La Chica — Edna O’Brien / Girl by Edna O’Brien

En otro tiempo fui una chica, pero ya no lo soy. Huelo mal. Tengo sangre reseca y costras por todo el cuerpo, y llevo la tela de la iro hecha jirones. Mi interior, una ciénaga. Me precipito por este bosque que vi aquella primera noche horrenda en la que nos raptaron en el colegio a mis amigas y a mí.
Mientras estábamos allí, una mujer con botas de agua verdes se nos acercó con un palo de pinchos. Los pinchos tenían el rojo de las bayas maduras y eran afilados como clavos. Nos mandó que regresáramos al dormitorio. Así empezó nuestra iniciación.
Nos dieron un uniforme a cada una, idéntico al de las chicas que habían estado allí mucho tiempo antes. Nos dijeron que nos los pusiéramos. Era una especie de túnica de un azul deslucido, con un hiyab todavía más oscuro, y aunque no me vi porque no teníamos espejo, sí vi a mis amigas, transformadas, envejecidas de repente, como monjas afligidas.

En esta novela, la escritora irlandesa Edna O’Brien cuenta la historia de Maryam, una joven colegiala que es secuestrada por terroristas islámicos fundamentalistas, torturada, violada y obligada a contraer matrimonio; por supuesto, la historia se basa en las experiencias de las 276 colegialas nigerianas que fueron secuestradas por Boko Haram hace seis años. El gran logro del texto es que la autora encuentra un tono implacable que obliga al lector a afrontar las atrocidades que estas jóvenes tuvieron que soportar, pero sin hacer que el texto suene a trasmitir la miseria es el único punto: las víctimas y sobrevivientes son fuertes y personajes dignos que se enfrentan al fanatismo y la brutalidad abrumadores. Este libro no es una explotación.
Lo que nos lleva directamente a la pregunta de si O’Brien, una mujer blanca de 89 años, es la autora adecuada para contar la historia de una colegiala africana, y la respuesta es sí. Es una escritora de ficción, puede escribir sobre lo que quiera siempre y cuando no distorsione su tema ni explote la gente / cultura que retrata, y parece que es muy difícil argumentar que eso es lo que hizo con «la chica «. Este libro está muy bien escrito y cuenta una historia importante.
Mi problema con el texto era de otra naturaleza: ¿Por qué emular un gran periodismo en una novela si en su lugar puedes tener un gran periodismo real? O’Brien viajó a Nigeria y habló con muchas de las niñas que fueron secuestradas, realmente hizo su investigación y se nota. Pero, ¿por qué entonces empaquetarlo en una novela que se lee como un reportaje? Me encanta tanto la ficción como la no ficción (especialmente la política), y una novela debe ofrecer algo que el periodismo no puede para justificar su formato. En el caso de «la chica», con frecuencia me preguntaba cómo la autora extrajo la historia de Maryam de las historias reales de las colegialas: hubiera preferido escuchar los relatos reales y no la fusión ficticia de un relato real.
Entonces, en general, O’Brien es sin duda una escritora excelente, pero preferiría haber disfrutado de su talento, empatía e inteligencia en un texto de no ficción sobre su tiempo en Nigeria y sus conversaciones con los sobrevivientes. En caso de que esté interesado en las historias reales, afortunadamente hay varios informes al respecto en Internet.

Partíamos a hachazos las piezas grandes de carne y con diferentes cuchillos rascábamos los insectos muertos y los gusanos adheridos al pellejo. Rellenábamos las aves con hojas, para camuflar los malos olores. Él se sabía los nombres: cúrcuma, enebro, baobab.
Dos guardias me desnudaron, mofándose y diciendo que iba a servir a uno de los mandamases. Me había echado el ojo al entrar. Todos los pelos de mi cuerpo se erizaron aterrados y los soldados se inclinaron sobre mí, para mirarme, excitados, nerviosos, juguetones.
—Esta tiene ganas —dijo uno, y el otro lo repitió, con la cara tan cerca de la mía que le olí el aliento a cebolla.
Me prometí que me cerraría en un nudo, sería un bulbo enterrado, metido en un agujero de la tierra, y aunque el mandamás escarbara y arañara como un tejón, nunca me alcanzaría. Cerraría las puertas de mi mente. Era como una persona loca que cierra puertas y ventanas, pero en cuanto lo vi entrar, esas puertas y ventanas se abrieron a la fuerza. Era alto, con barba y una mirada maníaca en los ojos. Su ayudante cogió la pistola de su brazo extendido, mientras un segundo soldado le bajaba los pantalones y los doblaba con cuidado. Él no habló. Su poder estaba en su silencio y en la mirada de odio. Cuando se tumbó sobre mí, fue como si me echaran encima un tupido toldo negro, que me asfixiaba y cerraba el paso a todo lo demás. Yo sabía que me mataría si hacía algo mal. Intenté acomodar el cuerpo a sus necesidades, escuchándolo maldecir y arañar, echaba pestes porque yo no estaba lo bastante abierta, porque no se lo ponía fácil.
Fueron pasando otros, solos o en parejas, se carcajeaban, comían de mí y me saqueaban, se vaciaban dentro de mí. Notaba su urgencia.

Los hombres, agitados, suplicaban que les dejaran el honor de ser quienes tirasen la primera piedra. En cuanto oyeron el repicar de una carraca de madera, todos corrieron al montón de piedras y apuntaron hacia la adúltera. Cayó la primera, que le rebotó en la nuca, y la mujer se estremeció dentro del confinado espacio en el que la tenían metida. Trató de eludir las piedras que le arrojaban desde todas partes; en un lado de la cara empezó a chorrearle sangre, que luego quedó lavada por la lluvia. Temblaba indefensa. Las piedras caían como el granizo, monstruosas, destrozando sin piedad el que había sido el rostro más legendario del enclave. En el otro lado de la cara, se le desprendió una parte de la mandíbula, y cuando la mujer gritó, sus chillidos se transformaron en los aullidos victoriosos de sus verdugos.
Yo quería que muriera enseguida, que muriera antes de que pudieran desfigurarla aún más, pero destrozada como estaba, todavía no había muerto; sus ojos se movían enloquecidos. Intentó mover la cabeza de nuevo, una y otra vez trataba de huir de su destino, forcejeaba para sacar las manos de la tierra en un último gesto inútil de
Mahmud se mostró cauteloso, no como los brutos del campamento, y supe que tendría que animarlo yo. Me quitó la ropa y luego se quitó la suya, me palpó todo el cuerpo, como podría hacer una persona ciega, y esa fue su forma de declararme su esposa. Maryam. Mahmud.

Después de la ardua caminata, los espinos, el hambre y la irritación, nos hemos reconciliado. Atisbamos la felicidad. Ahí estaba, esperándonos, una modesta ruina ahogada entre hierbajos, con unas briznas de paja negruzca asomando por el tejado. Alguien había dejado fuera una silla, como si acabara de desocuparla. La puerta se había salido de los goznes.
Estoy en una consulta médica pequeña, con la mujer sentada frente a mí. No para de decirme lo valiente que soy y el aguante que tengo. Soy una superviviente. Intenta que me sienta cómoda. Dice que me harán pruebas, me pondrán inyecciones, vacunas, me darán tratamientos de distinto tipo, pero sobre todo será una «terapia de escucha». Están allí para mostrar humanidad, para apoyarme. La mujer llevaba un sencillo vestido de manga corta y sandalias de cuero con hebillas brillantes. Entre los agujeros de las tiras de cuero empiezo a ver gusanos de color rosa que se retuercen e intentan salir. No puedo parar de temblar. Me pregunta si tengo ganas de hablar, pero no quiero. Saca del bolsillo un pequeño calendario de espiral y empieza a calcular y a sumar el número de días que he estado en cautividad. El calendario tiene estampas de diferentes santos, uno para cada mes.

Mama me sacude para que me levante de la cama; me pasa un cepillo por el pelo con impaciencia, me ayuda a incorporarme. Tenemos visita. La Tía y las primas han venido a hablar conmigo. Traen noticias. Me conduce a la cocina y veo a cinco mujeres y a una niña con un gorrito marrón, escondida en un rincón. Se llama Pia. Le dicen que me acerque cosas. Lo hace con timidez y evita mirarme a los ojos. Está el chupete verde con la cadena de cuentas de madera, unas botitas tejidas y un babero. La Tía apenas puede hablar de tanta pena que siente, sus lágrimas son tan gordas como sus perlas. Sus uñas son de un negro tinta, con el rosa de las cutículas tan crudo, descarado.
—Babby se ha ido. Babby ya no está.
Fue una muerte tranquila, la muerte súbita del lactante, algo que sucede de vez en cuando.
—La leche de la madre es la maldición del hijo —dijo, y la mía no era una excepción.
Mientras que un niño está conectado al padre a través de la sangre, su vínculo con la madre es la leche, y era mi leche maldita la que había provocado que me arrebataran a mi hija, nada menos. Lo había elegido a él por encima de ella. Por eso había elegido también acabar encerrada en una habitación oscurecida con una ventana negra, para que él pudiera entrar siempre que quisiera y engatusarme de cualquier forma que se le ocurriera. La hechicera se estaba enfadando. Veía que yo no respondía, veía que la desobedecía, aunque no dijera nada. Su siguiente utensilio fue la aguja. Era una similar a las de hacer ganchillo, con un gancho en la punta. La calentó en un quemador portátil, esperó hasta que empezó a sisear y luego me la clavó en la garganta, tiró del gancho y le gritó que se fuera. Entonces, con actitud curiosamente victoriosa, sacó una burbuja, del tamaño de un abalorio pequeño y casi igual de brillante. Dijo que ya no volveríamos a verlo nunca más, la burbuja era su semilla y se estaba disolviendo. Él se había ido. Ella lo había guiado. Llamó a gritos a mi madre. Necesitaba sustento, necesitaba leche.
Ese bebé no está muerto. Ese bebé no está muerto.
Lo dijo dos veces. Parecía imposible, y al mismo tiempo tenía la intuición de que era cierto.
¿Y cómo lo sabe? Pues lo sabe porque el pastor Reuben se lo acaba de contar. Por eso la mandó llamar tan temprano. Él se enteró a través de una monja, la hermana Angelina, que estaba visitando a un pariente enfermo cerca de la parroquia.

Una vez al mes, Babby y yo regresábamos al convento. Partíamos muy temprano, cuando todavía hacía fresco, y recuperé la antigua costumbre de contar mil pasos y luego volver a empezar, como había hecho con Buki. La bienvenida era jubilosa. Ese día nos aguardaban dos panqueques doblados rociados con jarabe de arce.
En ese momento de esperanza y felicidad, me pareció que esos rayos se filtraban incluso en las dimensiones más oscuras de la propia tierra.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2021/09/27/madre-irlanda-edna-obrien-mother-ireland-a-memoir-by-edna-obrien/

https://weedjee.wordpress.com/2021/10/05/la-chica-edna-obrien-girl-by-edna-obrien/

——————-

I was once a girl, but I am not anymore. I smell bad. I have dried blood and scabs all over my body, and my iro fabric is in tatters. My interior, a swamp. I rush through this forest that I saw that first horrendous night in which my friends and I were kidnapped at school.
While we were there, a woman in green wellies approached us with a spiked stick. The skewers were the red of ripe berries and were sharp as nails. She sent us back to the bedroom. Thus began our initiation.
They gave each of us a uniform, identical to the one of the girls who had been there a long time before. They told us to put them on. It was a kind of dull blue tunic, with an even darker hijab, and although I didn’t see myself because we didn’t have a mirror, I did see my friends, transformed, suddenly aged, like grieving nuns.

In this novel, Irish writer Edna O’Brien tells the story of Maryam, a young schoolgirl who is abducted by fundamentalist Islamic terrorists, tortured, raped and forced into marriage – of course, the story is based on the experiences of the 276 Nigerian schoolgirls who were abducted by Boko Haram six years ago. The great achievement of the text is that the author finds a relentless tone that forces the reader to confront the atrocities these young women had to endure, but without making the text sound like conveying misery is the only point: The victims and survivors are strong and dignified characters facing overwhelming fanatism and brutality. This book is not exploitative.
Which brings us straight to the question whether 89-year-old white woman O’Brien is the right author to tell the story of an African schoolgirl, and the answer is yes. She is a fiction writer, she can write about whatever she wants as long as she does not distort her subject matter or exploit the people / culture she portrays, and it seems like it is very hard to argue that that’s what she did with «Girl». This book is extremely well written and tells an important story.
My problem with the text was of a different nature: Why emulate great journalism in a novel if you can have actual great journalism instead? O’Brien did travel to Nigeria and talked to many of the girls who were abducted, she really did her research and it shows. But why then package it in a novel that reads like a reportage? I love both fiction and (especially political) non-fiction, and a novel needs to deliver something that journalism can’t in order to justify its format. In the case of «Girl», I frequently wondered how the author distilled the story of Maryam from the actual stories of the schoolgirls – I’d have preferred to hear the real accounts and not the fictional amalgamation of a real account.
So all in all, O’Brien certainly is a superb writer, but I’d rather have enjoyed her talent, empathy and intelligence in a non-fictional text about her time in Nigeria and her conversations with the survivors. In case you’re interested in the real stories, there are fortunately multiple reports about it on the internet.

We hacked the large pieces of meat to pieces and with different knives we scratched the dead insects and the worms attached to the skin. We stuffed the birds with leaves, to camouflage bad smells. He knew the names: turmeric, juniper, baobab.
Two guards undressed me, mocking and saying that I was going to serve one of the bosses. He had his eye on me when he entered. All the hairs on my body stood up in terror and the soldiers leaned over me, to look at me, excited, nervous, playful.
«This one feels like it,» said one, and the other repeated it, his face so close to mine that I smelled onion breath.
I promised myself that I would tie myself in a knot, I would be a buried bulb, stuck in a hole in the ground, and even if the boss would scratch and scratch like a badger, it would never reach me. I would close the doors of my mind. He was like a crazy person who closes doors and windows, but as soon as I saw him enter, those doors and windows were forced open. He was tall, with a beard and a maniacal look in his eyes. His aide took the pistol from his outstretched arm, while a second soldier lowered his pants and carefully folded them. He did not speak. His power was in her silence and in the look of hatred. When he fell on top of me, it was as if a thick black awning was thrown over me, suffocating me and blocking everything else. I knew that he would kill me if I did something wrong. I tried to accommodate my body to his needs, listening to him curse and scratch, he was fuming because I wasn’t open enough, because I didn’t make it easy for him.
Others passed by, alone or in pairs, they laughed, ate from me and plundered me, emptied themselves into me. She felt the urgency of him.

The men, agitated, begged to be allowed the honor of being the first stone to be cast. As soon as they heard the rattle of a wooden rattle, they all ran to the pile of stones and pointed at the adulteress. The first fell, bouncing off the back of her neck, and the woman shuddered within the confined space in which she was being held. She tried to avoid the stones thrown at her from everywhere; blood began to drip on the side of her face, which was then washed away by the rain. She was shaking helplessly. Stones fell like hail, monstrous, ruthlessly destroying what had been the most legendary face of the enclave. On the other side of her face, she broke off a part of her jaw, and when the woman screamed, her screams were transformed into the victorious howls of her executioners.
I wanted her to die right away, for her to die before they could further disfigure her, but she was shattered as she was, she had not yet died; her eyes were running wild. She tried to move her head again, again and again she tried to run from her fate, she struggled to get her hands off the ground in a last useless gesture of
Mahmud was cautious, not like the brutes in the camp, and I knew I would have to cheer him on. He took off my clothes and then took off his, felt my whole body, as a blind person could do, and that was his way of declaring me his wife. Maryam. Mahmud.

After the arduous walk, the thorns, the hunger and the irritation, we have reconciled. We glimpse happiness. There it was, waiting for us, a modest ruin drowned in weeds, with a few blades of blackish straw sticking out of the roof. Someone had left a chair outside, as if they had just vacated it. The door had come off its hinges.
I’m in a small doctor’s office, with the woman sitting across from me. He keeps telling me how brave I am and the stamina I have. I am a survivor. She tries to make me feel comfortable. She says that they will give me tests, give me injections, vaccinations, give me different kinds of treatments, but above all it will be a «listening therapy». They are there to show humanity, to support me. The woman wore a simple short-sleeved dress and leather sandals with shiny buckles. Between the holes in the leather straps I begin to see pink worms wriggling and trying to get out. I can’t stop shaking. She asks me if I feel like talking, but I don’t want to. She takes a small spiral calendar out of her pocket and begins to calculate and add up the number of days I have been in captivity. The calendar has stamps of different saints, one for each month.

Mom shakes me out of bed; she runs a brush through her hair impatiently, she helps me sit up. We have visit. Auntie and the cousins have come to talk to me. They bring news. She leads me into the kitchen and I see five women and a girl in a brown hat, hiding in a corner. Her name is Pia. They tell him to bring things closer to me. She does it shyly and avoids looking me in the eye. There is the green pacifier with the wooden bead chain, some knitted booties and a bib. Auntie can hardly speak of so much pain she feels, her tears are as fat as her pearls. Her nails are ink black, with the pink of the cuticles so raw, cheeky.
«Babby is gone.» Babby is gone.
It was a quiet death, the sudden death of the infant, something that happens from time to time.
«Mother’s milk is the child’s curse,» she said, and mine was no exception.
While a child is connected to the father through blood, his link to the mother is milk, and it was my cursed milk that had caused my daughter to be taken from me, no less. She had chosen him over her. That is why she had also chosen to end up locked in a darkened room with a black window, so that he could come in whenever she wanted and cajole me in any way he could think of. The sorceress was getting angry. She saw that I did not respond, she saw that she disobeyed her, even if she did not say anything. The next item of hers was the needle. It was a similar to crocheting, with a hook at the end. He heated her on a portable burner, waited until she began to hiss, then jabbed her in the throat, yanked on the hook, and yelled at her to get off her. Then, with a curiously victorious attitude, she pulled out a bubble, the size of a small trinket and almost as shiny. He said we would never see him again, the bubble was his seed and it was dissolving. He had left. She had guided him. She yelled for my mother. She needed sustenance, she needed milk.
That baby is not dead. That baby is not dead.
She said it twice. It seemed impossible, and at the same time she had the intuition that it was true.
And how does she know? Well, she knows because Pastor Reuben has just told her. That’s why he sent for her so early. He learned from a nun, Sister Angelina, that she was visiting a sick relative near the parish.

Once a month Babby and I would return to the convent. We left very early, when it was still cool, and I got back to the old custom of counting a thousand steps and then starting over, as I had done with Buki. The welcome was jubilant. Two folded pancakes drizzled with maple syrup awaited us that day.
In that moment of hope and happiness, it seemed to me that those rays were seeping into even the darkest dimensions of the earth itself.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2021/09/27/madre-irlanda-edna-obrien-mother-ireland-a-memoir-by-edna-obrien/

https://weedjee.wordpress.com/2021/10/05/la-chica-edna-obrien-girl-by-edna-obrien/

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.