El Lado Correcto De La Historia: Cómo La Razón Y La Determinación Moral Hicieron Grande A Occidente — Ben Aaron Shapiro / The Right Side of History: How Reason and Moral Purpose Made the West Great by Ben Shapiro

¿Por qué nos ha ido tan bien? El segundo: ¿por qué estamos echándolo todo a perder?
Los seres humanos hemos vivido durante decenas de miles de años en situaciones de franca pobreza, limitados a la mera subsistencia y bajo una continua amenaza de peligro físico derivada de las agresiones de la naturaleza o de otros seres humanos. Durante toda nuestra historia, la vida fue algo duro, desagradable y breve.
Los niveles de suicidio son los más altos en muchas décadas. El alcance de la depresión es cada vez mayor. Las muertes por sobredosis de drogas superan ya los fallecimientos derivados de accidentes automovilísticos. Cada vez hay menos matrimonios y nacen menos niños. Gastamos más dinero que nunca en comprar bienes o servicios lujosos, pero cada vez los disfrutamos menos. Las conspiraciones se abren paso en el debate público, desplazando a la razón y dejando que percepciones subjetivas tomen el lugar que antaño estaba reservado a la mera observación objetiva de los acontecimientos. Ya no importan tanto los hechos como los sentimientos. En vez de vivir en una sociedad que funciona en torno a la lógica, vivimos en una sociedad basada en la autoestima.
Estamos, además, más divididos que nunca.

Este libro presenta una premisa sumamente importante. La civilización occidental, que se basa en la razón griega y los valores judeocristianos, es única. Nos trajo varias creencias fundamentales que finalmente llevaron a la fundación y al éxito de los Estados Unidos. Perder esos valores y la razón provocará nuestra desaparición.
Estos libros se mantuvieron alejados de la política en su mayor parte, excepto en la medida en que la política política fue formada por la ideología filosófica de tendencia de la época. Fue parte de una exploración de la religión y la filosofía moral a través de las edades, yuxtapuesta con la historia europea, griega y estadounidense, que culminó en la ideología estadounidense actual y una explicación de cómo nuestra política moderna ha sido moldeada por toda la historia que la precede. Sin duda, es un libro que invita a la reflexión y plantea una cuestión importante de hacia dónde se dirigirá Estados Unidos si nos negamos a volver a nuestras raíces judeocristianas.
Amarlo, odiarlo o amar para odiarlo, Ben es sin duda una figura que sin importar dónde te encuentres, tienes que darle crédito, uno de los más polemistas ágil para debatir. Sus respuestas rápidas, ingeniosas y reflexivas son interesantes para ver si estás de acuerdo o no. Este es el Spairo que esperaba leer. En cambio, obtuve un libro decente sobre la sociedad judeocristiana y sus normas. De nuevo, no es lo que esperaba.
Aplaudo a Shapiro por su fe y las decisiones que toma con respecto a dicha fe. Ciertamente puedo apreciarlos. No estoy de acuerdo con algunas de sus creencias, pero eso no quita su ejecución de su fe.
Shapiro rastrea los valores de los humanos desde el principio y analiza los orígenes judeocristianos y griegos de las civilizaciones. Luego pasa a cubrir los miles de años entre entonces y ahora, citando a filósofos, pensadores y gigantes políticos clásicos, tanto buenos como malos. Finalmente, termina criticando la situación política actual y cómo los hechos y creencias a lo largo de la historia han afectado el pensamiento y las acciones modernas. Aunque hay mucho contenido que seguramente será controvertido entre los lectores, existe tal riqueza de información histórica y disección de la misma que es imposible no ser estimulado intelectualmente.
Lo único negativo para mí fue que había tantos detalles metidos en cada capítulo que a menudo me abrumaba todo. Encontré el material mucho más accesible en los capítulos donde entrelaza historias y anécdotas, tanto personales como históricas, en el texto.

La acción pública puede generar algunas condiciones necesarias para que seamos felices, pero no puede hacer que seamos felices por sí misma. Los Padres Fundadores de Estados Unidos lo sabían bien. Por eso vemos que Thomas Jefferson no habló de que el gobierno deba garantizarnos la felicidad, sino de que el gobierno debe proteger nuestro derecho a perseguirla. El gobierno existe para proteger nuestros derechos y evitar que sean vulnerados. Su existencia se justifica para que impere el orden y no nos roben nuestras posesiones o nos asalten mientras dormimos.
Nuestros políticos saben que cada vez hay más gente que vincula su felicidad vital a sus acciones y decisiones, de modo que no dudan en aprovechar estas circunstancias en su favor. En 2008, Michelle Obama llegó a decir que los estadounidenses deberían apoyar a su esposo Barack porque él podía «sanar sus almas».
Quizá el problema es que lo que estamos buscando ya no es la felicidad, sino otro tipo de prioridades: el placer, la catarsis emocional, la estabilidad financiera… Todo eso puede ser importante, pero nunca nos va a ofrecer una felicidad duradera. A lo sumo, son medios que pueden acercarnos a la felicidad, pero nada más. Parece que hayamos confundido los medios con el fin. Y al hacerlo, hemos dejado que nuestras almas se vacíen por completo y terminen estando terriblemente necesitadas de sustento.
Pero no basta con que seamos conscientes de que tenemos un propósito moral particular que nos ayuda a buscar la felicidad mediante acciones virtuosas. Para ser felices, debemos creer que podemos explorar ese camino con cierto éxito. Dicho de otro modo, es necesario que tengamos la capacidad de cultivar y utilizar las habilidades que nos llevan a ese fin y que nos aseguran que somos individuos libres y capaces de guiar su propia vida.
La felicidad, entonces, comprende cuatro elementos: el propósito moral y la capacidad individual, por un lado, y el propósito moral y la capacidad colectiva, por otro. Si nos falta uno de estos cuatro elementos, la búsqueda de la felicidad se torna imposible y, si esa búsqueda queda descartada, la sociedad se desmorona.
Nuestra sociedad fue construida sobre el reconocimiento de estos cuatro elementos. La fusión de Atenas con Jerusalén, templada por el ingenio y la sabiduría de nuestros Padres Fundadores, condujo a la creación de una civilización de libertad incomparable y repleta de hombres y mujeres virtuosos, que se esfuerzan por mejorarse a sí mismos y a la sociedad que los rodea.
Pero estamos perdiendo esa civilización. Estamos dejando que se nos escape porque nos hemos pasado generaciones y generaciones socavando las dos fuentes más profundas de nuestra propia felicidad, las fuentes que se encuentran detrás de esos cuatro elementos. Esas dos fuentes son el significado divino y la razón.
La historia de Occidente se basa en la interacción entre estos dos pilares: lo divino y lo racional.

Antes de que hubiera un, Dios, había dioses, en plural y con minúscula.
Para la mayoría de los occidentales es difícil concebir esa noción de múltiples divinidades hoy en día, porque el Dios judeocristiano se ha convertido en un concepto dominante durante milenios. Sin embargo, la gran mayoría de las religiones anteriores al judaísmo eran, de hecho, politeístas, y sus creyentes no tenían nada de tontos. En realidad, el politeísmo era un sistema sofisticado y natural en muchos sentidos.
En muchas culturas, la historia no tiene principio ni fin. El pensamiento griego veía el universo como un todo permanente que se movía de manera circular. La historia se repite. Crece y decrece. Partiendo de ese postulado, no puede haber, pues, una noción de progresión histórica, ni un movimiento inexorable hacia un mejor momento o una Era Mesiánica. El progreso mismo fue, para muchos de los antiguos, una ilusión, o ni siquiera eso: una idea que no tenía cabida en el universo racional.
Esa visión de la historia no es exclusiva de los griegos. Los antiguos babilonios creían que «el pasado, el presente y el futuro eran parte de una corriente continua de eventos en el cielo y la tierra […]. Dioses y hombres, en un continuo infinito».
La historia, en resumen, puede progresar. Y si puede progresar es porque Dios se preocupa por nosotros como individuos y porque se implica en nuestra historia. Y la culminación eventual de la historia vendrá con el reconocimiento universal de Dios y de su obra, siendo el pueblo judío la joya atesorada que ilumina la luz de Jerusalén.
Porque elegimos, somos socios de Dios en la creación. Figuramos, pues, como signatarios de un pacto con Él, en el que debemos desempeñar nuestro papel y elegir el cumplimiento de esos compromisos. La libre elección es el elemento central.
La Biblia nos presenta una visión completa de la felicidad humana, pero requiere una mayor aclaración. Nos dice lo que Dios espera de nosotros y nos recuerda que tenemos el deber de cumplir esas expectativas. Nos dice que somos especiales y que somos amados por un ser infinitamente bueno, afectuoso y poderoso. Nos dice que tenemos el deber de llegar a Él. La Biblia hace que Dios sea accesible. Trae a Dios a la Tierra y, al hacerlo, le ofrece al hombre la oportunidad de desarrollarse a sí mismo. Pero la tradición bíblica no enfatiza la capacidad de las personas para razonar a priori. La revelación está por encima de la razón. Y la revelación por sí sola no es suficiente.
El alma con la que Dios dotó al hombre busca lo divino a través de la razón, la cualidad humana única que eleva a los seres humanos por encima de los animales y nos coloca al pie del trono de Dios.
Para buscar un propósito moral más elevado, los seres humanos tienen que cultivar también su razón.
Y para hacerlo, recurrieron a Atenas.

La antigua creencia de que la virtud debe ubicarse en el uso de la razón requería la investigación de la naturaleza. Los antiguos creían que, al estudiar la naturaleza de las cosas, podríamos descubrir la naturaleza del ser. Si bien la cosmovisión bíblica nos decía que Dios había creado la naturaleza, no tenía mucho que decir sobre la naturaleza en sí misma, ni tampoco acerca de si investigando la naturaleza, podríamos llegar a Dios. La Biblia ni siquiera tenía una palabra para «naturaleza». La palabra hebrea yetzer es el término más cercano, pero generalmente significa «voluntad».
Pero la filosofía griega era diferente: sugería que la mejor manera de investigar la naturaleza del propósito humano es mirar la realidad misma e intentar descubrir los sistemas que operan detrás de ella. Esto hizo imperativo investigar nuestro universo para encontrar un significado más elevado.
Los griegos encontraban la felicidad en filosofar, no en la acción. Si no eras filósofo, ¿cómo lograbas la felicidad? ¿Realmente se espera que seamos felices como trabajadores o guerreros, en esa sociedad tripartita que concebía Platón? ¿Cómo evitamos la tiranía de la polis, dado el vínculo entre la virtud y la buena ciudadanía?
Y sobre todo, ¿cómo se traduce la filosofía en acción? Mientras que la ley de Moisés está escrita en piedra, la ley natural a menudo parece vaga o incluso ilusoria.

El cristianismo proporcionó un sentido de propósito comunitario en la lucha por el bien. Pero el cristianismo, como todas las religiones, se centra en lo espiritual, excluyendo lo físico. En consecuencia, no tiene en cuenta que ese impulso y esa invitación a descubrir y mejorar el mundo físico se puede terminar volviendo en su contra.
Sin embargo, en lo tocante a la capacidad comunitaria, el dominio de la Iglesia católica supuso un obstáculo.

Los seres humanos son criaturas que buscan más que lo que la razón y la ciencia pueden darles —y también son más que meros animales interesados en la razón o la ciencia—. En consecuencia, Dostoievski advirtió de que la búsqueda de significado desprendida de valores judeocristianos o del telos griego, dejaba el proceso ligado al determinismo científico y terminaría por estallar en una conflagración capaz de incendiar al mundo entero.
El resultado sería sangre y sufrimiento, una vorágine de horror, seguida de una época de vacío. La muerte de Dios, creía Dostoievski, era también la muerte del hombre.
El asesinato del Dios judeocristiano durante la Revolución francesa implicaba sustituir los valores trascendentales por un materialismo supuestamente más realista. La Biblia sostenía que el hombre no podía vivir sólo de pan. La Revolución francesa defendía que, sin pan, nada más importaba.
El fantasma del comunismo no sólo recorrió todo el mundo, sino que llegó a dominar a miles de millones de personas. Pero la puesta en práctica de esta filosofía condenó a millones de individuos a la esclavitud, la miseria y la muerte.

A pesar de las mejoras tecnológicas, o quizá en parte debido a dichas mejoras, la raza humana casi se aniquiló a sí misma por entero. La ciencia no había resuelto la búsqueda de un propósito. De hecho, con el descubrimiento de las armas nucleares, parecía que Occidente había llegado al borde de su propia aniquilación. El gran sueño de redefinir a los seres humanos, de descubrir valores trascendentales sin referencia a Dios o de encontrar algún propósito universal parecía haber muerto. Si bien algunos aún mantenían la esperanza del eventual triunfo del experimento soviético, la revelación de los crímenes de Stalin hizo que esa esperanza también se desvaneciese.

Los ideales de la Ilustración no surgieron en el vacío y pretender que pueden sobrevivir sin el agua y el oxígeno que los nutrieron durante miles de años (la revelación y la razón, el telos y el propósito, el libre albedrío y la responsabilidad) no tiene sentido, más allá de las ensoñaciones de la Nueva Ilustración. De hecho, las enseñanzas de tales pensadores no pueden enseñarse ni ser trasplantados al suelo de otras culturas, puesto que éstas no tienen el sustrato que les permite germinar, a diferencia de Occidente.
Creo que lo que están haciendo pensadores como Pinker, Harris y Shermer para revivir los ideales de la Ilustración supone un esfuerzo y un trabajo espectaculares. Estoy de acuerdo con muchos ideales de la Ilustración, particularmente con respecto a la libertad individual y los derechos naturales, como ya hemos discutido.
Pero los nuevos atenienses científicos deberían hacer causa común con los devotos de Jerusalén, en lugar de hacerles la guerra. Lo mismo sucede a la inversa. Porque resulta que, al fin y al cabo, existen amenazas filosóficas muy grandes que se dirigen contra la civilización occidental y que requieren de toda nuestra atención.

La izquierda identificó adecuadamente los problemas de racismo y sexismo generalizado que se daban en distintas esferas de la sociedad estadounidense de la década de 1950, pero su respuesta a estas injusticias fue un llamamiento a destruir el sistema por completo. Ese diagnóstico era, ante todo, egoísta. Desde Marx, la izquierda ha visto la civilización occidental como el problema, interpretándola como una suerte de jerarquía de propietarios que busca reprimir a una supuesta clase a la que se pretende perpetuar en condiciones de inferioridad. Ahora, la Nueva Izquierda afirmaba que todos los males de la sociedad se explicaban por el sistema capitalista que tanto despreciaban. Y los jóvenes estadounidenses que vivieron los turbulentos cambios sociales de la década de 1960 se hicieron eco de aquel mensaje. Así, en los años sesenta y setenta del siglo XX, la contracultura que veía a Estados Unidos como un lugar lleno de maldad y sufrimiento se convirtió en la cultura dominante en la academia y en los medios de comunicación.
Las políticas identitarias se convierten en el camino hacia la justicia verdadera y la tolerancia represiva debe ejercerse contra todos aquellos que combatan la noción tribal de la interseccionalidad. Quienes se niegan a acatar los dictados de dicha teoría e insisten en que no son víctimas de la sociedad estadounidense simplemente por tener un determinado sexo, color de piel o fe son considerados unos vendidos comparables al Tío Tom de la literatura.
El discurso sobre la realidad que ha impuesto la izquierda nos ha traído ira y odio. Las encuestas muestran que los estadounidenses están más divididos que nunca. Y la sensación de que el mundo va a peor y ha entrado en una espiral de decadencia sólo hace que la ofensiva de la interseccionalidad vaya a más. La capacidad individual ha sido abandonada del todo por esta cosmovisión. Al fin y al cabo, si los individuos son meras creaciones de los sistemas en que han nacido ¿qué sentido tiene insistir en ese camino? Y, por otro lado, si el propósito colectivo también ha sido descartado ¿cómo no sentirse deprimido ante un sistema que no nos ofrece una salida?
Lo único que sigue vivito y coleando es la identidad tribal.
No puede proporcionarnos prosperidad. Pero puede traernos significado.
El problema, claro está, es que ese significado que nos brinda la identidad tribal derriba el modelo de civilización que nos ha otorgado nuestras libertades y nuestros derechos, nuestra prosperidad y nuestra salud. Quizá todas esas cosas no tengan sentido a largo plazo.

Estados Unidos está lidiando con distintos problemas, pero el más grave de todos tiene que ver con la pugna por definir y redefinir nuestra alma como nación. Vivimos tiempos de enfado, de polarización. La ira es palpable. ¿De dónde viene tanto malestar? De la destrucción de nuestra visión y nuestra mirada común.

Lo que hizo grande a nuestra civilización y lo que hace que nuestra civilización siga siendo grandiosa aún en muchos aspectos. Nuestro trabajo, pues, implica reconectar con la Palabra de Dios y con la filosofía de la razón y la libertad individual, dos ideas que, después de todo, están inextricablemente entrelazadas.
Creo que la historia de la civilización occidental muestra que nuestros padres viven en nosotros, que cuando aprendemos las lecciones que nos enseñan, reconocemos su sabiduría incluso mientras desarrollamos la nuestra y aceptamos nuestro pasado, nos convertimos en un nuevo eslabón de la cadena de la historia. Nuestros padres nunca morirán si mantenemos viva la llama de sus ideales y transmitimos esa llama a nuestros hijos.

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Why has it been so good for us? The second: why are we spoiling everything?
Human beings have lived for tens of thousands of years in situations of frank poverty, limited to mere subsistence and under a continuous threat of physical danger derived from the aggressions of nature or other human beings. Throughout our history, life was hard, unpleasant, and short.
Suicide levels are the highest in many decades. The scope of depression is growing. Deaths from drug overdoses already exceed deaths from motor vehicle accidents. There are fewer and fewer marriages and fewer children are born. We spend more money than ever to buy luxurious goods or services, but we enjoy them less and less. Conspiracies make their way into public debate, displacing reason and allowing subjective perceptions to take the place that was once reserved for the mere objective observation of events. Facts do not matter as much as feelings. Instead of living in a society that works around logic, we live in a society based on self-esteem.
We are also more divided than ever.

This book presents an extremely important premise. Western civilization, which is built of Greek reason and Judeo-Christian values, is one of a kind. It brought us several core beliefs which eventually led to the foundation and the success of the United States. Losing those values and reason will bring about our demise.
This books steered clear of politics for the most part except inasmuch as political policy was formed by the trending philosophical ideology of the time. It was part an exploration of religion and moral philosophy through the ages, juxtaposed with European, Greek, and American history, culminating in current American ideology and an explanation for how our modern politics have been shaped by all the history preceding it. It’s certainly a thought-provoking book and it raises an important question of where America is going to go if we refuse to return to our Judeo-Christian roots.
Love him, hate him or love to hate him, Ben is certainly a figure that regardless where you stand, you have to give him credit, one of the most
nimble people to debate. His quick witted and thoughtful responses are interesting to watch weather you agree or not. This is the Spairo I was expecting to read. Instead I got a decent book about Judeo-Christian society and its norms. Again not what I expected.
I applaud Shapiro on his faith and the decisions he makes regarding said faith. I can certainly appreciate them. I disagree with some of his beliefs but that does not take away from his execution
of his faith.
Shapiro traces the values of humans back to the beginning and analyzes the Judeo-Christian and Greek origins of civilizations. He then goes on to cover the thousands of years between then and now, quoting classic philosophers, thinkers, and political giants, both good and bad. Finally, he ends up critiquing the current political situation and how the events and beliefs throughout history have affected modern thought and actions. Though there is much content that is sure to be controversial among readers, there is such a wealth of historical information and dissection of it that it’s impossible not to be intellectually stimulated.
The one negative for me was that there were so many details jammed into each chapter that I was often overwhelmed with all of it. I found the material much more accessible in the chapters where he weaves stories and anecdotes, both personal and historical, into the text.

Public action can create some necessary conditions for us to be happy, but it cannot make us happy by itself. America’s Founding Fathers knew this well. That is why we see that Thomas Jefferson did not speak that the government must guarantee us happiness, but that the government must protect our right to pursue it. The government exists to protect our rights and prevent them from being violated. Their existence is justified so that order prevails and they do not steal our possessions or assault us while we sleep.
Our politicians know that more and more people are linking their vital happiness to their actions and decisions, so they do not hesitate to take advantage of these circumstances in their favor. In 2008, Michelle Obama went so far as to say that Americans should support her husband Barack because he could «heal his souls.»
Perhaps the problem is that what we are looking for is no longer happiness, but other types of priorities: pleasure, emotional catharsis, financial stability … All of this may be important, but it will never offer us lasting happiness. At best, they are means that can bring us closer to happiness, but nothing more. We seem to have confused the means with the end. And in doing so, we have allowed our souls to drain completely and end up in dire need of sustenance.
But it is not enough that we are aware that we have a particular moral purpose that helps us to seek happiness through virtuous actions. To be happy, we must believe that we can explore that path with some success. In other words, we need the ability to cultivate and use the skills that lead us to that end and that assure us that we are free individuals capable of guiding their own lives.
Happiness, then, comprises four elements: moral purpose and individual ability, on the one hand, and moral purpose and collective ability, on the other. If we lack one of these four elements, the search for happiness becomes impossible and, if that search is ruled out, society falls apart.
Our society was built on the recognition of these four elements. The fusion of Athens with Jerusalem, tempered by the ingenuity and wisdom of our Founding Fathers, led to the creation of a civilization of incomparable freedom, replete with virtuous men and women, who strive to improve themselves and the society they serve. surrounds.
But we are losing that civilization. We are letting it slip away because we have spent generations and generations undermining the two deepest sources of our own happiness, the sources that lie behind those four elements. Those two sources are divine meaning and reason.
The history of the West is based on the interaction between these two pillars: the divine and the rational.

Before there was a, God, there were gods, plural and lowercase.
It is difficult for most Westerners to conceive of that notion of multiple divinities today, because the Judeo-Christian God has become a dominant concept for millennia. However, the vast majority of pre-Judaism religions were, in fact, polytheistic, and their believers were by no means dumb. In reality, polytheism was a sophisticated and natural system in many ways.
In many cultures, history has no beginning and no end. Greek thought viewed the universe as a permanent whole that moved in a circular fashion. History repeats itself. It grows and decreases. Starting from this postulate, there cannot be, then, a notion of historical progression, nor an inexorable movement towards a better moment or a Messianic Era. Progress itself was, for many of the ancients, an illusion, or not even that: an idea that had no place in the rational universe.
That view of history is not unique to the Greeks. The ancient Babylonians believed that “the past, the present, and the future were part of a continuous stream of events in heaven and earth […]. Gods and men, in an infinite continuum ».
The story, in short, can progress. And if it can progress, it is because God cares about us as individuals and because he is involved in our history. And the eventual culmination of history will come with universal recognition of God and his work, the Jewish people being the treasured jewel that illuminates the light of Jerusalem.
Because we choose, we are God’s partners in creation. We therefore appear as signatories of a covenant with Him, in which we must play our role and choose to fulfill those commitments. Free choice is the central element.
The Bible presents us with a comprehensive view of human happiness, but it requires further clarification. It tells us what God expects of us and reminds us that we have a duty to meet those expectations. It tells us that we are special and that we are loved by an infinitely good, loving and powerful being. It tells us that we have a duty to reach out to Him. The Bible makes God accessible. He brings God to Earth and in doing so offers man the opportunity to develop himself. But the biblical tradition does not emphasize the ability of people to reason a priori. Revelation is above reason. And revelation alone is not enough.
The soul with which God endowed man seeks the divine through reason, the unique human quality that elevates human beings above animals and places us at the foot of the throne of God.
To seek a higher moral purpose, human beings have to cultivate their reason as well.
And to do so, they turned to Athens.

The ancient belief that virtue must be located in the use of reason required the investigation of nature. The ancients believed that by studying the nature of things, we could discover the nature of being. Although the biblical worldview told us that God had created nature, it did not have much to say about nature itself, nor about whether by investigating nature, we could reach God. The Bible didn’t even have a word for «nature.» The Hebrew word yetzer is the closest term, but it generally means «will.»
But Greek philosophy was different: it suggested that the best way to investigate the nature of human purpose is to look at reality itself and try to discover the systems that operate behind it. This made it imperative to investigate our universe to find a higher meaning.
The Greeks found happiness in philosophizing, not in action. If you were not a philosopher, how did you achieve happiness? Are we really expected to be happy as workers or warriors, in that tripartite society that Plato envisioned? How do we avoid the tyranny of the polis, given the link between virtue and good citizenship?
And above all, how is philosophy translated into action? While the law of Moses is set in stone, the natural law often seems vague or even illusory.

Christianity provided a sense of communal purpose in the fight for the good. But Christianity, like all religions, focuses on the spiritual, excluding the physical. Consequently, he does not take into account that that impulse and that invitation to discover and improve the physical world can end up working against him.
However, when it came to community capacity, the dominance of the Catholic Church was an obstacle.

Human beings are creatures that seek more than what reason and science can give them — and they are also more than mere animals interested in reason or science. Consequently, Dostoevsky warned that the search for meaning detached from Judeo-Christian values or from the Greek telos, left the process linked to scientific determinism and would end up exploding in a conflagration capable of setting the entire world on fire.
The result would be blood and suffering, a maelstrom of horror, followed by a time of emptiness. The death of God, Dostoevsky believed, was also the death of man.
The murder of the Judeo-Christian God during the French Revolution involved substituting transcendental values for a supposedly more realistic materialism. The Bible held that man could not live on bread alone. The French Revolution argued that, without bread, nothing else mattered.
The ghost of communism not only haunted the world, but it came to dominate billions of people. But the implementation of this philosophy condemned millions of individuals to slavery, misery and death.

Despite technological improvements, or perhaps in part because of those improvements, the human race almost completely annihilated itself. Science had not solved the search for purpose. In fact, with the discovery of nuclear weapons, it seemed that the West had come to the brink of its own annihilation. The great dream of redefining human beings, of discovering transcendental values without reference to God, or of finding some universal purpose seemed to have died. While some still held out hope for the eventual triumph of the Soviet experiment, the revelation of Stalin’s crimes made that hope fade as well.

The ideals of the Enlightenment did not arise in a vacuum and pretending that they can survive without the water and oxygen that nurtured them for thousands of years (revelation and reason, telos and purpose, free will and responsibility) has no sense, beyond the reveries of the New Enlightenment. In fact, the teachings of such thinkers cannot be taught or transplanted into the soil of other cultures, since these do not have the substrate that allows them to germinate, unlike the West.
I believe that what thinkers like Pinker, Harris, and Shermer are doing to revive the ideals of the Enlightenment takes spectacular effort and work. I agree with many Enlightenment ideals, particularly with regard to individual freedom and natural rights, as we have already discussed.
But the new scientific Athenians should make common cause with the devotees of Jerusalem, rather than wage war on them. The same thing happens in reverse. Because it turns out that, after all, there are very great philosophical threats that are directed against Western civilization and that require our full attention.

The left adequately identified the problems of racism and pervasive sexism that ran through various spheres of American society in the 1950s, but its response to these injustices was a call to destroy the system altogether. That diagnosis was, above all, selfish. Since Marx, the left has seen Western civilization as the problem, interpreting it as a kind of hierarchy of owners that seeks to repress a supposed class that is intended to perpetuate in conditions of inferiority. Now, the New Left claimed that all the ills of society were explained by the capitalist system that they so despised. And young Americans who experienced the turbulent social changes of the 1960s echoed that message. Thus, in the 1960s and 1970s, the counterculture that viewed America as a place full of evil and suffering became the dominant culture in academia and in the media.
Identity politics become the path to true justice and repressive tolerance must be exercised against all those who fight the tribal notion of intersectionality. Those who refuse to abide by the dictates of that theory and insist that they are not victims of American society simply because they have a certain sex, skin color or faith are seen as comparable to the Uncle Tom of literature.
The discourse on reality that the left has imposed has brought us anger and hatred. Polls show that Americans are more divided than ever. And the feeling that the world is getting worse and has entered a spiral of decline only makes the offensive of intersectionality go further. Individual capacity has been completely abandoned by this worldview. After all, if individuals are mere creations of the systems into which they were born, what is the point of insisting on that path? And, on the other hand, if the collective purpose has also been discarded, how can we not feel depressed in the face of a system that does not offer us a way out?
The only thing that is alive and well is tribal identity.
It cannot bring us prosperity. But it can bring us meaning.
The problem, of course, is that the meaning that tribal identity gives us demolishes the model of civilization that has given us our freedoms and our rights, our prosperity and our health. Maybe all of those things don’t make sense in the long run.

The United States is grappling with different problems, but the gravest of all has to do with the struggle to define and redefine our soul as a nation. We live in times of anger, of polarization. The anger is palpable. Where does so much discomfort come from? From the destruction of our vision and our common gaze.

What made our civilization great and what makes our civilization great even in many ways. Our work, then, involves reconnecting with the Word of God and with the philosophy of reason and individual freedom, two ideas that, after all, are inextricably intertwined.
I believe that the history of Western civilization shows that our parents live in us, that when we learn the lessons they teach us, we recognize their wisdom even as we develop our own and accept our past, we become a new link in the chain of history. . Our parents will never die if we keep the flame of their ideals alive and pass that flame on to our children.

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