Trilogía De Copenhague — Tove Ditlevsen / The Copenhagen Trilogy: Childhood; Youth; Dependency (Barndom, Ungdom, Gift) by Tove Ditlevsen

Esta es una memoria ficticia, tres de ellas, recopiladas en este libro, de la famosa poetisa danesa Tove Ditlevsen. Y me enamoré de esta Tove ficticia.
Parte 1 – Infancia
Es una niña frustrada que crece en la pobreza y con padres tristes y apáticos. Su padre es un socialista deprimido y su madre es una mujer distante e insatisfecha.
Parte 2 – Juventud
Me encantaba su torpeza al tratar de descifrar su papel de joven. Mientras sus amigas tienen novios, ella lucha con cómo ser una mujer deseable. Y tiene grandes amistades. Intenta conformarse y encontrar un marido para escapar de su infelicidad en casa. Pero solo conoce una salida: casarse con alguien, con cualquiera. No es un gran plan.
Parte 3 – Dependencia (de demerol y metadona): mi parte favorita
Su primer matrimonio es con un hombre mucho mayor. Está frustrada con la frialdad de Viggo F. y se siente indeseable, pero lo respeta.
El segundo es por amor. Y esta parte tiene una descripción muy compleja y madura de buscar un aborto sin melodrama.
Está frustrada por lo difícil e ilegal que es, considerando que todas las mujeres que conoce en secreto tenían al menos una.
Tutti se levanta de la cama y se acerca a mí y me grita al oído: Solo quieren ver sangre. Así que te daré mis toallas sanitarias usadas y se las mostrarás mañana por la mañana. Entonces te sacarán. Habla más alto, digo, y finalmente puedo entender lo que dijo. Durante la noche, ella se acerca y coloca sus toallas usadas en mi balde. […] Cuando me despierto, estoy acostado en la cama con una camisa blanca limpia. Tutti me sonríe. Bueno, ella dice, ¿estás feliz ahora? Sí, lo digo. No se que hubiera hecho sin ti
El tercer matrimonio es por amor al demerol.
Ebbe, dije, tocando suavemente sus párpados, nos visitaremos y tal vez conozcas a Carl. Quizás todos podamos ser amigos. No, dijo con repentina vehemencia, no quiero ver nunca a ese hombre. Solo quiero verte a ti ya Helle. Me apoyé en mi codo y observé su hermoso rostro con su expresión suave y débil. ¿Y si le dijera la verdad? ¿Y si le dijera que estoy enamorado de un líquido transparente en una jeringa y no del hombre que tenía la jeringa? Pero no le dije; Nunca le dije eso a nadie. Era como cuando era un niño pequeño y se arruinaba un secreto si se lo contabas a un adulto. Me di la vuelta de lado y me fui a dormir. Al día siguiente, Helle y yo nos mudamos a una pensión que Carl nos había encontrado.
Ahí es donde se vuelve adicta. Y su médico-esposo pierde lentamente sus poderíos mientras simultáneamente le da drogas cuando ella quiere dejarlo, incluso para una reunión con amigos y familiares. Y, por supuesto, se queda para drogarse. Incluso engaña a su esposo y a otro médico para que le operen innecesariamente el oído que la deja sorda, para que pueda tomar más medicamentos.
Ditlevsen hace un trabajo increíble en particular al transmitir su mundo interior, el velo que la separa de la realidad, por ejemplo, pero aunque me encontré reconociendo muchos de mis propios pensamientos en los suyos, no pude evitar sentirme un poco privado de ellos. Quizás no tanto con su vida como escritora, pero ciertamente las personas más cercanas a ella podrían haberlo hecho con un poco más de concentración. Entiendo que Ditlevsen puede haber optado por un enfoque más naturalista aquí (es decir, las personas se separan naturalmente, alguien importante al comienzo de su vida no necesariamente siempre estará allí, incluso si eso tuviera más sentido narrativo) pero puedo No puedo dejar de pensar que debe haber tenido algunos pensamientos o resentimientos persistentes (o incluso perdón) por su madre en su vida adulta y hubiera sido agradable (¡e interesante!) tener una idea de su relación cuando ella era una niña. adulto. Además, quería más sobre su escritura, más que solo que las palabras fluyeran o no, y qué momentos de su vida pueden haber provocado ciertas ideas de libros.
Estas memorias definitivamente cubren mucho terreno en un espacio relativamente corto, y eso es genial. Pero creo que definitivamente se sacrificaron algunos detalles y un contexto más profundo para que las cosas siguieran avanzando, y desearía que no hubiera sido así. Esta es definitivamente una lectura que vale la pena, y definitivamente la recomendaría.

Una vez que la esperanza estaba rota, mi madre se vestía con movimientos bruscos y exasperados, como si cada prenda fuese una ofensa en su contra. Yo también tenía que vestirme y el mundo se volvía un lugar frío, lóbrego y amenazante, pues la cólera sombría de mi madre siempre acababa conmigo abofeteada o estrellada contra la estufa. Para mí era un enigma, una desconocida, y me decía a mí misma que me habían cambiado al nacer y que ella no era mi madre. Ya vestida, se miraba en el espejo de la alcoba y escupía en un trocito de papel de seda rosa que se pasaba con fuerza por las mejillas.
En lo más hondo de mi infancia está mi padre, riendo. Es negro y viejo como la estufa, pero en él nada me asusta. Todo lo que sé de él tengo permiso para saberlo, y si quiero saber más, basta con que le pregunte. Nunca se dirige a mí por iniciativa propia porque no sabe qué decirles a las niñas pequeñas. De vez en cuando me da unas palmaditas en la cabeza y se ríe: je, je. Entonces, mi madre tuerce el gesto y él se apresura a apartar la mano. Mi padre goza de ciertas prerrogativas porque es hombre y mantiene a toda la familia, así que ella tiene que tragárselo, no le queda otro remedio, pero no se resigna a hacerlo sin protestar. Ya podías sentarte como todo el mundo, le reprocha cuando lo ve tumbado en el sofá.

Al entrar en el edificio, que parece desierto, un olor acre me llena la nariz. Cuando lo reconozco se me encoge el corazón, porque es el olor del miedo, que tan familiar me resulta. Mi madre también lo nota, porque me suelta la mano al subir las escaleras. En el despacho de dirección nos recibe una señora que más parece una bruja. Lleva el pelo verdoso recogido como un nido en lo alto de la cabeza. Solo tiene gafas delante de un ojo, a lo mejor se le ha roto el otro cristal. Aprieta tanto los labios que da la sensación de no tener boca, y por encima de ellos sale disparada una nariz enorme y porosa con la punta de un rojo incandescente. Bueno, dice sin más preámbulos, ¿así que te llamas Tove? Sí, contesta mi madre —en quien no se digna a malgastar ni siquiera una mirada y mucho menos una silla—, y sabe leer y escribir sin faltas de ortografía. La señora me mira como si yo fuese algo que acaba de aparecer debajo de una piedra. Lástima, dice con frialdad, aquí tenemos nuestro propio método para enseñar a los niños.
La infancia es larga y estrecha como un ataúd, y no se puede escapar de ella sin ayuda. Está ahí todo el rato y todo el mundo la ve con la misma claridad que el labio leporino de Ludvig el Guapo. Ocurre con él lo mismo que con Lili la Guapa, que es tan fea que cuesta imaginar que tuvo madre algún día. De todo lo que es feo o desafortunado se dice que es bonito, y nadie sabe por qué. Nadie escapa de la infancia, que se te adhiere como un olor. La notas en otros niños y cada una tiene su propio aroma. El tuyo no lo conoces y a veces temes que sea peor que el de los demás.
Oscura es la infancia, siempre gañendo como un animalillo encerrado en un sótano y olvidado. Te sale de la garganta en forma de vaho, unas veces muy pequeña, otras muy grande. Nunca del tamaño exacto. Solo cuando se desprende como una piel desechada puedes observarla con calma y hablar de ella como de una enfermedad superada. Casi todos los adultos dicen haber tenido una infancia feliz y puede que hasta lo crean, quien no lo cree soy yo.

Hitler ha subido al poder en Alemania. Mi padre dice que es el triunfo de los reaccionarios y que los alemanes tienen lo que se merecen, porque ellos mismos le han votado. El señor Krogh asegura que es una catástrofe mundial y está sombrío y cabizbajo, como si le afectara un drama personal. Las señoras de la pensión están como locas de contento y repiten que si Stauning fuese como Hitler, no tendríamos desempleo, pero que él es un débil, un corrupto y un borracho, y todo lo que hace en el Gobierno está mal.
Para el mundo no soy más que un cero a la izquierda, y cada vez que consigo aferrarlo de un extremo, se me escapa entre los dedos. La gente muere y las casas se derrumban sobre ellos. El mundo cambia sin cesar, el único que perdura es el mundo de mi infancia.
Lo nuestro es desmelenarnos en las muchas emociones que ofrece la gran ciudad y buscarnos unos chicos de los que enamorarnos. Unos chicos guapos y con dinerito fresco. Ahora que ya no tenemos que dedicar las noches a los estúpidos ensayos de La tía Agnes, hay tiempo más que de sobra. La única pega es que tenemos que estar en casa a las diez, pero en eso, por ahora, no se puede hacer gran cosa.
Las editoriales no ganan casi nada con la poesía, por eso se resisten a publicarla. Sin embargo, Vild Hvede dispone de un capital de quinientas coronas para casos como el mío. Va a dárselo a una editorial para que publique mis poemas. Hablará del asunto con su amigo Rasmus Naven.
Tal vez mi libro llegue a las bibliotecas. Tal vez una niña que ame en secreto la poesía lo encuentre en una algún día, lea los poemas y al hacerlo sienta algo, algo que quienes la rodean no entenderán. Y esa niña especial no me conoce de nada. No se le ocurrirá que yo soy una chica que trabaja, come y duerme igual que todo el mundo. A mí tampoco se me ocurría cuando de niña leía libros; rara vez recordaba el nombre de quien los había escrito. Mi libro llegará a las bibliotecas y puede que también a los escaparates de las librerías. Han impreso quinientos ejemplares y a mí me han entregado diez. Cuatrocientas noventa personas lo comprarán y lo leerán. Puede que también lo lea su familia y puede que lo presten, igual que el señor Krogh prestaba los suyos.

El Club de Jóvenes Artistas ya es una realidad y la vida ha recobrado el color y la sustancia. Somos entre diez y doce, y nos reunimos los jueves por la tarde en un local del Kvindernes Bygning1del que podemos disponer siempre y cuando consumamos un café por persona.
En otoño se publica mi nuevo libro y tiene muy buenas críticas en todas partes menos en el Social-Demokraten…
Le hablo de lo mucho que siempre he odiado los cambios. Le hablo de mi tristeza cuando nos fuimos de Hedebygade y nos mudamos a Westend, donde nunca llegué a sentirme en casa. Le hablo de cuánto me parezco a mi padre. Cada vez que mi madre y Edvin redistribuían los muebles, mi padre y yo volvíamos a colocarlos en el mismo sitio. Ebbe se ríe y me acaricia el pelo. Eres una jodida reaccionaria, dice, y en el fondo yo también, por muy radical que sea. Después su voz tierna y grave me hila frases al oído como un carrete sin fin, llena de sosiego, llena de constancia. Desarrolla sus teorías sobre por qué los negros son negros y por qué los judíos tienen nariz aguileña, o sobre cuántas estrellas hay en realidad en el cielo, asuntos infinitos que me arrullan como a un niño la monotonía de una canción de cuna. Más allá de las paredes hay un mundo pérfido y complejo superior a nosotros que preferimos eludir. Los alemanes han asumido el control de la policía y Ebbe ahora es de CB. Va a ser una especie de sustituto de la policía. Lleva un uniforme azul…

Estoy locamente enamorada de ti, dije pletórica cuando volvimos a acostarnos en mi cama. ¿Te vas a quedar a pasar la noche? Sí, la vida entera, sonrió él con sus dientes cegadores. ¿Y tu mujer?, pregunté. Tenemos de nuestro lado el derecho que nos concede el amor, respondió. Ese derecho es siempre el derecho a herir a los demás, objeté entre besos. Hicimos el amor y pasamos hablando casi toda la noche. Me habló de su infancia, que se parecía mucho a la infancia de Ebbe y que, aun así, me sonó como si la oyese por primera vez. Yo le hablé de los cinco años de locura junto a Carl y de mi estancia en Oringe. No sabía que las drogas podían enfermarlo a uno hasta ese punto, se sorprendió. Creía que era parecido a cuando el resto del mundo bebe cerveza. A algo hay que aferrarse para aguantar esta vida. Al fin lo venció el sueño y yo me quedé contemplando su rostro, las elegantes aletas de su nariz y su boca perfecta. Me acordé del día que le dije a Jabbe: Quién pudiera sentir algo por alguien. Ahora, por primera vez desde Ebbe, yo podía. Ya no estaba sola, y sentía que su promesa de quedarse junto a mí toda la vida no eran meros disparates de borracho. Me tomé el cloral y me arrimé bien a él. Sus cabellos claros olían como el pelo de los niños cuando regresan a casa después de jugar al sol en la hierba.
…El doctor Borberg le dijo a Victor que, de continuar así, habría que volver a ingresarme, pero le supliqué que me permitiera quedarme en casa. Le prometí que me enmendaría y volví a romper mis promesas una y otra vez. Al final, Borberg le dijo a Victor que la única solución viable era que nos marchásemos de Copenhague. Por aquel entonces no andábamos bien de dinero, pero obtuvimos un préstamo de la editorial Hasselbach y así compramos una casita en Birkerød. Había cinco médicos en el pueblo y Victor se encargó de visitarlos a todos para prohibirles cualquier contacto conmigo. De ese modo por fin me fue imposible hacerme con drogas y poco a poco aprendí a resignarme a la existencia tal como era. Nos queríamos, y tenernos el uno al otro y a los niños nos bastaba. Empecé a escribir de nuevo, y cuando la realidad se volvía como una piedra en el zapato, compraba una botella de vino y la compartía con Victor. Había logrado salvarme de mis años de adicción, pero aún hoy despierta débil en mí el ansia de antaño con solo hacerme un análisis o pasar por delante del escaparate de una farmacia. Nunca morirá del todo mientras yo viva.

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This is a fictionalised memoir, three of them, collected in this one book, of the famous Danish poet Tove Ditlevsen. And I fell in love with this fictional Tove.
Part 1 – Childhood
She is a frustrated young child, growing up in poverty and with sad apathetic parents. Her father is a depressed socialist and mother is a distant and unsatisfied woman.
Part 2 – Youth
I loved her clumsiness trying to figure out her role as a young woman. While her friends have boyfriends she struggles with how to be a desirable woman. And she has great friendships. She tries to conform and find a husband to escape her unhappiness at home. But she knows only one way out – to marry somebody, anybody. Not a great plan.
Part 3 – Dependency (on demerol and methadone) – my favourite part
Her first marriage is to much older man. She is frustrated with Viggo F. coldness and feels undesirable, but she respects him.
Second one is for love. And this part has a very complex and mature description of seeking abortion without melodrama.
She is frustrated with how hard and illegal it is, considering that every woman she knows secretly had at least one.
Tutti gets out of bed and walks over to me and shouts in my ear, They just want to see blood. So I’ll give you my used pads, and you just show it to them tomorrow morning. Then they’ll scrape you out. Talk louder, I say, and finally I’m able to understand what she said. During the night she walks over and places her used pads in my pail. […] When I wake up, I’m lying in bed with a clean, white shirt on. Tutti smiles over at me. Well, she says, are you happy now? Yes, I say. I don’t know what I would have done without you
Third marriage is for the love of demerol.
Ebbe, I said, gently touching his eyelids, we’ll visit each other, and maybe you’ll get to know Carl. Maybe we can all be friends. No, he said with a sudden vehemence, I never want to lay eyes on that man. I only want to see you and Helle. I propped myself up on my elbow and observed his handsome face with its soft, weak expression. What if I told him the truth? What if I told him I was in love with a clear liquid in a syringe and not with the man who had the syringe? But I didn’t tell him; I never told that to anyone. It was like when I was a small child and a secret was ruined if you told a grownup. I rolled over on my side and went to sleep. The next day Helle and I moved to a boarding house that Carl had found for us.
That’s where she becomes an addict. And her doctor-husband slowly loses his marbles while simultaneously giving her drugs whenever she wants to leave him even for a meeting with friends and family. And of course she stays to get high. She even tricks her husband and other doctor into unnecessary operation on her ear that leaves her deaf, so she could have more drugs.
Ditlevsen does an incredible job in particular of conveying her inner world – the veil that separates her from reality, for example – but though I found myself recognizing a lot of my own thoughts in hers, I couldn’t help but feel a bit deprived of detail. Maybe not so much with her writing life, but certainly the people she was closest to could have done with a bit more focus. I get that Ditlevsen may have opted for a more naturalistic approach here (i.e., people naturally grow apart, someone important in the beginning of your life isn’t necessarily always going to be there even if that would make more narrative sense) but I can’t help but think that she must have had some thoughts or lingering resentments (or even forgiveness) for her mother in her adult life and it would’ve been nice (and interesting!) to get a sense of their relationship when she was an adult. Also, I did want more about her writing – more than just that the words flowed or didn’t – and what moments in her life may have provoked certain book ideas.
These memoirs definitely cover a lot of ground in a relatively short amount of space, and that’s great. But I think some deeper context and details were definitely sacrificed to keep things moving along, and I wish that hadn’t been so. This is definitely a worthwhile read, and I would definitely recommend it.

Once hope was broken, my mother would dress with jerky and exasperated movements, as if each garment was an offense against her. I also had to get dressed and the world became a cold, gloomy and threatening place, because my mother’s dark anger always ended up slapped or smashed against the stove. To me she was an enigma, a stranger, and she told myself that I had been changed at birth and that she was not my mother. Already dressed, she looked at herself in the bedroom mirror and spat on a piece of pink tissue paper that was forcefully passed over her cheeks.
In the depths of my childhood is my father, laughing. He’s black and old as the stove, but nothing scares me about him. Everything I know about him I have permission to know, and if I want to know more, just ask him. He never addresses me on his own initiative because he doesn’t know what to say to little girls. He from time to time he pats me on the head and laughs: heh heh. Then my mother twists her face and he rushes his hand away from her. My father has certain prerogatives because he is a man and supports the whole family, so she has to swallow him, she has no other choice, but he does not resign himself to doing so without protest. You could already sit like everyone else, she reproaches him when she sees him lying on the sofa.

As I enter the building, which seems deserted, a pungent smell fills my nose. When I recognize it my heart shrinks, because it is the smell of fear, which is so familiar to me. My mother notices it too, because she lets go of my hand going up the stairs. In the management office we are greeted by a lady who looks more like a witch. She wears her greenish hair tucked into a nest on top of her head. She only has glasses in front of one eye, maybe she has broken the other glass. She squeezes her lips so tightly that she feels as if she has no mouth, and a huge, porous nose shoots out above them with an incandescent red tip. Well, she says she without further ado, so your name is Tove? Yes, my mother answers — on whom she does not deign to waste even a glance, much less a chair — and she can read and write without spelling mistakes. The lady looks at me as if I were something that just appeared under a stone. Too bad, she says she coldly, here we have our own method of teaching children.
Childhood is long and narrow like a coffin, and it cannot be escaped without help. It’s there all the time and everyone sees it as clearly as Handsome Ludvig’s cleft lip. It is the same with him as with Lili la Guapa, that she is so ugly that it is hard to imagine that she had a mother one day. Everything that is ugly or unfortunate is said to be beautiful, and no one knows why. No one escapes from childhood, which sticks to you like a smell. You notice it in other children and each one has its own scent. You do not know yours and sometimes you fear that it is worse than others.
Dark is childhood, always wailing like a little animal locked in a cellar and forgotten. It comes out of your throat in the form of mist, sometimes very small, sometimes very large. Never the exact size. Only when it detaches from it like a discarded skin can you calmly observe it and speak of it as a disease that has been overcome. Almost all adults say they have had a happy childhood and they may even believe it, whoever does not believe it is me.

Hitler has risen to power in Germany. My father says that it is the triumph of the reactionaries and that the Germans have what they deserve, because they themselves have voted for him. Mr. Krogh says it is a world catastrophe and he is gloomy and crestfallen, as if affected by a personal drama. The ladies at the pension are madly happy and repeat that if Stauning were like Hitler, we would not have unemployment, but that he is weak, corrupt and drunk, and everything he does in government is wrong.
To the world I am nothing more than a zero to the left, and every time I manage to grasp it by one end, it slips through my fingers. People die and houses collapse on them. The world changes incessantly, the only one that lasts is the world of my childhood.
Our thing is to lose ourselves in the many emotions that the big city offers and look for some guys to fall in love with. Some handsome boys with fresh money. Now that we no longer have to spend the nights doing stupid rehearsals for Aunt Agnes, there is plenty of time to spare. The only downside is that we have to be home by ten o’clock, but there is not much that can be done at that time.
Publishers gain almost nothing from poetry, which is why they are reluctant to publish it. However, Vild Hvede has a capital of five hundred crowns for cases like mine. He is going to give it to a publisher to publish my poems. He will discuss the matter with his friend Rasmus Naven.
Maybe my book will reach the libraries. Perhaps a girl who secretly loves poetry will find it in one one day, she reads the poems and in doing so she feels something, something that those around her will not understand. And that special girl doesn’t know me at all. It will not occur to her that I am a girl who works, eats and sleeps the same as everyone else. It didn’t occur to me either when she read books as a child; she rarely remembered the name of whoever had written them. My book will reach the libraries and maybe also the shop windows. They have printed five hundred copies and they have given me ten. Four hundred and ninety people will buy it and read it. It may be read by your family, too, and may be loaned it, just as Mr. Krogh loaned his.

The Young Artists Club is now a reality and life has recovered its color and substance. We are between ten and twelve, and we meet on Thursday afternoons in a place in the Kvindernes Bygning1 which we can have as long as we consume one coffee per person.
In the autumn my new book is published and has very good reviews everywhere except in the Social-Demokraten …
I tell him how much I have always hated change. I tell him about my sadness when we left Hedebygade and moved to Westend, where I never felt at home. I talk about how much I look like my father. Every time my mother and Edvin rearranged the furniture, my father and I would put it back in the same place. Ebbe laughs and strokes my hair. You’re a fucking reactionary, he says, and deep down so am I, no matter how radical. Then his tender and deep voice spins phrases in my ear like an endless reel, full of calm, full of constancy. He develops his theories about why blacks are black and why Jews have aquiline noses, or about how many stars there are actually in the sky, infinite matters that lull me like a child to the monotony of a lullaby. Beyond the walls there is a perfidious and complex world superior to ourselves that we prefer to avoid. The Germans have taken over the police and Ebbe is now from CB. He’s going to be a kind of stand-in for the police. He wears a blue uniform …

I am madly in love with you, I said pleasantly when we went back to lie down in my bed. Are you staying for the night? Yes, the whole life, he smiled with his blinding teeth. And your wife? I asked. We have on our side the right that love grants us, he replied. That right is always the right to hurt others, I objected between kisses. We made love and talked most of the night. He told me about her childhood, which was very much like Ebbe’s childhood and that, even so, he sounded to me as if he were hearing it for the first time. I told him about the five crazy years with Carl and about my stay in Oringe. He didn’t know that drugs could make you sick to that point, he was shocked. He believed it was similar to when the rest of the world drinks beer. You have to hold onto something to endure this life. At last sleep overcame him and I stared at his face, the elegant nostrils, and his perfect mouth. I remembered the day I said to Jabbe: Who could have feelings for someone. Now, for the first time since Ebbe, I could. I was no longer alone, and I felt that his promise to stay with me for life was not mere drunken nonsense. I took the chloral and got close to it. His light hair smelled like children’s hair when they come home from playing in the sun on the grass.
… Dr. Borberg told Victor that if I continued like this, I would have to go back in, but I begged him to let me stay home. I promised him that I would make amends and broke my promises again and again. In the end, Borberg told Victor that the only viable solution was for us to leave Copenhagen. At that time we were not doing well with money, but we got a loan from the Hasselbach publishing house and so we bought a little house in Birkerød. There were five doctors in town and Victor took it upon himself to visit all of them to forbid any contact with me. In this way, it was finally impossible for me to get hold of drugs and little by little I learned to resign myself to existence as it was. We loved each other, and having each other and the children was enough for us. I started writing again, and when reality turned like a stone in my shoe, I would buy a bottle of wine and share it with Victor. He had managed to save me from my years of addiction, but even today the craving of yesteryear awakens weakly in me just by taking an analysis or walking past a pharmacy window. It will never die completely as long as I live.

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