Angela Merkel: Crónica De Una Era — Ana Carbajosa / Angela Merkel: Chronicle Of An Era by Ana Carbajosa (spanish book edition)

Angela Dorothea Merkel es una política distinta, un personaje singular. Es la líder europea más relevante del siglo XXI, que se marcha tras dieciséis años en el poder sin perder una elección. Es mujer, del este, física y sin hijos. Toda una rareza en la política alemana y del continente, en el que nada se ha movido en los últimos tres lustros sin el visto bueno de Berlín. Conocerla es a la vez conocer la historia de la Alemania moderna y de Europa.
Fuera Merkel ha adquirido la categoría de símbolo global. Representa una era, la del multilateralismo frente a la marea neonacionalista que avanza sin aparente freno. La de la defensa de la ciencia y los hechos frente al populismo y los hechos alternativos. Encarna además, la otra cara de la moneda frente a los líderes mercuriales y testosterónicos que aspiran a dominar el mundo.
La política alemana ha cambiado su posición en casi todo a lo largo de su carrera. Estaba a favor de la energía nuclear y decretó el apagón tras la catástrofe de Fukushima. En contra del matrimonio gay y acabó dando libertad de voto a su partido para que saliera adelante. En contra de las cuotas obligatorias para mujeres en los consejos de administración y terminó cediendo. Adalid de la austeridad y alérgica a todo lo que oliera a endeudamiento común europeo, acabó impulsando y aprobando uno en tiempos de la covid-19. El salario mínimo, la abolición de la mili obligatoria… Merkel ha sido capaz de dar giros políticos de ciento ochenta grados a golpe de encuestas de opinión. ¿Flexibilidad? ¿Oportunismo? ¿Adaptación a los tiempos?…
Pero su rasgo más distintivo y el que probablemente mayores beneficios le ha reportado es su forma de actuar en el día a día político, la manera que tiene de entender y ejercer la política. El método Merkel, el de la escucha, la espera, el compromiso y la razón frente a la pulsión y los fuegos de artificio, la ha mantenido al frente del país más poblado de Europa, la mayor economía de la Unión Europea y la cuarta del mundo, durante tres lustros. Merkel además tiene un rasgo de personalidad que escasea en las altas esferas de la política: su «yo», su ego, es a menudo invisible. No necesita tener razón y, sobre todo, no se toma nada, nada, de manera personal. Ese célebre teflón le ha proporcionado a lo largo de los años una inestimable ventaja respecto a sus rivales políticos. En Alemania, y también en la escena internacional.
La Merkel persona es todavía un enigma. Los alemanes conocen un puñado de anécdotas de su vida privada suministradas con cuentagotas por ella o por sus colaboradores para aplacar la ansiedad colectiva, pero poco más.

Ángela Merkel es una de las grandes líderes políticas del siglo XXI, cuyo legado se esboza en este libro de manera agradable, llana y directa. Conoceremos su infancia y con ello su carárcter, su inteligencia política y sus fallos – aunque menos de los que deberían- y, lo que a nuestro juicio es más importante su forma de hacer política.
Las campaña constante escuchando a sus conciudadanos, los siempre complicados gobiernos de coalición, las crisis europeas ( refugiados, crisis 2008, populismos) quedan bien reflejados en un libro que, a buen seguro hará disfrutar a todas las personas interesadas en la Política con mayúsculas.

En su casa aprendió a ser discreta, a callar y a esperar. Aprendió a caminar entre campos minados, en los que el mínimo error era susceptible de provocar la detonación. La RDA fue una escuela de precisión, cuidado y serenidad. Aquellos aprendizajes resultarían claves más adelante en su carrera política.
La huella que dejaron su infancia y su juventud la reconocieron muchos en 2015, el año que marcó como pocos la carrera de Merkel. Fue cuando Alemania permitió la entrada de más de un millón de demandantes de asilo, buena parte de ellos huían de la guerra de Siria. Aquella decisión de no cerrar las fronteras desató una crisis política y social en Alemania y se convirtió en el balón de oxígeno de una extrema derecha que acabó por entrar en el Parlamento en 2017.

La noche del 3 de octubre de 1990 se produjo el gran acontecimiento histórico, pilotado por Helmut Kohl. Alemania ponía oficialmente fin a su división de casi cuarenta años con la reunificación alemana. En los meses posteriores a la caída del Muro, las expectativas habían sido inmensas. La calle transpiraba un ambiente eufórico, alimentado por unos políticos en campaña que prometían lo divino y lo humano. El propio canciller, Helmut Kohl, padre de la reunificación, prometió un futuro color de rosa con la famosa frase en la que vaticinó para los nuevos estados federados «paisajes floridos» y prósperos. Pero con el paso de los años y las dificultades propias de una titánica reunificación, la frase ha envejecido mal y se repite con sorna por todo el país, al recordar aquellas ensoñaciones. Los campos de flores que prometió Kohl se harían esperar. En parte, porque el oeste subestimó el estado ruinoso en el que se encontraba la RDA. Se habían creído su propaganda de que era una gran nación, me contaron algunos de los que vivieron aquella época. Pero la realidad era otra. Se toparon con una brutal desindustrialización de unas estructuras económicas obsoletas, incapaces de competir en el oeste y en un mundo global en el que el bloque del Este dejaba de existir como actor económico y comercial. Nadie quería comprar productos del este. Muchas empresas quebraron y otras aguantaban a duras penas. La idea entonces fue acabar cuanto antes con esas industrias deficitarias. Todo fue muy rápido, demasiado, como reconocen ahora algunos de los que estuvieron implicados en la famosa Treuhandanstalt. Esa fue la institución oficial anclada en el Tratado de Reunificación, encargada de ejecutar la transición de una economía planificada a una de mercado y por cuyas manos pasaron ocho mil quinientas empresas y cuatro millones de trabajadores. La velocidad era vertiginosa, en 1992 se privatizaban quinientas empresas al mes.
En Bonn y a principios de los noventa, cuando Merkel da sus primeros pasos en el Gobierno. El ascenso de Merkel había sido hasta aquel invierno vertiginoso. En 1991 había sido nombrada ministra de Mujer y Juventud con treinta y siete años, y en 1994 de Medio Ambiente. Cuando en los noventa le preguntaron sobre las razones de su rápido ascenso, ella misma contestó: «Creo que, de alguna manera, tiene que ver con circunstancias afortunadas. Si hubiera crecido en el oeste, esto no me hubiera sucedido».

El escándalo de la supuesta financiación ilegal había estallado semanas antes. A Kohl le pedían que cumpliera con la legislación alemana e informara al Parlamento del origen de dos millones de marcos (poco más de un millón de euros) en donaciones efectuadas entre 1993 y 1998. La sombra de la sospecha se extendía sin aparente freno por un partido en caída libre. Kohl reconoció los hechos, pero se negaba a desvelar la identidad de los donantes. El 22 de diciembre de 1999, Merkel lanzó el órdago, pulverizó las jerarquías del partido y consumó el parricidio en el FAZ. Aquella carta provocó la implosión del gran partido conservador europeo y, efectivamente, marcó una nueva era. No solo porque Merkel había dejado de ser la chica de Kohl, su Mädchen, como la llamaban algunos, sino, sobre todo, porque el horizonte político se despejaba para la autora de aquel artículo. El partido podía haberla culpado de matar al gran líder, de traición. Podía haber supuesto el final de su carrera, pero le salió bien.
Con su viraje al centro, Merkel ha puesto a prueba las costuras históricas del partido con decisiones que han vuelto a la CDU en ocasiones irreconocible. Puede que desde el extranjero, donde el aura de la canciller parece indestructible, sea difícil de imaginar, pero la resistencia a la figura de Merkel dentro del partido ha sido implacable. Desde el principio la consideraron el ala centrista o incluso de la izquierda de la CDU. Haber aplicado políticas que el ala más conservadora del partido considera propias de la socialdemocracia ha alienado a buena parte de los suyos, que no la consideran lo suficientemente conservadora. La crisis de los refugiados en 2015 fue el gran catalizador de nuevas resistencias y críticas internas, que perduran hasta hoy. Quienes pertenecen al ala derecha del partido dicen sentirse huérfanos. Son los mismos que acusan a Merkel de haber dejado a la derecha de la CDU un espacio diáfano para la extrema derecha. Pero a la vez, el haber ganado las elecciones una tras otra ha difuminado no pocas resistencias en un partido que, tal vez más que otros, quiere gobernar, quiere tocar poder.
Más allá de los altibajos políticos, de lo que no hay duda es de que la de los refugiados fue una crisis que marcó profundamente a la canciller.

Quien ha trabajado con ella asegura que es simplemente agotador. Lee en detalle todos los documentos antes de entrar a una reunión. Devora también la prensa y se fija en artículos curiosos, de temas aparentemente marginales.

Los ultras han roto un tabú en el país en el que el Holocausto sigue ocupando un espacio central en las relaciones internacionales, que tiene su reflejo más claro en las incondicionales relaciones con Israel, que Merkel ha mimado y convertido en uno de sus pilares diplomáticos. Pero también de fronteras para dentro, en la política, en la cultura, en el urbanismo, en la vida académica y en general en las instituciones, en un país en el que, como interpretó Hannah Arendt, «sucedió algo con lo que nunca nos reconciliaremos».
Merkel y su CDU han mantenido firme el cordón sanitario contra esa ultraderecha que relativiza el peso de la historia. Episodios como el de Turingia han sido hasta ahora la excepción. Pero lo cierto es que sobre el terreno, lejos de los despachos de Berlín, el cordón sanitario no es todo lo firme que parece. Es cada vez más tirante, sobre todo en el este y en el ámbito local, donde no es difícil imaginar que pueda llegar a romperse. Nada garantiza que vaya a seguir ahí el día que Merkel no esté. Su sucesor estará condenado a lidiar con un escenario político cada vez más tóxico.

En el espectacular Museo de Historia de Berlín me quedó muy claro hasta qué punto la querencia por la austeridad alemana trasciende con creces la era Merkel, marcada a sangre y fuego por una frugalidad que ha desesperado y enfrentado a los socios europeos. La crisis de la eurozona y las distintas posiciones en torno a los límites y las razones del endeudamiento y de la disciplina fiscal como telón de fondo dividieron a Europa como probablemente ninguna otra. La canciller alemana, al frente de la mayor economía de la eurozona, fue la indiscutible protagonista en aquel periodo en el que la eurozona corrió serio peligro de implosionar y de arrastrar consigo a su proyecto político. «Si el euro cae, Europa cae», diría Merkel en el Bundestag durante aquellos años turbulentos. La del euro es sin duda una de las crisis por la que se recordará y juzgará a la canciller alemana en los años venideros.
La supuesta falta de visión que a menudo se le achaca a Merkel me pareció siempre un tema fundamental a la hora de analizar el legado de la alemana. Porque tiene que ver con algo más profundo, es decir, con qué le exigimos a un político para ser buen gobernante y cómo puede contribuir mejor al bien común. ¿Hasta qué punto mejoran la vida de los ciudadanos y el futuro de Europa la espectacular oratoria y las grandes visiones de Emmanuel Macron? ¿Basta evitar conflictos y acercar posiciones para avanzar? ¿Puede la suma de microdecisiones equivaler a una gran política?.
Cuando le pregunté a Ischinger cuál cree que ha sido el mayor logro de Merkel en política exterior, el diplomático se quedó callado, incapaz de que nada le viniera a la cabeza. Su silencio fue revelador. «No soy capaz de pensar en un logro determinado. Creo que su mayor contribución es la estabilidad de este país y de Europa.» Tal vez no sea tan poco en una era en la que tantas veces se ha dado por muerta la moneda única e incluso la propia Unión. Ni el Brexit marcó el inicio de una desbandada de países de la Unión Europea, ni la zona euro ha implosionado, pese a todas las deficiencias que arrastra. La recuperación tras el ciclón coronavírico ejercerá probablemente de termómetro, capaz de medir la solidez de los cimientos europeos de la era Merkel.

Berlín, como el resto de las ciudades, se apagó durante la pandemia. Impresionaba ver el Checkpoint Charlie sin turistas, o la Puerta de Brandeburgo vacía. La ciudad de la noche, de los míticos clubes, dejó de vibrar. Aunque siempre había gente que se resistía a que su vida dejara de ser como la de antes.
Con la llegada de la segunda ola, bien entrado el otoño, las costuras del sistema federal, que tan buenos resultados había dado durante la primera, se volvieron cada vez más tirantes. Pero sobre todo, las diferencias entre los Länder impidieron adoptar medidas drásticas y tan restrictivas como las que defendía Merkel. La coreografía era siempre la misma. Se convocaba una reunión en la que el Gobierno federal, es decir, Merkel, negociaba con los jefes de Gobierno regionales un acuerdo marco de restricciones que luego cada Land aplicaría a su medida y a su manera. Algunas de esas reuniones fueron muy operativas y lograron eficientes consensos. Pero otras se eternizaron ante la falta de acuerdo y acabaron alumbrando acuerdos de mínimos, incapaces de doblegar la tozuda curva de contagios. No ayudó tampoco que algunos jefes de Gobierno regionales estuvieran posicionándose en la carrera a la Cancillería y que sus intereses intoxicaran el proceso de toma de decisiones. Si algo quedó claro es que esta crisis no era como las demás. Que ahora, a diferencia de la crisis del euro o la de los refugiados, los Länder tenían mucho o casi todo que decir.
Hay quien piensa que la pandemia ha sacado a la luz las limitaciones del estilo de gobierno de la canciller. Que ante semejante crisis no basta con ir forjando pequeños compromisos capaces de mantener la paz social y política. Que le faltó coraje. Merkel no había sido capaz de persuadir en momentos clave a ciertos jefes de Gobierno regionales de la urgencia y la gravedad de la situación. Alemania no es un sistema presidencialista y aquí la canciller no toma decisiones por decreto. Aquí rige el consenso, las decisiones colegiadas y los pactos. En el caso de la gestión de las pandemias, la descentralización es además casi total. Para bien y también para mal.
El tira y afloja con los Länder no cesó durante todo el invierno. Mientras, la moral colectiva iba flaqueando y la unidad política comenzó a agrietarse. El debate de las vacunas comenzó a cobrar fuerza. El 9 de noviembre de 2020 el mundo había suspirado gracias a una nota de prensa de BioNTech, una empresa alemana. Junto a la estadounidense Pfizer, anunciaban que tenían una vacuna contra la covid-19 eficaz en un 90 %.
El problema era mucho más europeo que alemán, pero para la política interna alemana eso no pareció importar demasiado. La sensación de muchos ciudadanos era que Merkel había perdido el control de la gestión de un virus que se empeñaba en crecer de forma exponencial desde hacía más de un año. Esa supuesta falta de control y la sensación de caos, que evocaba los meses de la llegada de los refugiados, es probablemente uno de los pecados más imperdonables para el votante alemán. Además, datos y realidades aparte, me di cuenta de que, pese a la supuesta arrogancia germana, en este país había una tendencia clara a valorar de forma desproporcionadamente negativa su situación y la gestión de sus políticos. A ratos, me recordaba a España, donde a menudo tendemos a pensar que en los otros países todo se hace mejor, aunque no sea verdad.
La pandemia forzó incluso a la canciller a aprobar la centralización de algunas competencias ante la reticencia de algunos estados a adoptar medidas contundentes contra la pandemia. El Gobierno federal podría decretar desde finales de abril toques de queda o el cierre de comercios si los contagios sobrepasaban un cierto umbral. De nuevo, hubo mucho ruido en el Parlamento y también en las calles. Pero el ritmo de vacunación se aceleró y, como en otros países europeos, se empezó a vislumbrar la luz al final del túnel. El tiempo político corría a favor de Merkel, que tenía previsto dejar el Gobierno después de la formación del nuevo Ejecutivo tras las elecciones de septiembre de 2021. Salvo imprevisto, para finales de año, según los virólogos, la vacunación habría convertido la pandemia en la sombra de la amenaza que fue. La recta final de la canciller alemana ha sido, en cualquier caso, mucho más complicada y sometida a críticas de lo que ni ella ni nadie hubieran podido prever. Sobre todo, de fronteras para adentro.

El legado de la canciller estaba a esas alturas consolidado y, para muchos, pese a los vaivenes, Merkel seguiría siendo la líder global que ejerció de ancla de estabilidad en el continente en tiempos de fuertes turbulencias.

Una buena lectura adicional a este libro es:

https://weedjee.wordpress.com/2021/11/21/angela-merkel-la-fisica-del-poder-patricia-salazar-figueroa-christina-mendoza-weber-angela-merkel-the-physics-of-power-by-patricia-salazar-figueroa-christina-mendoza-weber-spanish-boo/

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Angela Dorothea Merkel is a different politician, a unique character. She is the most relevant European leader of the 21st century, leaving after 16 years in power without losing an election. She is a woman, from the East, physical and childless. Quite a rarity in German and continental politics, in which nothing has moved in the last three decades without the approval of Berlin. To know it is to know the history of modern Germany and Europe at the same time.
Outside, Merkel has acquired the status of a global symbol. She represents an era, that of multilateralism in the face of the neo-nationalist tide that advances without apparent brake. The defense of science and facts against populism and alternative facts. She also embodies the other side of the coin against the mercurial and testosterone leaders who aspire to dominate the world.
German politics have changed her position in almost everything throughout her career. She was in favor of nuclear power and decreed the blackout after the Fukushima disaster. She was against gay marriage and she ended up giving her party freedom to vote to move forward. She opposed mandatory quotas for women on boards of directors and ended up giving in. Champion of austerity and allergic to anything that smelled of common European debt, she ended up promoting and approving one in times of covid-19. The minimum wage, the abolition of the mandatory military … Merkel has been able to make 180 degree political turns thanks to opinion polls. Flexibility? Opportunism? Adaptation to the times? …
But her most distinctive feature and the one that has probably brought her the greatest benefits is the way she acts in day-to-day politics, the way she understands and practices politics. The Merkel method, that of listening, waiting, commitment and reason in the face of the drive and fireworks, has kept her at the forefront of the most populous country in Europe, the largest economy in the European Union and the fourth in the world. world, for three decades. Merkel also has a personality trait that is rare in the upper echelons of politics: her «me», her ego, is often invisible. She doesn’t need to be right and above all, she doesn’t take anything, nothing, personally. That famous Teflon has given him an inestimable advantage over the years over her political rivals. In Germany, and also on the international scene.
The Merkel person is still an enigma. The Germans know a handful of anecdotes from her private life supplied droppers by her or by her collaborators to appease collective anxiety, but little else.

Angela Merkel is one of the great political leaders of the 21st century, whose legacy is outlined in this book in a pleasant, flat and direct way. We will know her childhood and with it her character, her political intelligence and her failures -although less than they should- and, what in our opinion is more important, her way of doing politics.
The constant campaign listening to her fellow citizens, the always complicated coalition governments, the European crises (refugees, 2008 crises, populisms) are well reflected in a book that will surely make everyone interested in Politics.

At home she learned to be discreet, to be quiet and to wait. She learned to walk through minefields, where the slightest mistake was likely to cause detonation. The RDA was a school of precision, care and serenity. Those lessons would be key later in her political career.
The mark left by her childhood and her youth was recognized by many in 2015, the year that marked Merkel’s career like few others. It was when Germany allowed the entry of more than a million asylum seekers, many of them fleeing the war in Syria. That decision not to close the borders unleashed a political and social crisis in Germany and became the oxygen balloon of an extreme right that ended up entering Parliament in 2017.

On the night of October 3, 1990, the great historical event took place, piloted by Helmut Kohl. Germany officially ended its nearly forty-year division with German reunification. In the months after the Wall fell, the expectations had been immense. The street exuded an euphoric atmosphere, fed by politicians in campaign who promised the divine and the human. The Chancellor himself, Helmut Kohl, father of reunification, promised a rosy future with the famous phrase in which he predicted «flowery landscapes» and prosperous for the new Länder. But over the years and the difficulties of a titanic reunification, the phrase has aged poorly and is sneeringly repeated throughout the country, remembering those daydreams. The fields of flowers that Kohl promised would be expected. In part, because the west underestimated the dilapidated state of the GDR. They had believed its propaganda that it was a great nation, some of those who lived through that time told me. But the reality was different. They ran into a brutal deindustrialization of obsolete economic structures, unable to compete in the West and in a global world in which the Eastern bloc ceased to exist as an economic and commercial actor. Nobody wanted to buy products from the East. Many companies went bankrupt and others were barely holding out. The idea then was to put an end to these deficit industries as soon as possible. Everything was very fast, too, as some of those who were involved in the famous Treuhandanstalt now recognize. That was the official institution anchored in the Reunification Treaty, in charge of executing the transition from a planned economy to a market economy and through whose hands eight thousand five hundred companies and four million workers passed. The speed was dizzying, in 1992 five hundred companies were being privatized a month.
In Bonn and in the early nineties, when Merkel took her first steps in government. Merkel’s rise had been until that dizzying winter. In 1991 she had been appointed Minister of Women and Youth at the age of thirty-seven, and in 1994 of the Environment. When asked in the 1990s about the reasons for her rapid rise, she answered herself: “I think that, in some way, she has to do with fortunate circumstances. If I had grown up in the west, this would not have happened to me.

The alleged illegal financing scandal had broken out weeks earlier. Kohl was asked to comply with German law and to inform Parliament of the origin of two million marks (just over one million euros) in donations made between 1993 and 1998. The shadow of suspicion stretched without apparent restraint by a match in free fall. Kohl acknowledged the facts, but refused to reveal the identity of the donors. On December 22, 1999, Merkel launched the order, pulverized the hierarchies of the party and carried out the parricide in the FAZ. That letter caused the implosion of the great European Conservative Party and, indeed, marked a new era. Not only because Merkel had ceased to be Kohl’s girl, hers Mädchen hers, as some called her, but, above all, because the political horizon was clearing for the author of that article. The party could have blamed her for killing the great leader, of treason. She could have been the end of her career, but she did well.
By turning her to the core, Merkel has tested the party’s historic seams with decisions that have made the CDU at times unrecognizable. It may be difficult to imagine from abroad, where the Chancellor’s aura seems indestructible, but the resistance to Merkel’s figure within the party has been relentless. From the beginning she was considered the centrist or even left wing of the CDU. Having applied policies that the most conservative wing of the party considers typical of the Social Democracy has alienated a good part of her own, who do not consider her conservative enough. The refugee crisis in 2015 was the great catalyst for new resistance and internal criticism, which continue to this day. Those who belong to the right wing of the party say they feel orphans. They are the same people who accuse Merkel of having left the right wing of the CDU an open space for the extreme right. But at the same time, having won the elections one after another has blurred not a few resistance in a party that, perhaps more than others, wants to govern, wants to gain power.
Beyond the political ups and downs, there is no doubt that the refugee crisis was a crisis that deeply marked the chancellor.

Who has worked with her assures that it is simply exhausting. She reads all the documents in detail before entering a meeting. She also devours the press and fixes on curious articles, on apparently marginal topics.

The ultras have broken a taboo in the country in which the Holocaust continues to occupy a central space in international relations, which is most clearly reflected in the unconditional relations with Israel, which Merkel has pampered and made one of the diplomatic pillars of she. But also within borders, in politics, in culture, in urban planning, in academic life and in general in institutions, in a country in which, as Hannah Arendt interpreted, “something happened with which we never we will reconcile.
Merkel and her CDU have kept the sanitary cordon firm against that extreme right that makes the weight of history down. Episodes like the one in Thuringia have so far been the exception. But the truth is that on the ground, far from the Berlin offices, the sanitary cordon is not as firm as it seems. It is becoming more and more tight, especially in the east and at the local level, where it is not difficult to imagine that it could break. Nothing guarantees that it will continue to be there the day Merkel is gone. Her successor will be condemned to deal with an increasingly toxic political scene.

At the spectacular Berlin Museum of History it became very clear to me to what extent the fondness for German austerity far transcends the Merkel era, marked in blood and fire by a frugality that has despaired and confronted European partners. The eurozone crisis and the different positions around the limits and reasons for indebtedness and fiscal discipline in the background divided Europe like probably no other. The German Chancellor, at the head of the largest economy in the eurozone, was the undisputed protagonist in that period in which the eurozone was in serious danger of imploding and dragging her political project with it. «If the euro falls, Europe falls,» Merkel would say in the Bundestag during those turbulent years. The euro is certainly one of the crises for which she will be remembered and judged the German Chancellor for years to come.
The supposed lack of vision that is often attributed to Merkel always seemed to me a fundamental issue when analyzing the legacy of the German. Because it has to do with something deeper, that is, with what we demand of a politician to be a good ruler and how she can better contribute to the common good. To what extent do the spectacular oratory and grand visions of Emmanuel Macron improve the lives of citizens and the future of Europe? Is it enough to avoid conflicts and bring positions closer to advance? Can the sum of micro-decisions equal a great policy ?.
When I asked Ischinger what he thinks Merkel’s greatest foreign policy achievement has been, the diplomat fell silent, unable to bring anything to mind. His silence was telling. «I am not able to think of a certain achievement. I think his greatest contribution is the stability of this country and of Europe. » Perhaps it is not so little in an era in which the single currency and even the Union itself have so often been considered dead. Neither Brexit marked the beginning of a rout of European Union countries, nor has the euro zone imploded, despite all its deficiencies. The recovery after the coronavirus cyclone will probably act as a thermometer, capable of measuring the strength of the European foundations of the Merkel era.

Berlin, like the rest of the cities, was turned off during the pandemic. It was impressive to see Checkpoint Charlie without tourists, or the empty Brandenburg Gate. The city of the night, of the mythical clubs, stopped vibrating. Although there were always people who resisted their life ceasing to be like it was before.
With the arrival of the second wave, well into the fall, the seams of the federal system, which had worked so well during the first, became increasingly tight. But above all, the differences between the Länder prevented the adoption of drastic and restrictive measures such as those defended by Merkel. The choreography was always the same. A meeting was called in which the federal government, that is, Merkel, negotiated with the regional heads of government a framework agreement of restrictions that each Land would then apply to its measure and in its own way. Some of these meetings were very operational and achieved efficient consensus. But others were eternalized before the lack of agreement and ended up lighting minimum agreements, unable to bend the stubborn contagion curve. It did not help either that some regional heads of government were positioning themselves in the race for the Chancellery and that their interests intoxicated the decision-making process. If something was clear, it is that this crisis was not like the others. That now, unlike the euro crisis or the refugee crisis, the Länder had a lot or almost everything to say.
Some think that the pandemic has exposed the limitations of the Chancellor’s style of government. That in the face of such a crisis, it is not enough to forge small commitments capable of maintaining social and political peace. That she lacked courage. Merkel had not been able to persuade certain regional heads of government at key moments of the urgency and gravity of the situation. Germany is not a presidential system and here the chancellor does not make decisions by decree. Here she governs consensus, collegiate decisions and pacts. In the case of pandemic management, decentralization is also almost total. For good and also for bad.
The tug of war with the Länder did not stop throughout the winter. Meanwhile, collective morale was flagging and political unity began to crack. The vaccine debate began to gather steam. On November 9, 2020, the world sighed thanks to a press release from BioNTech, a German company. Together with the American Pfizer, they announced that they had a 90% effective vaccine against covid-19.
The problem was much more European than German, but for German domestic politics that did not seem to matter much. The feeling of many citizens was that Merkel had lost control of the management of a virus that had been trying to grow exponentially for more than a year. That supposed lack of control and the sense of chaos, which evoked the months of the arrival of the refugees, is probably one of the most unforgivable sins for the German voter. In addition, data and realities aside, I realized that, despite the supposed German arrogance, in this country there was a clear tendency to disproportionately value its situation and the management of its politicians in a negative way. At times, it reminded me of Spain, where we often tend to think that in other countries everything is done better, even if it is not true.
The pandemic even forced the chancellor to approve the centralization of some powers due to the reluctance of some states to adopt forceful measures against the pandemic. The federal government could decree from the end of April curfews or the closure of businesses if the infections exceeded a certain threshold. Again, there was a lot of noise in Parliament and also in the streets. But the rate of vaccination accelerated and, as in other European countries, the light began to appear at the end of the tunnel. Political time was running in favor of Merkel, who planned to leave the Government after the formation of the new Executive after the elections of September 2021. Except for unforeseen, by the end of the year, according to virologists, vaccination would have turned the pandemic into the shadow of the threat that was. The final stretch of the German Chancellor has been, in any case, much more complicated and subject to criticism than neither she nor anyone else could have foreseen. Above all, from borders to the inside.

The chancellor’s legacy was by now consolidated and, for many, despite her ups and downs, Merkel would continue to be the global leader who served as an anchor of stability on the continent in times of severe turmoil.

A good additional reading to this book is:

https://weedjee.wordpress.com/2021/11/21/angela-merkel-la-fisica-del-poder-patricia-salazar-figueroa-christina-mendoza-weber-angela-merkel-the-physics-of-power-by-patricia-salazar-figueroa-christina-mendoza-weber-spanish-boo/

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