Políticamente Indeseable — Cayetana Álvarez De Toledo / Politically Undesirable by Cayetana Álvarez De Toledo (spanish book edition)

Como periodista y política, he vivido la declinación española, capítulo a capítulo. Sé hasta qué punto la mediocridad y el sectarismo han erosionado las instituciones. He visto a los medios de comunicación deslizarse por la pendiente de las junk news y a la sociedad entregarse al victimismo y la irracionalidad. Sobre todo, he vivido, en primera línea política, la convergencia de dos fenómenos letales: el Proceso nacido en Cataluña y la pandemia venida de China. Esa es la historia que cuenta este libro: la de mi experiencia como candidata por Barcelona y luego diputada y portavoz del Grupo Parlamentario Popular en un tiempo especialmente delicado para España. Durante un año y medio, entre marzo de 2019 y agosto de 2020, luché contra lo indeseable en la política hasta que me convirtieron en políticamente indeseable. Desde esa condición, la del hombre en la arena, que, con el rostro cubierto de sangre, sudor y polvo, políticamente derrotado, afirma: «Que por mí no quede», me reafirmo en mis esperanzas. España no es la excepción ni está condenada a ser un país dividido, declinante, mendicante, marginal. Sus problemas son homologables a los de muchas democracias del mundo. Después de la crisis vendrá la reconstrucción, el resurgimiento. La pregunta para la que no tengo respuesta, todavía, es quién pondrá orden. Pero sí sé que yo seguiré trabajando para que sea un orden liberal. El único deseable.
También por eso he escrito este libro. La política siempre ha intimado con la mentira, pero hoy directamente se hace contra la verdad, para deshacerla.

No es extraño que el libro no haya gustado en las altas esferas del PP. En todos los partidos debe de haber las mismas luchas, bajezas y traiciones, pero aquí las que quedan expuestas son las de los populares y, para mayor escarnio, con nombres y apellidos.
Cayetana nos cuenta su última incursión en política, que empezó a comienzos de 2019, cuando aquel Pablo Casado que parecía que iba a enderezar el rumbo del PP la ofreció ser cabeza de lista por Barcelona en las elecciones generales de abril, cómo fue más tarde elegida para ser la portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso y cómo todo cambió después de las elecciones generales de noviembre de 2019. El PP obtuvo unos resultados peores de los que ellos esperaban y Pablo Casado decidió que era mejor recuperar la senda anodina de Mariano Rajoy, la de no hacer nada.
Después de la lectura siento tristeza porque los partidos se han convertido en agencia de colocación de individuos para conseguir votos que no consiguen en las elecciones.
Después de la lectura siento tristeza porque los partidos se han convertido en agencia de colocación de individuos para conseguir votos que no consiguen en las elecciones.
La obra hace un repaso al Partido Popular, no creo que pueda calificarse el libro como venganza contra el partido- tal y como dan a entender en algunos medios – por desconocimiento, ni deliberada, sino la experiencia vital de la autora tal y como la ha vivido donde resalta unos usos políticos – clientelismos, caciquismos, liderazgos débiles, etc- que a la sociedad actual le son caducos, e incluso, inaceptables.
El libro es de obligada lectura para politólogos y para los votantes del partido, sobre todo porque resalta los problemas del sistema de partidos, dando la impresión que el actual PP no va a ser sino una continuación de las políticas y actitudes del anterior gobierno de M. Rajoy, es decir, desgaste del contrario y pactos con la nariz tapada. Sobre todo tras la mediocridad de resultados obtenidos por el partido usando unas formas que ya utiliza otro partido en el espectro nacional, quizá por falta de credibilidad del líder, del partido, la oposición y el uso de los medios, o bien, por la suma de todas.
En definitiva, nos muestra el funcionamiento de la política desde dentro, muy especialmente en cuanto a alcanzar el poder, siendo por este extremo muy recomendable para politólogos, para todas las personas que deseen conocer la actualidad política, o, simplemente, para aquellos preocupados por el devenir de España.

El 11 de marzo de 2019, después de acudir al acto anual en memoria de las víctimas de los atentados de Atocha, quedé en un pequeño café cerca de la Puerta de Alcalá con un dirigente joven y dotado de una de las virtudes que aparentemente mejor cotizan en la Bolsa política: la empatía. Sólo a la madrileña hubiéramos dicho uno del otro: «Somos amigos». Pero nos tratábamos desde hacía años y, sobre todo, como los animalitos, nos reconocíamos de la misma especie ideológica. Pablo Casado era la esperanza de los que habíamos abandonado el Partido Popular hartos de la pasividad de Mariano Rajoy ante el desafío separatista en Cataluña. Desde mi doble condición de militante no simpatizante del PP y periodista, había celebrado su victoria frente a Soraya Sáenz de Santamaría en el congreso del partido como un triunfo de las convicciones sobre el tacticismo, y ahora observaba, con expectación no exenta de alguna crítica, sus primeros pasos como líder de la Oposición.
He escrito que Pablo Casado y yo no éramos exactamente amigos. Pero sí teníamos una relación cálida, mucho más que cordial. Nos recuerdo una tarde junto a la plaza de Colón, durante una de las manifestaciones que organizó el PP contra las negociaciones clandestinas de Zapatero con ETA. Él era entonces un aguerrido presidente de Nuevas Generaciones de Madrid y yo, la jefe de Gabinete del secretario general del partido, y entre un cántico y una consigna me pidió consejo sobre qué estudios seguir. Pedir consejo es algo habitual en Pablo, una forma hábil de relacionarse: con la humildad del discípulo.

Fui apátrida hasta los dieciocho años, argentina hasta los veinticuatro, franco-argentina hasta los treinta y dos y ahora soy técnicamente hispano-franco-argentina. Mezcla rara, como dice el tango. Mi madre era una niña bien de la Recoleta, rebelde, progre, libérrima y lectora, a la que las contracciones del parto sorprendieron en Medinaceli.
«¿Cuál es entonces su identidad?» Me lo han preguntado tantas veces. En realidad es la pregunta de mi vida.
La identidad es la gasolina del separatismo y el separatismo es la identidad de nuestro tiempo. El otro virus que recorre Occidente, desde la desangelada Patagonia chilena hasta las universidades de élite de Canadá. La historia es conocida. En Mayo del 68, cuando la izquierda, con toda su capacidad dogmática y de prescripción, convirtió al colectivo identitario —mujer, homosexual, negro, musulmán, oso polar— en el nuevo sujeto revolucionario en sustitución del obrero, al que el comunismo había destruido. Lo hizo en nombre del Progreso con mayúsculas, pero lo que puso en marcha fue la Gran Involución. Un regreso al oscurantismo.
La ideología de género tampoco es ajena a estos simpáticos métodos de persuasión.
La última característica de los movimientos separatistas es la polarización: el conflicto civil. Es un sabio lugar común que una casa dividida contra sí misma cannot stand. Pero cuando esa casa es una democracia consolidada el destrozo es más que institucional o político.

La solución a la crisis española no es más nacionalismo. Ni de un signo ni de otro. Es lo contrario: la reafirmación del ciudadano español contra toda forma de colectivismo. Un proceso de desacralización.

En el debate público español, las emociones se consideran patrimonio exclusivo del nacionalismo. Nadie se pregunta por las emociones de los constitucionalistas: material invisible y, como consecuencia de la Ley electoral, prácticamente inservible. En cambio, todo el mundo está pendiente de los sentimientos nacionalistas. Con un agravante. Las emociones de los nacionalistas están instaladas en la conciencia colectiva como algo positivo: el amor al terruño, las ansias de reconocimiento, la aspiración a un Estado propio… La prensa extranjera, todavía hoy impregnada de romanticismo antifranquista y sesgos prominorías, ha contribuido históricamente a este equívoco. La comparación con el nacionalismo vasco, también. La xenofobia asesina ha hecho que la xenofobia de las sonrisas resulte para muchos asumible, casi de agradecer.

El PSC fue quien ideó el sistema de inmersión lingüística en los años ochenta. Quien completó y consolidó la identificación entre el catalán y lo catalán. Y hay que reconocer que su éxito ha sido apabullante. No en términos de convivencia: basta analizar el voto en función del idioma para comprobar que Cataluña es hoy una comunidad rota también por la lengua.
Pero sí en términos de aceptación por el sector de la sociedad que vota socialismo porque es la forma más barata de redención: las élites. Un grupo humano que se considera a sí mismo culto, moderado, tolerante, progresista y divinamente moderno, y en el que brilla con voz propia un periodista: Jordi Basté.

En mayo de 2021 cuando por fin Sánchez se quitó la careta y, con su cara de piedra, reconoció la intención del Gobierno de indultar en bloque a los condenados por el 1-O. «Por magnanimidad» y «por la
concordia», dijo, ensuciando el concepto clave de la Transición. Fue su autoindulto. El concepto lo incluyó el Tribunal Supremo en un demoledor informe contra su concesión, pero el copyright es mío. Un año antes, desde mi escaño de portavoz, ya había acusado a Sánchez de querer indultar a Oriol Junqueras para indultarse a sí mismo del delito de lesa democracia que suponía haber pactado el Gobierno de España con un condenado por sedición. Y dos años antes ya había hecho de los indultos el eje del debate más importante de mi campaña como candidata por Barcelona.
La gran diferencia entre el 23-F y el 1-O: el golpe de los nacionalistas españoles mereció una condena unánime, de izquierda a derecha. El golpe de los nacionalistas catalanes fue promovido por instituciones del Estado, jaleado por grandes grupos mediáticos y blanqueado por la izquierda, que es la verdadera élite política y cultural de España. La élite de derechas, la social y económica, se mantuvo de perfil. En esto también hizo gala de su principal característica: la cobardía. Y alguien tenía que decírselo.

España es el único país del mundo donde la moderación se decide en función de la distancia con el nacionalismo: cuanto más pronacionalista una persona, más centrista. En otros países, los nacionalistas son considerados gente ultra, radical, tóxica.

La política se ha vuelto una guerra de imagen y en la guerra vale todo. Desde el primer minuto, Teodoro se puso como objetivo controlar la claque y dominar el Grupo. Ponerlo a su servicio y dejarnos a la dirección sin el mínimo margen de maniobra necesario para operar. En realidad, su idea de mi lugar en el Grupo y en el mundo era la de una portavoz florero.
La democracia española no ha defendido a sus defensores en Cataluña como merecían. A ninguno de ellos. Ni a los profesores, padres, periodistas e intelectuales que durante décadas denunciaron la deriva catalana, sin recibir del Estado la más mínima atención o apoyo. Ni a los funcionarios públicos desplegados en el territorio —jueces, fiscales, policías y guardias civiles—, que una y otra vez fueron sacrificados en el altar del apaciguamiento. Durante los meses álgidos del Proceso, el propio Iván y sus compañeros habían tenido que malvivir en un barco decorado con ridículas imágenes del Pato Lucas, El Coyote y Piolín. Fueron el hazmerreír del nacionalismo, aunque la humillación venía de lejos: peores condiciones laborales que los Mossos d’Esquadra y, sobre todo, un prestigio y una presencia menguantes, fruto de un complejo político mucho más arraigado de lo que cualquiera pueda imaginar.

3 de octubre de 2017, Felipe VI pronunció el más contundente alegato a favor de la modernidad política. Y, sobre todo, la más firme y vibrante defensa de los constitucionalistas por parte de una autoridad del Estado en cuarenta años. Y yo sabía lo mucho que le había costado. Por su carácter: un hombre prudente y cauto. Y por las circunstancias: contra la estrategia apaciguadora del Gobierno de Rajoy; plenamente consciente del rechazo que despertaría, no sólo en los rabiosamente hostiles ambientes separatistas sino también entre los coquetos apóstoles del diálogo. Por eso, cuando vino a Barcelona, en plena campaña de hostigamiento al Estado, decidí manifestarle públicamente mi apoyo.

El pacto de Sánchez e Iglesias suponía la entrada del comunismo en las instituciones. Y no del comunismo vegetariano del último Santiago Carrillo, sino de un híbrido disolvente de Paracuellos, Caracas y el FRAP, en alianza con todos los enemigos de la democracia: del proetarra Otegi al prófugo Puigdemont. La peor opción imaginable para España.
Lo que pretendía Sánchez era aprovechar la pandemia para aglutinar una nueva mayoría de izquierdas. No cualquier izquierda. Una izquierda radical.
Una izquierda que no sólo no se sentía vinculada por el otro gran acuerdo de la Transición —los Pactos de la Moncloa—, sino que también pretendía impugnarlo. Los Pactos de la Moncloa se inspiraron en la alianza de conservadores, liberales y socialdemócratas que dio pie a la Unión Europea.
Sentaron las bases de nuestro Estado del bienestar, equilibrio entre lo público y lo privado. Y están detrás de la espectacular modernización protagonizada por España en las últimas décadas. «El estado de alarma —escribí— está alumbrando un nuevo Proceso: el abandono de la Tercera España económica y social, y el intento de forzar un Estado intervencionista y autoritario nunca visto desde Franco. Un franquismo de izquierdas».
¿ Boutade? Bueno, no es la única vez que he comparado al sanchismo con el franquismo.
Lo primero que debimos hacer como primer partido de la Oposición fue entender la naturaleza exacta del proyecto de Sánchez: el aprovechamiento de la pandemia para la consolidación de una alianza hegemónica entre la izquierda y el nacionalismo. Teóricamente, la izquierda es la igualdad y el nacionalismo, la discriminación. «¡Alianza antinatura!», claman algunos. No es estrictamente cierto. A la izquierda y el nacionalismo en España les une algo evidente: el afán de poder. Pero también algo más profundo y poderoso: su aversión a la libertad. Son dos fuerzas insaciablemente intervencionistas.
Las dos tienden hacia el autoritarismo. Y las dos justifican su injerencia en la vida privada y sus abusos invocando un presunto bien superior. Para la izquierda es el Estado. Para el nacionalismo, la nación. El resultado es el mismo: la erosión de las libertades públicas y el retroceso económico. Una sociedad cautiva, dependiente, sumisa.
Hecho el diagnóstico sobre el Gobierno, debimos adoptar una serie de medidas.

El guerracivilismo es el gran lastre de la España democrática.

Mi última intervención como portavoz del Grupo Popular en el Congreso fue una pregunta a Carmen Calvo el 22 de julio de 2020. Es una feliz casualidad que tuviera como objeto la defensa de la Transición, la Constitución y la Monarquía parlamentaria. El domingo anterior, el vicepresidente de la Generalidad, Pere Aragonès, había embestido duramente contra la Corona. Tachó a los Borbones de «organización criminal» y llamó a los nacionalistas «a avanzar desde la República catalana para hacer caer este régimen y esta Monarquía».
El ataque del socio de Sánchez a la cúspide del sistema constitucional coincidía con la ofensiva encabezada por Podemos, ahora desde el interior de Moncloa y con la coartada inflamable de las presuntas conductas corruptas del rey Juan Carlos. Pablo Iglesias, número dos del Gobierno, había llegado a apuntar directamente contra Felipe VI. Sin embargo, el verdadero factor de riesgo y desestabilización era el PSOE. En vez de defender al rey de las agresiones de sus socios, Pedro Sánchez alentaba el debate sobre la Monarquía y daba ánimos y esperanzas a las fuerzas de la Ruptura.

En España todavía infravaloramos la fuerza constructiva del pensamiento crítico. Confundimos la discrepancia con la deslealtad, la oposición con la crispación, la autonomía con la autodeterminación. Exigimos adhesiones no ya inquebrantables, sino zalameras y denigrantes. Buscamos blindar la autoridad del líder, lo que no deja de ser otra —quizá la máxima— expresión de desconfianza. Si ni siquiera creemos en la capacidad del más destacado de nuestros individuos para imponerse por sus propios méritos… He meditado sobre los motivos de este fenómeno, que nos aleja del ideal democrático y de muchos países de Europa. Quizá sea el resultado de una convivencia demasiado extensa con la dictadura: arrastramos una mentalidad gregaria, un punto funcionarial y sumisa. O, al revés, quizá sea un mecanismo de defensa ante nuestra escasa adhesión a las normas. El caso es que no cultivamos la libertad ni la responsabilidad individuales. Y cuando asoman, las aplastamos por perturbadoras y peligrosas.

El abandono de Afganistán es un repliegue total: físico, político, intelectual y moral. Entre sus causas asoman muchos de los vicios políticos descritos en este libro. El primero, la idolatría identitaria.
Desde hace décadas la izquierda occidental exhibe ante el islam una condescendencia autodestructiva, consecuencia de su exaltación de la identidad, en este caso religiosa, como valor supremo. Lúcida y vehemente, Oriana Fallaci lo denunció con más fuerza que nadie. También lo han advertido a contracorriente intelectuales como Michel Houellebecq o Ayaan Hirsi Ali.
La deriva de las universidades está alcanzando el grado de caricatura. Y no sólo en Estados Unidos o Canadá. En mi querida Universidad de Oxford, ciento cincuenta profesores, borregos de sus alumnos, se han negado a dar clases en Oriel College en protesta contra su decisión de mantener en pie la estatua de Cecil Rhodes. El silencio del #MeToo sobre la vuelta del burka y las lapidaciones a Afganistán corrobora que este movimiento, que tantas energías y reputaciones ha consumido, nunca ha sido más que una expresión del autoodio occidental. Como todas las políticas identitarias. La identidad es la Quinta Columna de Occidente. La carcoma que ha horadado el cuerpo político de la primera democracia del mundo. Un país que dedica ingentes recursos intelectuales y materiales a destacar lo que segrega y divide a sus ciudadanos; una sociedad que inculca la intolerancia en las universidades y la cancelación de sus librepensadores; una élite que permite la lapidación de artistas, intelectuales y políticos sobre la base de conjeturas mediáticas; una nación que ataca su propio suelo moral —el ciudadano libre e igual—, ¡qué va a luchar en Afganistán! Ni en Venezuela. Ni en ninguna parte. Que se los repartan China, Rusia, Turquía, Irán o Pakistán.
Lo mismo ocurre en Europa, por supuesto. Somos el primer productor
mundial de chatarra identitaria. Ante todo, el Holocausto, el horror absoluto, la sima de las políticas identitarias. Pero también Mayo del 68. En Occidente las minorías se han convertido en tiranías a costa de la primera minoría, el individuo. Y lo más inquietante es que de momento no asoma una alternativa.

Huyamos del victimismo, uno de los vicios más extendidos, enraizados y letales de este tiempo.
Plantemos cara a la sumisión. Nada, ni siquiera una pandemia de extensiones planetarias y efectos devastadores, lo más parecido que nuestra generación ha sufrido a una guerra mundial, justifica el cierre del Parlamento, los confinamientos ilegales o el atropello de las libertades civiles. No hay salud pública sin salud democrática, ni salud democrática sin un espíritu crítico apoyado en la ciencia y en la constatación histórica de que no hay progreso sin apertura. Ese ha sido el extraordinario acierto de la Comunidad de Madrid, verdadero catalizador de una esperanza de cambio para España.
Contra la pulsión autoritaria del poder y la mentalidad de mascarilla, militancia democrática y alternativa.

Necesitamos un nuevo optimismo político, basado en la constatación objetiva del deslumbrante progreso impulsado por los principios liberales y en la imperturbable voluntad de seguir avanzando. En España, ese nuevo optimismo pasa, en primer lugar, por la afirmación de lo que somos.

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As a journalist and politician, I have lived through the Spanish decline, chapter by chapter. I know to what extent mediocrity and sectarianism have eroded institutions. I have seen the media slide down the slope of junk news and society indulge in victimhood and irrationality. Above all, I have experienced, on the political front line, the convergence of two lethal phenomena: the Process born in Catalonia and the pandemic that came from China. That is the story that this book tells: that of my experience as a candidate for Barcelona and later a deputy and spokesperson for the Popular Parliamentary Group in a particularly delicate time for Spain. For a year and a half, between March 2019 and August 2020, I fought against the undesirable in politics until they turned me into the politically undesirable. From that condition, that of the man in the sand, who, with his face covered in blood, sweat and dust, politically defeated, affirms: «That it does not remain for me,» I reaffirm my hopes. Spain is not the exception nor is it condemned to be a divided, declining, mendicant, marginal country. Its problems are comparable to those of many democracies in the world. After the crisis will come the reconstruction, the resurgence. The question for which I have no answer, yet, is who will put order. But I do know that I will continue working to make it a liberal order. The only desirable one.
That is also why I have written this book. Politics has always been intimate with lies, but today it is done directly against the truth, to undo it.

It is not strange that the book has not been liked in the upper echelons of the PP. In all parties there must be the same struggles, baseness and betrayals, but here those that are exposed are those of the popular and, to make a mockery, with names and surnames.
Cayetana tells us about her last foray into politics, which began at the beginning of 2019, when that Pablo Casado who seemed like he was going to straighten the course of the PP offered her to be head of the list for Barcelona in the general elections in April, how she was later elected to be the spokesperson for the Popular Parliamentary Group in Congress and how everything changed after the general elections of November 2019. The PP obtained worse results than they expected and Pablo Casado decided that it was better to recover the anodyne path of Mariano Rajoy , to do nothing.
After reading it, I feel sad because the parties have become an agency for the placement of individuals to get votes that they do not get in the elections.
The work reviews the Popular Party, I do not think that the book can be described as revenge against the party – as they imply in some media – due to ignorance, or deliberate, but the author’s life experience as it has been lived where it highlights some political uses – clientelism, caciquismos, weak leaderships, etc – that to the current society they are outdated, and even, unacceptable.
The book is a must-read for political scientists and party voters, especially because it highlights the problems of the party system, giving the impression that the current PP is not going to be but a continuation of the policies and attitudes of the previous M government. Rajoy, that is to say, wear on the contrary and pacts with a stuffy nose. Especially after the mediocrity of results obtained by the party using forms already used by another party on the national spectrum, perhaps due to the lack of credibility of the leader, the party, the opposition and the use of the media, or, by the sum of all.
In short, it shows us the functioning of politics from within, especially in terms of reaching power, being at this end highly recommended for political scientists, for all people who want to know the political news, or, simply, for those concerned about the future of Spain.

On March 11, 2019, after attending the annual ceremony in memory of the victims of the Atocha attacks, I met in a small cafe near Puerta de Alcalá with a young leader endowed with one of the apparently best-valued virtues in the political stock market: empathy. Only to the Madrilenian would we have said of each other: «We are friends.» But we had been dealing with each other for years and, above all, like the animals, we recognized ourselves as the same ideological species. Pablo Casado was the hope of those of us who had left the Popular Party fed up with Mariano Rajoy’s passivity in the face of the separatist challenge in Catalonia. From my dual status as a non-PP sympathizer and journalist, I had celebrated his victory against Soraya Sáenz de Santamaría in the party congress as a triumph of convictions about tacticism, and now I was observing, with expectation not exempt from some criticism, his first steps as leader of the Opposition.
I have written that Pablo Casado and I were not exactly friends. But we did have a warm relationship, much more than cordial. I remember one afternoon next to the Plaza de Colón, during one of the demonstrations organized by the PP against Zapatero’s clandestine negotiations with ETA. He was then a brave president of New Generations of Madrid and I, the chief of staff of the secretary general of the party, and between a song and a slogan he asked me for advice on what studies to follow. Asking for advice is something common in Paul, a skillful way of relating: with the humility of the disciple.

I was stateless until I was eighteen, Argentine until I was twenty-four, Franco-Argentine until I was thirty-two, and now I am technically Spanish-French-Argentine. Rare mix, as the tango says. My mother was a good girl from Recoleta, rebellious, progressive, very free and a reader, whom the contractions of childbirth surprised in Medinaceli.
«What then is her identity?» I’ve been asked so many times. It’s actually the question of my life.
Identity is the fuel of separatism and separatism is the identity of our time. The other virus that runs through the West, from the soulless Chilean Patagonia to the elite universities of Canada. The story is known. In May 68, when the left, with all its dogmatic and prescriptive capacity, turned the identity collective – woman, homosexual, black, Muslim, polar bear – into the new revolutionary subject to replace the worker, whom communism had destroyed . He did it in the name of Progress with capital letters, but what he set in motion was the Great Involution. A return to the dark ages.
Gender ideology is also not alien to these cute persuasion methods.
The last characteristic of separatist movements is polarization: civil conflict. It is a wise commonplace that a house divided against itself cannot stand. But when that house is a consolidated democracy, the destruction is more than institutional or political.

The solution to the Spanish crisis is not more nationalism. Neither of one sign nor the other. It is the opposite: the reaffirmation of the Spanish citizen against all forms of collectivism. A process of desecration.

In the Spanish public debate, emotions are considered the exclusive patrimony of nationalism. Nobody wonders about the emotions of the constitutionalists: invisible material and, as a consequence of the electoral law, practically useless. Instead, everyone is on the lookout for nationalistic sentiments. With an aggravating factor. The emotions of the nationalists are installed in the collective consciousness as something positive: the love of the homeland, the desire for recognition, the aspiration to a State of their own … The foreign press, still today impregnated with anti-Franco romanticism and prominence biases, has contributed historically to this misunderstanding. The comparison with Basque nationalism, too. The murderous xenophobia has made the xenophobia of smiles seem acceptable for many, almost welcome.

The PSC was the one who devised the language immersion system in the 1980s. Who completed and consolidated the identification between Catalan and Catalan. And it must be recognized that its success has been overwhelming. Not in terms of coexistence: it is enough to analyze the vote according to the language to verify that Catalonia is today a community also broken by language.
But yes in terms of acceptance by the sector of society that votes for socialism because it is the cheapest form of redemption: the elites. A human group that considers itself cultured, moderate, tolerant, progressive and divinely modern, and in which a journalist shines with his own voice: Jordi Basté.

In May 2021, when Sánchez finally took off his mask and, with his stony face, he recognized the Government’s intention to pardon those sentenced by 1-O en bloc. «By magnanimity» and «by the
concord, ”he said, muddying the key concept of the Transition. It was his self-indulgence. The concept was included by the Supreme Court in a devastating report against its grant, but the copyright is mine. A year earlier, from my seat as spokesperson, I had already accused Sánchez of wanting to pardon Oriol Junqueras to pardon himself of the crime against democracy that the Government of Spain had agreed to with a convicted sedition. And two years earlier I had already made pardons the axis of the most important debate in my campaign as a candidate for Barcelona.
The big difference between 23-F and 1-O: the coup of the Spanish nationalists deserved a unanimous condemnation, from left to right. The coup of the Catalan nationalists was promoted by state institutions, cheered by large media groups and whitewashed by the left, which is the true political and cultural elite of Spain. The right-wing elite, the social and economic, remained in profile. In this he also displayed his main characteristic: cowardice. And someone had to tell him.

Spain is the only country in the world where moderation is decided based on the distance from nationalism: the more pro-nationalist a person, the more centrist. In other countries, nationalists are considered ultra, radical, toxic people.

Politics has become a war of image and in war anything goes. From the first minute, Teodoro made it his goal to control the tap and dominate the Group. Put it at his service and leave us the management without the minimum margin of maneuver necessary to operate. In reality, his idea of my place in the Group and in the world was that of a vase spokesperson.
Spanish democracy has not defended its defenders in Catalonia as they deserved. None of them. Not the teachers, parents, journalists and intellectuals who for decades denounced the Catalan drift, without receiving the slightest attention or support from the State. Nor to the public officials deployed in the territory – judges, prosecutors, policemen and civil guards – who time and again were sacrificed on the altar of appeasement. During the peak months of the Trial, Iván himself and his companions had had to live badly on a boat decorated with ridiculous images of Daffy Duck, El Coyote and Tweety. They were the laughingstock of nationalism, although the humiliation came from afar: worse working conditions than the Mossos d’Esquadra and, above all, a diminishing prestige and presence, the result of a much more entrenched political complex than anyone can imagine.

October 3, 2017, Felipe VI delivered the strongest plea in favor of political modernity. And, above all, the strongest and most vibrant defense of the constitutionalists by a state authority in forty years. And I knew how much it had cost him. Because of his character: a prudent and cautious man. And due to the circumstances: against the appeasing strategy of the Government of Rajoy; fully aware of the rejection that he would arouse, not only in the rabidly hostile separatist environments but also among the flirtatious apostles of dialogue. For this reason, when he came to Barcelona, in the midst of a campaign to harass the State, I decided to publicly express my support.

Sánchez and Iglesias pact supposed the entry of communism into the institutions. And not from the vegetarian communism of the last Santiago Carrillo, but from a dissolving hybrid of Paracuellos, Caracas and the FRAP, in alliance with all the enemies of democracy: from the pro-ETA Otegi to the fugitive Puigdemont. The worst option imaginable for Spain.
What Sánchez wanted was to take advantage of the pandemic to unite a new majority on the left. Not just any left. A radical left.
A left that not only did not feel bound by the other great agreement of the Transition – the Moncloa Pacts – but also wanted to challenge it. The Moncloa Pacts were inspired by the alliance of conservatives, liberals and social democrats that gave rise to the European Union.
They laid the foundations for our welfare state, a balance between public and private. And they are behind the spectacular modernization carried out by Spain in recent decades. “The state of alarm,” I wrote, “is lighting up a new process: the abandonment of the economic and social Third Spain, and the attempt to force an interventionist and authoritarian state never seen since Franco. A left-wing Francoism ».
Boutade? Well, it is not the only time that I have compared Sanchismo with Francoism.
The first thing we had to do as the first party of the Opposition was to understand the exact nature of Sánchez’s project: the use of the pandemic to consolidate a hegemonic alliance between the left and nationalism. Theoretically, the left is equality and nationalism, discrimination. «Unnatural alliance!» Some cry out. It is not strictly true. The left and nationalism in Spain are united by something evident: the desire for power. But also something deeper and more powerful: his aversion to freedom. They are two insatiably interventionist forces.
Both tend toward authoritarianism. And both justify their interference in private life and their abuses by invoking a presumed superior good. For the left it is the state. For nationalism, the nation. The result is the same: the erosion of public liberties and economic decline. A captive, dependent, submissive society.
Having made the diagnosis on the Government, we had to adopt a series of measures.

Civil war is the great ballast of democratic Spain.

My last intervention as spokesperson for the Popular Group in Congress was a question to Carmen Calvo on July 22, 2020. It is a happy coincidence that it was aimed at defending the Transition, the Constitution and the Parliamentary Monarchy. The previous Sunday, the vice president of the Generalitat, Pere Aragonès, had attacked the Crown hard. He branded the Bourbons a «criminal organization» and called on the nationalists «to advance from the Catalan Republic to bring down this regime and this Monarchy.»
The attack by Sánchez’s partner at the top of the constitutional system coincided with the offensive led by Podemos, now from inside Moncloa and with the flammable alibi of the alleged corrupt behaviors of King Juan Carlos. Pablo Iglesias, number two in the Government, had come to point directly against Felipe VI. However, the real risk and destabilization factor was the PSOE. Instead of defending the king from the aggressions of his associates, Pedro Sánchez encouraged the debate on the Monarchy and gave encouragement and hope to the forces of the Rupture.

In Spain we still underestimate the constructive power of critical thinking. We confuse discrepancy with disloyalty, opposition with tension, autonomy with self-determination. We demand adherence not only unshakable, but flattering and degrading. We seek to shield the authority of the leader, which is still another – perhaps the maximum – expression of distrust. If we do not even believe in the ability of the most outstanding of our individuals to impose themselves on his own merits … I have meditated on the reasons for this phenomenon, which distances us from the democratic ideal and from many European countries. Perhaps it is the result of a too extensive coexistence with the dictatorship: we drag a gregarious mentality, a functionary and submissive point. Or, the other way around, it may be a defense mechanism against our poor adherence to the rules. The point is that we do not cultivate individual freedom and responsibility. And when they appear, we crush them as disturbing and dangerous.

The abandonment of Afghanistan is a total withdrawal: physical, political, intellectual and moral. Its causes include many of the political vices described in this book. The first, identity idolatry.
For decades, the western left has exhibited a self-destructive condescension to Islam, a consequence of its exaltation of identity, in this case religious, as a supreme value. Lucid and vehement, Oriana Fallaci denounced him more strongly than anyone. Intellectuals such as Michel Houellebecq and Ayaan Hirsi Ali have also warned against it.
The drift of the universities is reaching the degree of caricature. And not just in the United States or Canada. At my beloved University of Oxford, one hundred and fifty professors, the sheep of his students, have refused to teach at Oriel College in protest against his decision to keep the statue of Cecil Rhodes standing. The #MeToo silence on the return of the burqa and the stoning of Afghanistan corroborates that this movement, which has consumed so much energy and reputations, has never been more than an expression of Western self-hatred. Like all identity politics. Identity is the Fifth Column of the West. The woodworm that has pierced the political body of the world’s first democracy. A country that dedicates enormous intellectual and material resources to highlighting what segregates and divides its citizens; a society that instills intolerance in the universities and the cancellation of its freethinkers; an elite that allows the stoning of artists, intellectuals and politicians based on media conjecture; a nation that attacks its own moral ground – the free and equal citizen – what is going to fight in Afghanistan! Not in Venezuela. Not anywhere. Let them be shared by China, Russia, Turkey, Iran or Pakistan.
The same is true in Europe, of course. We are the first producer
worldwide identity scrap. Above all, the Holocaust, the absolute horror, the abyss of identity politics. But also May 68. In the West minorities have become tyrannies at the expense of the first minority, the individual. And the most disturbing thing is that at the moment there is no alternative.

Let’s flee from victimhood, one of the most widespread, deep-rooted and lethal vices of this time.
Let’s face submission. Nothing, not even a pandemic of planetary extensions and devastating effects, the closest that our generation has suffered to a world war, justifies the closure of Parliament, illegal confinements or the trampling of civil liberties. There is no public health without democratic health, nor democratic health without a critical spirit supported by science and the historical verification that there is no progress without openness. That has been the extraordinary success of the Community of Madrid, a true catalyst of hope for change for Spain.
Against the authoritarian impulse of power and the mask mentality, democratic and alternative militancy.

We need a new political optimism, based on the objective realization of the dazzling progress driven by liberal principles and the unflappable will to keep moving forward. In Spain, this new optimism passes, in the first place, through the affirmation of what we are.

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