Patria O Muerte — Alberto Barrera Tyszka / Homeland or Death by Alberto Barrera Tyszka (spanish book edition)

¿Tumor abscesado? ¿Eso existe? —Beatriz preguntó sin mirar a su marido.
Chávez indicó que el tumor se había extraído totalmente y que él se encontraba ya en franca y entusiasta recuperación. Luego comenzó a hablar de la patria y de sí mismo, de sí mismo y de la historia, de la revolución y de sí mismo, de sí mismo y de Fidel Castro, hasta terminar con un nuevo grito de batalla: «¡Por ahora y para siempre! ¡Viviremos y venceremos!».

Patria o muerte no es un libro malo, pero es muy superficial y no profundiza realmente en nada. De acuerdo, la enfermedad de Chávez (y su muerte) fue un misterio, pero por lo menos se puede recurrir a la ficción para darle más sustancia al acontecimiento. La mayoría del libro, que te engancha y te hace querer leerlo, queda en lo plano.
Me gustó, eso sí, que me sentí identificada en algunos puntos. Por ejemplo:
Sentía que Venezuela era una mierda, un derrumbe que ni siquiera llegaba a ser país. Creía que la política los había intoxicado y que todos, de alguna manera, estaban contaminados, condenados a la intensidad de tomar partido, de vivir en la urgencia de estar a favor o en contra de un gobierno.
Además, me agradó la descripción del miedo perenne a la violencia, a la inseguridad de salir de casa y con miedo a que te maten por tres lochas; realmente se respira miedo y me gustó cómo se trató el tema. También, y aunque suene cruel decirlo, me gustó (view spoiler) Y la sub trama de la relación entre Rodrigo y María da un airecito de que todavía queda algo inocente y tierno en este país.
Ahora, lo que no me gustó: no profundiza ni en la enfermedad de Chávez ni en la crisis, solo el vivir con miedo en ese monstruo que es Caracas. Tampoco me gustaron los lugares comunes: la sifrina típica del este, la vieja escuálida fanática que cree todo lo que le dicen, el chavista rancio revolucionario, la grinfa que está fascinada con Chávez, las marginales que adoran a Chávez porque él visibilizó a los pobres ante el mundo, etc. Lugar común tras otro. Es medio prejuicioso.
La novela es un entretejido de historias de derrotados: Chávez por el cáncer, Sanabria por rehuir enfrentamientos con todos los que le rodean -su esposa, su hermano, su sobrino, su nieta, sus vecinos-, el periodista Lecuna por la vanidad de escritor y el implacable real-politik cubano, su pareja por una cuádruple pérdida, la de sus valores al aferrarse a un apartamento que no es de ella, la del apartamento por una invasión por parte de la desesperada dueña del inmueble aliada de circunstancia con tres insólitas invasoras profesionales, la de su pareja y la de su hijo, y así sucesivamente. Los mayores derrotados son, sin embargo, los dos niños de la novela que se ven reducidos a fugarse del mundo que ha colapsado sobre ellos, pero que paradójica y estérilmente escapan a un mundo que no ofrece, en la novela, más que una mueca de futuro.
La novela se lee a la carrera, la atraviesan frases precisas y lapidarias pero ocasionales. Captura el estado de ánimo de un tiempo confuso, de un mundo de hombres huecos.
Por momentos brillante, por momentos decepcionante, apurada. El autor tiene muchísimo oficio, pero ese oficio no juega a favor de la historia. Me pareció notar demasiados automatismos, demasiadas fórmulas de escritor profesional. Se nota el dispositivo, los recursos, los cables. Fue ganadora del XI Premio Tusquets Editores de Novela en el año 2015.

A veces, una boda es una fuga. Al menos, así era para algunos de los cubanos que trabajaban en Venezuela. Una de las maneras más prácticas de escapar era casándose con una pareja local. Frente a eso, el gobierno cubano no podía hacer nada. Ponía trabas, sí. Molestaba con la burocracia, investigaba, hacía que todo fuera más difícil. Pero, al final, el amor triunfaba y el compañero o compañera podía salir de la isla a reunirse con su esposa o esposo. Era un trámite frecuente. Tanto que, incluso, comenzaba a convertirse en un negocio. Ya había casos de venezolanos y venezolanas dispuestos y dispuestas a contraer matrimonio a cambio de una paga justa, de una contribución metálica provechosa.

La ausencia de Chávez producía cada vez más zozobra. Sobre todo porque no había señales directas del Presidente. Todo lo que se sabía de él era a través de otros, de unos otros oficiales, como los altos funcionarios del gobierno; o de unos otros extraoficiales, como algunos periodistas o simples espontáneos que se atribuían fuentes clandestinas. La especulación había seguido reinando y, a medida que transcurrían los días, parecía ocupar completamente el país. La verdad era una experiencia cada vez más frágil. Ya sin ningún disimulo, la salud de Chávez no era un asunto médico sino religioso. Los altos funcionarios empezaron a hablar como sacerdotes. El Estado comenzó a parecer una iglesia.
Por más que el gobierno insistió en negarlo, todo el proceso era raro. El pretendido aire de normalidad contrastaba con un desconcierto, trabucado en tensión cotidiana. Los boletines oficiales, leídos por el ministro de Comunicación, mezclaban vagos datos clínicos con denuncias de guerras psicológicas y propagandas gubernamentales. Todos, invariablemente, terminaban con el grito «¡Viva Chávez!» que, por momentos, más que una afirmación celebratoria parecía una retórica de ausencia, una forma de preparar la despedida.
En pocas semanas, el país había vivido un proceso vertiginoso y lleno de intrigas y suspensos.
Durante el 2012, Chávez se fue construyendo como personaje religioso. A finales del año, en el mensaje leído a los militares, escribió: «El pueblo de Simón Bolívar es la luz del mundo». Su iglesia comenzó a profesionalizarse en el 2013. Muy pronto comenzaron a hablar de Chávez como el redentor de los pobres, como el mártir de los oprimidos. El discurso político empezó a contaminarse de la retórica ritual que anunciaba la creación definitiva de una nueva congregación. En su nombre, por él y en él, dijo una vez el Vicepresidente, aludiendo por supuesto al Comandante. Las consignas nuevas apuntaban ya hacia el firmamento: «¡Seamos como Bolívar! ¡Seamos como Chávez!». El Presidente mudo, la voz silenciada, empezó a ser sustituido por el mito. En el territorio de los símbolos, el Chávez real estaba muriendo. El enfermo era cada vez menos enfermo y más imagen sin cuerpo: imagen sagrada. El Chávez iracundo y grosero, autoritario y caprichoso, se desvanecía dando paso a un nuevo personaje de ficción, a un fetiche. El cáncer solo podía curarse con un sacramento. La mercadotecnia mística lanzó su nuevo producto religioso: aquí está el Cristo de los pobres.

-¿Votaste por Chávez?
—No.
—¿Y te parece bien que esté enfermo? ¿Quieres que se muera?
—No. Claro que no. Yo no le deseo la muerte a nadie.
—Pero dicen que hay mucha gente que quiere que Chávez se muera.
Andreína hizo un gesto displicente, como si reprobara a las personas a las que se refería…

Esto no es una revolución. Esto solo es un simulacro.

—————–

Abscessed tumor? That exist? Beatriz asked without looking at her husband.
Chávez indicated that the tumor had been completely removed and that he was already in a frank and enthusiastic recovery. Then he began to speak of the country and of himself, of himself and of history, of the revolution and of himself, of himself and of Fidel Castro, until he ended with a new battle cry: «For now and forever! We will live and win! ».

Homeland or Death is not a bad book, but it is very superficial and does not really delve into anything. Ok, Chávez’s illness (and his death) was a mystery, but at least you can resort to fiction to give the event more substance. Most of the book, which hooks you and makes you want to read it, remains flat.
I liked it, yes, that I felt identified in some points. For example:
I felt that Venezuela was shit, a collapse that did not even become a country. He believed that politics had intoxicated them and that they were all, in some way, contaminated, condemned to the intensity of taking sides, of living in the urge to be for or against a government.
In addition, I liked the description of the perennial fear of violence, the insecurity of leaving the house and the fear of being killed by three loaches; You really do breathe fear and I liked how the subject was dealt with. Also, and although it sounds cruel to say it, I liked it (view spoiler) And the subplot of the relationship between Rodrigo and María gives an air that there is still something innocent and tender in this country.
Now, what I did not like: it does not delve into Chávez’s illness or the crisis, only living in fear in that monster that is Caracas. Nor did I like the common places: the typical sifrina from the east, the scrawny old fanatic who believes everything they tell her, the rancid revolutionary Chavista, the grinfa who is fascinated with Chávez, the marginalized who adore Chávez because he made the poor visible before the world, etc. Common place after another. He’s kind of judgmental.
The novel is an interweaving of stories of the defeated: Chávez for cancer, Sanabria for avoiding confrontations with everyone around him -his wife, his brother, his nephew, his granddaughter, his neighbors-, the journalist Lecuna for the vanity of a writer and the implacable Cuban real-politik, her partner for a fourfold loss, that of her values by clinging to an apartment that is not hers, that of the apartment due to an invasion by the desperate owner of the property allied by circumstance with three unusual professional trespassers, your partner’s and your child’s, and so on. The greatest defeated are, however, the two children in the novel who are reduced to fleeing from the world that has collapsed on them, but who paradoxically and sterilely escape to a world that offers, in the novel, nothing more than a grimace of future.
The novel is read on the run, precise and lapidary but occasional sentences go through it. Capture the mood of a confused time, of a world of hollow men.
At times brilliant, at times disappointing, rushed. The author has a lot of work, but that office does not play in favor of history. It seemed to me to notice too many automatisms, too many formulas of a professional writer. It shows the device, the resources, the cables. She was the winner of the XI Tusquets Editores de Novela Prize in 2015.

Sometimes a wedding is an elopement. At least, that’s how it was for some of the Cubans who worked in Venezuela. One of the most practical ways to escape was by marrying a local couple. Faced with that, the Cuban government could do nothing. It put obstacles, yes. He bothered with the bureaucracy, he investigated, he made everything more difficult. But, in the end, love triumphed and the partner could leave the island to meet his wife or husband. It was a frequent procedure. So much so that it was even beginning to become a business. There were already cases of Venezuelan men and women willing and able to marry in exchange for just pay, for a profitable metallic contribution.

Chávez’s absence produced more and more anxiety. Especially since there were no direct signals from the President. All that was known about him was through others, some other officials, such as high government officials; or some other unofficial ones, such as some journalists or simple spontaneous ones who attributed clandestine sources to themselves. Speculation had continued to reign and, as the days passed, he seemed to completely occupy the country. The truth was an increasingly fragile experience. Without any dissimulation, Chávez’s health was not a medical matter but a religious one. The high officials began to speak like priests. The state began to look like a church.
As much as the government insisted on denying it, the whole process was weird. The pretended air of normality contrasted with a bewilderment, staggered in daily tension. The official gazettes, read by the Minister of Communication, mixed vague clinical data with denunciations of psychological wars and government propaganda. All, invariably, ended with the cry «Long live Chávez!» that, at times, more than a celebratory statement seemed a rhetoric of absence, a way of preparing the farewell.
In a few weeks, the country had lived through a dizzying process full of intrigue and suspense.
During 2012, Chávez gradually built himself as a religious figure. At the end of the year, in the message read to the military, he wrote: «The people of Simón Bolívar are the light of the world.» His church began to professionalize in 2013. Very soon they began to speak of Chávez as the redeemer of the poor, as the martyr of the oppressed. The political discourse began to be contaminated with the ritual rhetoric that announced the definitive creation of a new congregation. In his name, by him and in him, the Vice President once said, alluding of course to the Commander. The new slogans were already pointing towards the sky: «Let’s be like Bolívar! Let’s be like Chávez! ». The mute President, the silenced voice, began to be replaced by the myth. In the territory of symbols, the real Chávez was dying. The sick person was less and less sick and more and more disembodied image: sacred image. The angry and rude Chávez, authoritarian and capricious, vanished giving way to a new fictional character, a fetish. Cancer could only be cured with a sacrament. Mystical Marketing launched its new religious product: Here is the Christ of the Poor.

-Did you vote for Chávez?
-Not.
«And is it okay with you that he’s sick?» Do you want him to die?
-Not. Of course not. I do not wish death on anyone.
—But they say that there are many people who want Chávez to die.
Andreina made a dismissive gesture, as if she reproached the people she was referring to …

This is not a revolution. This is just a simulacrum.

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