Ghachar Ghochar — Vivek Shanbhag / Ghachar Ghochar by Vivek Shanbhag

Vincent es camarero de La Cafetería. El establecimiento se llama así, sin más: La Cafetería. No ha cambiado de nombre en cien años, pero sí de actividad. Aún puede uno tomarse aquí una buena taza de café, pero ahora es bar y restaurante. No uno de esos bares mal iluminados con la clientela apiñada en torno a las mesas, sitios donde uno llega a sospechar que beber no es, ciertamente, un hábito saludable. No, este es un local bien ventilado, espacioso, de techo alto. Al beber aquí, uno se siente elegante, refinado. Tiene las paredes revestidas de madera hasta la altura del hombro. En las robustas columnas cuadradas que se alzan en el centro del salón cuelgan fotografías antiguas, cuyas imágenes muestran lo hermosa que era esta ciudad hace un siglo. Evocan una época más plácida, más reposada, y La Cafetería consigue de algún modo pertenecer aún a ese mundo. Por ejemplo, uno puede presentarse a las siete de la tarde, el momento de máximo ajetreo, pedir solo un café y ocupar una mesa durante dos horas sin que nadie ponga el menor reparo. Es como si supieran que una persona que se queda ahí sentada tanto rato debe en la cabeza un millar de engranajes en funcionamiento. Y saben que esos engranajes en funcionamiento no lo dejan a uno en paz.

Esta novela muy corta tiene la rigidez de una buena obra de teatro. Ambientada en Bangalore, India, el narrador en primera persona nos cuenta sobre el reciente aumento de la riqueza de su familia y las consecuencias que conlleva. La historia es corta y contada de manera muy simple, pero la naturaleza discreta de la narración es engañosa. No sabes de qué se trata realmente la historia hasta el final. Y qué final … Una gran mirada a la vida contemporánea en la India: la incómoda mezcla de tradición y modernidad, la lógica interna impenetrable de las familias con secretos y el costo de la nueva riqueza encontrada. Bien hecho. Recomendado. Por cierto, no intentes averiguar qué significa «Ghachar Ghochar»; lo descubrirás cuando lo necesites en la historia.
La historia comienza con un hombre que recuerda sus días de niñez. La primera mitad de la historia es un flashback de los días de su niñez, las luchas de la familia de clase media baja y la felicidad que se encuentra en las pequeñas cosas de la vida.
Pero luego la vida hace un cambio para mejor financieramente, pero a veces menos es más y, de hecho, conseguir más complica la vida.
Creo que mi reseña puede ser un poco confusa, pero el lenguaje del libro es simple, la historia en sí es simple con muchos mensajes pequeños a la historia.
Lo principal que obtuve de esta historia es que es mejor tener una meta en la vida y luchar por ella que volverse complaciente con una vida de lujo.
¿El amor al dinero es la raíz de todos los males? ¿Las riquezas repentinas pueden corromper? Nada nuevo en eso. También me molestó la forma en que se representaba a las mujeres y su papel dentro de la familia. Quizás sea así, pero no hubo comentarios al respecto …

Para una mujer, no es fácil abandonar a su marido y vivir en la casa de su madre. En nuestro caso, el problema no era tanto la gente que vivía allí —a fin de cuentas, nosotros en último extremo estábamos del lado de Malati— como otras personas: los invitados que nos visitaban, la gente con quienes coincidíamos en las bodas, individuos bien intencionados siempre deseosos de ponernos a la defensiva, entrometidos. Todos desarrollamos cierta paranoia, recelando de posibles insidias por parte de cualquiera que hablara con Malati. Después de recuperar su oro de casa de Vikram, corrieron rumores atroces sobre ella, rumores en los que se la presentaba como la encarnación de Phoolan Devi: ha­bía encabezado una banda de matones y les había ordenado que cometieran actos vandálicos en la casa, ella personalmente le había puesto un cuchillo a su marido en la garganta.
En nuestra sociedad se supone que un hombre debe satisfacer las necesidades económicas de su mujer, es cierto, pero ¿quién sabía que se esperaba de él que ganara el dinero con su propio esfuerzo? Mientras asimilaba las ideas de Anita sobre la autosuficiencia, mi registro de asistencia al almacén podía compararse con el de los empleados más cumplidores. Solo Chikkappa sabía lo poco que en realidad trabajaba. Yo había mencionado a Anita La Cafetería, donde mi asistencia era igual de impresionante. Debía de imaginarse una pequeña casa de comidas cerca del almacén. De más está decir que nunca la llevé allí, pero le hablé con desenfado del profético Vincent.

El Rey del Café vive en otra época —observó—. Hoy día ya no se da tanta importancia a esas cosas. No he sacado nunca el tema… pero ¿sabéis cuánto pago a cambio de protección en nombre de Sona Masala? Todo el mundo lo hace. Nunca se sabe cuándo podría necesitarse a esa gente. Ahora es prácticamente una responsabilidad colectiva de los empresarios asegurarse de que alguien les guarda las espaldas…
¿Qué está pasando? ¿En qué me he metido? Debe de haber alguna escapatoria. Las palabras irrumpen en mi cabeza por propia iniciativa: ghachar ghochar.

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Vincent is a waiter at La Cafetería. The establishment is called thus, without more: The Cafeteria. It has not changed its name in a hundred years, but it has changed its activity. You can still have a good cup of coffee here, but it is now a bar and restaurant. Not one of those poorly lit bars with customers clustered around the tables, places where one comes to suspect that drinking is certainly not a healthy habit. No, this is a spacious, airy, high-ceilinged venue. When drinking here, one feels elegant, refined. It has wood-paneled walls up to shoulder height. Old photographs hang on the sturdy square columns in the center of the room, the images of which show how beautiful this city was a century ago. They evoke a more placid, more relaxed time, and La Cafetería somehow manages to still belong to that world. For example, one can show up at seven in the afternoon, the time of maximum activity, order only a coffee and occupy a table for two hours without anyone making the slightest objection. It is as if they know that a person who sits there for so long has a thousand gears running in his head. And they know that those gears at work don’t leave you alone.

This very short novel has the tightness of a good play. Set in Bangalore, India, the first person narrator tells us about his family’s recent rise to wealth and the attendant consequences. The story is short and told very simply, but the understated nature of the narrative is deceiving. You don’t know what the story is really about until the end. And what an ending… A great look at contemporary life in India — the awkward mix of tradition and modernity, the internal impenetrable logic of families with secrets, and of the cost of new found wealth. Well done. Recommended. By the way, don’t try to figure out what «Ghachar Ghochar» means — you’ll find out when you need to in the story.
The story starts off with a man reminiscing about his child-hood days. The first half of the story is a flashback to his childhood days, the struggles of lower middle class family and the happiness found in little things in life.
But then life makes a change for the better financially but sometimes less is more and actually getting more complicates life.
I think my review maybe a bit confusing but The language in the book is simple, the story itself is simple with a lot of small messages to the story.
The main thing that I got from this story is that it is better to have a goal in life and struggle for it than become complacent with a life of luxury.
The love of money is the root of all evil? Sudden riches can corrupt? Nothing new about that. I was also disturbed by the way women and their role within the family were depicted. Perhaps that is the way it just is, but there was no commentary about it…

For a woman, it is not easy to abandon her husband and live in her mother’s house. In our case, the problem was not so much the people who lived there – after all, we were ultimately on Malati’s side – as other people: the guests who visited us, the people we met at weddings, individuals well-intentioned always eager to get defensive, nosy. We all developed a certain paranoia, wary of possible insidies on the part of anyone who spoke to Malati. After getting her gold back from Vikram’s house, heinous rumors spread about her, rumors in which she was portrayed as the incarnation of Phoolan Devi: she had led a gang of thugs and ordered them to vandalize the house, she she had personally put a knife to her husband’s throat.
In our society a man is supposed to meet the economic needs of his wife, it is true, but who knew that he was expected to earn the money through his own efforts? As I absorbed Anita’s ideas about self-reliance, my warehouse attendance record could be compared to that of the most compliant employees. Only Chikkappa knew how little she actually worked. I had mentioned Anita La Cafetería, where my attendance was just as impressive. He must have imagined a small eating house near the warehouse. Needless to say, I never took her there, but spoke lightly of the prophetic Vincent.

The King of Coffee lives in another age, ”he observed. These things are no longer given so much importance today. I have never brought it up … but do you know how much I pay in exchange for protection on behalf of Sona Masala? Everybody does it. You never know when those people might be needed. Now it is practically a collective responsibility of employers to ensure that someone watches their backs …
What’s going on? What have I gotten myself into? There must be some way out. The words pop into my head on their own initiative: ghachar ghochar.

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