Madre Irlanda — Edna O’Brien / Mother Ireland: A Memoir by Edna O’Brien

Un país es o madre o padre, y como tal genera el cosquilleo emocional secretamente reservado a uno u otro progenitor. Irlanda siempre ha sido mujer, útero, cueva, vaca, Rosaleen, marrana, novia, ramera y, por supuesto, la demacrada diosa Hag of Beara. En un principio era tierra de bosque y monte bajo, como preconizara Orfeo cuando gobernó la expedición de Jasón a través de una atmósfera neblinosa. Se cree que Irlanda ha conocido invasiones desde los remotos tiempos en que la Edad de Hielo tocó a su fin y el clima permitió al ciervo adentrarse en sus tupidos bosques.
Estas infiltraciones han sido narradas e inventadas por hombres y médiums que han descrito la violación del cuerpo y el alma de Irlanda. Ella siempre ha sido tierra de Dios. San Patricio, su santo patrón (¡sin canonizar!), huyó de Antrim, donde era esclavo, obedeciendo a la voz que le ordenaba embarcarse y poner rumbo a Europa.

El libro se compone de una serie de ensayos que se han ordenado cronológicamente, cada ensayo forma un capítulo separado. Los capítulos fluyen suavemente de uno a otro. Sin saberlo de antemano, uno nunca adivinaría que esto no fue escrito como una obra completa de principio a fin.
Disfruté del capítulo inicial que ofrece una versión compacta de la muy complicada historia de Irlanda desde la antigüedad hasta el siglo XIX. La prosa de la autora es rica, colorida, nunca pedante.
En los capítulos siguientes, la autora comienza a contar su propia educación en un pequeño pueblo del condado de Clare. Aquí es cuando realmente me intereso.
Edna O’Brien ha sido llamada la «decana» de la literatura irlandesa y algunos la consideran una de las escritoras más talentosas de su generación. Pero cuando sus libros se publicaron por primera vez, estaban prohibidos en gran parte de Irlanda y definitivamente no se pensaba mucho en ella en su pueblo natal de Tuamgraney, en el este del condado de Clare. Este pequeño volumen de siete ensayos interconectados y autobiográficos es una buena indicación de por qué las personas con las que creció (muchas de las cuales aparecen en sus novelas) no estaban muy satisfechas con el cuadro que pinta. Pero eso se debe a que fue muy sencilla al lidiar con sus sentimientos complicados y, a menudo, ambiguos acerca de ser irlandesa. “Usted es irlandés y se le atribuye la tendencia a ser salvaje, desenfrenado, borracho y supersticioso, poco confiable, atrasado, sagaz y propenso a los ataques, mientras que sabe que, de hecho, todo un séquito de fantasmas reside en usted, fantasmas con los que el la compenetración interior es tan frecuente, tan desconcertante, tan desafiante como con cualquiera de los vivos». Todo está aquí, en estas memorias francas y evocadoramente escritas que incluyen referencias a la historia, el mito y la leyenda irlandeses, así como hermosas descripciones del paisaje irlandés.
Pero lo más notable de este libro es lo brutalmente honesta que ha sido O’Brien al contar su propia historia sobre crecer en el condado de Clare rural y la realidad de vivir en una cultura que se parece poco a las imágenes idealizadas y romantizadas que han evolucionado sobre eso. Ella escribe sobre cómo Irlanda la había deformado a ella ya la gente que la rodeaba ”. . .todos encorvados por una variedad de miedos: miedo a la iglesia, miedo al gombeenismo, miedo a los fantasmas, miedo al ridículo, miedo al hambre, miedo a la aniquilación y miedo a su propia agresión profundamente arraigada … ”Pero al mismo tiempo habla apasionadamente y con mucho cariño las imágenes que valora entre ellas”. . .lo que ocurre en cualquiera de los pueblitos de día o de noche, la labranza y los jardines amurallados, la espuma del portero derramada en los mostradores, la discusión y baladas, la campana de elevación y las oraciones por los muertos. . . »
Este es un libro inquietante sobre lo que significó para Edna O’Brien ser sofocada y sofocada por una cultura represiva mientras llevaba el corazón y el alma de Irlanda profundamente dentro de ella.

La gente se enamora de Irlanda. Es poner un pie en su territorio y prendarse de las casitas blancas enclavadas —es un decir— a los pies de las colinas, de las cordilleras azulencas y melancólicas, de la bruma que las corona, de los setos de fucsias de Kerry, de los perros ladradores, de las estepas de terrosa caliza del oeste de Clare.
La Irlanda romántica ha muerto. En un entorno rural tan fervientemente volcado en proscribir libros, resulta fascinante y acaso relevante que la literatura siga reverenciándose y cualquier labrador sea capaz de recitar el «Asedio de Limerick.

Nací y me crie en un pueblo rodeado de otros pueblos igual de anónimos. Tierra considerablemente apta para el arado, cultivos en algunas parcelas, patatas en la mayoría, patatas fumigadas dos veces al año y, por tanto, hojas brillantes como plumas de pavo real hasta que las lluvias llegaban y se llevaban el sulfato de cobre. Durante el verano, desde cualquier ventana se veían el embarcadero y la hierba de Santiago, descontrolada, alta, y sumergida entre los pastos alguna pieza de maquinaria agrícola vieja y oxidada, y a veces un zorro dirigiéndose diligente al gallinero. Había gallinas amodorradas, una marrana y, para azoramiento general, un toro dominante en un prado o patio al que llevaban a todas las vacas pardas y timoratas de los alrededores.
También la mitología hablaba de un toro, uno que había originado una guerra.
El alimento espiritual consistía en Cristo crucificado. Su pasión incidía en cada pensamiento, palabra, obra y omisión, y a veces, en las silvestres ensoñaciones de la niñez, era como si lo vieras en lo alto de una loma, estirado en una cruz entre dos ladrones, con unas mujeres a sus pies, rechinando los dientes y llorando. La mortaja que envolvió su cuerpo revelaba para nosotros los detalles de su pasión. En ella se describía cómo, tras flagelarlo, lo clavaron a la cruz: un clavo atravesando ambos pies, las rodillas sobresaliendo, la musculatura pectoral contraída y el chorro de sangre y pus brotado del Sagrado Corazón al recibir la lanzada fatal. Como si con eso no bastara, descubrías la sangre que la corona de espinas hacía rodar sinuosa por su frente. A Él lo amabas más que a nada ni nadie en este mundo.

Los guisos en cuestión eran purés de patatas conocidos como pandy, pan de patata, tortitas de patata y una mezcla de patata, cebolla y repollo llamada colcannon. Comerlos era una pura penitencia. Comer cualquier plato de diario lo era. Por un lado, estaban las moras resplandecientes en sus zarzas y, por el otro, las guindas confitadas, tan valiosas como una gema. Por un lado, estaban los bizcochos de cerveza negra o de melaza al alcance de una y, por el otro, los pasteles de la tienda, un brazo de gitano, por ejemplo, seco como papel de arroz, que hablaban de otros mundos cuyas heroínas se asomaban a las ventanas con los últimos rayos del sol y se arrebolaban con el hondo rubor del firmamento carmesí.
En cualquier caso, beber era el deporte nacional, y los hombres siempre andaban tambaleándose o aliviándose contra un muro o dentro de la taberna, cantando y pidiendo más. En misa, cuando el sacerdote bebía el vino en el cáliz de oro blanco, los muchachos tragaban saliva, deseando que acabara la misa para meterse en el pub.

Abandonar Irlanda no supuso dolor alguno. Me embarqué en el buque correo, como tantos otros, pasé la noche en vela, observando a los bebedores, a los derrochadores, paseando por la cubierta, recordando que Thackeray y Heinrich Böll también habían llegado en barco para escribir pausadamente sobre ella, recordando la infinidad de escritores autóctonos que se habían marchado para olvidar. La estación de Euston era una selva, lúgubre e impersonal, hasta las palomas parecían artificiales, y cuando vi los rostros ingleses me acordé no del extenso historial de derramamiento de sangre, sino de los casos de asesinato que había leído en la prensa dominical y de aquella lejana inglesa atezada que apareció un día en el pueblo con tiritas para los callos y un pompón cosido al pañuelo.
Sentirse en casa era esto. Sin embargo, el tiempo lo cambia todo, hasta nuestra actitud hacia un lugar. No existe lo que algunos llaman odio perpetuo, como tampoco existen estados inequívocos de amor terrenal. Soy capaz de pensar en Irlanda hora tras hora, de imaginar sin errar demasiado lo que está ocurriendo en cualquiera de sus pueblecitos, de día o de noche; veo los campos de labranza y los huertos, veo la espuma de cerveza derramada en las barras de los pubs, oigo broncas y baladas, oigo la campana para la elevación y las oraciones a los difuntos.

Para mí, Irlanda es momentos de su historia, y su geografía, un puñado de personas que encarnan sus extraños rasgos, las facciones de un rostro, un grito, un verso de una obra de Synge, la bocanada de aire nocturno, pero también Irlanda es incorpórea como las diosas con que sueñan los poetas, las que los guían por curiosos círculos. Vivo fuera de Irlanda porque algo dentro de mí me advierte de que podría detenerme si viviese allí, de que podría dejar de percibir lo que ha significado poseer semejante legado, de que podría caer en la placidez cuando en realidad deseo nuevamente y por motivos que me resultan indefinibles hollar ese mismo camino, ese mordaz camino de la infancia, con la esperanza de hallar alguna pista que pueda, o quiera, posibilitar el avance que nos devuelve a nuestro lugar y nuestro estado de conciencia originales, a la inocencia radical del instante previo al nacimiento.

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A country is either mother or father, and as such generates the emotional tickling secretly reserved for one or the other parent. Ireland has always been woman, womb, cave, cow, Rosaleen, sow, bride, harlot, and of course the emaciated goddess Hag of Beara. At first it was a land of forest and scrubland, as Orpheus advocated when he ruled Jason’s expedition through a misty atmosphere. Ireland is believed to have seen invasions since ancient times when the Ice Age came to an end and the weather allowed deer to enter its dense forests.
These infiltrations have been narrated and invented by men and mediums who have described the violation of the body and soul of Ireland. She has always been God’s land. Saint Patrick, his patron saint (uncanonized!), Fled from Antrim, where he was a slave, obeying the voice that ordered him to embark and set sail for Europe.

Mother Ireland is composed of a series of essays that have been arranged in chronological order, each essay forming a separate chapter. The chapters flow smoothly from one to another. Without knowing beforehand, one would never guess that this was not written as a complete work from start to finish.
I enjoyed the initial chapter which gives a compact version of the very complicated history of Ireland from ancient times to the 1800s. The author’s prose is rich, colourful, never pedantic.
In subsequent chapters the author begins to tell of her own upbringing in a small town in County Clare. This is when I really get interested.
Edna O’Brien has been called the “doyenne” of Irish literature and is considered by some to be one of the most gifted writers of her generation. But when her books were first published they were banned in much of Ireland and she was definitely not very well thought of in her native village of Tuamgraney in eastern County Clare. This little volume of seven interconnected and autobiographical essays is a good indication of why the people she grew up with (many of whom show up in her novels) were none too pleased with the picture she paints. But that’s because she was so straightforward in dealing with her complicated and often ambiguous feelings about being Irish. “You are Irish and allocated to you are the tendencies to be wild, wanton, drunk and superstitious, unreliable, backward, toadying and prone to fits, whereas you know that in fact a whole entourage of ghosts resides in you, ghosts with whom the inner rapport is as frequent, as perplexing, as defiant as with any of the living.” It’s all here in this frank and evocatively written memoir which includes references to Irish history, myth and legend as well as beautiful descriptions of the Irish landscape.
But what’s most noteworthy about this book is how brutally honest O’Brien has been in telling her own story about growing up in rural County Clare and the reality of living in a culture that bears little resemblance to the idealized and romanticized images that have evolved about it. She writes of how Ireland had warped her and the people around her “. . .all stooped by a variety of fears – fear of church, fear of gombeenism, fear of phantoms, fear of ridicule, fear of hunger, fear of annihilation and fear of their own deeply ingrained aggression…” But at the same time she speaks passionately and with great affection about images she values including “. . .what is happening in any one of the little towns by day or night, the tillage and the walled gardens, the spilt porter foam along the counters, the argument and ballads, the elevation bell and the prayers for the dead. . .”
This is a haunting book about the what it meant for Edna O’Brien to be stifled and suffocated by a repressive culture while carrying the heart and the soul of Ireland deep within her.

People fall in love with Ireland. It is to set foot in its territory and fall in love with the little white houses nestled – it is a saying – at the foot of the hills, the blue and melancholic mountain ranges, the mist that crowns them, the fuchsia hedges of Kerry, the barking dogs, from the earthy limestone steppes of west Clare.
Romantic Ireland is dead. In a rural setting so fervently outlawed books, it is fascinating and perhaps relevant that literature continues to be revered and any farmer is able to recite the ‘Siege of Limerick.

I was born and raised in a town surrounded by other equally anonymous towns. Land considerably suitable for plowing, crops in some plots, potatoes in most, potatoes sprayed twice a year, and thus leaves shiny like peacock feathers until the rains came and washed away the copper sulfate. During the summer, from any window you could see the jetty and the grass of Santiago, uncontrolled, high, and submerged among the grasses some old and rusty piece of agricultural machinery, and sometimes a fox diligently heading to the henhouse. There were sleepy chickens, a sow, and, to the general embarrassment, a dominant bull in a meadow or yard to which all the brown and timorous cows in the vicinity were taken.
Mythology also spoke of a bull, one that had started a war.
The spiritual food consisted of Christ crucified. His passion affected every thought, word, deed and omission, and sometimes, in the wild daydreams of childhood, it was as if you saw him on top of a hill, stretched out on a cross between two thieves, with women at his feet. , gnashing teeth and crying. The shroud that wrapped his body revealed to us the details of his passion. It described how, after scourging him, they nailed him to the cross: a nail piercing both feet, the knees protruding, the pectoral muscles contracted and the stream of blood and pus gushed from the Sacred Heart upon receiving the fatal throw. As if that were not enough, you discovered the blood that the crown of thorns was rolling sinuously down his forehead. You loved Him more than anything or anyone in this world.

The stews in question were mashed potatoes known as pandy, potato bread, potato pancakes, and a mixture of potato, onion, and cabbage called colcannon. Eating them was pure penance. Eating any plate of daily was. On the one hand, there were the sparkling blackberries in his brambles, and on the other, the candied cherries, as valuable as a gem. On the one hand, there were the black beer or molasses cakes within reach of one and, on the other, the cakes from the store, a gypsy arm, for example, dry as rice paper, which spoke of other worlds whose heroines they leaned out of the windows with the last rays of the sun and flushed with the deep blush of the crimson firmament.
In any case, drinking was the national sport, and the men were always staggering or easing against a wall or inside the tavern, singing and asking for more. At mass, when the priest drank the wine from the white gold chalice, the boys gulped, hoping that the mass would end to go into the pub.

Leaving Ireland was painless. I embarked on the mail ship, like so many others, I spent the night awake, watching the drinkers, the wasteful, strolling the deck, remembering that Thackeray and Heinrich Böll had also arrived by ship to write slowly about it, remembering the countless native writers who had left to forget. Euston Station was a jungle, gloomy and impersonal, even the doves looked artificial, and when I saw the English faces I was reminded not of the long history of bloodshed, but of the murder cases I had read in the Sunday papers and that distant brown-haired Englishwoman who appeared one day in town with callus plasters and a pompom sewn into her handkerchief.
Feeling at home was this. However, time changes everything, even our attitude towards a place. There is no such thing as perpetual hatred, just as there are no unequivocal states of earthly love. I am capable of thinking about Ireland hour after hour, of imagining without too much error what is happening in any of its villages, day or night; I see farm fields and orchards, I see beer foam spilled on pub bars, I hear fights and ballads, I hear the bell for elevation and prayers to the dead.

For me, Ireland is moments in its history, and its geography, a handful of people who embody its strange features, the features of a face, a scream, a verse from a Synge work, the breath of night air, but also Ireland it is incorporeal like the goddesses that poets dream of, those who guide them through curious circles. I live outside of Ireland because something inside me warns that I could stop if I lived there, that I could stop realizing what it has meant to possess such a legacy, that I could fall into placidity when I really want to again and for reasons that It is indefinable to tread that same path, that scathing path of childhood, in the hope of finding some clue that can, or wants, to make possible the advance that returns us to our original place and state of consciousness, to the radical innocence of the previous instant at birth.

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