Volver A Dónde — Antonio Muñoz Molina / Back To Where by Antonio Muñoz Molina (spanish book edition)

Vivíamos en el interior de un experimento: como esas personas que se recluyen durante meses en las profundidades de una cueva para averiguar cómo se mantiene o se pierde el sentido del tiempo a falta de la luz del día. Éramos una mujer y un hombre solos, encerrados en un piso de Madrid, privados de cualquier otra presencia, rodeados por una ciudad invernal sumida en un silencio que solo interrumpían sirenas de alarma, compartiendo todas y cada una de las tareas domésticas, concentrados en la convivencia desde que abrían los ojos hasta que los cerraban por la noche, y también durante el sueño, y en el insomnio, un cuerpo cálido respirando al lado del otro, como en la oscuridad de una madriguera. Éramos los sujetos del experimento y éramos también los científicos encargados de estudiarlo. Cada uno era el objeto inmediato del estudio del otro; cada uno se esforzaba en observarse a sí mismo.
Ahora es cuando no tengo ganas de salir a la calle. El estado de alarma que acaba de ser abolido continúa vigente en mi espíritu. El mundo de después, sobre el que tanto se especulaba, ha resultado ser muy parecido al de antes, salvo por el incordio añadido de las mascarillas.
Los pitidos del semáforo en verde se vuelven más cortos y más rápidos, pero el abuelo que cruza delante de mí arrastrando los pies no puede acelerar el paso. Los motores de los coches rugen de impaciencia en el mismo momento en que la luz verde y el diligente hombrecillo verde empiezan a parpadear.
Ya estaba permitido salir a dar paseos, y mientras nosotros aplaudíamos mucha gente iba descuidadamente a lo suyo por la calle, impacientes por adoptar cuanto antes una normalidad que aún no existía. Nuestros aplausos se escuchaban menos porque éramos muy pocos y porque ya había mucho más tráfico.

Me ha gustado del libro la actitud del observador, aunque aquí está quieto. Es la actitud inversa. En el libro hay una presencia muy clara del paso del tiempo y que paradoja la agencia de viajes donde era espectral porque se proyectaban esas imágenes en pantallas. Veías a la gente por Laponia o Bali… Observar esos paraísos tenía algo hipnótico. También y estoy de acuerdo con el en como destaca hay que diferenciar entre aquellos que trabajan y que se esfuerzan en que las cosas no vayan a peor y los que quieren que vayan a mejor. El problema es el exceso de libro sobre la pandemia.

Desde hace meses mi trato con las personas cercanas es solo a través de sus voces. El teléfono me permite una sensación de intimidad mucho mayor que las videoconferencias. La voz sola favorece la cercanía más que la voz y las imágenes.
Me da la impresión de que cada vez hace falta decidir menos cosas. Las costumbres ya están asentadas cuando uno se vuelve consciente de ellas. Salgo al balcón, recién terminada la cena, en el anochecer caliente, con una copa en la que todavía queda un poco de vino, el último trago tan sabroso. Vengo a regar mis plantas y a hacerles compañía. Vengo a observar la vista desde mi tercer piso. El mundo tiene ahora dimensiones abarcables. Veo la esquina de la calle O’Donnell con Fernán González. Veo un poco más allá la torre de Valencia, que tapa la vista del Retiro, y un horizonte que se extiende en dirección a la Puerta de Alcalá, Cibeles, la Gran Vía. Ese horizonte se vuelve rojo en los atardeceres. Se hace de noche pero el cielo no está oscuro del todo. Se nota en el espectáculo del mundo la fatiga de estos días que son los más largos del año.
En los días de máximo rigor del encierro salir a la calle era una liberación. Era el gozo de respirar al aire libre, de ejercitar los músculos entumecidos por el sedentarismo, de cumplir tareas cotidianas que permitían un atisbo de normalidad: ir al supermercado, comprar el periódico, pasear a mi perra.

Nadie previó lo que se avecinaba. A los pocos que sí lo hicieron nadie les prestó atención. Nadie, hasta unos días antes, fue capaz de prever el vuelco que todas las cosas iban a sufrir de un día para otro, la escalada de los muertos, los hospitales desbordados, los ancianos muertos y abandonados durante varios días en las residencias, la ciudad entera como en estado de sitio, la amplitud soviética de las avenidas sin tráfico, el silencio solo interrumpido por los pájaros y por las ambulancias. Yo mismo me negaba a ver la evidencia: por distracción, por miedo, por la jactancia de no seguir la corriente. Nadie, ni los más expertos, ni los que tenían la obligación y la responsabilidad de hacerlo, previó nada: pero a continuación ya no había figura intelectual que no se pusiera a improvisar dictámenes sobre el porvenir, a emitir juicios imperativos sobre el significado de lo que estaba pasando. Había una prisa por interpretar, por levantar teorías, por hacer nuevas predicciones que estarían sin duda tan equivocadas como las que se hicieron un poco antes, aunque ya nadie se acordaría de ellas.

No llego a acostumbrarme a este Madrid de lo que llaman nueva normalidad, como el que no se adapta a su ciudad después de una estancia de cierto tiempo en otro país. Unas veces parece el Madrid de antes y otras me parece otro, más agrio, más desalentado, en el que todo el mundo lleva mascarilla y mira al suelo y habla por teléfono o mira y teclea en una pantalla, en línea recta, sin mirar al frente, en una trayectoria robótica.

Ahora que parece que todo ha pasado, o casi, es cuando tengo miedo, cuando solo me siento seguro de verdad quedándome en mi casa.

La música suena cada vez más alta, con un ritmo aplastante de bajos, y la gente corea y grita más fuerte, gritos de hombres y mujeres, como en una gradual histeria colectiva. La fiesta era en nuestra misma manzana, en el edificio de al lado, en un tercer piso en la esquina de Máiquez. Cruzo al otro lado de la calle para verlo todo mejor. Gente que pasa se detiene en la esquina igual que yo, alzando los ojos hacia la terraza iluminada y la fila de ventanas en las que se distingue el hormigueo de una multitud muy apretada, saltando y gritando, coreando canciones, atronando el edificio y la calle entera, con una vehemencia irresponsable y suicida, una jovialidad macabra como de danza medieval de la muerte, como de procesión de carnaval en tiempos de la Peste Negra. Hay algo de juerga delirante, de desafío idiota, de guateque destructivo y banal. Son ya las tres de la madrugada.

Lo que el coronavirus está haciendo a las mentes humanas todavía no podemos saberlo.

La danza de la barbarie impune y del contagio festivo, la jactancia incívica consentida y hasta alentada desde hace muchos años, ahora más ofensiva que nunca, aterradora en su poder de centrifugación del desastre. No parece posible que la irracionalidad y la estupidez humana lleguen a este grado.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/03/25/todo-lo-que-era-solido-antonio-munoz-molina/

https://weedjee.wordpress.com/2017/03/25/como-la-sombra-que-se-va-antonio-munoz-molina/

https://weedjee.wordpress.com/2018/03/30/un-andar-solitario-entre-la-gente-antonio-munoz-molina-a-lone-walking-among-the-people-by-antonio-munoz-molina-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/01/17/el-miedo-de-los-ninos-antonio-munoz-molina-maria-rosa-aranega-ilustradora-fear-of-children-by-antonio-munoz-molina-maria-rosa-aranega-illustrator-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/09/19/volver-a-donde-antonio-munoz-molina-back-to-where-by-antonio-munoz-molina-spanish-book-edition/

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We lived inside an experiment: like those people who seclude themselves for months in the depths of a cave to find out how the sense of time is maintained or lost in the absence of daylight. We were a woman and a man alone, locked in a flat in Madrid, deprived of any other presence, surrounded by a winter city plunged into silence that was only interrupted by alarm sirens, sharing each and every one of the domestic tasks, concentrating on the coexistence from when they opened their eyes until they closed them at night, and also during sleep, and in insomnia, a warm body breathing side by side, as in the darkness of a burrow. We were the subjects of the experiment and we were also the scientists in charge of studying it. Each was the immediate object of the other’s study; each made an effort to observe himself.
Now is when I don’t feel like going outside. The state of alarm that has just been abolished continues in my spirit. The world after, about which so much was speculated, has turned out to be very similar to the one before, except for the added nuisance of the masks.
The green light beeps get shorter and faster, but the grandfather shuffling across in front of me can’t pick up the pace. Car engines roar with impatience as the green light and the diligent little green man begin to blink.
It was already allowed to go out for walks, and while we applauded, many people went carelessly about their own thing in the street, impatient to adopt a normality that did not yet exist as soon as possible. Our applause was less heard because there were so few of us and because there was already much more traffic.

I liked the attitude of the observer in the book, although here he is still. It is the reverse attitude. In the book there is a very clear presence of the passage of time and what a paradox the travel agency where it was spectral because those images were projected on screens. You saw people in Lapland or Bali … Observing those paradises had something hypnotic. Also and I agree with him in how he stands out, it is necessary to differentiate between those who work and who make an effort so that things do not get worse and those who want them to get better. The problem is the excess of books on the pandemic time.

For months I have dealt with close people only through their voices. The telephone gives me a much greater sense of intimacy than video conferencing. The voice alone favors the closeness more than the voice and the images.
I get the impression that fewer and fewer things need to be decided. Customs are already in place when one becomes aware of them. I go out to the balcony, just after dinner, in the hot evening, with a glass in which there is still a little wine, the last drink so tasty. I come to water my plants and keep them company. I come to observe the view from my third floor. The world now has encompassing dimensions. I see the corner of O’Donnell Street with Fernán González. I can see a little further on the Valencia tower, which covers the view of the Retiro, and a horizon that extends towards Puerta de Alcalá, Cibeles, Gran Vía. That horizon turns red in the evenings. It gets dark but the sky is not quite dark. You can see in the world spectacle the fatigue of these days, which are the longest of the year.
In the days of maximum rigor of the confinement, going out into the street was a liberation. It was the joy of breathing in the open air, of exercising muscles that were numb from being sedentary, of completing daily tasks that allowed a glimmer of normalcy: going to the supermarket, buying the newspaper, walking my dog.

No one foresaw what was coming. To the few who did, no one paid any attention. No one, until a few days before, was able to foresee the turnaround that all things were going to suffer from one day to the next, the escalation of the dead, the overflowing hospitals, the elderly dead and abandoned for several days in the residences, the city Entire as in a state of siege, the Soviet width of the avenues without traffic, the silence only interrupted by birds and ambulances. I myself refused to see the evidence: out of distraction, out of fear, out of boasting that I didn’t go with the flow. Nobody, neither the most expert nor those who had the obligation and the responsibility to do so, foresaw anything: but afterwards there was no intellectual figure who did not start to improvise opinions on the future, to make imperative judgments about the meaning of what is to come. What was happening. There was a rush to interpret, to raise theories, to make new predictions that would undoubtedly be as wrong as those made a little earlier, although no one would remember them anymore.

I can’t get used to this Madrid of what they call a new normal, like the one that does not adapt to their city after a stay of some time in another country. Sometimes it seems like the Madrid of before and other times it seems like another, more sour, more discouraged, in which everyone wears a mask and looks at the ground and talks on the phone or looks and types on a screen, in a straight line, without looking at the front, in a robotic trajectory.

Now that it seems that everything has passed, or almost, is when I am afraid, when I only really feel safe staying at home.

The music sounds louder and louder, with a crushing bass beat, and people chant and yell louder, screams of men and women, as in gradual mass hysteria. The party was on our block, in the building next door, on the third floor on the corner of Máiquez. I cross to the other side of the street to see everything better. Passing people stop at the corner just like me, looking up at the lighted terrace and the row of windows in which you can see the tingling of a very tight crowd, jumping and shouting, chanting songs, thundering the building and the street whole, with an irresponsible and suicidal vehemence, a macabre joviality like a medieval dance of death, like a carnival procession in times of the Black Death. There is something of a delirious revelry, an idiotic defiance, a destructive and banal party. It’s already three in the morning.

What the coronavirus is doing to human minds we still cannot know.

The dance of unpunished barbarism and festive contagion, the indignant boasting consented to and even encouraged for many years, now more offensive than ever, terrifying in its power to centrifuge disaster. It does not seem possible that human irrationality and stupidity will reach this degree.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/03/25/todo-lo-que-era-solido-antonio-munoz-molina/

https://weedjee.wordpress.com/2017/03/25/como-la-sombra-que-se-va-antonio-munoz-molina/

https://weedjee.wordpress.com/2018/03/30/un-andar-solitario-entre-la-gente-antonio-munoz-molina-a-lone-walking-among-the-people-by-antonio-munoz-molina-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/01/17/el-miedo-de-los-ninos-antonio-munoz-molina-maria-rosa-aranega-ilustradora-fear-of-children-by-antonio-munoz-molina-maria-rosa-aranega-illustrator-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/09/19/volver-a-donde-antonio-munoz-molina-back-to-where-by-antonio-munoz-molina-spanish-book-edition/

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