Bobby Fischer Se Fue A La Guerra. El Duelo De Ajedrez Más Famoso De La Historia — David Edmonds, John Eidinow / Bobby Fischer Goes to War: How the Soviets Lost the Most Extraordinary Chess Match of All Time by David Edmonds, John Eidinow

Son las cinco de la tarde del martes 11 de julio de 1972. Las entradas del recinto del palacio de los deportes, el Laugardalsholl, en el anodino complejo de ocio de Reikiavik, están agotadas. Sobre el estrado, el campeón del mundo de ajedrez, Borís Vasilievich Spasski, de veinticinco años, está sentado solo ante el tablero. Juega con las blancas. A la hora en punto, el árbitro alemán Lothar Schmid pone en marcha el reloj. Spasski levanta el peón de la reina y lo avanza dos casillas. El rey del ajedrez de la Unión Soviética ha iniciado la defensa del título que ha sido suyo desde 1969, y de su país sin interrupciones desde la Segunda Guerra Mundial. Echa un vistazo al otro lado del tablero. La silla giratoria de piel negra, cara y de escasa altura, hecha a medida para su contrincante, está vacía.
Seis minutos después llega el aspirante norteamericano, Bobby Fischer. Un suspiro de alivio recorre la sala. Debido a su negativa a marchar de Nueva York a tiempo para llegar a la inauguración del match, la primera partida ha sido aplazada, y muchos temían que no apareciera. Con Fischer nunca se sabe.

Un examen extraordinario, no solo del hombre y su ascenso simultáneo a la grandeza y descenso a la locura, sino también de uno de los espectáculos secundarios más interesantes en el enfrentamiento de cuarenta y cinco años entre los Estados Unidos y la Unión Soviética conocido como la Guerra Fría. En muchos sentidos, el Campeonato Mundial de Ajedrez de 1972 entre Bobby Fischer y Boris Spassky fue un microcosmos de la Guerra Fría en sí: abarcó la paranoia del espionaje (incluidas acusaciones de drogadicción, intentos de secuestro e incluso control mental); la elevación de una escaramuza por lo demás trivial (antes del partido, el ajedrez era tan popular en los Estados Unidos como la llamada competitiva de pavos) a una batalla en la que el ganador se lo lleva todo por la hegemonía global; y la polarización del mundo detrás de un soviético o un estadounidense en lo que se convirtió en el evento deportivo más improbablemente importante de todos los tiempos.
Y en el centro de la narrativa hay un hombre tan fascinante y complicado como el trasfondo político contra el que jugó. Bobby Fisher fue sin duda el mejor jugador que jamás haya abierto con un peón. También era amargamente antisemita, a pesar de que él mismo era judío. Hizo demandas petulantes, aparentemente imposibles, sobre todo, desde la altura de los alfiles, hasta el brillo de la iluminación, hasta el tamaño de la bolsa de la victoria (exigía rutinariamente premios de cientos de miles de dólares por un solo torneo a la vez cuando la mayoría de los grandes maestros del ajedrez ganaban menos de quince mil dólares en el transcurso de un año entero), pero la magnitud de su talento era tal que por lo general se salía con la suya. Según todos los informes, tenía el genio de un Mozart atrapado dentro del temperamento de un Atila el Huno.
Incluso si no eres un fanático del ajedrez, es difícil imaginar que no encuentres nada en Bobby Fischer se fue a la guerra que valga la pena leerlo. Es a partes iguales un estudio psicológico, un thriller político y una biografía de una de las personalidades más volubles y extrañas del siglo XX.
Aunque el ajedrez es fundamentalmente «sólo un juego de mesa», este libro muestra cómo, a nivel de Gran Maestro, es tanto una batalla de psiques como de habilidades, tanto una metáfora del poder ideológico como de la destreza mental. Las payasadas de Fischer y la deportividad caballerosa de su oponente soviético, Spassky, crean una gran narración en la que el tipo al que nos encantaría odiar, la URSS, es realmente el más admirable de los dos.
En medio de la información obviamente investigada meticulosamente y la representación increíblemente completa de eventos y personajes, el único defecto es que los autores ocasionalmente saltan de una línea particular de descripción o narrativa, lo que dificulta su seguimiento. Sin embargo, esto es menor, y el tono en gran parte objetivo y fundamentalmente formal cubre los momentos de percepción obviamente sesgada. En general, un trabajo informativo emocionante, que disfrutará inmediatamente cualquier amante del ajedrez de cualquier nación.

Fischer era un niño taciturno, fascinado por los juegos de mesa y los rompecabezas, y cuando cumplió seis años su hermana Joan le regaló un ajedrez. Juntos aprendieron los movimientos a partir de las instrucciones. Al cabo de poco tiempo, Fischer se absorbió tanto en el juego que su madre temió que pasara demasiado tiempo solo.
Fischer no fue un prodigio instantáneo. Con un talento innegable y un profundo dominio intuitivo del juego, jugaba bien en clubes de ajedrez y torneos, aunque no de manera espectacular. No fue hasta 1954, a la edad de once años, cuando Fischer, utilizando sus propias palabras, «empezó a ser bueno».
Fischer suponía una amenaza real para la supremacía soviética, y el mundo del ajedrez bullía de impaciencia a la espera de que participara en el Interzonal de Amsterdam de l964. No participar, perderse el ciclo del campeonato mundial, significaría que no podía confiar en ser el campeón del mundo hasta el final del siguiente ciclo, en 1969. Era una oportunidad que no podía dejar pasar. No obstante, indignado todavía con los «estafadores» rusos, sí lo hizo. Al rechazar lo que más deseaba, su furia se volvió contra él mismo. No volvió a jugar al ajedrez competitivo durante un año y medio. Le llegaron ofertas, pero Fischer las revhazó todas o pidió honorarios por sus apariciones que ni el más generoso de los patrocinadores quiso pagar. A la edad de veintiún años escenificó su primer retiro.
El torneo que provocó su vuelta fue el Memorial Capablanca de La Habana, que empezó en agosto de 1965. Era el primer acontecimiento internacional de Fischer.

El fenómeno más interesante acerca de Fischer, empero, no es el efecto que el ajedrez le causaba a él, sino el efecto que su ajedrez causaba a sus contrincantes: destruía su moral, les hacía sentir que estaban en las garras de una fuerza alienígena hostil para cuyos poderes no existía respuesta terrestre. «Es un ordenador de ajedrez» era un cumplido que le dedicaban sus admiradores. «No es más que un ordenador», era el comentario despectivo de sus detractores.
¿Qué querían decir? Bien, los ordenadores no padecen de los nervios. Carecen de apego psicológico a normas particulares o estilos de jugar, y calculan con velocidad y precisión. En todos estos aspectos, los contrincantes de Fischer tenían la impresión de que funcionaba como un autómata movido por microchips.
Tenía escaso sentido del humor. Nunca hacía gala de sarcasmo o ironía, y nunca jugaba con el lenguaje, por ejemplo, para hacer juegos de palabras. Daba la impresión de tomarse al pie de la letra los comentarios.

Han hablado mucho de las similitudes entre Fischer y Spasski, indicando que también Spasski era un hijo segundo, había sido educado por un solo progenitor y había vivido en la pobreza sus primeros años. De hecho, aspirante y campeón no podían tener personalidades y actitudes ante la vida más contradictorias. Del mismo modo, la prosperidad y democracia de Estados Unidos no podían ni compararse con los horrores estalinistas entre los que creció Spasski, y donde el tablero de ajedrez le proporcionó protección, fama y, en términos soviéticos, una fortuna.

Los ciudadanos soviéticos consideraban que el papel de Spasski era defender el ejemplo más preclaro de «lo nuestro [significa] mejor», el dominio soviético del campeonato mundial de ajedrez. Al enfrentarse al norteamericano, se convirtió en el símbolo de los caídos. Antes de Reikiavik, recibió incontables cartas de ciudadanos soviéticos, los cuales le recordaban que su deber patriótico consistía en derrotar al imperialismo norteamericano que estaba invadiendo la ciudadela del ajedrez soviético.
Justificar al Estado soviético era lo más importante para el Partido, no el deporte del ajedrez en sí. «Por supuesto», dice un ex presidente de la Federación de Ajedrez de la Federación Rusa el periodista Yevgueni Bebchuk: «Esa era la convicción de los peces gordos del Partido. Debías morir por la patria y el Partido. En cuanto al deporte en sí, lo único que interesaba eran los jugadores. Lo que de verdad importa es que ante un tablero de ajedrez eres un soviético».
Spasski no era miembro del Partido Comunista, pero se han extraído demasiadas deducciones de eso. Algunos personajes de esta historia (los Grandes Maestros Averbaj, Taimanov y Stein, y los burócratas Baturinski, Abramov e Ivonin) eran miembros. Otros (los Grandes Maestros Tal, Geller, Kroguiyus y Smislov) no. El padre de la bomba H soviética, Andréi Sajarov, declinó poderosas «ofertas» de ser miembro mucho antes de hacerse famoso como disidente, si bien recibía enormes ingresos y gozaba de otros privilegios estatales. Spasski insiste en que nunca le presionaron para que se afiliara. Tal vez lo consideraban una causa perdida.
La ausencia de carnet del Partido no excusaba a Spasski de su responsabilidad política ni de demostrar la conciencia política aprobada por el sistema.

La confianza en uno mismo es importante en todos los deportes. En el ajedrez, un juego en el que, al contrario que en todos los demás, todo sucede en la mente, sin extremidades entrenadas que tomen el control cuando el cerebro está en crisis, la falta de confianza es definitiva. Lo más importante es que, al otro lado del tablero, el contrincante puede presentir esta hemorragia mental, con tanta claridad como un boxeador que ve manar sangre de la cabeza de su adversario.
Como en todos los aspectos de la vida, en el ajedrez existen diversos mecanismos para sortear la tensión. Es posible que Fischer la controlara en parte canalizándola hacia la rabia. No cabe duda de que algunos jugadores (de forma notoria, por ejemplo, Mijaíl Botvinnik) poseen el talento de detestar al contrincante, un odio que mejora su rendimiento ante el tablero, agudiza su sentido de competitividad y canaliza su agresividad. Korchnoi también pertenece a ese grupo, capaz de manifestar antipatía durante una sola partida.

El plan de Spasski, que llegaba a sus manos por mediación de la segunda organización más poderosa del país.
Preparativos para el match Spasski-Fischer
El principal objetivo es la victoria. Nuestro colectivo es responsable del resultado. Consiste en: los Grandes Maestros B. V. Spasski, Z. Bondarevski, E. P. Geller, N. V. Kroguiyus e I. P. Nei.
– Todo lo relacionado con los preparativos del encuentro ha de ser secreto. Todos cuantos tomen parte en los preparativos han de firmar un documento en el que declaren que no revelarán ningún secreto oficial.
– Todos los miembros de la comunidad de trabajo están a disposición de B. V. Spasski hasta el final del encuentro.
– Se necesita una base permanente para trabajar y descansar en las afueras de Moscú. Una dacha para siete personas.
– Finanzas. Cálculo de gastos para todo el período de preparativos.
Se necesita un jefe de preparativos, que se encargará de los problemas organizativos.
– – Suministro de alimentos y cuidados médicos.
Llegada al lugar del encuentro dos semanas antes del inicio. Objetivo: adaptación y organización de una rutina de trabajo.
Las conversaciones acerca del emplazamiento y las fechas del encuentro se llevarán a cabo directamente por B. V. Spasski.

Las complejas relaciones de Spasski, las negociaciones del match, las molestias de su apartamento y su incapacidad de trabajar a fondo se combinaron para lograr que llegara a Reikiavik en un estado menos que sereno y poco preparado. Pero su convicción de que sería un festín de ajedrez, y de que lograría una victoria histórica, seguía incólume. «Quería ser recordado»…

Jugar al «Gallina» cuando no albergas la menor intención de dar un volantazo puede ser una manera de ganar una y otra vez el juego, pero el método es peligroso. A la larga, un contendiente de estas características encontrará un contrincante que desconozca su reputación, que crea exagerada su reputación de temerario, que esté convencido de que se ha salido con la suya durante demasiado tiempo y esté dispuesto a darle una lección, o que adopte una postura similar. Durante uno de los torneos de Fischer, un funcionario reconoció de manera implícita el peligro: «Bobby es un genio, no cabe duda, pero ¿qué pasaría si tuviéramos tres o cuatro genios, cada uno con sus fobias y exigencias?». Como ya hemos visto, Sousse fue un ejemplo de que Fischer había llevado sus exigencias demasiado lejos.
Con su «locura» establecida y sus exigencias, si no razonables, al menos, con un esfuerzo considerable, susceptibles de aceptarse, Fischer demostró en Reikiavik que sabía jugar tan bien al «Gallina» como al ajedrez. Una condición del éxito era que la amenaza debía ser extrema, y para los islandeses, la amenaza de Fischer de marcharse era precisamente eso.
Para el resto del mundo del ajedrez, la creencia de Fischer en que la élite del juego podía y debía recibir el mismo respeto y recompensas que ídolos del cine, estrellas del boxeo, celebridades del golf o corredores de Fórmula Uno se ubicaba en el reino de la fantasía. Hasta los setenta, el ajedrez era el primo pobre de los deportes en Occidente, y no acababa de sacudirse de encima su carácter de juego cerebral para aficionados apasionados, siempre con gafas y cortes de pelo impresentables…
Entre tantos acontecimientos, el match Spasski-Fischer se hizo un hueco en los titulares, no solo se debió a la personalidad del aspirante, al ajedrez en sí o a las extravagancias ajenas al match. Para Estados Unidos significaba mucho más. El país estaba sufriendo un embate de pesimismo cultural, sobre todo debido a Vietnam, pero también por los problemas sociales y raciales que vivían en sus carnes. Por utilizar la animosa letra de George M. Cohan, había «un auténtico sobrino del Tío Sam, el chico más dulce». En otras palabras, había un jugador de clase mundial en estado puro, el cual (cuando se ponía a jugar) parecía un ganador indiscutible. Cuando los norteamericanos se aferraban al ajedrez, estaban afirmando el modo de vida norteamericano. Por lo visto, Fischer era la garantía de que Estados Unidos podía conseguirlo, como siempre, en un momento en que necesitaban urgentemente esa confianza.

Reikiavik fue una confrontación de la Guerra Fría, en el sentido de que ilustró la tensión dentro de la distensión, y las tensiones que condujeron a la ruptura de dicha política al cabo de tres años. Fischer-Spasski fue un duro golpe contra la continua separación de política y sociedad, y contra la suspicacia y enemistad que infundían las relaciones al otro lado del telón de acero. El aislamiento que había practicado el equipo soviético, toda la habitual suspicacia y vigilancia, su falta de experiencia en tratar con la prensa, la agresividad del equipo de Fischer, la tendencia de las autoridades occidentales y norteamericanas a tomar decisiones unilaterales sin contar con los soviéticos, la forma estereotipada de la prensa occidental de presentar al equipo soviético… Todo esto reflejaba la Guerra Fría y afectó directamente al match.
Nuestros dos héroes también dramatizaron las contradicciones de la época. Para Spasski, Reikiavik debía ser una fiesta del ajedrez, una celebración compartida con rivales cordiales. En cuanto a Fischer, no albergaba la menor duda sobre las implicaciones de su victoria. Dijo que aplastaría a cualquiera que eligieran los soviéticos. «Los rusos han sido aniquilados», afirmó. Estaba encantado de haber arrebatado el título a la Unión Soviética. «Es probable que ya estén arrepentidos de haber empezado a jugar al ajedrez», declaró a la BBC.
Si Fischer no hubiera sido tan antisoviético y veleidoso, si hubiera sido tan sociable como Spasski, tal vez el match habría pasado a la historia como el símbolo de la distensión.

Vivió durante años en el seno de la Iglesia Mundial de Dios en Pasadena, donde le llamaban «colaborador». La Iglesia le daba de comer, le había asignado un confortable acomodo en Mocking Bird Lañe; hasta le trasladaban de un lado a otro en avión privado. Fischer les había entregado una tercera parte (61.200 dólares) de su premio islandés.
En 1977 Fischer rompió con la secta, a la que acusó de «satanista», y atacó con ardor sus métodos y liderazgo. A partir de aquel momento, el objeto de tantas aclamaciones por sus méritos ajedrecísticos se convirtió en un recluso casi total. Los conocidos con quienes se mantenía en contacto debían jurar que no revelarían su paradero. Se rompían por completo todas las relaciones con cualquiera que hablara de él al mundo exterior. Para que no le reconocieran, se dejó barba y bigote.
La vida de Fischer se convirtió en terreno abonado para los rumores, aunque pocos podían exagerar la realidad. A principios de 1981 pasó varios meses en San Francisco jugando una serie de diecisiete partidas rápidas contra Peter Biyiasas, un jugador nacido en Grecia de madre canadiense.
La tarde del 26 de mayo de 1981, Fischer fue detenido por la policía, confundido al parecer con un atracador de bancos, y encerrado durante varios días.

Algunos defenderán que Fischer fue el mejor jugador de la historia del ajedrez, aunque también hay enérgicos defensores de Lasker, Capablanca, Alejin y Kasparov. Muchos jugadores de ajedrez dirán que tales comparaciones son absurdas, algo así como intentar clasificar a los mejores músicos de todos los tiempos. Pero la forma en que Fischer llegó hasta Reikiavik.
En esencia, nuestra historia es una tragedia. Lo que habría podido ser la fiesta del ajedrez, tal como profetizó Spasski, se recuerda sobre todo por el comportamiento patológico y manipulador del aspirante, el pánico de las autoridades y el derrumbamiento psicológico del campeón, así como por la calidad de las partidas.
Si bien podemos compadecemos de los organizadores, debido a las diversas y patentes presiones a que se vieron sometidos, su capitulación ante el aspirante en la partida tres puede considerarse su tragedia moral. Si no les hubieran obligado a ceder ante Fischer, Spasski tal vez se habría ido antes de Reikiavik, y como campeón. Por su parte, si Spasski no hubiera estado tan obsesionado por jugar contra Fischer, si hubiera estado menos libre de convencionalismos y más dispuesto a colaborar con las autoridades, tal vez habría marchado de Reikiavik por propia iniciativa, y como campeón.
La vida de Fischer documenta la frase de F. Scott Fitzgerald de que «no hay segundos actos en las vidas norteamericanas». Alcanzar su único objetivo destruyó su raison d’étre. Sin ese objetivo, dio la impresión de que perdía su débil contacto con la realidad. Sin nada más que demostrar, el miedo a perder se impuso a su deseo de jugar.
Fischer convirtió Reikiavik en un campo de batalla, y el match fue la última batalla ajedrecística real que libró.
Spasski fue a Reikiavik para rendir homenaje al ajedrez. Fischer fue a la guerra. Su versión del match triunfó.

Regina, la madre de Fischer. El FBI sospechaba que era una agente soviética, y los archivos de la Agencia, fruto de tres décadas de vigilancia, presentan un retrato fascinante de una mujer que poseía una fuerza de carácter extraordinaria y exhibía actitudes anticonvencionales. También revelan el secreto oculto en el corazón de su familia.
Regina fue omnipresente en su vida. Lo que ella ignoraba casi con toda seguridad, y ya no digamos Bobby, es que la familia estaba vigilada de cerca por el FBI, que reunió un dossier de novecientas páginas sobre ella. Regina llamó por primera vez la atención del FBI el 3 de octubre de 1942, cuando estaba trabajando como instructora de estudiantes en la Escuela de Instructores de Radio de la Fuerza Aérea de la Universidad de San Luis. Estaba esperando su segundo hijo para el marzo siguiente. La situación económica de Regina era desesperada, hasta el punto de que, por mediación de las organizaciones de caridad judías, intentó colocar a su hija Joan con otra familia.
El acuerdo no cuajó, y la madre adoptiva pidió a Regina que se llevara a Joan. La mujer no contó a Regina que se había puesto en contacto con las autoridades.
La Agencia consideraba a Regina inteligente y culta, pero también, en palabras de un informador, «una auténtica pelma». Una fuente la describía como «hostil y amiga de las discusiones». Se decía que los Fischer caían mal a todos los vecinos de su bloque de Brooklyn, y que Regina tenía «complejo de pleitear», y sofia iniciar acciones contra el casero por «reivindicaciones imaginarias».
El 21 de mayo de 1957, un agente escribió al director del FBI:
Hay que subrayar que la sujeto es una mujer culta que ha viajado mucho, y que durante años se ha relacionado con comunistas y personas de tendencias pro comunistas. A la vista de lo anterior, y a la luz de su reciente contacto con un funcionario de la embajada soviética, es deseable que este caso se reabra y que se lleve a cabo una investigación, en un esfuerzo por determinar si la sujeto se ha implicado en el pasado, o puede estarlo ahora, en actividades contrarias a los intereses de Estados Unidos.
Investigaron sus cuentas bancarias, arrinconaron e interrogaron a las enfermeras de su hospital, tomaron nota de la marca de su coche (un Chrysler sedán de 1957) y examinaron el testamento de su padre (Regina heredaría una minúscula cantidad, alrededor de cuarenta mil dólares). Todos los documentos cotejados anteriormente volvieron a salir a la luz, e interrogaron de nuevo a antiguas fuentes.

Las notas ofrecen una descripción de la relación entre Regina y Paúl que apunta en una sola dirección: Nemenyi era el padre biológico de Bobby. Un año antes de que Bobby naciera, mientras era profesor agregado de matemáticas en Colorado, Nemenyi se hizo amigo de Regina. Después de que Bobby naciera, tomó un interés especial en el niño. Cuando Regina se mudó a Washington con su bebé, parece que fue el doctor Nemenyi quien le encontró un piso y pagó el alquiler. Cuando la mujer marchó a Nueva York, él pagó los gastos de Bobby en el Brooklyn Community College y enviaba a Regina veinte dólares a la semana. Parece que visitó lo bastante a su hijo para que Bobby le tomara cariño. En un momento dado, en 1948, la Agencia descubrió que Nemenyi le había dicho a una asistenta social que estaba muy disgustado por la educación de Bobby, debido sobre todo a la «inestabilidad de la madre».
Cartas escritas por el hijo de Paúl, Peter, quien se convirtió en un activista de los derechos civiles, están disponibles actualmente y parece que no dejan duda sobre la identidad del padre biológico de Bobby.
Si el FBI no hubiera investigado tan a fondo en la vida de Regina, y si Bobby Fischer, el campeón mundial de ajedrez, no hubiera seguido siendo objeto de fascinación por parte de la prensa y el público hasta hoy mismo, su secreto familiar habría seguido oculto.

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It is five in the afternoon on Tuesday, July 11, 1972. Tickets to the grounds of the sports palace, Laugardalsholl, in Reykjavik’s nondescript entertainment complex, are sold out. On the dais, the world chess champion, Boris Vasilievich Spasski, 25, sits alone at the board. He plays white. On the hour, German referee Lothar Schmid starts the clock. Spasski lifts the queen’s pawn and advances it two squares. The Soviet Union’s chess king has begun defending the title that has been his since 1969, and his country without interruption since World War II. He glances across the board. The low-rise, expensive black leather swivel chair custom-tailored for his opponent is empty.
Six minutes later the American challenger arrives, Bobby Fischer. A sigh of relief runs through the room. Due to his refusal to leave New York in time to reach the opening of the match, the first game had been postponed, and many feared that he would not appear. With Fischer you never know.

An extraordinary examination, not only of the man and his simultaneous ascent to greatness and descent into madness, but also of one of the more interesting sideshows in the forty-five year standoff between the US and the Soviet Union known as the Cold War. In many ways, the 1972 World Chess Championship between Bobby Fischer and Boris Spassky was a microcosm of the Cold War itself: it encompassed the paranoia of espionage (including accusations of drugging, kidnapping attempts and even mind control); the elevation of an otherwise trivial skirmish (prior to the match, chess was about as popular in the US as competitive turkey calling) into a winner-take-all battle for global hegemony; and the polarization of the world behind either a Soviet or an American in what became the most improbably important sporting event of all time.
And at the center of the narrative is a man as fascinating and complicated as the political backdrop against which he played. Bobby Fisher was quite arguably the greatest player to ever open with a pawn. He was also bitterly antisemitic, despite the fact that he himself was Jewish. He made petulant, seemingly impossible, demands about everything ranging from the height of the bishops, to the brightness of the lighting, to the size of the victory purse (he routinely demanded prizes of hundreds of thousands of dollars for a single tournament at a time when most chess grandmasters made less than fifteen grand over the course of an entire year), but such was the magnitude of his talent that he usually got his way. By all accounts, he had the genius of a Mozart trapped inside the temperament of an Attila the Hun.
Even if you’re not a chess fan, it’s hard to imagine not finding anything in Bobby Fischer Goes to War that would make it worth reading. It is in equal parts a psychological study, political thriller and a biography of one of the most mercurial and strange personalities of the 20th century.
Although chess is fundamentally «just a board game,» this book displayed how, at the Grandmaster level, it is as much a battle of psyches as of skills, as much a metaphor for ideological power as it is of mental dexterity. The antics of Fischer, and the gentlemanly sportmanship of his Soviet opponent, Spassky, make for great storytelling in which the guy we’d love to hate, the USSR, is really the more admirable of the two.
Amidst the obviously meticulously researched information and incredibly thorough portrayal of events and characters, the only defect is that the authors occassionally jump around from a particular line of description or narrative, making it difficult to follow. This is minor, however, and the largely objective and fundamentally formal tone covers over the moments of obviously biased perception. Overall, a thrilling informative work, enjoyable immediately for any chess lover of any nation.

Fischer was a taciturn boy, fascinated by board games and puzzles, and when he was six years old his sister Joan gave him a chess set. Together they learned the movements from the instructions. Before long, Fischer became so absorbed in the game that his mother feared he was spending too much time alone.
Fischer was not an instant prodigy. With undeniable talent and a deep intuitive command of the game, he played well in chess clubs and tournaments, although not spectacularly. It wasn’t until 1954, at the age of eleven, that Fischer, to use his own words, «started to be good.»
Fischer posed a real threat to Soviet supremacy, and the chess world was abuzz with impatience waiting for him to participate in the 1964 Amsterdam Interzonal. Not participating, missing the world championship cycle, would mean that he could not trust in being the world champion until the end of the next cycle, in 1969. It was an opportunity that he could not pass up. Yet still outraged at the Russian «scammers», he did. As he rejected what he wanted most, his fury turned on himself. He did not play competitive chess again for a year and a half. Offers came to him, but Fischer redid them all or asked for fees for his appearances that not even the most generous of sponsors would pay. At the age of twenty-one he staged his first retreat.
The tournament that brought him back was the Capablanca Memorial in Havana, which began in August 1965. It was Fischer’s first international event.

The most interesting phenomenon about Fischer, however, is not the effect that chess had on him, but the effect that his chess had on his opponents: it destroyed their morale, made them feel like they were in the grip of a hostile alien force. for whose powers there was no terrestrial response. «It’s a chess computer» was a compliment from his fans. «It’s just a computer,» was the disparaging comment from his detractors.
What did they mean? Well, computers don’t suffer from nerves. They lack psychological attachment to particular rules or styles of playing, and they calculate with speed and precision. In all these respects, Fischer’s opponents were under the impression that he functioned like an automaton powered by microchips.
He had a poor sense of humor. He never displayed sarcasm or irony, and he never played with language, for example, to play word games. He seemed to take the comments at face value.

Much has been made of the similarities between Fischer and Spasski, indicating that Spasski, too, was a second son, had been raised by a single parent, and had lived his early years in poverty. In fact, challenger and champion could not have more contradictory personalities and attitudes to life. Similarly, America’s prosperity and democracy couldn’t even compare to the Stalinist horrors Spasski grew up among, and where the chessboard provided him with protection, fame, and, in Soviet terms, a fortune.

Soviet citizens viewed Spasski’s role as defending the most illustrious example of «ours [means] better,» the Soviet dominance of the world chess championship. By facing the American, he became the symbol of the fallen. Before Reykjavik, he received countless letters from Soviet citizens, reminding him that his patriotic duty was to defeat American imperialism that was invading the citadel of Soviet chess.
Justifying the Soviet state was the most important thing for the Party, not the sport of chess itself. “Of course”, says a former president of the Russian Federation Chess Federation, the journalist Yevgueni Bebchuk: “That was the conviction of the big shots of the Party. You had to die for the country and the Party. As for the sport itself, the only thing he was interested in was the players. What really matters is that you are a Soviet on a chessboard. ‘
Spasski was not a member of the Communist Party, but too many deductions have been drawn from that. Some characters in this story (the Grand Masters Averbaj, Taimanov, and Stein, and the bureaucrats Baturinski, Abramov, and Ivonin) were members. Others (Grand Masters Tal, Geller, Kroguiyus and Smislov) do not. The father of the Soviet H-bomb, Andrei Sakharov, declined powerful «offers» for membership long before he became famous as a dissident, although he received huge income and enjoyed other state privileges. Spasski insists he was never pressured to join. Maybe they considered it a lost cause.
The absence of a Party card did not excuse Spasski from his political responsibility or from demonstrating the political conscience approved by the system.

Self confidence is important in all sports. In chess, a game in which, unlike all others, everything happens in the mind, with no trained limbs to take control when the brain is in crisis, the lack of confidence is final. The most important thing is that, on the other side of the board, the opponent can sense this mental hemorrhage, as clearly as a boxer seeing blood flow from the head of his opponent.
As in all aspects of life, in chess there are various mechanisms to avoid tension. It is possible that Fischer controlled her in part by channeling her into rage. There is no doubt that some players (notably, Mikhail Botvinnik, for example) possess the talent of detesting their opponent, a hatred that improves his performance at the board, heightens his sense of competitiveness and channels his aggressiveness. he. Korchnoi also belongs to that group, capable of expressing antipathy during a single game.

Spasski’s plan, which came into his hands through the second most powerful organization in the country.
Preparations for the Spasski-Fischer match
The main objective is victory. Our collective is responsible for the result. It consists of: the Grand Masters B. V. Spasski, Z. Bondarevski, E. P. Geller, N. V. Kroguiyus and I. P. Nei.
– Everything related to the preparations for the meeting must be kept secret. Everyone taking part in the preparations must sign a document declaring that they will not reveal any official secrets.
– All members of the work community are at the disposal of B. V. Spasski until the end of the meeting.
– A permanent base for work and rest is needed on the outskirts of Moscow. A dacha for seven people.
– Finance. Calculation of expenses for the entire preparation period.
A head of preparations is needed, who will take care of organizational problems.
– – Provision of food and medical care.
Arrival at the meeting place two weeks before the start. Objective: adaptation and organization of a work routine.
Discussions about the venue and dates of the meeting will be conducted directly by B. V. Spasski.

Spasski’s complex relationships, match negotiations, hassles in his apartment, and his inability to work hard all combined to bring him to Reykjavik in a less than serene and ill-prepared state. But his conviction that it would be a chess feast, and that he would achieve a historic victory, remained unscathed. «He wanted to be remembered» …

Playing «Chicken» when you have no intention of swerving can be a way to win the game over and over again, but the method is dangerous. In the long run, such a contender will find an opponent who is unaware of his reputation, who creates his reputation for recklessness exaggerated, who is convinced that he has had his way too long and is willing to teach him a lesson, or who will adopt a similar posture. During one of Fischer’s tournaments, an official implicitly acknowledged the danger: «Bobby is a genius, no doubt, but what if we had three or four geniuses, each with their own phobias and demands?» As we have already seen, Sousse was an example of Fischer taking his demands too far.
With his established «insanity» and his demands, if not reasonable, at least with considerable effort, amenable to acceptance, Fischer proved in Reykjavik that he knew how to play «Hen» as well as chess. A condition of success was that the threat must be extreme, and for Icelanders, Fischer’s threat to leave was just that.
For the rest of the chess world, Fischer’s belief that the elite of the game could and should receive the same respect and rewards as movie idols, boxing stars, golf celebrities or Formula One racers stood in the realm of the fantasy. Until the seventies, chess was the poor cousin of sports in the West, and it had not quite shaken off its character as a cerebral game for passionate fans, always with glasses and unpresentable haircuts …
Amid so many events, the Spasski-Fischer match made headlines, not only due to the challenger’s personality, chess itself or extravagances outside the match. For the United States it meant much more. The country was suffering an onslaught of cultural pessimism, mainly due to Vietnam, but also due to the social and racial problems that lived in its flesh. To use George M. Cohan’s spirited handwriting, there was «a true nephew of Uncle Sam, the sweetest boy.» In other words, there was a world-class player in its purest form, who (when he got down to it) seemed like an undisputed winner. When Americans clung to chess, they were affirming the American way of life. Apparently, Fischer was the guarantee that the United States could do it, as always, at a time when they desperately needed that trust.

Reykjavik was a Cold War confrontation, in the sense that it illustrated the tension within detente, and the tensions that led to the breakdown of that policy after three years. Fischer-Spasski was a severe blow against the continuing separation of politics and society, and against the suspicion and enmity that infused relations on the other side of the Iron Curtain. The isolation that the Soviet team had practiced, all the usual suspicion and vigilance, their lack of experience in dealing with the press, the aggressiveness of Fischer’s team, the tendency of the Western and American authorities to make unilateral decisions without counting on the Soviets , the stereotypical way of the western press to present the Soviet team … All this reflected the Cold War and directly affected the match.
Our two heroes also dramatized the contradictions of the time. For Spasski, Reykjavík was to be a chess party, a celebration shared with cordial rivals. As for Fischer, he had no doubt about the implications of his victory. He said that he would crush anyone the Soviets chose. «The Russians have been annihilated,» he claimed. He was delighted to have taken the title from the Soviet Union. «They are probably already sorry they started playing chess,» he told the BBC.
If Fischer had not been as anti-Soviet and fickle, if he had been as gregarious as Spasski, perhaps the match would have gone down in history as the symbol of detente.

He lived for years in the bosom of the World Church of God in Pasadena, where he was called «co-worker.» The Church fed him, had assigned him a comfortable place in Mocking Bird Lane; They even transferred him from one place to another by private plane. Fischer had presented them with a third ($ 61,200) of his Icelandic prize.
In 1977 Fischer broke with the sect, which he accused of being a «Satanist,» and fiercely attacked his methods and leadership. From that moment on, the object of so much acclaim for his chess merits became an almost total recluse. Acquaintances with whom he was in contact had to swear that they would not reveal his whereabouts. All relations with anyone who spoke of him to the outside world were completely severed. To avoid being recognized, he grew a beard and mustache.
Fischer’s life became fertile ground for rumors, although few could exaggerate the reality. In early 1981 he spent several months in San Francisco playing a series of seventeen rapid games against Peter Biyiasas, a player born in Greece to a Canadian mother.
On the afternoon of May 26, 1981, Fischer was arrested by the police, apparently mistaken for a bank robber, and locked up for several days.

Some will argue that Fischer was the greatest player in chess history, although there are also energetic defenders of Lasker, Capablanca, Alejin and Kasparov. Many chess players will say that such comparisons are absurd, something like trying to rank the best musicians of all time. But the way Fischer got to Reykjavik.
In essence, our history is a tragedy. What could have been the chess party, as Spasski prophesied, is remembered above all for the pathological and manipulative behavior of the aspirant, the panic of the authorities and the psychological collapse of the champion, as well as for the quality of the games.
Although we can sympathize with the organizers, due to the various and obvious pressures to which they were subjected, their capitulation to the candidate in game three can be considered his moral tragedy. If they hadn’t been forced to give in to Fischer, Spasski might have left Reykjavik earlier, and as champion. On his part, if Spasski hadn’t been so obsessed with playing Fischer, if he had been less unconventional and more willing to collaborate with the authorities, he might have left Reykjavik on his own initiative, and as a champion. .
Fischer’s Life documents F. Scott Fitzgerald’s phrase that «there are no second acts in American lives.» Reaching his only goal destroyed his raison d’etre. Without that goal, he gave the impression that he was losing his weak touch with reality. With nothing more to prove, the fear of losing overcame his desire to play.
Fischer turned Reykjavik into a battlefield, and the match was the last real chess battle he fought.
Spasski went to Reykjavik to pay tribute to chess. Fischer went to war. His version of his match triumphed.

Regina, Fischer’s mother. The FBI suspected that she was a Soviet agent, and the Agency’s archives, the fruit of three decades of surveillance, present a fascinating portrait of a woman who possessed extraordinary strength of character and exhibited unconventional attitudes. They also reveal the secret hidden in the heart of her family.
Regina was omnipresent in her life. What she was almost certainly unaware, let alone Bobby, is that her family was closely watched by the FBI, which put together a nine-hundred-page dossier on her. Regina first came to the attention of the FBI on October 3, 1942, when she was working as a student instructor at the Air Force School of Radio Instructors at St. Louis University. She was expecting her second child for the following March. Regina’s financial situation was desperate, to the point that, through Jewish charities, she tried to place her daughter Joan with another family.
The agreement did not work, and the adoptive mother asked Regina to take Joan away. The woman did not tell Regina that she had contacted authorities.
The Agency considered Regina smart and cultured, but also, in the words of one insider, «a real pain in the ass.» One source described her as «hostile and friendly to arguments.» It was said that the Fischers disliked all the residents of their Brooklyn block, and that she Regina had a «complex to fight», and she sofia to initiate actions against the landlord for «imaginary claims».
On May 21, 1957, an agent wrote to the director of the FBI:
It must be emphasized that the subject is an educated woman who has traveled a lot, and that for years she has been associated with communists and people with pro-communist tendencies. In light of the foregoing, and in light of her recent contact with a Soviet embassy official, it is desirable that this case be reopened and that an investigation be carried out, in an effort to determine whether the subject has been implicated in the past, or may be now, in activities contrary to the interests of the United States.
They investigated his bank accounts, cornered and questioned his hospital nurses, took note of the make of his car (a 1957 Chrysler sedan), and examined his father’s will (Regina would inherit a minuscule amount, about $ 40,000). All previously collated documents were brought to light again, and old sources were interrogated again.

The notes offer a description of the relationship between Regina and Paúl that points in only one direction: Nemenyi was Bobby’s biological father. A year before Bobby was born, while he was an associate professor of mathematics in Colorado, Nemenyi became friends with Regina. After Bobby was born, he took a special interest in the boy. When Regina moved to Washington with her baby, it appears that it was Dr. Nemenyi who found her a flat and paid her rent. When the woman left for New York, he paid Bobby’s expenses at Brooklyn Community College and sent Regina twenty dollars a week. She seems like she visited her son long enough for Bobby to take a liking to her. At one point, in 1948, the Agency discovered that Nemenyi had told a social worker that he was very upset by Bobby’s upbringing, mostly due to «mother’s instability.»
Letters written by Paul’s son Peter, who became a civil rights activist, are currently available and seem to leave no doubt as to the identity of Bobby’s biological father.
If the FBI had not investigated Regina’s life so thoroughly, and if Bobby Fischer, the world chess champion, had not continued to be the subject of fascination by the press and the public until today, her family secret would have continued hidden.

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