Desastre: Historia Y Política De Las Catástrofes — Niall Ferguson / Doom: The Politics of Catastrophe by Niall Ferguson

Parece ser que jamás en toda nuestra vida ha existido un momento de mayor incertidumbre sobre el futuro y mayor ignorancia con respecto del pasado que el actual. Muy pocos fueron, a principios de 2020, los que entendieron de verdad la importancia de aquellas noticias sobre un nuevo coronavirus que nos llegaban de Wuhan. En aquel momento la creencia general, sostenida desde Fox News hasta The Washington Post, era que para los estadounidenses el coronavirus no representaba una amenaza mayor que la de cualquier ola de gripe invernal.
El libro parte de la premisa de que no es posible estudiar la historia de las catástrofes como algo aislado de la historia económica, social, cultural y política, independientemente de que se trate de catástrofes naturales o provocadas por el ser humano (aunque, esta dicotomía no es del todo realista). Estos desastres rara vez son sucesos completamente exógenos, a excepción, quizá, del impacto de un meteorito gigante, algo que no ha ocurrido desde hace sesenta y seis millones de años, o de una invasión extraterrestre, algo que no ha ocurrido jamás. Incluso las consecuencias catastróficas de un terremoto dependen de la medida en que la zona urbanizada se extienda por la línea de falla o de su cercanía a la costa en el caso de que el terremoto provoque un tsunami. Una pandemia la constituyen tanto el nuevo patógeno como las redes sociales a las que ataca. No podemos hacernos una idea de la potencial escala del contagio estudiando únicamente al propio virus porque este infectará solo al número de personas que le permitan las redes sociales que se encuentre.
Tendemos a interpretar las epidemias y las pandemias de una forma limitada, solo en términos del impacto que un patógeno concreto tiene sobre cierta población humana. Sin embargo, lo que acaba determinando la magnitud de dicho impacto son tanto las redes sociales como las competencias públicas que se encuentre dicho patógeno. Un coronavirus no lleva inscrita su tasa de mortalidad por infección en el ARN, sino que esta varía de un lugar a otro, de una época a otra y por motivos tanto genéticos como sociales y políticos.
Durante gran parte de la historia, el desconocimiento de la ciencia médica ha hecho que las comunidades estuvieran más o menos indefensas ante las nuevas enfermedades.

“Desastre” de Niall Ferguson es análogo a una enciclopedia mundial preparada de forma apresurada y desordenada. Si bien el lector recibe una variedad extraordinaria de información increíble, también está plagado de fatiga de datos. Esta característica de la muerte por datos resta valor a la esencia original del libro, que en sí mismo es extremadamente fascinante y absorbente. Ferguson, un historiador escocés y miembro principal de la familia Milbank en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford, afirma que la mayoría de los desastres que han sacudido a la humanidad son provocados por el hombre. Incluso algunas de las mayores convulsiones de la naturaleza, como los terremotos tectónicos y las erupciones volcánicas rugientes, causan una miseria incalculable debido a que la humanidad se instala y se reubica en las fallas y en las ciudades vulnerables. Cuando el Vesubio, por ejemplo, dejó a Pompeya en ruinas humeantes, en una explosión apocalíptica, la ciudad en ruinas no tardó en transformarse una vez más en un hervidero de comercio. Pero al tratar de llegar a esta conclusión, Ferguson toma un camino que es extraordinaria y terriblemente tortuoso. Las hazañas de Plinio el Viejo al aventurarse valientemente hacia Pompeya para narrar la devastación, antes de morir asfixiado, ocupa muchas páginas y, en consecuencia, el tiempo del lector.
El nuevo razonamiento de Ferguson se basa, en gran medida, en los tres conceptos de «rinocerontes grises»; «Cisnes negros» y «reyes dragón». El término rinoceronte gris, popularizado por el autor, comentarista y analista de políticas estadounidense Michele Wucker, se refiere a un evento que es «peligroso, obvio y altamente probable». Ejemplos clásicos son el huracán Katrina y la recesión financiera de 2007. Un evento de cisne negro, por otro lado, según el autor Nicholas Nassim Taleb, se refiere a una situación que “nos parece, sobre la base de nuestra limitada experiencia, imposible . «La pandemia de COVID-19 que en el momento de escribir este artículo está causando estragos es un evento de cisne negro. Didier Sornette, profesor de la Cátedra de Riesgos Empresariales del Instituto Federal Suizo de Tecnología, define un rey dragón como un evento tan extremo que queda fuera de la distribución de la ley de poder. Según Sornette, se pueden encontrar ejemplos de eventos del rey dragón en seis dominios: tamaños de ciudades, emisiones acústicas asociadas con fallas de materiales, incrementos de velocidad en turbulencias hidrodinámicas, reducciones financieras, energías de ataques epilépticos en humanos y animales, y posiblemente terremotos. Los reyes dragones «son eventos extremos que son estadística y mecánicamente diferentes del resto de sus hermanos menores».
Ferguson también escribe que cuando se trata de cualquier desastre, la escala del daño depende del contagio. La estructura de la red social juega un papel vital en este sentido. Apoyándose en el concepto de lazos débiles como lo aclara Mark Granovetter, Ferguson identifica la importancia de los nodos y las redes. Por ejemplo, la propagación de la pandemia de COVID-19 es un factor directo de la tasa básica de reproducción, que a su vez es un resultado directo de la adherencia o el descuido de las normas de distanciamiento social. Parafraseando el término de Emile Durkheim para dilucidar un elemento de desconexión asociado con la modernidad, Ferguson escribe que “una economía sin multitudes no es una ‘nueva normalidad’.
Esta noción de efectos de red, dice Ferguson, también está corroborada por el fundador de Ethernet, Robert Metcalfe. Según Metcalfe, cuanto mayor es el número de nodos en una red, más valiosa es la red para los nodos colectivamente y, por lo tanto, para sus propietarios. “La historia de la susceptibilidad cambiante de la humanidad a las enfermedades infecciosas tiende a escribirse como una historia de patógenos. Pero podría tener tanto sentido contar esta historia como la historia de nuestras redes sociales en evolución «.
Ferguson también se centra en dos tipos de errores que desencadenan principalmente desastres provocados por el hombre, a saber, errores activos y latentes. Propuesto inicialmente por el psicólogo James Reason, los errores activos representan errores que son perpetrados por personas que están en contacto directo con la interfaz del sistema humano. Los errores activos pueden estar basados en habilidades, reglas o conocimientos. Por otro lado, los errores latentes, según Reason, son las «consecuencias tardías de acciones y decisiones técnicas y organizativas, como reasignar recursos, cambiar el alcance de un puesto o ajustar la dotación de personal». Ferguson usa los ejemplos de errores activos y latentes para describir el hundimiento del Titanic y el Andrea Gail. Ferguson también afirma que los avances sin trabas en el campo del transporte y el transporte en forma de barcos de vapor y redes ferroviarias propagan enfermedades a través de los continentes. La propagación del Ganges al resto del mundo, por ejemplo.
En los capítulos finales, Ferguson se detiene en un conflicto potencial entre dos gigantes, Estados Unidos y China, que tiene el potencial de causar un daño incalculable al mundo. También reflexiona sobre los peligros potenciales de la inteligencia artificial y el mapeo del genoma que pueden traer miseria a la humanidad si caen en las manos equivocadas. Una tecnología de repeticiones palindrómicas cortas agrupadas regularmente interespaciadas (CRISPR) que facilita la edición de genes es ahora tan barata que un kit de laboratorio casero de ingeniería genética estaba disponible por solo $ 1,845 en el año 2020. Ferguson termina su libro con referencias a toda una horda de trabajos distópicos que proféticamente predijo desastres novedosos y únicos. El último hombre de Mary Shelley, Estación Once de Emily St. John Mandel, We de Yevgeny Zamyatin, 1984 de George Orwell, Un Mundo Feliz de Aldous Huxley y Do Androids Dream of Electric Sheep de Philip K.
«Desastre» es una recopilación implacable de eventos, situaciones, circunstancias y resultados. También es un conjunto confuso de información cualitativa y cuantitativa que tiene la capacidad de enviar al lector a un viaje vertiginoso. Si bien la afirmación de que la mayoría, si no todas, las catástrofes que han asolado a la humanidad hasta ahora son atribuibles a causas humanas, es audaz e ingeniosa, los argumentos de respaldo a favor de tal proposición son, lamentablemente, intrincados, artificiales y complejos. En general, «Desastre» representa materia de reflexión y evaluación adicional. Actualmente nosotros como humanidad estamos atravesando tiempos extraordinarios. Prerrogativas en conflicto, como la diplomacia de las vacunas y el nacionalismo de las vacunas, están tirando y empujando las cuerdas invisibles de la emoción. Mientras la palabra lidia con una calamidad de proporciones inimaginables, la forma en que superamos esta crisis no solo representaría un reflejo de quiénes somos como una familia global interconectada, sino también de cómo somos como seres humanos evolucionados de carácter.

En primer lugar que, con toda probabilidad, en la mayoría de los casos predecir un desastre es simplemente imposible. Desde los terremotos hasta las guerras y las crisis económicas, los principales momentos de perturbación de la historia se han caracterizado por seguir una distribución aleatoria o basada en leyes de potencia. Pertenecen al ámbito de la incertidumbre, no del cálculo de riesgos.
En segundo lugar, las formas en que un desastre puede manifestarse son demasiadas como para que sea posible procesarlas empleando un enfoque convencional de reducción del riesgo.
En tercer lugar, no todas las catástrofes tienen un alcance global. Sin embargo, cuanto más interconectada está la sociedad humana, mayores posibilidades de contagio presenta, y no solo del tipo biológico.
En cuarto lugar, la COVID-19 desveló un importante fallo en la burocracia de la sanidad pública de Estados Unidos y de otros tantos países.
Por último, a lo largo de la historia se observa una tendencia a que, en momentos de gran estrés social, los impulsos religiosos o pseudorreligiosos se interpongan y obstaculicen la explicación racional.
La COVID-19 no es la última catástrofe a la que vamos a tener que hacer frente en nuestras vidas. Es solo la última en llegar tras una oleada de terrorismo islamista, una crisis económica mundial, una serie de estados fallidos, migraciones irregulares y la llamada «recesión democrática».
Simplemente, no podemos saber cuál de todas las posibles futuras catástrofes —que se analizan con mayor detalle en la conclusión— ocurrirá, ni cuándo. Todo lo que podemos hacer es aprender las lecciones de la historia sobre cómo construir estructuras sociales y políticas que sean por lo menos resilientes y, en el mejor de los casos, antifrágiles; cómo evitar sumirnos en el caos autoflagelante que tan a menudo caracteriza a las sociedades que se sienten abrumadas por lo catastrófico, y cómo resistir los cantos de sirena que proponen formas de gobierno totalitarias o un Gobierno mundial como elemento necesario para la protección de nuestra desventurada especie y nuestro vulnerable mundo.

El mundo medieval y a principios de la Edad Moderna la muerte era algo omnipresente, en una medida que hoy nos resulta difícil imaginar. Como afirma Philippe Ariès en su libro El hombre ante la muerte, la muerte fue «domesticada» y la convertimos en un rito de paso social más, igual que el matrimonio o el parto, un rito compartido con la familia y la comunidad, y que va seguido de otros ritos, funerarios y del luto, destinados a ofrecer consuelo a quienes sufren la pérdida. Sin embargo, a partir del siglo XVII la actitud ante la muerte cambió. A medida que nuestra condición de seres mortales nos iba suscitando más preguntas, aunque cada vez entendiéramos mejor las causas concretas de la muerte, las sociedades occidentales comenzaron a establecer cierta distancia entre los vivos y los muertos. Los victorianos sentimentalizaron y romantizaron en exceso la muerte, y fabricaron unas «bellas muertes» literarias que guardaban cada vez menos relación con la realidad.
En todas estas religiones, la destrucción es el preludio de un renacimiento. Pero las religiones abrahámicas, por el contrario, siguen una cosmología lineal; el fin de nuestros días será realmente «el final». El judaísmo predice el advenimiento de una era mesiánica en la que la diáspora judía regresará a Israel, llegará el Mesías y resucitarán los muertos. El cristianismo —fe fundada por los seguidores de un hombre que decía ser el Mesías— ofrece una versión mucho más rica del escatón. Antes del segundo advenimiento de Cristo (la parusía) habrá, como les dijo el propio Jesús a sus seguidores, un tiempo de «gran tribulación».
Podría pensar que el avance de la ciencia tendría que acabar liberando a los seres humanos del yugo de la escatología religiosa y pseudorreligiosa. Pero esto no es necesariamente así. Como ha explicado el sociólogo James Hughes, pocos somos «inmunes a los prejuicios milenaristas, positivos o negativos, fatalistas o mesiánicos». Hace poco más de un siglo, cuando la primera guerra verdaderamente industrializada.
Los actuales milenaristas son los profetas de las consecuencias catastróficas del cambio climático. «Para 2030 —ha afirmado la activista ecologista sueca Greta Thunberg— estaremos a punto de desatar una reacción en cadena irreversible más allá del control humano que llevará al fin de nuestra civilización tal como la conocemos». «El mundo se acabará en doce años si no abordamos el cambio climático», profetizó en 2019 la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez. El surgimiento de Thunberg como la personificación del ecologismo radical recuerda a formas antiguas de escatología, sobre todo en la dureza de los sacrificios que exige. «Lo que necesitamos no es una “economía de bajas emisiones de carbono” —afirmó en enero de 2020 en el Foro Económico Mundial—. No necesitamos “reducir las emisiones”. Si queremos tener alguna oportunidad de mantenernos por debajo del objetivo de 1,5 grados, debemos cesar por completo las emisiones[…]. Cualquiera de sus planes y de sus políticas que no incluya una paralización radical de las emisiones en su misma fuente, a partir de hoy, es completamente insuficiente».
En resumen, cuantificar un desastre es más difícil de lo que podría parecer, incluso en la era moderna de las estadísticas. Las cifras de víctimas mortales suelen ser inexactas. Para comprender la importancia de una catástrofe, necesitamos conocer no solo el número total de cadáveres que deja, sino el exceso de mortalidad —el número de muertes que en otras circunstancias no se habrían producido— en relación con el promedio de los años anteriores. Al tratar de evaluar la magnitud de una catástrofe, el denominador que elijamos puede suponer una gran diferencia.
Hasta septiembre de 2020, la COVID-19 había provocado la muerte de alrededor de un 0,0114 por ciento de la población mundial, lo que la convierte en la vigesimosexta pandemia más letal de la historia.

A principios de 2020, entre los atribulados líderes que intentaban recabar apoyos populares era habitual afirmar que la pandemia de la COVID-19 era una guerra, aunque contra un «enemigo invisible». Varios historiadores ofrecieron un respaldo cuidadosamente matizado a esta analogía. Por motivos obvios, una pandemia es muy diferente de una guerra. Interpretamos la primera como un desastre natural, mientras que la segunda es obra del ser humano, una distinción que retomaremos más adelante. En una pandemia, lo que mata a la gente es un patógeno; en una guerra, en cambio, es otra gente. No obstante, estos dos tipos de desastre tienen mucho en común, al margen del hecho incontestable de un exceso de mortalidad. Ambos pertenecen a esa clase especial de desastres infrecuentes y a gran escala.
Históricamente, los grandes desastres estadounidenses no han sido tan devastadores si los comparamos con los asiáticos. Como hemos visto, el terremoto de San Francisco de 1906 mató a casi cien veces menos gente que los grandes seísmos de la China moderna. Pero los terremotos son solo uno de los peligros que resultan más habituales en Asia oriental, una región densamente poblada, que en Norteamérica, con una población más escasa. Pongamos por caso otros dos que han causado estragos intermitentemente a lo largo de la historia, de nuevo con una periodicidad poco predecible, los incendios y las inundaciones, incluidos los provocados por huracanes.
El incendio urbano más grande de la historia moderna de China fue la destrucción de Changsha en 1938, cuando las autoridades del Guomindang temían una ocupación japonesa inminente.
El rasgo más importante de un desastre es si existe contagio o no, esto es, una forma de propagar la sacudida inicial a través de las redes biológicas de la vida o las redes sociales de la humanidad. Por ello, no puede entenderse ningún desastre sin comprender la ciencia de las redes.

Las redes sociales son las estructuras que forman de manera natural los seres humanos, empezando por el conocimiento y las varias formas de representación que utilizamos para comunicarlo, así como los árboles genealógicos a los que todos pertenecemos necesariamente. Las redes incluyen las pautas de asentamiento, migración y reproducción que han distribuido a nuestra especie por toda la superficie del planeta, así como los innumerables cultos y modas que creamos periódicamente con una premeditación y un liderazgo mínimos. Las redes sociales pueden ser de toda índole, desde sociedades secretas exclusivas hasta movimientos de masas de libre acceso. Algunas tienen un carácter espontáneo y autoorganizado; otras son más sistemáticas y estructuradas. Todo lo que ha ocurrido, empezando por la invención del lenguaje escrito, es que sucesivas tecnologías de información y comunicación han facilitado nuestro anhelo innato y ancestral de crear redes.
La de las pandemias es una historia tanto de las redes sociales como de la evolución patogénica. Asimismo, antes de los grandes descubrimientos médicos de finales del siglo XX, apenas podíamos hacer nada ante las enfermedades contagiosas aparte de modificar nuestras redes sociales para limitar la propagación. Esto resultó sumamente difícil, no solo por malentendidos en relación con la naturaleza de las enfermedades contagiosas, sino también porque los seres humanos parecen incapaces de modificar lo suficiente sus patrones de interacción, aunque, como en la era moderna, comprendan los riesgos que entraña un microbio invisible. A consecuencia de ello, las pandemias del pasado han provocado con mayor frecuencia la desintegración involuntaria de las redes sociales, y a veces de las estructuras políticas, que una adaptación consciente y eficaz de la conducta colectiva.
¿Cómo podemos, pues, explicar la peor pandemia de la historia humana, esto es, la peste negra de mediados del siglo XIV, una reaparición catastrófica de la peste bubónica que había devastado al Imperio romano ocho siglos antes? Parece haber una paradoja obvia: la Europa a la que azotó ya no estaba integrada en un único imperio (aunque tenía bárbaros a sus puertas), sino que políticamente estaba más fragmentada que en cualquier otro momento de su historia documentada. La Europa de 1340 era un mosaico de reinos, principados, ducados, obispados y numerosas ciudades-Estado autónomas o semiautónomas. El mapa del continente en vísperas de la llegada de la peste negra suscita un sencillo interrogante: si las pandemias necesitan redes extensas para propagar un patógeno contagioso, ¿cómo fue posible aquella?.
A menudo se sigue afirmando que fue el progreso del conocimiento científico lo que ayudó a la humanidad a ahuyentar, o al menos controlar, la amenaza de las infecciones letales. Un vistazo más atento a los archivos históricos desvela que, a partir del Renacimiento, los hombres descubrieron la eficacia de las cuarentenas, el distanciamiento social y otras medidas ahora conocidas como «intervenciones no farmacológicas» mucho antes de entender adecuadamente la verdadera naturaleza de las enfermedades que pretendían combatir. Sin embargo, bastó con alterar, aunque fuera de manera imperfecta, las redes sociales de la época —mundiales, nacionales y locales— para ralentizar la propagación de microbios aún desconocidos e imprevistos.
En realidad, los verdaderos avances del siglo XIX y principios del XX no fueron científicos en el sentido en que muchos de sus contemporáneos lo imaginaban. Por cada paso adelante que dieron los virólogos y bacteriólogos, hubo también pasos en falso en direcciones equivocadas, como la frenología y la eugenesia. El verdadero progreso adoptó formas más rutinarias. La salud pública se benefició mucho de las mejoras en la vivienda —en Europa, la sustitución de las paredes de madera…

Se suele pensar que el derrumbe de un imperio supone una tragedia únicamente para los imperialistas. Sin embargo, es a menudo durante los momentos de desintegración imperial cuando la violencia alcanza nuevas cotas, por lo general en detrimento del pueblo supuestamente liberado; recordemos tan solo la violencia que conllevó la disolución de los imperios Románov, Habsburgo y otomano, o los horrores de la partición cuando fue liquidado el Raj británico. De todas las formas en que puede encarnarse la catástrofe, la agonía de un imperio puede ser la más difícil de comprender, precisamente porque es la más compleja.

La mayor parte de los desastres ocurren cuando un sistema complejo se halla en una situación crítica, normalmente a causa de una pequeña perturbación. Hasta qué punto el shock exógeno provoca un desastre suele obedecer a la estructura de la red social sometida a estrés. El origen del fallo, si es que puede localizarse, probablemente se encontrará en los estratos medios y no en lo alto del organigrama. Sin embargo, cuando se produzca un fallo, la sociedad en su conjunto y los diferentes grupos de interés que la constituyen sacarán muchas más conclusiones sobre riesgos futuros de lo que merece la ocasión; de ahí la inferencia generalizada, a partir de varios accidentes pequeños, de que la energía nuclear era crónicamente insegura. Ese es el contexto que deberíamos tener en mente cuando intentemos comprender el desastre —o los desastres— de mucha más envergadura de 2020.
La pandemia de COVID-19 podría haber sido tan mala como pronosticaban los modelos epidemiológicos del Imperial College de Londres a mediados de marzo. En aquel momento era imposible saberlo con seguridad. Neil Ferguson y sus colegas dejaron entrever que el mundo se enfrentaba a una pandemia tan grave como la gripe española de 1918-1919 y que hasta 2,2 millones de vidas estadounidenses corrían peligro si no se tomaban medidas drásticas como los confinamientos. Pero eso daba por hecho un índice de mortalidad más elevado (0,9 por ciento) de lo que parecía probable incluso en aquellas primeras fases. En agosto, la pandemia de 2020 parecía tener más posibilidades de acabar pareciéndose más a la «gripe asiática» de 1957-1958 en cuanto a exceso de mortalidad.
La crisis de la pandemia de COVID-19 solo podía entenderse a través del prisma de la historia y la ciencia de redes. La primera ofrecía una idea de su alcance potencial y sus posibles consecuencias. La segunda explicaba por qué el virus se propagaba mucho más y mucho más rápido en unos lugares que en otros. La ciencia de redes también explicaba por qué el confinamiento de Hubei provocó una sacudida en las líneas de suministro globales. Por añadidura, explicaba por qué no contener el virus en Europa condujo a la medida extrema de los confinamientos y, a su vez, por qué estos desencadenaron una crisis económica internacional. Sobre todo, explicaba por qué las falsas noticias sobre la COVID-19, que se viralizaron en las redes sociales, alentaron comportamientos incongruentes y a menudo contraproducentes en tanta gente.

¿Los confinamientos fueron un error? En abril, varios analistas intentaron demostrar que el momento en que se impusieron fue crucial para limitar el alcance de los contagios. Esa correlación quedaba desmentida tras un análisis más exhaustivo.
En la primera mitad de 2020, los economistas con frecuencia afirmaban que los desastres naturales suelen provocar crisis económicas relativamente breves, aunque marcadas. Por tanto, se argumentaba que las economías experimentarían rápidas recuperaciones en forma de V cuando terminara la pandemia de COVID-19.

No parecía probable que Estados Unidos fuera a salir de la pandemia con su primacía global intacta, y no solo porque la respuesta de Trump a la crisis fuera una chapuza, aunque ciertamente lo era. Mucho más preocupante era constatar que los ámbitos del Gobierno federal con mayor responsabilidad en la gestión de semejante crisis también habían metido la pata. Como hemos visto, esto no se debió a la falta de legislación o de planes estratégicos en previsión de una pandemia. De resultas de ello, Estados Unidos recurrió al manual del pluralismo pandémico de 1918-1919 —cada estado iba por su cuenta y en algunos estados morían muchas personas—, pero combinándolo con el manual para la gestión de crisis financieras de 2009-2010. Así pues, tuvo lugar la reapertura estúpida, seguida de una desaceleración igualmente predecible de la recuperación económica. Según se iba desarrollando esta debacle, a veces tenía la sensación de estar ante todas mis anteriores visiones acerca del final del Imperio estadounidense…

La COVID-19 resultó no ser ni la peste roja, ni la peste negra, ni la gripe española. O, al menos, eso parecía en agosto de 2020. Tenía más similitudes con la epidemia de gripe de 1957-1958, que en su momento fue una enorme crisis mundial de salud pública, pero que cincuenta años después ha caído, en su mayor parte, en el olvido. Parecía que, aplicando un régimen de pruebas masivas, rastreo de contactos, distanciamiento social y cuarentenas selectivas, todos los países podrían contener la propagación del SARS-CoV-2, ya que, para su transmisión, el virus dependía en gran medida de los supercontagiadores y afectaba —causaba complicaciones graves o la muerte— en un porcentaje desproporcionado a personas que habían superado ya la edad de jubilación.
Esta nueva epidemia empezó como un rinoceronte gris —muchas personas la habían predicho—, pero nos golpeó como un cisne negro, de una forma completamente imprevista.

En primer lugar, la COVID-19 será para la vida social lo que el sida fue para la vida sexual; alterará nuestro comportamiento, aunque en ningún caso lo suficiente como para evitar que se produzcan un número significativo de muertes prematuras.
En segundo lugar, y por esa misma razón, la mayoría de las grandes ciudades no están «acabadas».
Ninguna pandemia anterior fue tan discriminatoria en contra de los ancianos y en favor de los jóvenes. No obstante, en realidad, en términos de exceso de mortalidad, el impacto de la COVID-19 probablemente no sea lo bastante grande como para equilibrar la balanza intergeneracional.
Las pandemias no detienen el progreso si el progreso está en marcha.
La pandemia debería forzar también algunos cambios en los medios de comunicación que se empeñaron, infantilmente, en cubrirla como si todo fuera culpa de unos pocos presidentes y primeros ministros malvados. Si el estancamiento institucional se ve sacudido por este desastre, existe la posibilidad de que veamos un retorno del progreso en lugares donde, hasta 2020, la tendencia más notable había sido la degeneración. Al eliminar las partes de nuestro sistema que fallaron en esta prueba, la COVID-19 podría hacernos más fuertes.
La historia nos dice que no debemos esperar que las grandes señales que anuncian las catástrofes lleguen en un orden predecible. Los cuatro jinetes del Libro del Apocalipsis —la conquista, la guerra, el hambre y el pálido jinete de la muerte— galopan a intervalos aparentemente aleatorios para recordarnos que no hay innovación tecnológica capaz de volver invulnerable a la humanidad. De hecho, algunas innovaciones —como esas flotas de aviones que en enero de 2020 llevaron a personas contagiadas desde Wuhan hasta otras partes del mundo— ofrecen a los jinetes la posibilidad de viajar cómodamente en su estela. Y sin embargo, por alguna razón, la llegada de los jinetes siempre nos coge por sorpresa.

Sin embargo, la posibilidad de que acabemos aburriéndonos aún más por causa de una enfermedad infecciosa no excluye la de que ocurran desastres mayores.
Las consecuencias económicas de la pandemia estan aún lejos de verse.
La verdadera importancia de los acontecimientos del 6 de enero fue doble. En primer lugar, dio a las grandes empresas de tecnología la oportunidad de excluir a Trump de las redes sociales y, por tanto, de la plaza pública contemporánea, un golpe mucho más eficaz que el que personificó el ridículo chamán de QAnon. En segundo lugar, el disparate del intento de impugnar las elecciones por parte de Trump, que culminó con el asalto al Capitolio, envalentonó a la Administración demócrata entrante. Biden había hecho campaña, y había ganado, como el candidato de la normalidad, el veterano del término medio. Sin embargo, cien días después de su toma de posesión, la bien engrasada maquinaria política de su partido presentó una serie de medidas legislativas: el Plan de Rescate Estadounidense, el Plan de Empleo Estadounidense y el Plan para las Familias Estadounidenses, con un presupuesto total de casi 6 billones de dólares…
La consecuencia más importante de la pandemia sigue estando en el ámbito de la geopolítica, no en la política interna. La Segunda Guerra Fría, que ya había comenzado antes de la pandemia, da muestras de mantenerse aun con el cambio de administración en Washington.
Como dijo una vez Henry Kissinger, «Cada éxito te da entrada a un problema aún más difícil». Sin duda, abrir las comunicaciones diplomáticas con la República Popular de China —cosa que logró Kissinger hace cincuenta años— fue un gran éxito. Sin embargo, lo que finalmente supuso para Estados Unidos fue su entrada en una Segunda Guerra Fría. Por su parte, el fracaso también es una especie de entrada. El fracaso que cosecharon los intentos de los gobiernos occidentales en la contención del coronavirus, en comparación con los taiwaneses y los surcoreanos, los ha obligado a hacer las cosas bien de cara a la vacunación. A veces puede parecer que la historia es un maldito desastre detrás de otro, pero a veces ese desastre provoca una respuesta creativa, del mismo modo que el éxito tiende a generar complacencia.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/10/19/la-gran-degeneracion-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/04/06/la-guerra-del-mundo-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/06/11/coloso-auge-y-decadencia-del-imperio-americano-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/06/12/el-imperio-britanico-como-gran-bretana-logro-el-mundo-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/09/26/civilizacion-occidente-y-el-resto-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2018/04/30/el-triunfo-del-dinero-como-las-finanzas-mueven-el-mundo-niall-ferguson-the-ascent-of-money-a-financial-history-of-the-world-by-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2018/12/13/la-plaza-y-la-torre-redes-y-poder-de-los-masones-a-facebook-niall-ferguson-the-square-and-the-tower-networks-hierarchies-and-the-struggle-for-global-power-by-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2021/10/17/desastre-historia-y-politica-de-las-catastrofes-niall-ferguson-doom-the-politics-of-catastrophe-by-niall-ferguson/

———————

It seems that never in our entire lives has there been a time of greater uncertainty about the future and greater ignorance about the past than the present. Very few were, at the beginning of 2020, those who really understood the importance of the news about a new coronavirus that reached us from Wuhan. At the time, the general belief, held from Fox News to The Washington Post, was that the coronavirus posed no greater threat to Americans than any wave of winter flu.
The book starts from the premise that it is not possible to study the history of disasters as something isolated from economic, social, cultural and political history, regardless of whether they are natural or man-made disasters (although, this dichotomy not entirely realistic). These disasters are seldom completely exogenous events, except perhaps a giant meteorite impact, something that has not happened in sixty-six million years, or an alien invasion, something that has never happened. Even the catastrophic consequences of an earthquake depend on the extent to which the urbanized area extends along the fault line or its proximity to the coast in the event that the earthquake triggers a tsunami. A pandemic is made up of both the new pathogen and the social networks it attacks. We cannot get an idea of the potential scale of the contagion by studying only the virus itself because it will infect only the number of people allowed by the social networks that it is.
We tend to interpret epidemics and pandemics in a limited way, only in terms of the impact that a particular pathogen has on a certain human population. However, what ends up determining the magnitude of this impact are both the social networks and the public competences that this pathogen is found. A coronavirus does not have its death rate from RNA registered, but it varies from one place to another, from one era to another and for both genetic, social and political reasons.
For much of history, ignorance of medical science has made communities more or less defenseless against new diseases.

“Doom” by Niall Ferguson is analogous to a hastily and haphazardly whipped up world encyclopedia. While the reader is treated to an extraordinary variety of incredible information, she is also plagued by data fatigue. This feature of death by data detracts, from the original essence of the book, which in itself is extremely engrossing and absorbing. Ferguson, a Scottish historian and the Milbank Family Senior Fellow at the Hoover Institution at Stanford University, claims that most of the disasters that have rocked humanity is man-made. Even some of the greatest convulsions of nature such as tectonic earthquakes and roaring volcanic eruptions cause untold misery because of humanity settling and resettling on fault lines and in vulnerable cities. When Mount Vesuvius for example left Pompeii in smoldering ruins, in an apocalyptic explosion, it did not take time for the ruined city to be once again transformed into a teeming and bustling hotbed of trade. But in trying to arrive at this conclusion, Ferguson takes a path that is extraordinarily and excruciatingly circuitous. The exploits of Pliny the Elder in courageously venturing towards Pompeii to chronicle the devastation, before suffocating to death takes up quite a lot of pages and consequently the reader’s time.
Ferguson’s novel reasoning is based, to a great extent, on the three concepts of “gray rhinos”; “black swans” and “dragon kings”. The term gray rhino as popularized by American author, commentator, and policy analyst, Michele Wucker, refers to an event that is “dangerous, obvious, and highly probable”. Classic examples being Hurricane Katrina, and the Financial Recession of 2007. A black swan event, on the other hand, according to author Nicholas Nassim Taleb, refers to a situation that “seems to us, on the basis of our limited experience to be impossible.” The COVID-19 pandemic that is at the time of this writing wreaking havoc is a black swan event. Professor on the Chair of Entrepreneurial Risks at the Swiss Federal Institute of Technology, Didier Sornette defines a dragon king as an event so extreme that it lies outside a power law distribution. According to Sornette, examples of dragon king events can be found in six domains: City sizes, acoustic emissions associated with material failure, velocity increments in hydrodynamic turbulence, financial drawdowns, energies of epileptic seizures in humans and animals, and possibly earthquakes. Dragon kings “are extreme events that are statistically and mechanistically different from the rest of their smaller siblings.”
Ferguson also writes that when it comes to any disaster, the scale of damage is dependent on the contagion. Social network structure plays out a vital role in this regard. Banking on the concept of weak ties as elucidated by Mark Granovetter, Ferguson identifies the importance of nodes and networks. For example, the spread of the COVID-19 pandemic is a direct factor of the basic rate if reproduction, which in turn is a direct outcome of adherence to or neglect of social distancing norms. Paraphrasing Emile Durkheim’s term for elucidating an element of disconnectedness associated with modernity, Ferguson writes that “an economy without crowds is not a ‘new normal’.
This notion of network effects, says Ferguson is also corroborated by the founder of the Ethernet, Robert Metcalfe. According to Metcalfe, greater the number of nodes in a network, the more valuable the network to the nodes collectively, and therefore to its owners. “The history of mankind’s changing susceptibility to infectious diseases tends to be written as a history of pathogens. But it might make as much sense to tell this history as the story of our evolving social networks.”
Ferguson also dwells on two types of errors that primarily trigger manmade disasters, namely, active, and latent errors. Initially proposed by psychologist James Reason, active errors represent errors that are perpetrated by people who are in direct contact with human system interface. Active errors can either be skill-based, rule-based, or knowledge-based. On the other hand, latent errors according to Reason, are the “delayed consequences of technical and organizational actions and decisions – such as reallocating resources, changing the scope of a position, or adjusting staffing.” Ferguson uses the examples of active and latent errors to describe the sinking of the Titanic and the Andrea Gail. Ferguson also claims that untrammeled advances in the field of transportation and conveyance in the form of steamships and rail networks spread disease across continents. The spread of from the Ganges to the rest of the world, for example.
In the final chapters, Ferguson dwells on a potential conflict between two behemoths, the United States and China, which has the potential of bringing untold harm to the world. He also mulls on the potential perils of artificial intelligence and genome mapping which may bring misery to mankind if fallen into wrong hands. A clustered regularly interspaced short palindrome repeats (CRISPR) technology facilitating gene editing is now so cheap that a genetic engineering home lab kit was available for just $1,845 in the year 2020. Ferguson ends his book with references to a whole horde of Dystopian works which presciently predicted novel and unique disasters. Mary Shelley’s The Last Man, Emily St. John Mandel’s Station Eleven, Yevgeny Zamyatin’s We, George Orwell’s 1984, Aldous Huxley‘s Brave New World and Philip K. Dick’s Do Androids Dream of Electric Sheep all make the cut.
“Doom” is an unrelenting compilation of events, situations, circumstances, and outcomes. It is also a confusing assemblage of qualitative and quantitative information that has the ability to send the reader into a dizzying journey. While the assertion that most, if not all, catastrophes that has plagued mankind thus far is attributable to manmade causes, is bold and ingenious, the back up arguments in favour of such a proposition are, unfortunately convoluted, contrived, and complex. On the whole, “Doom” represents fodder for thought and further evaluation. Currently we as humanity are going through some extraordinary times. Conflicting prerogatives such as vaccine diplomacy and vaccine nationalism are tugging and pushing at the invisible strings of emotion. As the word grapples with a calamity of unimagined proportions, how we tide though this crisis would not just represent a reflection of who we are as an interconnected global family but also how we are as evolved human beings of character.

First of all, in all probability, in most cases predicting a disaster is simply impossible. From earthquakes to wars and economic crises, the main moments of disturbance in history have been characterized by following a random distribution or based on power laws. They belong to the realm of uncertainty, not of risk calculation.
Second, the ways in which a disaster can manifest are too many to be processed using a conventional risk reduction approach.
Third, not all disasters are global in scope. However, the more interconnected human society is, the greater possibilities of contagion it presents, and not only of the biological type.
Fourth, COVID-19 revealed a major flaw in the public health bureaucracy in the United States and in many other countries.
Finally, throughout history there has been a tendency for religious or pseudo-religious impulses to get in the way and hinder rational explanation at times of great social stress.
COVID-19 is not the last catastrophe that we are going to have to face in our lives. It is only the latest to arrive after a wave of Islamist terrorism, a global economic crisis, a series of failed states, irregular migration and the so-called «democratic recession.»
We simply cannot know which of all possible future catastrophes – discussed in greater detail in the conclusion – will occur, or when. All we can do is learn the lessons of history on how to build social and political structures that are at least resilient and, at best, anti-fragile; how to avoid falling into the self-flagellating chaos that so often characterizes societies that are overwhelmed by the catastrophic, and how to resist the siren songs that totalitarian forms of government or a world government are proposed as a necessary element for the protection of our hapless species and our vulnerable world.

In the medieval world and at the beginning of the Modern Age, death was something omnipresent, to an extent that today is difficult for us to imagine. As Philippe Ariès states in his book The man before death, death was «domesticated» and we turned it into another social rite of passage, just like marriage or childbirth, a rite shared with the family and the community, and that it is followed by other rites, funerals and mourning, designed to offer comfort to those who suffer loss. However, from the seventeenth century the attitude towards death changed. As our condition as mortal beings raised more questions, although each time we understood better the specific causes of death, Western societies began to establish a certain distance between the living and the dead. The Victorians sentimentalized and over-romanticized death, fabricating literary «beautiful deaths» that bore less and less relation to reality.
In all these religions, destruction is the prelude to a rebirth. But the Abrahamic religions, on the contrary, follow a linear cosmology; the end of our days will really be «the end.» Judaism predicts the advent of a messianic era in which the Jewish diaspora will return to Israel, the Messiah will arrive, and the dead will be raised. Christianity — faith founded by the followers of a man who claimed to be the Messiah — offers a much richer version of the eschaton. Before the second advent of Christ (the parousia) there will be, as Jesus himself told his followers, a time of «great tribulation.»
You might think that the advancement of science would eventually have to free human beings from the yoke of religious and pseudo-religious eschatology. But this is not necessarily so. As the sociologist James Hughes has explained, few of us are «immune to millenarian prejudices, positive or negative, fatalistic or messianic.» Just over a century ago, when the first truly industrialized war.
The current millennialists are the prophets of the catastrophic consequences of climate change. «By 2030,» said Swedish environmental activist Greta Thunberg, «we will be on the verge of unleashing an irreversible chain reaction beyond human control that will lead to the end of our civilization as we know it.» «The world will end in twelve years if we don’t address climate change,» Democratic Congresswoman Alexandria Ocasio-Cortez prophesied in 2019. Thunberg’s emergence as the epitome of radical environmentalism is reminiscent of ancient forms of eschatology, especially in the harshness of the sacrifices she demands. «What we need is not a ‘low carbon economy’,» she stated in January 2020 at the World Economic Forum. We don’t need to «cut emissions.» If we are to have any chance of staying below the 1.5 degree target, we must completely cease emissions […]. Any of their plans and policies that do not include a radical stoppage of emissions at their source, as of today, is completely insufficient.
In short, quantifying a disaster is more difficult than it might seem, even in the modern age of statistics. Fatality figures are often inaccurate. To understand the importance of a catastrophe, we need to know not only the total number of bodies left behind, but the excess mortality — the number of deaths that otherwise would not have occurred — relative to the average of previous years. When trying to assess the magnitude of a catastrophe, the denominator we choose can make a big difference.
As of September 2020, COVID-19 had killed about 0.0114 percent of the world’s population, making it the 26th deadliest pandemic in history.

In early 2020, it was common among beleaguered leaders trying to garner popular support that the COVID-19 pandemic was a war, albeit against an «invisible enemy». Several historians offered carefully nuanced endorsement of this analogy. For obvious reasons, a pandemic is very different from a war. We interpret the first as a natural disaster, while the second is the work of the human being, a distinction that we will return to later. In a pandemic, what kills people is a pathogen; in a war, on the other hand, it is other people. However, these two types of disaster have much in common, apart from the indisputable fact of excess mortality. They both belong to that special class of large-scale, infrequent disasters.
Historically, the great American disasters have not been so devastating compared to the Asian ones. As we have seen, the 1906 San Francisco earthquake killed nearly a hundred times fewer people than the great earthquakes in modern China. But earthquakes are just one of the dangers that are more common in East Asia, a densely populated region, than in North America, with a smaller population. Take for instance two others that have wreaked havoc intermittently throughout history, again with unpredictable periodicity, fires and floods, including those caused by hurricanes.
The largest urban fire in modern Chinese history was the destruction of Changsha in 1938, when Guomindang authorities feared an imminent Japanese occupation.
The most important feature of a disaster is whether there is contagion or not, that is, a way of spreading the initial shock through the biological networks of life or the social networks of humanity. Therefore, no disaster can be understood without understanding the science of networks.

Social networks are the structures that human beings naturally form, starting with knowledge and the various forms of representation that we use to communicate it, as well as the family trees to which we all necessarily belong. The networks include the patterns of settlement, migration, and reproduction that have distributed our species across the planet’s surface, as well as the myriad cults and fashions that we periodically create with minimal premeditation and leadership. Social networks can be of all kinds, from exclusive secret societies to free access mass movements. Some are spontaneous and self-organized; others are more systematic and structured. All that has happened, beginning with the invention of written language, is that successive information and communication technologies have facilitated our innate and ancestral desire to create networks.
That of pandemics is a story of both social networks and pathogenic evolution. Also, before the great medical discoveries of the late 20th century, there was little we could do about contagious diseases other than tweak our social networks to limit the spread. This proved extremely difficult, not only because of misunderstandings regarding the nature of contagious diseases, but also because humans seem incapable of sufficiently modifying their interaction patterns, even though, as in the modern era, they understand the risks posed by a disease. invisible microbe. As a result, past pandemics have more often led to the inadvertent disintegration of social networks, and sometimes political structures, than a conscious and effective adaptation of collective behavior.
How, then, can we explain the worst pandemic in human history, that is, the Black Death of the mid-fourteenth century, a catastrophic reappearance of the bubonic plague that had devastated the Roman Empire eight centuries earlier? There seems to be an obvious paradox: the Europe it struck was no longer integrated into a single empire (although it had barbarians at its doorstep), but was more politically fragmented than at any other time in its recorded history. The Europe of 1340 was a mosaic of kingdoms, principalities, duchies, bishoprics, and numerous autonomous or semi-autonomous city-states. The map of the continent on the eve of the arrival of the Black Death raises a simple question: if pandemics need extensive networks to spread a contagious pathogen, how was that possible?
It is often still claimed that it was the advancement of scientific knowledge that helped mankind ward off, or at least control, the threat of lethal infections. A closer look at the historical archives reveals that, beginning in the Renaissance, men discovered the efficacy of quarantines, social distancing, and other measures now known as «non-drug interventions» long before they properly understood the true nature of disease. that they pretended to fight. However, it was enough to alter, albeit imperfectly, the social networks of the time – global, national and local – to slow the spread of still unknown and unforeseen microbes.
In reality, the real advances of the 19th and early 20th centuries were not scientific in the sense that many of their contemporaries envisioned. For every step forward that virologists and bacteriologists took, there were also missteps in the wrong directions, such as phrenology and eugenics. True progress took more routine forms. Public health benefited greatly from improvements in housing – in Europe, the replacement of wooden walls …

It is often thought that the collapse of an empire is a tragedy only for the imperialists. However, it is often during moments of imperial disintegration that violence reaches new heights, usually to the detriment of the supposedly liberated people; let us just remember the violence that led to the dissolution of the Romanov, Habsburg and Ottoman empires, or the horrors of partition when the British Raj was liquidated. Of all the ways in which catastrophe can be embodied, the agony of an empire can be the most difficult to understand, precisely because it is the most complex.

Most disasters occur when a complex system is in critical condition, usually due to a small disturbance. The extent to which exogenous shock causes a disaster is usually due to the structure of the social network under stress. The source of the failure, if it can be located, will likely be in the middle strata and not at the top of the organization chart. However, when a failure occurs, society as a whole and its constituent stakeholders will draw far more conclusions about future risks than the occasion warrants; hence the widespread inference, from several small accidents, that nuclear power was chronically unsafe. That is the context we should keep in mind as we try to understand the much larger disaster – or disasters – of 2020.
The COVID-19 pandemic could have been as bad as the epidemiological models at Imperial College London predicted in mid-March. At the time it was impossible to know for sure. Neil Ferguson and his colleagues hinted that the world was facing a pandemic as severe as the Spanish flu of 1918-1919 and that up to 2.2 million American lives were in danger if drastic measures such as lockdowns were not taken. But that assumed a higher death rate (0.9 percent) than seemed likely even in those early stages. In August, the 2020 pandemic seemed more likely to end up looking more like the «Asian flu» of 1957-1958 in terms of excess mortality.
The COVID-19 pandemic crisis could only be understood through the prism of history and network science. The first offered an idea of its potential scope and its possible consequences. The second explained why the virus spread much more and much faster in some places than in others. Network science also explained why the Hubei lockdown shook up global supply lines. In addition, it explained why not containing the virus in Europe led to the extreme measure of lockdowns and, in turn, why these triggered an international economic crisis. Above all, it explained why false news about COVID-19, which went viral on social media, encouraged incongruous and often counterproductive behaviors in so many people.

Were the lockdowns a mistake? In April, several analysts tried to show that the moment in which they were imposed was crucial to limit the scope of infections. That correlation was disproved after further analysis.
In the first half of 2020, economists frequently argued that natural disasters tend to trigger relatively short, if marked, economic crises. Thus, it was argued that economies would experience rapid V-shaped recoveries when the COVID-19 pandemic ended.

It did not seem likely that the United States would emerge from the pandemic with its global primacy intact, and not just because Trump’s response to the crisis was botched, although it certainly was. Much more worrying was to note that the areas of the federal government with the greatest responsibility for managing such a crisis had also screwed up. As we have seen, this was not due to a lack of legislation or strategic plans in anticipation of a pandemic. As a result, the United States turned to the 1918-1919 pandemic pluralism manual — each state was on its own and in some states many people died — but combined it with the 2009-2010 manual for financial crisis management. Thus, the stupid reopening took place, followed by an equally predictable slowdown in the economic recovery. As this debacle unfolded, I sometimes felt like I was facing all my previous visions about the end of the American Empire …

COVID-19 turned out to be neither the red plague, nor the black plague, nor the Spanish flu. Or so it seemed in August 2020. It had more similarities to the 1957-1958 flu epidemic, which was once a huge global public health crisis, but has largely fallen fifty years later. , in oblivion. It seemed that, by applying a regime of mass testing, contact tracing, social distancing and selective quarantines, all countries could contain the spread of SARS-CoV-2, since, for its transmission, the virus relied heavily on supercontagators. and it affected – it caused serious complications or death – in a disproportionate percentage people who had already passed the retirement age.
This new epidemic started as a gray rhinoceros — many people had predicted it — but it struck us like a black swan, in a completely unforeseen way.

First, COVID-19 will be to social life what AIDS was to sex life; it will alter our behavior, although in no case sufficiently to prevent a significant number of premature deaths from occurring.
Second, and for that very reason, most large cities are not «finished.»
No previous pandemic was so discriminatory against the elderly and in favor of the young. However, in reality, in terms of excess mortality, the impact of COVID-19 is probably not great enough to balance the intergenerational balance.
Pandemics don’t stop progress if progress is underway.
The pandemic should also force some changes in the media that childishly insisted on covering it up as if it were all the fault of a few evil presidents and prime ministers. If institutional stagnation is shaken by this disaster, there is a possibility that we will see a return of progress in places where, until 2020, the most notable trend had been degeneration. By removing the parts of our system that failed this test, COVID-19 could make us stronger.
History tells us that we should not wait for the great signals that announce catastrophes to arrive in a predictable order. The four horsemen of the Book of Revelation — conquest, war, famine, and the pale horseman of death — gallop at seemingly random intervals to remind us that no technological innovation can render humanity invulnerable. In fact, some innovations – like those fleets of planes that in January 2020 carried infected people from Wuhan to other parts of the world – offer riders the possibility of traveling comfortably in their wake. And yet, for some reason, the arrival of the riders always takes us by surprise.

However, the possibility that we end up becoming even more bored by an infectious disease does not exclude the possibility of major disasters.
The economic consequences of the pandemic are still far from being seen.
The true significance of the events of January 6 was twofold. First, it gave big tech companies a chance to exclude Trump from social media and thus from the contemporary public square, a blow far more effective than the one that QAnon’s ridiculous shaman personified. Second, the folly of Trump’s attempt to contest the election, culminating in the assault on Capitol Hill, emboldened the incoming Democratic Administration. Biden had campaigned, and had won, as the candidate of normalcy, the veteran of the middle ground. However, one hundred days after his inauguration, the well-oiled political machine of his party introduced a series of legislative measures: the American Rescue Plan, the American Employment Plan and the Plan for American Families, with a total budget. of almost 6 trillion dollars …
The most important consequence of the pandemic remains in the realm of geopolitics, not in domestic politics. The Second Cold War, which had already started before the pandemic, shows signs of continuing even with the change of administration in Washington.
As Henry Kissinger once said, «Every success brings you into an even more difficult problem.» To be sure, opening diplomatic communications with the People’s Republic of China – which Kissinger achieved fifty years ago – was a great success. However, what ultimately meant for the United States was its entry into a Second Cold War. For its part, failure is also a kind of entry. The failure of Western governments’ attempts to contain the coronavirus, compared to the Taiwanese and South Koreans, has forced them to do things right in the face of vaccination. Sometimes it may seem that history is one bloody disaster after another, but sometimes that disaster elicits a creative response, just as success tends to breed complacency.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/10/19/la-gran-degeneracion-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/04/06/la-guerra-del-mundo-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/06/11/coloso-auge-y-decadencia-del-imperio-americano-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/06/12/el-imperio-britanico-como-gran-bretana-logro-el-mundo-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/09/26/civilizacion-occidente-y-el-resto-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2018/04/30/el-triunfo-del-dinero-como-las-finanzas-mueven-el-mundo-niall-ferguson-the-ascent-of-money-a-financial-history-of-the-world-by-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2018/12/13/la-plaza-y-la-torre-redes-y-poder-de-los-masones-a-facebook-niall-ferguson-the-square-and-the-tower-networks-hierarchies-and-the-struggle-for-global-power-by-niall-ferguson/

https://weedjee.wordpress.com/2021/10/17/desastre-historia-y-politica-de-las-catastrofes-niall-ferguson-doom-the-politics-of-catastrophe-by-niall-ferguson/

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.