Morderse La Lengua. Corrección Política Y Posverdad — Darío Villanueva / To Bite Your Tongue. Political Correction and Post-truth by Darío Villanueva (spanish book edition)

En nuestra globalizada «sociedad de la información» se ha instalado la desinformación de la mano de dos fenómenos sintomáticos de nuestro tiempo: la corrección política y la posverdad, manifestaciones contemporáneas de la quiebra de la racionalidad y la estupidez.

El libro no es fácil de leer, está plagado de referencias a otros autores y citas la mayoría sin traducir, la exposición es muy académica, ahora bien, si superas esos pequeños obstáculos su lectura resulta esclarecedora. Que un exdirector de la RAE, experto en linguistica, critico literario, rector de Universidad te explique de forma razonada y argumentada las trampas que se nos tienden manipulando el lenguaje es todo un privilegio.
Viene a explicar porqué nos volvimos idiotas. Cómo una teoría filosófica ridícula francesa, la del estructuralismo y la deconstrucción, fue convertida en las universidades norteamericanas en una nueva inquisición: la corrección política. Y cómo la izquierda europea, agotada y derrotada por la historia la lucha de clases, se vale de ella para la agitación política. Y así todos tontos, tontas y tontes. El libro está plagado de documentación. La exposición, perfecta.
Ilustra claramente las nuevas formas de control y dominio que pretenden ejercer determinados grupos de individuos sobre el resto de la sociedad. Históricamente, el ser humano, si gozaba del poder suficiente, siempre ha pretendido imponer sus ideas y sus métodos a los demás. En los últimos tiempos, el progreso científico y la razón parecían conseguir dificultarlo, pero este libro nos muestra cómo, ahora de nuevo, se vuelve a intentar hacer lo mismo pero desde unos planteamientos puramente emocionales, de superioridad moral y apoyo a los más débiles, que confunden al resto de la sociedad y tratan de conseguir su complicidad y evitar toda posible crítica.
Es un auténtico pilar en el que podemos apoyarnos sin temor a caer vencidos, o angustiados, que también, por el escandaloso ruido mediático y el incomprensible vacío de explicaciones veraces y desapasionadas de que disponemos sobre el griterío que nos envuelve, una cruda realidad en la que nos hallamos inmersos.
A muchos críticos les parecerá que la corrección política le sirve como un hombre de paja perfecto, omniresponsable, negro sin una gotita de blancura, sin única mención de multitudes a las cuales este método de pensar ayudó a ser oído, visto, reconocido. Villanueva muestra por tanto que ninguna cantidad de educación académica pueda camuflar privilegio tóxico. Entonces el debate estará servido.

Para el pensador canadiense Marshall McLuhan, la historia de nuestra civilización comprendía, fundamentalmente, tres etapas: la segunda era precisamente la instaurada con la invención de la imprenta, cuando se rompe con la tradición anterior en la que la palabra oral era predominante. La máquina gutenberiana, al facilitar la lectura individualizada de los textos, produce una desconexión social, una apropiación por parte de cada sujeto de los conocimientos que el escrito atesora. Este periodo de la «galaxia» definida por McLuhan en su famoso libro de 1962, que él llama «moderno», da lugar posteriormente al periodo contemporáneo, que surge cuando la tecnología permite la transmisión de mensajes a través de las ondas, en conexión con las innovaciones electrónicas. Esta nueva galaxia de la transmisión del sonido, e incluso también de la imagen a través del éter, supuestamente iba a acabar con la galaxia anterior, de manera que los libros y la escritura estaban destinados a convertirse en residuos de una época pretérita. En esta clave, el pasado sería, a nuestros efectos, la escritura, la literatura y el periodismo tradicional, y el futuro la comunicación audiovisual.
Lo curioso del caso, en la teoría de Marshall McLuhan, es que con este gran avance tecnológico de la radio, la televisión y los medios de comunicación audiovisual de masas a través de las ondas se produce un regreso a situaciones premodernas; es decir, de nuevo la palabra oral se impone a la palabra escrita, y de nuevo la recepción de los mensajes, en vez de ser individualizada, reflexiva y racionalizada por cada sujeto, se hace de una manera colectiva, lo que permite fenómenos de sugestión universal con lo que alcanzamos ese estado de lo que se denomina macluhianamente «aldea global». Es decir, se produce una paradoja muy profunda posibilitada por una sociedad donde los medios de comunicación se producen en términos equiparables en lo sustancial a los de épocas muy arcaicas, pero con todos los avances de la tecnología moderna.

Tom Nichols, repara en la auténtica campaña contra el conocimiento establecido desde fuentes fiables, nacidas de la ciencia y del testimonio de los expertos, vicio que no es novedad de última hora, como veremos en capítulos posteriores, sino que ha estado jalonada como tal campaña por hitos programados al servicio de la política y los intereses económicos, muy próximos en sus estrategias y objetivos a los que son propios de la posverdad.
La exacerbación actual del science denialism, el negacionismo científico que intenta desautorizar las teorías que demuestran el cambio climático, la incidencia del tabaco en el cáncer, la eficacia de las vacunas o, incluso, la propia existencia de la pandemia provocada por el coronavirus tiene evidentemente mucho que ver con la proliferación democratizadora de la información a través de Internet, con el empoderamiento de ciudadanos sin mayor cualificación formativa e intelectual que la que ellos se conceden a sí mismos, y con el desdén acomplejado —cuando no agresivo— hacia la competencia de quienes dedican su vida a la adquisición rigurosa del saber para comprender cabalmente la complejidad de nuestras realidades. No oculta Nichols la vinculación entre esta rebelión contra los sabios, tratados como una despreciable secta elitista, y sobresaltos políticos como el acceso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos y la extensión de los populismos.

La corrección política, exacerbada, ha dado lugar últimamente a la aparición de los llamados safe (o safer) spaces. Consisten en una iniciativa dinamitadora del ideal filosófico que la enseñanza universitaria debería alentar; esto es, el de regir nuestras conductas y, en general, nuestras vidas, no exclusivamente por los sentimientos, las emociones, los prejuicios o las pasiones, sino por la racionalidad, atributo privativo de nuestra especie. La filosofía nos enseña a tener criterio propio, a no dejarnos engañar por los cantos de sirena de unos y otros, y el conocimiento en general nos hace sabios como para ello.
Pero este ideal, vigente desde la Ilustración o incluso desde antes, desde el humanismo renacentista, está cediendo terreno al razonamiento emocional, formulado por David D. Burns en su obra de 1980 Feeling good: the new mood therapy.

A la RAE se la acusa una y otra vez de agraviar a individuos o grupos simplemente por incluir palabras consideradas ofensivas por ellos, palabras que existen en el uso del idioma y están ampliamente documentadas por escrito o, incluso, través de testimonios orales. Palabras que la Academia, por lo tanto, no ha inventado, sino simplemente recogido de la lengua soberana, creada y utilizada por los hablantes; palabras que, por supuesto, los académicos no jaleamos ni promocionamos.
Semejantes acusaciones van acompañadas implícitamente de una exigencia que nunca se podría aceptar: censurar el diccionario. Tal cosa representaría su destrucción. Pues siempre podría haber una persona que pusiera su obstat a un determinado vocablo por puras razones subjetivas. Emocionales. La gran pregunta es inexcusable: ¿dónde se pondría el límite a los expurgos a instancia de parte? ¿Quién estaría autorizado para imponer su criterio inquisitorial? ¿Qué fundamento le sería exigible, o tan solo bastaría con su apreciación o valoración personal de la palabra reprobable y de su perniciosa incidencia en la sociedad?.

No deja de sorprender por qué no surjen fisuras en la alianza entre el pensamiento feminista y el multiculturalismo más radical a la hora de denunciar como una agresión a la visibilidad de la mujer el uso del masculino genérico y no se repare, por el contrario, en prácticas plenamente vigentes todavía en muchos lugares del mundo como la ablación del clítoris, los matrimonios a la fuerza, el repudio, la poligamia (y no poliandria), la sumisión total de las muchachas a la férula del padre, los hermanos o el marido, el burka (la invisibilidad física), los certificados de virginidad, etc. Muchas de esas sevicias obedecen a los principios arraigados en sociedades donde no existe separación entre Iglesia y Estado, el laicismo es considerado un sacrilegio y la dialéctica del yo y el otro mencionada por Braidotti implica la contraposición violenta entre fieles e infieles.
En estas latitudes, el lenguaje no representa nada en contra de la dignidad de la mujer ni contribuye a coartar sus libertades y derechos, prácticamente inexistentes.

La post-truth se nutre básicamente de las llamadas fake news, nuestros bulos, falsedades difundidas a propósito para desinformar a la ciudadanía con el designio de obtener réditos económicos o políticos.
Muy famoso se ha hecho, a este respecto, el argumento de una funcionaria de la Casa Blanca, que desautorizaba las críticas generalizadas que provocó la declaración del portavoz del presidente Trump en el sentido de que su toma de posesión había sido la más concurrida de la historia.
Los numerosos ensayistas que, sobre todo en el mundo anglosajón, se han venido ocupando de este asunto coinciden en destacar tres vectores interpretativos —económico y político el primero; comunicativo el segundo; psicológico el tercero— que ayudan a comprender mejor el entramado de la posverdad.
Lies Incorporated sería, pues, según Ari Rabin-Havt «the business of inventing and disseminating lies», una industria dedicada a la creación de mentiras, cuyas acciones están en manos de gobernantes y empresarios que pagan a una plantilla de periodistas y comunicadores para distorsionar procesos políticos y manipular la opinión pública, tarea en la que cuentan también con los lobistas, eficaces agentes en este world of post-truth politics» creador de una cultura en la que «la victoria ideológica, no el progreso, es el último objetivo».
Una última expresión de la pervivencia de las prácticas propias de Lies Inc. es la campaña contra el vínculo entre la proliferación de armas en manos de particulares y los índices de criminalidad. John Lott, del American Enterprise Institute, profesor de Chicago, Yale y Wharton, publicó en 1998 su libro More Guns, Less Crime, que fue publicitado en Internet con el apoyo de una exalumna del autor, llamada Mary Rosh, que lo admiraba como el mejor docente que nunca había tenido. Pero finalmente el propio Lott reconoció que Mary no existía, sino que era una invención propagandística.
Un segundo vector de la posverdad, de enorme trascendencia, tiene que ver con la poderosa irrupción de inéditos medios de comunicación proporcionados por las nuevas tecnologías, que han producido el declive de la prensa y las grandes cadenas de radio y televisión no solo en términos comerciales, sino también en cuanto a credibilidad. El problema está en que estos nuevos medios sociales influyen más, pero carecen del control profesional de la información, de objetividad y de toda deontología.
En consecuencia, es fácil concluir que la activación de esos marcos mentales de los ciudadanos a favor de propuestas políticas concretas es hoy en día fundamental en nuestras democracias (o ¿quizás posdemocracias? Vuelvo sobre ello en un próximo capítulo). Los electores votan desde sus sesgos y marcos, y no solo por el ejercicio consciente de la razón. El éxito de un determinado partido depende, pues, en gran medida de su capacidad para adecuar sus propuestas a aquellas pulsiones que están latentes entre los votantes, pero que se pueden activar si se ponen en juego estrategias perfectamente estudiadas para ello.

En gran medida, pues, las fronteras de la nueva semiosis coinciden con las fronteras entre realidad y ficción. Entre la verdad y lo falso (fake).Y el futuro semiológico de la realidad dependerá de la retórica y de la ética del demiurgo que puede crearla —no reproducirla— mediante los poderosos signos que están a su disposición y los nuevos instrumentos tecnológicos listos para desparramarlos poderosamente por toda la aldea global.

La posverdad y la corrección política se han instalado con descaro en nuestra sociedad y en su cultura política. No ha ocurrido tal cosa por casualidad, sino por la confluencia en el último medio siglo de una serie de factores, muchos de ellos detectables ya con anterioridad pero que han cuajado en la llamada posmodernidad. Esta vendría a representar la destrucción, desde varios frentes, del legado de la modernidad que nos dejaron los «apacibles legisladores de la razón», según la atinada frase de Alain Finkielkraut que me gustaría hacer mía.
Desvelar las patrañas seudocientíficas equivalentes, como las fake news, a los billetes falsosque, sin embargo, al amparo de la posmodernidad, consiguen expulsar del mercado intelectual y académico la moneda de curso legal cuya banca emisora es el «pensamiento fuerte».
En definitiva, estamos ante un estrepitoso ejemplo de fraude —de fake— asumido —y consumido— por una comunidad académica deslumbrada por los malabarismos y fuegos de artificio de la «French Theory», según documentó François Cusset y Alan Sokal ridiculizó mediante una añagaza a la que se vio obligado, porque decir y demostrar rectamente que el rey estaba desnudo no era posible dada la impenetrabilidad del sistema ante una crítica que lo ponía en evidencia.

Conclusión posmoderna: la Ilustración, lejos de representar el gran momento del triunfo de la razón y el alba de un nuevo régimen basado en la libertad y la igualdad, fue el caballo de Troya de una interpretación hegemónica y eurocéntrica de la historia, que, so capa del mito del progreso, en realidad dio alas al colonialismo, el imperialismo y la explotación.
Sobran muestras de cómo la corrección política produce monstruos verbales, semánticos, gramaticales e incluso ortográficos. Algunos, incluso han aflorado, igual que lo habían hecho en los anteriores. Cuando nos topamos con ellos no sufren nuestra sensibilidad, nuestras ideas o nuestras convicciones personales. Quien pone el grito en el cielo es nuestro sentido común lingüístico.

Esta «superioridad moral coactiva» ha generado en los Estados Unidos un neologismo, woke, cuya raíz está en el verbo despertar, con el que se designa a alguien que se siente algo así como renacido por su entrega de neófito fundamentalista hacia causas que los otros, paganos indignos, no atendemos con suficiente eficacia y convicción.
Esa potencialidad adivinatoria y profética de lo que podría venir en el futuro, la gran virtud de las mejores distopías, se manifiesta de nuevo en el vaticinio de los «espacios seguros» que hoy se están extendiendo en las universidades.
La última noticia de esta nueva variante de Inquisición —¿posinquisición?— me llega cuando estoy terminando de escribir mi libro, en octubre de 2020. En la universidad escocesa de Edimburgo ha cuajado la iniciativa, en la onda del movimiento norteamericano del Black Lives Matter, de retirarle los honores académicos que se le hubiesen concedido al filósofo David Hume por racista, sobre la base de algunas líneas de su ensayo Of National Characters. La universidad de su ciudad natal, en la que nació en 1711 y falleció en 1776, lo rechazó en 1744 como titular de una «cátedra de moral y filosofia pneumática» porque sus ideas eran religiosamente incorrectas, a lo que el filósofo respondió con su famosa Carta de un caballero a su amigo de Edimburgo. Emblema de la purga de ahora fue también, como en Washington D. C., un cambio del nombre de un edificio, en este caso la David Hume Tower, medida que el rectorado justificó por la violencia de «pedir a los estudiantes que utilicen un edificio que lleva el nombre del filósofo del siglo XVIII cuyos comentarios sobre cuestiones raciales, aunque no eran infrecuentes en ese momento, hoy provocan angustia». El campus de Edimburgo, safe space.

La neolengua es el idioma oficial de Oceanía, la potencia fundamentalmente anglosajona formada por las islas británicas, toda América, Australia y Nueva Zelanda y el sur de África, en perenne guerra alternativa con Eurasia, suma de la Unión Soviética y la Europa continental, y Asia Oriental con China, Japón y Corea. También se emplea allí el inglés como «lingua franca». Pero el designio del Gran Hermano es darle su forma final al idioma en proceso de construcción para que se convierta en la lengua única. Y ese proceso, que concluirá con la undécima edición del Diccionario de neolengua, que será la definitiva, se basa en la simplificación: no inventar palabras, sino destruirlas. Podar el idioma para dejarlo en los huesos. Así, por ejemplo, todo lo relativo a la bondad se expresaría en seis palabras. Sus compañeros lexicógrafos critican a Winston porque prefiere el viejo idioma «con toda su vaguedad y sus inútiles matices de significado». «No sientes la belleza de la destrucción de las palabras», le dicen.
Cada año habrá menos vocablos y en consecuencia el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño, con lo cual desaparecerá el «crimen de pensamiento» o thought-crime (traduciríamos por «crimental») cometido por los «caracrimen» (facecrime), así denominados porque en su rostro muestran su desafección, por caso, al Gran Hermano. Y la ortodoxia exige no pensar, no sentir la necesidad del pensamiento. Es la inconsciencia.
En pocas palabras: asistimos a la distorsión sistemática y programada de la realidad. El infoapocalipsis. Un video ya no volverá a ser prueba de nada que se podría suponer que había ocurrido porque las imágenes así lo confirmaban.

En relación ahora con lo políticamente correcto me parece mucho más complicado responder a la pregunta del Cui prodest?; de quién saca el provecho. Admito la posibilidad de que en algunos casos sea el propio poder establecido el que asume los mismos objetivos, dando con ello lugar a un ejercicio censorial «posdemocrático» (si se me permite la expresión); y asumo asimismo la evidencia de que la sociedad civil por propia definición no posee una entidad singular, institucionalizada y organizada en un sistema de poder (aunque la esfera pública lo ejerza a su modo). Pero en este terreno movedizo de lo políticamente correcto, me parece forzoso reconocer que son muchas manos las que mecen la cuna (y no digamos, las que podrían sumarse a la tarea). Las distintas minorías, los multiculturalistas, los poshumanistas, los que se consideran a sí mismos víctimas o marginados. Pero también los deshijados, los que se sienten ultrajados por el significado de su apellido, los que no soportan los adverbios en mente, o los que denuncian que la sustancia del adjetivo racional es ofensiva hacia los seres irracionales.

———————-

In our globalized “information society” disinformation has been installed hand in hand with two symptomatic phenomena of our time: political correctness and post-truth, contemporary manifestations of the bankruptcy of rationality and stupidity.

The book is not easy to read, it is full of references to other authors and most of them untranslated quotes, the exhibition is very academic, however, if you overcome these small obstacles, its reading is enlightening. That a former director of the RAE *, linguistics expert, literary critic, university rector explain to you in a reasoned and reasoned way the traps that are set for us by manipulating language is a privilege.
He comes to explain why we became idiots. How a ridiculous French philosophical theory, that of structuralism and deconstruction, was turned in American universities into a new inquisition: political correctness. And how the European left, exhausted and defeated by history the class struggle, uses it for political upheaval. And so all dumb, dumb and dumb. The book is full of documentation. The exhibition, perfect.
It clearly illustrates the new forms of control and domination that certain groups of individuals seek to exercise over the rest of society. Historically, the human being, if he was powerful enough, has always tried to impose his ideas and his methods on others. In recent times, scientific progress and reason seemed to be able to hinder it, but this book shows us how, now again, they try again to do the same but from purely emotional approaches, of moral superiority and support for the weakest, that confuse the rest of society and try to get their complicity and avoid any possible criticism.
It is an authentic pillar on which we can lean without fear of being defeated, or anguished, which also, due to the scandalous media noise and the incomprehensible emptiness of truthful and dispassionate explanations that we have about the shouting that surrounds us, a harsh reality in the that we are immersed.
It will seem to many critics that political correctness serves him as a perfect, omni-responsible, black straw man without a droplet of whiteness, with no single mention of crowds to whom this method of thinking helped to be heard, seen, recognized. Villanueva therefore shows that no amount of academic education can camouflage toxic privilege. Then the debate will be ready.

For the Canadian thinker Marshall McLuhan, the history of our civilization comprised, fundamentally, three stages: the second was precisely that established with the invention of the printing press, when it broke with the previous tradition in which the oral word was predominant. The Gutenberian machine, by facilitating the individualized reading of texts, produces a social disconnection, an appropriation by each subject of the knowledge that the writing treasures. This period of the “galaxy” defined by McLuhan in his famous 1962 book, which he calls “modern,” subsequently gives rise to the contemporary period, which arises when technology allows the transmission of messages over the airwaves, in connection with electronic innovations. This new galaxy of the transmission of sound, and even of the image through the ether, was supposed to wipe out the previous galaxy, so that books and writing were destined to become the remnants of a bygone age. In this key, the past would be, for our purposes, traditional writing, literature and journalism, and the future would be audiovisual communication.
The curious thing about the case, in the theory of Marshall McLuhan, is that with this great technological advance of radio, television and the audiovisual mass media through the airwaves there is a return to pre-modern situations; That is to say, once again the oral word is imposed on the written word, and again the reception of the messages, instead of being individualized, reflective and rationalized by each subject, is done in a collective way, which allows phenomena of suggestion universal with which we reach that state of what is macluhianly called “global village.” In other words, there is a very profound paradox made possible by a society where the media are produced in terms substantially comparable to those of very archaic times, but with all the advances of modern technology.

Tom Nichols, notices the authentic campaign against knowledge established from reliable sources, born from science and the testimony of experts, a vice that is not a last minute novelty, as we will see in later chapters, but has been marked as such a campaign by milestones programmed at the service of politics and economic interests, very close in their strategies and objectives to those that are typical of post-truth.
The current exacerbation of science denialism, scientific denialism that tries to disprove theories that demonstrate climate change, the incidence of tobacco in cancer, the efficacy of vaccines or even the very existence of the pandemic caused by the coronavirus has evidently much to do with the democratizing proliferation of information through the Internet, with the empowerment of citizens with no greater educational and intellectual qualification than the one they grant themselves, and with the self-conscious – if not aggressive – disdain towards the competition of who dedicate their lives to the rigorous acquisition of knowledge to fully understand the complexity of our realities. Nichols does not hide the link between this rebellion against the wise men, treated as a despicable elitist sect, and political upheavals such as the accession of Donald Trump to the presidency of the United States and the spread of populisms.

The political correctness, exacerbated, has recently given rise to the so-called safe (or safer) spaces. They consist of a dynamiting initiative of the philosophical ideal that university education should encourage; that is, to govern our behaviors and, in general, our lives, not exclusively by feelings, emotions, prejudices or passions, but by rationality, a unique attribute of our species. Philosophy teaches us to have our own criteria, not to be fooled by the siren songs of each other, and knowledge in general makes us wise enough to do so.
But this ideal, in force since the Enlightenment or even earlier, since Renaissance humanism, is giving way to emotional reasoning, formulated by David D. Burns in his 1980 work Feeling good: the new mood therapy.

RAE is accused time and again of offending individuals or groups simply by including words considered offensive by them, words that exist in the use of the language and are widely documented in writing or even through oral testimony. Words that the Academy, therefore, has not invented, but simply collected from the sovereign language, created and used by the speakers; words that, of course, academics do not cheer or promote.
Such accusations are implicitly accompanied by a demand that could never be accepted: censoring the dictionary. Such a thing would represent their destruction. Well, there could always be a person who put his obstat to a certain word for purely subjective reasons. Emotional The big question is inexcusable: where would the limit be placed on expungements at the request of the party? Who would be authorized to impose its inquisitorial criteria? What foundation would be required of him, or would it only be enough with his personal appreciation or assessment of the reprehensible word and its pernicious impact on society?

It never ceases to amaze why there are no cracks in the alliance between feminist thought and the most radical multiculturalism when it comes to denouncing the use of the generic masculine as an assault on the visibility of women and, on the contrary, it is not repaired in practices that are still fully in force in many parts of the world, such as clitoral excision, forced marriages, repudiation, polygamy (and not polyandry), the total submission of girls to the support of their father, brothers or husband, the burqa (physical invisibility), virginity certificates, etc. Many of these brutalities obey the principles rooted in societies where there is no separation between Church and State, secularism is considered a sacrilege and the dialectic of the self and the other mentioned by Braidotti implies the violent opposition between the faithful and the infidels.
In these latitudes, language does not represent anything against the dignity of women nor does it contribute to restricting their freedoms and rights, which are practically non-existent.

The post-truth is basically nourished by the so-called fake news, our hoaxes, falsehoods spread on purpose to misinform the public in order to obtain economic or political profits.
The argument of a White House official has become very famous in this regard, who disproved the widespread criticism provoked by the statement by President Trump’s spokesperson that his inauguration had been the most attended of the history.
The numerous essayists who, especially in the Anglo-Saxon world, have been dealing with this issue coincide in highlighting three interpretive vectors — the first economic and political; communicative the second; psychological the third — which help to better understand the fabric of post-truth.
Lies Incorporated would be, then, according to Ari Rabin-Havt “the business of inventing and disseminating lies”, an industry dedicated to the creation of lies, whose actions are in the hands of leaders and businessmen who pay a staff of journalists and communicators to distort political processes and manipulating public opinion, a task in which they also count on lobbyists, effective agents in this world of post-truth politics »creator of a culture in which« ideological victory, not progress, is the ultimate goal » .
A final expression of the survival of Lies Inc.’s own practices is the campaign against the link between the proliferation of weapons in the hands of individuals and crime rates. John Lott of the American Enterprise Institute, a professor at Chicago, Yale and Wharton, published in 1998 his book More Guns, Less Crime, which was publicized on the Internet with the support of a former student of the author, named Mary Rosh, who admired him as the best teacher ever. But finally Lott himself recognized that Mary did not exist, but was a propaganda invention.
A second vector of post-truth, of enormous importance, has to do with the powerful irruption of unprecedented means of communication provided by new technologies, which have caused the decline of the press and the large radio and television networks not only in commercial terms. , but also in terms of credibility. The problem is that these new social media have more influence, but they lack professional control of the information, objectivity and all deontology.
Consequently, it is easy to conclude that the activation of these mental frames of the citizens in favor of concrete political proposals is today fundamental in our democracies (or perhaps post-democracies? I will return to this in a next chapter). Voters vote from their biases and frames, and not just through the conscious exercise of reason. The success of a certain party therefore depends to a large extent on its ability to adapt its proposals to those drives that are latent among voters, but that can be activated if perfectly studied strategies are put into play.

To a large extent, then, the borders of the new semiosis coincide with the borders between reality and fiction. Between the truth and the false (fake). And the semiological future of reality will depend on the rhetoric and ethics of the demiurge who can create it – not reproduce it – through the powerful signs that are at his disposal and the new technological instruments ready to do so. powerfully spread them throughout the global village.

Post-truth and political correctness have brazenly installed themselves in our society and its political culture. This has not happened by chance, but by the confluence in the last half century of a series of factors, many of them detectable beforehand but which have come together in the so-called postmodernity. This would come to represent the destruction, from various fronts, of the legacy of modernity that the “gentle legislators of reason” left us, in the apt phrase of Alain Finkielkraut that I would like to make my own.
Reveal the pseudoscientific hoaxes equivalent, such as fake news, to counterfeit bills that, however, under the protection of postmodernity, manage to expel from the intellectual and academic market the legal tender whose issuing bank is “strong thinking.”
In short, we are facing a resounding example of fraud – of fake – assumed – and consumed – by an academic community dazzled by the juggling and fireworks of the “French Theory”, as documented by François Cusset and Alan Sokal ridiculed through a trick to the one that was forced, because to say and to demonstrate correctly that the king was naked was not possible given the impenetrability of the system before a critic that put it in evidence.

Postmodern conclusion: the Enlightenment, far from representing the great moment of the triumph of reason and the dawn of a new regime based on freedom and equality, was the Trojan horse of a hegemonic and Eurocentric interpretation of history, which, so cloak of the myth of progress, it actually gave wings to colonialism, imperialism and exploitation.
There are plenty of samples of how political correctness produces verbal, semantic, grammatical and even spelling monsters. Some have even surfaced, just as they had in the previous ones. When we come across them, our sensitivity, our ideas or our personal convictions do not suffer. Who raises the cry in the sky is our linguistic common sense.

This “coercive moral superiority” has generated in the United States a neologism, woke, whose root is in the verb awakening, with which it designates someone who feels something like reborn because of his dedication as a fundamentalist neophyte towards causes that others do. Unworthy pagans, we do not serve with sufficient efficiency and conviction.
This divinatory and prophetic potentiality of what could come in the future, the great virtue of the best dystopias, is manifested again in the prediction of the “safe spaces” that are now spreading in universities.
The latest news of this new variant of the Inquisition —posinquisition? – comes to me when I am finishing writing my book, in October 2020. At the Scottish University of Edinburgh the initiative has caught on, in the wave of the North American movement of Black Lives Matter , to withdraw the academic honors that had been awarded to the philosopher David Hume for being a racist, on the basis of some lines from his essay Of National Characters. The university in his native city, where he was born in 1711 and died in 1776, rejected him in 1744 as the holder of a “chair of moral and pneumatic philosophy” because his ideas were religiously incorrect, to which the philosopher responded with his famous Letter from a gentleman to his friend in Edinburgh. Emblem of the purge of today was also, as in Washington DC, a change of the name of a building, in this case the David Hume Tower, a measure that the rector justified by the violence of “asking students to use a building that carries the name of the eighteenth-century philosopher whose comments on racial issues, while not uncommon at the time, today cause anguish. ‘ Edinburgh campus, safe space.

Newspeak is the official language of Oceania, the fundamentally Anglo-Saxon power made up of the British Isles, all of America, Australia and New Zealand and southern Africa, in a perennial alternative war with Eurasia, the sum of the Soviet Union and continental Europe, and East Asia with China, Japan and Korea. English is also used there as a ‘lingua franca’. But Big Brother’s design is to give the language under construction its final shape so that it becomes the only language. And that process, which will conclude with the eleventh edition of the Newspeak Dictionary, which will be the final one, is based on simplification: not inventing words, but destroying them. Prune the language to leave it in the bones. Thus, for example, everything related to goodness would be expressed in six words. His fellow lexicographers criticize Winston because he prefers the old language “with all its vagueness and useless nuances of meaning.” “You do not feel the beauty of the destruction of words,” they tell him.
Each year there will be fewer words and consequently the radius of action of the conscience will be smaller and smaller, with which the “crime of thought” or thought-crime (we would translate as “crimental”) committed by the “facecrime” will disappear. ), so called because on their faces they show their disaffection, for example, to Big Brother. And orthodoxy demands not thinking, not feeling the need for thought. It is unconsciousness.
In short: we are witnessing the systematic and programmed distortion of reality. The info-apocalypse. A video will no longer be proof of anything that could be assumed to have occurred because the images confirmed it.

In relation to what is politically correct now, it seems much more complicated to answer the question of the Cui prodest ?; who is profiting from. I admit the possibility that in some cases it is the established power itself that assumes the same objectives, thereby giving rise to a “post-democratic” censorial exercise (if the expression may be permitted); and I also assume the evidence that civil society by its own definition does not possess a singular entity, institutionalized and organized in a system of power (although the public sphere exercises it in its own way). But in this shifting terrain of political correctness, it seems to me necessary to recognize that there are many hands that rock the cradle (and let alone, those that could add to the task). The different minorities, the multiculturalists, the post-humanists, those who consider themselves victims or marginalized. But also the deshijados, those who feel outraged by the meaning of their surname, those who do not bear adverbs in mind, or those who denounce that the substance of the rational adjective is offensive towards irrational beings.

*RAE is the Spanish academy about Language.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .