.
Today’s China is completely different. The competition is so fierce and the pressure so stifling that for many Chinese survival has turned into a war. In the social environment the law of the jungle prevails, where the strongest eats the weakest, power and wealth are achieved through violence and fraud, and the practice of fraud has been imposed with absolute naturalness. Thus, the normal thing is that those who behave honestly are left aside while the unscrupulous launched ones triumph. Changes in the value system and the redistribution of wealth have generated a division of society which, in turn, has led to social tensions. Now it is possible to speak of a China of classes and class struggle.

I grew up in a time when books were conspicuous by their absence and, therefore, I don’t really know how my love of reading began. Sorting my memories I have realized that curiously I can tell my initiation to reading through four different stories.
The first coincides with the summer holidays after I finished my primary studies, around 1973. It was the seventh year of the Cultural Revolution and behind were the bloody fights and savage looting that had been our daily bread in the past. last years. The atrocities committed in the name of the revolution also seemed to have been exhausted and life in my small town had entered a state of suffocating and repressive calm. People had become even more fearful and cautious, and although the radio and newspapers continued day after day with their harangues about the class struggle, it seemed centuries had passed since they had last seen an «enemy of the people.»
I think that if literature really has some mysterious power, it is precisely this: that one can read the work of a writer from another era, another country, another race, another language and another different culture and feel that it describes your own sensations.

People’s passion for writing dazibao in times of the Cultural Revolution was even greater than the blogging fever today. The difference was that those posters were all cut from the same pattern and were basically plagiarized versions of the People’s Daily articles, steeped in revolutionary rhetoric and empty slogans from the first to the last line. Blogs, on the other hand, are defined by their great variety: they can be used to glorify oneself, to green others, to air private matters, to express fiery opinions, to make mountains out of a molehill, and they cover all imaginable themes, be it society, politics, economics or history, among others. But both media share a common aspect and that is that both the posters of the Cultural Revolution and today’s blogs want to reaffirm the value of the existence of whoever writes them.

Sometimes life and writing are actually very simple: a dream generates a memory and everything changes from that moment.

The rapid growth of the economy in China seems to have changed everything in the blink of an eye. Just as if we had participated in a long jump event, we have jumped from a time of material deficiencies to a time of extravagance and waste; from a time when politics was the supreme value to a time when money comes first; from a time of repressed instincts to a time of compulsive lust … A span of thirty years that seems to have elapsed in the time it takes you to jump.
You just have to see what China is like today: great buildings rise like forests under the gray skies of cities; the network of highways outnumbers the rivers of the country; department stores and supermarkets dazzle us with their wide variety of products; an incessant flow of vehicles and people invades the streets every day; advertisements and neons compete with their flashes; every two steps there is a disco or a massage center, and around every corner there is a beauty salon or a place for relaxing foot baths, not to mention the ubiquitous luxury macro-restaurants, some with three or four floors, each floor plan the size of an auditorium, with rows of lavish booths on either side and two or three thousand people with beaming faces eating and drinking lavishly.
Some Western intellectuals cling to the idea that rapid economic growth can only occur within the framework of a society with a fully democratic political system. Hence their perplexity at the astonishing speed at which the economy of a country that is far from having a transparent political system has developed. I think they are probably missing an important point: behind this economic miracle there are a pair of hands pushing, hands called Revolution.
After the Communist Party came to power in 1949, the commitment to carry revolutionary ideals to the end was maintained. Naturally, the revolution ceased to be an armed struggle to become a chain representation of political movements that reached their zenith with the Great Leap Forward and the Cultural Revolution.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/03/28/cronica-de-un-vendedor-de-sangre-yu-hua/

https://weedjee.wordpress.com/2021/12/02/china-en-diez-palabras-yu-hua-china-in-ten-words-by-yu-hua/

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