Todos Los Perros De Mi vida. Memorias — Elizabeth Von Arnim / All the Dogs of My Life by Elizabeth von Arnim

Para empezar, les diré que aun apreciando mucho a mis padres, mis maridos, mis hijos, mis amantes y mis amigos, ninguno de ellos es capaz de ofrecer el amor con que te obsequia un perro. Como yo también he sido madre, hija, esposa, amante y amiga, sé muy bien cuán tornadizos son los amores humanos. Los perros, en cambio, están libres de esos vaivenes del sentimiento. Cuando un perro te ama, eso es para siempre, hasta su último ladrido.
Así es como me gusta ser amada, y por eso hablaré de perros.
Hasta la fecha he tenido catorce, aunque no estuvieron repartidos de manera regular a lo largo de mi vida, y hubo un período de bastantes años en que no tuve ninguno. Esto, cuando comencé a reflexionar sobre mis perros, me resultó sorprendente; es decir, que durante años y años no tuviera ninguno.

Este libro no es estrictamente una autobiografía, ya que se apega bastante a los relatos de los perros que habían compartido su vida, pero hay suficientes datos sobre ella como para hacerte desear un libro más completo sobre el resto de su vida. Si bien parecía amar a sus perros, me molestó la actitud insensible hacia algunos de ellos, sobre todo el perro que fue castrado, engordó y pareció perder su encanto por ella. Te pregunto: ¿qué le pasa a un perro gordo y cariñoso? Me sentí consternado cuando ella lo hizo sacrificar a los tres años. Eso no la convierte en una gran amante de los perros en mi libro. Tuve que recordarme a mí mismo que ella vivió en un período de tiempo diferente cuando supongo que la gente era más pragmática con sus mascotas. Gran parte del libro relata el tiempo que vivió en un chalet suizo con los invitados que iban y venían. Da la impresión de que la autora realmente prefería una soledad que en su mayoría la eludía. Las muchas fotos antiguas en blanco y negro de ella con sus perros realmente contribuyeron a que disfrutara el libro. Si está realmente interesado en el autor, puede disfrutar de este libro, pero si solo quiere un libro sobre un amante de los perros, este no es el libro.
Ésta es una autobiografía extraña. Es más una forma de hablar sobre su vida sin lidiar directamente con su angustia. Hay grandes lagunas, especialmente en lo que respecta a su segundo marido, y von Arnim no está realmente tan involucrado con los perros. Proporcionan compañía cuando ella está desocupada anidando. Sorprendentemente, no le gusta castrar a sus perros ni es muy buena entrenándolos. La información autobiográfica posterior revela que los dejó cuando dejó Suiza. En realidad, por mucho que los ama, teniendo en cuenta que tuvo que dejarlos en manos de sirvientes durante largos períodos de tiempo, podría haber estado mejor con los gatos.
Esta obra es un intento de sondear, a través de los perros que han estado al lado de la autora, su vida, fijando, gracias a ellos, algunos momentos de la misma que más la han tocado, que más le han quedado grabados.
Lo cierto es que, si bien no se trata en rigor de una (auto) biografía -y esto el autor quiere reiterar en varias ocasiones-, este texto es sin duda un breve y ameno, a la par que loable, testimonio de la vida de un hombre. protagonista esencial de la primera mitad del siglo XX, en la que incluso algunos usos y costumbres, en particular de Pomerania (una región de la actual Polonia, antaño alemana), que tanto influyeron en ella, encuentran cabida.
Como todas las historias de vida, tendrás que esperar que momentos alegres, irónicos y divertidos se alternen con momentos velados por la tristeza, la melancolía, el desaliento y todo causado, por así decirlo, en su mayor parte, por sus perros.
La impresión que tuve al leer «Los perros de mi vida» fue la de imaginar las escenas de esta historia, que poco a poco se desplegaban frente a mí, adquiriendo los tonos peculiares del «efecto sepia» de la fotografía – en esta las muchas las fotografías en blanco y negro ciertamente han dado su propio aporte sustantivo: las de un amarillento atenuado, polvoriento, que parece referirse con nostalgia a tiempos mejores, aunque remotos; en resumen, los que asocio (libremente) con el recuerdo.
Y el estilo con el que se hace todo esto es absolutamente fascinante. El estilo expresivo de Elizabeth von Arnim es directo, nostálgico (a veces), pero apasionado, siempre, si es necesario, irónico, sincero, sagaz; En definitiva, revela una característica esencial de esta mujer y escritora, que todos reconocieron: la independencia. Y no se puede esperar nada más que von Arnim; una escritora que se acerca personalmente a Jane Austen por el estilo y los temas que ha tratado en su vasta producción, ya quien H. G. Wells definió como «la mujer más inteligente de su tiempo».
Finalmente, ¿no se dejen engañar por la ligereza del tema, que puede ser una biografía semi-corta-no-definida-tal (auto) por medio de perros? – los que puedan pensar, después de estas palabras mías, que este es un libro «exclusivamente» ligero, si se me permite decirlo, porque se equivocarían, en gran parte; reflexiones no tan superficiales y consideraciones que en mi opinión son muy preciosas también encuentran su lugar y emergen.

Bijou fue el primero: una presencia vaga y menuda, perdida ya en la noche de los tiempos. Entre él y el segundo perro hubo un abismo de nueve años durante el cual tuve que subsistir a base de gatos. Mi padre, por fortuna, era un amante de los gatos, de modo que en casa siempre hubo algún ser vivo al que no solo no le importaba que lo acariciaran y le hicieran suaves cosquillas, sino que disfrutaba con ello. Yo era la menor de mis hermanos y cuando me quedé sola en casa fui confiada a una mademoiselle cuya labor consistía en educarme y asegurarse de que me lavaba las orejas. No se le pueden hacer cosquillas a una mademoiselle. No se puede esperar que se tumbe de espaldas y se deje acariciar la panza.
El segundo, se llamaba Bildad. No tengo ninguna fotografía de él, pues nadie lo consideró lo suficientemente importante para ser digno de ella. Era un pomerania pequeño de color beige, un poco más alto que un zapato. Un pomerania muy profético, ahora me doy cuenta, ya que el destino habría de llevarme a Pomerania donde viví durante años. Fui yo quien lo bauticé con el nombre de Bildad, pues en aquellos tiempos era una estudiante aplicada de la Biblia.
Así las cosas, se llevaron a Bildad —igual que a Bijou—, a un buen hogar, según me aseguró mi madre, mientras me secaba las lágrimas con sus besos. Sin embargo, nunca acabé de creérmelo, pues de haber sido así, de haberlo sacado sus dueños a pasear como correspondía, ¿no me lo habría encontrado, tarde o temprano, cuando mi mademoiselle me sacaba a mí a pasear?
Y eso jamás sucedió.
Sin embargo, no le guardé rencor a mi padre. El rencor hacia un padre era algo que en aquella época cabía en la cabeza de muy pocos. Los niños los respetaban en todo, incluso en su modo de pensar. Los padres ordenaban y los niños obedecían.

El tercer perro que tuve fue Cornelia, una teckel de lomo negro y cuerpo marrón que solo entendía alemán. Ella me enseñó las primeras palabras en alemán: couche —que pese a no sonar muy alemán, lo es—, schönmachen y pfui. La última de estas tres palabras me fue, a la larga, de gran utilidad.
Como los perros son excelentes lingüistas, pronto aprendió inglés, mucho antes de que yo aprendiera alemán, así que nos entendíamos de maravilla, y couche, schönmachen y pfui siguieron siendo durante mucho tiempo las únicas palabras de mi vocabulario.
Por fortuna nos gustaban las mismas actividades. Ella solo quería estar fuera, al sol, igual que yo. Las expediciones a los bosques cercanos pronto se convirtieron en parte de nuestra rutina diaria.

Sería razonable asentar la premisa indiscutible de que si alguien no está dispuesto no solo a cuidar de un perro, sino también a quererlo, no debería tener ninguno. Y no puedes ocuparte de un perro ni quererlo como se merece si estás cuidando y queriendo a un montón de pequeñuelos. Sencillamente, no tienes tiempo.
El siguiente perro que tuve era inglés. Y era inglés porque, a los tres años de la llegada de Ingo e Ivo, las circunstancias hicieron que yo dejara de ser pomerana. Todos dejamos de serlo y, al haber dejado de serlo, los niños y yo nos marchamos a Inglaterra.
Coco. Aquel perro era el fabricante de bostezos más extraordinario que haya conocido jamás. Era imposible no contagiarse, de manera que mi invitada y yo también comenzamos a bostezar. Al principio eran bostezos de señorita, contenidos, muy distintos a las muestras de abandono desvergonzado de Coco; ella solía llevarse la mano a la boca en cada ocasión y cuando terminaba decía, a modo de disculpa: «En serio, no sé qué me ocurre esta mañana». Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que comenzara a bostezar de verdad. Al fin, ambas lo hacíamos abiertamente, sin disimulo.
Ese era otro de los efectos curiosos de vivir allí arriba: la pérdida del pudor. Es evidente que no me refiero al pudor más estricto, que solo la muerte podría arrebatarnos, sino a sus manifestaciones menores, que nos abandonaron por completo.
Fue un suceso extraño, la muerte de Coco. No el hecho de que muriera, pues debido al inesperado arrebato de insensatez del concierge era inevitable que sucediera, sino el modo en que lo hizo. Pese al largo tiempo que ha transcurrido, el recuerdo todavía me tortura.
¿Y qué vieron mis ojos, nada más llegar al porche? ¿Qué era aquella mancha oscura tendida ante la puerta, bloqueándola, que no me dejaría entrar a menos que la saltara, allí colocada para que, sucediera lo que sucediese, no me pasara inadvertida?
Coco. De algún modo había logrado salir de su caseta y llegar hasta la entrada. Sabía que regresaba a casa, sabía que irían a buscarme a la estación y las fuerzas que le quedaban las invirtió en estar conmigo de nuevo, durante un instante, durante el último de los instantes.
«¿Coco?», susurré, inmóvil frente a él, incapaz de dar crédito a mis ojos. «¡Oh, Coco…!».
«Es increíble —comenzó a decir una voz muy lejana a mis espaldas— que haya logrado llegar hasta ahí. Lleva tres días sin moverse de la caseta».

Chunkie era, y sigue siendo, un seductor de primera fila. Tenía el rabo, símbolo orgulloso de un espíritu indómito, erguido como si tal cosa, y erguido ha continuado desde entonces. En los cinco años que llevo con él no he visto que lo bajara en una sola ocasión, ni siquiera cuando, enojada por su comportamiento, a menudo reprensible —es un amante extraordinario, siempre dispuesto a recorrer kilómetros y desaparecer durante horas, a riesgo de que se lo lleven, lo atropellen o le disparen, si intuye la posibilidad de aparearse—, cuando, enojada, decía, por tal comportamiento, le levanto la mano con actitud amenazante, entonces, su rabo, en lugar de mustiarse, se agita, y sus ojos, clavados en los míos, son los de aquel que sabe que ha hecho mal, pero aun así considera que el intento ha merecido la pena. A un tiempo petulante, obsequioso y rebelde, se me queda mirando con descaro y no puedo evitar bajar la mano de inmediato.

He llegado ya al final de mi decimocuarto perro, y con él termina este recuento. Al principio he dicho que he tenido, en total, catorce perros, y tras haber recorrido su breve vida, desde el día que nació en el sofá de mi habitación hasta el día que murió sobre mi regazo, nada más queda por decir.

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To begin with, I will tell you that even though I am very appreciative of my parents, my husbands, my children, my lovers and my friends, none of them is capable of offering the love that a dog gives you. Since I have also been a mother, daughter, wife, lover and friend, I know very well how changeable human loves are. Dogs, on the other hand, are free from these fluctuations of feeling. When a dog loves you, that’s forever, until the last bark of him.
This is how I like to be loved, and that is why I will talk about dogs.
I have had fourteen to date, although they were not distributed regularly throughout my life, and there was a period of quite a few years when I had none. This, when I began to reflect on my dogs, was surprising to me; that is to say, that for years and years it had none.

This book isn’t strictly an autobiography, since she sticks pretty closely to accounts of the dogs who had shared her life, still there are enough tidbits about her to make you wish for a more thorough book about the rest of her life. While she did seem to love her dogs, I was bothered by the callous attitude toward a few of them, most notably the dog who was neutered, grew fat, and seemed to lose his charm for her. I ask you: what is wrong with a fat, loving dog? I was dismayed when she had him put down at three years old. That doesn’t make her much of a dog lover in my book. I had to remind myself that she lived in a different time period when I suppose people were more pragmatic about their pets. Much of the book recounts the time she lived in a Swiss chalet with the guests who came and went. You get the impression the author really preferred a solitude that mostly eluded her. The many old, black and white photos of herself with her dogs really added to my enjoyment of the book. If you are really, really interested in the author, you may enjoy this book, but if you just want a book about a dog lover, this is not the book.
This is a strange autobiography. It is more a way of talking about her life without directly dealing with her heartbreak. There are major gaps, especially concerning her second husband, and von Arnim is not really that involved with dogs. They provide companionship when she is empty nesting. Shockingly, she doesn’t like neutering her dogs nor is she very good at training them. Later autobiographical information reveals she put them down when she left Switzerland. Actually, much as she loves them, considering that she had to leave them in the hands of servants for long periods of time, she might have been better off with cats.
This work is an attempt to probe, through the dogs that have been by the author’s side, her life, fixing, thanks to them, some moments of it that have touched her the most, that have remained most engraved on her.
The truth is that, although it is not strictly a (self) biography – and this the author wants to reiterate on several occasions – this text is undoubtedly a brief and entertaining, at the same time laudable, testimony of life of a man. essential protagonist of the first half of the 20th century, in which even some customs and customs, particularly in Pomerania (a region of present-day Poland, formerly German), which influenced it so much, find a place.
Like all life stories, you will have to wait for happy, ironic and funny moments to alternate with moments veiled by sadness, melancholy, discouragement and everything caused, so to speak, for the most part, by his dogs.
The impression I had when reading «The dogs of my life» was to imagine the scenes of this story, which gradually unfolded in front of me, acquiring the peculiar tones of the «sepia effect» of the photograph – in this one the many the black and white photographs have certainly made their own substantive contribution: those of an attenuated, dusty yellowish color that seems to refer nostalgically to better, albeit remote, times; in short, those that I associate (freely) with memory.
And the style in which all of this is done is absolutely fascinating. Elizabeth von Arnim’s expressive style is direct, nostalgic (sometimes), but passionate, always, if necessary, ironic, sincere, shrewd; In short, it reveals an essential characteristic of this woman and writer, which everyone recognized: independence. And nothing more can be expected than von Arnim; a writer who is personally close to Jane Austen because of the style and themes she has dealt with in her vast production, and whom H. G. Wells defined as «the most intelligent woman of her time.»
Finally, don’t be fooled by the lightness of the subject, which can be a semi-short-undefined-such (self) biography by means of dogs? – those who might think, after these words of mine, that this is an «exclusively» light book, if I may say so, because they would be largely wrong; not so superficial reflections and considerations that in my opinion are very precious also find their place and emerge.

Bijou was the first: a vague and tiny presence, already lost in the mists of time. Between him and the second dog there was a gap of nine years during which I had to subsist on cats. Fortunately, my father was a cat lover, so there was always some living being at home who not only did not mind being stroked and gently tickled, but enjoyed it. I was the youngest of my siblings and when I was left alone at home I was entrusted to a mademoiselle whose job it was to educate me and make sure that she washed my ears. You cannot tickle a mademoiselle. You can’t expect her to lie on her back and let her belly be caressed.
The second was called Bildad. I have no photograph of him, as no one considered him important enough to be worthy of it. It was a small beige Pomeranian, a little taller than a shoe. A very prophetic Pomeranian, I now realize, as fate was to take me to Pomerania where I lived for years. It was I who baptized him with the name of Bildad, for in those days she was a diligent student of the Bible.
Thus, they took Bildad – just like Bijou – to a good home, as my mother assured me, while she wiped my tears with her kisses. However, I never quite believed it, because if it had been so, if its owners had taken it for a walk as it should have been, wouldn’t I have found it, sooner or later, when my mademoiselle took me out for a walk?
And that never happened.
However, I did not hold a grudge against my father. The resentment towards a father was something that at that time fit in the head of very few. The children respected them in everything, even in their way of thinking. Parents ordered and children obeyed.

The third dog I had was Cornelia, a brown-bodied, black-backed dachshund who only understood German. She taught me the first words in German: couche —which, despite not sounding very German, is—, schönmachen and pfui. The last of these three words was of great use to me in the long run.
Because dogs are excellent linguists, she soon learned English, long before I learned German, so we understood each other wonderfully, and couche, schönmachen, and pfui remained the only words in my vocabulary for a long time.
Fortunately we liked the same activities. She just wanted to be outside in the sun, just like me. Expeditions to the nearby forests soon became part of our daily routine.

It would be reasonable to establish the indisputable premise that if someone is not willing not only to take care of a dog, but also to love it, they should not have one. And you cannot take care of a dog or love it as it deserves if you are caring for and loving a lot of little ones. You just don’t have time.
The next dog I had was English. And he was English because, three years after Ingo and Ivo arrived, circumstances made me stop being a Pomeranian. We all ceased to be, and having ceased to be, the children and I went to England.
Coconut. That dog was the most extraordinary yawn maker I ever knew. It was impossible not to catch it, so my guest and I started yawning too. At first they were young lady’s yawns, restrained, very different from Coco’s displays of shameless abandon; she used to put her hand to her mouth every time and when she finished she would say apologetically, «Seriously, I don’t know what’s wrong with me this morning.» However, it wasn’t long before she started yawning for real. In the end, we both did it openly, without dissimulation.
That was another of the curious effects of living up there: the loss of modesty. It is evident that I am not referring to the strictest modesty, which only death could take from us, but to its minor manifestations, which completely abandoned us.
It was a strange event, the death of Coco. Not the fact that he died, because due to the unexpected outburst of foolishness from the concierge it was inevitable that it would happen, but the way he did. Despite the long time that has passed, the memory still tortures me.
And what did my eyes see, as soon as I got to the porch? What was that dark stain lying in front of the door, blocking it, that would not let me in unless I jumped over it, placed there so that, whatever happened, it would not go unnoticed?
Coconut. Somehow he had managed to get out of his booth and reach the entrance. He knew that he was coming home, he knew that they would come to pick me up at the station and he invested his remaining strength in being with me again, for an instant, during the last of the moments.
Coco? I whispered, motionless in front of him, unable to believe my eyes. «Oh, Coco …!»
«It’s incredible,» began a distant voice behind me, «that I have managed to get there. He has not moved from the booth for three days.

Chunkie was, and still is, a top-notch seducer. He had his tail, a proud symbol of an untamed spirit, erect as if nothing had happened, and erect has continued ever since. In the five years that I have been with him, I have not seen him put it down on a single occasion, not even when, angry at his often reprehensible behavior – he is an extraordinary lover, always ready to travel miles and disappear for hours, at the risk of let him be taken away, run over or shot, if he senses the possibility of mating—, when, angry, she said, for such behavior, I raise my hand with a threatening attitude, then, his tail, instead of withered, flutters, and his eyes, fixed on mine, are those of one who knows he has done wrong, but still considers that the attempt has been worth it. At once smug, obsequious and rebellious, he stares cheekily at me and I can’t help but put my hand down immediately.

I have now reached the end of my fourteenth dog, and with him this count ends. At the beginning I said that I have had a total of fourteen dogs, and after having covered their short life, from the day he was born on the sofa in my room to the day he died on my lap, nothing more remains to be said.

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