Las Confidentes — Angelina Muñiz-Huberman / The Confidants by Angelina Muñiz-Huberman (spanish book edition)

Los viajeros no han vuelto a pasar por mi casa. Mis padres han muerto. Mis tíos de España también. Ya no hay quien me cuente historias. Me he cansado de inventar. Lo último que diré acerca de mi prima de Casablanca es que, del entremezclamiento de recuerdos e intenciones, de olvidos y deseos, su imagen me obsesiona hasta el grado de impedirme definir mi propia imagen y de ya no saber quién soy yo.
—Tu problema es que te crees tus historias.
—O que quisiera que me hubieran pasado a mí.
—La eterna esquizofrenia.
—Esquizofrenia deseada.

Me he releído este libro y me parece muy interesante. Un libro que mezcla el exilio español en México con el mundo de los sueños y el mundo creador de la mujer que se narra en los otros, desde los otros, y apartada de ellos también. Me encantó, está lleno de metáforas precisas que nos muestran un mundo en guerra narrado por la memoria colectiva de varias mujeres enfrascadas (no por ello privadas de la propia voz dentro de la narración) en una sola pluma femenina.

Todo iba bien. Hasta la madrugada en que recordé una frase de mi madre: «No sé qué hacer con los brazos al dormir». Era una frase que había oído en la infancia y que me había parecido absurda y con cierto tinte de llamar la atención. No es posible: los brazos no estorban: se acomodan muy bien: uno bajo la almohada: el otro cae por su propio peso en forma relajada, suave. (Como duermen las hadas.) Los brazos no estorban: ideas de mi madre de ser diferente de los demás. Pensé entonces. Y seguí durmiendo tranquilamente.
Hasta otra noche en que empezó a pasarme a mí: yo, que no quería parecerme a mi madre. Poco a poco: no ocurrió la primera madrugada: ni la segunda: ni la tercera. Tampoco fue de manera total: no: no.
Si no quería parecerme a mi madre y fue ella la que me habló de la imposibilidad de dormir con los brazos puestos, ¿por qué me ocurre esto precisamente ahora, cuando ya creía haberla olvidado? ¿Un pago con retraso? ¿Una promesa que debe ser cumplida? Simple y sencillamente debo olvidar. Olvidar las enseñanzas recibidas. A ver si los brazos se me acomodan de nuevo.
Al dar vueltas y revueltas en la cama, los brazos sólo me sirven como punto de apoyo. Como punto de referencia también. Me indican en qué posición me encuentro. Sigo sin saber cómo colocarlos. Ni qué hacer con ellos. Porque no puedo desatornillarlos y ponerlos a un lado. Carecen de tornillos.
Me pongo a pensar por qué no quiero parecerme a mis padres. Casi todos los hijos están orgullosos de sus padres. Desde niña me avergonzaba de ellos. Lo que no entiendo es por qué. A primera vista no lucían tan mal. Es más, lucían muy bien. Buena presencia. Elegantes. Bien hablados. Bien educados.

Afina y acaricia más la idea de su regalo. El día se acerca. El día ya está aquí. La familia se ha reunido alrededor de la tabla redonda. El juicio de damas y caballeros da comienzo. Entre platillo y platillo, todos elaborados a la perfección por Aniella, tortilla de patatas, alcachofas a la vinagreta, cocido a la madrileña y de postre, flan, la festejada abre cada regalo con circunspección. A todos les da las gracias. Y, a continuación, anuncia el regalo que ella se ha hecho:
—Queridos todos. Espero que os parezca bien. He decidido divorciarme de todos vosotros. No os aguanto. Quiero vivir mi vida a solas y para mí. Ni enseñanzas, ni preceptos (los diez famosos), ni fidelidades. Muera la hipocresía. Viva la traición. Soy una absoluta descreída. Que os vaya bien a donde os mando. A la mierda. Que yo me voy a España. Si os he visto no me acuerdo.

La luminosidad es de orden místico: eleva los objetos: giran: levitan. Cada uno encuentra su delicado punto de apoyo en la ley de gravedad que cada uno se ha creado para sí. No existen las normas: el huevo de Pascua está visto desde arriba: la fruta desde abajo: la jarra está firmemente apoyada: el cono flota: el dado parece no tener volumen: la pequeña cápsula exhibe su contorno: el rombo podría estar adherido a la base de un espacio o al techo del mismo: el cáliz es el único en desequilibrio, pero el arte de la pintura no lo deja caer: su inclinación será eterna.
—Es el absoluto individualismo: cada objeto tiene su propia armonía: las cortinas enmarcan su credibilidad. El resultado es el todo inamovible y perfecto. Pero no sólo hay la división entre unidad y totalidad, sino la división en tríos que puede ser intercambiable: la cápsula, la jarra y la copa: el cono, el dado y la fruta: el rombo, el huevo de Pascua y el cáliz. Y aún otra división: la división por colores y su reordenamiento: sobre el espacio rojo sangre de buey cada color rodeado de negro: el dorado: el violeta: el rosa exaltado en dos tonos: el naranja: el azul eléctrico: el negro sobre negro.

El más maravilloso mecanismo: lo que contemplo es el más maravilloso mecanismo de la invención. El campanario: el juego de todas las campanas: de distinto metal y de distinto tamaño. Los engranajes empotrados en el suelo dando vueltas sin cesar: con mínimos espacios milimétricos donde apenas el aire cabe y el silencio pasa.
Echó a volar las campanas. Su tañido rebotó de punta a punta de la isla. Ese fue el verano del milagro.

—————–

Travelers have not returned to my house. My parents have died. My uncles from Spain too. There is no one who tells me stories anymore. I am tired of inventing. The last thing I will say about my cousin from Casablanca is that, from the intermixing of memories and intentions, of forgetfulness and desires, the image of her obsess me to the point of preventing me from defining my own image and from no longer knowing who I am.
«Your problem is that you believe your stories.»
«Or that I wish they had happened to me.»
«The eternal schizophrenia.»
«Desired schizophrenia.»

I have reread this book and find it very interesting. A book that mixes the Spanish exile in Mexico with the world of dreams and the creative world of women who are narrated in others, from others, and apart from them as well. I loved it, it is full of precise metaphors that show us a world at war narrated by the collective memory of several women engulfed (not deprived of their own voice within the narration) in a single female pen.

Everything was going well. Until dawn when I remembered a phrase from my mother: «I don’t know what to do with my arms when I sleep.» It was a phrase that I had heard in childhood and that had seemed absurd and with a certain tinge of attracting attention. It is not possible: the arms do not get in the way: they fit very well: one under the pillow: the other falls under its own weight in a relaxed, soft way. (Like fairies sleep.) Arms out of the way: my mother’s ideas of being different from others. I thought then. And I continued sleeping peacefully.
Until another night when it started to happen to me: me, who didn’t want to look like my mother. Little by little: the first morning did not happen: nor the second: nor the third. Nor was it totally: no: no.
If I didn’t want to look like my mother and she was the one who told me about the impossibility of sleeping with my arms on, why does this happen to me precisely now, when I already thought I had forgotten her? A late payment? A promise that must be kept? I simply must forget. Forget the teachings received. See if my arms will accommodate me again.
As I toss and turn in bed, my arms only serve as a point of support. As a point of reference too. They tell me what position I am in. I still don’t know how to place them. Nor what to do with them. Because I can’t unscrew them and put them aside. They lack screws.
I wonder why I don’t want to look like my parents. Almost all children are proud of their parents. Since I was a child I was ashamed of them. What I don’t understand is why. At first glance they didn’t look so bad. What’s more, they looked very good. Good presence. Elegant. Well spoken. Well educated.

Refine and cherish the idea of your gift more. The day is coming. The day is here. The family has gathered around the round table. The trial of ladies and gentlemen begins. Between dish and dish, all made to perfection by Aniella, potato omelette, artichokes in vinaigrette, cooked Madrid-style and for dessert, flan, the celebrant opens each gift with circumspection. He thanks everyone. And then announce the gift she has given herself:
-Dear all. I hope you find it good. I have decided to divorce all of you. I can’t stand you. I want to live my life alone and for myself. Neither teachings, nor precepts (the famous ten), nor fidelities. Die hypocrisy. Long live betrayal. I am an absolute disbeliever. May you go well where I send you. Fuck it. That I’m going to Spain. If I have seen you I do not remember.

The luminosity is of a mystical order: it elevates objects: they rotate: they levitate. Each one finds its delicate fulcrum in the law of gravity that each one has created for himself. There are no rules: the Easter egg is seen from above: the fruit from below: the jug is firmly supported: the cone floats: the die seems to have no volume: the small capsule exhibits its outline: the rhombus could be attached to the base of a space or to the ceiling of it: the chalice is the only one in imbalance, but the art of painting does not let it fall: its inclination will be eternal.
—It’s absolute individualism: each object has its own harmony: the curtains frame its credibility. The result is the whole immovable and perfect. But there is not only the division between unity and totality, but also the division into trios that can be interchangeable: the capsule, the jug and the cup: the cone, the dice and the fruit: the rhombus, the Easter egg and the chalice. And yet another division: the division by colors and their rearrangement: on the oxblood red space, each color surrounded by black: gold: violet: pink exalted in two tones: orange: electric blue: black on black.

The most wonderful mechanism: what I contemplate is the most wonderful mechanism of invention. The bell tower: the set of all bells: of different metal and of different size. The gears embedded in the ground turning incessantly: with minimum millimeter spaces where the air barely fits and the silence passes.
He set off the bells. His ringing bounced from end to end of the island. That was the summer of the miracle.

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