La Economía Del Fraude Inocente. La Verdad de Nuestro Tiempo — John Kenneth Galbraith / The Economics of Innocent Fraud: Truth for Our Time by John Kenneth Galbraith

El engaño y la falsedad se han hecho endémicos. Tanto los políticos como los medios de comunicación han metabolizado ya los mitos del mercado, como que las grandes corporaciones empresariales trabajan para ofrecer lo mejor para el público, que la economía se estimula si la intervención del Estado es mínima o que las obscenas diferencias salariales y el enriquecimiento de unos pocos son subproductos del sistema que hay que aceptar como males menores.
Es decir, que nos hemos rendido totalmente ante el engaño y hemos decidido aceptar el fraude legal, “inocente”.
Pero la realidad es que el mercado está sujeto a una gestión que financian y planifican cuidadosamente las grandes corporaciones privadas.

Puede leer este breve libro en una hora, pero estará pensando en él durante mucho más tiempo. Galbraith, un hombre de impecables credenciales, señala algunas de las verdades tácitas (por la cultura dominante) de nuestro tiempo:
«El sistema de libre mercado» es el término sin sentido que reemplaza en lo que se ha convertido el capitalismo, y lo que debería llamarse verdaderamente el «sistema corporativo».
Ocultamos una profunda injusticia social al referirnos a dos cosas completamente separadas con la misma palabra: «trabajo». El trabajo se utiliza tanto para el doloroso y agotador trabajo para las necesidades básicas, como para el esfuerzo significativo de perseguir la vocación.
No son los accionistas ni los directores de corporaciones quienes los controlan, es su administración. Las consecuencias de este hecho son de gran alcance, un pequeño ejemplo de las cuales es simplemente que la administración puede establecer su propia tasa de compensación, lo que equivale a un robo legalizado masivo.
Ya no existen los sectores público y privado. Lo que era el sector público está controlado casi en su totalidad por intereses privados para beneficio privado.
La idea de que la Reserva Federal previene la inflación y ayuda a la economía a salir de la recesión subiendo o bajando las tasas de interés es y siempre ha sido completamente una ficción.
La política exterior está dictada por los deseos pecuniarios del complejo industrial militar.
Ya sea que esté de acuerdo con su análisis o no, le recomiendo leer el libro. Lo triste es que no dice absolutamente nada sobre cómo arreglar este lío, excepto al insinuar una regulación de algún tipo, de alguna manera, pero esto después de haber explicado cómo los propios reguladores están involucrados en el juego.
Un libro conciso, poco más que un panfleto, pero con argumentos contundentes y un intelecto contundente.
Galbraith sostiene que en las economías modernas, las grandes empresas realizan fraudes sin vergüenza y abiertamente, y gran parte de la narrativa de los negocios modernos es una falacia. En particular, cree que la comprensión convencional de una empresa dirigida por sus accionistas ha sido falsa durante algún tiempo. En realidad, la administración solo es vagamente responsable ante los accionistas y usa esta autonomía para otorgarse salarios y condiciones de robo, mientras administra empresas para objetivos a corto plazo y sus propios objetivos profesionales, en lugar de salvaguardar la riqueza de los inversores a largo plazo. Las complejidades de los sistemas comerciales y financieros disfrazan estos fraudes como prácticas comerciales competitivas, pero la realidad es que una burocracia designada de gerentes está manejando el negocio, sin ninguna inversión personal en la compañía más que sus propias perspectivas de carrera futura. Esto distorsiona la evaluación del riesgo y socava el sistema de mercado.
El argumento de Galbraith es conciso y reflexivo. Las credenciales de este ex New Dealer son impecables. Sin embargo, es difícil no preguntarse si puede ser demasiado pesimista sobre la influencia de los accionistas. Aunque identifica una distorsión clave del poder en el mercado y una importante, quizás exagera la calamitosa abstracción de la gestión del riesgo.

¿Cómo puede un fraude ser inocente? ¿Cómo puede algo inocente ser al mismo tiempo fraudulento? Responder a estas preguntas es importante porque aunque el fraude inocente y legítimo tiene un papel indudable en la vida privada y en el discurso público, quienes participan en él no lo reconocen explícitamente como tal. Insistamos en el hecho de que éstos no experimentan sentimiento de culpa o de responsabilidad.
Una parte de este fraude es consecuencia de la economía tradicional y la manera en que ésta se enseña, otra tiene origen en concepciones rituales de la vida económica. Estas últimas pueden apoyar con claridad intereses individuales y colectivos y, en particular, como cabría esperar los de los miembros más afortunados, mejor relacionados y políticamente destacados de la comunidad, y pueden adquirir la respetabilidad y la autoridad del conocimiento cotidiano. De esta forma, determinado punto de vista sobre la vida económica no aparece como creación de un individuo o de un grupo en particular sino como algo natural e incluso justo.

Es sistema económico común a los países económicamente avanzados del mundo y, con ciertos matices, a todos los demás —con las excepciones de Corea del Norte, Cuba y, aunque sólo en teoría, China—, convierte en máximas autoridades económicas a quienes controlan las plantas y equipos industriales, la tierra y los recursos financieros más relevantes. Antes eran los propietarios quienes estaban al frente de sus compañías, pero hoy las empresas de cierta envergadura y dedicadas a actividades de elevados niveles de complejidad cuentan con una dirección profesional. Como subrayaremos más adelante, son los directivos, y no los poseedores del capital, quienes detentan el verdadero poder en la empresa moderna.
Ésta es una de las razones por las que el término «capitalismo» se encuentra en declive; otra es la amarga historia que éste evoca en algunas ocasiones.
Hablar de un sistema de mercado, repitámoslo, carece de sentido; es una fórmula errónea, insípida, complaciente. Surgió por el deseo de protegerse de la desagradable experiencia del poder capitalista y, como hemos señalado, del legado de Marx, Engels y sus fervorosos y excepcionalmente elocuentes discípulos. Hoy se cree que las empresas y los capitalistas particulares carecen de poder; y el hecho de que el mercado esté sujeto a una dirección corporativa hábil y completa ni siquiera se menciona en la mayor parte de los cursos de economía. En esto reside el fraude.
Otro nombre para el sistema resulta convincente a la vista y al oído: «el sistema corporativo». Nadie pone en duda que la corporación moderna es un factor dominante en la economía actual, y ciertamente en la de Estados Unidos. Sin embargo, las alusiones a ello se hacen con cautela o no se hacen en absoluto. Los sensibles amigos y beneficiarios del sistema no desean atribuir autoridad definitiva a la corporación, prefieren continuar refiriéndose a las benignas fuerzas del mercado.
Aunque en el caso de los ricos el ocio es una alternativa aceptable, para los pobres éste puede ser moralmente dañino. Además, cuesta dinero, público y privado, supone períodos laborales más cortos, vacaciones. Es por esto por lo que en Estados Unidos y en todos los países desarrollados la holgazanería de la clase ociosa es considerada buena, mientras que la de los pobres es por lo general condenada. De esta manera el juicio social concilia el placer personal con las recompensas favorables.
La realidad, tanto en la guerra como en la paz, el sector privado se convierte en sector público.

Un área de fraude inocente bastante conocida y a algo que legalmente está lejos de ser inocente: el mundo de las finanzas, de la banca, las sociedades financieras, los mercados de valores, los fondos de inversión, las empresas de orientación y el asesoramiento financieros.
El fraude tiene como punto de partida un hecho determinante y absolutamente evidente que, no obstante, es casi siempre pasado por alto: el comportamiento futuro de la economía, el paso de los buenos tiempos a la recesión o la depresión y viceversa, es imposible de predecir con exactitud. Existen predicciones de sobra, pero no un conocimiento firme y seguro. Todo depende de una combinación variada de acciones gubernamentales sobre las que no existe certeza y de decisiones corporativas e individuales que desconocemos; y cuando se trata del mundo en general, de la paz y la guerra. Factores como el imprevisible desarrollo de innovaciones tecnológicas o de otro tipo y la respuesta de los consumidores e inversores resultan decisivos.
Las grandes empresas —particularmente en los sectores de la energía y las comunicaciones, aunque no sólo en ellos— llegaron a dominar las noticias. En todos los casos, la situación era la misma, así como el resultado. La dirección lo controlaba todo; los propietarios eran irrelevantes; algunos auditores se mostraron dóciles. Las stock options servían para enriquecer a los implicados y ocultar ligeramente el golpe.
La contribución menos esperada a las prácticas oscuras e incluso criminales fue la proporcionada por la contabilidad corrupta que acabamos de mencionar. Esta ofreció cobertura a acciones enrevesadas que llegaban al robo descarado. Individuos de mente inquisitiva habían considerado durante mucho tiempo a la contabilidad como una labor competente y honesta. A lo largo de mi vida profesional, ya fuera como profesor, escritor o funcionario público, he leído docenas, tal vez centenares, de estados financieros. Que algunos pudieran ser un disfraz para un silencioso latrocinio fue algo que nunca se me pasó por la cabeza.
Los escándalos corporativos y, en especial, la publicidad que se hizo de ellos han dado lugar a una discusión sobre la regulación apropiada y a algunas acciones, pasos positivos para garantizar una contabilidad honesta y encontrar remedios efectivos que contrarresten el poder de los directivos y reduzcan el fraude empresarial.
Se necesita, por tanto, una regulación independiente, honesta y profesionalmente competente. Esto es algo difícil de conseguir en un mundo de supremacía corporativa, y es por ello que ésta debe ser conocida y contrarrestada: es menos fácil defender el comportamiento corporativo ante a una opinión pública negativa. Ahora bien, debe quedar claro que no existe ninguna alternativa a la supervisión eficaz. El comportamiento de los directivos también puede mejorarse si existe la posibilidad real de que los infractores vayan a parar a la cárcel, una experiencia que no les resultará precisamente agradable.
Más importante todavía es que se comprenda que un buen comportamiento corporativo y una regulación eficaz benefician en gran medida el interés público, mientras que la apropiación indebida no.

En otra época, como he señalado, hubo en Estados Unidos capitalistas. En el acero, Carnegie; en el petróleo, Rockefeller; en el tabaco, Duke; en los ferrocarriles, unos pocos adinerados que los controlaban de modos diversos y con frecuencia de manera incompetente. Los magnates financieros eran conocidos entonces no por su desempeño económico sino por su poder económico latente o activo y, de forma no excepcional, por su célebre interés por el bien público, representado en las grandes fundaciones.
A diferencia de los capitalistas, los directivos de las corporaciones modernas gozan de la aceptación de la opinión pública, que reconoce su posición en el mercado y su influencia política. El papel dominante de la dirección corporativa en el estamento militar, las finanzas públicas y las cuestiones medioambientales, se da por sentado. Lo mismo ocurre en otros ámbitos del llamado sector público. Además, como he sostenido, el Producto Interior Bruto al que contribuye la corporación es hoy la medida aceptada del éxito económico e incluso de la civilización. Pese a todo ello, existen graves problemas sociales que requieren atención.
Uno de ellos, como hemos observado, es la forma en que el poder corporativo ha moldeado el objetivo público según sus propias capacidades y necesidades. Las corporaciones han decidido que el éxito social consiste en tener más automóviles, más televisores, más vestidos y un mayor volumen de todos los demás bienes de consumo, así como más y más armamento letal.
A lo largo de la historia, la política económica ha ido a menudo en sentido contrario al bienestar económico. Y puede ocurrir que determinada política se aplique sin que se produzca ningún efecto. Es posible que haya dinero para quienes no lo gastarían y privaciones para quienes sí lo harían. Así como puede haber recesión independientemente de las políticas públicas que pretenden evitarla, la economía puede experimentar una mejoría sin la clara adopción de medidas eficaces.

Desde los tiempos bíblicos, e incluso desde mucho antes, nuestra civilización valora el progreso. Sin embargo, no todo progreso es lo que parece y los matices son aquí necesarios.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2015/11/01/breve-historia-de-la-euforia-financiera-john-kenneth-galbraith/

https://weedjee.wordpress.com/2015/11/01/el-crash-de-1929-john-kenneth-galbraith/

https://weedjee.wordpress.com/2018/05/14/una-sociedad-mejor-john-kenneth-galbraith-the-good-society-the-human-agenda-by-john-kenneth-galbraith/

https://weedjee.wordpress.com/2021/10/19/la-economia-del-fraude-inocente-la-verdad-de-nuestro-tiempo-john-kenneth-galbraith-the-economics-of-innocent-fraud-truth-for-our-time-by-john-kenneth-galbraith/

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Deception and falsehood have become endemic. Both politicians and the media have already metabolized the myths of the market, such as that large business corporations work to offer the best for the public, that the economy is stimulated if the intervention of the State is minimal or that the obscene salary differences and the enrichment of a few are by-products of the system that must be accepted as lesser evils.
In other words, we have totally surrendered to the deception and have decided to accept the legal fraud, «innocent.»
But the reality is that the market is subject to management that is carefully planned and financed by large private corporations.

You can read this short book in an hour, but you’ll be thinking about it for much longer. Galbraith, a man of impeccable credentials, points out some of the unspoken (by mainstream culture) truths of our times:
“The free-market system” is the meaningless replacement term for what capitalism has become, and what should truthfully be called the “corporate system.”
We hide a deep social injustice by referring to two entirely separate things with same word: “work.” Work is used for both the painful life-sapping labor for bare necessities, as well as for the meaningful effort of pursuing ones calling.
It is not the shareholders nor the directors of corporations that control them, it is their management. The consequences of this fact is far-reaching, a small example of which is simply that management gets to set it’s own rate of compensation which amounts to massive legalized theft.
There is no longer such thing as the public and private sectors. What was the public sector is almost entirely controlled by private interests for private benefit.
The idea that the Federal Reserve prevents inflation and helps the economy out of recession by raising or lowering interest rates is and has always been, entirely a fiction.
Foreign policy is dictated by the pecuniary desires of the military industrial complex.
Whether you agree his analysis or not, I’d recommend reading the book. The sad thing is that he says absolutely nothing about how to fix this mess, except by hinting at regulation of some sort, some how, but this after having just explained how the regulators themselves are in on the game.
A concise book, little more than a pamphlet, but with heavy arguments and a forceful intellect.
Galbraith argues that in modern economies, big business unashamedly and openly conducts fraud and much of the narrative of modern business is a fallacy. In particular he believes that the conventional understanding of a company being run by its shareholders has been untrue for some time. In reality, management are only vaguely accountable to the shareholders and use this autonomy to award themselves larcenous pay and conditions, while managing companies for short-term goals and their own career objectives, rather than to safeguard investors’ wealth in the long-term. The complexities of the commercial and financial systems disguise these frauds as competitive business practice, but the reality is that an appointed bureaucracy of managers is running business, without any personal investment in the company other than their own future career prospects. This is distorting the evaluation of risk and undermining the market system.
Galbraith’s argument is concise and thoughtful. The credentials of this former New Dealer are impeccable. However, it is hard not to wonder if he may be overpessimistic about the influence of shareholders. Though he identifies a key distortion of power in the market and an important one, he perhaps overstates the calamitous abstraction of management from risk.

How can a fraud be innocent? How can something innocent be at the same time fraudulent? Answering these questions is important because while innocent and legitimate fraud plays an undoubted role in private life and public discourse, those who participate in it do not explicitly recognize it as such. Let us insist on the fact that they do not experience a feeling of guilt or responsibility.
A part of this fraud is a consequence of traditional economics and the way it is taught, another has its origin in ritual conceptions of economic life. The latter can clearly support individual and collective interests, and in particular, as one might expect, those of the luckiest, best-connected, and politically prominent members of the community, and they can acquire the respectability and authority of everyday knowledge. In this way, a certain point of view on economic life does not appear as the creation of an individual or a particular group but as something natural and even just.

It is an economic system common to the economically advanced countries of the world and, with certain nuances, to all the others —with the exceptions of North Korea, Cuba and, although only in theory, China—, it converts those who control the industrial plants and equipment, land and the most relevant financial resources. Before, it was the owners who were in charge of their companies, but today companies of a certain size and dedicated to activities of high levels of complexity have a professional management. As we will emphasize later, it is the managers, and not the holders of capital, who wield the real power in the modern enterprise.
This is one of the reasons why the term «capitalism» is in decline; another is the bitter story that it sometimes evokes.
To speak of a market system, let us repeat it, is meaningless; it is a flawed, insipid, complacent formula. It arose out of a desire to protect itself from the unpleasant experience of capitalist power and, as we have noted, from the legacy of Marx, Engels, and his fervent and exceptionally eloquent disciples. Today it is believed that private companies and capitalists lack power; and the fact that the market is subject to skillful and thorough corporate management is not even mentioned in most economics courses. Herein lies the fraud.
Another name for the system is convincing to the eye and to the ear: «the corporate system.» No one doubts that the modern corporation is a dominant factor in today’s economy, and certainly in the United States. However, allusions to it are made with caution or not at all. The sensitive friends and beneficiaries of the system do not wish to attribute ultimate authority to the corporation, preferring to continue to refer to benign market forces.
Although for the rich leisure is an acceptable alternative, for the poor it can be morally damaging. In addition, it costs money, public and private, implies shorter working periods, vacations. This is why in the United States and in all developed countries the laziness of the leisure class is considered good, while that of the poor is generally condemned. In this way, social judgment reconciles personal pleasure with favorable rewards.
The reality, in both war and peace, the private sector becomes the public sector.

A well known area of innocent fraud and something that is legally far from innocent: the world of finance, banking, financial companies, stock markets, investment funds, guidance companies and financial advice.
Fraud has as its starting point a decisive and absolutely evident fact that, however, is almost always overlooked: the future behavior of the economy, the passage from good times to recession or depression and vice versa, is impossible to predict accurately. There are plenty of predictions, but no firm and sure knowledge. It all depends on a varied combination of government actions about which there is no certainty and corporate and individual decisions that we are unaware of; and when it comes to the world in general, peace and war. Factors such as the unpredictable development of technological or other innovations and the response of consumers and investors are decisive.
Big companies — particularly in the energy and communications sectors, but not just in them — came to dominate the news. In all cases, the situation was the same, as well as the result. The management controlled everything; the owners were irrelevant; some auditors were compliant. The stock options served to enrich those involved and slightly hide the blow.
The least expected contribution to dark and even criminal practices was provided by the corrupt accounting just mentioned. It offered cover for devious actions that led to outright robbery. Inquisitive-minded individuals had long regarded accounting as competent and honest work. Throughout my professional life, whether as a teacher, writer, or civil servant, I have read dozens, perhaps hundreds, of financial statements. That some could be a disguise for a silent robbery was something that never crossed my mind.
Corporate scandals and, in particular, the publicity that was made of them have led to a discussion about appropriate regulation and some actions, positive steps to ensure honest accounting and to find effective remedies that counteract the power of managers and reduce the risk. business fraud.
Therefore, independent, honest and professionally competent regulation is needed. This is something difficult to achieve in a world of corporate supremacy, and that is why it must be known and countered: it is less easy to defend corporate behavior in the face of negative public opinion. However, it should be clear that there is no alternative to effective supervision. The behavior of managers can also be improved if there is a real possibility that offenders will go to jail, an experience that will not be exactly pleasant.
More importantly, it is understood that good corporate behavior and effective regulation greatly benefit the public interest, whereas misappropriation does not.

In another era, as I have pointed out, there were capitalists in the United States. In steel, Carnegie; in oil, Rockefeller; in tobacco, Duke; on the railroads, a wealthy few who controlled them in various ways and often incompetently. Financial tycoons were known then not for their economic performance but for their latent or active economic power and, not exceptionally, for their famous interest in the public good, represented in large foundations.
Unlike capitalists, the managers of modern corporations enjoy the acceptance of public opinion, which recognizes their position in the market and their political influence. The dominant role of corporate leadership in the military, public finances and environmental issues is taken for granted. The same occurs in other areas of the so-called public sector. Furthermore, as I have argued, the Gross Domestic Product to which the corporation contributes is today the accepted measure of economic and even civilization success. Despite all this, there are serious social problems that require attention.
One of them, as we have observed, is the way in which corporate power has shaped the public purpose according to its own capabilities and needs. Corporations have decided that social success consists of having more cars, more televisions, more dresses, and a greater volume of all other consumer goods, as well as more and more lethal weaponry.
Throughout history, economic policy has often gone in the opposite direction to economic welfare. And it may happen that a certain policy is applied without any effect. There may be money for those who would not spend it and hardships for those who would. Just as there can be a recession regardless of the public policies that try to avoid it, the economy can experience an improvement without the clear adoption of effective measures.

Since biblical times, and even long before, our civilization values progress. However, not all progress is what it seems and nuances are necessary here.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2015/11/01/breve-historia-de-la-euforia-financiera-john-kenneth-galbraith/

https://weedjee.wordpress.com/2015/11/01/el-crash-de-1929-john-kenneth-galbraith/

https://weedjee.wordpress.com/2018/05/14/una-sociedad-mejor-john-kenneth-galbraith-the-good-society-the-human-agenda-by-john-kenneth-galbraith/

https://weedjee.wordpress.com/2021/10/19/la-economia-del-fraude-inocente-la-verdad-de-nuestro-tiempo-john-kenneth-galbraith-the-economics-of-innocent-fraud-truth-for-our-time-by-john-kenneth-galbraith/

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