En Llamas: Un (Enardecido) Argumento A Favor Del Green New Deal — Naomi Klein / On Fire: The Case for the Green New Deal by Naomi Klein

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Si no has leído mucho más de la autora, esta es una buena introducción a su visión del movimiento climático. Pero como acababa de leer su libro anterior sobre el movimiento, “Esto lo cambia todo”, encontré el nuevo libro menos interesante. “En llamas” reimprime dos capítulos del libro anterior, quizás con algunos cambios menores, aunque, de ser así, no aparentes de inmediato. Otros ensayos son discursos pronunciados en varios países, incluidos Gran Bretaña y Australia, con menos atractivo fuera de esas naciones en particular.
Lo que sí me gustó fue su versión del Green New Deal al final. Ella presenta un buen caso de por qué se necesita un esfuerzo serio para combatir el cambio climático y por qué debe incluir a todos en la sociedad, desde el gobierno hacia abajo. Sin embargo, todavía no estoy convencido de que necesitemos del socialismo “democrático” para luchar contra el cambio climático y que los conservadores deban ser excluidos de las soluciones. Ningún cambio importante en las políticas será duradero si la izquierda se lo mete en la garganta a todos los demás. Es demasiado fácil para la parte contraria revertirlos en el futuro.
Finalmente, es útil que ella se refiera a la historia del New Deal original de FDR. Pero ella no parece ver mucho papel para el sentimiento nacional o el patriotismo, que fue un gran punto de venta del enfoque de Roosevelt. En cambio, Klein parece imaginar una serie de GND que suceden en varios países pero son impulsados por élites cosmopolitas y las masas “despiertas”, al igual que una revolución socialista internacional. Esto es idealista, pero no estoy seguro de cuán realista sea, dado que los movimientos exitosos en el pasado combinaron una perspectiva internacional con una que también era nacional.
Me encantaría ver a Klein encontrar un lugar en el movimiento climático para las personas que aman a su país tanto como se preocupan por el mundo y también para las personas que se inspiran en los logros pasados y las filosofías de nuestros propios países occidentales tanto como ellos. son por las tradiciones de los pueblos indígenas que tanto admira Klein.
Pero vale la pena leer este libro solo por la hábil crítica de Klein del doomerismo del libro de Nathaniel Rich “Perdiendo la Tierra”. Rich afirma erróneamente que finales de la década de 1980 fue el mejor momento para luchar contra el cambio climático, ignorando el ascenso del capitalismo extremo y una cultura de la codicia-es-bueno impulsada por la globalización y la desregulación cuyo bello ideal era Ayn Rand. Rich afirma que “nosotros” (es decir, usted y yo, no Exxon y el gobierno de EE.UU.) Perdimos esta oportunidad única en la vida de salvar el clima en 1988-89 porque éramos demasiado egoístas o miopes para hacer cambios importantes en nuestro vidas de los consumidores. Está equivocado y Klein culpa a las compañías petroleras y los gobiernos que controlan, y ofrece la esperanza de que la gente común pueda y se movilice por una economía limpia y justa.
Un panfleto decente de treinta y tantos páginas, extendido en trescientas páginas, que se repite, con hechos dispersos, a veces interesantes, que no llevan a ninguna conclusión.

El enfoque del Green New Deal con respecto a la crisis climática, que parte de la base del compromiso con la sociedad, no es nuevo. Este tipo de marco basado en la «justicia climática» (en contraposición a la «acción climática», más genérica) lleva muchos años utilizándose a escala local, y sus orígenes se remontan a los movimientos de justicia medioambiental de Latinoamérica y Estados Unidos. Y el concepto de un Green New Deal ha formado parte de los programas de un puñado de pequeños partidos verdes de todo el mundo.
Hay otra cosa que ha cambiado desde que se lanzó aquel llamamiento hace una década. Antes, cuando los movimientos sociales y los Gobiernos de países pequeños exigíamos este tipo de cosas, parecía que gritábamos ante un vacío político. No contábamos con ningún cómplice en los Gobiernos de los países más ricos del planeta que estuviera dispuesto a plantearse este tipo de enfoque de emergencia para hacer frente a la crisis climática. Lo único que se ofrecía eran mecanismos de mercado de efecto derrame, y cuando aparecía una recesión económica, incluso esas proposiciones insuficientes e inadecuadas se evaporaban.
Pero, hoy, ya no es ese el caso. Ahora existe un nuevo bloque de políticos en Estados Unidos, Europa y el resto del mundo, algunos tan solo diez años mayores que los jóvenes activistas reunidos en las calles, que están preparados para traducir la urgencia de la crisis climática en políticas concretas y para unir los puntos entre las múltiples crisis de nuestro tiempo. Entre esta nueva generación política destaca Alexandria Ocasio-Cortez, quien, a los veintinueve años, se convirtió en la mujer electa para el Congreso de Estados Unidos más joven de la historia.

No todas las políticas climáticas deben desarticular el capitalismo o, de lo contrario, deban ser ignoradas (tal como algunos críticos han afirmado absurdamente). Necesitamos todas las acciones posibles para reducir las emisiones, y las necesitamos ya. Pero lo que sí significa, tal como el IPCC ha confirmado con tanta vehemencia, es que no lograremos nuestro objetivo a menos que estemos dispuestos a abrazar un cambio sistémico económico y social.
El objetivo de esta fortificación de Europa y del mundo anglosajón es evidente: convencer a las personas de que permanezcan donde están, por muy lamentables que sean sus condiciones, por muy letales que resulten. En esta visión del mundo, la emergencia no radica, pues, en el sufrimiento de las personas, sino en su incómodo deseo de huir de dicho sufrimiento.
Esa es la razón que permitió, apenas unas horas después de la masacre de Christchurch, que Donald Trump se desentendiera ante el aumento de la violencia de la extrema derecha y desviara la atención inmediatamente hacia la «invasión» migrante en la frontera del sur de Estados Unidos para así declarar una «emergencia nacional», con lo cual podía liberar miles de millones para construir un muro fronterizo.
Los motores que impulsan las migraciones masivas son complejos: la guerra, la violencia entre bandas, la violencia sexual, una pobreza cada vez mayor. Una cosa está clara, y es que las alteraciones climáticas están intensificando todas esas otras crisis que no harán sino agravarse a medida que aumente el calor. Pero en lugar de ayudar, los países más ricos del planeta parecen resueltos a empeorar la crisis en todos los frentes.

La crisis de la costa del Golfo abarca muchas cosas: corrupción, desregularización y la adicción a los combustibles fósiles, pero, en el fondo, ilustra sobre todo las consecuencias terriblemente peligrosas de una convicción de nuestra cultura: que poseemos un conocimiento y un control de la naturaleza tan profundos que podemos manipularla y rediseñarla libremente, y que el riesgo al que sometemos a los sistemas naturales que nos sostienen es mínimo. Pero, tal como el desastre de BP ha puesto de manifiesto, la naturaleza siempre es más impredecible de lo que los modelos matemáticos y geológicos más sofisticados son capaces de imaginar. Al testificar ante el congreso, Hayward, de BP, dijo que «las mejores mentes y los expertos más cualificados están trabajando» en la crisis, y que «quizá a excepción del programa espacial de la década de 1960, es difícil pensar en la constitución de un equipo de mayor volumen y competencia técnica en un mismo lugar en tiempos de paz».
La corriente de la negación no muestra signos de calmarse. Los políticos de Luisiana se opusieron con indignación al alto temporal que Obama impuso a las perforaciones en aguas profundas, acusándolo de destruir el único sector importante que quedaba en pie ahora que la pesca y el turismo estaban en crisis.

Los negacionistas no decidieron que el cambio climático es una conspiración de la izquierda porque descubrieron un complot socialista encubierto. La idea les viene de fijarse atentamente en lo que debería hacerse para reducir las emisiones al drástico y acelerado ritmo que exige la climatología. Han llegado a la conclusión de que solo podremos alcanzar dicho objetivo si reorganizamos radicalmente los sistemas económicos y políticos de formas totalmente opuestas a su sistema de creencias «de libre mercado».
Responder al cambio climático exige que rompamos todas las reglas del manual de estrategia del libre mercado y que lo hagamos a la máxima brevedad posible. Tendremos que reconstruir la esfera pública, revertir privatizaciones, relocalizar grandes parcelas de la economía, reducir el consumo excesivo, recuperar la planificación a largo plazo, regular e imponer impuestos contundentes a las corporaciones e incluso tal vez nacionalizar algunas de ellas, recortar el gasto militar y reconocer nuestras deudas con el sur global. Naturalmente, las esperanzas de que todo esto ocurra serán nulas a menos que venga acompañado de un esfuerzo masivo y transversal por reducir drásticamente la influencia de las corporaciones sobre los procesos políticos, lo cual significa, como mínimo, que las elecciones se financien con fondos públicos y que se elimine el estatus de «persona» de las corporaciones ante la ley. En pocas palabras: el cambio climático fortalece los argumentos preexistentes de prácticamente todas las exigencias progresistas y las unifica bajo un programa coherente cuyos cimientos son un claro imperativo científico.
Algunos miembros del bando a favor del clima están presionando con fuerza contra la estrategia del apaciguamiento.
Los valores culturales están empezando a cambiar. Los líderes jóvenes de hoy quieren cambiar las políticas, pero comprenden que, antes de que eso ocurra, debemos enfrentarnos a los valores subyacentes de avaricia e individualismo desenfrenados que crearon la crisis económica. Y, para ello, lo primero es personificar, del modo más manifiesto posible, unas formas radicalmente distintas de tratarse unos a otros y de interactuar con el mundo natural.
Este intento deliberado de cambiar los valores culturales no tiene nada que ver con la «política del estilo de vida» y tampoco pretende distraer de las luchas «reales». Porque en el turbulento futuro que ya hemos convertido en inevitable, la creencia firme en la igualdad de derechos de todas las personas y en la capacidad de una profunda empatía serán lo único que separe a la humanidad del salvajismo. El cambio climático, con su fecha límite inamovible, puede actuar como catalizador de esta profunda transformación social y ecológica.
Porque, después de todo, la cultura es fluida. Puede cambiar; ya lo ha hecho muchas veces a lo largo de la historia.

Que a muchos nos cueste tantísimo comprender el cambio climático es que vivimos en la cultura del presente perpetuo, una cultura que se separa deliberadamente del pasado que nos creó y del futuro que estamos moldeando con nuestras acciones. El cambio climático significa que lo que hicimos generaciones atrás nos afectará de forma inexorable no solo en el presente, sino también durante muchas generaciones futuras. Estos marcos temporales son un lenguaje que muchos hemos desaprendido en estos tiempos digitalizados.
La cuestión no es juzgar a nadie ni fustigarnos a nosotros mismos por nuestra superficialidad, desarraigo o el debilitado estado de nuestra capacidad de atención, sino reconocer que la mayoría de los que vivimos en los centros urbanos y en los países ricos somos el producto de un proyecto industrial que está vinculado íntima e históricamente a los combustibles fósiles y al cual las tecnologías digitales convirtieron en supernova.
El precio de la energía solar ha caído un 90 %, y actualmente constituye una opción más viable para la electrificación que el carbón, especialmente porque requiere menos infraestructura y se presta mejor al control comunitario. Muchas comunidades lo están exigiendo, pero en India, como en otros lugares, el principal obstáculo es el nexo existente entre los grandes intereses gubernamentales y los grandes intereses del carbono: cuando la gente puede generar su propia electricidad instalando paneles en el techo, e incluso enviar esa energía a una microrred, deja de ser cliente de las gigantescas empresas de servicios públicos para convertirse en su competidora. No es de extrañar que se pongan tantos obstáculos: nada les gusta más a las corporaciones que un mercado cautivo.
Es este tinglado el que el movimiento en favor de los derechos indígenas y la justicia climática amenaza con derribar.

Al Green New Deal le queda mucho camino por recorrer antes de que todo el mundo vea en él su futuro. Ya se han cometido errores, y aún se cometerán más, pero ninguno de ellos es tan importante ni puede hacernos olvidar lo que este proyecto político en rápido crecimiento está haciendo realmente bien.
Habrá que someter al Green New Deal a la vigilancia y a la presión constantes de expertos que sepan exactamente qué va a hacer falta para reducir nuestras emisiones con la rapidez que exige la ciencia, así como de aquellos movimientos sociales que llevan décadas soportando la peor parte de la contaminación y las falsas soluciones climáticas. Pero en esta permanente vigilancia, también debemos tener cuidado, porque deberíamos evitar que los árboles nos impidan ver el bosque; es decir, el hecho de que este programa es un potencial salvavidas que todos tenemos la responsabilidad sagrada y moral de materializar.
Los críticos del Green New Deal plantean un montón de argumentos acerca de por qué todo esto está condenado al fracaso. La parálisis política en Washington es real. Incluso en un mundo donde los republicanos negacionistas del cambio climático fueran barridos del poder, seguiría habiendo un montón de demócratas centristas convencidos de que sus electores no tenían el menor interés en un cambio radical. Los planes son costosos, y lograr que se aprobaran los presupuestos sería un esfuerzo hercúleo.
Se nos dice que una línea de acción preferible sería avanzar en políticas climáticas que atrajeran a mucha gente de la derecha, como pasar del carbón a la energía nuclear, o establecer un pequeño impuesto sobre el carbono que devolviera los ingresos en forma de «dividendo» a todos los ciudadanos.
El principal problema de estos enfoques gradualistas es que simplemente no pueden lograr su objetivo.
Esta sombría visión de la humanidad —que no somos más que una colección de individuos atomizados y familias nucleares, incapaces de hacer nada valioso y empeñados únicamente en hacernos la guerra unos a otros— ha dominado de forma absoluta el imaginario de la opinión pública durante mucho tiempo. No es de extrañar que muchos de nosotros creamos que nunca podremos afrontar con éxito el reto climático.
Pero más de treinta años después podemos afirmar, con la misma certeza con la que sabemos que los glaciares se derriten y las capas de hielo se desintegran, que también esa ideología de «libre mercado» se está desvaneciendo. En su lugar, está surgiendo una nueva visión de lo que la humanidad puede llegar a ser. Surge de las calles, de las escuelas, de los lugares de trabajo e incluso de las sedes de los Gobiernos. Es una visión que afirma que somos todos nosotros, juntos, quienes conformamos el tejido de la sociedad.
Y cuando el futuro de la vida está en juego, no hay nada que no podamos lograr.

Libros de la autora comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/02/09/no-logo-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2015/08/27/la-doctrina-del-shock-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2015/12/06/esto-lo-cambia-todo-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2018/01/25/decir-no-no-basta-naomi-klein-no-is-not-enough-resisting-trumps-shock-politics-and-winning-the-world-we-need-by-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2019/05/31/vallas-y-ventanas-despachos-desde-las-trincheras-del-debate-sobre-la-globalizacion-naomi-klein-fences-and-windows-dispatches-from-the-front-lines-of-the-globalization-debate-by-naomi-kle/

https://weedjee.wordpress.com/2019/06/16/la-batalla-por-el-paraiso-puerto-rico-y-el-capitalismo-del-desastre-naomi-klein-the-battle-for-paradise-puerto-rico-takes-on-the-disaster-capitalists-by-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2021/09/25/en-llamas-un-enardecido-argumento-a-favor-del-green-new-deal-naomi-klein-on-fire-the-case-for-the-green-new-deal-by-naomi-klein/

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If you haven’t read much else by Klein, this is a good intro to her take on the climate movement. But since I had just read her earlier book on the movement, “This Changes Everything,” I found the new book less interesting. “On Fire” reprints two chapters from the earlier book, perhaps with some minor changes, though if so, not immediately apparent ones. Other essays are speeches given in various countries including Britain and Australia with less appeal outside of those particular nations.
What I did like was her take on the Green New Deal at the very end. She makes a good case for why a serious effort to fight climate change is needed and why it needs to include everyone in society, from the government on down. However, I’m still not convinced that we require “democratic” socialism to fight climate change and that conservatives need to be excluded from solutions. No major policy changes will be long lasting if the left just shoves them down the throat of everyone else. It’s too easy for the opposing party to reverse them in the future.
Finally, it’s helpful that she refers back to the history of FDR’s original New Deal. But she doesn’t seem to see much role for national feeling or patriotism, which was a huge selling point of Roosevelt’s approach. Instead, Klein seems to imagine a series of GNDs that happen in various countries but are driven by cosmopolitan elites and the “woke” masses, much like an international socialist revolution. This is idealistic but I’m not sure how realistic it is, given that successful movements in the past combined an international outlook with one that was also national.
I’d love to see Klein find a place in the climate movement for people who love their country as much as they care about the world and also for people who are inspired by the past accomplishments and philosophies of our own Western countries as much as they are by the traditions of the indigenous peoples that Klein so admires.
But this book is worth reading alone for Klein’s skillful critique of the doomerism of Nathaniel Rich’s book “Losing Earth.” Rich wrongly asserts that the late 1980s were the best time to fight climate change, ignoring the ascendance of extreme capitalism and a culture of greed-is-good driven by globalization and deregulation whose beau ideal was Ayn Rand. Rich claims that “we” (meaning you and me, not Exxon and the US govt) missed this once-in-a-lifetime chance to save the climate in 1988-89 because we were too selfish or shortsighted to make major changes in our consumer lives. He’s wrong and Klein places the blame where it belongs, with oil companies and the governments they control, and offers hope that ordinary people can and will mobilize for an economy that’s both clean and fair.
A decent thirty-something page pamphlet, stretched to three hundred pages, repeating itself, with scattered, sometimes interesting facts which do not lead to any conclusions.

The Green New Deal’s approach to the climate crisis, based on a commitment to society, is not new. This type of framework based on ‘climate justice’ (as opposed to the more generic ‘climate action’) has been in use at the local level for many years, and its origins can be traced back to environmental justice movements in Latin America and the United States. And the concept of a Green New Deal has been on the programs of a handful of small green parties around the world.
There is something else that has changed since that appeal was launched a decade ago. Before, when the social movements and the governments of small countries demanded this kind of thing, it seemed that we shouted before a political vacuum. We did not have an accomplice in the governments of the richest countries on the planet who was willing to consider this type of emergency approach to face the climate crisis. All that was offered were spillover market mechanisms, and when an economic recession struck, even those insufficient and inappropriate propositions evaporated.
But, today, that is no longer the case. Now there is a new bloc of politicians in the United States, Europe and the rest of the world, some only ten years older than the young activists gathered in the streets, who are prepared to translate the urgency of the climate crisis into concrete policies and to unite the points between the multiple crises of our time. Among this new political generation stands out Alexandria Ocasio-Cortez, who, at the age of twenty-nine, became the youngest woman elected to the United States Congress in history.

Not all climate policies should dismantle capitalism, or else should be ignored (as some critics have absurdly asserted). We need all possible actions to reduce emissions, and we need them now. But what it does mean, as the IPCC has so vehemently confirmed, is that we will not achieve our goal unless we are willing to embrace systemic economic and social change.
The goal of this fortification of Europe and the Anglo-Saxon world is clear: to convince people to stay where they are, no matter how dire their conditions, no matter how lethal they may be. In this vision of the world, the emergency does not lie, therefore, in the suffering of people, but in their uncomfortable desire to flee from such suffering.
That is the reason that allowed, just hours after the Christchurch massacre, Donald Trump to ignore the increase in violence from the extreme right and immediately divert attention to the migrant “invasion” on the southern border of the United States. United to declare a “national emergency”, thereby freeing up billions to build a border wall.
The engines that drive mass migration are complex: war, gang violence, sexual violence, increasing poverty. One thing is clear, and that is that climatic changes are intensifying all those other crises that will only get worse as the heat increases. But instead of helping, the richest countries on the planet seem determined to make the crisis worse on all fronts.

The Gulf Coast crisis encompasses many things: corruption, deregulation and addiction to fossil fuels, but at its core, it illustrates above all the terribly dangerous consequences of a conviction in our culture: that we have knowledge and control of nature so deep that we can freely manipulate and redesign it, and that the risk we put to the natural systems that sustain us is minimal. But, as the BP disaster has revealed, nature is always more unpredictable than the most sophisticated geological and mathematical models can imagine. Testifying before Congress, Hayward of BP said that “the best minds and the most qualified experts are at work” on the crisis, and that “perhaps with the exception of the space program of the 1960s, it is difficult to think about the constitution of a team of greater volume and technical competence in one place in peacetime.
The stream of denial shows no signs of abating. Louisiana politicians outraged Obama’s halt to deepwater drilling, accusing him of destroying the only major sector left standing now that fishing and tourism were in crisis.

The deniers did not decide that climate change is a conspiracy of the left because they uncovered a covert socialist plot. The idea comes from paying close attention to what should be done to reduce emissions at the drastic and accelerated pace demanded by the weather. They have concluded that we can only achieve this goal if we radically reorganize economic and political systems in ways totally contrary to their “free market” belief system.
Responding to climate change requires that we break all the rules of the free market strategy manual and that we do so as soon as possible. We will have to rebuild the public sphere, reverse privatizations, relocate large chunks of the economy, reduce overconsumption, regain long-term planning, regulate and impose heavy taxes on corporations and perhaps even nationalize some of them, cut military spending. and acknowledge our debts to the global south. Of course, hopes of all of this happening will be nil unless it is accompanied by a massive and cross-cutting effort to drastically reduce the influence of corporations over political processes, which means, at the very least, that elections are financed with public funds. and that the “person” status of corporations is eliminated before the law. Simply put, climate change strengthens the pre-existing arguments for virtually all progressive demands and unifies them under a coherent program whose foundations are a clear scientific imperative.
Some members of the pro-climate camp are pushing hard against the appeasement strategy.
Cultural values are beginning to change. Today’s young leaders want to change policy, but understand that before that happens, we must confront the underlying values of greed and unbridled individualism that created the economic crisis. And to do this, the first thing is to personify, in the most manifest way possible, radically different ways of treating each other and interacting with the natural world.
This deliberate attempt to change cultural values has nothing to do with “lifestyle politics” and is not intended to distract from “real” struggles. Because in the turbulent future that we have already made inevitable, the firm belief in the equal rights of all people and in the capacity for deep empathy will be the only thing that separates humanity from savagery. Climate change, with its fixed deadline, can act as a catalyst for this profound social and ecological transformation.
Because, after all, culture is fluid. You can change; It has already done it many times throughout history.

That many of us find it so difficult to understand climate change is that we live in the culture of the perpetual present, a culture that deliberately separates itself from the past that created us and the future that we are shaping with our actions. Climate change means that what we did generations ago will inexorably affect us not only in the present, but also for many generations to come. These time frames are a language that many of us have unlearned in these digitized times.
The point is not to judge anyone or to whip ourselves for our superficiality, rootlessness or the weakened state of our attention span, but to recognize that most of us who live in urban centers and in rich countries are the product of a industrial project that is intimately and historically linked to fossil fuels and which digital technologies made supernova.
The price of solar energy has fallen by 90%, and it is now a more viable option for electrification than coal, especially since it requires less infrastructure and is better suited to community control. Many communities are demanding it, but in India, as elsewhere, the main obstacle is the nexus between big government interests and big carbon interests: when people can generate their own electricity by installing roof panels, and even sending that energy to a microgrid stops being a client of the gigantic public services companies to become their competitor. It’s no wonder so many roadblocks are put in place – corporations like nothing more than a captive market.
It is this scam that the movement for indigenous rights and climate justice threatens to topple.

The Green New Deal has a long way to go before the whole world sees their future in it. Mistakes have already been made, and more will be made, but none of them are that important nor can they make us forget what this rapidly growing political project is doing really well.
The Green New Deal will have to be subjected to constant vigilance and pressure from experts who know exactly what it will take to reduce our emissions with the speed required by science, as well as from those social movements that have been bearing the brunt of it for decades. pollution and false climate solutions. But in this permanent vigilance, we must also be careful, because we should avoid that the trees prevent us from seeing the forest; that is, the fact that this program is a potential lifesaver that we all have a sacred and moral responsibility to realize.
Critics of the Green New Deal make a lot of arguments about why this is all doomed. The political paralysis in Washington is real. Even in a world where climate change denier Republicans were swept from power, there would still be plenty of centrist Democrats convinced that their constituents had no interest in radical change. The plans are expensive, and getting the budgets approved would be a Herculean effort.
We are told that a preferable course of action would be to advance climate policies that attract a lot of people on the right, such as moving from coal to nuclear power, or establishing a small carbon tax that returns income in the form of a ‘dividend’. to all citizens.
The main problem with these gradualist approaches is that they simply cannot achieve their goal.
This grim vision of humanity – that we are nothing more than a collection of atomized individuals and nuclear families, incapable of doing anything of value and bent solely on making war on each other – has dominated the public imagination for a long time. weather. It is no wonder that many of us believe that we will never be able to successfully meet the climate challenge.
But more than thirty years later we can affirm, with the same certainty with which we know that glaciers are melting and ice sheets are disintegrating, that this “free market” ideology is also fading. Instead, a new vision of what humanity can become is emerging. It emerges from the streets, from schools, from workplaces and even from the headquarters of governments. It is a vision that affirms that it is all of us, together, who make up the fabric of society.
And when the future of life is at stake, there is nothing we cannot achieve.

Books from the author commented in the blog:

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https://weedjee.wordpress.com/2015/08/27/la-doctrina-del-shock-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2015/12/06/esto-lo-cambia-todo-naomi-klein/

https://weedjee.wordpress.com/2018/01/25/decir-no-no-basta-naomi-klein-no-is-not-enough-resisting-trumps-shock-politics-and-winning-the-world-we-need-by-naomi-klein/

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