Hermanos De Armas: La Intervención De España Y Francia Que Salvó La Independencia De Estados Unidos — Larrie D. Ferreiro / Brothers at Arms: American Independence and the Men of France and Spain Who Saved It by Larrie D. Ferreiro

Debo descubriros lectores del blog curiosidades acerca de mis lecturas, a veces asocio canciones que escucho con títulos de libros y eso me ocurrió con «brothers in arms» de Mark Knopfler / Dire Straits.
Hermanos de armas de Ferreiro reformula la Revolución Americana como una guerra mundial en lugar de una mera lucha por la independencia. Y con las tropas británicas, francesas y españolas enfrentándose en todas partes, desde los estadounidenses y el Caribe hasta Gibraltar, África e India, es difícil evitar esa conclusión. Ferreiro pasa mucho tiempo en el lado diplomático del conflicto, mostrando cómo los franceses estaban ansiosos por vengar su pérdida en la Guerra de los Siete Años, usando la Revolución como excusa; cómo los españoles, envueltos en disputas territoriales con Gran Bretaña en América del Norte y Portugal en Brasil y en otros lugares, utilizaron el conflicto para solidificar sus posesiones coloniales; el gobierno holandés aprobó la venta de armas a los colonos y luego involucró a los británicos en una guerra naval. Todos estos temas proporcionan una perspectiva decididamente diferente sobre la guerra; hay mucho menos énfasis en el idealismo estadounidense que en la necesidad de demostrarle a Europa que su causa era políticamente viable y que el apoyo los beneficiaría de alguna manera. Por supuesto, como Francia en particular pronto descubrió, habría consecuencias imprevistas por su intervención poco altruista.
En general, el libro es interesante si quieres conocer el impacto de Francia y España en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. El autor da en algunos capítulos demasiada información que no ayuda a seguir la historia y además salta de un tema a otro sin terminar el anterior. Otro punto a mejorar es la calidad de los mapas y, seguramente, el reducido número de ellos. En cualquier caso, una lectura útil en mi caso para conocer la participación de España en esta guerra.
Meticulosamente investigado y bien escrito, aunque a veces tuve problemas para recordar quién era quién dada la cantidad de personas involucradas. ¿Cuántos miembros de la familia Gálvez estuvieron involucrados? Al menos cuatro, creo. Por cierto, fue su familia la que dio nombre a Galveston, Texas.

Un cálido día de verano de 1776, en Filadelfia, durante los primeros y difíciles pasos de la Revolución estadounidense, Thomas Jefferson escribía las frases iniciales de un documento dirigido a los reyes Luis XVI de Francia y Carlos III de España, con el que el Segundo Congreso Continental esperaba obtener la ayuda que las sitiadas colonias británicas de Norteamérica tanto necesitaban. Dichas colonias ya llevaban entonces más de un año en guerra con Gran Bretaña y la situación militar era desesperada. El Ejército Continental acababa de sufrir derrotas desastrosas en Canadá y Long Island y había sido expulsado de la ciudad de Nueva York, ahora ocupada por el general William Howe. A menos que hubiera una intervención directa de los adversarios de Gran Bretaña –Francia y España– a favor de las colonias, estas no tenían posibilidad alguna de sobreponerse a la superioridad de la Marina y el Ejército británicos y alcanzar la plena independencia.
La Revolución había comenzado a gestarse bastantes años antes. Tras la aplastante victoria británica sobre Francia y España en la Guerra de los Siete Años, en 1763, Londres había impuesto a sus colonias norteamericanas una subida cada vez más sofocante de los impuestos y de las restricciones a la exportación para sufragar el aumento del gasto empleado en la protección de dichas colonias. Los colonos protestaron porque se implantasen esas medidas sin consultar su opinión al respecto, como les correspondía por ser súbditos británicos. La violencia de las protestas aumentó progresivamente hasta que, en 1775, la guerra estalló con las batallas de Lexington, Concord y Bunker Hill…
El problema era que la nueva nación había comenzado su guerra contra la autoridad británica con una asombrosa incapacidad de defenderse a sí misma, como un adolescente rebelde que abandona a su familia sin un céntimo en el bolsillo. Su Marina era inexistente, su artillería escasa y su desastrado Ejército y milicias carecían hasta del ingrediente más básico de la guerra moderna: pólvora.

Hoy, los estadounidenses celebran la fiesta del 4 de julio dando por sentadas algunas cuestiones falsas. El relato habitual acerca de la Declaración de Independencia viene a decir: los colonos ya no podían tolerar que el gobierno británico aprobara leyes injustas e impuestos sin permitir una representación adecuada de las colonias en el gobierno, así que el Segundo Congreso Continental votó para redactar un documento que le explicara al rey Jorge III las razones de la independencia y para justificar ante los propios colonos y el resto del mundo los motivos de su rebelión contra la Corona. La verdad es que la intención de este documento era muy distinta. La Declaración no estaba dirigida al rey Jorge III. El monarca británico ya había comprendido la situación, como demuestran sus palabras al Parlamento en octubre de 1775, cuando dijo que la rebelión «se realiza con el propósito manifiesto de establecer un imperio independiente». Tampoco era su objetivo aunar a las colonias a la causa de la independencia, puesto que estas ya habían ordenado a sus delegados en el Congreso que votaran a favor de la separación. La verdad es que la Declaración se escribió para pedir ayuda a Francia y España.
Las páginas finales de Sentido común dejaban clara la relación directa entre la idea de la declaración de independencia y la necesidad de asegurar la ayuda de Francia y España:
Nada puede resolver nuestros problemas de forma tan expeditiva como una declaración de independencia clara y decidida.
Primero .—Es costumbre entre las naciones, cuando dos están en guerra, que algunas otras potencias no implicadas en la disputa intercedan como mediadoras y que preparen los acuerdos preliminares para la paz: sin embargo, mientras América se declare Súbdita de Gran Bretaña, ninguna potencia, por muy bienintencionada que sea, puede ofrecerle mediación. Por tanto, en nuestro estado actual podríamos seguir en una disputa perpetua.
Segundo .—Es iluso suponer que Francia o España nos proporcionarán algún tipo de ayuda si para lo único que deseamos dicha ayuda es para solucionar el conflicto y reforzar la conexión entre Gran Bretaña y América […].
Tercero .—Mientras nos profesemos súbditos de Gran Bretaña, debemos, a ojos de las naciones extranjeras, ser considerados como rebeldes […].
Cuarto .—Si se publicara un manifiesto y se despachara a las cortes extranjeras […] [este] tendría mejores efectos para este Continente que si un barco zarpara repleto de peticiones a Gran Bretaña.
Mientras conservemos la denominación de súbditos británicos, no podremos ni ser recibidos ni escuchados en el exterior: los usos de todas las cortes van contra nosotros y así será hasta que, por medio de la independencia, ocupemos un lugar entre las demás naciones.
El público de las colonias no necesitaba ninguna explicación para comprender el plan de Paine de solicitar ayuda directamente a Francia y España.
El efecto de Sentido común en el estado de ánimo de los colonos fue electrizante, un concepto, por cierto, ya popular entonces debido a los experimentos científicos de Benjamin Franklin, muy divulgados.
Solo al final del texto de la Declaración de Independencia Jefferson incluyó un pasaje que podría llamar la atención de los reyes de Francia y España de un modo especial: «Y en apoyo de esta Declaración, con una firme confianza en la protección de la divina Providencia, comprometemos todos nuestras Vidas, nuestras Fortunas y nuestro sagrado Honor». Es decir: para llegar a ser una nación independiente, autogobernada, hemos arriesgado todo lo que tenemos para ganar esta guerra con Gran Bretaña. Sin alianza militar, no existe la esperanza de que podamos seguir adelante. Por favor, venid en nuestra ayuda.
Al otro lado del Atlántico, Francia y España sopesaban sus opciones. Apenas habían transcurrido trece años desde que habían librado una guerra desastrosa con Gran Bretaña en la que habían perdido comercio, colonias e influencia. Una nueva contienda, del lado de los rebeldes norteamericanos, podía revertir las anteriores humillaciones –o llevar a ambos países a la ruina–.

La ocupación británica de Florida y su avance continuo hacia el oeste, hacia el río Misisipi, constituía una amenaza estratégica para el control español de la región. En Madrid, el ministro principal, Jerónimo Grimaldi, igual que su análogo Choiseul, dependía de una red de informantes para mantenerse al tanto de las actividades británicas en América. Sin embargo, le preocupaba mucho más la posibilidad de ataques por sorpresa sobre Nueva Orleans y Luisiana que fomentar la revolución en los territorios británicos. En parte, esta preocupación se debía a que los primeros años de dominio español sobre la Luisiana estuvieron trufados de problemas políticos que aumentaron la vulnerabilidad de la colonia. El primer gobernador, Ulloa, era más un científico que un administrador y fue expulsado a la fuerza durante una rebelión contra la autoridad española. Lo reemplazó Alejandro O’Reilly, nacido en Irlanda, que sofocó de forma brutal la revuelta. En 1770, un nuevo gobernador, Luis de Unzaga y Amézaga, llevó, por fin, la colonia a cierto grado de estabilidad.
Unzaga estaba a las órdenes de Antonio María de Bucareli y Ursúa, capitán general de Cuba y la mayor autoridad militar y civil en el área norte del Caribe y del golfo de México. Juntos crearon una red de agentes que informaba de forma clandestina de los puertos, fortificaciones, guarniciones militares y movimientos navales británicos. No se trataba de verdaderos agentes profesionales, sino más bien de pescadores, comerciantes y clérigos que podían entrar y salir de los territorios británicos sin llamar la atención. Los reportes que llegaban a Nueva Orleans y La Habana se reunían y se enviaban a Madrid y ayudaron a conformar la política española de vigilante neutralidad hacia Gran Bretaña durante la década posterior al Tratado de París.
La flota pesquera de Cuba llegó a ser un medio de obtención y transmisión de información de gran importancia. Los pescadores no solo podían observar los movimientos navales británicos por el Caribe y el golfo de México, sino que también llevaban mensajes de y hacia los informantes situados en las colonias británicas, entre ellos un grupo de sacerdotes en Florida Oriental que vigilaba lo que sucedía en San Agustín. A la vez, comerciantes cubanos viajaban con regularidad a Pensacola y, a su vuelta, mantenían informado a Bucareli de la construcción de fortificaciones en torno a su bahía.
El año 1770 también trajo una crisis política que amenazaba con un estallido bélico y que obligó a la red de Unzaga a extremar su vigilancia. Tanto Gran Bretaña como España tenían pequeños asentamientos en las islas Malvinas (Falkland, para los británicos), en el Atlántico Sur. El gobernador de Buenos Aires, siguiendo órdenes de Madrid, envió un gran contingente anfibio para desalojar a la guarnición británica. Los dos países se prepararon para la guerra. Madrid recomendó a sus colonias de ultramar estar vigilantes ante un posible ataque sorpresa, pero no inició movimientos hostiles que pudieran precipitarlo. Mientras tanto, Grimaldi le pidió a Francia que cumpliera el Pacto de Familia y acudiera en su ayuda. Aunque Choiseul (que de nuevo ostentaba el cargo de ministro de Exteriores) le dio respuestas vagas, Luis XV era firme en su posición en contra de aquello. La crisis se desactivó al año siguiente, después de que España desautorizara la acción militar y pusiera a un lado la cuestión de la soberanía.
En 1774, en el momento en que la situación en las colonias norteamericanas alcanzaba el punto de ebullición, Luis XV moría. Su nieto, Luis XVI, le sucedió en el trono. El nuevo rey de 19 años, pese a su acercamiento a su abuelo después de la muerte de su padre, emprendió, de todas formas, importantes cambios en el gobierno. Para el puesto de ministro principal nombró a un antiguo ministro de Marina que llevaba postergado veinticinco años, Jean-Fréderic Phélypeaux, conde de Maurepas. Al enterarse de la existencia del Secret du Roi por Charles-François de Broglie, el monarca lo desmanteló de inmediato y puso toda la política diplomática en manos de su nuevo ministro de Exteriores, Charles Gravier, conde de Vergennes, el cual había sido, por cierto, miembro del Secret. Por desgracia, hubo un miembro del Secret que en gran medida no se vio afectado por la reforma, el chevalier d’Éon, quien aún residía en Londres y poseía los planes franceses de invasión de Gran Bretaña, ahora abandonados. Si Londres se enteraba de aquellos planes, podría desencadenarse una guerra que el nuevo rey no deseaba y para la que no estaba preparado. Al final, la solución para el problema del chevalier d’Éon, tramada por Luis XVI y Vergennes, llevaría a Francia directamente a la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos.

La insurrección americana de 1774 no fue la primera vez que el gobierno británico tuvo que sofocar una rebelión de sus ciudadanos. Una generación antes, el levantamiento jacobita de 1745 había intentado deponer al monarca e instalar en su lugar a un pretendiente escocés, Carlos Eduardo Estuardo. La rebelión terminó de modo rápido y violento en la batalla de Culloden, donde casi un tercio de los 7000 efectivos jacobitas murió, resultó herido o fue capturado. Gran Bretaña pensaba que una rápida y brutal imposición de las Leyes Coercitivas, que aislara y castigara a la colonia rebelde de Massachusetts, impediría la revolución general de las colonias.
El efecto fue justo el contrario. Las demás colonias, temerosas de que se les pudiera aplicar las mismas medidas, se pusieron de parte de Massachusetts y acordaron la reunión del Primer Congreso Continental, para demostrar así que eran capaces de actuar al unísono contra el adversario común, el Parlamento.
Los Estados Unidos ya habían recibido cierto grado de reconocimiento a finales de 1776, cuando dos buques estadounidenses que necesitaban avituallarse entraron en puertos extranjeros –el bergantín Andrew Doria de la Marina Continental en San Eustaquio y una goleta de nombre desconocido en la isla danesa de Santa Cruz– y allí sus pabellones recibieron los saludos navales habituales. 145 No obstante, esta forma de reconocimiento no era, desde luego, suficiente para la nueva nación. Es cierto que los reinos de Francia y España, hasta entonces, habían proporcionado suficiente ayuda para que las tropas estadounidenses continuaran la lucha. Sin embargo, tendrían que aportar algo más que armas, pólvora y mantas para que pudieran ganar la guerra. En otras palabras, tendrían que apoyar con toda su potencia política y militar la causa estadounidense si querían asegurar la victoria sobre el común enemigo británico.

Para derrotar a los británicos, los estadounidenses necesitaban mucho más que un respiro, o incluso que cañones, tiendas y pólvora. Si la guerra fuera una cuestión puramente numérica, las fuerzas estadounidenses habrían arrollado sin problemas a su enemigo durante el primer año de conflicto. En 1776, William Howe disponía de 20 700 soldados británicos y hessianos en Estados Unidos, la mayor parte de ellos en la ciudad de Nueva York, además de alrededor de 7000 en Canadá. En aquel momento, el Ejército Continental de George Washington contaba con 46 900 hombres desplegados desde Massachusetts hasta Georgia, además de 26 000 milicianos alistados por cuatro a seis meses. Pese a su aparente desventaja numérica, los británicos gozaban de una posición de superioridad después de la batalla de Long Island debido a varias causas. Las tropas británicas estaban concentradas en unas pocas posiciones estratégicas bien protegidas, mientras que el Ejército Continental y la milicia se encontraban dispersos por un territorio muy extenso. El contingente británico tenía a su disposición una fuerza naval que, sin ningún impedimento, podía transportar a sus soldados donde se necesitaran. En cambio, los efectivos estadounidenses solo podían actuar, en general, dentro de sus propias regiones. Con todo, lo más importante era que Howe estaba al mando de fuerzas muy bien entrenadas y que sabían cómo sacar provecho de ello. En cambio, Washington se veía obligado a reclutar, equipar y entrenar a su ejército y a las milicias en pleno transcurso de las operaciones, una tarea que podríamos asimilar a construir y aprestar una escuadra de barcos de guerra a la vez que se está librando una batalla naval.
Washington necesitaba, por encima de todo, ingenieros y artilleros. La toma y la conservación del territorio necesitaban de un conocimiento profundo de las técnicas de fortificación y de asedio – disciplinas ambas de los ingenieros–, así como del movimiento y el emplazamiento del armamento pesado –del que se encargaban los artilleros–. De hecho, existía bastante solapamiento entre las labores de ambas profesiones; los ingenieros aprendían conocimientos de artillería, los artilleros estudiaban de fortificaciones y ambos grupos aprendían mecánica, geometría y topografía. Por todo esto, a menudo un mismo individuo, aunque recibiera la denominación de ingeniero, podía servir para las dos funciones.

La campaña decisiva de la Guerra de Independencia de Estados Unidos tuvo sus orígenes en una reunión celebrada en West Point el 16 de septiembre de 1779, en la que el legado Anne-César de La Luzerne le preguntó a George Washington «si los Estados Unidos verían con buenos ojos […] el envío desde Francia de un escuadrón con unos pocos regimientos adjuntos», a lo que Washington contestó que sería «muy provechoso para la causa común». Aquella charla de apariencia improvisada se había orquestado, en realidad, meses antes por el conde de Vergennes, el hombre que también había diseñado toda la participación de Francia en la guerra. El ministro había impulsado cada una de las iniciativas importantes de Francia durante el conflicto, desde el suministro de armas a los insurgentes hasta la forja de una alianza con la nueva nación, pasando por el envío de una escuadra a las órdenes del conde d’Estaing. Sin embargo, estas actuaciones siempre las había acometido sopesando sus repercusiones en la política europea. Como cualquier estadista digno de ese nombre, no engolfaría a su país en una conflagración en apoyo de una potencia extranjera si no era en beneficio de los intereses de Francia. Las armas y municiones que fluyeron hacia los rebeldes a través de los barcos de Beaumarchais se habían dirigido, sobre todo y ante todo, a evitar que un lejano enfrentamiento, entre Portugal y España se contagiara al continente europeo. El Tratado de Alianza se firmó para evitar que Estados Unidos buscara de forma unilateral la reconciliación con Gran Bretaña, lo que habría puesto en peligro las posesiones galas y españolas en el Caribe. La misión de la fuerza naval de D’Estaing había sido desorganizar y dividir las fuerzas británicas y evitar así que destruyeran al ejército de Washington y retomaran el control de sus colonias en Norteamérica.

Los debates en torno a la independencia de los Estados Unidos que tuvieron lugar en los salones de Versalles durante los primeros meses de 1781 fueron tan concienzudos y prudentes como los que resonaban en la Pennsylvania State House, y tendrían consecuencias de similar o incluso mayor importancia que estos a lo largo de aquel año.
El Tratado de París llegó a Estados Unidos en noviembre, pero hasta el 14 de enero de 1784 no lo ratificó, por fin, el Congreso, entonces reunido de manera transitoria en Annapolis. Filadelfia era aún la capital comercial y espiritual de la nación y allí se planeó una gran exhibición de fuegos artificiales para la noche del 22 de enero.

Cuando la lucha estalló por fin, la presencia de Francia y España fue constante en todo momento, antes incluso de que la Declaración de Independencia las invitara. Ambas naciones habían permitido que la ayuda clandestina fluyera gracias a comerciantes privados hacia los revolucionarios al comienzo del enfrentamiento y luego financiaron de forma encubierta los envíos a los rebeldes al aumentar de intensidad el conflicto. Los voluntarios y armas provenientes de Francia comenzaron a llegar antes incluso de que se redactara la Declaración de Independencia, a la vez que España, por su parte, abastecía de municiones y suministros el teatro de operaciones occidental. En conjunto, más del 90 por ciento de las armas empleadas por los estadounidenses llegaron de ultramar y la ayuda monetaria directa de Francia y España –cercana a 30 000 millones de dólares actuales– mantuvo engrasados los engranajes de la contienda. Con todo, su papel en la victoria llegó mucho más allá de la mera provisión de dinero y armas. La alianza franco-estadounidense de 1778 deshizo la ventaja naval de que gozaban los británicos en aguas de Norteamérica y, aunada a la incorporación de España a la lucha en 1779, convirtió un conflicto regional en uno global que desangró la fuerza militar y la voluntad política de Gran Bretaña hasta abocarla a la rendición.

Ante el mito de la heroica autosuficiencia, la verdad es que la nación estadounidense nació como la pieza clave de una coalición internacional que trabajó estrechamente para derrotar a un adversario común. El país no habría podido ganar nunca la guerra sin Francia y Francia jamás hubiera tenido éxito sin España. Por sus acciones, Francia y España se convirtieron en los primeros hermanos de armas de Estados Unidos y lo siguen siendo hasta hoy. Como entre todos los hermanos, sus relaciones han sido tempestuosas. Se han enfrentado algunas veces –en la Cuasi-Guerra entre Francia y Estados Unidos en 1798 y en la Hispano-Estadounidense de 1898–, pero, al evolucionar dichas naciones y alinearse sus intereses políticos y militares, se han socorrido mutuamente muchas otras veces. En 1917, la Fuerza Expedicionaria de Estados Unidos [American Expeditionary Force] del general John J. Pershing llegó a Francia para unirse a la lucha contra las potencias centrales en la Primera Guerra Mundial. El 4 de julio, su edecán, el coronel Charles E. Stanton, acudió a la tumba de Lafayette en el cementerio de Picpus para dar un discurso de diez minutos en el que explicaba por qué estaban allí. Stanton le recordó a la multitud, en inglés, que Lafayette había acudido en ayuda de Estados Unidos y que «América no ignora sus compromisos». Ofreció «nuestro corazón y honor» en aras de la victoria y terminó con un emocionado «¡Lafayette, aquí estamos!». El discurso fue inspirador, pero también inexacto. Para estas naciones, su relación no ha consistido nunca en el pago de una deuda en los momentos de necesidad. Entre hermanos, los sagrados lazos del honor son mucho más profundos.

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I must discover to you readers of the blog curiosities about my readings, sometimes I associate songs that I listen to with book titles and that happened to me with «brothers in arms» by Mark Knopfler / Dire Straits.
Ferreiro’s Brothers at Arms recasts the American Revolution as a world war rather than a mere fight for independence. And with British, French and Spanish troops clashing everywhere from the Americans and the Caribbean to Gibraltar, Africa and India, it’s hard to avoid that conclusion. Ferreiro spends much time on the diplomatic side of the conflict, showing how the French were eager to avenge their loss in the Seven Years War, using the Revolution as an excuse; how the Spanish, embroiled in territorial disputes with Britain in North America and Portugal in Brazil and elsewhere, used the conflict to solidify their colonial holdings; the Dutch government condoning arms sales to the colonists and later engaging the British in a naval war. All these subjects provide a decidedly different perspective on the war; there’s much less emphasis on American idealism than their needing to prove to Europe that their cause was politically viable, and that support would benefit them in some way. Of course, as France in particular soon found out, there would be unforeseen consequences for their less-than-altruistic intervention.
In general, the book is interesting if you want to know the impact of France and Spain in the War of Independence of the United States. The author gives in some chapters too much information that does not help to follow the story and also jumps from one topic to another without finishing the previous one. Another point to improve is the quality of the maps and, surely, the small number of them. In any case, a useful reading in my case to know the participation of Spain in this war.
Meticulously researched and well written, though I sometimes had trouble remembering who was who given the number of individuals involved. How many members of the Galvez family were involved? At least four, I think. It was their family that Galveston, Texas, was named after, by the way.

On a warm summer day in 1776, in Philadelphia, during the first and difficult steps of the American Revolution, Thomas Jefferson was writing the opening sentences of a document addressed to the Kings Louis XVI of France and Charles III of Spain, with which the Second The Continental Congress hoped to get the help that the besieged British colonies in North America so badly needed. These colonies had already been at war with Great Britain for more than a year and the military situation was desperate. The Continental Army had just suffered disastrous defeats in Canada and Long Island and had been driven out of New York City, now occupied by General William Howe. Unless there was a direct intervention by the adversaries of Great Britain – France and Spain – in favor of the colonies, they had no possibility of overcoming the superiority of the British Navy and Army and achieving full independence.
The Revolution had begun to take shape many years before. Following Britain’s crushing victory over France and Spain in the Seven Years’ War in 1763, London had imposed an increasingly stifling rise in taxes and export restrictions on its North American colonies to defray increased spending. in the protection of these colonies. The colonists protested that these measures were implemented without consulting their opinion on the matter, as they were entitled to be British subjects. The violence of the protests increased progressively until, in 1775, war broke out with the battles of Lexington, Concord and Bunker Hill …
The problem was that the new nation had started its war against British authority with a staggering inability to defend itself, like a rebellious teenager leaving his family without a penny in his pocket. Its navy was nonexistent, its artillery scarce, and its ailing army and militias lacked even the most basic ingredient of modern warfare: gunpowder.

Today, Americans celebrate the 4th of July holiday by taking some untrue questions for granted. The usual account of the Declaration of Independence goes on to say: the colonists could no longer tolerate the British government passing unjust laws and taxes without allowing adequate representation of the colonies in government, so the Second Continental Congress voted to draft a document that will explain to King George III the reasons for independence and to justify to the settlers themselves and the rest of the world the reasons for their rebellion against the Crown. The truth is that the intention of this document was very different. The Declaration was not addressed to King George III. The British monarch had already understood the situation, as evidenced by his words to Parliament in October 1775, when he said that the rebellion «is carried out for the manifest purpose of establishing an independent empire.» Nor was it his objective to unite the colonies to the cause of independence, since they had already ordered their delegates in Congress to vote in favor of separation. The truth is that the Declaration was written to ask for help from France and Spain.
The final pages of Common Sense made clear the direct relationship between the idea of the declaration of independence and the need to secure aid from France and Spain:
Nothing can solve our problems so expeditiously as a clear and determined declaration of independence.
First. — It is customary among nations, when two are at war, for some other powers not involved in the dispute to intercede as mediators and to prepare preliminary agreements for peace: however, as long as America declares itself a Subject of Great Britain, none Power, however well-intentioned, can offer you mediation. Therefore, in our current state we could remain in a perpetual dispute.
Second. —It is illusory to suppose that France or Spain will provide us with some kind of help if the only thing we want such help for is to resolve the conflict and strengthen the connection between Great Britain and America […].
Third. — As long as we profess ourselves subjects of Great Britain, we must, in the eyes of foreign nations, be regarded as rebels […].
Fourth. — If a manifesto were published and dispatched to foreign courts […] [it] would have better effects for this Continent than if a ship were to set sail full of petitions to Great Britain.
As long as we retain the denomination of British subjects, we cannot be received or heard abroad: the usages of all the courts are against us, and they will be until, through independence, we occupy a place among the other nations.
The public in the colonies needed no explanation to understand Paine’s plan to request aid directly from France and Spain.
The effect of Common Sense on the mood of the settlers was electrifying, a concept, by the way, already popular at the time due to Benjamin Franklin’s widely publicized scientific experiments.
Only at the end of the text of the Declaration of Independence did Jefferson include a passage that could attract the attention of the kings of France and Spain in a special way: “And in support of this Declaration, with a firm confidence in the protection of divine Providence , we compromise all our Lives, our Fortunes and our sacred Honor ». In other words, to become an independent, self-governing nation, we have risked everything we have to win this war with Great Britain. Without a military alliance, there is no hope that we can move forward. Please come to our aid.
Across the Atlantic, France and Spain weighed their options. Barely thirteen years had passed since they had fought a disastrous war with Great Britain in which they had lost trade, colonies, and influence. A new contest, on the side of the North American rebels, could reverse the previous humiliations – or lead both countries to ruin.

The British occupation of Florida and its continued advance westward toward the Mississippi River constituted a strategic threat to Spanish control of the region. In Madrid, the chief minister, Jerónimo Grimaldi, like his counterpart Choiseul, relied on a network of informants to keep abreast of British activities in America. However, he was far more concerned about the possibility of surprise attacks on New Orleans and Louisiana than about fomenting revolution in the British territories. In part, this concern was due to the fact that the first years of Spanish rule over Louisiana were fraught with political problems that increased the vulnerability of the colony. The first governor, Ulloa, was more of a scientist than an administrator and was forcibly expelled during a rebellion against Spanish authority. He was replaced by Irish-born Alejandro O’Reilly, who brutally put down the revolt. In 1770, a new governor, Luis de Unzaga y Amézaga, finally brought the colony to a certain degree of stability.
Unzaga was under the command of Antonio María de Bucareli y Ursúa, captain general of Cuba and the highest military and civil authority in the northern area of the Caribbean and the Gulf of Mexico. Together they created a network of agents who reported clandestinely on British ports, fortifications, military garrisons and naval movements. They were not true professional agents, but rather fishermen, merchants and clergymen who could enter and leave British territories without attracting attention. Reports reaching New Orleans and Havana were gathered and sent to Madrid and helped shape the Spanish policy of vigilant neutrality toward Britain during the decade after the Treaty of Paris.
The Cuban fishing fleet became a very important means of obtaining and transmitting information. Not only could the fishermen observe British naval movements through the Caribbean and the Gulf of Mexico, but they also carried messages to and from informants located in the British colonies, including a group of priests in East Florida who were monitoring what was happening in San Agustin. At the same time, Cuban merchants traveled regularly to Pensacola and, on their return, kept Bucareli informed of the construction of fortifications around his bay.
The year 1770 also brought a political crisis that threatened an outbreak of war and that forced the Unzaga network to be extremely vigilant. Both Great Britain and Spain had small settlements in the Falkland Islands (Falkland, for the British), in the South Atlantic. The governor of Buenos Aires, following orders from Madrid, sent a large amphibious contingent to dislodge the British garrison. The two countries prepared for war. Madrid recommended that its overseas colonies be vigilant against a possible surprise attack, but did not initiate hostile movements that could precipitate it. Meanwhile, Grimaldi asked France to abide by the Family Pact and come to his aid. Although Choiseul (who again held the position of foreign minister) gave him vague answers, Louis XV was firm in his position against it. The crisis was defused the following year, after Spain disavowed military action and set aside the question of sovereignty.
In 1774, just as the situation in the North American colonies reached boiling point, Louis XV died. His grandson, Louis XVI, succeeded him on the throne. The new 19-year-old king, despite his closeness to his grandfather after the death of his father, nevertheless undertook important changes in the government. To the post of chief minister he appointed a former minister of the navy who had been postponed for twenty-five years, Jean-Fréderic Phélypeaux, Comte de Maurepas. Upon learning of the existence of the Secret du Roi from Charles-François de Broglie, the monarch immediately dismantled it and placed all diplomatic policy in the hands of his new Foreign Minister, Charles Gravier, Count of Vergennes, who had been, for Right, member of the Secret. Unfortunately, there was a member of the Secret who was largely unaffected by the reform, the Chevalier d’Éon, who still resided in London and possessed the now abandoned French invasion plans for Britain. If London found out about these plans, a war could break out that the new king did not want and for which he was not prepared. In the end, the solution to the problem of the chevalier d’Éon, hatched by Louis XVI and Vergennes, would lead France directly to the American War of Independence.

The American insurrection of 1774 was not the first time that the British government had to put down a rebellion by its citizens. A generation earlier, the Jacobite uprising of 1745 had attempted to depose the monarch and install in his place a Scottish suitor, Carlos Eduardo Estuardo. The rebellion ended quickly and violently at the Battle of Culloden, where nearly a third of the 7,000 Jacobite troops were killed, wounded or captured. Britain believed that a swift and brutal enforcement of Coercive Laws, isolating and punishing the rebellious colony of Massachusetts, would prevent the general revolution of the colonies.
The effect was just the opposite. The other colonies, fearful that the same measures could be applied to them, sided with Massachusetts and agreed to the meeting of the First Continental Congress, thus demonstrating that they were capable of acting in unison against their common adversary, Parliament.
The United States had already received some degree of recognition at the end of 1776, when two American ships in need of provisioning entered foreign ports – the brig Andrew Doria of the Continental Navy in St. Eustatius and a schooner of unknown name on the Danish island of Santa Cruz – and there their flags received the usual naval salutes. 145 However, this form of recognition was certainly not sufficient for the new nation. It is true that the kingdoms of France and Spain, until then, had provided enough aid for the American troops to continue the fight. However, they would have to contribute more than weapons, gunpowder, and blankets if they were to win the war. In other words, they would have to support the American cause with all their political and military power if they were to ensure victory over the common British enemy.

To defeat the British, the Americans needed much more than a breather, or even cannons, tents, and gunpowder. If the war were a purely numerical issue, American forces would have easily overwhelmed their enemy during the first year of the conflict. In 1776, William Howe had 20,700 British and Hessian soldiers in the United States, most of them in New York City, in addition to about 7,000 in Canada. At that time, George Washington’s Continental Army had 46,900 men deployed from Massachusetts to Georgia, in addition to 26,000 militiamen enlisted for four to six months. Despite their apparent numerical disadvantage, the British enjoyed a superior position after the Battle of Long Island due to various causes. British troops were concentrated in a few well-protected strategic positions, while the Continental Army and the militia were scattered over a very large territory. The British contingent had at its disposal a naval force which, without any impediment, could transport its soldiers wherever they were needed. Instead, US troops were generally only allowed to operate within their own regions. Still, the most important thing was that Howe was in command of highly trained forces and that they knew how to take advantage of it. Instead, Washington was forced to recruit, equip and train its army and militias in the middle of the course of operations, a task that could be assimilated to building and preparing a squadron of warships at the same time as a battle is being naval fought.
Taking and preserving the territory required a deep knowledge of fortification and siege techniques – both disciplines of the engineers – as well as the movement and placement of heavy weapons – which the artillerymen were in charge of. In fact, there was considerable overlap between the tasks of both professions; Engineers learned artillery skills, gunners studied fortifications, and both groups learned mechanics, geometry, and topography. For all this, often the same individual, even if he received the designation of engineer, could serve both functions.

The decisive campaign of the American War of Independence had its origins in a meeting held at West Point on September 16, 1779, in which the legate Anne-César de La Luzerne asked George Washington «if the United States would see with good eyes […] the sending from France of a squadron with a few attached regiments «, to which Washington replied that it would be» very profitable for the common cause. » This seemingly impromptu talk had actually been orchestrated months before by the Comte de Vergennes, the man who had also designed the entire French involvement in the war. The minister had driven each of France’s important initiatives during the conflict, from supplying arms to the insurgents, to forging an alliance with the new nation, to sending a squad under the command of Count d’Estaing. . However, these actions had always been undertaken by weighing their repercussions on European politics. Like any statesman worthy of the name, he would not engulf his country in a conflagration in support of a foreign power if it were not in the interests of France. The arms and ammunition that flowed towards the rebels through the Beaumarchais ships had been directed, above all and above all, to prevent a distant confrontation between Portugal and Spain from spreading to the European continent. The Treaty of Alliance was signed to prevent the United States from unilaterally seeking reconciliation with Great Britain, which would have endangered the French and Spanish possessions in the Caribbean. The mission of D’Estaing’s naval force had been to disorganize and divide the British forces and thus prevent them from destroying Washington’s army and retaking control of their colonies in North America.

The debates about American independence that took place in the halls of Versailles during the first months of 1781 were as thorough and prudent as those that echoed in the Pennsylvania State House, and would have consequences of similar or even greater importance than these throughout that year.
The Treaty of Paris reached the United States in November, but it was not ratified by Congress, then temporarily meeting in Annapolis, until January 14, 1784. Philadelphia was still the commercial and spiritual capital of the nation and a huge fireworks display was planned there for the night of January 22.

When the fighting finally broke out, the presence of France and Spain was constant throughout, even before the Declaration of Independence invited them. Both nations had allowed clandestine aid to flow through private traders to the revolutionaries at the beginning of the confrontation and then covertly financed shipments to the rebels as the conflict escalated. Volunteers and weapons from France began to arrive even before the Declaration of Independence was written, while Spain, for its part, supplied the western theater of operations with ammunition and supplies. Together, more than 90 percent of the weapons used by the Americans came from overseas and direct monetary aid from France and Spain – close to $ 30 billion today – kept the wheels of the contest greased. Yet their role in victory went far beyond the mere provision of money and weapons. The Franco-American alliance of 1778 undid the naval advantage that the British enjoyed in North American waters and, together with the incorporation of Spain into the fight in 1779, turned a regional conflict into a global one that bled military force and political will. of Great Britain until doomed to surrender.

Faced with the myth of heroic self-reliance, the truth is that the American nation was born as the linchpin of an international coalition that worked closely to defeat a common adversary. The country could never have won the war without France and France would never have been successful without Spain. By their actions, France and Spain became the first brothers in arms of the United States and they continue to be to this day. As with all siblings, their relationships have been stormy. They have sometimes clashed – in the Near War between France and the United States in 1798 and in the Spanish-American War of 1898 – but, as these nations have evolved and their political and military interests align, they have helped each other many other times. In 1917, General John J. Pershing’s American Expeditionary Force arrived in France to join the fight against the Central Powers in World War I. On July 4, his aide-de-camp, Colonel Charles E. Stanton, came to Lafayette’s grave in Picpus Cemetery to give a ten-minute speech in which he explained why they were there. Stanton reminded the crowd, in English, that Lafayette had come to the aid of the United States and that «America is not ignoring its commitments.» He offered «our heart and honor» for victory and ended with an emotional «Lafayette, here we are!» The speech was inspiring, but also inaccurate. For these nations, their relationship has never consisted of paying off a debt in times of need. Between brothers, the sacred bonds of honor run much deeper.

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