Bajo La Cruz Del Sur — Patricia Cerda / Under the Southern Cross by Patricia Cerda (spanish book edition)

Se disfruta la lectura y la historia. Aprendí y me entretuve como pocas veces se logra. Es una historia interesante que permite tener una idea de las complicaciones y principales decisiones que marcaron el destino de la Armada del Moluco.
Desenterrar historias de hace 500 años, y que cambiaron el mundo que se conocía, es gratificante. Y gracias a estos navegantes, y las determinaciones que tomaron para realizar el viaje de exploración en busca de una nueva ruta para llegar a las Molucas en busca de especias y comercio, se perfeccionó el mapa de América.

Llevan tres semanas de navegación en mar abierto. Hacia ningún punto cardinal se ve tierra. Una noche sin luna ni nubes, Magallanes se queda después de la última oración en la cubierta observando las estrellas en busca de Saturno. Su profesor en la Escuela de Sagres, el cosmógrafo Ruy Faleiro, le enseñó a distinguir al planeta más alto entre las constelaciones. Saturno es su favorito porque protege al hombre con ideas propias y lo incita a ponerlas en acción. Se demora en localizarlo, cerca del cinturón de Orión. Medita sobre su extensa órbita y respira profundo. Luego sube a dormir y al otro día ordena a su piloto cambiar el rumbo hacia el suroeste. Gómez lo mira desconcertado, pero obedece. Conoce bien a Magallanes. Sabe que no tiene alternativa. Cualquier desacato será el último. El maestre Punzorol espera a que el capitán se retire a su camarote y sube a hablar con él. Pero Magallanes no quiere ser interrumpido. Está con su hijo Cristóbal. Punzorol insiste, entra en su habitación y le habla con confianza y buena voluntad.
—No entiendo este cambio de planes. Esta no es la ruta consignada por Colón y Vespucio.

Pasada la costa de Guinea vuelve la calma. Pero en esa zona intertropical el viento se torna demasiado débil. En la nao San Antonio el cosmógrafo y piloto Andrés de San Martín da vuelta varias veces la ampolleta de doce horas sin que las naos avancen a la velocidad esperada. En la Trinidad el párroco Pedro de Valderrama pide en sus oraciones de la mañana y de la noche que Dios y los santos les envíen vientos propicios.
Pigafetta recuerda lo que ha leído en el diario de Colón:
A cien leguas al poniente de las Azores se ven otras estrellas.

Han vuelto los vientos alisios.
Estudia en un globo terráqueo las tierras descubiertas por Cabral y exploradas por Américo Vespucio en busca de una bahía para bajar a tierra en el Nuevo Mundo. El globo muestra apenas los contornos de la costa atlántica. Hay grandes espacios en blanco y algunas representaciones puramente especulativas. El continente descubierto por Colón sigue siendo terra incognita. Echa a volar la imaginación, pero su hijo lo interrumpe con fuertes golpes en su puerta. Le avisa que hay una discusión en la cubierta. Un alemán ha sacado un cuchillo. Acude de inmediato. Su sola presencia en la escalera de la popa hace que los ánimos se calmen.
Lo primero que hace Magallanes es someter a juicio sumario al maestre Antonio Salomone. Lo condena a muerte por garrotes para intimidar a la tripulación y encarga ejecutar su sentencia a tres de sus marinos más corpulentos. Luego se retira de la escena. Los italianos, entre ellos Pigafetta, observan juntos la ejecución de su paisano bajo la lluvia, amarrado de pies y manos. Los nativos se esconden detrás de los árboles y desde allí ven como Salomone se encoge, llora y pide a gritos misericordia mientras recibe golpes de palo en la cabeza. Es el primer muerto de la Armada del Moluco. Los mismos italianos se encargan de enterrar el cuerpo bañado en sangre y con el rostro desfigurado.

El viaje continúa sin mapas, porque ningún europeo ha pasado antes por allí. Navegan a ciegas. La intuición del capitán es su única guía. Las naos se adentran en cada fiordo, de los que hay muchos. Albo y Pigafetta van en la cubierta de la Trinidad tratando de dibujar los contornos de la geografía, el complejo entramado de estuarios por los que pasan. Aquí y allá bostezan y se estiran sobre la arena gris de las playas los ya familiares lobos marinos. Cada tantas leguas ven glaciares de color azul celeste y textura rugosa. Son de una belleza espectacular. Pigafetta trata de describirlos en su crónica, pero su imaginación se siente incapaz de expresar esa belleza en palabras. Las naos se detienen frente a uno de ellos para que grumetes y pajes bajen en esquifes a llenar cubas con hielo. Luego siguen navegando por el laberinto.
Llegan a una isla que parte el estrecho en dos brazos. En ella se ve un arroyo de agua fresca. Algunos marinos comienzan a murmurar que es hora de regresar, porque quedan pocos víveres y el estrecho se extiende más de lo esperado.
Vocabulario de los patagones:
Oli: agua.
Chene: mano.
Cotel: codo.
Estrellas: settere.
Luna: qenkon.

El 28 de marzo de 1521, Jueves Santo, ven humo en una isla lejana y se dirigen hacia allá. En el trayecto aparecen más islas a babor y a estribor, pero ellos navegan hacia el humo. Magallanes expresa que podrían estar llegando a las Molucas. El humo podría provenir de un volcán que hay en una de las islas del archipiélago. Pero no hay tal volcán. El humo emana de una quema de árboles. Punzorol dirige la Trinidad hacia una playa vasta y blanca. Los lombarderos alemanes disparan sin piedra a modo de saludo mientras los marinos baten banderas en son de paz. Tres embarcaciones salen a recibirlos. En cada una van cuatro o cinco hombres semidesnudos de pelo negro liso y largo, como en las otras islas del archipiélago. Magallanes los invita con gestos a abordar su nao, pero ellos declinan cuidadosos. Un nativo lo invita a su embarcación.

Abril de 1521 Magallanes se convierte en un propagador de la fe católica en Cebú, su isla personal, que piensa reclamar como suya en cuanto regrese a España. Esa semana baja todos los días a tierra con su capellán a hacer catequesis. Los cebuanos tienen en sus casas unas figuras de madera con los brazos abiertos y el rostro grande con cuatro dientes muy gruesos que adoran como a un dios. Valderrama los llama ídolos. Explica a los dueños de casa que esos ídolos son el orígen de todo mal y que después del bautismo deberán deshacerse de ellos. Magallanes se muestra más condescendiente. Promete no causar ningún daño a quienes quieran seguir adorando sus deidades paganas, pero deja claro que los cristianos recibirán un trato preferente en el comercio y en todo.

La noticia de que los castellanos pagan el doble que los portugueses por el clavo se ha expandido por todas las Molucas. Diariamente visitan la nao capitana reyes de otras islas. Como en las instrucciones dadas por el rey Carlos se ordena que se hagan paces y tratos con los señores de las tierras e islas donde hubiese especiería, Gómez y Elcano tienen listos los documentos para que los reyes los firmen. El primero en firmar un tratado de paz y comercio con el rey de Castilla es el rey Yosopata de la isla de Gilolo. Le sigue el príncipe Quichildornes, hermano mayor y tutor del rey de Ternate. El tercero es Zubazulu, el rey de Baquián que meses atrás expulsó a los violadores portugueses de su isla y ahora llega con todo el clavo que ellos dejaron al salir arrancando. Firma el documento feliz y agradecido de recibir un mejor precio.
El 25 de noviembre de 1521 es un día especial. Los marinos pasan todo el día cargando clavo. La Trinidad carga mil ochocientos quintales para el rey y doscientos para la tripulación y la Victoria carga quinientos quintales para el rey y ciento cincuenta para la tripulación. Después de haber llenado hasta el tope sus bodegas hacen descargas de artillería.

El 8 de junio de 1522 cruzan el Ecuador por cuarta vez desde su partida de Sevilla. Con Magallanes fueron 110 días en el océano Pacífico sin pisar tierra firme. Ahora llevan 117 días sin probar alimentos frescos y todavía queda mucho mar por delante. Agua no les falta porque las tormentas han llenado los toneles. Pero otra vez aparece el escorbuto. Ahora sí: Domingo Punzorol es el primero en perder la batalla. Lo sigue Martín Magallanes, sobrino del difunto capitán, y ocho de los trece nativos que subieron en Tidore. Pigafetta escribe en su diario que al tirar al agua los cuerpos, los cristianos quedan con el rostro mirando hacia el cielo, mientras los nativos caen boca abajo.
El 9 de julio avistan las islas de Cabo Verde, después de cinco meses de navegación. Elcano decide acercarse a la isla Santiago, en la que hay una factoría portuguesa llamada Río Grande y manda a sus hombres más sanos a tierra. Son el despensero Pedro de Tolosa, Simón de Burgos, Juan de Zubileta, Martín Méndez y otros ocho; doce hombres en total. Inventan lo que Tomás de Aquino llamó mentira oficiosa. Dicen que vienen de América y se les ha averiado la nao, por lo que han perdido a su armada. El gobernador portugués les cree y les da algunos sacos de arroz.
Las numerosas vías de agua amenazan constantemente con hundir la nao Victoria. Sanos y enfermos se turnan en el trabajo de achique divididos en grupos de cuatro hombres. Es una ardua lucha contra la muerte. La ven encima de ellos, fuerte y poderosa.
El 28 de julio avistan Tenerife. Algunos, los que tienen fuerzas, se abrazan. Otros prefieren ahorrar energías para seguir sacando el agua que se filtra por la tablazón.
Mueren otros cuatro hombres y son lanzados al agua sin dilación. Bustamante mueve la cabeza con lástima… ¡Morirse con España a punto de aparecer en el horizonte!
Quedan 19.
Carlos V le pide que se traslade de inmediato a su corte en Valladolid acompañado de las personas más cuerdas y de mayor razón que hubiese entre sus subalternos para que le informen sobre los pormenores de aquella gesta. Elcano elige a Francisco Albo, Miguel de Rodas y Hernando de Bustamante. A Pigafetta no lo invita.
El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico recibe a los cuatro navegantes en la corte de Valladolid el 18 de octubre de 1522. Junto a él están su secretario Maximiliano Transilvano y el obispo Juan Rodríguez de Fonseca. El primer punto que el rey pide aclarar con Elcano, para tranquilidad de su confesor, es qué pasó en San Julián. Elcano ratifica la versión que contaron Esteban Gómez y los marinos de la San Antonio: Magallanes era un tirano. Su muerte la atribuye a una intromisión negligente en las peleas de los reyezuelos de Cebú y Mactán.

Pigafetta vive gran parte del año 1524 en el castillo de Villiers en Mesina. Allí escribe una versión en italiano de su crónica que dedica a su nuevo mentor. Será una de las copias que no se perderán. En 1524 Villiers lo nombra caballero de la Orden de Rodas. Después se pierde la huella de Antonio Pigafetta. Es posible que haya terminado sus días en Vicenza, en la casa de su padre, donde hasta hoy se lee en la fachada:
No hay rosas sin espinas.
Algunas versiones de la crónica de Pigafetta se conservan hasta hoy. Los diarios y documentos de Magallanes, en cambio, se perdieron. El comandante portugués Antonio Brito los confiscó a Gómez de Espinosa cuando se apoderó de la Trinidad y los mandó a Lisboa. Allí estuvieron guardados más de doscientos años en la Torre del Pombo… hasta el terremoto de 1755, cuando quedaron sepultados bajo los escombros.

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Reading and history are enjoyed. I learned and entertained myself as rarely is possible. It’s an interesting story that gives an idea of the complications and main decisions that marked the destiny of the Moluco Navy.
Digging up stories from 500 years ago, and that changed the world that was known, is rewarding. And thanks to these navigators, and the determinations they made to make the voyage of exploration in search of a new route to reach the Moluccas in search of spices and trade, the map of America was perfected.

They have been sailing for three weeks in the open sea. Towards no cardinal point you can see land. One moonless and cloudless night, Magellan stays after the last prayer on the deck watching the stars in search of Saturn. His professor at the School of Sagres, the cosmographer Ruy Faleiro, taught him to distinguish the highest planet among the constellations. Saturn is his favorite because he protects man with his own ideas and encourages him to put them into action. He is slow to locate it, near the belt of Orion. He meditates on its extensive orbit and takes a deep breath. He then goes up to sleep and the next day he orders his pilot to change course to the southwest. Gomez looks at him puzzled, but obeys. He knows Magellan well. He knows that he has no choice. Any contempt will be the last. Maester Punzorol waits for the captain to retire to his cabin and goes up to speak with him. But Magellan doesn’t want to be interrupted. He is with his son Cristóbal. Punzorol insists, enters his room and speaks to him with confidence and goodwill.
“I don’t understand this change in plans.” This is not the route consigned by Columbus and Vespucci.

After the coast of Guinea, calm returns. But in that intertropical zone the wind becomes too weak. On the San Antonio ship, the cosmographer and pilot Andrés de San Martín turns the twelve-hour light bulb several times without the ships advancing at the expected speed. In the Trinity, the parish priest Pedro de Valderrama asks in his morning and night prayers that God and the saints send them auspicious winds.
Pigafetta remembers what he has read in Columbus’s diary:
A hundred leagues west of the Azores other stars can be seen.

The trade winds are back.
He studies on a globe the lands discovered by Cabral and explored by Américo Vespucio in search of a bay to land in the New World. The globe shows only the contours of the Atlantic coast. There are large blank spaces and some purely speculative representations. The continent discovered by Columbus remains terra incognita. He flies his imagination, but his son interrupts him with a loud knock on his door. He alerts you that there is an argument on deck. A German has drawn a knife. He comes immediately. The mere presence of him on the stern ladder calms things down.
The first thing Magellan does is submit to a summary judgment to the master Antonio Salomone. He condemns him to death by clubs to intimidate the crew and orders three of his largest sailors to execute his sentence. He then he withdraws from the scene. The Italians, including Pigafetta, watch together the execution of their countryman in the rain, tied hand and foot. The natives hide behind the trees and from there they watch as Salomone shrinks, cries and screams for mercy as he receives blows from the stick to the head. He is the first dead in the Moluco Army. The Italians themselves are responsible for burying the body bathed in blood and with a disfigured face.

The journey continues without maps, because no European has ever been there before. They sail blind. The captain’s intuition is his only guide. The naos enter each fjord, of which there are many. Albo and Pigafetta go on the deck of the Trinidad trying to draw the contours of geography, the complex network of estuaries through which they pass. Here and there the familiar sea lions yawn and stretch out on the gray sand of the beaches. Every so many leagues they see glaciers of azure blue color and rough texture. They are of spectacular beauty. Pigafetta tries to describe them in his chronicle, but his imagination feels incapable of expressing that beauty in words. The ships stop in front of one of them so that cabin boys and pages go down in skiffs to fill buckets with ice. Then they continue navigating the maze.
They arrive at an island that splits the strait into two arms. In it you can see a stream of fresh water. Some sailors begin to murmur that it is time to return, because there are few supplies left and the strait stretches more than expected.
Patagonian vocabulary:
Oli: water.
Chene: hand.
Cotel: elbow.
Stars: settere.
Moon: qenkon.

On March 28, 1521, Holy Thursday, they see smoke on a distant island and head there. On the way more islands appear to port and starboard, but they sail into the smoke. Magellan expresses that they could be reaching the Moluccas. The smoke could come from a volcano on one of the islands of the archipelago. But there is no such volcano. Smoke emanates from burning trees. Punzorol directs the Trinidad towards a vast white beach. The German lombards fire without a stone in salute while the sailors wave flags in peace. Three boats come out to receive them. In each one there are four or five half-naked men with long, straight black hair, as in the other islands of the archipelago. Magellan gestures for them to board his ship, but they carefully decline. A native invites you to his boat.

April 1521 Magellan becomes a propagator of the Catholic faith in Cebu, his personal island, which he plans to claim as his own as soon as he returns to Spain. That week he goes ashore every day with his chaplain to do catechesis. The Cebuanos have in their houses wooden figures with open arms and a large face with four very thick teeth that they worship like a god. Valderrama calls them idols. He explains to the householders that these idols are the source of all evil and that after baptism they should get rid of them. Magellan is more condescending. He promises not to cause any harm to those who want to continue worshiping their pagan deities, but he makes it clear that Christians will receive preferential treatment in commerce and in everything.

The news that the Castilians pay twice as much as the Portuguese for the nail has spread throughout the Moluccas. The nao capitana reyes from other islands visit daily. As in the instructions given by King Carlos it is ordered that peace and deals be made with the lords of the lands and islands where there are spices, Gómez and Elcano have the documents ready for the kings to sign. The first to sign a peace and trade treaty with the King of Castile is King Yosopata of the island of Gilolo. He is followed by Prince Quichildornes, elder brother and guardian of the King of Ternate. The third is Zubazulu, the king of Baquián who months ago expelled the Portuguese rapists from his island and now arrives with all the nail that they left when they started starting. He signs the document happy and grateful to receive a better price.
November 25, 1521 is a special day. The sailors spend all day carrying nails. The Trinidad charges eighteen hundred quintals for the king and two hundred for the crew and the Victoria charges five hundred quintals for the king and one hundred and fifty for the crew. After having filled their warehouses to the top, they fire off artillery.

On June 8, 1522, they crossed Ecuador for the fourth time since their departure from Seville. With Magellan they spent 110 days in the Pacific Ocean without stepping on land. Now they have not tasted fresh food for 117 days and there is still a long sea ahead. They do not lack water because the storms have filled the barrels. But again scurvy appears. Now yes: Domingo Punzorol is the first to lose the battle. He is followed by Martín Magallanes, nephew of the late captain, and eight of the thirteen natives who went up in Tidore. Pigafetta writes in his diary that when the bodies are thrown into the water, the Christians are left with their faces looking up to the sky, while the natives fall face down.
On July 9, they sighted the islands of Cape Verde, after five months of navigation. Elcano decides to go to Santiago Island, where there is a Portuguese factory called Rio Grande, and he sends his healthier men ashore. They are the butler Pedro de Tolosa, Simón de Burgos, Juan de Zubileta, Martín Méndez and eight others; twelve men in all. They invent what Thomas Aquinas called an unofficial lie. They say they come from America and their ship has broken down, so they have lost their army. The Portuguese governor believes them and gives them some bags of rice.
The numerous waterways constantly threaten to sink the Nao Victoria. The healthy and the sick take turns in the dewatering work divided into groups of four men. It is an arduous fight against death. They see her on top of them, strong and powerful.
On July 28 they spot Tenerife. Some, those who have strength, hug each other. Others prefer to save energy to continue removing the water that is filtered through the planking.
Four other men die and are thrown into the water without delay. Bustamante shakes his head with pity … To die with Spain about to appear on the horizon!
19 left.
Carlos V asks him to go immediately to his court in Valladolid accompanied by the sanest and most reasoned people among his subordinates to inform him about the details of that feat. Elcano chooses Francisco Albo, Miguel de Rodas and Hernando de Bustamante. Pigafetta is not invited.
The Holy Roman Emperor received the four navigators at the court of Valladolid on October 18, 1522. Along with him are his secretary Maximiliano Transilvano and Bishop Juan Rodríguez de Fonseca. The first point that the king asks to clarify with Elcano, to the tranquility of his confessor, is what happened in San Julián. Elcano ratifies the version that Esteban Gómez and the sailors of the San Antonio told: Magellan was a tyrant. His death is attributed to negligent meddling in the fights of the kings of Cebu and Mactan.

Pigafetta lived much of the year 1524 in the castle of Villiers in Messina. There he writes an Italian version of his chronicle that he dedicates to his new mentor. It will be one of the copies that will not be lost. In 1524 Villiers made him knight of the Order of Rhodes. Later, the trace of Antonio Pigafetta is lost. It is possible that he ended his days in Vicenza, in the house of his father, where to this day the façade reads:
There are not roses without spines.
Some versions of Pigafetta’s chronicle are preserved to this day. Magellan’s diaries and documents, on the other hand, were lost. The Portuguese commander Antonio Brito confiscated them from Gómez de Espinosa when he seized the Trinidad and sent them to Lisbon. There they were kept for more than two hundred years in the Torre del Pombo … until the earthquake of 1755, when they were buried under the rubble.

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