Los Últimos Pianos De Siberia — Sophy Roberts / The Lost Pianos of Siberia by Sophy Roberts

En tiempos del último zar, los viajeros del tren más icónico del país —el train de luxe Sibérien, que recorría los casi nueve mil kilómetros entre Moscú y Vladivostok, en la costa del Pacífico— hablaban de una pletórica opulencia, con los pasajeros chorreando «diamantes que hacían daño a la vista»5 y bañados en la música de un piano Bechstein. El ferrocarril siberiano trascendía una ambición mareante: «Desde las orillas del Pacífico y las cumbres del Himalaya, Rusia no solo dominará los asuntos de Asia, sino también los de Europa», declaró Serguéi Witte, el ingeniero y hombre de Estado responsable de construir la vía a finales del siglo XIX. En los refinados vagones turísticos había un restaurante siempre al completo, con paredes de caoba, y un salón de fumadores al estilo chino; todo ello bajo la presidencia de un revisor gordo muy perfumado y con un pañuelo de seda rosa. Camareros francófonos iban y venían con burdeos de Crimea y caviar de beluga, recorriendo vagones con espejos y pinturas al fresco en las paredes, una biblioteca, un cuarto oscuro para que los pasajeros procesaran los negativos de sus cámaras y —según los anuncios de promoción turística de Siberia— una peluquería y un gimnasio equipado con una rudimentaria bicicleta estática. Se oían musiquillas procedentes del vagón comedor, como de musichall, con el piano utilizado a modo de encimera donde ir amontonando los platos sucios.
Siberia abarca todo el territorio al este de los montes Urales, hasta el Pacífico: es la «Siberia» definida en los mapas imperiales rusos hasta el periodo soviético. Es una interpretación muy amplia, que incluye el Extremo Norte y el Extremo Oriente ruso, cubriendo territorios perdidos y ganados durante los siglos XVIII y XIX. Tendré que disculparme de antemano, pues, porque sé muy bien que no he respetado las modernas fronteras administrativas ni la vigente corrección política sobre lo que es o deja de ser Siberia. Lo que sí he hecho, en cambio, es atenerme a la descripción de Antón Chéjov: «La llanura siberiana empieza, creo, en Ekaterimburgo, y termina Dios sabe dónde».

Este libro es una mezcla interesante de escritura de viajes, historia rusa y música mientras la autora viaja por Siberia aparentemente para localizar diferentes pianos, una vez muy de moda y populares en Rusia, que ahora han desaparecido. A lo largo del camino, cuenta la historia de las regiones de Siberia a las que viaja, algunas de estas áreas (especialmente Ekaterimburgo) son históricamente muy significativas, y cuenta las historias de cómo la música (particularmente la música de piano) influyó en estas regiones y en Rusia como un entero.
Permítanme revelar mi prejuicio de inmediato, especialmente para cualquiera que no me conozca o no conozca mis antecedentes: Rusia es una especie de «cosa» mía. Estudié Rusia extensamente en la universidad, viajé brevemente allí. Dado ese interés, por supuesto que me interesaba mucha de la información de este libro. Pero eso también revela algo bastante importante sobre este libro: se trata de Rusia mucho más que de música. Dependiendo de quién seas y de lo que busques sacar del libro, creo que eso tendrá un impacto en cuánto termines disfrutándolo.
Prejuicios a un lado, la ejecución del libro requiere organización. Las secciones están organizadas por región y generalmente se mueven cronológicamente a lo largo de la historia de Rusia, comenzando con cómo la música de piano se calentó en los climas fríos, luego avanzando hacia cómo las artes fueron recibidas por el nuevo régimen soviético. A medida que avanzaba en el libro, olvidé por completo cuál era el propósito central de la autora, el que ella declaró al comienzo del libro: encontrar algunos de estos pianos perdidos. Lo mencionaría aquí y allá, pero había tanta información periférica que el objetivo central se perdió en la deriva.
El problema principal de este libro es uno que he estado viendo mucho, ya que he permitido que la no ficción publicada más recientemente domine mi lectura en los últimos años: esta historia habría sido un fabuloso artículo extenso en una revista. (probablemente una revista de viajes), pero la información adicional que se le agregaba para que tuviera la longitud de un libro confundía el propósito principal.
El libro está enmarcado por la idea de la búsqueda de un piano, aunque a veces es muy fácil olvidar esa búsqueda. Si bien el libro discute los pianos perdidos, el libro detalla más a los habitantes y prisioneros de la tierra.
Los viajes de Roberts por Siberia incluyen no solo una cacería para ver a los famosos tigres, sino también una visita al lugar de la muerte de los Romanov. La escritura es más poderosa cuando se trata de la naturaleza. El capítulo sobre los tigres, por ejemplo, contiene algunos de los escritos más hermosos sobre los grandes felinos. Cuando vuelven los pianos, extrañamente el libro parece retrasarse un poco.
Sin embargo, hay algo atractivo en el estilo de Roberts. La alegría de su caminata y viaje infunde el libro y es imposible no dejarse atrapar por la emoción y la alegría.

Siberia. La palabra hacer vibrar todo lo que toca en un tono diferente. Los primeros mercaderes árabes llamaron a Siberia Ibis-Shibir, Sibir-i-Abir y Abrir-i-Sibir. La etimología moderna sugiere que estos nombres tienen su raíz en el tártaro sibir, que significa «la tierra dormida». Otros sostienen que Siberia procede del nombre de una montaña mítica, Sumbyr, que hallamos en el folclore turco-siberiano. Sumbyr, como «duermevela». O Wissibur, como «susurro», nombre que el viajero bávaro Johann Schiltberger17 adjudicó a este enigmático blanco en la cartografía del siglo XV. Sea cual sea el linaje del término, su sonido es correcto. Siberia hace rodar la lengua en un estremecimiento sibilante. Es una palabra llena de poesía y de sugerencias aliterativas. Pero la etimología, al sugerirnos el sueño, no está a la altura de lo que Siberia propone, en lo real y en lo imaginario.
Siberia significa mucho más que un sitio en un mapa: es una sensación que se queda agarrada, como un zumbido, una fiebre, el sonido de copos adormecidos cayendo sobre almohadones de nieve y el crujido de pasos desiguales acercándosenos por detrás. Siberia es un problema de guardarropa —demasiado frío en invierno, demasiado calor verano—…
Siberia no está dormida. Sus recursos se hallan bajo la inmensa presión de una economía voraz. El cambio climático también la está afectando duramente. En el Extremo Norte, el permafrost está derritiéndose. Más de la mitad de Rusia se balancea sobre esta capa inestable de terreno helado, con la mutabilidad de Siberia manifestándose en grietas que se introducen en los edificios abandonados, y en gigantescos trozos de tundra hundiéndose sin un crujido de aviso. Burbujas de metano explotan y caen como suflés. Pero nadie presta mucha atención: tampoco los rusos que nunca han visitado Siberia y cuya calidad de vida debe mucho a la riqueza de Siberia —incluso con el moderno transporte aéreo, hay habitantes de pueblos siberianos que siguen llamando «el continente» a la Rusia europea—. Igual daría que estuviesen abandonados en islas.

Hay también otro relato de Siberia. Esta tierra está salpicada de pianos: humildes verticales, de fabricación soviética, como el de la foto del campo de lava de Kamchatka, y también instrumentos de importación, más modernos. Hay una abundancia de hermosos pianos de cola en una ciudad terriblemente fría, llamada Mirni —un asentamiento soviético de los años cincuenta enriquecido por la mina de diamantes a cielo abierto más grande del mundo—, y más de cincuenta pianos Steinway en un colegio para niños prodigio de Janti-Mansisk, en pleno corazón de los campos petrolíferos del oeste de Siberia. No obstante, estas extravagancias son raras y distantes entre sí. Lo más notable son los pianos que datan de los años de máximo apogeo de la pianomanía, bajo el imperio, en el siglo XIX. Símbolos perdidos de la cultura occidental en territorio asiático, estos instrumentos arribaron a Siberia.
La relación de Rusia con el piano empezó bajo Catalina la Grande, la emperatriz del siglo XVIII habituada a coleccionar nuevas tecnologías, desde instrumentos musicales hasta su reloj robótico hecho con tres pájaros a tamaño natural: un búho que gira la cabeza, un pavo real que despliega la cola (casi puede percibirse cómo se le llena el pecho de aire al respirar) y un gallo que da las horas cantando. Catalina fue también quien recibió en herencia el legado occidentalizante de Pedro el Grande, que fundó San Petersburgo en 1703, «abriendo una ventana hacia Europa».
El piano anglais de Catalina, una pieza de ebanistería más bonita que un huevo Fabergé, ahora se halla tras una cinta roja en el Pávlovsk, un palacio zarista de recreo levantado en el siglo XVIII en las afueras de San Petersburgo, que funcionaba como uno de los centros más importantes de la vida musical rusa. El piano se exhibe junto a un juego de tocador de Sèvres, regalo de María Antonieta a la familia imperial. El Zumpe, una novedad en su época, aporta cierta suavidad en los adagios, pero también produce un antiguo y elegante tañido y una resonancia metálica de las teclas. Solo cuando la técnica mejoró la potente acción de los macillos y fue posible añadir tensión a las cuerdas más gruesas, afinando los pedales, para permitir un mejor control de la expresión «fuerte-lento», pudo cumplirse el potencial del piano en el instrumento que hoy conocemos. Esta fase siguiente de la tecnología pianística, que halló su apogeo en las tres primeras décadas del siglo XIX, elevó el instrumento a las salas de concierto de toda Europa, a medida que su robusto mecanismo se iba haciendo más capaz de tolerar los apasionamientos de los virtuosos.
La gira rusa de Liszt tuvo un efecto significativo en la cambiante cultura musical del país —habida cuenta, además, del respaldo que supuso para la naciente industria pianística rusa el hecho de que Liszt utilizara un Lichtenthal fabricado en San Petersburgo en un importante año musical—. En 1842 se estrenó en San Petersburgo Ruslán y Liudmila, de Mijaíl Glinka —considerada la primera ópera rusa auténtica, por su carácter nativo y por su melodía—. A Liszt, que había desarrollado un verdadero afecto por la música folclórica rusa, la ópera le pareció maravillosa.
La ópera de Glinka tuvo su influencia, pero fueron el piano y la espléndida condición de virtuoso los que entusiasmaron a la aristocracia, que se quitaba los instrumentos de las manos, ahora que ya no eran una rareza técnica en Rusia. «Aparecen pianos, o alguna modalidad de caja con teclas, por todas partes —escribe un diarista de mediados del siglo—: Si hay cien apartamentos en un edificio de San Petersburgo, no habrá menos de noventa y tres instrumentos, y un afinador de pianos.»

En Siberia, la gente dejó atrás, pudriéndose, muchos instrumentos, o porque eran demasiado grandes para sacarlos de las viviendas, o porque quedaron ignorados en los sótanos de las escuelas musicales bastante después de que a estas les cortaran las subvenciones. Muchas veces, la historia de un piano solo puede colegirse del número de serie, oculto en el interior del instrumento —antecedentes que se remontan más de doscientos años en la historia de Rusia—. Y, sin embargo, hay pianos que han logrado resistir el frío furtivo que lleva una eternidad tratando de invadir sus cuerdas. Estos instrumentos no solo nos cuentan la historia de la colonización de Siberia por los rusos, sino que también ilustran la capacidad de los seres humanos para soportar las más extraordinarias calamidades. La fe en la confortación que proporciona la música sobrevive en las apagadas notas de los macillos rotos, en bellas armonías que describen cosas indecibles, que las palabras no logran expresar. Sobrevive en pianos que la gente corriente ha protegido por todos los medios.

En 1870, la Sociedad Musical del Imperio Ruso abrió sucursales en las ciudades siberianas occidentales de Omsk, Tomsk y Tobolsk, con idea de dar formación tanto al público como a los músicos. Empezaron a surgir librerías con venta de partituras. También abrieron talleres de piano, para fomentar la distribución del instrumento más hacia el este. Según iba avanzando el siglo, solo unos pocos pianos de fabricación extranjera —algún Broadwood, algún Blüthner alemán— lograron superar las barreras arancelarias rusas. Ello proporcionó a los Becker y otros pianos similares de fabricación rusa una clara oportunidad de dominar el creciente mercado doméstico.

Fui a ver el Octubre Rojo kamchatkiano de Kozin al apartamento de un sola habitación en el que aún sigue, en el cuarto piso de un desolador edificio de viviendas castigado por la lluvia. Pero lo que yo buscaba era el piano de cola del archivo fotográfico en blanco y negro. Había algo enigmático en su presencia, era como un cuervo negro a punto de levantar el vuelo en un salón abierto al público, en una de las zonas Gulag más temibles de la URSS: un piano utilizado por toda una serie de ciudadanos libres y de músicos perseguidos.
¿Fue ese piano el que acompañó a Kozin en su primera actuación ante sus jefes del Gulag? ¿Era el mismo instrumento que yo vi en la foto de un Kozin de baja estatura, con los ojos hundidos, de pie junto a una orquesta en el escenario del teatro de Magadán? Solzhenitsyn nos cuenta que Nikishov, otro mando de Dalstroi, interrumpió los aplausos a Kozin.
Metrónomo viene del griego métron, «medida», y nómos, «regla» o «norma». Es un instrumento imprescindible, el modo de que dispone un músico para medir el tiempo. Durante el sitio de Leningrado, que duró cerca de novecientos días, desde septiembre de 1941 a enero de 1944, las autoridades soviéticas instalaron cientos de altavoces por las calles. La música era un modo de mantener el ánimo de la gente. Las autoridades también emitían el tictoc de un metrónomo. Al principio, para avisar de ataques aéreos —la pulsación se aceleraba al aproximarse el enemigo—, luego para llenar las pausas silenciosas del programa musical. Está bien documentado que los habitantes de Leningrado identificaban el ritmo del metrónomo con los latidos de un corazón humano.

Me fascinaba el piano Stürzwage, en parte porque siempre me había encantado ese retrato de Modigliani, sin parar mientes en quién podía ser el retratado; y también porque en lo más profundo del pasado del piano me era posible imaginar los dedos elegantes del artista —el fabricante decepcionado que abandonó el negocio de su padre para formarse como pintor— ajustando sus cuerdas.
Con ayuda del afinador, acabé localizando al propietario del piano: un filántropo local llamado Valeri Jidírov, osetio originario de las montañas del Cáucaso. Jidírov le tenía apego al instrumento, a pesar de que no lo utilizaba. Había comprado el piano para su hija, a principios de los noventa, por menos de cien dólares.

En febrero de 2018, dos años después de haber tomado la decisión de seguir adelante con mi búsqueda en uno de los lugares más remotos del planeta, empecé a intentar enterarme de cómo llevar un piano a Mongolia. Lo hice con ayuda de Kostia Lomachenko, afinador de pianos de Novosibirsk. El instrumento de su familia —el Grotrian-Steinweg que descubrí primero en el sótano de la Ópera de Novosibirsk, junto a un cerdo de papel maché— me atrajo inmediatamente, a pesar de sus sonidos rotos y de las teclas que le faltaban. Este Grotrian parecía tenerlo todo «a favor», ahora que ya me había hecho una idea de lo que significaba «a favor»: era de propiedad privada, no estatal; tenía un significado íntimo, no nacional; era uno de los mejores pianos verticales jamás fabricados, y más fácil de transportar que un piano de cola. Al final, encontré espacio en nuestra creciente amistad para preguntarles a los Lomachenko si aceptarían desprenderse de él: del instrumento que el abuelo de Kostia compró en los años sesenta en un anticuario, vendiendo su casa.
Los Lomachenko aceptaron, ya que todos eran afinadores, pero ninguno tocaba el piano.

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In the days of the last tsar, travelers on the country’s most iconic train – the Sibérien train de luxe, which ran the nearly nine thousand kilometers between Moscow and Vladivostok on the Pacific coast – spoke of an abundance of opulence, with passengers gushing ‘ diamonds that hurt the eyes »5 and bathed in the music of a Bechstein piano. The Siberian railway transcended a dizzying ambition: «From the shores of the Pacific and the heights of the Himalayas, Russia will not only dominate the affairs of Asia, but also those of Europe,» declared Sergei Witte, the engineer and statesman responsible for building the track at the end of the 19th century. In the refined tourist carriages there was an always full restaurant, with mahogany walls, and a Chinese-style smoking room; all under the chairmanship of a fat, highly perfumed conductor with a pink silk scarf. Francophone waiters came and went with Crimean burgundy and beluga caviar, touring wagons with mirrors and frescoes on the walls, a library, a dark room for passengers to process negatives from their cameras, and – according to tourist promotion ads of Siberia – a hairdresser and a gym equipped with a rudimentary exercise bike. Little musiquillas could be heard coming from the dining car, like a musichall, with the piano used as a counter on which to pile up the dirty dishes.
Siberia encompasses the entire territory east of the Ural Mountains, up to the Pacific: it is «Siberia» defined on Russian imperial maps up to the Soviet period. It is a very broad interpretation, which includes the Russian Far North and the Far East, covering territories lost and won during the 18th and 19th centuries. I will have to apologize in advance, then, because I know very well that I have not respected modern administrative borders and current political correctness about what Siberia is or is not. Instead, what I have done is stick to Anton Chekhov’s description: «The Siberian plain begins, I think, in Yekaterinburg, and God knows where it ends».

This book is an interesting mixture of travel writing, Russian history, and music as the author travels across Siberia ostensibly to locate different pianos -once highly fashionable and popular in Russia – that have now disappeared. Along the way, she gives the history of the regions of Siberia to which she’s traveling – some of these areas (notably Yekaterinburg) are very historically significant – and tells the stories of how music (particularly piano music) influenced these regions and Russia as a whole.
Let me reveal my bias right away, especially for anyone who doesn’t know me or my background: Russia is kind of my «thing.» I studied Russia extensively in college, I briefly traveled there, and I’ve continued my «studies» through lots and lots of reading. Given that interest, of course I was into a lot of the information in this book. But that also reveals something quite important about this book: it’s about Russia far more than it is about music. Depending on who you are and what you’re looking to get out of the book, I think that’ll have an impact on how much you end up enjoying it.
Biases aside, the execution of the book is wanting organization. The sections are organized by region and generally move chronologically throughout Russian history, starting with how piano music got hot in the cold climates, then moving toward how the arts were received by the new Soviet regime. As I got further into the book, I completely forgot what the author’s central purpose was – the one she stated at the start of the book: to find some of these lost pianos. She would mention it here and there, but there was so much peripheral information that the central goal was lost in the drift.
The main issue with this book is one I’ve been seeing a lot of as I’ve allowed more recently-released nonfiction to dominate my reading over the past couple of years: this story would have made for a fabulous extended article in a magazine (probably a travel magazine), but the added information padded onto it to make it the length of a book muddled the core purpose.
The book is framed by the idea of quest for a piano, though at times it is very easy to forget that this quest. While the book does discuss the lost pianos, the book details more the inhabitants and prisoners of the land.
Roberts travels around Siberia include not only a hunt to view the famous tigers but also a visit to the location of the death of the Romanovs. The writing is more powerful when she is dealing with nature. The chapter about the tigers, for instance, contains some of the most beautiful writing about the big cats. When the pianos come back in, strangely the book seems to lag a bit.
But there is something engaging about Roberts style nonetheless. The joy of her trek and travel infuses the book and it is impossible not to get caught up in the excitement and joy.

Siberia. The word vibrates everything it touches in a different tone. The first Arab merchants called Siberia Ibis-Shibir, Sibir-i-Abir, and Open-i-Sibir. Modern etymology suggests that these names are rooted in Tatar sibir, which means «the sleeping land.» Others argue that Siberia comes from the name of a mythical mountain, Sumbyr, which we find in Siberian-Turkish folklore. Sumbyr, as «sleeps her.» Or Wissibur, as «whisper», the name that the Bavarian traveler Johann Schiltberger17 gave to this enigmatic target in 15th century cartography. Whatever the lineage of the term, its sound is correct. Siberia rolls her tongue in a hissing shudder. It is a word full of poetry and alliterative suggestions. But the etymology, by suggesting the dream to us, does not measure up to what Siberia proposes, in the real and in the imaginary.
Siberia means much more than a place on a map: it is a clinging sensation, like a buzzing, a fever, the sound of sleepy flakes falling on cushions of snow, and the crunch of uneven footsteps approaching us from behind. Siberia is a wardrobe problem – too cold in winter, too hot in summer …
Siberia is not asleep. Its resources are under immense pressure from a voracious economy. Climate change is also hitting her hard. In the Far North, the permafrost is melting. More than half of Russia balances on this unstable layer of icy terrain, with Siberia’s mutability manifesting itself in crevices that creep into abandoned buildings, and in gigantic chunks of tundra sinking without a crackle of warning. Methane bubbles explode and fall like soufflés. But nobody pays much attention: neither do Russians who have never visited Siberia and whose quality of life owes much to Siberia’s wealth – even with modern air travel, there are Siberian villagers who still call European Russia ‘the continent’. -. It would not matter if they were abandoned on islands.

There is also another account from Siberia. This land is dotted with pianos: humble upright, Soviet-made, like the one in the Kamchatka lava field photo, and also imported, more modern instruments. There is an abundance of beautiful grand pianos in a terrifyingly cold city called Mirni – a 1950s Soviet settlement enriched by the world’s largest open pit diamond mine – and more than fifty Steinway pianos in a school for boys. prodigy of Khanti-Mansisk, in the heart of the oil fields of western Siberia. However, these extravagances are rare and distant from each other. Most notable are the pianos that date back to the heyday of pianomania, under the empire, in the 19th century. Lost symbols of Western culture in Asian territory, these instruments arrived in Siberia.
Russia’s relationship with the piano began under Catherine the Great, the 18th century empress used to collecting new technologies, from musical instruments to her robotic clock made of three life-size birds: an owl that turns its head, a peacock that it unfolds its tail (you can almost perceive how its chest fills with air when breathing) and a rooster chirping for hours. Catherine was also the one who inherited the westernizing legacy of Peter the Great, who founded St. Petersburg in 1703, «opening a window to Europe.»
Catherine’s Anglais piano, a piece of cabinetwork prettier than a Fabergé egg, now stands behind a red ribbon in the Pavlovsk, a Tsarist pleasure palace built in the 18th century on the outskirts of Saint Petersburg, which functioned as one of the the most important centers of Russian musical life. The piano is on display alongside a Sèvres dressing table set, a gift from Marie Antoinette to the imperial family. The Zumpe, a novelty for its time, brings a certain softness to the adages, but it also produces an old, elegant ring and a metallic resonance of the keys. Only when the technique improved the powerful action of the hammers and it was possible to add tension to the thicker strings, by tuning the pedals, to allow better control of the «strong-slow» expression, could the potential of the piano in the instrument be fulfilled. today we know. This next phase of piano technology, which reached its apogee in the first three decades of the 19th century, elevated the instrument to concert halls across Europe, as its robust mechanism became more capable of tolerating the passion of the piano. virtuous.
Liszt’s Russian tour had a significant effect on the changing musical culture of the country – given the backing of the nascent Russian piano industry that Liszt used a St. Petersburg-made Lichtenthal in a major musical year. . In 1842, Mikhail Glinka’s Ruslán y Liudmila, considered the first authentic Russian opera, due to its native character and its melody, was premiered in Saint Petersburg. Liszt, who had developed a real affection for Russian folk music, found the opera wonderful.
Glinka’s opera had its influence, but it was the piano and splendid virtuoso status that excited the aristocracy, who took instruments out of their hands, now that they were no longer a technical rarity in Russia. «Pianos, or some form of box with keys, appear everywhere,» writes a mid-century diarist: «If there are a hundred apartments in a building in St. Petersburg, there will be no less than ninety-three instruments, and a piano tuner . »

In Siberia, people left behind many instruments to rot, either because they were too big to remove from their homes, or because they were left unseen in the cellars of music schools long after their subsidies were cut. Many times, the history of a piano can only be gleaned from the serial number, hidden inside the instrument – antecedents that go back more than two hundred years in Russian history. And yet there are pianos that have managed to withstand the sneaky cold that has been trying to invade their strings for ages. These instruments not only tell us the story of the colonization of Siberia by the Russians, but also illustrate the ability of human beings to withstand the most extraordinary calamities. Faith in the comfort that music provides survives in the muted notes of broken hammers, in beautiful harmonies that describe unspeakable things that words cannot express. It survives on pianos that ordinary people have protected by all means.

In 1870, the Musical Society of the Russian Empire opened branches in the western Siberian cities of Omsk, Tomsk and Tobolsk, with the idea of training both the public and the musicians. Bookstores with sheet music sales began to appear. They also opened piano workshops, to encourage the distribution of the instrument further east. As the century progressed, only a few foreign-made pianos – some Broadwoods, some German Blüthners – managed to overcome Russian tariff barriers. This provided the Becker and similar Russian-made pianos with a clear opportunity to dominate the growing domestic market.

I went to see Kozin’s Kamchatkan Red October in the one-room apartment he still stands in, on the fourth floor of a bleak, rain-stricken apartment building. But what I was looking for was the archive grand piano. black and white photographic. There was something enigmatic about its presence, it was like a black crow about to take flight in a room open to the public, in one of the most fearsome Gulag areas of the USSR: a piano used by a whole series of free citizens and musicians. persecuted.
Was it that piano that accompanied Kozin in his first performance before his Gulag bosses? Was it the same instrument that I saw in the photo of a short Kozin, with sunken eyes, standing next to an orchestra on the stage of the Magadan theater? Solzhenitsyn tells us that Nikishov, another Dalstroi commander, interrupted Kozin’s applause.
Metronome comes from the Greek métron, «measure», and nómos, «rule» or «norm.» It is an essential instrument, the way a musician has to measure time. During the siege of Leningrad, which lasted nearly nine hundred days, from September 1941 to January 1944, the Soviet authorities installed hundreds of loudspeakers in the streets. Music was a way of keeping people’s spirits up. The authorities also ticked a metronome. At first, to warn of air strikes — the pulse quickened as the enemy approached — then to fill the silent pauses in the musical program. It is well documented that the inhabitants of Leningrad identified the rhythm of the metronome with the beating of a human heart.

I was fascinated by the Stürzwage piano, partly because I had always loved that portrait of Modigliani, without paying attention to who could be portrayed; and also because deep in the piano’s past it was possible for me to imagine the graceful fingers of the artist — the disappointed maker who left his father’s business to train as a painter — adjusting his strings.
With the help of the tuner, I ended up locating the owner of the piano: a local philanthropist named Valeri Jidírov, an Ossetian from the Caucasus Mountains. Jidirov was attached to the instrument, even though he did not use it. He had bought the piano for his daughter in the early nineties for less than a hundred dollars.

In February 2018, two years after I made the decision to go ahead with my search in one of the most remote places on the planet, I started trying to find out how to bring a piano to Mongolia. I did it with the help of Kostia Lomachenko, piano tuner from Novosibirsk. Her family’s instrument – the Grotrian-Steinweg that I first discovered in the basement of the Novosibirsk Opera, alongside a papier-mâché pig – immediately appealed to me, despite its broken sounds and missing keys. This Grotrian seemed to have it all «in favor», now that he had gotten an idea of what «in favor» meant: it was privately owned, not state owned; it had an intimate, not a national meaning; it was one of the best upright pianos ever made, and easier to transport than a grand piano. In the end, I found space in our growing friendship to ask the Lomachenko if they would agree to part with it: the instrument that Kostia’s grandfather bought in the sixties in an antique dealer, selling his house.
The Lomachenko accepted, as they were all tuners, but none played the piano.

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