Retrato De Un Futbolista Adolescente — Valentín Roma / Portrait Of A Teen Footballer by Valentín Roma (spanish book edition)

Albert Camus dijo que todo lo que sabía de las obligaciones y la moral de los hombres se lo debía al fútbol.
El césped desprende un aroma a limpio, es una mezcla de cloro, jabón y cítricos. Ese perfume nos recordaba entonces de dónde veníamos, los años jugados en campos de tierra, las noches regresando en autobús desde los entrenamientos, sombríos, silenciosos y aún no tan prepotentes. Pero aquel olor también proclamaba que ya éramos una élite que defender, una aristocracia infantil. Utilleros que nos doblaban los uniformes, masajistas…
Nadie le dirige la palabra al debutante, que besa la medalla de su abuela y se persigna varias veces consecutivas, abrazando cualquier superstición. El jugador más veterano explica que «ochenta mil subnormales y cinco televisiones nos esperan ahí afuera», un comentario prohibido, nunca deben darse cifras que presionen el ánimo antes de pisar la hierba.
El entrenador golpea nuestros pechos de forma consecutiva, es su manera de bendecirnos o de darnos la extremaunción. Cuando me toca el turno acerca su cara a escasos centímetros de la mía y me lanza un insulto desproporcionado, todos lo entienden como un privilegio.
Somos cobayas con un manual de instrucciones y una ficha de estímulos, así lo pienso en el sueño y así lo pensaba antes de los partidos. Somos perros de Pávlov llegados desde barrios de provincias, pueblos agrícolas y urbanizaciones de casas unifamiliares. Nuestros padres esperan que los retiremos de los madrugones o que nos dediquen una calle con el apellido de la familia. Nuestras madres rezan por nosotros y encienden velas a vírgenes en éxtasis, postales de santas colocadas sobre los aparadores…
Somos niños que nos transformamos en adultos noventa minutos a la semana. Apenas sabemos hablar, apenas pensamos. En nuestros pies vive un minúsculo don y a él se encomienda el mundo cada domingo, a ese genio de meniscos y abductores, a ese mago de las rótulas y la obstinación.

Sencillo. Bien escrito, ameno, con buenos puntos humorísticos y muy real. Una historia peculiar. Es, por un lado, la de tantos otros jóvenes que dejaron el hogar para intentar ser futbolistas. La de aquellos que durante 90 minutos exhibían -porque así se les exigía- una madurez impropia de su edad. Y, por otro, la del contraste entre lo aprendido bajo el techo familiar y lo que se incorpora en el día a día en el camino para convertirse en una estrella del deporte. La vida de un deportista es breve. El autor decidió acortarla aún más. sigue los pasos de Joyce y su Retrato del artista adolescente. Traza una novela de aprendizaje que transcurre en una España de contraste entre generaciones: la de los padres campesinos que se trasladan a la ciudad y la de sus hijos universitarios que desarrollan aspiraciones sociales. El miedo, la ideología, las supersticiones, la estética, las lecturas, la música… van apareciendo en un libro que también recoge el olor a linimento de los vestuarios en los días de partido… la otra cara de la moneda.

Mamá odia el fútbol y cualquier cosa que implique competir, pero lo que más detesta son las discusiones políticas. Su sarcástico sentido del humor y su pereza recalcitrante le impiden creer en conceptos demasiado abstractos. Además, siempre tiene la tensión muy baja, algo que la inmuniza contra los ardores revolucionarios.
Cada vez que vamos de vacaciones detecto una hostilidad que mengua al cabo de unos días, es como un jet lag cuyas secuelas disminuyen mientras mis padres recuperan sus acentos infantiles, al mismo tiempo que nuestros estómagos se adecúan a la comida autóctona y nuestros hábitos se acompasan con los nuevos ciclos horarios.
En el pueblo no me dejan jugar al fútbol, papá dice que puedo lesionarme y mi madre añade que la gente de allí es muy envidiosa, que se frotarían las manos viéndome cojo durante el resto de mis días.
Mi madre alaba mis piernas cuando me ve caminar en calzoncillos por nuestro piso, dice que tengo las pantorrillas tan bonitas como una chica. De hecho, mi madre me trata como si fuese una hija, ignorando cualquier signo que contradiga esta certeza, incluidos los más aplastantes.

Cuando empezaron mis problemas con los éxitos deportivos, papá solía decirme que leyese y escribiese todo lo que quisiera, que la carrera de un futbolista está llena de tiempos muertos y que, al retirarme, podría publicar libros o trabajar como catedrático. Yo le contestaba que no se puede ser famoso en dos profesiones distintas.
El espíritu competitivo de un futbolista se mide en los entrenamientos y su rigurosidad en los partidos, sin embargo, sus certezas se calibran cuando está lesionado. Sólo entonces aparecen imágenes hasta el momento amortiguadas, indicios desconocidos.
Alguien dirá que perjudica tener tiempo para pensar, pero, no son las abstracciones, sino el día a día, los plazos por cumplir y la información del cuerpo aquello que se cierne y apabulla.

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Albert Camus said that everything he knew about men’s obligations and morals he owed to football.
The grass gives off a clean scent, it is a mixture of chlorine, soap and citrus. That perfume then reminded us of where we came from, the years played on dirt pitches, the nights returning by bus from training, gloomy, silent and not yet so arrogant. But that smell also proclaimed that we were already an elite to defend, a childish aristocracy. Utilleros who folded our uniforms, masseurs …
No one speaks to the debutante, who kisses his grandmother’s medal and crosses himself several times in a row, embracing any superstition. The most veteran player explains that «eighty thousand subnormals and five televisions are waiting for us out there», a forbidden comment, figures should never be given that put pressure on the spirit before stepping on the grass.
The coach hits our breasts consecutively, it is his way of blessing us or giving us the last rites. When it is my turn, he brings his face a few inches from mine and he throws a disproportionate insult at me, everyone understands it as a privilege.
We are guinea pigs with an instruction manual and a stimulus sheet, that’s how I think about it in the dream and that’s how I thought about it before the games. We are Pavlov’s dogs from provincial neighborhoods, agricultural towns and single-family housing estates. Our parents hope that we will remove them from the early rises or that they will dedicate a street to us with the family name. Our mothers pray for us and light candles to ecstatic virgins, postcards of saints placed on the sideboards …
We are children who become adults ninety minutes a week. We hardly know how to speak, we hardly think. In our feet lives a miniscule gift and the world is entrusted to him every Sunday, to that genius of menisci and abductors, to that magician of kneecaps and obstinacy.

Easy. Well written, entertaining, with good humorous points and very real. A peculiar story. It is, on the one hand, that of so many other young people who left home to try to be footballers. That of those who for 90 minutes exhibited – because they were required to do so – a maturity inappropriate for their age. And, on the other, that of the contrast between what was learned under the family roof and what is incorporated into the day to day on the way to become a sports star. The life of an athlete is short. The author decided to shorten it even more. follow in the footsteps of Joyce and her Portrait of the Teen Artist. He traces a learning novel that takes place in a Spain of contrast between generations: that of peasant parents who move to the city and that of their university children who develop social aspirations. Fear, ideology, superstitions, aesthetics, readings, music … are appearing in a book that also includes the smell of liniment from the changing rooms on match days … the other side of the coin.

Mom hates soccer and anything that involves competition, but what she hates the most is political arguments. Her sarcastic sense of humor and her recalcitrant laziness prevent her from believing in overly abstract concepts. In addition, she always has very low blood pressure, something that immunizes her against revolutionary fires.
Every time we go on vacation I detect a hostility that diminishes after a few days, it is like a jet lag whose consequences diminish while my parents recover their childish accents, at the same time that our stomachs adjust to indigenous food and our habits keep pace with the new hourly cycles.
In the town they don’t let me play soccer, Dad says I can get injured and my mother adds that the people there are very envious, that they would rub their hands seeing me as lame for the rest of my days.
My mother praises my legs when she sees me walking across our floor in my underwear, she says my calves are as pretty as a girl. In fact, my mother treats me as if she were a daughter, ignoring any sign that contradicts this certainty, including the most overwhelming ones.

When my problems with sporting success started, Dad used to tell me to read and write whatever I wanted, that a footballer’s career is full of downtime, and that when I retire, I could publish books or work as a professor. I answered him that he cannot be famous in two different professions.
The competitive spirit of a footballer is measured in training and his rigor in matches, however, his certainty is calibrated when he is injured. Only then do images appear so far muffled, unknown signs.
Someone will say that it hurts to have time to think, but it is not the abstractions, but the day to day, the deadlines to meet and the information of the body that looms and overwhelms.

4 pensamientos en “Retrato De Un Futbolista Adolescente — Valentín Roma / Portrait Of A Teen Footballer by Valentín Roma (spanish book edition)

    • Edmundo, la verdad es difícil quedarme con una pero en cuanto a mi favorita te diría telegraph road, me parece sublime cómo juega con las subidas y las bajadas en la narración de la historia de un país cualquiera

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