El Apagón: Cómo El Coronavirus Sacudió La Economía Mundial — Adam Tooze / Shutdown: How Covid Shook the World’s Economy by Adam Tooze

La aparición del virus fue el detonante, pero incluso antes de que supiéramos lo que se nos venía encima ya había muchas razones para pensar que 2020 podría ser un año tumultuoso. El conflicto entre China y Estados Unidos estaba muy cerca de alcanzar el punto de ebullición. Una «nueva guerra fría» flotaba en el aire. El crecimiento mundial se había desacelerado gravemente en 2019. Al FMI le preocupaba el efecto desestabilizador que la tensión geopolítica podría tener en una economía global muy endeudada. Los economistas habían elaborado nuevos indicadores estadísticos para hacer un seguimiento de la incertidumbre que estaba atascando la inversión. Los datos sugerían que la fuente del problema estaba en la Casa Blanca. El espectacular ascenso de China privó a la economía de su inocencia en un sentido distinto. Ya no estaba claro que los grandes dioses del crecimiento estuvieran del lado de Occidente, lo cual, según parece, alteró un importante supuesto sobre el que hasta entonces había consenso en Washington. En muy poco tiempo, Estados Unidos dejaría de ser el número 1. De hecho, estaba cada vez más claro que los dioses, al menos los representados por la diosa de la naturaleza, Gaia, no parecían estar de acuerdo con el crecimiento económico. El cambio climático, que en un principio había sido una preocupación exclusiva del movimiento a favor del medio ambiente, pasó a convertirse en la representación de un desequilibrio más amplio entre la naturaleza y la humanidad. Los debates sobre «acuerdos verdes» y transiciones energéticas comenzaban a surgir por doquier.
El SARS-CoV-2 era una «conmoción china» en toda regla y con trazas de venganza. En los tiempos de la Ruta de la Seda, las enfermedades infecciosas habían viajado de este a oeste a través de Eurasia. En aquella época, la propagación se había visto limitada por el lento ritmo de los viajes, ya que, en la era de la navegación marítima, los portadores de la enfermedad solían morir por el camino. En 2020, sin embargo, el coronavirus se movía tan rápido como el avión y el tren de alta velocidad. En 2020, Wuhan era una próspera metrópolis de inmigrantes recientes. La mitad de la población dejaría la ciudad para celebrar el Año Nuevo chino. El SARS-CoV-2 tardaría solo unas semanas en propagarse desde Wuhan a toda China y a gran parte del resto del mundo.
Un año más tarde, el mundo se tambaleaba. En el registro histórico del capitalismo moderno nunca había habido un momento en el que cerca del 95 % de las economías del mundo sufrieran una contracción simultánea del PIB per cápita, como ocurriría durante el primer semestre de 2020.

Al escribir la primera parte de su obra, Tooze desarrolló una comprensión detallada de la sociedad moderna y su teoría. Este trabajo culminó en 2018 con la publicación de Crash, que realmente lo puso en el mapa como un analista respetable de la sociedad contemporánea. Con sus libros anteriores sobre el desarrollo internacional y la construcción del sistema mundial durante las guerras mundiales o sobre la racionalidad económica del régimen nazi, Tooze había creado una nueva perspectiva que hizo que su toque sobre temas modernos resonara en muchas personas, incluido yo. Comenzó a recibir más y más invitaciones para visitar podcasts y se convirtió en un habitual de varias publicaciones, desde London Review of Books hasta Foreign Policy. Este proceso se intensificó aún más con el comienzo de la crisis de la corona, cuando Tooze se convirtió en un hilo de Adriane vivo a través del laberinto del caos social para muchos.
Gran parte de la audiencia de Tooze está formada por las élites tecnocráticas sobre las que escribe. No obstante, Crash representó una desviación de sus libros anteriores en el sentido de que la política siempre estuvo presente en él. Gran parte de Crash se dedicó a articular el abyecto fracaso de las élites para hacer frente a las crisis de su propia creación, y cómo estas crisis perturbaron gravemente la vida de la gente común. Sin embargo, el libro de Tooze siguió siendo un relato fundamentalmente desde la perspectiva de los contornos del poder. Perry Anderson dijo lo siguiente sobre este enfoque:
“En [las obras de Tooze], un enfoque ‘situacional y táctico’ del tema en cuestión determina la entrada a él in medias res, prescindiendo de una explicación estructural de sus orígenes […]] el tema general es el dinamismo del poder estadounidense como llave maestra del siglo XX. En ambos, el punto de vista político es, como se describe a sí mismo, el de un liberalismo de izquierda”.
Shutdown en sí mismo es más o menos un compendio de números y anécdotas interesantes sin una coherencia rigurosa de segundo orden (lo cual es comprensible para un libro sobre un evento que apenas tiene un año, especialmente escrito por un historiador intelectualmente honesto). Pero uno no puede evitar alejarse de él perdiendo la amplitud y profundidad de los libros anteriores de Tooze, cuya energía intelectual lo convirtió en el comentarista contemporáneo amado en el que se ha convertido. Lo que El Apagón representa es una derrota de Tooze, el teórico e historiador de la modernidad, a manos de Tooze, el comentarista y escritor de The New York Times.
Parte del problema fue que el libro se escribió tan rápido que no tenía un tema unificador. Termina con unas palabras sobre el futuro y el probable crecimiento de China («Todavía no hemos visto nada»), pero si bien ‘El Apagón’ es útil para el manejo de Covid por parte de China, difícilmente se puede decir que este sea el tema principal de todo libro.
Para un practicante de los mercados financieros como yo, había pocas novedades en el libro. Viví estos 18 meses de infierno. Leí todos los periódicos, miré todas las decisiones del banco central, también pensé en mis propios pensamientos. Sin embargo, lo encontré muy útil en Europa, especialmente en la decisión del Tribunal Constitucional alemán, y su cuestionamiento fundamental de los fundamentos legales de las instituciones europeas.
Donde encontré que el libro falló un poco fue en el tema de África y el alivio de la deuda. Soy consciente de la importancia del «primer borrador de la historia», es decir, la afirmación de que Vera Songwe de la UNECA de alguna manera lo consiguió y estaba liderando la carga sobre la importancia de los flujos de capital privado hacia el África subsahariana, es absolutamente necesario cuestionarla.
¿Fue una conversión damascena tardía? ¿Alguien se perdió el hecho de que ella era una animadora de trato igualitario cuando se trataba del DSSI? ¿Alguien pasó por alto el hecho de que la incertidumbre que enfrentaron los acreedores privados desde el principio, en gran parte debido a los esfuerzos de instituciones como la UNECA, probablemente causó una crisis más profunda en África de lo que nunca debió ser el caso? ¿Podría la gente dejar de desalentar los flujos comerciales normales hacia las economías africanas? Las economías africanas necesitan inversiones tanto como en cualquier otro lugar, y nadie necesita reescribir las reglas de incentivos para los acreedores privados, solo porque es África.

A lo largo de la historia había habido pandemias mucho más letales. Lo que era novedoso en la del coronavirus en 2020 era la magnitud de la respuesta. Y ello suscitaba a su vez una pregunta. Como dijo el principal comentarista económico del Financial Times, Martin Wolf:
¿Por qué […] ha sido tan grande el daño económico de una pandemia tan relativamente leve? La respuesta es simple: porque podía serlo. Las personas prósperas pueden prescindir con facilidad de una gran proporción de sus gastos diarios normales, mientras que sus gobiernos pueden sostener a las personas y empresas afectadas a gran escala. La respuesta a la pandemia es un reflejo de las posibilidades económicas y de los valores sociales actuales, al menos en los países ricos.
La llegada del coronavirus puso en evidencia nuestra falta de preparación institucional, lo que Beck llamó nuestra «irresponsabilidad organizada», y reveló la debilidad de los aparatos básicos de la administración estatal, como los censos actualizados de ciudadanos y las bases de datos gubernamentales. Para enfrentarnos a la crisis, lo que necesitábamos era una sociedad que diera mucha más prioridad a los cuidados. En este sentido, fueron muchas las voces que reclamaron desde lugares inesperados un «nuevo contrato social», un contrato que valorase de manera adecuada a los trabajadores esenciales y tuviese en cuenta los riesgos generados por los estilos de vida globalizados de los más afortunados. Al igual que los programas en favor de un Nuevo Acuerdo Verde que han ido surgiendo desde el comienzo del milenio, estas grandes propuestas estaban pensadas para inspirar. Estaban diseñadas para movilizar. Pedían a gritos una revisión del poder. Si hubiera un nuevo contrato social, ¿quién lo llevaría a cabo?.
Muchos de los llamamientos en pro de una gran reforma social en 2020 dejaron un extraño sabor de boca. A medida que la crisis del coronavirus se iba apoderando del mundo, la izquierda a ambos lados del Atlántico, al menos el sector liderado por Jeremy Corbyn y Bernie Sanders, iba a caer derrotada. La promesa de una izquierda radicalizada y revitalizada, organizada en torno a la idea del Nuevo Acuerdo Verde, parecía disiparse en medio de la pandemia.
La respuesta inmediata de la política económica a la crisis del coronavirus se basó en las lecciones de 2008. La política fiscal pasó a ser aún más amplia y más rápida. Las intervenciones del banco central pasaron a ser aún más espectaculares. Si se combinaban mentalmente ambas políticas —fiscal y monetaria—, se confirmaban las ideas esenciales de las doctrinas económicas que en el pasado habían defendido los keynesianos radicales y que se habían modernizado recientemente con doctrinas como la Teoría Monetaria Moderna (TMM). Las finanzas estatales no están tan limitadas como las de los hogares. Si una autoridad monetaria se plantea organizar la financiación como algo más que un asunto técnico, eso es en sí mismo una opción política.

El año 2020 puso claramente de manifiesto hasta qué punto la actividad económica dependía de la estabilidad del entorno natural. Una pequeña mutación del virus en un microbio podía amenazar la economía de todo el mundo. También expuso cómo, en una situación extrema, todo el sistema monetario y financiero podía dirigirse a apoyar los mercados y los medios de vida, lo que obligaba a preguntarse quién recibía ese apoyo y de qué forma. Ambos choques derribaron barreras que eran fundamentales para la economía política del último medio siglo, líneas que separaban la economía de la naturaleza, la economía de la política social y de la política per se. Además de eso, en 2020 hubo un tercer cambio que contribuyó a diluir los supuestos básicos de la era del neoliberalismo: el ascenso de China.

En lugar de ignorar la amenaza de la pandemia, en las últimas décadas los gobiernos de todo el mundo se han equipado con departamentos especializados que se preparan continuamente para hacer frente a una posible catástrofe biomédica. Estos departamentos piensan como una organización militar, y no dan por supuesto que se pueda superar la amenaza: la idea de que las enfermedades infecciosas pueden ser domesticadas no es más que una absurda presunción de los activistas de la salud pública demasiado optimistas. El trabajo de los especialistas en pandemias consiste en prepararse para una amenaza que nunca desaparecerá y que puede agravarse en cualquier momento.
¿Cuál era el valor residual de las vidas de los pacientes, sobre todo ancianos, que podían salvarse mediante una paralización repentina y masiva, y del sufrimiento evitado para aquellos que desarrollaron una forma persistente de COVID, y de qué forma influía en el coste sufrido por los 1.300 millones de jóvenes cuya educación se vio interrumpida, los cientos de millones que se quedaron sin trabajo y las decenas de millones que comenzaron a pasar hambre como resultado de la perturbación económica mundial?.
Por muy desconcertante que fuera su impacto, la crisis del coronavirus de 2020 era un accidente que tenía que ocurrir tarde o temprano. Nuestra forma de vida moderna no solo aceleraba la mutación de los virus potencialmente peligrosos, sino que los llevábamos por todo el mundo a la velocidad de aviones de reacción. Los expertos entendieron los riesgos e hicieron planes hipotéticos sobre cómo podríamos responder. Nosotros, la población en general, solemos tener grandes expectativas sobre el control y la previsibilidad, pues toda nuestra vida gira en torno a sistemas altamente susceptibles al contagio masivo. Sin embargo, los que podían permitírselo no parecían dispuestos a pagar para desarrollar una auténtica preparación. Existían equipos de empleados que habían diseñado planes para posibles emergencias, pero nadie quería vivir bajo la sombra de la amenaza de que sus hipótesis pudieran llegar a ser reales. ¿Quién iba a querer interrumpir su vida diaria para hacer simulacros de «agacharse y ocultarse» al estilo de la Guerra Fría? Mientras tanto, la política democrática estaba atenuada y polarizada hasta tal punto que llegar a un acuerdo político sobre cómo responder a una crisis pandémica era difícil incluso de imaginar. Era una fórmula no para generar soluciones, sino para generar crisis. En retrospectiva, la historia del último siglo podría ser contada como una crónica de desastres anunciados.

China estaba experimentando no era una explosión propia de la época de la Guerra Fría, no era un «caso Chernóbil», sino una conmoción social y económica sin precedentes. Gracias a su respuesta rápida y eficaz, el régimen y el pueblo estaban logrando erradicar el virus. El problema era que ese éxito acabaría teniendo un coste enorme. Durante el primer semestre de 2020, China sufriría su primer serio revés al crecimiento económico desde que comenzó la nueva era de transformación económica. Tampoco había ninguna duda sobre la culpabilidad: fue la resistencia demasiado miope del gobierno de Hubei lo que permitió que el virus se propagara tan lejos como lo hizo. Si el SARS ya había desacreditado al PCC en 2003, lo sucedido en 2020 era mucho peor. A pesar de la exitosa campaña de represión en febrero, la crisis del coronavirus de 2020 podría haberse convertido en un enorme problema para el régimen de Xi; en cambio, se convirtió en una ocasión favorable para lo que se ha llamado con acierto «nacionalismo de desastres», una oportunidad para demostrar la resiliencia colectiva bajo el liderazgo del Partido.
El fracaso de Occidente le había dado al PCC un triunfo histórico.
Entre los que tenían razones inmediatas para tomar el virus en serio estaban los encargados de gestionar las cadenas globales de suministros. Cuando se produjo la crisis del SARS, China solo representaba el 4 % de la economía mundial, pero en 2020 su participación mundial ya rozaba el 20 %. En un sector manufacturero como el de la automoción, China era tanto el mercado más grande como el mayor centro de producción. En 2019, el 80 % de la producción de automóviles en todo el mundo incluía piezas de fabricación china. Como señaló un fabricante de automóviles: «Todo el mundo se apoya en China». Si China se paralizaba, casi nadie podría decir: «No me afecta». En febrero, Hyundai, en Corea del Sur, se veía obligada a detener la producción por completo, y tanto Nissan como Fiat Chrysler tenían ya serios problemas para mantener sus fábricas en funcionamiento. Varias empresas europeas recurrieron al transporte aéreo de piezas procedentes de China, lo cual incrementó los riesgos. En Alemania, los primeros casos de COVID-19 surgieron en Baviera, en el proveedor de piezas para automóviles Webasto, después de una visita de un empleado de un consorcio chino.
En la era de la globalización, es una perogrullada afirmar que los riesgos no respetan las fronteras, lo cual, desde luego, en 2020 era cierto en el sentido más obvio: el SARS-CoV-2 era una enfermedad que podía llegar a afectar a la mayoría de la humanidad. Sin embargo, a medida que la epidemia se extendía y empezaba a coger fuerza, las marcadas diferencias en las respuestas nacionales se fueron haciendo cada vez más evidentes. La pandemia se convirtió en una olimpiada entre gobiernos nacionales.

La lección debería haber sido que, cuanto antes y con más decisión se actuara, más corto podría ser el período de confinamiento y más fácil sería recuperarse de él. Estar dispuesto a sacrificar por un tiempo la normalidad era en realidad la mejor manera de preservarla, pero ese salto profundamente contraintuitivo no era fácil de dar. La prontitud con la que había respondido Corea del Sur resultó ser la excepción. En realidad, si se juzga bajo los estándares de cualquier otra crisis, la reacción de los gobiernos del mundo difícilmente puede reprocharse, ya que no pasaron más que unas semanas entre el reconocimiento del problema y la aplicación de medidas radicales. Eso hubiera bastado para la mayoría del resto de situaciones, pero resultó desastrosamente insuficiente al tratarse de una pandemia que circulaba con gran rapidez.

El impacto inmediato del coronavirus fue la interrupción de la cadena de suministro, es decir, de la oferta. Los grandes impactos negativos en la oferta son poco comunes.
La epidemia tenía un impacto inusual sobre la oferta porque no afectaba a las variables económicas en las que solemos centrarnos, como recursos tecnológicos, ingresos o riqueza, sino que afectaba a nuestros cuerpos, exponiendo el cuerpo individual y colectivo de la humanidad como el denominador común de la vida social y económica. Nos afectaba de manera íntegra a través de nuestro cuerpo, vinculando los mundos del trabajo y la vida familiar, la producción y la reproducción.
El elemento principal de la crisis fue la repentina caída de los precios de las acciones, lo cual desató una verdadera oleada de pánico en sociedades como Estados Unidos, donde la clase media alta está muy implicada en planes privados de jubilación. Un nivel más profundo de ansiedad afectaba a la montaña de deudas de los Mercados Emergentes y a los pasivos en los balances de las grandes corporaciones. A mediados de marzo, con Europa tambaleándose por el impacto de la enfermedad, el mercado de deuda soberana de la zona euro estaba sometido a una gran presión. Todo esto ya eran malas noticias de por sí, pero la conmoción verdaderamente aterradora de marzo de 2020 fue el temblor sísmico que atravesó el mercado del Tesoro de Estados Unidos, la deuda pública estadounidense.
Un colapso bursátil ya habría sido muy lesivo para la riqueza y para la captación de nuevo capital corporativo. Un colapso del crédito habría sido debilitante para las empresas. Una crisis de deuda soberana de la eurozona habría obstaculizado la capacidad de los gobiernos de Italia, España y Francia para responder a la epidemia. Una caída del mercado del Tesoro estadounidense, sin embargo, era un problema totalmente distinto, y sus consecuencias iban más allá incluso de la crisis bancaria del Atlántico Norte de 2008. Las deudas del gobierno estadounidense son los activos seguros sobre los que se asienta toda la estructura de las finanzas privadas. Son la base del poderío financiero de Estados Unidos y, por lo tanto, del orden mundial tal como lo conocemos.

El nerviosismo de la economía mundial en 2019 ya había puesto en entredicho la perspectiva de normalización, y 2020 la echaría por tierra totalmente. Los bancos centrales no solo actuaron a una escala sin precedentes, sino que lo hicieron con una celeridad y un entusiasmo que traicionaba la creciente desinhibición de las décadas anteriores. En 2008 todavía había habido una cierta vacilación sobre las intervenciones del banco central. En 2020, tal vacilación desapareció por completo. Las profundas consecuencias de la apertura de las compuertas monetarias se harían evidentes a lo largo de las semanas siguientes, a medida que la política fiscal se iba poniendo al día. Fue una acción de emergencia de lo más radical, pero ¿qué era ya la normalidad?.

La respuesta fiscal al coronavirus fue una expresión sorprendente de desarrollo a la vez combinado y desigual. Por un lado, dado que casi todos los países del mundo se unieron a la medida colectiva de paralización total, en la misma medida todos los países del mundo se centraron en el gasto para mitigar la crisis. Por otro lado, las cantidades que eran capaces de movilizar eran enormemente dispares. Según el FMI, en octubre de 2020 la economía avanzada promedio gestionaba un esfuerzo fiscal discrecional de casi el 8,5 % del PIB. El promedio de los países de mercados emergentes de ingresos medios fue apenas del 4 %. Y, en general, los países de bajos ingresos movilizaron menos del 2 % del PIB para las medidas contra el coronavirus.

La economía mundial era un caos: las grandes ciudades estaban paralizadas, el dólar parecía desatado… Sin embargo, con importantes reservas de divisas a su disposición, una vez que las agudas presiones en los mercados globales de bonos se disiparon en marzo de 2020, ya no había motivos inmediatos para el pánico. Los principales mercados emergentes podían dejar que sus monedas cayeran, confiando en su capacidad tanto para adquirir dólares si los necesitaban como para ralentizar la devaluación si esta se descontrolaba. El Banco de Indonesia intervino con decisión para frenar la depreciación de la rupia y absorber cualquier bono del gobierno nacional vendido por los inversores. El banco central de Brasil era uno de los gestores más sofisticados de los mercados de divisas. En abril había gastado 23.000 millones de dólares para apuntalar el real: era una cifra considerable, pero en realidad no representaba más del 6 % de las enormes reservas de Brasil. Chile, Colombia, la India, México, Rusia y Turquía también realizaron operaciones para frenar la tasa de depreciación.
En 2020, los mercados emergentes ya habían demostrado su capacidad para soportar incluso una fuga de capitales muy severa, aunque la crisis del coronavirus no era como otras crisis. Una cosa era amortiguar los golpes financieros, y otra muy distinta gestionar el impacto de la crisis en la economía real.
El nuevo kit de herramientas para gestionar los riesgos de la globalización financiera permitía a los países de ingresos bajos y medios capear el impacto inmediato de la tormenta financiera de 2020, lo cual era todo un alivio tanto para los prestamistas como para los prestatarios. Con los bancos centrales de mercados emergentes como nodos de alto funcionamiento, el consenso de Wall Street era aún más resistente. La elusión de la crisis financiera suponía una enorme ventaja, pero dependía de un mundo de abundante liquidez, y lo que no podía aliviar sobre el terreno era la pandemia.

A comienzos de 2020, el símbolo de la brecha entre China y el resto del mundo era la mascarilla. Durante un breve período, este artículo aparentemente mundano se convirtió en el producto más solicitado. Personas de todo el mundo hicieron un curso intensivo de ingeniería textil y de termoplásticos para entender qué hacía que las máscaras N95 fueran tan especiales.
Antes de la crisis, en China se fabricaban la mitad de las mascarillas de todo el mundo. Tras el brote de Wuhan en enero, la primera reacción china fue acaparar la mayor cantidad posible de su producción nacional, y luego comprar toda la oferta mundial disponible. En un solo día, el 30 de enero, los agentes de compras chinos lograron importar 20 millones de mascarillas, lo cual constituía una cifra considerable, pero estaba lejos de ser suficiente para una población de 1.400 millones de habitantes. Al mismo tiempo, China aumentaba su propia producción, de 10 millones de mascarillas por día a 115 millones a finales de febrero, aunque todavía muy lejos de poder ofrecer a sus ciudadanos una cantidad suficiente.
La pandemia hacía que la autosuficiencia resultase atractiva; sin embargo, como señalaron los defensores del libre comercio, el debate sobre la oferta mundial de EPI se basaba, en gran parte, en premisas falsas. China estaba lejos de monopolizar la producción mundial, y la idea de una repatriación empresarial integral a causa de la COVID también era ilusoria. Lo que hacía que China fuese un destino atractivo para la fabricación moderna no eran solo los bajos costes, sino también las sofisticadas redes de proveedores y sistemas logísticos, ventajas que no iban a evaporarse de la noche a la mañana a causa de algunas mascarillas de baja calidad o de unos cuantos test defectuosos.
La política global del virus ponía de manifiesto que la «conmoción de China» no tenía un significado unívoco, sino que dependía de dónde estuvieras en el mundo. Para Europa y Estados Unidos, China era un inoportuno competidor. Para otras partes del mundo, el crecimiento de China podía ser desalentador, pero también ofrecía oportunidades espectaculares. En 2019, Brasil había exportado el doble a China que a Estados Unidos. Y para las economías costeras del Pacífico, como Perú y Chile, China era aún más importante.

Podría decirse que un avance científico nunca había sido tan importante a escala global. Por supuesto, es un hecho que las economías modernas no serían posibles sin las tecnologías modernas. En los datos económicos, sin embargo, el impacto específico de tecnologías concretas puede ser sorprendentemente difícil de precisar. Hay un gran número de ensayos académicos dedicado a debatir si la revolución industrial habría sido posible sin la máquina de vapor o el ferrocarril. A pesar de su ubicuidad, los economistas lucharon durante mucho tiempo para medir el impacto de las tecnologías industriales en la productividad. Y si eso resultaba desconcertante, la convicción opuesta era aún menos agradable. A comienzos de la segunda mitad de 2020, la certeza de que el retorno a la normalidad dependía de la inmunidad masiva ya era innegable, y la única manera segura de lograrlo era a través de una inmunización total. Todo dependía de conseguir una vacuna.
A comienzos de 2021, a medida que iban llegando más buenas noticias de las pruebas de Fase III en todo el mundo, quedó claro que era posible desarrollar en un tiempo récord no solo una vacuna o una familia de vacunas, sino muchas. En la carrera por el desarrollo, la mayor riqueza de Estados Unidos y Europa iba a proporcionarles una ventaja no solo de años, sino de meses o incluso semanas. En todo caso, necesitaban esa ventaja. Aparte de América Latina, durante el invierno de 2020-2021 ninguna parte del mundo sufrió más que Estados Unidos y la UE por la segunda y tercera ola de la pandemia.
A las pocas semanas de que surgiesen las primeras noticias sobre las vacunas, se identificaron mutaciones en el Reino Unido y Sudáfrica que aumentaban drásticamente la capacidad de infección del virus. Proporcionaba un cierto consuelo saber que su letalidad no había aumentado, pero, desde el punto de vista de la salud pública, lo que realmente importaba era la tasa de reproducción y el volumen de casos resultante. Una mayor transmisibilidad era peor que una mayor letalidad, porque la primera es exponencial, mientras que la segunda es lineal.

La crisis del coronavirus confirmó lo que ya había quedado claro cuatro años antes durante el referéndum de 2016. Una de las ironías del beligerante eslogan de los partidarios del Brexit, «Recuperemos el control», fue que surgió en un momento en el que, debido a la enorme liquidez de los mercados de capitales y de dinero, las economías avanzadas como el Reino Unido estaban bajo menos restricciones financieras externas que en cualquier momento anterior de la historia moderna. El reto no era, como sugería el eslogan, librarse de los grilletes externos, sino aprovechar al máximo las amplias opciones disponibles.
La aprobación de las vacunas también fue lenta. Por razones de costes, las compras de la UE habían favorecido a AstraZeneca, que acabaría teniendo dificultades tanto en las pruebas como en la producción. Bruselas no forzó el ritmo, pero tampoco lo hicieron los gobiernos nacionales. Ursula von der Leyen y el resto de la Comisión intentaron reconducir su discurso. Como señalaron, a diferencia de Estados Unidos o del Reino Unido, la UE era un gran exportador neto de vacunas. Una de las primeras acciones de Mario Draghi fue detener los envíos hacia Australia de la vacuna fabricada en Italia, ya que en Australia el virus estaba prácticamente controlado. A pesar de un comienzo lento, el programa europeo estaba acelerando. Cuando llegara el verano, la población vulnerable ya estaría totalmente inmunizada. Sin embargo, con la nueva paralización de todas las ciudades importantes del continente, y con las familias nuevamente enfrentadas al estrés de cierres de colegios y confinamientos, todo esto tenía poco alcance. En el primer aniversario del desastre de salud pública de 2020, la maquinaria gubernamental europea volvió a fallar en la prueba del coronavirus. A la luz de estos desbarajustes, la emancipadora máxima de John Maynard Keynes, que sostiene que podemos permitirnos cualquier cosa que realmente podamos hacer, comenzó a adquirir un creciente regusto amargo.

El reto de cara al futuro que nos ha planteado el año 2020 parece claro. O bien encontramos la manera de convertir en billones los miles de millones invertidos en investigación, desarrollo y tecnologías futurista, nos tomamos en serio la necesidad de construir economías y sociedades más sostenibles y duraderas, y nos equipamos con las capacidades necesarias para hacer frente a crisis impredecibles y de movimiento rápido, o nos veremos desbordados por el retroceso de la calidad de nuestro entorno natural. Esas son las típicas exigencias que se suelen descartar con facilidad por parecer poco realistas, pero, tras la conmoción de 2020, ¿qué más pruebas necesitamos? Lo que es preciso ajustar es nuestra comprensión común de la realidad en la que nos encontramos. Aquellos que durante décadas nos han venido advirtiendo de los grandes riesgos sistémicos han sido reivindicados de una forma aplastante.
La nueva era de la globalización está generando una multipolaridad centrífuga. Grandes potencias regionales proliferan, se alían y entran en conflicto entre sí, y luego prosperan o se desvanecen. En 2008, la principal causa de conflicto fue el resurgimiento de la Rusia de Vladímir Putin y su choque contra el poder de la OTAN. En 2020, el más violento de estos campos de fuerza se encontraba en Oriente Medio en el sentido más amplio del término: el uso del enfrentamiento de Arabia Saudí contra Irán por parte de los Emiratos Árabes Unidos, por un lado, y Qatar y Turquía, por otro. Las guerras directas y las guerras subsidiarias, surgidas de los escombros de las políticas estadounidense y europea en la región, han traído miseria a decenas de millones de personas en Libia, Siria, Irak y Yemen, todo debido a los depósitos clave de combustibles fósiles.
Cualquiera de estos vectores del cambio global —ambiental, económico, político, geopolítico— podría sugerir por sí solo que, lejos de ser una culminación, el año 2020 fue simplemente un momento concreto en un proceso de escalada. Y considerados en su conjunto, forman un paralelogramo que hace que la desescalada sea difícil de imaginar, si no directamente imposible. La gran aceleración continúa.
La lucha con el poder y el conocimiento en el tiempo. Descubrir la experiencia arcana, situarla e interpretarla, desentrañar conceptos y reorganizar los relatos en los que el poder gira incesantemente sobre sí mismo, reconociendo y convirtiendo en propósitos críticos las innovaciones que produce el conocimiento del poder.
Si nuestra primera reacción a lo ocurrido en 2020 fue de incredulidad, nuestra consigna para afrontar el futuro debería ser: «Todavía no hemos visto nada».

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/12/07/crash-como-una-decada-de-crisis-financieras-ha-cambiado-el-mundo-adam-tooze-crashed-how-a-decade-of-financial-crises-changed-the-world-by-adam-tooze/

https://weedjee.wordpress.com/2021/11/06/el-apagon-como-el-coronavirus-sacudio-la-economia-mundial-adam-tooze-shutdown-how-covid-shook-the-worlds-economy-by-adam-tooze/

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The emergence of the virus was the trigger, but even before we knew what was coming our way, there were many reasons to think that 2020 could be a tumultuous year. The conflict between China and the United States was very close to reaching boiling point. A «new cold war» hung in the air. Global growth had decelerated severely in 2019. The IMF was concerned about the destabilizing effect that geopolitical tension could have on a heavily indebted global economy. Economists had developed new statistical indicators to track the uncertainty that was stalling investment. The data suggested that the source of the problem was in the White House. China’s spectacular rise deprived the economy of its innocence in a different sense. It was no longer clear that the great gods of growth were on the side of the West, which, it seems, altered an important assumption on which until then there was consensus in Washington. In a very short time, America would cease to be number 1. In fact, it was becoming increasingly clear that the gods, at least those represented by the goddess of nature, Gaia, did not seem to agree with economic growth. Climate change, which had originally been the exclusive concern of the environmental movement, became the representation of a broader imbalance between nature and humanity. Debates about «green deals» and energy transitions were beginning to emerge everywhere.
SARS-CoV-2 was a full-fledged «Chinese commotion» with a trace of revenge. In the times of the Silk Road, infectious diseases had traveled from east to west across Eurasia. At that time, the spread had been limited by the slow pace of travel, since, in the age of maritime navigation, carriers of the disease often died on the road. In 2020, however, the coronavirus was moving as fast as the plane and the high-speed train. In 2020, Wuhan was a thriving metropolis of recent immigrants. Half the population would leave the city to celebrate the Chinese New Year. It would take only a few weeks for SARS-CoV-2 to spread from Wuhan to all of China and much of the rest of the world.
A year later, the world was reeling. In the historical record of modern capitalism there has never been a time when nearly 95% of the world’s economies suffered a simultaneous contraction of GDP per capita, as would occur during the first half of 2020.

When writing the earlier part of his oeuvre, Tooze developed a detailed understanding of modern society and its theory. This work culminated in 2018 with the publication of Crashed, which really put him on the map as a respectable analyst of contemporary society. With his previous books about international development and world system construction during the world wars or of the economic rationality of the nazi regime, Tooze had created a fresh outlook which made his touch on modern issues resonate with many people, my self included. He began receiving more and more invites to visit podcasts, and became a regular on various publications ranging from the London Review of Books to Foreign Policy. This process only further escalated with the beginning of the corona crisis, when Tooze became akin to a living Adriane’s thread through the labyrinth of societal chaos for many.
Much of Tooze’s audience consists of the technocratic elites he writes about. Nonetheless, Crashed represented a departure from his previous books in that politics was ever present in it. Much of Crashed was spent articulating the abject failure of elites to deal with crises of their own creation, and how these crises severely disrupted the lives of ordinary people. Tooze’s book yet remained an account fundamentally from the perspective of the contours of power. Perry Anderson had the following to say about this approach:
“In [Tooze’s works], a ‘situational and tactical’ approach to the subject in hand determines entry to it in medias res, dispensing with a structural explanation of its origins […]] the overarching theme is the dynamism of American power as skeleton key to the twentieth century. In both, the political standpoint is, as self-described, that of a left-liberalism».
Shutdown itself is more or less a compendium of interesting numbers and anecdotes without rigorous second order coherence (which is understandable for a book about an event which is hardly a year old, especially written by an intellectually honest historian). But one cannot help walking away from it missing the breadth and depth of Tooze’s previous books, the intellectual energy of which made him the beloved contemporary commentator he has become. What Shutdown represents is a defeat of Tooze the theorist and historian of modernity at the hands of Tooze the commentator and writer for The New York Times.
Part of the problem was the book was written so fast, that it had no unifying theme. It ends with a word on the future and China’s likely growth (“We ain’t seen nothing yet”), but while ‘Shutdown’ is useful on China’s handling of Covid, this can hardly be said to be the overarching theme of the whole book.
For a financial markets practitioner like myself, there was little new in the book. I lived through these 18 months of hell. I read every newspaper, watched every central bank decision, thought my own big picture thoughts too. I did however find it most useful on Europe, especially the German Constitutional Court decision, and its fundamental questioning of the legal foundations of Europe’s institutions.
Where I found the book failed somewhat was on the issue of Africa and debt relief. I am aware of the importance of the ‘first draft of history’ iso the assertion that Vera Songwe of UNECA somehow got it, and was leading the charge on the importance of private capital flows into SSA, absolutely needs to be challenged.
Was it a late in the day Damascene conversion? Did anyone miss the fact that she was an equal treatment cheerleader when it came to the DSSI? Did anyone miss the fact that the uncertainty faced by private creditors early on, largely because of the efforts of institutions like UNECA, likely caused a deeper crisis in Africa than ever needed to be the case? Could people stop discouraging normal commercial flows into African economies? African economies need investment as much as anywhere else, and no one need rewrite the incentive rules for private creditors, just because it’s Africa.

Throughout history there have been far more deadly pandemics. What was novel about the coronavirus in 2020 was the magnitude of the response. And that in turn raised a question. As the leading economic commentator for the Financial Times, Martin Wolf, put it:
Why […] has the economic damage from such a relatively mild pandemic been so great? The answer is simple: because it could be. Prosperous people can easily do without a large proportion of their normal daily expenses, while their governments can support affected individuals and businesses on a large scale. The response to the pandemic is a reflection of current economic possibilities and social values, at least in rich countries.
The arrival of the coronavirus exposed our lack of institutional preparedness, what Beck called our «organized irresponsibility,» and revealed the weakness of the basic apparatus of state administration, such as updated citizen censuses and government databases. To deal with the crisis, what we needed was a society that gave care a much higher priority. In this sense, many voices demanded from unexpected places a «new social contract», a contract that adequately values essential workers and takes into account the risks generated by the globalized lifestyles of the most fortunate. Like the Green New Deal programs that have emerged since the turn of the millennium, these grand proposals were meant to inspire. They were designed to mobilize. They were crying out for a review of power. If there was a new social contract, who would carry it out?
Many of the calls for great social reform in 2020 left a strange taste in the mouth. As the coronavirus crisis gripped the world, the left on both sides of the Atlantic, at least the sector led by Jeremy Corbyn and Bernie Sanders, was going to be defeated. The promise of a radicalized and revitalized left, organized around the idea of the Green New Deal, seemed to dissipate amid the pandemic.
The immediate economic policy response to the coronavirus crisis was based on the lessons of 2008. Fiscal policy became even broader and faster. Central bank interventions became even more spectacular. If both policies – fiscal and monetary – were mentally combined, the essential ideas of the economic doctrines that had been defended in the past by radical Keynesians and that had recently been modernized with doctrines such as Modern Monetary Theory (MMT) were confirmed. State finances are not as limited as those of households. If a monetary authority considers organizing financing as more than a technical matter, that in itself is a political option.

The year 2020 clearly revealed the extent to which economic activity depended on the stability of the natural environment. A small mutation of the virus into a microbe could threaten everyone’s economy. He also exposed how, in an extreme situation, the entire monetary and financial system could be directed towards supporting markets and livelihoods, forcing the question of who received that support and in what way. Both clashes broke down barriers that were fundamental to the political economy of the last half century, lines that separated economics from nature, economics from social policy, and from politics per se. In addition to that, in 2020 there was a third change that helped to dilute the basic assumptions of the era of neoliberalism: the rise of China.

Rather than ignore the threat of the pandemic, in recent decades governments around the world have equipped themselves with specialized departments that continually prepare to deal with a potential biomedical catastrophe. These departments think like a military organization, and do not assume that the threat can be overcome: the idea that infectious diseases can be tamed is nothing more than an absurd presumption of overly optimistic public health activists. The job of pandemic specialists is to prepare for a threat that will never go away and that can escalate at any time.
What was the residual value of the lives of patients, especially the elderly, that could be saved through sudden and massive stoppage, and the suffering avoided for those who developed a persistent form of COVID, and how did it influence the cost suffered? for the 1.3 billion young people whose education was interrupted, the hundreds of millions who were left without work and the tens of millions who began to starve as a result of the global economic disruption?
As disconcerting as its impact was, the 2020 coronavirus crisis was an accident that had to happen sooner or later. Our modern way of life not only accelerated the mutation of potentially dangerous viruses, but we carried them around the world at the speed of jet planes. The experts understood the risks and made hypothetical plans for how we might respond. We, the general population, tend to have high expectations about control and predictability, since our entire lives revolve around systems highly susceptible to mass contagion. However, those who could afford it did not seem willing to pay to develop real training. There were teams of employees who had designed plans for possible emergencies, but no one wanted to live in the shadow of the threat that their hypotheses could become real. Who would want to interrupt your daily life for Cold War-style «duck and hide» drills? Meanwhile, democratic politics was toned down and polarized to such an extent that reaching political agreement on how to respond to a pandemic crisis was difficult even to imagine. It was a formula not to generate solutions, but to generate crises. In hindsight, the history of the last century could be told as a chronicle of foretold disasters.

China was experiencing was not a Cold War-era explosion, it was not a «Chernobyl case,» but an unprecedented social and economic upheaval. Thanks to their swift and effective response, the regime and the people were successfully eradicating the virus. The problem was, that success would come at a huge cost. During the first half of 2020, China would suffer its first serious setback to economic growth since the new era of economic transformation began. Nor was there any question of guilt: it was the too shortsighted resistance of the Hubei government that allowed the virus to spread as far as it did. If SARS had already discredited the PCC in 2003, what happened in 2020 was much worse. Despite the successful crackdown in February, the 2020 coronavirus crisis could have turned into a huge problem for the Xi regime; Instead, it became a favorable occasion for what has been aptly called «disaster nationalism,» an opportunity to demonstrate collective resilience under the leadership of the Party.
The failure of the West had given the PCC a historic triumph.
Among those with immediate reasons to take the virus seriously were those charged with managing global supply chains. When the SARS crisis occurred, China only represented 4% of the world economy, but in 2020 its global share was already close to 20%. In a manufacturing sector like automotive, China was both the largest market and the largest production center. In 2019, 80% of car production worldwide included Chinese-made parts. As one automaker put it: «Everybody leans on China.» If China came to a standstill, hardly anyone could say, «It doesn’t affect me.» In February, Hyundai in South Korea was forced to halt production entirely, and both Nissan and Fiat Chrysler were already having serious problems keeping their factories running. Several European companies resorted to air transport of parts from China, which increased the risks. In Germany, the first cases of COVID-19 emerged in Bavaria, at auto parts supplier Webasto, after a visit from an employee of a Chinese consortium.
In the age of globalization, it is a truism to say that risks do not respect borders, which, of course, in 2020 was true in the most obvious sense: SARS-CoV-2 was a disease that could affect people. the majority of humanity. However, as the epidemic spread and began to gather steam, the marked differences in national responses became increasingly apparent. The pandemic became an Olympiad between national governments.

The lesson should have been that the earlier and more decisively acted, the shorter the period of confinement could be and the easier it would be to recover from it. Being willing to sacrifice normality for a while was actually the best way to preserve it, but that deeply counterintuitive leap was not easy to take. The promptness with which South Korea had responded turned out to be the exception. In fact, if judged by the standards of any other crisis, the reaction of the world’s governments can hardly be blamed, since no more than a few weeks passed between the recognition of the problem and the application of radical measures. That would have been enough for most other situations, but it was disastrously insufficient for a rapidly circulating pandemic.

The immediate impact of the coronavirus was the interruption of the supply chain, that is, of the supply. Large negative impacts on supply are rare.
The epidemic had an unusual impact on supply because it did not affect the economic variables that we usually focus on, such as technological resources, income or wealth, but affected our bodies, exposing the individual and collective body of humanity as the common denominator. of social and economic life. It affected us in an integral way through our body, linking the worlds of work and family life, production and reproduction.
The main element of the crisis was the sudden fall in share prices, which unleashed a veritable wave of panic in societies like the United States, where the upper middle class is heavily involved in private retirement plans. A deeper level of anxiety affected the mountain of debt in Emerging Markets and liabilities on the balance sheets of large corporations. In mid-March, with Europe reeling from the impact of the disease, the euro zone sovereign debt market was under great pressure. All of this was bad news in and of itself, but the truly terrifying shock of March 2020 was the seismic tremor that ripped through the US Treasury market, US government debt.
A stock market crash would already have been very damaging to wealth and to attracting new corporate capital. A credit collapse would have been debilitating for businesses. A sovereign debt crisis in the eurozone would have hampered the ability of the governments of Italy, Spain and France to respond to the epidemic. A crash in the US Treasury market, however, was a totally different problem, and its consequences went beyond even the 2008 North Atlantic banking crisis. The US government’s debts are the safe assets on which all the debt rests. structure of private finances. They are the foundation of America’s financial might and therefore of the world order as we know it.

The nervousness of the world economy in 2019 had already called into question the prospect of normalization, and 2020 would throw it away completely. Central banks not only acted on an unprecedented scale, they acted with a swiftness and enthusiasm that betrayed the growing disinhibition of previous decades. In 2008 there had still been some hesitation about central bank interventions. In 2020, such hesitation completely disappeared. The profound consequences of the opening of the monetary floodgates would become apparent in the following weeks, as fiscal policy caught up. It was a most radical emergency action, but what was normality already?.

The fiscal response to the coronavirus was a striking expression of both mixed and uneven development. On the one hand, since almost all the countries of the world joined the collective measure of total paralysis, to the same extent all the countries of the world focused on spending to mitigate the crisis. On the other hand, the quantities they were able to mobilize were enormously different. According to the IMF, in October 2020 the average advanced economy managed a discretionary fiscal effort of almost 8.5% of GDP. The average for middle-income emerging market countries was just 4%. And overall, low-income countries mobilized less than 2% of GDP for coronavirus measures.

The world economy was in chaos: the big cities were paralyzed, the dollar seemed unleashed … However, with significant foreign exchange reserves at its disposal, once the acute pressures in the global bond markets dissipated in March 2020, already there were no immediate reasons for panic. Major emerging markets could let their currencies tumble, relying on their ability both to acquire dollars if they needed them and to slow the devaluation if it got out of hand. The Bank of Indonesia intervened decisively to halt the depreciation of the rupee and absorb any national government bonds sold by investors. The central bank of Brazil was one of the most sophisticated managers of the foreign exchange markets. In April, it had spent $ 23 billion to shore up the real: it was a considerable figure, but in reality it did not represent more than 6% of Brazil’s huge reserves. Chile, Colombia, India, Mexico, Russia and Turkey also carried out operations to curb the rate of depreciation.
By 2020, emerging markets had already demonstrated their ability to withstand even very severe capital flight, although the coronavirus crisis was not like other crises. It was one thing to cushion financial shocks, and quite another to manage the impact of the crisis on the real economy.
The new Toolkit for Managing the Risks of Financial Globalization allowed low- and middle-income countries to weather the immediate impact of the 2020 financial storm, a relief for both lenders and borrowers. With emerging market central banks as high-functioning nodes, the Wall Street consensus was even more resilient. Avoiding the financial crisis was a huge advantage, but it depended on a world of abundant liquidity, and what it could not alleviate on the ground was the pandemic.

At the beginning of 2020, the symbol of the gap between China and the rest of the world was the mask. For a brief period, this seemingly mundane item became the most in-demand product. People from all over the world took a crash course in textile and thermoplastics engineering to understand what made N95 masks so special.
Before the crisis, China made half of the world’s face masks. Following the Wuhan outbreak in January, China’s first reaction was to grab as much of its domestic production as possible, and then buy up all the available global supply. In a single day, on January 30, Chinese purchasing agents managed to import 20 million masks, which was a considerable number but was far from enough for a population of 1.4 billion. At the same time, China was increasing its own production, from 10 million masks a day to 115 million at the end of February, although it is still a long way from being able to offer its citizens a sufficient quantity.
The pandemic made self-reliance attractive; however, as free trade advocates pointed out, the debate over the global supply of PPE was largely based on false premises. China was far from monopolizing global production, and the idea of comprehensive corporate repatriation due to COVID was also illusory. What made China an attractive destination for modern manufacturing was not only low costs, but also sophisticated supplier networks and logistics systems – advantages that weren’t going to evaporate overnight because of some low-cost masks. quality or a few faulty tests.
The global politics of the virus made it clear that the «China upheaval» had no unambiguous meaning, but depended on where you were in the world. For Europe and the United States, China was an unwelcome competitor. For other parts of the world, China’s growth might be daunting, but it also offered spectacular opportunities. In 2019, Brazil had exported twice as much to China as to the United States. And for Pacific coastal economies like Peru and Chile, China was even more important.

Arguably, a scientific breakthrough has never been so important on a global scale. Of course, it is a fact that modern economies would not be possible without modern technologies. In economic data, however, the specific impact of particular technologies can be surprisingly difficult to pin down. There are a large number of academic essays dedicated to debating whether the industrial revolution would have been possible without the steam engine or the railroad. Despite its ubiquity, economists have long struggled to measure the impact of industrial technologies on productivity. And if that was disconcerting, the opposite conviction was even less pleasant. At the beginning of the second half of 2020, the certainty that a return to normalcy depended on mass immunity was already undeniable, and the only sure way to achieve this was through total immunization. It all depended on getting a vaccine.
In early 2021, as more good news from Phase III trials spread around the world, it became clear that not just one vaccine or a family of vaccines, but many, could be developed in record time. In the race for development, the greater wealth of the United States and Europe was going to give them an advantage not just of years, but of months or even weeks. If anything, they needed that advantage. Apart from Latin America, during the winter of 2020-2021 no part of the world suffered more than the United States and the EU from the second and third waves of the pandemic.
Within weeks of the first vaccine news, mutations were identified in the UK and South Africa that dramatically increased the infectivity of the virus. It was somewhat comforting to know that their case fatality had not increased, but from a public health point of view what really mattered was the reproduction rate and the resulting volume of cases. Higher transmissibility was worse than higher lethality, because the former is exponential, while the latter is linear.

The coronavirus crisis confirmed what had already been made clear four years earlier during the 2016 referendum. One of the ironies of the belligerent Brexiters’ slogan, ‘Let’s regain control’, was that it emerged at a time when, due to Due to the enormous liquidity of the capital and money markets, advanced economies such as the United Kingdom were under less external financial constraints than at any previous time in modern history. The challenge was not, as the slogan suggested, to get rid of external shackles, but to make the most of the extensive options available.
Vaccine approval was also slow. For cost reasons, the EU purchases had favored AstraZeneca, which would end up having difficulties in both testing and production. Brussels did not force the pace, but neither did national governments. Ursula von der Leyen and the rest of the Commission tried to redirect his speech. As they pointed out, unlike the United States or the United Kingdom, the EU was a large net exporter of vaccines. One of Mario Draghi’s first actions was to stop shipments to Australia of the Italian-made vaccine, since in Australia the virus was practically controlled. Despite a slow start, the European program was accelerating. By summer, the vulnerable population would already be fully immunized. However, with the new shutdown of all major cities on the continent, and with families once again facing the stress of school closings and lockdowns, all of this had little scope. On the first anniversary of the 2020 public health disaster, the European government machinery again failed the coronavirus test. In light of these upheavals, John Maynard Keynes’s emancipatory maxim, who argues that we can afford anything we can actually do, began to take on an increasingly bitter aftertaste.

The challenge for the future that 2020 has presented us seems clear. Either we find a way to turn the billions invested in futuristic research, development and technologies into trillions, take seriously the need to build more sustainable and lasting economies and societies, and equip ourselves with the necessary capabilities to deal with crises. unpredictable and fast-moving, or we will be overwhelmed by the decline in the quality of our natural environment. Those are typical demands that are easily dismissed as unrealistic, but after the shock of 2020, what more evidence do we need? What needs to be adjusted is our common understanding of the reality in which we find ourselves. Those who for decades have been warning us of great systemic risks have been vindicated in an overwhelming way.
The new era of globalization is generating a centrifugal multipolarity. Great regional powers proliferate, ally and conflict with each other, and then prosper or fade. In 2008, the main cause of conflict was the resurgence of Vladimir Putin’s Russia and its clash with the power of NATO. In 2020, the most violent of these force fields was in the Middle East in the broadest sense of the term: the use of Saudi Arabia’s confrontation with Iran by the United Arab Emirates, on the one hand, and Qatar and Turkey, for another. Direct wars and subsidiary wars, emerging from the rubble of American and European policies in the region, have brought misery to tens of millions of people in Libya, Syria, Iraq and Yemen, all due to key fossil fuel deposits.
Any one of these vectors of global change – environmental, economic, political, geopolitical – could alone suggest that, far from being a culmination, the year 2020 was simply a specific moment in a process of escalation. And taken together, they form a parallelogram that makes de-escalation difficult to imagine, if not downright impossible. The great acceleration continues.
The struggle with power and knowledge in time. Discover the arcane experience, locate and interpret it, unravel concepts and reorganize the stories in which power turns incessantly on itself, recognizing and turning into critical purposes the innovations produced by the knowledge of power.
If our first reaction to what happened in 2020 was disbelief, our watchword for the future should be: «We haven’t seen anything yet».

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/12/07/crash-como-una-decada-de-crisis-financieras-ha-cambiado-el-mundo-adam-tooze-crashed-how-a-decade-of-financial-crises-changed-the-world-by-adam-tooze/

https://weedjee.wordpress.com/2021/11/06/el-apagon-como-el-coronavirus-sacudio-la-economia-mundial-adam-tooze-shutdown-how-covid-shook-the-worlds-economy-by-adam-tooze/

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