Ortodoxia — G.K.Chesterton / Orthodoxy by G.K. Chesterton

La gente puramente mundana no llega a entender bien ni siquiera el mundo; se basa en unas cuantas máximas cínicas que no son verdaderas. «¿Quiere que le diga dónde están los hombres que tienen más fe en sí mismos? Porque puedo decírselo. Conozco hombres que creen en sí mismos de manera más colosal que César o Napoleón. Sé dónde arde la estrella fija de la certeza y el éxito. Puedo guiarle hasta los tronos de esos superhombres. Quienes creen de verdad en sí mismos están recluidos en los manicomios».
Los científicos modernos tienen mucha fe en iniciar todas sus investigaciones con un hecho. Los religiosos antiguos también creían en dicha necesidad. Empezaban por el pecado, un hecho tan práctico como las patatas. Sea o no posible purificar al hombre en aguas milagrosas, no quedaba duda de que era necesario purificarlo. Sin embargo, en nuestros días, ciertos líderes religiosos londinenses, y no unos meros materialistas, han empezado a negar no esas aguas claramente cuestionables, sino la incuestionable impureza del hombre. Determinados teólogos modernos rebaten el pecado original, cuando es la única parte de la teología cristiana que puede demostrarse.

Una obra compleja de gran alcance que necesitaré leer unas cuantas veces más. Chesterton utiliza metáforas para explicar el significado de sus tesis, y el lector debe esforzarse por comprender lo que significan en diferentes niveles. Me parece asombroso que esto se haya publicado por primera vez en 1908. Sus ideas se refieren a las filosofías de esa época, pero son tan independientes de ellas, como si se escribieran hoy mirando hacia atrás en lugar de las contemporáneas.
No escribiré una revisión completa, solo deseo enumerar algunas de las cosas que me impresionaron particularmente en la primera lectura. Chesterton afirma que la única forma adecuada para que consideremos el mundo es con un sentido de asombro. Así, el mundo de los cuentos de hadas con su magia y misterio está más cerca de la realidad que el mundo más naturalista descrito por la ciencia. ¡Estoy de acuerdo! Necesito pensar en esto un poco más.
Entonces, en lugar de centrarnos en las limitaciones que se nos imponen en el mundo, deberíamos considerar la grandeza del mundo que se nos ha dado; con todo este mundo a nuestra disposición, ¿no es natural que haya un límite, el mismo ¿límites que garantizan que podamos ‘bailar y jugar en la cima de la colina sin la preocupación de caer por el acantilado’, límites que nos permiten vivir más plenamente y sin miedo?
Sobre otro tema, afirma que el problema de la literatura contemporánea es que a menudo se centra en protagonistas extraños y extraordinarios que hacen cosas aún más extrañas, por lo que el lector las encuentra poco interesantes porque no puede relacionarse con ellas. Los clásicos, responde, escribieron sobre gente común que hizo cosas extraordinarias, por lo que son interesantes y el lector puede identificarse. El mismo pensamiento se me había ocurrido cuando me aburría con una novela contemporánea, ¿por qué el protagonista tiene que ser tan extraño? Y ahora me doy cuenta de que las historias contemporáneas que amo se basan a menudo en un personaje ordinario que tiene el coraje de hacer algo extraordinario. Esto valdría la pena explorar más a fondo, quizás un artículo.
Y me encantaron los últimos capítulos cuando escribe con asombro de la persona de Jesús mostrada en los Evangelios, un Dios que no teme dejar ver sus lágrimas, y a veces su rabia, pero que sin embargo tiene una cierta timidez y reserva que da. él una profundidad intrigante y atractiva. A menudo he pensado lo mismo.
Y muchas más ideas que tendré que considerar lentamente … Una joya.

Ni la ciencia moderna ni la religión antigua creen en la absoluta libertad de pensamiento. La teología rechaza ciertas ideas por considerarlas blasfemas, igual que la ciencia rechaza otras por considerarlas morbosas. Por ejemplo, algunas sociedades religiosas animaban a los hombres a no pensar en el sexo. La nueva sociedad científica los anima a no pensar en la muerte; es un hecho, pero se considera morboso. Y al tratar a aquellos cuya morbosidad tiene un toque de locura, la ciencia moderna se despreocupa tanto por la pura lógica como un derviche danzante. En esos casos no basta con que el hombre infeliz aspire a la verdad, debe aspirar a la salud. Lo único que puede salvarle es un ansia ciega de normalidad parecida a la de los animales. Un hombre no puede concebirse al margen de la enfermedad mental, puesto que es precisamente el órgano del pensamiento lo que ha enfermado y se ha hecho ingobernable.
Las doctrinas espiritualistas no ponen trabas a la mente como hacen las negaciones materialistas. Si creo en la inmortalidad no tengo por qué pensar en ella; pero si no creo, me está prohibido hacerlo.

Los dichos de la calle no sólo son contundentes, sino sutiles: son figuras del lenguaje que a veces entran en honduras que escapan a la definición.
El mundo moderno no es malo; en cierto sentido es demasiado bueno. Está repleto de virtudes absurdas y desperdiciadas. Cuando se hace añicos una teoría religiosa (como se hizo añicos el cristianismo después de la Reforma), no sólo quedan sueltos los vicios, aunque está claro que así es y que vagan causando daño, sino que también quedan sueltas las virtudes; y ellas vagan de manera más desenfrenada y causan aún más daño. El mundo moderno está repleto de antiguas virtudes cristianas desquiciadas, que se han desquiciado porque se han separado de las demás y ahora vagan solas. Así, hay científicos preocupados por la verdad, pero cuya verdad es despiadada.
El peligro radica en que la inteligencia humana es libre de destruirse a sí misma. Del mismo modo que una generación podría impedir la existencia de la siguiente, ingresando en un convento o saltando al mar, un grupo de pensadores podría, hasta cierto punto, impedir el pensamiento enseñándole a la siguiente generación que el pensamiento humano carece de validez. De nada sirve pasarse el día hablando de la alternativa entre la razón y la fe. La razón es, en sí misma, cuestión de fe, pues afirmar que nuestros pensamientos guardan relación con la realidad no deja de ser un acto de fe. Si uno fuese puramente escéptico, antes o después tendría que preguntarse: «¿Por qué algo ha de ser correcto, incluso la observación y la deducción? ¿Por qué no ha de ser tan engañosa la buena lógica como la mala?…
El odio de un héroe es más generoso que el amor de un filántropo. Existe una enorme y heroica cordura de la que los modernos tan sólo pueden recoger los fragmentos.

El primer principio de la democracia: que lo esencial en los hombres es lo que tienen en común y no lo que los separa. El segundo principio consiste en que una de las cosas que tienen en común es precisamente el instinto o el deseo político. Enamorarse es más poético que escribir versos. La tesis de la democracia es que el gobierno (ayudar a administrar la tribu) es como enamorarse, y no como escribir versos. No tiene nada que ver con tocar el órgano en la iglesia, pintar en pergamino o descubrir el Polo Norte (esa costumbre tan insidiosa), ni con rizar el rizo, llegar a ser astrónomo real u otras cosas por el estilo. Esas cosas no queremos que las haga nadie a menos que sepa hacerlas bien. Por el contrario, se parece más a escribir tus propias cartas de amor, a sonarte la nariz y a otras cosas que uno quiere hacer por sí mismo, aunque las haga mal.
En primer lugar, intuía en lo más hondo de mi ser que el mundo no se explica a sí mismo. Puede que se trate de un milagro y tenga una explicación sobrenatural o que sea un truco de magia y tenga una explicación natural, aunque, si es así, hará falta para convencerme una explicación mejor que las que llevo oídas hasta el momento. En cualquier caso, sea falsa o verdadera, se trata de magia. En segundo lugar, llegué a presentir que esa magia debía tener un significado, y que el significado requería alguien para quien significara algo. Igual que en una obra de arte, debía haber algo personal en el mundo y lo que significara, debía significarlo con ímpetu. En tercer lugar, pensé que ese propósito anticuado era, como los dragones, hermoso a pesar de sus defectos. En cuarto lugar, que la verdadera forma de dar gracias es demostrar cierta humildad y dominio de uno mismo: deberíamos dar gracias a Dios por la cerveza y el borgoña no bebiendo demasiado. También debíamos alguna obediencia a lo que nos haya creado. Por último, y esto es lo más raro, llegué a tener la vaga y avasalladora impresión de que, en cierto sentido, todo bien era un resto de un desastre primordial que debíamos atesorar y guardar como si fuese sagrado. El hombre ha salvado el bien igual que Crusoe salvó sus bienes del naufragio. Todo eso pensaba a pesar de que las ideas de mi época no me animaban a pensarlo. Y en todo ese tiempo ni me acordé siquiera de la teología cristiana.

Entre los polemistas contemporáneos se ha extendido la estúpida costumbre de afirmar que una creencia determinada puede defenderse en una época pero no en otra. Cierto dogma concreto, se nos dice, era creíble en el siglo XII, pero no en el XX. Lo cual equivale a afirmar que determinada filosofía es creíble los lunes, pero increíble los martes. Y que cierta visión del cosmos es válida a las tres y media, pero no a las cuatro y media. Lo que uno cree depende de su filosofía y no del reloj del siglo. Si alguien cree en la ley natural e inalterable, nunca creerá en los milagros. Si cree en una voluntad que subyace detrás de la ley, creerá siempre en los milagros. Supongamos, a modo de ejemplo, que habláramos de una curación taumatúrgica. Un materialista del siglo XII no la admitirá, como no la admitirá un materialista del siglo XX. En cambio, un defensor de la Ciencia Cristiana la admitirá exactamente igual que un cristiano del siglo XII. Todo depende de la teoría que uno tenga sobre las cosas. Por tanto, al tratar de cualquier respuesta histórica, la clave no está en si se dio en nuestro tiempo, sino en si se dio en respuesta a nuestra pregunta. Y cuanto más pensaba en cuándo y cómo el cristianismo apareció en el mundo, más tenía la sensación de haberla respondido.

El verdadero problema de este mundo no es que sea irracional, ni siquiera que sea racional. La dificultad más común estriba en que es casi racional, pero no lo suficiente. La vida no es ilógica, pero supone una trampa para los lógicos. Parece más regular y matemática de lo que es; su exactitud es evidente, pero su inexactitud está oculta; su absurdo acecha a la espera. Me explicaré, aunque sea con un ejemplo un tanto burdo. Supongamos que un matemático de la Luna decidiera estudiar el cuerpo humano; lo primero que vería es que está duplicado. Un hombre es dos, y el de la derecha se parece exactamente al de la izquierda. Tras reparar en que había un brazo a la derecha y otro a la izquierda, una pierna a la derecha y otra a la izquierda, podría ir más allá y ver que hay exactamente el mismo número de dedos a ambos lados, el mismo número de pulgares, ojos idénticos, orejas idénticas, fosas nasales idénticas e incluso lóbulos de las orejas idénticos. Por último, concluiría que se trata de una ley; y así, cuando encontrara un corazón en un lado, deduciría que había otro a la derecha. Y justo en ese momento, cuando más convencido estuviera de tener razón, estaría equivocado.
La libertad mental y emocional no es tan sencilla como parece. En realidad, requiere un equilibrio tan delicado de leyes y condiciones como la libertad social y política. El anarquista estético que pretende sentirlo todo acaba enredándose en una paradoja que le impide sentir nada.
Ahí radica el apasionante atractivo de la Ortodoxia. La gente ha adoptado la absurda costumbre de hablar de la ortodoxia como si fuese algo aburrido, monótono y previsible. Nunca hubo nada tan peligroso ni emocionante como la ortodoxia. Era la cordura; y estar cuerdo es mucho más impresionante que estar loco. Era el equilibrio de un hombre tras unos caballos desbocados, que parecía inclinarse de aquí para allá, pero conservaba en su actitud una gracia estatuaria y una precisión aritmética. En sus primeros días, la Iglesia corrió con la misma ferocidad que un corcel de guerra, pero desde el punto de vista histórico es totalmente inexacto decir que se limitó a enloquecer por una idea como haría un vulgar fanático. Fue de izquierda a derecha para evitar enormes obstáculos. Dejó a un lado la enorme mole del arrianismo, que, apoyado en todos los poderes mundanos, pretendía que la Iglesia fuese demasiado mundana. Poco después, cambió de dirección para esquivar un orientalismo que la habría convertido en demasiado extramundana. La Iglesia ortodoxa nunca optó por el camino fácil ni aceptó las convenciones; nunca fue respetable. Habría sido más fácil haber aceptado el poder terrenal del arrianismo. Como lo habría sido en el calvinista siglo XVII, caer en el pozo sin fondo de la predestinación. Es fácil ser un loco o un hereje. Casi siempre es fácil dejarse arrastrar por la corriente de la época; lo difícil es no perder el rumbo. Siempre es fácil ser modernista, como lo es ser esnob.

Podemos decir a grandes rasgos que el pensamiento libre es la mejor salvaguardia contra la libertad. Gestionada a la manera moderna, la emancipación del espíritu del esclavo es la mejor manera de prevenir su emancipación. Enséñale a preguntarse si quiere ser libre y no se liberará. Una vez más, podría decirse que se trata de un ejemplo inoportuno o exagerado. Pero, una vez más, es totalmente aplicable al hombre de la calle.
Amigos modernos de Utopía miran recelosos, pues aspiran a la disolución final de todos los vínculos. Pero, una vez más, me parece estar oyendo, como una especie de eco, una respuesta del otro mundo: «Tendrás obligaciones reales, y por tanto verdaderas aventuras, cuando llegues a mi Utopía. Pero la obligación más difícil y la aventura más azarosa es llegar hasta allí».

No es sólo que la fe sea la madre de todas las energías mundanas, sino que sus enemigos son los padres de toda la confusión de este mundo. Los secularistas no han destruido las cosas divinas, pero sí las seculares, si eso les sirve de consuelo. Los titanes no escalaron hasta el cielo, pero devastaron el mundo.

La ortodoxia no es sólo (como se dice a menudo) la única salvaguarda de la moralidad y el orden, sino también el único guardián lógico de la libertad, la innovación y el progreso. Si queremos derribar al próspero opresor, no podemos hacerlo con la nueva doctrina de la perfectibilidad humana, pero sí con la antigua doctrina del pecado original. Si queremos eliminar las crueldades o elevar el ánimo de poblaciones perdidas, no podemos hacerlo con la teoría científica del predominio de la materia sobre el espíritu, pero sí con la teoría sobrenatural de que el espíritu precede a la materia; si queremos despertar a la gente para que mantenga una vigilancia social y una incansable búsqueda de la perfección, no podemos ayudarla insistiendo en la inmanencia de Dios y la luz interior, pues ambas cosas justifican la conformidad, pero sí puede ser de gran ayuda que insistamos en la trascendencia de Dios y en el fugaz resplandor que se nos escapa, pues eso equivale al descontento divino. Si queremos defender la idea de un generoso equilibrio ante una terrible autocracia, seremos instintivamente trinitarios antes que unitarios. Si deseamos que la civilización europea sea una incursión y un rescate, insistiremos más en que las almas están en peligro que en que dicho peligro es irreal. Y si queremos exaltar al marginado y el crucificado, vale más que pensemos que crucificaron a un verdadero Dios y no a un sabio o un héroe. Por encima de todo, si queremos proteger a los pobres, estaremos a favor de normas y dogmas fijos. Las normas de un club a veces están a favor de los miembros más pobres, aunque la tendencia en él sea favorecer a los ricos.
La cuestión de si los milagros ocurren depende del sentido común y la imaginación histórica, no de un experimento físico definitivo. En este caso podemos descartar esa insensata pedantería que se refiere a la necesidad de «condiciones científicas» cuando se habla de fenómenos espirituales. Cuando preguntamos si el alma de un muerto puede comunicarse con la de un vivo es ridículo insistir en que lo haga en unas condiciones en las que no se comunicarían ni siquiera dos personas vivas. El hecho de que los fantasmas prefieran la oscuridad no permite descartar su existencia, como el hecho de que los enamorados también la prefieran no permite descartar la existencia del amor.

El celibato es una flor en el jardín de mi padre, cuyo dulce o terrible nombre aún no me han enseñado. Aunque puede que me lo enseñen algún día.
Ése es, en resumen, el motivo que me impulsa a aceptar la religión y no sólo las verdades dispersas o seculares de la misma. Lo hago no sólo porque haya dicho esta o aquella verdad, sino porque ha demostrado decir la verdad. Las demás filosofías dicen las cosas que parecen verdad, sólo ésta ha repetido una y otra vez lo que no parece cierto y aun así lo es. Es el único credo que resulta convincente sin ser atractivo, y que tiene razón como mi padre en el jardín. Los teósofos, por ejemplo, predican una idea evidentemente atractiva como la reencarnación; pero si observamos sus resultados lógicos, veremos que son la altanería y la crueldad de casta. Pues si uno es un mendigo por culpa de los pecados cometidos antes de nacer, la gente tenderá a despreciarlo. En cambio, el cristianismo predica una idea tan evidentemente poco atractiva como la del pecado original; pero si observamos sus resultados, vemos que son la compasión, la hermandad y una piedad y una alegría atronadoras, pues sólo con el pecado original podemos al mismo tiempo compadecer al mendigo y desconfiar del rey. Los científicos nos ofrecen la salud, un evidente beneficio, pero después descubrimos que se refieren a la esclavitud corporal y al tedio espiritual. La ortodoxia nos hace saltar como si estuviésemos al borde del abismo, pero después descubrimos que saltar es un ejercicio atlético muy beneficioso para la salud y que ese peligro es la raíz de la tensión dramática y la aventura. El argumento más sólido en pro de la gracia divina es lo poco graciosa que resulta. Los aspectos más impopulares del cristianismo, cuando se consideran con cuidado, resultan ser los puntales que sostienen al pueblo. El círculo exterior del cristianismo es una rígida salvaguarda de abnegaciones éticas y sacerdotes profesionales.

La alegría, que era el ínfimo reclamo publicitario del pagano, es el gigantesco secreto del cristiano. Y cuando estoy a punto de concluir este caótico volumen, vuelvo a abrir el extraño librito del que ha brotado todo el cristianismo y una vez más tengo la sensación de una amable confirmación. La tremenda figura que llena los Evangelios destaca en esto, como en todo, por encima de cualquier pensador que alguna vez se tuviera por elevado. Su piedad era natural, casi casual. Los estoicos, antiguos y modernos, se enorgullecían de ocultar sus lágrimas.
Había algo que era demasiado grande para que Dios nos lo mostrara mientras estuvo en la Tierra; a veces sospecho que era su alegría.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/29/breve-historia-de-inglaterra-g-k-chesterton/

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/31/el-napoleon-de-notting-hill-g-k-chesterton/

https://weedjee.wordpress.com/2021/11/26/ortodoxia-g-k-chesterton-orthodoxy-by-g-k-chesterton/

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Purely worldly people do not even understand the world well; it is based on a few cynical maxims that are not true. Would you like me to tell you where the men who have the most faith in themselves are? Because I can tell you. I know men who believe in themselves more colossally than Caesar or Napoleon. I know where the fixed star of certainty and success burns. I can guide you to the thrones of those supermen. Those who truly believe in themselves are confined in asylums. ‘
Modern scientists have great faith in starting all their investigations with one fact. The ancient religious also believed in this need. They began with sin, a fact as practical as potatoes. Whether or not it was possible to purify man in miraculous waters, there was no doubt that it was necessary to purify him. However, in our day, certain London religious leaders, and not mere materialists, have begun to deny not those clearly questionable waters, but the unquestionable impurity of man. Certain modern theologians refute original sin, when it is the only part of Christian theology that can be demonstrated.

A complex work of great scope that I will need to read a few more times. Chesterton uses metaphors to explain the meaning of his theses, and the reader must work to comprehend what they signify on different levels. I find it amazing that this was first published in 1908. Its ideas refer to – but are so independent from – the philosophies of that time, as though it were written today looking back on them rather than their contemporary.
I’ll not write a comprehensive review, but just wish to list some of the things that particularly impressed me on first reading. Chesterton asserts that the only fitting way for us to consider the world is with a sense of wonder. Thus the world of fairy-tales with its magic and mystery is closer to reality than the most naturalistic world described by science. I agree! I need to think about this some more.
Then rather than focusing on the limitations placed on us in the world, we should consider the greatness of the world that has been given to us – with this whole world at our disposal, is it not natural that there should be a limit, the very boundaries of which ensure that we can ‘dance and play on the top of the hill without the worry of falling off the cliff’ – boundaries which allow us to live most fully and without fear?
On another theme he asserts that the problem with contemporary literature is that it is often centred around extraordinary, strange protagonists who do even more strange things, and so the reader finds them uninteresting because they cannot relate to them. The classics, he counters, wrote about ordinary people who did extraordinary things, and so they are interesting and the reader can relate. The same thought had occurred to me when bored with a contemporary novel, why does the protagonist have to be so strange? And the contemporary stories I love I now realise are often based on an ordinary character who has the courage to do something extraordinary. This would be worth exploring further, an article perhaps.
And I loved the last chapters when he writes with wonder of the person of Jesus shown in the Gospels, a God who is not afraid to let his tears be seen, and sometimes his anger, and yet who has a certain shyness and reserve that gives him an intriguing, attractive depth. I’ve often thought the same.
And so many more ideas that I’ll need to consider slowly…

Neither modern science nor ancient religion believe in absolute freedom of thought. Theology rejects certain ideas as blasphemous, just as science rejects others as morbid. For example, some religious societies encouraged men not to think about sex. The new scientific society encourages them not to think about death; It is a fact, but it is considered morbid. And in dealing with those whose morbidity has a touch of madness, modern science is as unconcerned with sheer logic as a dancing dervish. In those cases it is not enough for the unhappy man to aspire to the truth, he must aspire to health. The only thing that can save you is a blind craving for animal-like normality. A man cannot be conceived apart from mental illness, since it is precisely the organ of thought that has made him ill and ungovernable.
Spiritualistic doctrines do not hinder the mind as materialistic denials do. If I believe in immortality, I don’t have to think about it; but if I don’t believe, I am forbidden to do so.

The sayings of the street are not only forceful, but subtle: they are figures of language that sometimes enter depths that escape definition.
The modern world is not bad; in a sense it is too good. It is full of absurd and wasted virtues. When a religious theory is shattered (as Christianity was shattered after the Reformation), not only are the vices loose, although it is clear that they are and that they wander causing harm, but also the virtues; and they roam more unchecked and cause even more damage. The modern world is full of old unhinged Christian virtues, which have been unhinged because they have separated themselves from others and now roam alone. Thus, there are scientists concerned with the truth, but whose truth is ruthless.
The danger is that human intelligence is free to destroy itself. In the same way that one generation could prevent the existence of the next, entering a convent or jumping into the sea, a group of thinkers could, to some extent, impede thinking by teaching the next generation that human thought is invalid. There is no use spending the day talking about the alternative between reason and faith. Reason is, in itself, a matter of faith, since affirming that our thoughts are related to reality is still an act of faith. If one were purely skeptical, sooner or later he would have to ask himself: ‘Why should something be correct, even observation and deduction? Why should good logic not be as misleading as bad? …
The hatred of a hero is more generous than the love of a philanthropist. There is an enormous and heroic sanity of which the moderns can only collect the fragments.

The first principle of democracy: that what is essential in men is what they have in common and not what separates them. The second principle is that one of the things they have in common is precisely political instinct or desire. Falling in love is more poetic than writing verses. The thesis of democracy is that government (helping to administer the tribe) is like falling in love, and not like writing verses. It has nothing to do with playing the organ in church, painting on parchment, or discovering the North Pole (that insidious custom), nor with curling the curl, becoming an astronomer royal, or the like. We don’t want anyone to do these things unless they know how to do them well. On the contrary, it is more like writing your own love letters, blowing your nose, and other things that you want to do for yourself, even if you do them wrong.
In the first place, I sensed in the depths of my being that the world does not explain itself. It may be a miracle and has a supernatural explanation or it may be a magic trick and has a natural explanation, although, if so, it will take a better explanation than the ones I have heard so far to convince me. In any case, be it true or false, it is magic. Second, I came to have a feeling that this magic must have a meaning, and that the meaning required someone to whom it meant something. As in a work of art, there had to be something personal in the world and whatever it meant, it had to mean it with force. Third, I thought that old-fashioned purpose was, like dragons, beautiful despite its flaws. Fourth, that the true way to give thanks is to show some humility and self-control: we should thank God for beer and burgundy by not drinking too much. We also owed some obedience to what created us. Finally, and this is the strangest thing, I came to have the vague and overwhelming impression that, in a sense, all good was a remnant of a primordial disaster that we should treasure and keep as if it were sacred. The man has saved the good just as Crusoe saved his property from the shipwreck. I was thinking all this despite the fact that the ideas of my time did not encourage me to think about it. And in all that time I didn’t even remember Christian theology.

Among contemporary polemicists the stupid custom of claiming that a given belief can be defended at one time but not at another has spread. Certain particular dogma, we are told, was credible in the twelfth century, but not in the twentieth. Which is to say that a certain philosophy is credible on Mondays, but incredible on Tuesdays. And that a certain vision of the cosmos is valid at three thirty, but not at four thirty. What one believes depends on his philosophy and not on the clock of the century. If someone believes in natural and unchangeable law, he will never believe in miracles. If he believes in a will that underlies the law, he will always believe in miracles. Suppose, by way of example, that we speak of a thaumaturgical healing. A twelfth-century materialist will not admit it, any more than a twentieth-century materialist will. Instead, a defender of Christian Science will admit it just like a 12th-century Christian. It all depends on the theory one has about things. Therefore, in dealing with any historical answer, the key is not whether it was given in our time, but whether it was given in response to our question. And the more he thought about when and how Christianity appeared in the world, the more he felt as if he had responded to it.

The real problem with this world is not that it is irrational, not even that it is rational. The most common difficulty is that it is almost rational, but not enough. Life is not illogical, but it is a trap for logicians. It seems more regular and mathematical than it is; its accuracy is evident, but its inaccuracy is hidden; its absurdity lurks waiting. I will explain myself, even if it is with a somewhat crude example. Suppose a mathematician from the Moon decided to study the human body; the first thing he would see is that it is duplicated. One man is two, and the one on the right looks exactly like the one on the left. After noticing that there was one arm on the right and one on the left, one leg on the right and one leg on the left, I could go further and see that there are exactly the same number of fingers on both sides, the same number of thumbs. , identical eyes, identical ears, identical nostrils and even identical earlobes. Finally, he would conclude that it is a law; and thus, when he found a heart on one side, he would deduce that there was another on the right. And just at that moment, when he was most convinced he was right, he would be wrong.
Mental and emotional freedom is not as simple as it seems. In reality, it requires as delicate a balance of laws and conditions as social and political freedom. The aesthetic anarchist who pretends to feel everything ends up entangled in a paradox that prevents him from feeling anything.
Therein lies the exciting appeal of Orthodoxy. People have gotten into the absurd habit of talking about orthodoxy as if it were boring, monotonous, and predictable. There has never been anything as dangerous or exciting as orthodoxy. It was sanity; And being sane is much more impressive than being crazy. It was the poise of a man behind wild horses, who seemed to lean back and forth, but he had statuary grace and arithmetic precision in his attitude. In its early days, the Church ran with the same ferocity as a war steed, but from a historical point of view it is totally inaccurate to say that it simply went mad over an idea as a vulgar fanatic would. He went from left to right to avoid huge obstacles. She put aside the enormous bulk of Arianism, which, supported by all worldly powers, wanted the Church to be too worldly. Soon after, she changed direction to avoid an orientalism that would have made her too extramundane. The Orthodox Church never took the easy way or accepted the conventions; it was never respectable. It would have been easier to have accepted the earthly power of Arianism. As it would have been in the Calvinist seventeenth century, falling into the bottomless pit of predestination. It is easy to be a madman or a heretic. It is almost always easy to get carried away by the current of the age; the difficult thing is not to lose your way. It’s always easy to be a modernist, as it is to be a snob.

We can roughly say that free thought is the best safeguard against freedom. Managed in the modern way, the emancipation of the spirit of the slave is the best way to prevent the emancipation of the slave. Teach him to wonder if he wants to be free and will not break free. Once again, it could be said that this is an inappropriate or exaggerated example. But, once again, it is totally applicable to the man in the street.
Modern friends of Utopia look suspicious, as they aspire to the final dissolution of all ties. But, once again, I seem to be hearing, like a kind of echo, a response from the other world: “You will have real obligations, and therefore real adventures, when you reach my Utopia. But the most difficult obligation and the most hazardous adventure is to get there.

It is not just that faith is the mother of all worldly energies, but its enemies are the parents of all the confusion in this world. The secularists have not destroyed the divine things, but they have destroyed the secular, if that is any consolation. The titans did not climb to the sky, but they devastated the world.

Orthodoxy is not only (as is often said) the only safeguard of morality and order, but also the only logical guardian of freedom, innovation and progress. If we want to overthrow the prosperous oppressor, we cannot do so with the new doctrine of human perfectibility, but we can do so with the old doctrine of original sin. If we want to eliminate cruelties or raise the spirits of lost populations, we cannot do so with the scientific theory of the predominance of matter over spirit, but we can do so with the supernatural theory that spirit precedes matter; If we want to awaken people to maintain a social vigilance and a tireless search for perfection, we cannot help them by insisting on the immanence of God and the inner light, since both justify conformity, but it can be of great help that we insist in the transcendence of God and in the fleeting radiance that escapes us, since that is equivalent to divine discontent. If we want to defend the idea of a generous balance in the face of a terrible autocracy, we will instinctively be Trinitarian rather than Unitarian. If we want European civilization to be a raid and a rescue, we will insist more that souls are in danger than that this danger is unreal. And if we want to exalt the outcast and the crucified, it is better to think that they crucified a true God and not a sage or a hero. Above all, if we want to protect the poor, we will be in favor of fixed norms and dogmas. The rules of a club are sometimes in favor of the poorer members, even though the tendency in the club is to favor the rich.
The question of whether miracles happen depends on common sense and historical imagination, not on a definitive physical experiment. In this case we can discard that foolish pedantry that refers to the need for «scientific conditions» when speaking of spiritual phenomena. When we ask whether the soul of a dead person can communicate with that of a living one, it is ridiculous to insist that it do so under conditions in which not even two living people would communicate. The fact that ghosts prefer darkness does not allow us to rule out their existence, just as the fact that lovers also prefer it does not allow us to rule out the existence of love.

Celibacy is a flower in my father’s garden, whose sweet or terrible name I have not yet been taught. Although they may show it to me one day.
That is, in short, the motive that drives me to accept religion and not just the scattered or secular truths of it. I do it not only because I have told this or that truth, but because it has proven to be true. The other philosophies say things that seem true, only this one has repeated over and over again what does not seem true and still is. It is the only creed that is convincing without being attractive, and that is right like my father in the garden. Theosophists, for example, preach an obviously attractive idea like reincarnation; but if we look at its logical results, we will see that they are haughtiness and caste cruelty. For if you are a beggar because of sins committed before birth, people will tend to despise you. By contrast, Christianity preaches an idea as obviously unappealing as original sin; but if we look at its results, we see that they are compassion, brotherhood, and thunderous piety and joy, for only with original sin can we at the same time pity the beggar and distrust the king. Scientists offer us health, an obvious benefit, but later we discover that they refer to bodily slavery and spiritual boredom. Orthodoxy makes us jump as if we were on the edge of the abyss, but later we discover that jumping is a very beneficial athletic exercise for our health and that this danger is the root of dramatic tension and adventure. The strongest argument for divine grace is how funny it is. The most unpopular aspects of Christianity, when carefully considered, turn out to be the mainstays that sustain the people. The outer circle of Christianity is a stark safeguard from ethical self-denials and professional priests.

Joy, which was the lowest advertising claim of the pagan, is the gigantic secret of the Christian. And as I am about to finish this chaotic volume, I reopen the strange little book from which all of Christianity has sprouted, and once again I have the feeling of a kind confirmation. The tremendous figure that fills the Gospels stands out in this, as in everything, above any thinker who ever held himself high. His pity was natural, almost casual. The Stoics, ancient and modern, prided themselves on hiding their tears from him.
There was something that was too big for God to show us while he was on Earth; sometimes I suspect it was his joy.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/29/breve-historia-de-inglaterra-g-k-chesterton/

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/31/el-napoleon-de-notting-hill-g-k-chesterton/

https://weedjee.wordpress.com/2021/11/26/ortodoxia-g-k-chesterton-orthodoxy-by-g-k-chesterton/

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