Quemar Libros. Una Historia De La Destrucción Deliberada Del Conocimiento — Richard Ovenden / Burning the Books: A History of the Deliberate Destruction of Knowledge by Richard Ovenden

El 10 de mayo de 1933 se organizó en Berlín una hoguera en Unter den Linden, la avenida más importante de la capital. Aquel lugar tenía una gran resonancia simbólica: frente a la universidad y adyacente a la catedral de San Hedwig, la Ópera Estatal de Berlín, el Palacio Real y el hermoso monumento conmemorativo de Karl Friedrich Schinkel. Una entusiasta multitud de casi cuarenta mil personas contemplaba a un grupo de estudiantes que desfilaba ceremoniosamente hacia la hoguera portando el busto de un intelectual judío, Magnus Hirschfeld (fundador del innovador Instituto de Ciencias Sexuales). Coreando «Feuersprüche», una serie de ensalmos al fuego, arrojaron el busto sobre los miles de volúmenes de la biblioteca del instituto, a los que habían añadido libros de judíos y de otros escritores «no alemanes» (entre ellos destacados comunistas y homosexuales) arrebatados de las librerías y las bibliotecas. En torno a la pira había filas de jóvenes con uniforme nazi haciendo el saludo de «heil Hitler». Los estudiantes estaban ansiosos por congraciarse con el nuevo Gobierno y aquella quema de libros era una estratagema publicitaria cuidadosamente planeada.
Las bibliotecas son fundamentales para el sano funcionamiento de la sociedad.

El título «Quemar libros» es lo que me atrajo de este libro. Sin embargo, podría llamarse más acertadamente una «Historia de las Bibliotecas».
Desafortunadamente, resultó no ser exactamente lo que esperaba. Está escrito con una inclinación académica.
En su mayor parte, habla de la historia de las bibliotecas que se remonta a los antiguos griegos y nos recuerda la importancia de preservar la palabra escrita.
Los dos capítulos que me parecieron más interesantes fueron:
Capítulo 6 – Cómo desobedecer a Kafka
Capítulo 8 – La Brigada del Papel
Capítulo 13 – El diluvio digital fue en su mayor parte alarmante incluso cuando ya somos conscientes de cómo se maneja la información en la era digital.
Lo que más me sorprendió fue la cantidad de escritores que ellos mismos exigen que sus obras sean destruidas después de su muerte.
La Introducción, la Coda (Capítulo 15), los Agradecimientos, los Créditos de las imágenes, las Notas, la Bibliografía y el Índice son quizás tan largos como el cuerpo del libro real y solo puedo imaginar que serían de interés para los académicos.
En este libro, Richard Ovenden, director de las Bibliotecas Bodleian en Oxford, describe la destrucción deliberada del conocimiento guardado en bibliotecas y archivos de la antigua Alejandría hasta ahora. Si bien esperaba que este libro solo hablara sobre la destrucción a lo largo de la historia, el título es un poco engañoso. Este libro dedica más tiempo a discutir la preservación y organización de colecciones y cómo pueden estar en riesgo usando la destrucción de ciertas bibliotecas y colecciones como ejemplos, especialmente documentos culturales para grupos minoritarios.
Si bien el título es engañoso, aprendí muchos datos interesantes sobre la destrucción de bibliotecas y colecciones que, en su mayoría, eran nuevas para mí. Siempre me ha fascinado saber por qué se destruyeron las colecciones y qué se puede hacer para evitar que eso suceda ahora con las colecciones. Este libro también dedica mucho tiempo a discutir el archivo digital y los problemas relacionados con él, lo que, si bien es interesante, se consideró innecesario para este libro porque este libro debería haber sido solo sobre la destrucción de colecciones.
Sin embargo, el mayor problema con este libro fue el estilo de escritura. Fue caótico. Algunos capítulos se sintieron por todas partes con información sobre diferentes colecciones mientras intentaban transmitir el punto de ese capítulo. Esto hizo que a veces fuera difícil entender cómo todo se relacionaba y cuál era realmente el sentido de algunos capítulos. También sé que el autor es Director de Bodleian, pero sentí que usó cualquier excusa para hacer referencia a él y sus colecciones a lo largo de este libro.
Entonces, si bien aprendí mucho de este libro, no fue exactamente una lectura divertida. No me arrepiento de leerlo, aprendí mucho como dije, solo creo que el título de este libro es engañoso y la gente debe estar preparada para eso.

La absurdidad de una política, instigada y agresivamente promulgada por un departamento gubernamental (bajo el liderazgo de Theresa May, que acababa de ser nombrada primera ministra en el momento en que la situación salió a la luz), que había destruido la principal prueba que habría permitido a muchas personas demostrar su ciudadanía. Aunque la decisión de destruir los registros se tomó antes de la aplicación de la política y probablemente no fuera malintencionada, sí puede que lo fuera la insistencia del Ministerio de Interior en el trato hostil. Escribí un artículo de opinión en el Financial Times en el que señalaba que la conservación de esta clase de conocimiento era vital para una sociedad abierta y sana, como de hecho lo ha sido desde el inicio de nuestras civilizaciones.
Desde el momento en que los seres humanos se agruparon en comunidades organizadas, con la necesidad de comunicarse unos con otros, se propició la creación de conocimiento y el registro de información. Por lo que sabemos, en las primeras comunidades, dicho conocimiento adoptó la forma de información oral, y el único registro permanente que se ha conservado aparece en forma de imágenes: pinturas realizadas en paredes de cuevas o incisiones de símbolos sobre piedra. Desconocemos por completo la motivación que los llevó a realizar aquellas marcas.

Los depósitos de conocimiento han sido siempre una parte esencial en el desarrollo de las sociedades desde su concepción. Pese al cambio radical que han experimentado las tecnologías de creación de conocimiento y las técnicas para la conservación, es sorprendente lo poco que han variado sus funciones nucleares. Ante todo, las bibliotecas y los archivos recopilan, organizan y conservan el conocimiento. Mediante regalos, traslados y compras han ido acumulando tablillas, rollos, libros, periódicos, manuscritos, fotografías y otras formas de documentar la civilización. Hoy en día, estos formatos se han extendido a través de los medios digitales, desde los archivos de procesamiento de textos hasta los correos electrónicos, las páginas web y las redes sociales. En la antigüedad y en la época medieval, la labor de organización de las bibliotecas tenía connotaciones sagradas: los archivos de los antiguos reinos de Mesopotamia solían guardarse en los templos…
Las bibliotecas y los archivos forman parte de la historia general de la difusión de ideas gracias al desarrollo y la publicación de sus catálogos, la provisión de salas de lectura, el patrocinio de becas, la publicación de libros, la realización de exposiciones y, recientemente, a través de la digitalización. La creación de las bibliotecas nacionales a partir del siglo XVIII y de las bibliotecas públicas desde el XIX extendió considerablemente el papel desempeñado por estas instituciones en la transformación de la sociedad.
En el meollo de todo esto se encuentra la idea de conservación. El conocimiento puede ser vulnerable, frágil e inestable. El papiro, el papel y el pergamino son altamente combustibles. El agua puede dañarlos fácilmente al igual que el moho que se crea por la elevada humedad. Los libros y los documentos pueden ser robados, destrozados y manipulados. La existencia de archivos digitales puede ser todavía más efímera debido a la obsolescencia tecnológica, la inestabilidad de los medios de almacenamiento magnético y la vulnerabilidad de todo conocimiento publicado en internet. Como ha podido comprobar todo aquel que se ha encontrado con un enlace roto en la red, sin conservación no puede haber acceso.
La importancia de los libros y del material de archivo es reconocida no solo por aquellos que desean proteger el conocimiento, sino también por quienes quieren destruirlo. A lo largo de la historia, bibliotecas y archivos han sido objeto de ataque. En ocasiones, los bibliotecarios y los archiveros han arriesgado y perdido la vida en aras de la conservación del conocimiento.
La conservación del conocimiento es una lucha crucial en todo el mundo. En Sudáfrica, tras la caída del régimen del apartheid, la estrategia adoptada para ayudar a sanar a una sociedad desgarrada por la violencia y la opresión del siglo anterior fue la de «documentar minuciosamente el dolor del pasado para que una nación unificada pueda recurrir a ese pasado como fuerza galvanizadora en la inmensa tarea de reconstrucción».

Pese a que la destrucción de la biblioteca de Asurbanipal en la caída de Nínive fuera un acto catastrófico, los detalles concretos de lo sucedido son inciertos. Las principales colecciones de la biblioteca y los archivos puede que fueran arrasados junto con la destrucción general del complejo palacial. Los incendios y el saqueo abundaban por todo el yacimiento y no podemos asegurar que la biblioteca fuera un blanco específico, aunque se han conservado pruebas de la rotura de determinadas tablillas (como las de tratados diplomáticos).
La Biblioteca Real de Nínive es la colección más famosa de su género entre las civilizaciones mesopotámicas, pero no fue la primera. En Uruk, en el sur de Irak, se han descubierto más de cinco mil tablillas que datan del cuarto milenio antes de Cristo y que básicamente tratan de asuntos económicos, pero también hacen referencia a cómo poner nombres a las cosas. Mil años después, tenemos testimonios procedentes de Siria, en el antiguo yacimiento de Ebla (al sur de la moderna ciudad de Alepo), de que había scriptoria y salas de biblioteca/archivo, con bancos de ladrillo para facilitar la selección de tablillas. Aunque no había ninguna expresión arquitectónica específica para las bibliotecas como edificios independientes, de esta época tenemos pruebas abrumadoras que demuestran la emergencia de técnicas de conservación para manejar la información, entre ellas distintos modos de almacenamiento. En la sala de archivos del templo de Nabu de Jorsabad (antigua capital de Asiria hasta que fue trasladada a Nínive) se encontraron elementos como estanterías de madera o casilleros de piedra, y en el templo de Shamash de la ciudad babilonia de Sippar había estantes, que servían para seleccionar las colecciones de tablillas, hecho que indicaba que su número había crecido tanto que se requerían técnicas especiales para clasificar y manejar la colección.23El uso de metadatos (en forma de etiquetas y otras maneras de describir el contenido de las tablillas) para ayudar a recuperar información y las copias que realizaban los escribas junto con el almacenamiento de textos fueron también un rasgo innovador a lo largo de las civilizaciones de Mesopotamia.
Gracias a la biblioteca de Asurbanipal tenemos idea de lo que se conservaba en beneficio de las posteriores generaciones, puesto que las tablillas se heredaban de padre a hijo, incluidas las de la Epopeya de Gilgamesh. Incluso en aquella época comprendían que la conservación del conocimiento tenía valor no solo para el presente, sino también para el futuro. No obstante, la supervivencia de las propias colecciones es accidental. Las civilizaciones cayeron y no perduraron. Sus bibliotecas y archivos, incluso los que estaban destinados a sobrevivir, se han descubierto recientemente y solo gracias a los estudiosos en los albores de la arqueología.

Es difícil demostrar el vínculo directo entre las bibliotecas del mundo antiguo y las de posteriores generaciones, pero sí es posible detectar una práctica humana común de organización y conservación del conocimiento. No hay ninguna comunicación directa de práctica profesional para los bibliotecarios de Alejandría o Nínive. No se crearon manuales, ni se han transmitido aforismos breves. Lo que sobrevive es más un conjunto de valores: el valor de que el conocimiento implica poder, que el afán por reunirlo y conservarlo es una tarea valiosa y que su pérdida puede ser una temprana señal de advertencia de una civilización en decadencia.
La Biblioteca Capitular de Verona, en el norte de Italia, tiene sus orígenes en el scriptorium de la catedral. El libro más antiguo asociado a la biblioteca data de 517 d. C. y fue escrito por un tal Ursicino, que ostentaba un cargo menor en la catedral, pero la biblioteca contiene libros que son por lo menos un siglo más antiguos, posiblemente de cuando Alejandría conservaba aún cierta reminiscencia de su vieja gloria. Es muy probable que estos libros se hubiesen copiado en su scriptorium de otros libros traídos con el propósito de formar una colección. En el siglo VI, en el desierto del Sinaí, una comunidad religiosa erigió un monasterio dedicado a santa Catalina y crearon una biblioteca que albergaba manuscritos bíblicos de extraordinaria importancia, sobre todo el famoso Codex Sinaiticus, el primer manuscrito y el más completo de la Biblia en griego, que data de la primera mitad del siglo IV. A fecha de hoy, la biblioteca sigue conservando manuscritos y libros impresos para uso de la comunidad y otros estudiosos.
Sin embargo, se perdieron muchas obras fundamentales durante el período que denominamos Antigüedad tardía…
La leyenda de Alejandría generó la idea de que las bibliotecas y los archivos eran lugares donde podía crearse conocimiento y sabiduría, que es precisamente lo que vemos en la mezcla de libros y eruditos que convivían en el Museion. La fama de Alejandría se extendió por todo el mundo antiguo y se ha transmitido a lo largo de la historia, inspirando a otros a emular su misión de reunir y organizar el conocimiento del mundo.

La Reforma europea del siglo XVI fue en muchos aspectos uno de los peores períodos de la historia del conocimiento. Cientos de miles de libros fueron destruidos y muchos otros desubicados de las bibliotecas que durante siglos los habían custodiado. Los archivos de los monasterios que estaban en primera línea de la Reforma no han sido estudiados con la misma intensidad, pero como bien delata la historia de la carta magna, cantidades ingentes de documentos y registros fueron destruidos. Los monjes y las monjas que ejercían de bibliotecarios y archiveros se vieron impotentes para frenar la fuerza de la Reforma; por consiguiente, la tarea de conservación correspondió a un grupo de personas que, en palabras del escritor del siglo XVII John Earle, eran «extrañamente diligentes con el pasado» y que normalmente eran «admiradoras de la herrumbre de los viejos monumentos», que estaban «enamoradas de las arrugas y amaban todas las cosas (como hacen los holandeses con el queso) por decrépitas y carcomidas». Estas personas eran los anticuarios, y según Earle un anticuario solía ser la clase de individuo al que le gusta leer detenidamente un manuscrito «incansablemente, sobre todo si las tapas están completamente apolilladas».
Lo que los unía era una pasión por el pasado y por la recuperación de las ideas y el conocimiento. Formaron sistemas de contactos que les permitían copiar los libros de los demás e incluso crearon una sociedad en 1607; al principio de poca andadura, pero refundada un siglo después y que todavía existe en la actualidad: la Sociedad de Anticuarios. Estas personas contribuyeron a la conservación de una parte sustancial del conocimiento del período medieval. Su trabajo impulsaría la creación de muchas de las bibliotecas modernas más importantes y fomentaría las profesiones de bibliotecario y archivero.

El proceso de ordenar información fue parte integrante del desarrollo de la regulación y el incremento de las finanzas del Estado, pero también empezó a verse como algo que resultaba beneficioso para fines públicos. Parte del papel del Gobierno era, después de todo, asegurarse de que los ciudadanos estaban bien gobernados. En el siglo XVII, en círculos cercanos a la Sociedad Real y el Gresham College de Londres, intelectuales destacados fomentaron la recogida de estadísticas sociales como medio para que el Gobierno fuera «más seguro y uniforme» y para garantizar «la felicidad y grandeza» del pueblo.
Bodley fue meticuloso en sus preparativos para el futuro. Se redactaron estatutos, se donaron fondos, se restauraron viejos edificios y se planificó e inició la construcción de otros nuevos. Además, Bodley quería que el nuevo cargo de bibliotecario fuera desempeñado por «alguien distinguido y conocido por su diligencia en los estudios, y que su conversación fuera leal, activa y discreta, un graduado y también lingüista, libre de responsabilidades matrimoniales y sin beneficios eclesiásticos» (es decir, que no fuera cura párroco). Tras el nombramiento de Thomas James, un eminente erudito que había trabajado en la Biblia del rey Jacobo, el fundador y benefactor estuvo pendiente de él a todas horas. La correspondencia conservada entre ambos dibuja un cuadro fascinante de puras minucias relativas a la creación de una gran biblioteca. El cargo todavía lleva el nombre de «bibliotecario de Bodley».
El arca tenía que ser hermética. En 1609, sir Thomas completó la hazaña al establecer una dotación, puesto que «mediante una buena observación» había «constatado que la causa principal de la completa subversión y ruina de algunas de las bibliotecas más famosas de la cristiandad ha sido la falta de los fondos necesarios y de ingresos para su constante conservación». Y a continuación, Bodley decidió pasar de las palabras a los hechos y desheredó a su familia.

En la Nochebuena de 1851, se declaró un incendio en una chimenea de la biblioteca y más de la mitad de sus 55.000 libros quedaron destruidos, incluida gran parte de la biblioteca de Jefferson. La reconstrucción de la biblioteca tendría que esperar hasta el final de la guerra civil, igual que el nombramiento de Ainsworth Rand Spofford como sexto bibliotecario del Congreso por el presidente Lincoln. Spofford vio con claridad cuál tenía que ser la trayectoria para que la biblioteca se convirtiese en biblioteca nacional y fue capaz de articular su visión: aumentó los fondos congresuales para adquisiciones, organizó la transferencia de la Biblioteca de la Institución Smithsoniana y, sobre todo, consiguió que la biblioteca fuera el lugar del depósito legal de las publicaciones estadounidenses en la Ley de Derechos de Autor de 1870.
La destrucción de la biblioteca por los británicos en 1814 fue una acción de un Estado contra otro. Fue un acto político deliberado destinado a debilitar el centro de la política y el Gobierno. En este sentido, el episodio evoca algunos de los ataques al conocimiento acaecidos en el mundo antiguo. La respuesta a la destrucción de la Biblioteca del Congreso supuso una transformación de su historia, igual que lo fue la destrucción de la Biblioteca de Oxford en la década de 1550. La nueva Biblioteca del Congreso no solo fue más grande que la que quedó devastada, sino que se convertiría en el recurso que mejor se adecuaba a un país forjado con ideas modernas de lo que significaba ser una nación democrática e ilustrada. Su creación llevaría tiempo, pero cuando finalmente vio la luz, se convirtió en líder global de la conservación del conocimiento y contribuyó a alimentar con información e ideas a la nación más poderosa de la Tierra.

El archivo de Kafka ha sobrevivido a numerosos peligros desde aquel acto de conservación efectuado por Brod en 1924. En 1939, con los nazis a punto de entrar en la ciudad e imponer su reinado de antisemitismo, Brod se montó en uno de los últimos trenes que abandonaban la ciudad, con maletas repletas de papeles. En la década de 1960, cuando el conflicto árabe-israelí hizo aflorar el riesgo de que la ciudad donde se guardaban los papeles de Kafka fuese bombardeada, Brod decidió trasladarlos a una cámara acorazada de un banco en Suiza. Hoy en día descansan, principalmente, en tres ubicaciones: el grueso de los documentos, en la Biblioteca Bodleiana de Oxford; otras partes sustanciales, en el Deutsches Literatur Archiv en Marbach, Alemania, y otras, en la Biblioteca Nacional de Israel en Jerusalén. Las tres instituciones trabajan al unísono en la conservación y la difusión del extraordinario legado literario de Kafka.

En la actualidad, una de las colecciones más utilizada de materiales judíos custodiados en la Bodleiana es la colección Coppenhagen, formada por esta familia en Ámsterdam. Isaac Coppenhagen (1846-1905) era un importante maestro y escriba; él, su hijo Haim (1874-1942) y su nieto Jacob (1913-1997) reunieron una considerable colección de libros hebreos en su casa. Con la invasión de Holanda en 1940, la colección fue trasladada a una escuela judía. Al constatar que los nazis intensificaban la persecución de judíos en Holanda, la familia consideró que la colección corría peligro y, con ayuda de personas no judías, llevaron los libros a una escuela holandesa cercana y los escondieron. También personas no judías dieron refugio a Jacob, pero el resto de su familia fue asesinada en los campos de exterminio. Algunos de los libros de la colección Coppenhagen fueron robados por los nazis en Ámsterdam y trasladados por el Einstazstab Reichsleiter Rosenberg: por lo menos dos libros de la colección de Oxford muestran sellos del Depósito de Archivos de Offenbach, lo que demuestra que habían sido saqueados de una biblioteca privada.
La extracción del conocimiento de una comunidad, aunque este no se destruya, puede tener consecuencias muy graves. La narración del pasado puede controlarse y manipularse, y la identidad cultural y política verse seriamente socavada si las comunidades no tienen acceso a su propia historia. Muchas de las antiguas colonias de las potencias europeas son desde hace décadas países independientes, y algunos siguen preocupados por el hecho de que su historia permanezca custodiada en depósitos extranjeros. Es vital que las comunidades de las que proceden estos materiales puedan asumir de nuevo el control del relato de la historia.

Los iraquíes han tenido una década para tratar de olvidar los últimos cuarenta años. La nueva generación merece la oportunidad de «recordar» o de comprender lo sucedido, pero como iraquíes, no como miembros de un régimen impuesto. Por desgracia, mientras escribo a comienzos de 2020, los archivos iraquíes conservados en la Institución Hoover todavía no han sido devueltos al Gobierno iraquí para su custodia. La situación geopolítica de la región no lo ha propiciado. No obstante, sin la posibilidad de utilizar esos archivos para encarar su pasado, el pueblo de Irak tendrá que luchar para avanzar hacia el futuro.

Cada vez más desarrollamos nuestras vidas en las redes sociales; por consiguiente, necesitamos encontrar maneras de que las bibliotecas y los archivos contribuyan a que nuestra sociedad siga siendo abierta. Desde que la esfera política ha abrazado la información digital, hemos visto un incremento de «noticias falsas» y de «hechos alternativos». La conservación del conocimiento para informar a los ciudadanos y proporcionar transparencia en la vida pública es sin duda un tema crucial para el futuro de la democracia. El comportamiento de las empresas tecnológicas, especialmente las de redes sociales, y de las corporaciones de datos que se han empleado en campañas políticas está cada vez más expuesto a escrutinio. Los archivos pueden ser vitales a la hora de proporcionar pruebas de su comportamiento.
Las bibliotecas y los archivos que conservan la web (en los «archivos de la web») son especialmente importantes porque son capaces de proporcionar bases permanentes para un amplio abanico de actividades humanas documentadas en internet en páginas web, blogs y otros recursos de la red.
El archivo de la red es todavía una herramienta relativamente nueva. El Archivo de Internet del Reino Unido, por ejemplo, es un esfuerzo colaborativo de seis bibliotecas de derechos de autor del Reino Unido y la República de Irlanda. Gozan del privilegio del «depósito legal», que establece que todas las publicaciones editadas deben ser depositadas en las bibliotecas designadas, tal como regulan las Leyes de Licencias de 1662 y la Ley de Derechos de Autor de la reina Ana de 1710. El archivo del dominio web del Reino Unido dio comienzo en 2004 como iniciativa de la Biblioteca Británica, con su recopilación de páginas web cuidadosamente seleccionada realizada a través de un sistema «basado en la petición de permiso», en el que se seleccionaron las páginas que había que capturar y se contactó con el propietario de cada una de ellas para obtener permiso explícito antes de añadirla al archivo. Todas las páginas conservadas quedaron abiertas al público en internet. En 2013, la legislación del depósito legal fue actualizada cuando se aprobó la ley de «Regulaciones del Depósito Legal No Impreso». Estas regulaciones transformaban este sistema voluntario en un sistema obligado por ley y empleado por las seis bibliotecas de depósito legal, que ahora cofinancian esta ingente empresa.
El archivo de la web es una tarea compleja, puesto que los objetivos se mueven constantemente. Muchas páginas web desaparecen o cambian de dirección con frecuencia. El Archivo de Internet del Reino Unido muestra un sorprendente índice de abandono de páginas capturadas a lo largo del tiempo.
La industria tecnológica está ahora realizando grandes inversiones en «la internet de las cosas», que facilita la conexión a internet de muchos aparatos domésticos, como las neveras, y opera mediante la transmisión de datos procedentes de sensores. Esta internet de las cosas está invadiendo el campo de los dispositivos portátiles, como relojes y joyería, que están diseñados para controlar nuestra salud, generando enormes cantidades de datos biométricos. El volumen de datos llegará al extremo de que los médicos podrán hacer predicciones muy precisas de nuestra salud futura. Esto contribuirá a la prevención de enfermedades, pero al mismo tiempo acarreará importantes cuestiones éticas. ¿Quién tendrá estos datos? Puede que no tengamos problemas en compartirlos con nuestro médico, pero ¿los compartiríamos con nuestra aseguradora médica? En este caso, es posible que las bibliotecas y los archivos puedan desempeñar un papel más determinante al proporcionar acceso seguro a la información digital personal, donde el ciudadano puede controlar quién tiene acceso a ella. Al mismo tiempo, las bibliotecas podrían facilitar esa información de forma anónima con el fin de mejorar la salud pública. Si este conocimiento se destruyera, podría haber profundas consecuencias para la salud de las personas, puesto que cada vez estamos más fuertemente vinculados a los sistemas digitales de salud.
El problema de archivar los sitios de las redes sociales es abrumador y, como hemos visto en el caso de Twitter, la conservación digital de toda una plataforma de redes sociales es un desafío mayor del que puede resistir incluso la mayor biblioteca del mundo. Estos sitios son dinámicos, cambian a cada segundo y se presentan a cada usuario de modo único y personalizado. Hemos de archivar las comunicaciones sobre la propia plataforma y la transmisión de datos que la apuntala. Los mensajes son una cosa, pero los «me gusta», los «acicates» y otras herramientas sociales que establecen las plataformas pueden decirnos mucho sobre el comportamiento social, la cultura, la política, la salud y demás. A mi parecer, conservar las grandes redes sociales y las plataformas tecnológicas de publicidad se está convirtiendo en una de las cuestiones cruciales de nuestra época.
Sin embargo, empiezan a surgir algunos intentos de archivo de las redes sociales. En el verano de 2019, la Biblioteca Nacional de Nueva Zelanda anunció un proyecto que pedía a los neozelandeses que donasen sus perfiles de Facebook a su Biblioteca Alexander Turnbull.
Las bibliotecas y los archivos todavía están a tiempo de hacerse con el control de estos corpus digitales de conocimiento a comienzos del siglo XXI, de poner este conocimiento al abrigo de ataques y al mismo tiempo proteger a la sociedad.

La vida moderna está cada vez más obsesionada con la inmediatez. Los inversores buscan ganancias instantáneas, y el comercio se ha automatizado hasta el punto de que cada hora se realizan miles de millones de transacciones en los mercados de valores. Esta fijación con el corto plazo resulta evidente en muchos ámbitos de la vida. El pensar a largo plazo se ha convertido en algo pasado de moda. La memoria de la humanidad, el conocimiento que ha creado en infinidad de formas, desde las tablillas cuneiformes hasta la información digital, nunca ha sido de uso puramente inmediato. Puede que sea más barato, más cómodo, fácil y rápido de destruir el conocimiento que valorarlo, catalogarlo, conservarlo y hacerlo accesible, pero abandonar el conocimiento en aras de la conveniencia a corto plazo es el camino más seguro para debilitar el control de la sociedad sobre la verdad.
Visto que el conocimiento y la verdad siguen siendo objeto de ataques, hemos de perseverar y depositar la fe en nuestros archivos y bibliotecas. La conservación debería considerarse un servicio a la sociedad, porque sustenta la integridad, el sentido del lugar y garantiza la diversidad de ideas, opiniones y memoria. El público en general tiene una elevada confianza en las bibliotecas y los archivos, que, sin embargo, están experimentando una disminución en su financiación. Y esto sucede cuando la conservación del conocimiento contenido en forma digital es un requisito fundamental para las sociedades abiertas y democráticas. No hay tiempo para complacencias, el próximo ataque al conocimiento está a punto de ocurrir, pero si somos capaces de dar suficiente apoyo a las bibliotecas, a los archivos y a la gente que trabaja en esos lugares, ellos continuarán protegiéndolo y poniéndolo a nuestra disposición.

Lo que perdemos cuando estas instituciones se destruyen o decaen por falta de fondos:
En primer lugar, representan un apoyo a la educación de la sociedad en su conjunto y de determinadas comunidades que habitan en ella.
En segundo lugar, proporcionan diversidad de conocimiento e ideas.
Tercero, respaldan el bienestar de la ciudadanía y los principios de la sociedad abierta a través de la conservación de derechos fundamentales y fomentando la integridad en la toma de decisiones.
Cuarto, proporcionan un punto de referencia fijo que permite que la verdad y la mentira sean juzgadas con transparencia, verificación, citación y reproducibilidad.
Finalmente, ayudan a que las sociedades se reconozcan en sus identidades culturales e históricas mediante la conservación de registros escritos de dichas sociedades y culturas.
Ante todo, la educación. El papel educativo de las bibliotecas y de los archivos es verdaderamente poderoso.

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On May 10, 1933, a bonfire was organized in Berlin on Unter den Linden, the most important avenue in the capital. This place had a great symbolic resonance: in front of the university and adjacent to St. Hedwig’s Cathedral, the Berlin State Opera, the Royal Palace and the beautiful memorial of Karl Friedrich Schinkel. An enthusiastic crowd of nearly 40,000 watched a group of students ceremoniously marching to the stake bearing the bust of a Jewish intellectual, Magnus Hirschfeld (founder of the groundbreaking Institute for Sexual Sciences). Chanting «Feuersprüche,» a series of incantations on the fire, they threw the bust over the thousands of volumes in the institute’s library, to which they had added books by Jews and other «non-German» writers (including prominent communists and homosexuals). snatched from bookstores and libraries. Around the pyre were lines of young men in Nazi uniforms saluting «heil Hitler.» The students were eager to ingratiate themselves with the new government, and this book burning was a carefully planned publicity ploy.
Libraries are essential for the healthy functioning of society.

The title “Burning the Books” is what attracted me to this book. However, it could more aptly be called a “History of Libraries”.
Unfortunately it turned out not to be quite what I expected. It is written with an academic slant.
For the most part it tells of the history of libraries dating back to the ancient Greeks as well as reminding us of the importance of preserving the written word.
The two chapters that I found most interesting were:
Chapter 6 – How to Disobey Kafka
Chapter 8 – The Paper Brigade
Chapter 13 – The Digital Deluge was mostly alarming even as we are already aware of how information is handled in the digital age.
I was most surprised at the number of writers who themselves demand that their works be destroyed after their death.
The Introduction, the Coda (Chapter 15), Acknowledgements, Picture credits, Notes, Bibliography and Index are perhaps as long as the body of the actual book and I can only imagine would be of interest to academics.
In this book, Richard Ovenden, Director of the Bodleian Libraries at Oxford, describes the deliberate destruction of knowledge held in libraries and archives from ancient Alexandria till now. While I expected this book to only talk about the destruction throughout history, the title is slightly misleading. This book spends more time discussing the preservation and organization of collections and how they can be at risk using the destruction of certain libraries and collections as examples, especially cultural documents to minority groups.
While the title is misleading, I did learn a lot of interesting facts about the destruction of libraries and collections that, most of which, were new to me. I am always fascinated by why collections were destroyed and what can be done to prevent that from happening to collections now. This book also spends a lot of time discussing digital archiving and the problems related to it, which while interesting, it felt was unnecessary for this book because this book should have been just about destruction of collections.
The biggest issue with this book though was the writing style. It was chaotic. Some chapters felt all over the place with information about different collections while trying to get the point of that chapter across. This made it hard at times to understand how it all related together and what the point of some chapters really were. Also I know the author is Director of the Bodleian but it felt like he used any excuse to reference it and its collections throughout this book.
So while I did learn a lot from this book, it wasn’t exactly a fun read. I don’t regret reading it, I did learn a lot like I said, I just think the title of this book is misleading and people need to be prepared for that.

The absurdity of a policy, instigated and aggressively enacted by a government department (under the leadership of Theresa May, who had just been appointed Prime Minister at the time the situation came to light), which had destroyed the main evidence that would have allowed many people to prove their citizenship. While the decision to destroy the records was made before the policy was implemented and was probably not malicious, the Interior Ministry’s insistence on hostile treatment may have been. I wrote an opinion piece in the Financial Times in which I pointed out that the preservation of this kind of knowledge was vital to an open and healthy society, as indeed it has been since the beginning of our civilizations.
From the moment that human beings were grouped in organized communities, with the need to communicate with each other, the creation of knowledge and the registration of information was fostered. As far as we know, in early communities, such knowledge took the form of oral information, and the only permanent record that has been preserved appears in the form of images: paintings made on cave walls or incisions of symbols on stone. We completely do not know the motivation that led them to make those brands.

Knowledge repositories have always been an essential part in the development of societies since their inception. Despite the radical change in knowledge creation technologies and conservation techniques, it is surprising how little their nuclear functions have changed. First of all, libraries and archives collect, organize and preserve knowledge. Through gifts, transfers and purchases they have accumulated tablets, scrolls, books, newspapers, manuscripts, photographs and other forms of documenting civilization. Today, these formats have spread across digital media, from word processing files to emails, web pages, and social media. In ancient and medieval times, the work of organizing libraries had sacred connotations: the archives of the ancient kingdoms of Mesopotamia used to be kept in the temples …
Libraries and archives are part of the general history of the diffusion of ideas thanks to the development and publication of their catalogs, the provision of reading rooms, the sponsorship of scholarships, the publication of books, the holding of exhibitions and, recently, , through digitization. The creation of national libraries from the 18th century and of public libraries from the 19th century considerably expanded the role played by these institutions in the transformation of society.
At the heart of all this is the idea of conservation. Knowledge can be vulnerable, fragile, and unstable. Papyrus, paper, and parchment are highly combustible. Water can easily damage them, as can mold that is created by high humidity. Books and documents can be stolen, vandalized and tampered with. The existence of digital archives can be even more ephemeral due to technological obsolescence, the instability of magnetic storage media and the vulnerability of all knowledge published on the internet. As anyone who has encountered a broken link in the network has been able to verify, without conservation there can be no access.
The importance of books and archival material is recognized not only by those who want to protect knowledge, but also by those who want to destroy it. Throughout history, libraries and archives have come under attack. At times, librarians and archivists have risked and lost their lives for the sake of preserving knowledge.
The preservation of knowledge is a crucial struggle throughout the world. In South Africa, after the fall of the apartheid regime, the strategy adopted to help heal a society torn by the violence and oppression of the previous century was to ‘thoroughly document the pain of the past so that a unified nation can draw on that. past as a galvanizing force in the immense task of reconstruction’.

Although the destruction of the Ashurbanipal library in the fall of Nineveh was a catastrophic act, the precise details of what happened are uncertain. The main library collections and archives may have been razed along with the general destruction of the palace complex. Fires and looting were rife throughout the site and we cannot assure you that the library was a specific target, although evidence of the breakage of certain tablets (such as diplomatic treatises) has been preserved.
The Royal Library of Nineveh is the most famous collection of its kind among Mesopotamian civilizations, but it was not the first. In Uruk, in the south of Iraq, more than five thousand tablets have been discovered that date back to the fourth millennium BC and that basically deal with economic matters, but also refer to how to put names to things. A thousand years later, we have evidence from Syria, at the ancient site of Ebla (south of modern Aleppo), that there were scriptoria and library / archive rooms, with brick benches to facilitate the selection of tablets. Although there was no specific architectural expression for libraries as independent buildings, from this time we have overwhelming evidence that demonstrates the emergence of preservation techniques for managing information, including different modes of storage. Items such as wooden shelves or stone lockers were found in the archive room of the Nabu temple of Jorsabad (ancient capital of Assyria until it was moved to Nineveh), and in the Shamash temple of the Babylonian city of Sippar there were shelves, that were used to select the collections of tablets, a fact that indicated that their number had grown so much that special techniques were required to classify and manage the collection.23 The use of metadata (in the form of labels and other ways of describing the content of the tablets) to help retrieve information, and scribal copies along with text storage were also an innovative feature throughout Mesopotamian civilizations.
Thanks to the Ashurbanipal library we have an idea of what was preserved for the benefit of later generations, since the tablets were inherited from father to son, including those from the Epic of Gilgamesh. Even at that time they understood that the preservation of knowledge had value not only for the present, but also for the future. However, the survival of the collections themselves is accidental. Civilizations fell and did not last. Its libraries and archives, even those that were destined to survive, have only recently been discovered and only thanks to scholars at the dawn of archeology.

It is difficult to demonstrate the direct link between the libraries of the ancient world and those of later generations, but it is possible to detect a common human practice of organizing and preserving knowledge. There is no direct communication of professional practice for the librarians of Alexandria or Nineveh. No manuals were created, nor have short aphorisms been passed on. What survives is more of a set of values: the value that knowledge implies power, that the quest to gather and preserve it is a worthwhile endeavor, and that its loss may be an early warning sign of a declining civilization.
The Chapter Library of Verona, in northern Italy, has its origins in the cathedral’s scriptorium. The oldest book associated with the library dates from 517 AD. C. and was written by a certain Ursicino, who held a minor position in the cathedral, but the library contains books that are at least a century older, possibly from when Alexandria still retained some reminiscence of its old glory. It is highly probable that these books had been copied in his scriptorium from other books brought in for the purpose of forming a collection. In the 6th century, in the Sinai desert, a religious community erected a monastery dedicated to Saint Catherine and created a library that housed biblical manuscripts of extraordinary importance, especially the famous Codex Sinaiticus, the first and most complete manuscript of the Bible. in Greek, it dates from the first half of the fourth century. To this day, the library continues to preserve manuscripts and printed books for use by the community and other scholars.
However, many fundamental works were lost during the period we call Late Antiquity …
The legend of Alexandria generated the idea that libraries and archives were places where knowledge and wisdom could be created, which is precisely what we see in the mix of books and scholars that lived together in the Museion. Alexandria’s fame spread throughout the ancient world and has been passed down throughout history, inspiring others to emulate its mission to gather and organize the world’s knowledge.

The European Reformation of the sixteenth century was in many respects one of the worst periods in the history of knowledge. Hundreds of thousands of books were destroyed and many others dislodged from the libraries that had guarded them for centuries. The archives of the monasteries that were at the forefront of the Reformation have not been studied with the same intensity, but as the history of the Magna Carta clearly reveals, huge amounts of documents and records were destroyed. The monks and nuns who served as librarians and archivists were powerless to stop the force of the Reformation; Consequently, the task of conservation fell to a group of people who, in the words of the 17th century writer John Earle, were «strangely diligent about the past» and who were usually «admirers of the rust of old monuments» who were «In love with wrinkles and loved all things (as the Dutch do with cheese) for being decrepit and eaten away». These people were antique dealers, and according to Earle an antique dealer was often the kind of guy who likes to peruse a manuscript «tirelessly, especially if the covers are completely moth-eaten.»
What united them was a passion for the past and for the recovery of ideas and knowledge. They formed contact systems that allowed them to copy other people’s books and even created a society in 1607; at the beginning of a short history, but re-founded a century later and which still exists today: the Society of Antiquaries. These people contributed to the preservation of a substantial part of the knowledge of the medieval period. His work would promote the creation of many of the most important modern libraries and would foster the professions of librarian and archivist.

The process of ordering information was an integral part of the development of regulation and the increase in state finances, but it also began to be seen as something that was beneficial for public purposes. Part of the government’s role was, after all, to make sure that the citizens were well governed. In the seventeenth century, in circles close to the Royal Society and Gresham College London, prominent intellectuals promoted the collection of social statistics as a means of making government «more secure and uniform» and to ensure «the happiness and greatness» of the government. town.
Bodley was meticulous in preparing him for the future. Bylaws were drafted, funds donated, old buildings restored, and new ones planned and started. In addition, Bodley wanted the new position of librarian to be filled by «someone distinguished and known for his diligence in studies, and his conversation to be loyal, active and discreet, a graduate and also a linguist, free from marital responsibilities and without church benefits. »(That is to say, that he was not a parish priest). Following the appointment of Thomas James, an eminent scholar who had worked on the King James Bible, the founder and benefactor kept an eye on him around the clock. The preserved correspondence between the two paints a fascinating picture of sheer minutiae relating to the creation of a great library. The post still carries the name «Bodley Librarian.»
The ark had to be airtight. In 1609, Sir Thomas completed the feat by establishing an endowment, since «by good observation» he had «found that the main cause of the complete subversion and ruin of some of Christendom’s most famous libraries has been the lack of libraries. necessary funds and income for its constant conservation. And then Bodley decided to move from words to deeds and disinherited the family from him.

On Christmas Eve 1851, a fire broke out in a library chimney and more than half of its 55,000 books were destroyed, including much of Jefferson’s library. The rebuilding of the library would have to wait until the end of the civil war, as would the appointment of Ainsworth Rand Spofford as the sixth Librarian of Congress by President Lincoln. Spofford saw clearly what the path had to be for the library to become a national library and was able to articulate his vision: he increased the congressional funds for acquisitions, organized the transfer of the Library from the Smithsonian Institution and, above all, succeeded that the library was the place of legal deposit of American publications in the Copyright Act of 1870.
The destruction of the library by the British in 1814 was an action by one state against another. It was a deliberate political act designed to weaken the center of politics and government. In this sense, the episode evokes some of the attacks on knowledge that occurred in the ancient world. The response to the destruction of the Library of Congress was a transformation in its history, just as was the destruction of the Oxford Library in the 1550s. The new Library of Congress was not only larger than the one that was devastated, Rather, it would become the resource that best suited a country forged with modern ideas of what it meant to be a democratic and enlightened nation. Its creation would take time, but when it finally saw the light, it became a global leader in the preservation of knowledge and helped feed information and ideas to the most powerful nation on Earth.

Kafka’s archive has survived numerous dangers since Brod’s 1924 act of preservation. In 1939, with the Nazis about to enter the city and impose their reign of anti-Semitism, Brod hopped on one of the last trains to they left the city, with suitcases full of papers. In the 1960s, when the Arab-Israeli conflict raised the risk that the city where Kafka’s papers were kept would be bombed, Brod decided to move them to a bank vault in Switzerland. Today they mainly rest in three locations: the bulk of the documents, in the Bodleian Library, Oxford; other substantial parts, in the Deutsches Literatur Archiv in Marbach, Germany, and others, in the National Library of Israel in Jerusalem. The three institutions work in unison to preserve and disseminate Kafka’s extraordinary literary legacy.

At present, one of the most used collections of Jewish materials kept in the Bodleian is the Coppenhagen collection, formed by this family in Amsterdam. Isaac Coppenhagen (1846-1905) was an important teacher and scribe; he, his son Haim (1874-1942), and their grandson Jacob (1913-1997) assembled a considerable collection of Hebrew books in his home. With the invasion of Holland in 1940, the collection was transferred to a Jewish school. Noting that the Nazis were intensifying the persecution of Jews in the Netherlands, the family felt that the collection was in danger and, with the help of non-Jews, they took the books to a nearby Dutch school and hid them. Non-Jews also gave refuge to Jacob, but the rest of his family was killed in the death camps. Some of the books in the Coppenhagen collection were stolen by the Nazis in Amsterdam and transferred by the Einstazstab Reichsleiter Rosenberg: at least two books in the Oxford collection show stamps from the Offenbach Archives Depot, showing that they had been looted from a private library.
The extraction of knowledge from a community, even if it is not destroyed, can have very serious consequences. The narrative of the past can be controlled and manipulated, and cultural and political identity seriously undermined if communities do not have access to their own history. Many of the former colonies of the European powers have been independent countries for decades, and some remain concerned that their history remains guarded in foreign warehouses. It is vital that the communities from which these materials come can once again take control of the storytelling.

Iraqis have had a decade to try to forget the last forty years. The new generation deserves the opportunity to «remember» or understand what happened, but as Iraqis, not as members of an imposed regime. Unfortunately, as I write in early 2020, the Iraqi archives held at the Hoover Institution have not yet been returned to the Iraqi Government for safekeeping. The geopolitical situation in the region has not favored it. However, without the ability to use those archives to address their past, the people of Iraq will have to fight their way into the future.

More and more we develop our lives on social networks; therefore, we need to find ways for libraries and archives to help keep our society open. Since the political sphere has embraced digital information, we have seen an increase in «fake news» and «alternative facts.» The preservation of knowledge to inform citizens and provide transparency in public life is undoubtedly a crucial issue for the future of democracy. The behavior of tech companies, especially social media companies, and data corporations that have been employed in political campaigns is increasingly subject to scrutiny. Archives can be vital in providing evidence of their behavior.
Libraries and archives that preserve the web (in the «web archives») are especially important because they are able to provide permanent bases for a wide range of human activities documented on the internet in web pages, blogs and other resources on the web. .
The net archive is still a relatively new tool. The UK Internet Archive, for example, is a collaborative effort of six copyright libraries in the UK and the Republic of Ireland. They enjoy the privilege of «legal deposit», which establishes that all published publications must be deposited in designated libraries, as regulated by the Licensing Laws of 1662 and the Queen Anne Copyright Law of 1710. The archive of the UK web domain started in 2004 as an initiative of the British Library, with its carefully curated collection of web pages carried out through a ‘permission request based’ system, in which the pages to be captured were selected and the owner of each was contacted to get explicit permission before adding it to the file. All the preserved pages were open to the public on the internet. In 2013, the legal deposit legislation was updated when the law on «Non-Printed Legal Deposit Regulations» was approved. These regulations transformed this voluntary system into a system required by law and used by the six legal deposit libraries, which now co-finance this huge company.
Archiving the web is a complex task, since the objectives are constantly moving. Many web pages disappear or change addresses frequently. The UK Internet Archive shows a surprising rate of abandonment of captured pages over time.
The technology industry is now investing heavily in ‘the internet of things’, which facilitates the internet connection of many household appliances, such as refrigerators, and operates by transmitting data from sensors. This internet of things is invading the field of wearable devices, such as watches and jewelry, which are designed to monitor our health, generating huge amounts of biometric data. The volume of data will reach the point where doctors will be able to make very accurate predictions of our future health. This will contribute to disease prevention, but at the same time will raise important ethical issues. Who will have this data? We may have no problem sharing them with our doctor, but would we share them with our health insurer? In this case, libraries and archives may be able to play a more decisive role in providing secure access to personal digital information, where the citizen can control who has access to it. At the same time, libraries could provide this information anonymously in order to improve public health. If this knowledge is destroyed, it could have profound consequences for people’s health, as we are increasingly linked to digital health systems.
The problem of archiving social media sites is daunting and, as we have seen in the case of Twitter, digital preservation of an entire social media platform is a greater challenge than even the world’s largest library can withstand. These sites are dynamic, change every second and are presented to each user in a unique and personalized way. We have to archive the communications on the platform itself and the transmission of data that underpins it. Messages are one thing, but the «likes,» «spurs,» and other social tools that platforms establish can tell us a lot about social behavior, culture, politics, health, and so on. In my opinion, preserving the large social networks and advertising technology platforms is becoming one of the crucial issues of our time.
However, some archiving attempts from social networks are beginning to emerge. In the summer of 2019, the National Library of New Zealand announced a project asking New Zealanders to donate their Facebook profiles to its Alexander Turnbull Library.
Libraries and archives still have time to take control of these digital bodies of knowledge at the beginning of the 21st century, to protect this knowledge from attacks and at the same time protect society.

Modern life is increasingly obsessed with immediacy. Investors are looking for instant profits, and trading has become automated to the point where billions of transactions are made in the stock markets every hour. This fixation on the short term is evident in many areas of life. Long-term thinking has become old-fashioned. The memory of humanity, the knowledge it has created in myriad ways, from cuneiform tablets to digital information, has never been of purely immediate use. It may be cheaper, more convenient, easier and faster to destroy knowledge than to value it, catalog it, preserve it and make it accessible, but abandoning knowledge for the sake of short-term convenience is the surest way to weaken the control of society. about the truth.
As knowledge and truth continue to be under attack, we must persevere and put faith in our archives and libraries. Conservation should be seen as a service to society, because it supports integrity, a sense of place, and guarantees diversity of ideas, opinions, and memory. The general public has high confidence in libraries and archives, which, however, are experiencing declining funding. And this happens when the preservation of knowledge contained in digital form is a fundamental requirement for open and democratic societies. There is no time for complacency, the next attack on knowledge is about to occur, but if we are able to give enough support to libraries, archives and the people who work in those places, they will continue to protect it and make it available to us.

What we lose when these institutions are destroyed or decayed for lack of funds:
In the first place, they represent support for the education of society as a whole and of certain communities that inhabit it.
Second, they provide diversity of knowledge and ideas.
Third, they support the well-being of citizens and the principles of an open society through the preservation of fundamental rights and promoting integrity in decision-making.
Fourth, they provide a fixed point of reference that allows truth and falsehood to be judged with transparency, verification, citation, and reproducibility.
Finally, they help societies to recognize themselves in their cultural and historical identities by keeping written records of those societies and cultures.
First of all, education. The educational role of libraries and archives is truly powerful.

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