¿Por qué Soy Católico? — Rafael Gumucio / Why am I Catholic? by Rafael Gumucio (spanish book edition)

Personas como mi madre siguen en la Iglesia porque siempre, entre los antipapas de Avignon y los Colonnas y los Borghese —familias que se dividían el papado como si fuera una pertenencia suya más desde el siglo XIII—, aparecía de la nada un san Francisco de Asís, una santa Teresa de Ávila, un san Ignacio de Loyola…

Breve, valiente y humorística versión particular de su fe católica.
Me gusta especialmente la reivindicación de la fe de su familia, en el contexto de la dictadura chilena, la Iglesia popular, y la visión del cristianismo como la máxima contradicción: el poder de los impotentes, la victoria de los derrotados.
Este libro apela a todos los que estamos cautivados por la riqueza dramática del cristianismo pero entendemos las implicaciones que tiene pertenecer a una organización como la Iglesia católica.
Fantásticos los episodios en los que hace análisis de los evangelios y los relaciona con la izquierda latinoamericana, pero pierde algo de de fuerza hacia la mitad del libro cuando ya se revela completamente como una defensa personal de la fe.

A los nueve años yo comprendí que Dios, en el que empezaba a creer, no me iba a permitir más de lo que me permitían las películas, los libros, las drogas o el amor: escapar de la muerte. Lo único que me permitiría sería explicar la muerte, y quizás contársela después de muerto a otro como yo que no pudo morirse en serio. ¿Pero creía yo realmente a los nueve años en la otra vida? ¿Creo realmente, ahora mismo, en la otra vida? Sí, no, no sé. No importa, eso es lo mejor y lo peor del asunto, desde que decidí creer, el problema de la otra vida dejó de atormentarme. O más bien lo siguió haciendo miles de veces, pero como la acidez estomacal, para la cual el único remedio es tomar agua, mucha agua para calmar el calor que asalta el estómago.
La fe en Cristo no respondió a mi angustia por la muerte, pero me enseñó a asumir sin miedo que no hay respuestas, o que la única respuesta es la misma que tienen los arrieros para sobrevivir al frío: contar alguna historia al borde de la fogata. Admiro a los que no necesitan ninguna fe, pero me permito dudar de la autenticidad de su desesperanza. Sé de uno o dos en Barcelona, uno en Chile y algún otro en París que pueden vivir tranquilos sin esperar que nadie los resucite al final. Conozco a otros que creen, sin confesarlo, que no van a morir nunca porque están hechos de otro material que el resto de los humanos. A los otros ateos, permítanme decirles que no les creo. Yo a veces, demasiadas veces, pienso que Dios no existe y no puedo mover ni el dedo chico. Quizás ellos son más fuertes que yo.
No existe otra religión que haya insistido tanto en reseñar la muerte violenta y terrible de sus líderes más notorios. El cristianismo no te promete una mejor vida, y mucho menos una mejor muerte. «Esos cristianos no mueren como todos morimos: mueren peor», pensaban los romanos. No le tienen miedo a la muerte, pero tampoco la toman con la sabiduría de un Séneca, por ejemplo, cortándose las venas en la bañera, y gritan con alaridos, como berracos. «Tienen miedo, mira cómo se mean en sus túnicas, mira cómo cierran los ojos rezándole a un Dios del que no saben casi nada. Mira cómo habla con su papá en la cruz, cómo el mismo Jesucristo al que adoran lo culpa de haberlo abandonado. No son más valientes esos mártires que mueren por alguien a quien no conocieron, pero que creen sin prueba alguna que volverá tarde o temprano porque los ama, no se sabe por qué los ama pero los ama. Ellos saben que lo que esperan es absurdo; esperan, quizás, justamente porque es absurdo.»
Absurdo y necesario.

¿Por qué soy católico, entonces? Porque, haga lo que haga para no serlo, seguiré con mis negaciones y mis blasfemias alimentando esa fogata ínfima en medio del descampado nocturno en que Pedro negó tres veces a Jesús y se hizo santo y mártir.
Quizás otra razón por la que soy católico es porque no serlo me obligaría a pensar, como los franceses, todo el día y la noche en qué está bien y qué está mal.Y no es que la opinión de la Iglesia de Roma sea para mí la última palabra, pero es al menos una palabra con la que empezar el diálogo. Es, por lo menos, algo con lo que puedo estar con toda tranquilidad en desacuerdo.
El secreto del éxito del cristianismo no es quizás otro que trasladar a lenguaje de leyenda y de ley lo que ya sabe y vive en secreto el hombre común, el que debe todo lo que gana. El éxito del cristianismo no es otro que decir en voz alta la irracional certeza que nos permite sobrevivir al dolor y la rabia, la que nos permite perdonar las ofensas porque sabemos que no perdonarlas es prolongarlas, es hacerlas eternas y permanentes, invencibles. Esa intuición que en el wéstern entendió mejor que nadie John Ford (otro católico en plena tierra de puritanos) y sus héroes heridos, rabiosos y fuertes que renuncian una y otra vez al rencor, que una y otra vez abdican del odio no por amor sino para poder mejor seguir de largo hacia el horizonte, para ser una vez más libres. Esa idea que el cine posmoderno, de Tarantino en adelante, ha desechado del todo, concentrado en la venganza como una fuerza invencible, como un deber, como un derecho ciudadano al que nadie puede resistirse.

Ante la mayor parte de los problemas del mundo de hoy, la Iglesia plantea soluciones imposibles que vienen del mundo de ayer. ¿Pero, por ejemplo, no es poner la otra mejilla y perdonar los agravios la única solución realista al conflicto palestino-israelí? ¿No es compartir el pan y abdicar del poder la única solución ante el dilema de cómo compartir los bienes y acabar con el hambre en el mundo? ¿No comprende bien la Iglesia que el problema de Trump no es tanto su violencia y su obscenidad sino su orgullo? ¿No entiende la Iglesia que el orgullo gay enfrentado al orgullo negro y al orgullo de ser americano no puede conseguir más que el choque final? ¿No entiende que no hay una política más urgente y efectiva para solucionar una serie de problemas prácticos, desde la inmigración hasta el alcoholismo, que una masiva renuncia al orgullo?
Ante cualquier problema, conflicto, guerra civil, pienso en la solución de los Evangelios y del magisterio de la Iglesia y resulta la única posible. Mi religión, lo admito, es en gran parte una nostalgia pero también una apuesta a futuro, porque la muerte siempre va a seguir, a pesar de que la medicina la niegue, y los otros, el prójimo y el enemigo, van a seguir siendo el infierno y el paraíso. Los expertos en sufrir y en morir saben quizás algo que no sabemos los neófitos. Saben que hay cosas que no se pueden, que no se deben saber. Saben que, ante la prosaica muerte que les diagnostican tantos exámenes, el misterio, en vez de ser un problema, se vuelve una solución.

Soy católico, mi Dios, Dios mío, porque mi secreto es el tuyo, el fuego que no termina nunca de quemar ese arbusto en el desierto, y las tablas de la ley y el becerro de oro y tu rabia y tu perdón, esta historia que se repite mil y una vez, esa historia de la que soy ahora solo un eslabón indestructible y frágil.
Soy ese eslabón y esa cadena que ya no llevo solo. Soy tuyo, mi Dios, y tú eres mío por todo lo que nos queda de tiempo juntos.

—————-

People like my mother are still in the Church because always, between the Antipopes of Avignon and the Colonnas and the Borghese – families that divided the papacy as if it were one more belonging to them since the 13th century – a Saint Francis of Assisi, a Saint Teresa of Avila, a Saint Ignatius of Loyola …

Brief, brave and humorous version of his Catholic faith.
I especially like the vindication of the faith of his family, in the context of the Chilean dictatorship, the popular Church, and the vision of Christianity as the maximum contradiction: the power of the powerless, the victory of the defeated.
This book appeals to all of us who are captivated by the dramatic richness of Christianity but understand the implications of belonging to an organization like the Catholic Church.
The episodes in which he analyzes the Gospels and relates them to the Latin American left are fantastic, but he loses some of his force towards the middle of the book when it is already fully revealed as a personal defense of the faith.

At the age of nine I understood that God, in whom he was beginning to believe, was not going to allow me more than what movies, books, drugs or love allowed me: to escape death. The only thing that would allow me would be to explain death, and perhaps tell it after death to another like me who could not die seriously. But did I really believe at the age of nine in the afterlife? Do I really believe, right now, in the afterlife? Yes, no, I don’t know. It does not matter, that is the best and the worst of the matter, since I decided to believe, the problem of the afterlife stopped haunting me. Or rather, he continued to do it thousands of times, but like heartburn, for which the only remedy is to drink water, a lot of water to calm the heat that assaults the stomach.
Faith in Christ did not respond to my anguish over death, but it taught me to fearlessly assume that there are no answers, or that the only answer is the same as the muleteers have to survive the cold: tell a story at the edge of the fire . I admire those who do not need any faith, but I allow myself to doubt the authenticity of their hopelessness. I know of one or two in Barcelona, one in Chile and another in Paris who can live in peace without waiting for anyone to resurrect them at the end. I know others who believe, without confessing it, that they will never die because they are made of other material than the rest of the humans. To the other atheists, let me say that I don’t believe you. Sometimes, too many times, I think that God does not exist and I cannot even move my finger. Maybe they are stronger than me.
There is no other religion that has insisted so much on reviewing the violent and terrible death of its most notorious leaders. Christianity doesn’t promise you a better life, much less a better death. «Those Christians do not die as we all die: they die worse,» thought the Romans. They are not afraid of death, but neither do they take it with the wisdom of a Seneca, for example, cutting their wrists in the bathtub, and screaming with howls, like boars. «They are afraid, look how they pee in their robes, look how they close their eyes praying to a God they know almost nothing about. He watches how he talks to his father on the cross, how the same Jesus Christ they worship blames him for having abandoned him. Those martyrs who die for someone they did not know, but who believe without any proof that he will return sooner or later because he loves them are not more courageous, it is not known why he loves them but loves them. They know that what they expect is absurd; they wait, perhaps, precisely because it is absurd. »
Absurd and necessary.

Why am I Catholic then? Because, whatever I do not to be, I will continue with my denials and my blasphemies, fueling that tiny bonfire in the middle of the night wasteland in which Peter denied Jesus three times and became a saint and a martyr.
Perhaps another reason why I am a Catholic is because not being one would force me to think, like the French, all day and night about what is right and what is wrong, and it is not that the opinion of the Church of Rome is for me the last word, but it is at least one word with which to start the dialogue. It is, at the very least, something that I can safely disagree with.
The secret of the success of Christianity is perhaps none other than translating into the language of legend and law what the common man already knows and lives in secret, the one who owes everything he earns. The success of Christianity is none other than saying out loud the irrational certainty that allows us to survive pain and anger, which allows us to forgive offenses because we know that not forgiving them is prolonging them, it is making them eternal and permanent, invincible. That intuition that was understood better than anyone in the western world by John Ford (another Catholic in the middle of the land of Puritans) and his wounded, angry and strong heroes who renounce resentment time and time again, who again and again abdicate hatred not out of love but so that we can better continue on towards the horizon, to be once more free. That idea that postmodern cinema, from Tarantino onwards, has completely discarded, concentrating on revenge as an invincible force, as a duty, as a civic right that no one can resist.

Faced with most of the problems in the world today, the Church proposes impossible solutions that come from the world of yesterday. But, for example, isn’t turning the other cheek and forgiving grievances the only realistic solution to the Israeli-Palestinian conflict? Isn’t sharing bread and abdicating power the only solution to the dilemma of how to share goods and end hunger in the world? Doesn’t the Church understand well that Trump’s problem is not so much his violence and his obscenity but his pride? Doesn’t the Church understand that gay pride versus black pride and American pride can achieve no more than the final clash? Don’t you understand that there is no more urgent and effective policy to solve a series of practical problems, from immigration to alcoholism, than a massive renunciation of pride?
In the face of any problem, conflict, civil war, I think of the solution of the Gospels and the teaching of the Church and it is the only possible solution. My religion, I admit, is largely a nostalgia but also a bet on the future, because death will always follow, despite the fact that medicine denies it, and others, neighbor and enemy, will continue to be hell and paradise. The experts in suffering and dying know perhaps something that neophytes do not. They know that there are things that cannot, that should not be known. They know that, in the face of the prosaic death that so many tests diagnose them, the mystery, instead of being a problem, becomes a solution.

I’m a Catholic, my God, my God, because my secret is yours, the fire that never ends burning that bush in the desert, and the tables of the law and the golden calf and your rage and your forgiveness, this story that is repeated a thousand and one times, that story of which I am now only an indestructible and fragile link.
I am that link and that chain that I no longer wear alone. I am yours, my God, and you are mine for all the time we have left together.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.