Postales Desde La Tumba — Emir Suljagić / Razglednica Iz Groba (Postcards from the Grave) by Emir Suljagić

He sobrevivido. ¿Mi nombre? Podría ser cualquiera: Muhamed, Ibrahim, Isak, no importa. Yo he sobrevivido, muchos otros no. He sobrevivido del mismo modo que ellos murieron. Entre mi supervivencia y su muerte no hay ninguna diferencia, porque permanezco vivo en un mundo que está marcado para siempre, indeleblemente, por su muerte. Procedo de Srebrenica. En realidad, procedo de otra parte, pero elegí ser de Srebrenica. Es el único lugar del que me atrevo a ser, igual que fue el único al que me atreví a ir, en un tiempo en el que no osé ir a ningún otro sitio. Precisamente por eso creo que el lugar de nacimiento, en comparación con el de la muerte, carece de importancia. El primero no dice nada sobre nosotros, es un mero dato geográfico; el lugar donde se muere, en cambio, lo dice todo sobre las convicciones, creencias y elecciones que hemos hecho y mantenido hasta el final, hasta el momento en que nos alcanza la muerte.

Libro impresionante, emotivo, que invita a la reflexión, conmovedor y escrito con sencillez. Esto te hará llorar a veces. Alrededor de un joven de 17 años en ese momento, bosnio musulmán (Emir Suljagic) que, por casualidad, sabe un poco de inglés y llega a actuar como traductor para las fuerzas de la ONU. Describe el asalto de 3 años al distrito de Srebrenica (la ciudad en sí, así como la colección de aldeas circundantes) que culminó con la liquidación / genocidio / aniquilación / aniquilación / erradicación / aniquilación / destrucción / matanza final (cualquier palabra que quieras darle) ) de más de 8000 musulmanes por las fuerzas de los serbios de Bosnia durante un período de unos pocos días en julio de 1995. Hay un después en el libro que resume los eventos de los últimos días de julio de 1995, que está escrito de manera sorprendente pero simple. Lo que más impacta es la fricción entre la forma en que miles de personas que, aunque en las garras de la guerra, intentaron continuar una vida pseudo normal, viviendo a diario al borde de la inanición y dependientes del maná del cielo, al estilo de los paquetes de la ONU que cayeron de la cielo. El fracaso del apoyo de las fuerzas de la ONU, cubriendo un área que había sido declarada refugio seguro de la ONU, es imperdonable.
Simplemente, el libro que me ha enseñado en qué debió consistir la supervivencia por encima de todo.

Srebrenica se convirtió en la primera ciudad liberada de Bosnia y Herzegovina. O mejor dicho no liberada, ya que casi no hubo combates por el control de la ciudad. Los serbios no la habían perdido, sino que habían renunciado a ella, al comprender que ni siquiera ellos, tan superiores en armamento, podrían defenderla. Así, el estrecho valle se convirtió en el único lugar donde pudimos buscar refugio.
Era el 18 de mayo de 1992. Mi primer día en Srebrenica. Me quedaría tres años, más de mil días que se parecerían mucho unos a otros. Pero recuerdo el primero; se distingue entre todos, entre una larga serie de días monótonos, tal vez únicamente porque fue el primero.
Lo recuerdo precisamente por la lluvia, una fría lluvia primaveral, y la primavera había tardado en llegar ese año; por las gruesas gotas que golpeaban nuestros hombros y espalda, penetrando la ropa mojada. Lo recuerdo también por el cielo gris, que tenía un aspecto aciago, aunque en aquellos momentos no podíamos saber la razón. Lo recuerdo como el único día de mi vida en el que, probablemente, experimenté la libertad más absoluta, por muy extraño que pueda sonar, ya que la ciudad estaba bajo el sitio serbio; el día en el que por primera vez sentí -fue el único sentimiento que recuerdo- un fuerte impulso interior de sobrevivir.
Sólo un mes antes me había ocultado, con mi padre y unos vecinos, en el bosque de los montes sobre Voljavica, pueblo próximo a Bratunac en el que vivíamos. Temerosos, observábamos cómo por el camino del valle pasaban coches con sirenas que aullaban. Su terrorífico sonido acompañaba el miedo que nos embargaba, pues éramos conscientes de que los coches que veíamos pertenecían a las Águilas Blancas, el grupo paramilitar relacionado con Vojislav Seselj, es decir, con el Partido Radical Serbio. Ellos habían llegado unos días antes a Bratunac y, con la ayuda del JNA y de los serbios locales, se habían hecho con el poder en la ciudad.

No puedo decir con exactitud cuánto tiempo pasé en el campo. Me encarcelaron a finales de mayo y me liberaron a mediados de junio. «Llevadlos a Cerska, que se mueran allí de hambre», dijo uno de los soldados que paró nuestro autobús en dirección a Kladanj. El conductor dio la vuelta sin rechistar. Se disculpó por no poder seguir llevándonos. Los diez kilómetros que había hasta nuestras líneas en Cerska los hicimos a pie.
El primero con el que me topé en el campo fue el encargado, Dragan Nikolic Jenki. Entró por la puerta del hangar y los prisioneros se apartaron de repente. Todos se apelotonaron en un rincón, como si quisieran empequeñecer y pasar desapercibidos para no atraer su mirada y evitar hacer cualquier cosa que pudiera llamar su atención. En el instante en que abrió la puerta, yo me encontraba entre él y los prisioneros.
La realidad de una pequeña ciudad sitiada durante tres años se parece más a un gueto o a un campo de concentración. Aunque debo admitir que la comparación con el gueto tampoco es la más adecuada: de los guetos se podía salir, por lo menos al principio; y existía la posibilidad de moverse libremente también fuera de los muros. En el enclave no existían alambradas de espino, torres de vigilancia, guardias armados, perros o cámaras de gas, como en los campos de concentración. Sus límites se desplazaban continuamente, no eran constantes ni estables, y nos atemorizaba saber que se movían siempre a favor del más fuerte. El peligro no era tan patente como en el campo, donde lo personificaba el ceñudo centinela de uniforme. Al contrario, gente a la que no podíamos ver decidía quién viviría, sin querer saber quiénes eran sus víctimas, sin ver las muecas de dolor en sus caras, sin darles la oportunidad de prepararse.

El hospital fue el único edificio en el que no entré durante esa horrible guerra; sencillamente no tenía fuerzas para soportar el hedor que se extendía incluso por las inmediaciones, el hedor de carne humana putrefacta. Los médicos no podían darles ni una simple infusión.
Durante uno de los numerosos ataques para conquistar el cerro de la Estrella, situado entre Potocari y Bratunac, y llamado así porque antes de la guerra lo adornaba una enorme estrella roja de cinco puntas y la firma de Tito recortada en chapa, el hermano de uno de los heridos, desesperado y con los ojos líenos de lágrimas, ofrecía delante del hospital una vaca a cambio de una infusión. De un lote. Pero a nadie parecía interesar semejante negocio.

En algunos pueblos de la frontera del enclave los habitantes montaron también sus puestos de observación, separados de los puestos de la ONU por unos cien metros. Jóvenes del pueblo en apariencia ociosos pasaban allí días enteros; tumbados sin hacer nada observaban las posiciones serbias. Los soldados de la ONU pasaban junto a ellos durante sus patrullas, se paraban y los cacheaban en busca de armas, pero siempre sin éxito. Por la noche, los soldados de la ONU se retiraban a sus puestos de observación, los jóvenes bosnios se volvían aún más cautelosos y los serbios salían de sus trincheras.

Ninguna comunidad debería ponerse por encima de la ley que determina las relaciones entre las personas. No existen circunstancias que puedan justificarlo. ¿O tal vez sí existen cuando se trata de la supervivencia biológica de esta comunidad? No tengo respuesta a esta pregunta, pero sé que lo que habitualmente entendemos por guerra en Srebrenica fue muy sucio, más sucio que en cualquier otro lugar de Bosnia y Herzegovina. Los serbios nos trataban como animales, y al cabo de cierto tiempo nosotros mismos empezamos a comportarnos como animales.
No eran dos comunidades persuadidas de que la aniquilación del enemigo fuera una cuestión de supervivencia. No, era una guerra en la que una comunidad estaba condenada a muerte por adelantado.
Las ciudades y los pueblos alrededor de Srebrenica en los que los serbios habían tomado el control nada más empezar la guerra se habían convertido ya en fortalezas. Los serbios salían de estos fortines para quemar los pueblos bosnios y a mediados de mayo no quedaba ninguno en pie en las inmediaciones de Bratunac ni en buena parte de los aledaños de Srebrenica.
Aún hoy día ignoro por qué los serbios no ocuparon antes la ciudad y nos asesinaron a todos. Me imagino que en parte se debió a que incluso ellos mismos se creyeron su propia propaganda sobre los miles y miles de Boinas Verdes -formación paramilitar que el SDA (Partido de Acción Democrática) había formado antes de la guerra- que había en Srebrenica. Una razón igual de importante fue la feroz respuesta a su violencia, que debió de sorprenderlos.
Fuere cual fuese el motivo, después de julio de 1995 sé muy bien lo que nos habría ocurrido en 1992 si en aquella época en Srebrenica no hubiera existido un puñado de gente intrépida.
Pero un crimen es un crimen, y está claro que algunas personas que defendieron mi vida cometieron delitos sancionados por las leyes y las normas habituales. No deseo condenarlos por adelantado, son inocentes mientras no se demuestre lo contrario; tampoco deseo librarlos de culpa porque ni puedo ni es mi trabajo, Tan sólo deseo plantear una pregunta:
¿Todo crimen es realmente un crimen?
Hasta que empezó la guerra era una localidad insignificante y sin nombre en el camino entre Srebrenica y Sase, donde se reclutaba mano de obra para la mina cercana. Pero como suele ocurrir, este pueblo intrascendente y anónimo se convirtió durante la contienda en uno de esos lugares que, al alcanzar la categoría de símbolo, exigió un derramamiento de sangre desproporcionado.
Cuerpos sin vida de niños, a quienes las madres enviaban más a menudo en busca de agua, mujeres que deprisa y sólo por un instante habían abandonado su cocina, todavía con trocitos de masa de pan pegados en los dedos y con los zaragüelles atados de cualquier manera a la cintura, yacían alrededor. Allí, en la fuente municipal, asesinaron a mi compañero de colegio Adam Rizvanovic, un chico que recuerdo porque tenía la mirada más melancólica del mundo y que con paciencia, como los demás, hacía cola para llenar de agua el bidón blanco translúcido tan imperdonablemente abundante en aquellos meses.

El altruismo se había consumido, la crueldad cultivada en la guerra como medio de supervivencia cobró más importancia en este infierno provisional, y el mundo en el que me hallé de repente tuvo sólo una regla: nadie era suficientemente importante. Nos convertimos en receptores de ayuda humanitaria, unidades que requerían cierta cantidad de calorías diarias, sin voluntad ni necesidades excepto satisfacer el hambre. Solo, sin mi madre ni mi hermana, que en esta época, desde la desmilitarización hasta la caída del enclave permanecieron en Tuzla, empecé a creer que uno se encuentra en estado de guerra permanente. Ninguno de nosotros hizo el esfuerzo necesario para sobrevivir emocionalmente, desarrollando sentimientos humanos tan simples como la compasión, la solidaridad, la comprensión.
Casi todas nuestras relaciones con otras personas estaban condicionadas por lo que recibíamos a cambio y por la medida en que pudieran adelantar el objetivo de todos: abandonar Srebrenica sanos y salvos.
No sé la razón, pero sé que nos destruyeron como personas mucho antes de que nos destruyeran como comunidad. Nos aniquilaron de varias maneras, diseminados, completamente solos, daba igual donde nos encontrásemos, incapaces de sentir porque desde la caída de Srebrenica todos los sentimientos nos parecían mediocres, casi como una carga. Desde entonces engaño a los nuevos hombres y mujeres de mi vida. Los engaño con los muertos. Por alguna razón sólo allí, entre los recuerdos, entre las sombras, me siento mejor.
En el cuento «La otra muerte», Jorge Luis Borges escribe sobre Pedro Damián, que soñó su verdadera muerte física, deseando cambiar el desenlace de una batalla que le había supuesto la condena y el aislamiento. Nunca sabremos qué soñó Nezir la noche antes de morir y qué pensó en sus últimos instantes. Sabemos que para su muerte en el celuloide se necesitaron tres o cuatro tomas; cada vez que le ponían la navaja en el cuello, él se reía. Y sabemos que en ambas ocasiones murió como figurante, sin participar activamente en las dos grandes matanzas, separadas por más de medio siglo, que lo único que tenían en común era él.

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I have survived. My name? It could be anyone: Muhamed, Ibrahim, Isak, it doesn’t matter. I have survived, many others have not. I have survived the same way they died. Between my survival and his death there is no difference, because I remain alive in a world that is forever, indelibly marked by his death. I come from Srebrenica. Actually, I come from elsewhere, but I chose to be from Srebrenica. It is the only place I dare to be, just as it was the only place I dared to go, at a time when I did not dare to go anywhere else. This is precisely why I think that the place of birth, compared to that of death, is unimportant. The first does not say anything about us, it is a mere geographical data; the place where you die, on the other hand, says everything about the convictions, beliefs and choices that we have made and maintained until the end, until the moment death reaches us.

Stunning, emotional, thought-provoking, moving and simply written book. This will bring you to tears at times. About a 17 year old at the time Bosnian Muslim (Emir Suljagic) who happens to know a bit of English and gets to act as a translator for the UN forces. It describes the 3 year assault on the Srebrenica district (the town itself as well as the collection of surrounding villages) culminating with the final liquidation/genocide/decimation/annihilation/eradication/obliteration/destruction/killing (whatever word you want to give it) of over 8000 Muslims by the Bosnian Serb forces over a period of a few days in July 1995. There is an afterward in the book that summarizes the events of the final few days in July 1995 which is shockingly and yet simply written. What shocks the most is the friction between the way in which thousands of people who although in the jaws of war attempted to continue a pseudo normal life – living daily on the brink of starvation and dependent on manna from heaven style UN packages that fell from the sky. The failure of support form the UN forces, covering an area that had been declared a UN safe haven, is unforgivable.
Simply, the book that has taught me what survival must have consisted of above all else.

Srebrenica became the first liberated city in Bosnia and Herzegovina. Or rather not liberated, since there was almost no fighting for control of the city. The Serbs had not lost it, but had given it up, realizing that even they, so superior in weapons, could not defend it. Thus, the narrow valley became the only place where we could seek refuge.
It was May 18, 1992. My first day in Srebrenica. I would stay three years, more than a thousand days that would be very similar to each other. But I remember the first; one distinguishes between all, between a long series of monotonous days, perhaps only because it was the first.
I remember it precisely because of the rain, a cold spring rain, and spring had been late in coming that year; by the thick drops that hit our shoulders and back, penetrating wet clothes. I also remember it because of the gray sky, which looked unfortunate, although at that time we could not know why. I remember it as the only day in my life when I probably experienced the most absolute freedom, strange as it may sound, since the city was under Serbian siege; the day that for the first time I felt – it was the only feeling I remember – a strong inner urge to survive.
Only a month before I had hidden, with my father and some neighbors, in the forest of the mountains above Voljavica, a town near Bratunac where we lived. Fearful, we watched as cars with howling sirens passed by on the valley road. Its terrifying sound accompanied the fear that seized us, as we were aware that the cars we saw belonged to the White Eagles, the paramilitary group related to Vojislav Seselj, that is, to the Serbian Radical Party. They had arrived in Bratunac a few days earlier and, with the help of the JNA and the local Serbs, had seized power in the city.

I cannot say exactly how long I spent in the field. I was imprisoned at the end of May and released in mid-June. «Take them to Cerska, let them starve there,» said one of the soldiers who stopped our bus in the direction of Kladanj. The driver turned without question. He apologized for not being able to keep taking us. We did the ten kilometers to our lines in Cerska on foot.
The first one I ran into on the field was the manager, Dragan Nikolic Jenki. He walked through the hangar door and the prisoners were suddenly pulled away. They all huddled in a corner, as if they wanted to shrink and go unnoticed so as not to attract his gaze and avoid doing anything that might get his attention. The instant he opened the door, I was between him and the prisoners.
The reality of a small town besieged for three years is more like a ghetto or a concentration camp. Although I must admit that the comparison with the ghetto is not the most appropriate either: you could get out of the ghettos, at least at first; and there was the possibility of moving freely outside the walls as well. There were no barbed wire fences, watchtowers, armed guards, dogs or gas chambers in the enclave, as in concentration camps. Their limits were continually shifting, they were not constant or stable, and we were frightened to know that they were always moving in favor of the strongest. The danger was not as obvious as in the field, where it was personified by the scowling sentry in uniform. On the contrary, people we could not see decided who would live, without wanting to know who their victims were, without seeing the grimaces of pain on their faces, without giving them a chance to prepare.

The hospital was the only building I did not enter during that horrible war; He simply did not have the strength to bear the stench that spread even in the immediate vicinity, the stench of rotting human flesh. Doctors couldn’t give them even a simple infusion.
During one of the numerous attacks to conquer the Cerro de la Estrella, located between Potocari and Bratunac, and so called because before the war it was adorned by a huge red five-pointed star and the signature of Tito cut out in sheet metal, the brother of one of the wounded, desperate and with tears in his eyes, offered a cow in front of the hospital in exchange for an infusion. From a batch. But no one seemed interested in such a business.

In some towns on the border of the enclave, the inhabitants also set up their observation posts, separated from the UN posts by about one hundred meters. Apparently idle village youths spent whole days there; lying idly watching Serbian positions. UN soldiers passed them during their patrols, stopped and searched them for weapons, but always without success. At night, UN soldiers retreated to their observation posts, young Bosnians grew even more cautious, and Serbs emerged from their trenches.

No community should put itself above the law that determines relationships between people. There are no circumstances that can justify it. Or maybe they do exist when it comes to the biological survival of this community? I have no answer to this question, but I know that what we usually understand by war in Srebrenica was very dirty, dirtier than anywhere else in Bosnia and Herzegovina. The Serbs treated us like animals, and after a while we ourselves began to behave like animals.
They were not two communities persuaded that the annihilation of the enemy was a matter of survival. No, it was a war in which a community was sentenced to death in advance.
The towns and villages around Srebrenica in which the Serbs had taken control as soon as the war began had already become strongholds. The Serbs came out of these forts to burn the Bosnian villages and by mid-May there were none left standing in the vicinity of Bratunac or in much of the outskirts of Srebrenica.
Even today I do not know why the Serbs did not occupy the city before and murdered us all. I imagine it was partly because even they believed their own propaganda about the thousands and thousands of Green Berets – a paramilitary formation that the SDA (Democratic Action Party) had formed before the war – that were in Srebrenica. An equally important reason was the fierce response to their violence, which must have surprised them.
Whatever the reason, after July 1995 I know very well what would have happened to us in 1992 if there had not been a handful of intrepid people in Srebrenica at that time.
But a crime is a crime, and it is clear that some people who defended my life committed crimes sanctioned by the usual laws and regulations. I do not wish to condemn them in advance, they are innocent until proven otherwise; I also do not want to rid you of guilt because I can not and it is not my job, I just want to ask a question:
Is every crime really a crime?
Until the war began it was an insignificant and nameless town on the road between Srebrenica and Sase, where labor was recruited for the nearby mine. But as is often the case, this inconsequential and anonymous people during the war became one of those places that, upon reaching the status of symbol, demanded disproportionate bloodshed.
The lifeless bodies of children, whom mothers sent more often in search of water, women who in a hurry and only for an instant had left their kitchen, still with bits of bread dough stuck to their fingers and with the zaragüelles tied of whatever way to the waist, they lay around. There, in the municipal fountain, they assassinated my schoolmate Adam Rizvanovic, a boy I remember because he had the most melancholic look in the world and who patiently, like the others, stood in line to fill the inexcusably abundant translucent white drum in those months.

Altruism had worn off, the cruelty cultivated in war as a means of survival became more important in this makeshift hell, and the world I found myself in suddenly had only one rule: no one was important enough. We became recipients of humanitarian aid, units that required a certain amount of calories a day, with no will or need except to satisfy hunger. Alone, without my mother or sister, who at this time, from demilitarization to the fall of the enclave, remained in Tuzla, I began to believe that one is in a permanent state of war. None of us made the effort to survive emotionally, developing human feelings as simple as compassion, solidarity, understanding.
Almost all of our relationships with other people were conditioned by what we received in return and by the extent to which they could advance everyone’s goal: to leave Srebrenica safely.
I don’t know why, but I know they destroyed us as people long before they destroyed us as a community. They annihilated us in various ways, scattered, completely alone, no matter where we were, unable to feel because since the fall of Srebrenica all feelings seemed mediocre, almost like a burden. Since then I cheat on the new men and women in my life. I cheat on them with the dead. For some reason only there, among the memories, among the shadows, do I feel better.
In the story «The Other Death», Jorge Luis Borges writes about Pedro Damián, who dreamed of his true physical death, wishing to change the outcome of a battle that had led to his conviction and isolation. We will never know what Nezir dreamed the night before he died and what he thought in the last moments of him. We know that it took three or four takes for his death on celluloid; every time the razor was put to his neck, he laughed. And we know that on both occasions he died as an extra, without actively participating in the two great massacres, separated by more than half a century, that the only thing they had in common was him.

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