La Guerra De España: Reconciliar A Los Vivos Y Los Muertos — Jean-Pierre Barou / La Guerre d’Espagne Ne Fait Que Commencer by Jean-Pierre Barou

Algunos lectores dirán que es decepcionante, les parecerá muy desarticulado y eso es lo que me atrae del breve libro.

En enero de 1933, cuando da comienzo este relato, Casas Viejas es un pueblo de dos mil habitantes ubicado en el corazón de la Sierra de Cádiz, en Andalucía, una tierra de tonos ocres en otoño y cenagosa en invierno. El cielo está nublado y las horas pasan deprisa. Casas Viejas entró en la historia planteando un enigma, un eclipse, un agujero negro. Pero eso mismo era España en vísperas de su Guerra Civil. Muchos pueblos desconocidos se agitan, siembran el caos y se revuelven desde hace meses en Andalucía, Extremadura y Asturias. Pero el que más dio que hablar fue Casas Viejas: provocó la caída de un gobierno republicano sólido y turbó a generales curtidos en el campo de batalla, que encontrarán allí una razón más para sublevarse.
En 1931 la Iglesia aún puede argumentar que su enseñanza, con independencia de su carácter religioso, es técnicamente superior a la de las escuelas públicas, y también puede recordar que ha sido durante mucho tiempo el sostén de una nación atormentada por los separatismos vasco, catalán e incluso gallego. La instauración de una república reactiva inevitablemente estas tendencias a la autonomía: el pueblo puede expresarse de manera directa a través de referendos, como —ya entonces— reclaman en Cataluña. A esto se añade, además, la segunda herida: el espinoso asunto del ejército. Entre 1814 y 1923 hubo nada menos que cuarenta y tres pronunciamientos militares (golpes de Estado) con o sin éxito, siendo el último el del general Primo de Rivera en 1923, un intento de salvar la agonizante monarquía de Alfonso XIII. El riesgo de un pronunciamiento seguía pues latente.
La cuestión agraria, ya que el país sufre increíbles injusticias en un ámbito que debería ser su punto fuerte, siendo por entonces España una tierra ante todo agrícola. Cuando se instaura la República en abril de 1931, dos millones de campesinos no tienen tierras, mientras que cincuenta mil propietarios poseen la mitad del suelo español. Por tanto, es una prioridad expropiar a aquellos que, sobre todo en Andalucía y Extremadura, llegan al extremo de dejar tierras explotables en barbecho mientras la miseria campa por doquier. La mayoría de los parlamentarios están de acuerdo en este punto. Tanto es así que la República crea un instituto agrícola —el Instituto de Reforma Agraria— que se encargará de expropiar terrenos con más de veintidós hectáreas sin cultivar a cambio de una indemnización. Las tierras, una vez adquiridas por el Gobierno, serían redistribuidas entre los trabajadores agrícolas, los «sintierra».
Casas Viejas, Castilblanco, Arnedo… Todos estos conflictos imprevistos terminarán de encender la mecha. Todos ellos estallan y degeneran en revueltas sanguinarias, y dejan ver la impaciencia del medio agrario, que no quiere esperar a las reformas anunciadas. En ellos se aprecia la actuación de las fuerzas anarquistas. Ellos son la cuarta herida, aunque bien podríamos decir también que son la primera. Recordemos que España es la tierra predilecta del anarquismo, como Camus recordará en 1946 con estas palabras: «El único país en el que la anarquía pudo constituirse en un bando poderoso y organizado». Los anarquistas no se presentaron a las elecciones de abril de 1931, aunque la cuestión central fuera aquella república esperada desde hacía décadas y que liderará la generación de Manuel Azaña.

En enero de 1932, tienen lugar los sucesos de Arnedo, en La Rioja. La obra La república en la plaza: Los sucesos de Arnedo de 1932, de Carlos Gil Andrés, publicada en 2002, estudia lo sucedido. En esta localidad, el desenlace fue diferente. El 5 de enero de 1932 estalla una huelga en una fábrica de zapatos como protesta contra los despidos abusivos y por otras razones políticas. Un guardia golpea a una chica de quince años, la multitud ruge, un guardia resulta herido y se responde con tres salvas de disparos contra los manifestantes. Once muertos y treinta heridos en total de acuerdo con el libro citado. Sanjurjo hace suya la masacre, como si la hubiera estado esperando para vengarse de Castilblanco: Azaña lo destituye de su puesto al frente de los Carabineros.
Castilblanco, Arnedo… El periódico anarquista CNT, de la muy influyente Confederación Nacional del Trabajo, añadirá un tercer pueblo a esta lista: Casas Viejas. ¡Y añadamos nosotros a Lorca!
¡Él simplemente surgió! Él, el poeta que Mann solicita en «España». «¿Cómo podría el poeta abstraerse, si su naturaleza y su destino lo han colocado en el lugar más expuesto de la historia de la humanidad?». Lorca adapta Fuenteovejuna con la intención de abordar el problema político que plantean los conflictos que traen a todo el mundo de cabeza. En 1932 crea una compañía de teatro, La Barraca, en el marco de las Misiones Pedagógicas, un organismo creado por la nueva República para difundir la cultura en el medio popular. La Barraca es un teatro universitario itinerante —su consejo de administración está compuesto por estudiantes— y Lorca es el director artístico.

Aquel año de 1933 Casas Viejas se convirtió en un lugar salvaje, desconectado del mundo. Patrullas armadas con escopetas de caza para rechazar a los posibles agresores, carreteras cortadas por fosas cavadas a tal efecto. El camión de correos que venía de Medina Sidonia tuvo que dar media vuelta por la mañana, había clavos sobre la calzada de la calle Nueva, postes telegráficos cortados para que ningún mensaje pudiera llegar ni salir, locales municipales sin su clientela habitual, con este temor en el cuerpo: que el registro de propiedad de las tierras no estaba allí, sino en Medina Sidonia, a diecinueve kilómetros. Nadie importante estaba amenazado. Ni el alcalde, Juan Bascuñana Escudillo, ni los Vila —aunque uno de ellos lo estaría más tarde—, ni los Espina, antiguos médicos convertidos en terratenientes, ni el nuevo cura, Andrés Vera, llegado de Gibraltar el año anterior con la palabra «abismal» en los labios, cuando descubrió el alcance de la miseria del pueblo, que afectaba a casi a todos sus habitantes. Sí, también esos tres mil cartuchos de caza, esos dos kilos de pólvora negra, esas balas, esos percutores alegremente requisados a un comerciante que proveía a los cazadores con licencia. Todo ocurrió en la noche del 11 de enero de 1933.
Llegó el alba, la del miércoles 12, un alba terrible, amañada, falseada, cuya verdad no saldrá a la luz hasta 2006 con la publicación del libro de Mintz en España. Demasiado tarde para conmover ya a nadie.
Casas Viejas no respetó el desarrollo previsto, el que se había elaborado en secreto unos días antes en Jerez de la Frontera en presencia de Buenaventura Durruti, el conocido anarquista que había llegado desde Barcelona expresamente para idear el plan, según su biógrafo Abel Paz. Porque el plan tenía que cumplirse a escala nacional, naturalmente con los anarquistas a la cabeza de la insurrección. José García Pérez, alias «Germinal», se lo confirmó al propio Mintz: «La convicción general y absoluta era que se libraría con éxito la batalla más deslumbrante contra el monstruo de todas las discordias: el Estado y la burguesía». El escenario se iría construyendo poco a poco. Primero, una carga de explosivos dejaría sin luz a Jerez de la Frontera. Se debatió sobre si dejar sin agua las turbinas de las centrales o seccionar los cables de alimentación con explosivos. Después, Medina Sidonia encendería dos fogatas en un alto esa misma noche para dar la alerta a Casas Viejas. ¡El eje Jerez-Medina Sidonia-Casas Viejas azotaría toda la provincia de Cádiz! Pero todo esto solo sería posible si tenía éxito la insurrección de Barcelona del 8 de enero, algo que cabía esperar teniendo en cuenta que la capital catalana albergaba trescientos cincuenta mil adheridos a la CNT, aunque la cifra resulte difícil de verificar. Sin embargo, en Barcelona todo se vino abajo desde el mediodía. Los sublevados contaban con el apoyo de la huelga del sector ferroviario para inmovilizar a las fuerzas del orden, pero los ferroviarios se dejaron seducir por la oferta de un aumento de media peseta al día, en lugar de las tres que reclamaban. Eso bastó para que los trenes circularan con normalidad y la mañana del 11 de enero se apease en la estación de Jerez una compañía de noventa guardias de asalto provenientes de Madrid, con las botas bien ceñidas, a las órdenes del capitán Manuel Rojas. Barcelona, pues, había sido amordazada, Jerez se mantenía en calma y Medina Sidonia callaba. Pero en Casas Viejas…
No ha de sorprender que los responsables políticos y los jefes militares de España no fueran capaces de detectar, identificar o imaginar esa conciencia en acción entre los obreros y los campesinos. Tanto Azaña como sus ministros, los periodistas, los escritores y los historiadores que se fiaron del testimonio de todos los anteriores, sin mala fe por su parte, asumieron la teoría del «instigador». Para ellos, aquellos «pordioseros» no eran capaces de pensar por sí mismos, había que guiarlos. Algunos en Madrid llegaron a imaginar un complot orquestado por la derecha para derrocar a Azaña. Para los oficiales formados en la severa escuela militar de Toledo…

Franco observa los sucesos de Casas Viejas con ojos atentos y desconfiados. Desde su llamada a la sublevación el 18 de julio de 1936, su voz lastimera ha ido asociando los disturbios de los pueblos del sur con dos insurrecciones en el norte de España que, más aún para él, han puesto en peligro la unidad nacional en octubre de 1934: «la revolución de Asturias», tan rebelde, la que tanta admiración suscitó en Camus, y, aunque de menor alcance, el «separatismo catalán». Para él no hay duda: estas últimas son una amplificación de los disturbios de los meses anteriores, principalmente el de Casas Viejas.
La rebelión en Asturias será la primera obra de Albert Camus. Para él, constituye «un ejemplo de fuerza y de grandeza humanas».
Después de Asturias vendrá la llamada de atención contra los centros instructivos obreros, el amor libre, Ibsen… ¡Ya! La Guardia Civil quema las bibliotecas de los centros. Se encañona a los que se niegan a cerrarlos. Los propietarios reducen los salarios de los jornaleros, vuelven a dejar las tierras en barbecho a propósito y agravan la hambruna. Se toman treinta mil prisioneros políticos: entre ellos, al catalán Lluís Companys, al socialista Largo Caballero…
Muchas cosas han cambiado desde la visita de Gide a Moscú en junio de 1936. Lo que le había preocupado —la falta de movilización por parte de Rusia— se corrigió el 18 de septiembre de 1936 en el Kremlin. Stalin creó ese día las Brigadas Internacionales. Serían treinta y cinco mil voluntarios los que irían a España, la mayoría de origen proletario, originarios de cincuenta países, principalmente de Francia. Añadió a ese contingente humano aviones, tanques y cañones pagados con las reservas de oro del Banco de España. El transporte de los lingotes fue escoltado por la marina española o por barcos de países aliados de Rusia. Recordemos aquí la ocurrencia de un agente soviético: «Si todas las cajas de oro estuvieran dispuestas de lado a lado de la Plaza Roja, ¡la cruzarían entera!». Stalin lo ha decidido: quiere devorar las democracias, pero con prudencia, sin que Francia ni Inglaterra, tan susceptibles, puedan asustarse: dicho de otra manera, apoyará los frentes populares y después los utilizará como caballos de Troya. Las directrices de Moscú hablarán siempre de silenciar la noción de dictadura del proletariado y la creación de sóviets, esas estructuras de producción controladas por el Partido, para poner en valor, por el contrario, la alianza entre la pequeña burguesía, los campesinos y los intelectuales para ganar juntos la guerra al fascismo; después ya se acabará con esos socialdemócratas en beneficio de la revolución bolchevique. Queriendo hacer las dos al mismo tiempo, la guerra y la revolución.
El «terror rojo» controlará todo el aparato militar y represivo. Cuevas, un comunista, es nombrado director general de la Seguridad. Hidalgo de Cisneros se convierte en comandante en jefe del Ejército del Aire; Prados, en jefe del Estado Mayor de la Marina… Este terror tendrá prisiones como las moscovitas, en las que uno se vuelve loco, con celdas en forma de esfera y con paredes negras. El 21 de septiembre de 1937, cañones y tanques participan en el asalto a la sede del comité de defensa CNT-FAI, que es derrotado por las fuerzas del orden tras varias horas de combate.
De este modo el «terror rojo» duplica el «terror blanco».

Matemáticamente, salvar a Hitler es salvar a Franco. Pues si los acuerdos de Múnich no se hubieran firmado, Hitler habría comenzado una guerra para apropiarse de los Sudetes. Para hacerlo, debería haber recuperado su Legión Cóndor, desplegada en España; y Mussolini tendría que haber trasladado a sus soldados de infantería de élite, comprometidos en España, a este nuevo frente. Sin estas fuerzas extranjeras Franco probablemente habría perdido la batalla del Ebro y el escenario de la guerra española habría terminado a favor de la República, especialmente porque Hitler, como profetizó el jefe del estado mayor francés Gamelin, hubiera perdido su guerra. Pero las «democracias» lo salvan de nuevo. Un último ingrediente aparece entonces, como si no se hubiese manifestado hasta entonces, como si, sin él, la demostración hiciese aguas.
El valle del Ebro es uno de los pocos lugares donde el recuerdo sigue vivo con mucha fuerza. Con la colina 705 por catedral y, a modo de plebe, esos museos sin guía, esos pueblos sin turistas ni monumentos que visitar. La memoria persiste sin la llamada dimensión «histórica». Celebra —de incógnito— a un pueblo que se lanzó a la guerra sin grandes medios militares, pero rico en ideales —en «locura», diría Cervantes—, que hizo frente, a la vez, a la hipocresía de Inglaterra y Francia, las democracias capitalistas, a la suspicacia visceral de Stalin, al odio de Hitler, de Mussolini y de Franco, y hasta a esos banqueros que contaron sus beneficios sobre las estelas de las tumbas. En la delicada hora en que España habría podido vencer, y quizá acabar con la «Segunda Guerra Mundial», que Camus consideraba que había empezado el 18 de julio de 1936 y a la que nunca puso fecha final, sin duda se cometió un crimen que desafía las etiquetas y revela la implicación de todas las fuerzas políticas de la época. Digámoslo: esas fuerzas allí reunidas presintieron una humanidad indómita como los perros huelen a su presa. Esta es la revelación del Ebro: que en el corazón de la metralla, en esa batalla de la postrera esperanza y en el momento en que los republicanos pudieron vencer, el «escándalo más inmundo de la historia humana» intervino desde Múnich.
En marzo de 1939, después de caer Barcelona en enero, se negoció un alto al fuego y terminó la Guerra Civil; el Ejército de África regresó a Andalucía. Al llegar a Sierra Morena, ocuparon el pueblo minero de Pozoblanco. En julio de 1936, la Guardia Civil había tomado el control, pero los mineros salidos de las minas rodearon el pueblo, mataron de hambre a los habitantes y, obtenida la rendición, ejecutaron a setenta personas. En marzo, Yagüe tomó miles de prisioneros y se dirigió al minúsculo pueblo de Santa Eufemia, de orígenes medievales como Fuente Ovejuna, muy cerca de allí. Sin diferenciarse de Stalin, Franco no quiere dar ninguna oportunidad de sobrevivir a «la única España verdadera». Pero ¿la han derrotado de verdad esos dictadores?…

A Lorca lo ejecutan en la madrugada del 18 de agosto de 1936. Muere de un balazo, en pijama. Junto a él, pierden la vida otros tres hombres: Joaquín Arcollas Cabezas, Francisco Galadí —dos anarquistas conocidos, el último por colocar bombas— y Dióscoro Galindo, un maestro republicano y humanista apodado «el Terrible» por la policía judicial de Granada, lo que nos recuerda la persecución de profesores que llevaba a cabo la Falange en Andalucía. Uno de los miembros del pelotón de fusilamiento, un veterano del Rif, dio el tiro de gracia con su pistola Astra, modelo 902, y se jactó de ello más tarde: «Le he dado dos tiros en la cabeza al cabezón». El que se expresó en estos términos era, además, pariente de Lorca, un primo lejano, Antonio Benavides Benavides (su madre es la hija de Emilia, la hermana de Matilde, primera esposa del padre de Lorca), primo hermano de José Benavides Peña, es decir, de Pepe el Romano, un personaje importante —aunque no aparece en escena— de la obra La casa de Bernarda Alba, que Lorca había terminado en junio en Madrid.
¡«Intelectual», «maricón»! Han asesinado a Lorca, y con él, a Yerma, a Laurencia, al defensor del deseo femenino, de la cultura arábigo-andaluza, del duende, de la seguiriya y en general de Andalucía, por lo bien que él hablaba de ella, la Andalucía unida por el cante jondo. ¿Y si el asesinato de Lorca fuera un crimen contra la humanidad por sí solo? Porque, ¿qué se quiso erradicar sino ese nuevo brote del árbol de la vida? ¿No es la intención lo que diferencia un crimen contra la humanidad de un crimen de guerra?.
Sin duda España sigue siendo hoy una excepción, pero este territorio suplica por una reconsideración total de la historia humana. Porque, ¿a quién asesinaron? A una parte de nosotros mismos, eso nos enseñan España y la literatura, algo que la historia y su excesiva preocupación por la objetividad terminan por ocultar. La subjetividad de esos premios Nobel y del poeta —debemos reivindicar aquí su lugar, como Mann y Bernanos nos invitan a hacer— realza y se une a la inmortal tentación de huir de lo material. Sin embargo, la historia, por mucho que se diga, se alimenta de esa materia prima: los hechos, las pruebas, los instigadores, hasta someternos a una realidad que desborda España. Precisamente, España nos lleva a otra parte. Lorca ha ido surgiendo a lo largo de todo nuestro relato, en los momentos en que este corría el riesgo de ser arrastrado hacia el fondo bajo el peso de los hechos consumados. En 1933, en el momento de las revueltas duramente reprimidas en Castilblanco y en Casas Viejas, él se avanza y adapta Fuenteovejuna, la obra de Lope de Vega, la despoja de todo lo que podría dar a entender que se trata de una pieza del pasado, y consigue el efecto contrario, que en el centro de esas revueltas surja el presente de las «reivindicaciones de la conciencia». Volvió a hacerlo en 1934, cuando España ya había hincado la rodilla tras la represión de la revolución de octubre de Asturias, donde el Ejército de África se mostró despiadado. Yerma, representada en diciembre, hace del cuerpo humano y la libertad de su uso una causa política nacional. De nuevo, en junio de 1936, se alza contra la Hispanidad para proclamar que la cultura andalusí es un pozo sin fondo de poesía y, por tanto, de vida. Asesinado, sus adversarios aún lo temieron más. La España de Franco —aún avergonzada por su muerte— iba a pesar tanto en la Francia de Pétain que este prohibió la representación de Bodas de sangre por un grupo de exiliados españoles en Marsella. Si alguien trata «lo espiritual desde el punto de vista político y social», términos por lo general excluyentes, ¡ese es él!
Federico García Lorca es el poeta que Thomas Mann no esperaba. Para él, la excepción española es una humanidad habitada por «la locura de la inmortalidad» que no ha desaparecido, no al menos como suele creerse, y que aún hoy tiene en España, por su historia inmemorial, su refugio.

THOMAS MANN
«ESPAÑA»

Todos los grandes crímenes de este mundo se cometen en nombre de los intereses, que no tienen escrúpulos en sus «acciones». Esto es lo que estamos viendo en estos momentos en España. ¿Quién podría ocupar el papel de oponer las reivindicaciones de la conciencia a todos esos intereses, que no dejan de ser mezquinos aunque se pongan una máscara solemne, si no el poeta, el hombre de juicio libre? Él es quien debe alzar la voz y protestar contra un método que sitúa al crimen en la base de la política, violando todos los sentimientos humanos.
Quizá me pregunten qué entiendo por «espíritu» o por «intereses». Pues bien, lo espiritual, considerado desde el punto de vista político y social, es la aspiración de los pueblos a mejorar sus condiciones de vida, a hacerlas más justas y felices, mejor adaptadas a la dignidad humana. Lo espiritual es la aprobación de ese deseo por parte de los hombres de buena voluntad.
Los intereses saben que un cambio semejante reduciría algunas de sus ventajas y privilegios. En consecuencia, intentan impedir tal evolución por todos los medios, incluido el crimen, o al menos detenerla por un tiempo, porque lo hacen sabiendo que convertirla en un imposible está fuera de su alcance. El bando de los intereses está interviniendo en España y la destruye con una falta de pudor desconocida hasta la fecha.
En realidad, lo que viene sucediendo en ese país desde hace meses constituye el escándalo más inmundo de la historia humana. ¿Pero es que el mundo no se da cuenta? Me temo que no, porque los intereses asesinos no saben hacer nada mejor que volver al mundo estúpido, ocultar su verdadero carácter.
El derecho de los pueblos a definirse a sí mismos goza hoy en el mundo del mayor respeto oficial. Incluso nuestras dictaduras y Estados totalitarios se emplean a fondo en hacernos creer que tienen entre el 90 y el 98 % del pueblo de su lado. Pues bien, si una cosa está clara, es la siguiente: los oficiales rebeldes sublevados contra la República española no tienen al pueblo con ellos. Y por el momento no pueden cambiar ese punto. De entrada, están obligados a crear la posibilidad de cambiar esa información con la ayuda de árabes y de soldados extranjeros. Si bien no podemos decir con exactitud qué es lo que quiere el pueblo español, sí podemos decir lo que no quiere: la dictadura del general Franco. La cuestión es que los gobiernos europeos, interesados en ver morir la libertad, han reconocido el poder de ese rebelde como el único legal, y esto en plena Guerra Civil, esa guerra que aún continúa gracias a su apoyo, si es que no la han provocado ellos. Ellos, que en sus países muestran en todo lo relativo a la alta traición cierta dureza —es lo mínimo que podemos decir—, apoyan a un hombre que entrega su propio país al extranjero. Ellos, que se hacen llamar «nacionalistas», ponen todo en marcha para llevar al poder a un partisano que no se preocupa en absoluto por la independencia del país, siempre que él consiga abatir la libertad y los derechos humanos. Este general declara que prefiere la muerte de dos tercios del pueblo español antes que ver reinar al marxismo, es decir, antes de contemplar la llegada de un orden mejor, más justo y humano.
Dejando de lado cualquier sentimiento de humanidad: ¿es esto nacional? ¿Qué partido tiene más derecho a hacerse llamar nacional? Me llamarán bolchevique, pero no puedo no pronunciarme en favor del derecho en el conflicto entre el derecho y la fuerza.

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Some readers will say that it is disappointing, they will find it very disjointed and that is what draws me to the short book.

In January 1933, when this story begins, Casas Viejas is a town of two thousand inhabitants located in the heart of the Sierra de Cádiz, in Andalusia, a land of ocher tones in autumn and muddy in winter. The sky is cloudy and the hours go by quickly. Casas Viejas entered history by posing an enigma, an eclipse, a black hole. But that was Spain on the eve of its Civil War. Many unknown towns are agitated, sowing chaos and revolting for months in Andalusia, Extremadura and Asturias. But the one who gave the most talk was Casas Viejas: he caused the fall of a solid republican government and disturbed hardened generals on the battlefield, who will find there one more reason to rise up.
In 1931 the Church can still argue that its teaching, regardless of its religious character, is technically superior to that of public schools, and it can also recall that it has long been the mainstay of a nation tormented by Basque and Catalan separatism and even Galician. The establishment of a republic inevitably reactivates these tendencies to autonomy: the people can express themselves directly through referendums, as – already then – demanded in Catalonia. To this is added, in addition, the second wound: the thorny issue of the army. Between 1814 and 1923 there were no less than forty-three military pronouncements (coups) with or without success, the last being that of General Primo de Rivera in 1923, an attempt to save the dying monarchy of Alfonso XIII. The risk of a pronouncement was thus still latent.
The agrarian question, since the country suffers incredible injustices in an area that should be its strong point, being at that time Spain primarily an agricultural land. When the Republic was established in April 1931, two million peasants did not have land, while fifty thousand owners owned half of the Spanish soil. Therefore, it is a priority to expropriate those who, especially in Andalusia and Extremadura, go to the extreme of leaving exploitable lands fallow while misery rages everywhere. Most parliamentarians agree on this point. So much so that the Republic created an agricultural institute – the Agrarian Reform Institute – which will be in charge of expropriating land with more than 22 hectares without cultivation in exchange for compensation. The lands, once acquired by the Government, would be redistributed among the agricultural workers, the “Sentierra”.
Casas Viejas, Castilblanco, Arnedo … All these unforeseen conflicts will finish lighting the fuse. All of them explode and degenerate into bloody revolts, and show the impatience of the agrarian environment, which does not want to wait for the announced reforms. In them you can see the performance of the anarchist forces. They are the fourth wound, although we could also say that they are the first. Let us remember that Spain is the favorite land of anarchism, as Camus recalled in 1946 with these words: “The only country in which anarchy could become a powerful and organized side.” The anarchists did not appear in the April 1931 elections, although the central question was that republic that had been expected for decades and that the generation of Manuel Azaña would lead.

In January 1932, the events of Arnedo take place, in La Rioja. The work The republic in the square: The events of Arnedo of 1932, by Carlos Gil Andrés, published in 2002, studies what happened. In this town, the outcome was different. On January 5, 1932, a strike broke out in a shoe factory in protest against abusive firings and for other political reasons. A guard hits a fifteen-year-old girl, the crowd roars, a guard is wounded and responds with three salvoes of shots at the protesters. Eleven dead and thirty wounded in total according to the cited book. Sanjurjo makes the massacre his own, as if he had been waiting for it to take revenge on Castilblanco: Azaña dismissed him from his position at the head of the Carabineros.
Castilblanco, Arnedo … The anarchist newspaper CNT, of the very influential National Labor Confederation, will add a third town to this list: Casas Viejas. And let’s add Lorca!
He just popped up! He, the poet Mann requests in “Spain.” “How could the poet be abstracted, if his nature and his destiny have placed him in the most exposed place in the history of mankind?” Lorca adapts Fuenteovejuna with the intention of tackling the political problem posed by the conflicts that turn the whole world upside down. In 1932 he created a theater company, La Barraca, within the framework of the Pedagogical Missions, an organization created by the new Republic to spread culture in the popular milieu. La Barraca is an itinerant university theater – its board of directors is made up of students – and Lorca is the artistic director.

That year, 1933, Casas Viejas became a wild place, disconnected from the world. Patrols armed with hunting shotguns to repel possible aggressors, roads cut by pits dug for this purpose. The mail truck that came from Medina Sidonia had to turn around in the morning, there were nails on the road of Nueva Street, telegraph poles cut so that no message could arrive or leave, municipal premises without their usual clientele, with this fear in the body: that the land ownership registry was not there, but in Medina Sidonia, nineteen kilometers away. No one important was threatened. Neither the mayor, Juan Bascuñana Escudillo, nor the Vila – although one of them would be later -, nor the Espinas, former doctors turned landowners, nor the new priest, Andrés Vera, who arrived from Gibraltar the previous year with the word « abysmal ”on his lips, when he discovered the extent of the town’s misery, which affected almost all its inhabitants. Yes, also those three thousand hunting cartridges, those two kilos of black powder, those bullets, those strikers happily requisitioned from a merchant who supplied licensed hunters. It all happened on the night of January 11, 1933.
Dawn has arrived, that of Wednesday 12, a terrible dawn, rigged, falsified, whose truth will not come to light until 2006 with the publication of Mintz’s book in Spain. Too late to move anyone anymore.
Casas Viejas did not respect the planned development, which had been developed in secret a few days before in Jerez de la Frontera in the presence of Buenaventura Durruti, the well-known anarchist who had come from Barcelona expressly to devise the plan, according to his biographer Abel Paz. . Because the plan had to be carried out on a national scale, naturally with the anarchists at the head of the insurrection. José García Pérez, alias “Germinal”, confirmed this to Mintz himself: “The general and absolute conviction was that the most dazzling battle would be successfully fought against the monster of all discords: the State and the bourgeoisie.” The stage would be built little by little. First, a charge of explosives would knock out Jerez de la Frontera. They debated whether to leave the power plants without water or cut the power cables with explosives. Later, Medina Sidonia would light two bonfires on a high ground that same night to alert Casas Viejas. The Jerez-Medina Sidonia-Casas Viejas axis would hit the entire province of Cádiz! But all this would only be possible if the Barcelona insurrection of January 8 was successful, something that could be expected considering that the Catalan capital was home to three hundred and fifty thousand members of the CNT, although the figure is difficult to verify. However, in Barcelona everything fell apart from noon. The rebels had the support of the strike in the railway sector to immobilize the forces of order, but the railwaymen were seduced by the offer of an increase of half a peseta a day, instead of the three they demanded. That was enough for the trains to circulate normally and on the morning of January 11, a company of ninety assault guards from Madrid got off at the Jerez station, their boots tight, under the command of Captain Manuel Rojas.
Barcelona, then, had been gagged, Jerez remained calm and Medina Sidonia was silent. But in Old Houses …
It is not surprising that the political leaders and the military leaders of Spain were not able to detect, identify or imagine that consciousness in action among the workers and the peasants. Both Azaña and his ministers, journalists, writers and historians who relied on the testimony of all the above, without bad faith on their part, assumed the theory of the “instigator.” For them, these “beggars” were not capable of thinking for themselves, they had to be guided. Some in Madrid even imagined a plot orchestrated by the right to overthrow Azana. For the officers trained in the severe military school of Toledo …

Franco observes the events of Casas Viejas with attentive and suspicious eyes. Since his call to revolt on July 18, 1936, his plaintive voice has been associating the disturbances in the towns of the south with two insurrections in the north of Spain that, even more for him, have endangered national unity in October. 1934: “the revolution of Asturias”, so rebellious, the one that aroused so much admiration in Camus, and, although less far-reaching, the “Catalan separatism”. For him there is no doubt: the latter are an amplification of the disturbances of the previous months, mainly that of Casas Viejas.
The rebellion in Asturias will be the first work of Albert Camus. For him, it constitutes “an example of human strength and greatness”.
After Asturias will come the wake-up call against the workers’ instructional centers, free love, Ibsen … Now! The Civil Guard burns the libraries of the centers. Those who refuse to close them are targeted. Landowners cut wages for day laborers, deliberately re-fallow land, and exacerbate famine. Thirty thousand political prisoners are taken: among them, the Catalan Lluís Companys, the socialist Largo Caballero …
Many things have changed since Gide’s visit to Moscow in June 1936. What had worried him – the lack of mobilization on the part of Russia – was corrected on September 18, 1936 in the Kremlin. Stalin created the International Brigades that day. There would be thirty-five thousand volunteers who would go to Spain, the majority of proletarian origin, originating from fifty countries, mainly from France. He added to that human contingent planes, tanks and cannons paid for with the gold reserves of the Bank of Spain. The transport of the ingots was escorted by the Spanish navy or by ships from allied countries of Russia. Let us recall here the occurrence of a Soviet agent: “If all the gold boxes were arranged side by side in Red Square, they would cross it entirely!” Stalin has decided: he wants to devour the democracies, but with prudence, without being scared by France and England, so susceptible: in other words, he will support the popular fronts and then use them as Trojan horses. The Moscow directives will always speak of silencing the notion of the dictatorship of the proletariat and the creation of soviets, those production structures controlled by the Party, to enhance, on the contrary, the alliance between the petty bourgeoisie, the peasants and the intellectuals. to win the war against fascism together; then they will finish off those social democrats for the benefit of the Bolshevik revolution. Wanting to do both at the same time, war and revolution.
The “red terror” will control the entire military and repressive apparatus. Cuevas, a communist, is appointed director general of Security. Hidalgo de Cisneros becomes commander-in-chief of the Air Force; Prados, chief of the Navy General Staff … This terror will have prisons like the Muscovites, in which one goes crazy, with cells in the shape of a sphere and with black walls. On September 21, 1937, guns and tanks participated in the assault on the headquarters of the CNT-FAI defense committee, which was defeated by the forces of order after several hours of combat.
In this way the “red terror” duplicates the “white terror”.

Mathematically, saving Hitler is saving Franco. For if the Munich accords had not been signed, Hitler would have started a war to take over the Sudetenland. To do so, he should have recovered his Condor Legion, deployed in Spain; and Mussolini should have transferred his elite infantrymen, committed in Spain, to this new front. Without these foreign forces Franco probably would have lost the Battle of the Ebro and the scene of the Spanish war would have ended in favor of the Republic, especially since Hitler, as the French chief of staff Gamelin prophesied, would have lost his war. But the “democracies” save him again. A last ingredient appears then, as if it had not been manifested until then, as if, without it, the demonstration would have leaked.
The Ebro valley is one of the few places where the memory lives on with great force. With hill 705 as a cathedral and, as a mob, those museums without a guide, those towns without tourists or monuments to visit. Memory persists without the so-called “historical” dimension. It celebrates – incognito – a people that went to war without great military means, but rich in ideals – in “madness”, Cervantes would say – that faced, at the same time, the hypocrisy of England and France, the capitalist democracies, the visceral suspicion of Stalin, the hatred of Hitler, Mussolini and Franco, and even those bankers who counted their profits on the stelae of the tombs. At the delicate hour when Spain could have conquered, and perhaps ended the “Second World War”, which Camus considered to have started on July 18, 1936 and to which he never set an end date, a crime was undoubtedly committed that defies labels and reveals the involvement of all the political forces of the time. Let’s say it: those forces gathered there sensed an untamed humanity like dogs smell their prey. This is the revelation of the Ebro: that in the heart of the shrapnel, in that battle of last hope and at the moment when the republicans were able to win, the “most filthy scandal in human history” intervened from Munich.
In March 1939, after Barcelona fell in January, a ceasefire was negotiated and the Civil War ended; the Army of Africa returned to Andalusia. Upon reaching Sierra Morena, they occupied the mining town of Pozoblanco. In July 1936, the Civil Guard had taken control, but the miners out of the mines surrounded the town, starved the inhabitants and, after surrender, executed 70 people. In March, Yagüe took thousands of prisoners and went to the tiny town of Santa Eufemia, of medieval origins like Fuente Ovejuna, very close to there. Without differentiating himself from Stalin, Franco does not want to give “the only true Spain” any chance of survival. But have these dictators really defeated her? …

Lorca was executed at dawn on August 18, 1936. He died of a gunshot, in pajamas. Along with him, three other men lose their lives: Joaquín Arcollas Cabezas, Francisco Galadí – two known anarchists, the last one for planting bombs – and Dióscoro Galindo, a republican teacher and humanist nicknamed “the Terrible” by the Granada judicial police. which reminds us of the persecution of teachers carried out by the Falange in Andalusia. One of the firing squad members, a Rif veteran, fired the coup de grace with his Astra pistol, model 902, and later bragged: “I shot the big head twice in the head.” The one who expressed himself in these terms was also a relative of Lorca, a distant cousin, Antonio Benavides Benavides (his mother is the daughter of Emilia, Matilde’s sister, the first wife of Lorca’s father), first cousin of José Benavides Peña , that is to say, of Pepe el Romano, an important character – although he does not appear on stage – from the play La casa de Bernarda Alba, which Lorca had finished in June in Madrid.
“Intellectual”, “fag”! They have murdered Lorca, and with him, Yerma, Laurencia, the defender of feminine desire, the Arab-Andalusian culture, the duende, the seguiriya and Andalusia in general, because of how well he spoke about her, the Andalusia united by cante jondo. What if Lorca’s murder was a crime against humanity on its own? Because, what did they want to eradicate if not that new sprout of the tree of life? Isn’t intention what differentiates a crime against humanity from a war crime?.
Spain is undoubtedly still an exception today, but this territory begs for a total reconsideration of human history. Because who did they murder? To a part of ourselves, that is what Spain and literature teach us, something that history and its excessive concern for objectivity end up hiding. The subjectivity of those Nobel laureates and of the poet – we must claim their place here, as Mann and Bernanos invite us to do – heightens and joins the immortal temptation to flee from the material. However, history, no matter how much it is said, feeds on that raw material: the facts, the evidence, the instigators, until we are subjected to a reality that overflows Spain. Spain is taking us elsewhere. Lorca has emerged throughout our story, at times when it ran the risk of being dragged to the bottom under the weight of fait accompli. In 1933, at the time of the harshly repressed revolts in Castilblanco and Casas Viejas, he moved forward and adapted Fuenteovejuna, the work of Lope de Vega, stripping it of everything that could imply that it is a piece of the past. , and it achieves the opposite effect, that in the center of these revolts the present of the “demands of conscience” arises. He did it again in 1934, when Spain had already dropped its knee after the repression of the October revolution in Asturias, where the Army of Africa was ruthless. Yerma, represented in December, makes the human body and the freedom of its use a national political cause. Again, in June 1936, he rose up against Hispanidad to proclaim that the Andalusian culture is a bottomless well of poetry and, therefore, of life. Assassinated, his adversaries feared him even more. Franco’s Spain – still ashamed by his death – was to weigh so heavily on Pétain’s France that he forbade the performance of Blood Wedding by a group of Spanish exiles in Marseille. If someone treats “the spiritual from the political and social point of view”, terms generally exclusive, that is him!
Federico García Lorca is the poet Thomas Mann did not expect. For him, the Spanish exception is a humanity inhabited by “the madness of immortality” that has not disappeared, not at least as is usually believed, and that still today has in Spain, due to its immemorial history, its refuge.

THOMAS MANN
“SPAIN”

All the great crimes of this world are committed in the name of interests, which have no scruples in their “actions.” This is what we are seeing right now in Spain. Who could play the role of opposing the demands of conscience to all those interests, which are still petty even though they put on a solemn mask, if not the poet, the man of free judgment? He is the one who must raise his voice and protest against a method that places crime at the base of politics, violating all human feelings.
They may ask me what I mean by “spirit” or by “interests.” Well, the spiritual, considered from the political and social point of view, is the aspiration of the peoples to improve their living conditions, to make them more just and happy, better adapted to human dignity. The spiritual is the approval of that desire by men of good will.
Interests know that such a change would reduce some of their advantages and privileges. Consequently, they try to prevent such evolution by all means, including crime, or at least stop it for a time, because they do so knowing that making it impossible is out of their reach. The side of the interests is intervening in Spain and destroying it with a lack of modesty unknown to date.
In reality, what has been happening in that country for months constitutes the filthiest scandal in human history. But is the world not aware? I’m afraid not, because murderous interests don’t know how to do better than go back to the stupid world, hide their true character.
The right of peoples to define themselves today enjoys the highest official respect in the world. Even our dictatorships and totalitarian states go to great lengths to make us believe that they have between 90 and 98% of the people on their side. Well, if one thing is clear, it is the following: the rebel officers who rebelled against the Spanish Republic do not have the people with them. And at the moment they cannot change that point. First of all, they are obliged to create the possibility of exchanging that information with the help of Arabs and foreign soldiers. Although we cannot say exactly what the Spanish people want, we can say what they do not want: the dictatorship of General Franco. The point is that European governments, interested in seeing freedom die, have recognized the power of that rebel as the only legal one, and this in the middle of the Civil War, that war that still continues thanks to their support, if they have not. provoked them. They, who in his countries show a certain toughness in everything related to high treason — that’s the least we can say — support a man who gives his own country abroad. They, who call themselves “nationalists”, put everything in motion to bring to power a partisan who does not care at all about the independence of the country, as long as he manages to defeat freedom and human rights. This general declares that he prefers the death of two thirds of the Spanish people rather than seeing Marxism reign, that is, before contemplating the arrival of a better, more just and humane order.
Leaving aside any feeling of humanity: is this national? Which party has the most right to call itself national? They will call me a Bolshevik, but I cannot not speak in favor of law in the conflict between law and force.

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