El Emperador De Todos Los Males. Una Biografía Del Cáncer – Siddhartha Mukherjee / The Emperor of All Maladies: A Biography of Cancer by Siddhartha Mukherjee

El cáncer no es una sola enfermedad, sino muchas. Las llamamos «cáncer» porque comparten una característica fundamental: el crecimiento anormal de las células. Y más allá de ese factor común biológico, hay profundos temas culturales y políticos que recorren las diversas encarnaciones del cáncer y justifican un relato unificador. No es posible considerar las historias de todas sus variantes, pero he procurado destacar los grandes temas que atraviesan esta historia cuatro veces milenaria.

Este es un libro elegante y bien escrito. Partes del libro se leen como una historia de detectives y son muy fascinantes. Sin embargo, realmente estoy en desacuerdo con la poca importancia que el libro da a la investigación sobre la prevención del cáncer. Ahora, el autor admite fácilmente que los grandes avances hacia la conquista del cáncer no se producirán solo con encontrar curas; la prevención es igualmente importante. Pero, aunque el libro tiene varios capítulos sobre la conexión entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón, no se presta atención a la investigación relacionada con otros cambios importantes en el estilo de vida para prevenir el cáncer. Por ejemplo, una gran cantidad de investigaciones, tanto epidemiológicas como experimentales con animales de laboratorio, han encontrado fuertes conexiones entre la nutrición y la prevención del cáncer. Simplemente me sorprende que en un libro enorme y completo como este, no se preste absolutamente ninguna atención a este tema tan importante.
Este libro empieza y acaba muy fuerte, pero adolece de dos fallos:

1. El tercio medio del libro se volvió algo repetitivo. Los científicos intentaban curar una variante del cáncer mediante una combinación de cirugía, radiación y veneno (es difícil llamarlo medicina cuando es posible primero).
2. El libro trata sobre la ciencia médica y su comprensión. No hay nada sobre tratamientos alternativos o intangibles o dieta. Si bien clínicamente estos pueden no ser tratamientos viables, descubrí que ni siquiera se mencionaron. Especialmente los intangibles, ya sea que lo llame fe o terquedad, sobrevivir al cáncer a menudo depende de la persona infectada. ¿Puedo probarlo? No, pero es lógico pensar que los intangibles influyen en la supervivencia.

Dicho esto, el libro fue fascinante por lo que cubría. Comenzando con la leucemia infantil, el autor captura al lector con un viaje que atrae a los niños. El enfoque aleatorio utilizado para probar el cáncer combinado con los primeros golpes de genialidad mantuvo la atención de los lectores.
El final si el libro, en el momento en que se introduce el SIDA, el libro vuelve a ser fascinante. Aquí la ciencia realmente está comenzando a comprender el cáncer y cómo tratarlo / manejarlo.
Hay dos cosas que realmente aprecio de el emperador de todos los males. Primero, disfruté de ver el método científico en acción, especialmente hacia el comienzo del libro, cuando los científicos recién están aprendiendo la composición de las masas de tumores cancerosos y comenzando a desarrollar tratamientos químicos tempranos. Me emocionó el hecho de que la quimioterapia para la leucemia nació al observar la forma en que el gas mostaza armado mata las células de la médula ósea (que en los cánceres de la sangre por supuesto incluiría las células cancerosas). Me gustó leer sobre los primeros ensayos clínicos, donde se aplicaban hipótesis a sujetos de prueba humanos. Incluso disfruté leyendo sobre el descubrimiento de material genético que llevó a los científicos a darse cuenta de que el cáncer endógeno está mapeado en nuestras células.
La segunda cosa que disfruté de este libro es la forma en que me hizo pensar en el cáncer de manera diferente. El Dr. Mukherjee es un biógrafo exhaustivo, y al cubrir a fondo el cáncer desde todos los ángulos: los diversos factores desencadenantes (código genético, virus, carcinógenos) del crecimiento celular anormal, la forma en que el cáncer no es una aflicción homogénea, los muchos ensayos, errores y complicaciones que surgen de tratar de tratar cada tipo de cáncer – ya no pienso en términos de una «cura» para el «cáncer», generalizado.
No tuve ningún problema con el majestuoso lenguaje que Mukherjee usa a veces para describir el cáncer; «El emperador de todos los males» parece apropiado, dada la frecuencia con la que el cáncer afecta nuestras vidas, el amplio alcance de su ataque y el desafío en el hecho de que un cáncer puede no ser tratado como otro. Sin embargo, como un científico que se describe a sí mismo como una «rata de laboratorio» entusiasta, parecía que era difícil para él no mencionar cada fragmento de investigación que hizo para este libro. Algunas secciones se atascan en el tedio a veces, y otras se sienten desesperadamente repetitivas. Esta puede ser una biografía completa del cáncer, pero podría haberlo hecho con una reducción significativa de las secciones sobre, digamos, el cabildeo político.
En general, definitivamente me alegro de haber leído este libro …

Para un oncólogo en formación la leucemia también representa una encarnación especial del cáncer. Su ritmo, su agudeza y su pasmosa e inexorable trayectoria de crecimiento fuerzan a tomar decisiones rápidas y a menudo drásticas; es terrorífico experimentarlo, terrorífico observarlo y terrorífico tratarlo. El cuerpo invadido por la leucemia es empujado a su frágil límite fisiológico: todos los sistemas, corazón, pulmones, sangre, trabajan en la más extrema de las exigencias. Las enfermeras llenaron las lagunas que yo tenía en esta historia. Los análisis de sangre realizados por la médica de Carla habían revelado que su recuento globular era críticamente bajo, menos de un tercio de lo normal. En vez de glóbulos blancos normales, atestaban su sangre millones de grandes glóbulos blancos malignos: los blastos, en el vocabulario del cáncer.
El hecho de que este mecanismo aparentemente simple —un crecimiento celular sin barreras— sea el corazón de una grotesca y multifacética enfermedad es un testimonio del insondable poder de dicho crecimiento. La división celular nos permite, como organismos, crecer, adaptarnos, recuperarnos, repararnos: vivir. Y cuando se distorsiona y se desata, permite a las células cancerosas crecer, prosperar, adaptarse, recuperarse, repararse: vivir a costa de nuestra vida. Las células cancerosas pueden crecer más rápido y adaptarse mejor. Son una versión más perfecta de nosotros mismos.
El secreto de la batalla contra el cáncer radica, entonces, en encontrar los medios de impedir que esas mutaciones se produzcan en las células vulnerables, o en eliminar las células mutadas sin poner en riesgo el crecimiento normal.
El estudio de la leucemia había estado empantanado en la confusión y la desesperación desde el descubrimiento mismo de la enfermedad. El 19 de marzo de 1845, un médico escocés, John Bennett, había descrito un caso infrecuente, un pizarrero de veintiocho años con una misteriosa hinchazón en el bazo. «Es de tez oscura —escribía Bennett sobre su paciente—, de ordinario saludable y sosegado; afirma que hace veinte meses comenzó a afectarle una gran languidez en el esfuerzo, que ha continuado hasta el día de hoy. En junio pasado advirtió un tumor en el lado izquierdo del abdomen, que luego, a lo largo de cuatro meses, creció poco a poco de tamaño hasta quedar estacionario.

Como Bennett, Virchow no entendió la leucemia. Pero, a diferencia de su colega, no pretendió entenderla. El carácter de su intuición es completamente negativo. Al hacer borrón y cuenta nueva con todas las ideas preconcebidas, despejó el camino para el avance del pensamiento.
La humildad del nombre (y la humildad subyacente a su comprensión de la causa) sintetizaban el abordaje que Virchow proponía de la medicina. Como joven profesor de la Universidad de Wurzburgo, su trabajo pronto se extendió mucho más allá del bautismo de la leucemia. Patólogo de formación, lanzó un proyecto que lo ocuparía la vida entera: describir las enfermedades humanas en simples términos celulares.
Era un proyecto nacido de la frustración. Virchow empezó Medicina a principios de la década de 1840, cuando casi todas las enfermedades se atribuían a la actuación de alguna fuerza invisible: miasmas, neurosis, malos humores e histerias.
A grandes rasgos, los glóbulos blancos normales pueden dividirse en dos tipos de células, las mieloides y las linfoides. La leucemia mieloide aguda (LMA) era un cáncer de las células mieloides. La leucemia linfoblástica aguda (LLA) era un cáncer de las células linfoides inmaduras. (Los cánceres de células linfoides más maduras se denominan linfomas.) En los niños la leucemia más común era la LLA, casi siempre rápidamente letal. En 1860 un discípulo de Virchow, Michael Anton Biermer, describió el primer caso conocido de esta forma de leucemia infantil. Maria Speyer, una activa, vivaz y juguetona niña de cinco años, hija de un carpintero de Wurzburgo, fue atendida inicialmente en la clínica porque había comenzado a mostrar un comportamiento letárgico en la escuela y le aparecían cardenales sanguinolentos en la piel. A la mañana siguiente de la consulta tenía el cuello rígido y fiebre, lo que precipitó una llamada a Biermer para que le hiciera una visita a domicilio. Esa noche el médico extrajo una gota de sangre de las venas de Maria y, junto a la cabecera de su cama, examinó la muestra en un microscopio bajo la luz de una vela; encontró millones de células leucémicas en ella.

Al igual que la célula normal, la célula cancerosa depende del crecimiento en el sentido más básico y elemental: la división de una célula para formar dos. En los tejidos normales este proceso tiene una delicada regulación, de manera tal que señales específicas estimulan el crecimiento y otras lo detienen. En el cáncer, el crecimiento desenfrenado da origen a una generación tras otra de células. Los biólogos utilizan el término clon para describir células que comparten un ancestro genético común. El cáncer, hoy lo sabemos, es una enfermedad clonal. Casi todos los cánceres conocidos tienen su origen en una célula ancestral que, tras adquirir la capacidad de dividirse ilimitadamente y sobrevivir, genera una cantidad sin límite de descendientes: el omnis cellula e cellula e cellula de Virchow repetido ad infinitum.
Pero el cáncer no es simplemente una enfermedad clonal: es una enfermedad clonalmente evolutiva. Si el crecimiento se produjera sin evolución, las células cancerosas no estarían imbuidas de su potente capacidad de invadir, sobrevivir y hacer metástasis. Cada generación de células cancerosas crea un pequeño número de células que son genéticamente diferentes de sus progenitores.
La antisepsia y la anestesia fueron avances tecnológicos aunados que liberaron a la cirugía del encierro en su crisálida medieval. Armada de éter y jabón carbólico, una nueva generación de cirujanos acometió los procedimientos anatómicos temiblemente complejos que Hunter y sus colegas habían perfeccionado antaño en cadáveres. Se inició entonces un siglo resplandeciente para la cirugía oncológica; entre 1850 y 1950 los cirujanos atacaron sin miramientos el cáncer abriendo el cuerpo y extirpando tumores.
Uno de los emblemas de esa era fue el prolífico cirujano vienés Theodor Billroth. Nacido en 1821, Billroth estudió música y cirugía casi con igual brío. (Ambas actividades aún suelen ir de la mano. Las dos llevan la habilidad manual al límite; las dos maduran con la práctica y la edad, y las dos dependen de la inmediatez, la precisión y los pulgares oponibles.)

El descubrimiento del VSR, el primer virus causante de cáncer, asestó un durísimo golpe a la teoría de la mutación somática y desencadenó una búsqueda frenética de otros virus cancerígenos. Al parecer, se había encontrado el agente causal del cáncer. En 1935 un colega de Rous, Richard Shope, informó de la existencia de un papilomavirus que causaba tumores verrugosos en conejos de cola blanca. Diez años después, a mediados de la década de los cuarenta, aparecieron noticias de un virus que causaba leucemia en ratones y luego en gatos, pero aún no había señales de un genuino virus cancerígeno en humanos.
En 1958, tras un esfuerzo de casi treinta años, la cacería finalmente redundó en una pieza importante. Denis Burkitt, un cirujano irlandés, descubrió una forma agresiva de linfoma —hoy llamado linfoma de Burkitt — que aparecía de manera endémica en los niños del cinturón del África subsahariana azotado por la malaria.
En 1976, año en que el ensayo NSABP-04 llegaba laboriosamente a la mitad de su desarrollo, apareció en las salas del cáncer un nuevo fármaco, el cisplatino. Este, cuyo nombre procedía de cis-platinum, era una nueva sustancia farmacológica elaborada a partir de una anterior. Su estructura molecular, un átomo de platino central y plano con cuatro «brazos» extendidos hacia fuera, había sido descrita en la década de 1890. Pero los químicos nunca habían encontrado una aplicación para el cisplatino: la estructura química, bella y convenientemente simétrica, no tenía un uso humano evidente. En consecuencia, había quedado guardado en un anaquel del laboratorio, oculto bajo una relativa oscuridad. Nadie se había molestado en verificar sus efectos biológicos.

El cisplatino era inolvidable en más de un sentido. El fármaco provocaba unas náuseas sin tregua, un mareo de una fuerza y una cualidad tan penetrantes como pocas veces se había visto en la historia de la medicina: de promedio, los pacientes tratados con ella vomitaban doce veces por día.
(En la década de 1970 había pocos fármacos antinauseosos eficaces. La mayoría de los pacientes debían recibir fluidos intravenosos para capear las náuseas; para sobrevivir, algunos llevaban de contrabando marihuana, un antiemético suave, a las salas de quimioterapia.)
El Premarin (cuyo nombre se forma con las palabras pregnant mare urine [orina de yegua preñada]) como el DES se comercializaron en un inicio como elixires para curar la menopausia. Pero para Huggins la existencia de estrógenos sintéticos sugería un uso muy diferente: podía inyectarlos para «feminizar» el cuerpo masculino y detener la producción de testosterona en pacientes con cáncer de próstata. Dio a su método el nombre de «castración química». Y una vez más, encontró respuestas sorprendentes. Como en el caso de la castración quirúrgica, los pacientes con cáncer prostático agresivo que eran objeto de una castración química con hormonas feminizantes respondían vivamente a la terapia, y los efectos secundarios solían ser mínimos. (La queja más frecuente entre los hombres era la aparición de oleadas de calor como en la menopausia.)
El «cáncer» es, a decir verdad, una variedad de enfermedades. Verla como una sola enfermedad que ha de ceder ante un enfoque único no es más lógico que ver la enfermedad neuropsiquiátrica como una sola entidad que ha de responder a una sola estrategia. Es improbable que contemos pronto con una «bala mágica» para el tratamiento del cáncer. Pero es igualmente improbable que haya una bala mágica para la prevención o la detección precoz que elimine todo el espectro de cánceres…. Estamos haciendo progresos. Aunque tenemos un largo camino por delante, es simplista sostener que el ritmo de las tendencias favorables en la mortalidad refleja malas políticas o prioridades erradas.

Los químicos farmacéuticos suelen concebir las moléculas en términos de caras y superficies. Su mundo es topológico; imaginan tocar las moléculas con la hipersensibilidad táctil de un ciego. Si la superficie de una proteína es blanda y carece de rasgos distintivos, la proteína es habitualmente «indrogable» ( undruggable); las topologías chatas e «inexpresivas» constituyen malos blancos para los fármacos. Pero si la superficie está marcada por profundas grietas y recovecos, la proteína tiende a ser un blanco atractivo para la unión de otras moléculas, y es entonces un posible objetivo «drogable» ( druggable).
Las quinasas, por fortuna, tienen al menos uno de esos profundos reductos drogables. En 1976, un equipo de investigadores japoneses que buscaba venenos en las bacterias marinas descubrió accidentalmente una molécula llamada estaurosporina, de gran tamaño y con forma de cruz de Malta ladeada, que se unía a un recoveco presente en la mayoría de las quinasas. La estaurosporina inhibía docenas de quinasas. Era un veneno exquisito, pero un terrible fármaco.

Los griegos utilizaban una evocadora palabra para describir los tumores: onkos, que significa ‘masa’ o ‘carga’. El término era más presciente de lo que ellos habrían podido imaginar. El cáncer es, en efecto, el peso incorporado a nuestro genoma, el contrapeso de plomo a nuestras aspiraciones de inmortalidad. Pero si, aun antes de los griegos, vamos a la ancestral lengua indoeuropea, vemos que la etimología de onkos cambia.
Onkos deriva de la antigua palabra nek. Y nek, a diferencia del estático onkos, es la forma activa del verbo cargar. Significa transportar, mover el peso de un lugar a otro, cargar con algo a través de una larga distancia y llevarlo a un nuevo sitio. Es una imagen que capta no solo la capacidad de viajar de la célula cancerosa —metástasis—, sino también el viaje de Atosa, el largo arco del descubrimiento científico e, inmerso en ese viaje, el ánimo, tan ineludiblemente humano, de burlar, perdurar y sobrevivir.

Luchar contra el cáncer de manera obsesiva, astuta, desesperada, feroz, enloquecida, espléndida y afanosa, como si canalizara toda la furiosa energía inventiva de generaciones de hombres y mujeres que habían peleado contra él en el pasado y lo harían en el futuro. La búsqueda de una cura la había llevado a un viaje extraño y sin límites, a través de blogs de internet y hospitales universitarios, quimioterapia y ensayos clínicos en el otro extremo del país, por un paisaje más desolado, desesperado y perturbador de lo que nunca había imaginado. Había desplegado hasta la última reserva de energía en esa búsqueda, vaciado hasta las heces su coraje, apelado a su voluntad y su ingenio y su imaginación, hasta que, esa noche final, fijó la mirada en el cofre de su inventiva y su resiliencia y no encontró nada.

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Cancer is not just one disease, but many. We call them «cancer» because they share a fundamental characteristic: abnormal cell growth. And beyond that common biological factor, there are deep cultural and political themes that run through the various incarnations of cancer and justify a unifying story. It is not possible to consider the stories of all their variants, but I have tried to highlight the great themes that run through this four-thousand-year-old story.

This is an elegant, well-written book. Parts of the book read like a detective story, and are very engrossing. However, I really take issue with the short shrift that the book gives to research on cancer prevention. Now, the author readily admits that big strides toward conquering cancer will not occur by only finding cures–prevention is just as important. But, while the book has several chapters on the connection between smoking and lung cancer, no attention is paid to research related to other important lifestyle changes in preventing cancer. For example, a large body of research, both epidemiological and experiments with laboratory animals, have found strong connections between nutrition and cancer prevention. It simply stuns me that in a huge, comprehensive book like this, absolutely zero attention is paid to this very important topic.
This book starts and ends very strong, but suffers from two failings:

1. The middle third of the book became somewhat repetitive. Scientist were trying to cure a variant of cancer by some combination of surgery, radiation, and poison (hard to call it medicine when it’s possible first.)
2. The book is about medical science and it’s understanding. There is nothing about alternative treatment or intangibles or diet. While clinically these may not be viable treatments, I found it is that they weren’t even mentioned. Especially the intangibles—whether you call it faith or stubbornism, surviving cancer is often dependent upon the person infected. Can I prove it? No, but it stands to reason that intangibles do have an affect on surving.

That being said, the book was fascinating in what it covered. Starting with childhood lukemia, the author captures the reader with journey pulling for the kids. The haphazard approach used to test cancer combined with early strokes of genius kept the readers attention.
The end if the book, about the time AIDS is introduced, the book becomes fascinating again. Here science is really starting to understand cancer and how to treat/handle it.
There are two things I really appreciate about The Emperor of All Maladies. First, I savored seeing the scientific method in action – especially towards the beginning of the book when scientists are just learning the makeup of cancerous tumor masses and starting to develop early chemical treatments. I was thrilled by the fact that chemotherapy for leukemia was born out of observing the way weaponized mustard gas killed the cells in bone marrow (which in cancers of the blood would of course include the cancerous cells). I liked reading about early clinical trials, where hypothesis was applied to human test subjects. I even enjoyed reading about the discovery of genetic material that led scientists to realize that endogenous cancer is mapped into our cells.
The second thing I enjoyed about this book is the way it made me think of cancer differently. Dr. Mukherjee is an exhaustive biographer, and by thoroughly covering cancer from all angles – the various triggers (genetic code, viruses, carcinogens) for abnormal cell growth, the way cancer is not a homogeneous affliction, the many trials, errors and complications that arise from trying to treat each type of cancer – I no longer think in terms of a «cure» for «cancer,» generalized.
I had no problem with the sweeping, majestic language Mukherjee sometimes uses to describe cancer; «emperor of all maladies» seems appropriate, given how often cancer impacts our lives, the broad scope of its attack, and the challenge in the fact that one cancer may not be able to be treated like another. However, as a self-described enthusiastic «lab rat» of a scientist, it did seem like it was hard for him to not mention every single scrap of research he did for this book. Some sections get bogged down in tedium at times, and others feel maddeningly repetitive. This may be a comprehensive biography of cancer, but I could have done with significant shortening of the sections about, say, political lobbying.
Overall, I’m definitely glad I read this book…

For a training oncologist, leukemia also represents a special incarnation of cancer. His pace, his wit, and his staggering and inexorable trajectory of growth force quick and often drastic decisions; it is terrifying to experience, terrifying to watch, and terrifying to treat. The body invaded by leukemia is pushed to its fragile physiological limit: all systems, heart, lungs, blood, work under the most extreme of demands. The nurses filled in the gaps I had in this story. Blood tests by Carla’s doctor had revealed that her blood count was critically low, less than a third of normal. Instead of normal white blood cells, her blood was crowded with millions of large malignant white blood cells: blasts, in the vocabulary of cancer.
The fact that this seemingly simple mechanism — barrier-free cell growth — is at the heart of a grotesque and multifaceted disease is a testament to the unfathomable power of such growth. Cell division allows us, as organisms, to grow, adapt, recover, repair ourselves: live. And when it is distorted and unleashed, it allows cancer cells to grow, thrive, adapt, recover, repair themselves – to live at the cost of our lives. Cancer cells can grow faster and adapt better. They are a more perfect version of ourselves.
The secret to the battle against cancer, then, lies in finding ways to prevent these mutations from occurring in vulnerable cells, or in eliminating mutated cells without jeopardizing normal growth.
The study of leukemia had been mired in confusion and despair since the very discovery of the disease. On March 19, 1845, a Scottish physician, John Bennett, had described a rare case, a twenty-eight-year-old slater with a mysterious swelling in his spleen. «He’s dark in complexion,» Bennett wrote of his patient, «usually healthy and calm; he claims that twenty months ago he began to be affected by a great languor in effort, which has continued to this day. Last June he noticed a tumor on the left side of the abdomen, which then gradually grew in size over four months until it was stationary.

Like Bennett, Virchow did not understand leukemia. But, unlike his colleague, he did not pretend to understand her. The character of his intuition is completely negative. By wiping the slate clean of all preconceptions, he cleared the way for the advancement of thought.
The humility of the name (and the humility underlying his understanding of the cause) synthesized Virchow’s approach to medicine. As a young professor at the University of Würzburg, his work soon extended well beyond the baptism of leukemia. A pathologist by training, he launched a life-long project: describing human disease in simple cellular terms.
It was a project born out of frustration. Virchow started Medicine in the early 1840s, when almost all illnesses were attributed to the action of some invisible force: miasms, neuroses, bad moods, and hysterics.
Broadly speaking, normal white blood cells can be divided into two types of cells, myeloid and lymphoid. Acute myeloid leukemia (AML) was a cancer of the myeloid cells. Acute lymphoblastic leukemia (ALL) was a cancer of immature lymphoid cells. (The more mature lymphoid cell cancers are called lymphomas.) In children, the most common leukemia was ALL, almost always rapidly fatal. In 1860 a disciple of Virchow, Michael Anton Biermer, described the first known case of this form of childhood leukemia. Maria Speyer, an active, lively and playful five-year-old girl, the daughter of a Würzburg carpenter, was initially seen at the clinic because she had begun to show lethargic behavior at school and had bloody bruises on her skin. The morning after the consultation she had a stiff neck and a fever, prompting a call to Biermer for a house call. That night the doctor extracted a drop of blood from Maria’s veins and, at the head of her bed, examined her sample under a microscope under candlelight; he found millions of leukemic cells in it.

Like the normal cell, the cancer cell depends on growth in the most basic and elementary sense: the division of one cell to form two. In normal tissues this process has a delicate regulation, in such a way that specific signals stimulate growth and others stop it. In cancer, rampant growth gives rise to generation after generation of cells. Biologists use the term clone to describe cells that share a common genetic ancestor. Cancer, today we know, is a clonal disease. Almost all known cancers have their origin in an ancestral cell that, after acquiring the ability to divide unlimitedly and survive, generates an unlimited number of descendants: Virchow’s omnis cellula e cellula e cellula repeated ad infinitum.
But cancer is not simply a clonal disease: it is a clonally evolutionary disease. If growth occurred without evolution, cancer cells would not be imbued with their powerful ability to invade, survive, and metastasize. Each generation of cancer cells creates a small number of cells that are genetically different from their parents.
Antisepsis and anesthesia were technological advances that freed surgery from confinement in its medieval chrysalis. Armed with ether and carbolic soap, a new generation of surgeons undertook the fearfully complex anatomical procedures that Hunter and his colleagues had once perfected on cadavers. A resplendent century for cancer surgery began; between 1850 and 1950 surgeons ruthlessly attacked cancer by opening the body and removing tumors.
One of the emblems of that era was the prolific Viennese surgeon Theodor Billroth. Born in 1821, Billroth studied music and surgery with almost equal vigor. (The two activities still often go hand in hand. Both push manual dexterity to the limit; both mature with practice and age, and both rely on immediacy, precision, and opposable thumbs.)

The discovery of RSV, the first cancer-causing virus, dealt a severe blow to the somatic mutation theory and triggered a frantic search for other cancer-causing viruses. Apparently, the causative agent of the cancer had been found. In 1935 a colleague of Rous, Richard Shope, reported the existence of a papillomavirus that caused warty tumors in white-tailed rabbits. Ten years later, in the mid-1940s, news surfaced of a virus causing leukemia in mice and then cats, but there was still no sign of a genuine human cancer virus.
In 1958, after nearly thirty years of effort, the hunt finally yielded an important piece. Denis Burkitt, an Irish surgeon, discovered an aggressive form of lymphoma – today called Burkitt’s lymphoma – that appeared endemically in children from the malaria belt of sub-Saharan Africa.
In 1976, when the NSABP-04 trial was painstakingly halfway through its development, a new drug, cisplatin, appeared in cancer wards. This, whose name came from cis-platinum, was a new drug substance made from an old one. Its molecular structure, a flat, central platinum atom with four outward «arms», had been described in the 1890s. But chemists had never found an application for cisplatin: the beautiful and conveniently symmetric chemical structure, it had no obvious human use. Consequently, it had been stored on a shelf in the laboratory, hidden in relative darkness. No one had bothered to verify its biological effects.

Cisplatin was unforgettable in more ways than one. The drug caused relentless nausea, dizziness of such penetrating strength and quality as had rarely been seen in the history of medicine: on average, patients treated with it vomited twelve times a day.
(In the 1970s, there were few effective anti-nausea drugs. Most patients had to receive intravenous fluids to weather the nausea; to survive, some smuggled marijuana, a mild antiemetic, into chemotherapy rooms.)
Premarin (named after the words pregnant mare urine) and DES were originally marketed as elixirs to cure menopause. But for Huggins the existence of synthetic estrogens suggested a very different use: he could inject them to «feminize» the male body and stop the production of testosterone in prostate cancer patients. He gave his method the name «chemical castration.» And once again, he found surprising answers. As in the case of surgical castration, aggressive prostate cancer patients who underwent chemical castration with feminizing hormones responded strongly to therapy, and side effects were usually minimal. (The most frequent complaint among men was the appearance of hot flashes as in menopause.)
«Cancer» is, in fact, a variety of diseases. Seeing it as a single disease that has to yield to a single approach is no more logical than seeing neuropsychiatric disease as a single entity that has to respond to a single strategy. It is unlikely that we will soon have a «magic bullet» for cancer treatment. But it is equally unlikely that there is a magic bullet for prevention or early detection that will eliminate the entire spectrum of cancers…. We are making progress. Although we have a long way to go, it is simplistic to argue that the pace of favorable mortality trends reflects bad policies or wrong priorities.

Pharmaceutical chemists often think of molecules in terms of faces and surfaces. Your world is topological; they imagine touching the molecules with the tactile hypersensitivity of a blind man. If the surface of a protein is soft and devoid of distinctive features, the protein is usually «undruggable»; flat, «deadpan» topologies make poor drug targets. But if the surface is marked by deep crevices and recesses, the protein tends to be an attractive target for the binding of other molecules, and is then a possible «druggable» target.
Kinases, fortunately, have at least one of those deep drugable pockets. In 1976, a team of Japanese researchers looking for poisons in marine bacteria accidentally discovered a large, lopsided Maltese cross-shaped molecule called staurosporine, which attached to a recess found in most kinases. Staurosporine inhibited dozens of kinases. It was an exquisite poison, but a terrible drug.

The Greeks used an evocative word to describe tumors: onkos, which means ‘mass’ or ‘burden’. The term was more prescient than they could have imagined. Cancer is, in effect, the weight incorporated into our genome, the lead counterweight to our aspirations for immortality. But if, even before the Greeks, we go to the ancient Indo-European language, we see that the etymology of onkos changes.
Onkos derives from the old word nek. And nek, unlike the static onkos, is the active form of the verb to load. It means transporting, moving the weight from one place to another, carrying something over a long distance, and taking it to a new place. It is an image that captures not only the cancer cell’s ability to travel – metastasis – but also Atosa’s journey, the long arc of scientific discovery and, immersed in that journey, the spirit, so inescapably human, to outwit, to endure and survive.

Fighting cancer obsessively, cunning, desperate, fierce, crazed, splendid and eager, as if channeling all the furious inventive energy of generations of men and women who had fought against it in the past and would do so in the future. The search for a cure had taken her on a strange and limitless journey, through internet blogs and university hospitals, chemotherapy and clinical trials at the other end of the country, through a landscape more desolate, desperate and disturbing than ever. had imagined. He had deployed every last reserve of energy in that search, drained his courage to the feces, appealed to his will and his ingenuity and his imagination, until, that final night, he fixed his gaze on the chest of his inventiveness and his resilience and found nothing.

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