Irán: Una Historia Desde Zoroastro Hasta Hoy — Michael Axworthy / Empire of the Mind: A History of Iran by Michael Axworthy

Axworthy presentó el libro llamándolo “una introducción a la historia de Irán para un público general, asumiendo poco o ningún conocimiento previo”. Eso es básicamente cierto … pero si de ahí es de donde vienes, lo más probable es que encuentres algunas secciones más lentas que otras.
El primer tercio es una muy buena descripción de la historia antigua de Asia central a través de Ciro el Grande; el tercio medio era abrumador por su riqueza de nombres desconocidos y términos especializados que exigían la atención completa o lecturas repetidas; el último tercio fue sorprendentemente fascinante y una lectura indolora dada su cobertura de los últimos 50 años de la historia de Irán, un período del que puedo recordar eventos (por ejemplo: ver un helicóptero que transportaba el ataúd del ayatolá Jomeini a la seguridad de las multitudes en la televisión). Compartimentar estas secciones es la única forma en que realmente podría enfrentarme a este libro, sacado de un estante de una biblioteca debido al deseo de completar mi conocimiento de este país tan difamado pero históricamente rico.
Recomiendo encarecidamente esta historia a cualquiera que esté especialmente interesado en el rico pasado literario de Irán, ya que incluye una muy buena introducción a la poesía y la estética persa. Su cobertura de la historia temprana también es muy buena, concisa y fácil de leer. Pero de 1000 a 1920, confieso que no pude mantener mi enfoque y no me reconecté hasta las últimas 100 páginas, lo que me tomó por sorpresa y me llamó la atención por completo …
Irán tiene una tradición literaria y poética a la que pocos países (Rusia) pueden acercarse. Los ciudadanos estadounidenses suelen reducirlo todo a poseer una copia de Collected Rumi mientras aprenden geográficamente de la bandada de gaviotas, “Irán tan lejos”. Lo que no saben es que en el Irán actual, “solo el 1,4 por ciento de la población asiste a las oraciones del viernes”. Diablos, en los Estados Unidos, mucha más gente asiste a nuestra principal reunión fundamentalista organizada semanalmente: deportes televisados corporativos. Antes de Irán, se llamaba Imperio Persa y su idioma Farsi proviene del dialecto originario de la provincia de Fars. Leí en otra parte que Fars en la actualidad se encuentran las ruinas de Persépolis (la capital del Imperio aqueménida) del 518 a. C. y la moderna Shiraz. Allí, en el restaurante Haft Khan, puedes pedir un Shiraz en Shiraz. Solo digo.
Los primeros nómadas tenían la ventaja porque podían descender a las zonas agrícolas en las épocas de cosecha y ahí van los años de trabajo. Esto llevó a los campesinos a pagar parte de su cosecha para quedarse solos. Piense en los gobernantes históricos de Irán como de origen tribal nómada. Llega el zoroastrismo, que Nietzsche vio como la primera religión en enfatizar la elección personal y la responsabilidad.
En la década de 1990, Irán “albergaba a dos millones de refugiados”. En 2002, Irán está incluido en el Eje del Discurso Maligno. Irán fue uno de los beneficiarios de la miopía de Estados Unidos que eliminó a Saddam en Irak. Michael ignora en parte la parte del libro sobre Irán Nuclear. Entiende que los países necesitan un elemento de disuasión si no quieren tener que inclinarse en la ducha por Estados Unidos. pero no entiende, como dice Noam, que la firma de un Medio Oriente libre de armas nucleares no puede suceder porque entonces Israel tendría que dejar que los no elegidos miren su arsenal nuclear. Entonces, culpe a Irán. Bomb Bomb Irán. Simplemente no culpe a Israel. Al final del libro, Michael escribe que lo mejor de Irán ha sido la tolerancia de la gente y ahora muchos de los mejores se han ido, están encarcelados o están mudos.
Reza Shah en la década de 1930 cambió a Irán por un vestido moderno como se hizo en Turquía. Mossadeq toma el poder, los técnicos británicos abandonan las instalaciones petroleras en el sur y Gran Bretaña impone un bloqueo para que la industria petrolera se convierta en un gran perdedor de dinero estancado. Estados Unidos le niega un préstamo cuando viaja a Estados Unidos. Después de regresar a Irán, la CIA lo destituye del poder. Entran el brutal Shah y SAVAK, yadda yadda, pero lo que realmente sucede es que Estados Unidos reemplaza a Gran Bretaña como custodio represivo de Irán. Ahora era el turno de Estados Unidos de odiar a Irán, después de que la negligencia criminal absoluta de Gran Bretaña permitió el loco genocidio iraní de 1917-19 [Mahd]. Después de la partida del autocrático Sha, tenemos la revolución iraní de 1979, una auténtica revolución popular. Luego la crisis de los rehenes. Luego la guerra Irán-Irak. El barco USS Vincennes entra en aguas territoriales iraníes y derriba un avión civil iraní con “un par de misiles tierra-aire” matando a 290 personas. Al enseñarle al mundo exactamente la respuesta de Estados Unidos con un comandante entusiasta que desafía la ley internacional y mata a 60 niños muy lindos con solo presionar el botón, el presidente Reagan se puso en acción. Él “otorgó al comandante una medalla de campaña”. De Internet aprendí que su cita de Reagan decía: “Por excepcionalmente… sobresaliente servicio como oficial al mando, USS Vincennes desde abril de 1987 hasta mayo de 1989 ”. ¿Y dónde, por favor, diga, está ese comandante ahora (ya que Michael no nos lo dirá)? Rogers es el comandante del Tactical Training Group Pacific en Point Loma, California, donde cada nuevo comandante pasa por un curso de tres semanas antes de desplegar su barco. Como tal, Rogers se encuentra en una posición clave para influir en el pensamiento táctico a bordo de prácticamente todos los buques de guerra de la Flota del Pacífico. Y tampoco se preocupe por el oficial de guerra antiaérea, ha sido ascendido a oficial ejecutivo, o segundo al mando, de esos Cadillacs de la comunidad de guerra de superficie, otro crucero Aegis.

Violencia y drama, invasiones, conquistas, batallas y revoluciones, estos son lo s colores de fondo que tiñen la historia iraní, que se remonta a épocas remotas y se extiende sobre territorios muy extensos. Tampoco faltan los correspondientes matices religiosos, geopolíticos e intelectuales, que desencadenaron profundos cambios dentro del país y se abrieron paso en el mundo entero. Con los interrogantes propios de una situación nueva, el Irán de hoy también reclama nuestra atención. ¿Estamos ante una potencia agresora, o ante un país víctima de los tiempos que nos ha tocado vivir? ¿Cuál ha sido la actitud tradicional de los iraníes como pueblo, expansionista o más bien pasiva y defensiva? ¿Cómo es el chiismo iraní: es quietista o, por el contrario, se trata de un movimiento violento, revolucionario y milenarista? Sólo si nos atenemos a los hechos históricos podremos encontrar respuestas para estas preguntas. Irán es, desde tiempos inmemoriales, una civilización extraordinariamente compleja e influyente.
Irán es una nación de marcados contrastes y de contradicciones y situaciones excepcionales. Los que no lo conocen a fondo imaginan un país casi desértico y abrasador, cuando en realidad se trata de un territorio de montañas elevadas y clima frío, junto a zonas de gran fertilidad agrícola y otras de selva subtropical; un país que, gracias a tan variada climatología, puede presumir de una flora y una fauna tan ricas como variopintas. Inmersos en Oriente Medio, rodeados de naciones que hablan árabe, situados entre Irak y Afganistán, Rusia y el Golfo Pérsico, los iraníes se expresan en una lengua indoeuropea. Generalmente, concebimos Irán como una nación homogénea, cohesionada por recios mimbres culturales, cuando lo cierto es que las minorías (azerí, kurda, jangalí, baluchí, turcomana y otras) constituyen casi la mitad de la población. Desde la revolución de 1979, las mujeres iraníes están sometidas a uno de los códigos islámicos más estrictos en lo que a la indumentaria se refiere, lo que explica, en parte, que muchas familias iraníes consientan en que sus hijas estudien y ejerzan una profesión incluso estando casadas, de modo que las mujeres constituyen el sesenta por ciento de la población universitaria. En Irán se alzan algunos de los más sobresalientes monumentos de la arquitectura islámica, al tiempo que se mantienen tradiciones artesanales, como la orfebrería o la manufactura de alfombras, o se recurre al bazar como ámbito para el desarrollo de la actividad comercial. No obstante, poco a poco, la capital, Teherán, ha acabado por rendirse al hormigón, a la saturación del tráfico y a la contaminación. Con la posible excepción de Rusia, pocos pueblos hay que se sientan tan orgullosos de su acervo literario como lo está el iraní, sobre todo en lo tocante a la poesía.

Una interpretación falaz que hay que rebatir: por más vueltas que le demos, Irán y Persia son lo mismo. Frente a la imagen romántica de Persia que todos llevamos dentro –jardines cuajados de rosas y ruiseñores, caballos que galopan como el viento, mujeres tentadoras y misteriosas, sables afilados, alfombras de colores fulgurantes, poesía y deliciosas melodías–, se alza el estereotipo al que recurren los medios de comunicación occidentales cuando informan sobre Irán: mulás de gesto hosco; petróleo; pálidos rostros de mujeres que observan ensimismadas desde el interior de negros chadores; multitudes exaltadas que queman banderas al grito de “muerte a…”, etcétera.
Al sur de Irán está situada la provincia de Fars, cuya capital, Shiraz, acoge los yacimientos arqueológicos más antiguos e impresionantes del país: Persépolis y Pasargada (aparte de Susa, en el cercano Juzistán). En la antigüedad, la provincia era conocida como Pars, por el nombre de la tribu allí asentada, los persas. Cuando los persas crearon un imperio que aglutinó aquella región, los griegos dieron en llamarlo imperio persa, y el término “persa” que ellos introdujeron fue el mismo con el que los romanos y, más tarde, los europeos calificaron los sucesivos imperios que se alzaron en el territorio que hoy ocupa Irán, a saber: la Persia sasánida.

La respuesta tradicional nos dice que los iraníes formaban parte de una rama desgajada del tronco de los pueblos indoeuropeos que, procedentes de las estepas rusas, se asentaron en Europa, Irán, Asia Central y el norte de la India, como consecuencia de una serie de invasiones y migraciones que tuvieron lugar a finales del segundo milenio a. de C.
Esta respuesta explica, asimismo, la estrecha relación que se advierte no sólo entre el persa y otras lenguas indoeuropeas, como el sánscrito o el latín, sino también con lenguas más modernas, como el hindi, el alemán o el inglés. Así, cuando un hablante de alguna de las lenguas europeas toma la decisión de estudiar persa, no tarda en descubrir vocablos que le resultan familiares, que le “suenan”, por así decirlo. Algunos proceden de términos como pedar (“padre”, en español; en latín, pater; father, en inglés); dokhtar (daughter, girl, en inglés; Tochter, en alemán; en español, “hija”, “muchacha”), mordan (“morir”; en latín, mortuus; mourir, la mort, en francés), nam (“nombre”, en español; name, en inglés), dar (door, en inglés; en español, “puerta”)…
Zoroastro no creó una nueva religión, sino que se limitó a reformar y simplificar prácticas religiosas ya existentes –lo cual fue motivo de enfrentamiento con los sacerdotes tradicionales–, revistiéndolas de una teología filosófica más compleja, que hacía hincapié en la moralidad y la justicia. Un argumento en apoyo de esta tesis lo encontramos en una antigua tradición que atribuía a los textos escritos un carácter enigmático y demoníaco, lo que refuerza la idea de que los iranios asociaban esta práctica con los pueblos semíticos y otras tribus con los que, siglos después de aquella migración, volvieron a encontrarse. Refuerza esta explicación el hecho de que el vocablo persa div, raíz de la que derivan los términos del latín y el sánscrito para referirse a los dioses, designaba –según las enseñanzas de Zoroastro– a una clase de demonios contrarios al maestro y su doctrina, lo que nos permite suponer que el profeta reformador procedió a identificar a algunas deidades anteriores como espíritus del mal: los demonios se asociaban con el caos y el desorden, antítesis de los principios de bondad y justicia que esgrimía la nueva religión; el pueblo, por otra parte, los asociaba con las enfermedades del hombre y de los animales, el mal tiempo y otros desastres naturales.
Ahura Mazda significa “dios de la sabiduría” o “dios sabio”. El dualismo tardó bastante en resolver el problema de la existencia del mal (el mal procede de Ahrimán, con quien hubo de enfrentarse Ahura Mazda por la supremacía), que tantos quebraderos de cabeza supone para las religiones monoteístas y, al menos en un principio, supuso un firme compromiso con las ideas de libre albedrío –consecuencia de la necesidad de elegir entre el bien y el mal–, de la virtud que emana de las buenas obras, de la creencia en un juicio después de la muerte, de un cielo y un infierno en definitiva. Algunos eruditos sospechan que al cabo de unos pocos siglos, en cualquier caso antes del año 600 a. de C., el mazdeísmo dio carta de naturaleza al concepto de mesías (saoshyant) , que milagrosamente habrá de nacer de una virgen y de la simiente del propio Zoroastro al final de los tiempos.

¿Quiénes eran los macedonios? Hay quienes piensan que no eran griegos, sino un pueblo próximo a los tracios, o descendientes de tribus balcánicas integradas en la órbita de los griegos indoeuropeos. Ésta era la situación en tiempos de Filipo y Alejandro, pero, aun en tales circunstancias, los macedonios marcaban con claridad las diferencias que los distinguían de, por ejemplo, los enviciados griegos que acompañaron a Alejandro en sus correrías por tierras de Oriente. Como otros pueblos no griegos del siglo V a. de C., los macedonios no participaban en los juegos olímpicos. Sin embargo, los persas se referían a ellos como “esos griegos que llevan sombrero”, y el propio Heródoto da por bueno que, si bien lejana, eran de ascendencia griega. Como los medos y persas de la época de Ciro y otros clanes belicosos establecidos en regiones montañosas o apartadas, los macedonios eran conscientes de su superioridad como pueblo, pero sus divisiones y rencillas internas no los hacían fáciles de gobernar. Lo más probable es que su identidad fuera el resultado de orígenes e influencias dispares.

Muchas de las lenguas de los territorios conquistados por los musulmanes desaparecieron ante la pujanza del árabe, pero la lengua persa sobrevivió. El pahlevi experimentó un proceso de evolución, se enriqueció con numerosos vocablos de origen árabe y, tras permanecer arrinconado durante dos siglos, resurgió como la lengua sencilla y elegante que hablan los iraníes en la actualidad. Aunque puede pensarse que, como ocurrió con el inglés tras la invasión normanda, el pahlevi se transformó en una lengua nueva, el caso es que el persa moderno no ha sufrido transformaciones sustanciales desde el siglo XI. Los poemas de aquel tiempo que han llegado hasta nosotros resultan perfectamente inteligibles para los iraníes de hoy, se estudian en las escuelas y, con frecuencia, se citan de memoria. El pueblo, pues, siguió hablando persa, y el persa adoptó la escritura en caracteres arábigos.
El Shahnamah (Libro de los Reyes), de Ferdousí, constituye otro de los hitos de esa continuidad en que se confunden lengua, historia, tradición popular y poesía. Se trata de una singular recopilación de los poemas que circularon durante aquel periodo de transición, una obra salpicada de pasajes y narraciones que son de sobra conocidos en el Irán actual.
El amor es el tema por excelencia de la poesía persa desde sus albores, una poesía poblada de amores de toda índole y condición: sexuales, divinos, homoeróticos, desengañados, desesperados, ilusionados; amores que suspiran por el olvido, que sueñan con la consumación; amores que consuelan o empujan a la resignación. En muchas ocasiones, intuimos la presencia de dos o más clases de amor, metafórica y sutilmente entremezcladas, como en una adivinanza. Otras veces, gracias a las metáforas –sobre todo las referidas a ese otro gran tema que es el vino–, el amor siempre está presente, aunque ni siquiera se lo mencione.
Así como el poema épico Shahnamah, de Ferdousí, reúne una serie de tradiciones referidas a los reyes de Persia, es posible que estos poemas persas guarden una estrecha relación con la poesía cortesana de los sasánidas, de trasunto amoroso o heroico. Aparte del motivo inmediato del amor, la métrica y la rima, la mayoría de estos poemas siguen el modelo tradicional de la poesía árabe, y constituyen un buen ejemplo del maridaje lingüístico y cultural entre iraníes y árabes durante los años que siguieron a la conquista.

Durante muchos años, los califas abasíes y de otras dinastías habían recurrido a mercenarios turcos y a esclavos procedentes de Asia Central como integrantes de sus ejércitos para, de paso, mantener el orden en sus territorios. A su vez, los turcos habían llegado a ser un elemento político digno de consideración y, en alguna ocasión, como los gaznavíes en el este del imperio, habían amenazado con hacerse con el poder. A mediados del siglo XI , una confederación de tribus turcas, acaudilladas por los selyukíes, dio un paso más: derrotaron a los gaznavíes en el nordeste, se adentraron en el corazón del imperio y tomaron Bagdad; después, continuaron su marcha hacia Occidente, donde, tras derrotar a los bizantinos (1071), ocuparon la mayor parte de Asia Menor.
El imperió timurí acabó por fragmentarse en un mosaico de estados con dinastía propia. A finales del siglo XV , dos de esos estados, importantes confederaciones de tribus turcomanas, los Aq-Qoyunlu (“turcos ovejas blancas”) y los Qara-Qoyunlu (“turcos ovejas negras”) se enfrentaron por el poder en la más que devastada meseta iraní. Los turcos ovejas blancas se alzaron con el triunfo, pero fueron derrotados por una nueva dinastía procedente de la Anatolia turcomana, los safavíes, que contaron con el apoyo de los qezelbash. Para entender la dinastía safaví, sin embargo, hemos de remontarnos de nuevo al siglo VII, a fin de tener una visión más cabal de la historia y expansión del movimiento chií.

A principios de octubre del año 680, un centenar de hombres armados y sus familias, procedentes de La Meca y tras recorrer cientos de kilómetros por el desierto arábigo, llegaron a las proximidades de la ciudad de Kufa, a orillas del río Éufrates, al sur de la actual Bagdad.
Cuando los viajeros, encabezados por Husein, se disponían a entrar en la ciudad, les salieron al paso un millar de guerreros a caballo. Escoltados por los jinetes, los recién llegados se avinieron a dar media vuelta y dirigirse hacia al norte. Al día siguiente, se presentaron cuatro mil hombres más con la intención de que Husein prestase juramento de fidelidad al califa Yazid I, pero Husein se negó. Para entonces, éste y los suyos casi no tenían agua, y las tropas del califa les impedían acercarse al río.
Al cabo de unos cuantos días recibieron nuevas órdenes: por fuerza, Husein y los suyos debían prestar vasallaje. Los soldados formaron en orden de batalla y se dispusieron a cargar contra el reducido grupo. Husein trató de convencer a los suyos de que se pusieran a salvo y lo dejaran solo frente al enemigo.
Husein era hijo de Fátima y de Ali, hija y primo del Profeta, y, en consecuencia, nieto de Mahoma. Esta versión de la matanza de los parientes más cercanos a Mahoma se ha transmitido de generación en generación entre los musulmanes chiíes. Como suele ocurrir en estos casos, debió de circular otra interpretación de los hechos, en que la actitud del califa omeya no saliese tan mal parada, puesto que, frente al idealismo estéril de los alauíes, actuó con el pragmatismo necesario para mantener la cohesión de un imperio tan dispar. Para nuestro propósito, lo fundamental es entender la interpretación que de tales sucesos hicieron los chiíes, como el acontecimiento crucial y decisivo que marcó los albores de la chía islámica. El sepulcro de Husein en Kerbala, erigido en el mismo lugar donde se produjo la matanza, es uno los lugares sagrados por excelencia de los chiíes. Todos los años se recuerda la tragedia (Achurá) con multitudinarias procesiones de duelo y diversas manifestaciones públicas de dolor. En torno a los sucesos de Kerbala, los musulmanes chiíes han creado un simbolismo que ensalza el martirio de Husein y perpetúa un ritual en que dolor, traición y oprobio aparecen entremezclados.
El término “chía” significa en realidad “chía de Ali”, es decir, designa a los seguidores de Ali, primo del Profeta y uno de los primeros conversos. La chía, conocida también en los primeros tiempos del Islam como los alauíes, se refiere a aquellos que defienden la legitimidad dinástica de los descendientes directos de Ali y el Profeta. Más tarde aparecieron otras interpretaciones y doctrinas relacionadas con la chía.
Desde el principio, los seguidores de Mahoma hubieron de vérselas con la autoridad temporal. Así, cuando las tensas relaciones que mantenían con los dirigentes mequíes degeneraron en franca hostilidad, Mahoma, Ali y los suyos tuvieron que huir de La Meca y buscar refugio en Medina. Es una situación que se repite una y otra vez en la historia del islamismo y, muy especialmente, en la historia del chiismo. Mahoma abominaba del género de vida que llevaban los mequíes, y los exhortaba a llevar una conducta más ordenada y conforme a la voluntad de Dios, tal y como había sido revelada en el Corán. Las autoridades mequíes se mofaron de él y lo persiguieron.
Los musulmanes chiíes creen que Mahoma designó a Ali como sucesor, con el rango de califa, y que otros usurparon la legitimidad dinástica. Como ya tuvimos ocasión de ver en el capítulo anterior, cuando, en el año 656, Ali se convirtió en el cuarto califa, los gobernantes islámicos ya habían conquistado vastos territorios que se extendían desde Egipto hasta Persia. En estas circunstancias, las más prominentes familias de las tribus árabes acumularon un enorme poder, sobre todo algunos miembros de la tribu quraichí, muchos de ellos enfrentados con Mahoma antes de que La Meca se sometiese y se convirtiese, lo que obligó a los conquistadores árabes a establecer nuevas fórmulas de gobierno y a tantear nuevos equilibrios de poder.

La influencia política de los ulemas cercanos a la corte creció al mismo ritmo que decaía el interés del sah por los asuntos de estado. Sabemos que uno de esos clérigos poderosos, Mohámed Baqer Majlesi, estuvo involucrado en la planificación de medidas políticas contra determinadas minorías –al menos en el caso de los mercaderes hindúes–, como un recurso demagógico para recuperar la popularidad del régimen. Las persecuciones eran tan arbitrarias como imprevisibles: unas veces estaban dirigidas contra los hindúes o los judíos; en otras ocasiones, arremetían contra los armenios, los sufíes, los seguidores de Zoroastro o los musulmanes suníes de las provincias. En términos generales, a pesar del trato de favor que, como “pueblos del Libro”, se dispensaba a judíos y cristianos, éstos estaban en desventaja frente a la ley y soportaban humillaciones a diario, indefensos ante la ambición de los akhund (predicadores agitadores), que pretendían medrar provocando revueltas contra las minorías. Sin embargo, hay dudas sobre la responsabilidad de Majlesi en el empeoramiento de la situación en tiempos de Solimán.
A medida que el reinado del sah Solimán, pese a las apariencias, llegaba a su fin, el régimen safaví comenzaba a hacer aguas por todas partes. Sus monumentos eran espléndidos sin duda, pero el mundo intelectual persa, que antes se había distinguido por su tolerancia y su amplitud de miras, ahora estaba en manos de hombres ruines y cortos de miras.

Las décadas que siguieron a la desaparición de Nader son una historia de caos, destrucción, violencia y aflicción. Si el lector no quiere arriesgarse a perder su fe en la naturaleza humana, deberá abstenerse de seguir leyendo.
Tras el asesinato de Nader, su sobrino Ali Qoli se proclamó sah con el nombre de sah Adel, que significa “sah justo”, apelativo poco afortunado cuando menos. Envió tropas al bastión de su antecesor, Kalat-e Naderi, en el Jorasán, donde los soldados pasaron a cuchillo a todos los hijos y nietos de Nader, menos a uno.
La Persia del siglo XVIII no fue sólo un lugar de matanzas y tribulaciones. Es probable que en muchas, por no decir en la mayoría de las localidades alejadas de las principales ciudades y poblaciones, la vida discurriese con relativa tranquilidad durante aquellos años. Otros cambios sí que las afectaron, como los que se produjeron en la teología chií y en la estructura social y religiosa de la chía, fenómenos que tuvieron una gran trascendencia a largo plazo. Durante los siglos XVI y XVII volvió a manifestarse la antigua controversia entre tradición y razón que habían mantenido los mutazilíes y sus detractores en el periodo abasí, bajo obediencia suní. Resurgió, aunque con distintos matices, como expresión de las diferencias doctrinales entre ajbaríes y usulíes, y abrió una polémica entre ambas escuelas que se prolongó hasta el siglo XIX.
Según los ajbaríes, los musulmanes de a pie podían leer e interpretar los textos sagrados por sí mismos, sin necesidad de intermediarios. Las tradiciones orales (el Hadiz), en especial los relatos de los imames chiíes, eran el mejor camino para un buen musulmán. Los usulíes, por su parte, rechazaban radicalmente esta doctrina, y afirmaban la necesidad de una interpretación sobre la base de la razón, autorizada (ichtihad) , que sólo pueden llevar a cabo los ulemas más preparados (muchtaidines) , después de un largo periodo de formación. Casi todas las facetas de la existencia humana podían interpretarse, según esta escuela, a la luz de la ichtihad . Por el contrario, los ajbaríes pensaban que aquellos asuntos que no están contemplados en los textos sagrados debía solventarlos la jurisdicción civil. La escuela ajbarí estaba más cerca de la sunna ortodoxa, y estuvieron a punto de imponer sus puntos de vista durante el reinado del sah Nader, cuya política religiosa –ambigua en las formas, pero en el fondo decididamente pro suní, como ya vimos– los favorecía. Finalmente, y gracias a la influencia del gran mulá Muhámmad Báqir Vahid Behbahani (1706-1790), los usulíes impusieron su criterio.

La reacción que provocó el desenlace de la querra con los rusos y el posterior asesinato de Griboyedov mostraron el poder de los mulás y la identificación que había entre estos personajes y buena parte de los habitantes de las ciudades. Aunque, no todos los clérigos pensaban de la misma manera. En las décadas posteriores, a medida que otras potencias europeas exigieron y se beneficiaron de los mismos privilegios que los rusos habían conseguido en Turkmanchai, y ante la sensación de incapacidad de la monarquía qayarí para salvaguardar la soberanía y la dignidad de Persia, el desencanto popular fue en aumento.

En 1925-1926, el jan Reza fue coronado sah con la aquiescencia del Majlis, cuyos representantes lo consideraron capaz de alcanzar los objetivos mencionados, los mismos que se habían fijado otros antes que él, sin éxito. Reza había dado sobradas razones para justificar la confianza que le otorgaron, pero si logró poner en marcha su programa reformista fue a costa de llevarse por delante un gobierno liberal y representativo. Hasta cierto punto, puede decirse que lo que hizo fue una consecuencia no premeditada de la revolución constitucional, la misma que lo había forjado.
Después del golpe de 1921, cuando fue nombrado Sardar-e Sepah, el jan Reza tenía cuarenta y dos años. Aparte de que había venido al mundo en la aldea de Alasht, en la región boscosa de Savad Kuh, en Mazanderán, poco sabemos de sus raíces. Tal vez por eso, una vez coronado sah, su figura fue objeto de innumerables fabulaciones. Hay quien sostiene que su familia era de origen turcomano; otros, en cambio, dicen que pastún. Perdió a su padre cuando aún era un niño; su madre se lo llevó a Teherán y creció en casa de un tío materno. Gracias a los contactos de su tío en la brigada de cosacos, el joven Reza se incorporó a sus filas con quince años. Con el tiempo llegó a ser un hombre alto y fuerte, de gesto ceñudo y mandíbula pronunciada. Aunque algunos de los tecnócratas que eligió para llevar a cabo su programa de modernización pensaban que sus modales y su forma de hablar eran toscos y se mofaban de su escasa cultura, ninguno se atrevió a hacerlo en su presencia, que imponía profundo respeto.
El sah Reza se cuidó desde el principo de reafirmar su posición y la naturaleza autocrática del régimen que había instaurado. Aunque accedió al poder con el visto bueno del Majlis, algunos de sus oponentes, como Muhámmad Musáddaq y Sáyid Hasan Modarres (la voz de los ulemas en el parlamento), trataron de evitar su designación como sah porque pensaban que Reza estaba dispuesto a acabar con los fundamentos liberales de la Constitución. Musáddaq se mantuvo en sus trece y dio con sus huesos en la cárcel. Modarres y otros intentaron alcanzar un compromiso con el nuevo sah, en el que tuvieran encaje el Majlis y un gobierno constitucional. Igualmente hubo defensores de la Constitución que, como ministros, se pusieron a las órdenes de Reza. Entre ellos se cuentan personajes de la talla de Hasan Taqizadeh (éste más adelante), tan importante durante el quinquenio de 1906 a 1911. Fueron pocos los que disfrutaron del cargo, y más de uno fue destituido, encarcelado o desterrado por razones tan banales como haberse vuelto sospechoso a ojos del sah, o por la imperiosa necesidad del soberano de reafirmar su autoridad personal.

Tras un periodo de tensiones, negociaciones y presiones de Estados Unidos y Gran Bretaña, los soviéticos anunciaron su intención de retirarse de Irán. A finales de mayo de 1946, las tropas rusas abandonaron la región. Las fuerzas iraníes la ocuparon de inmediato, restableciendo en parte el prestigio del ejército iraní ante su pueblo. Sin embargo, a finales de aquel mismo año hubo que recurrir a la fuerza para imponer la autoridad del gobierno central. La ocupación rusa erosionó la imagen de la Unión Soviética ante muchos iraníes. No así la del partido Tudeh, que ganó peso político y llegó a desempeñar carteras gubernamentales, desde las que impulsó reformas de carácter social y leyes que limitaron la jornada de trabajo y establecieron un salario mínimo. En 1949, el partido Tudeh, acusado de participar en una conjura para asesinar al joven sah, fue ilegalizado. Desde ese momento, y con el apoyo de escritores y periodistas afines, desarrolló su actividad política en la clandestinidad. Aprovechando la escasa popularidad de los rusos, Estados Unidos se decidió a incrementar su presencia en el país, para lo cual envió consejeros, técnicos, asesores militares y ayudas de todo tipo. Una vez acallado el clamor nacionalista tras la reincorporación de Azerbaiyán y la recuperación de la integridad territorial, las inquietudes populares se centraron en los no menos enojosos agravios derivados de las concesiones petrolíferas.

Ruhollah Jomeini vino al mundo en septiembre de 1902, en Jomein, una pequeña localidad a medio camino entre Isfahán y Teherán. Nació en el seno de una familia de sáyides (descendientes del Profeta), originarios quizá de Nishapur, cuyos antecesores habían sido mulás durante varias generaciones. En el siglo XVIII , uno de sus antepasados se trasladó a la India y se instaló con su familia en Kintur, cerca de Lucknow, desde donde su abuelo, conocido como Sáyid Ahmad Musawi Hindi, regresó a Persia de nuevo en 1839, para asentarse en Jomein. Compró una gran casa, y llevó una vida acorde con una posición social acomodada. Su hijo Mustafa estudió en Isfahán, Náyaf y Samarra, y casó con la hija de una distinguida familia de clérigos. Pertenecía al nivel jerárquico más alto entre los ulemas, una categoría por encima de los mulás. Los clérigos de su posición se ganaban la vida como guías espirituales, notarios o predicadores.
Jomeini tenía un alto concepto de sí mismo, así como de la dignidad de los ulemas como clase, y siempre vistió con pulcritud, sin la indiferencia afectada de algunos jóvenes ulemas. Muchos lo tenían por hombre huraño y reservado, algunos incluso por soberbio; pero su generosidad y buen talante eran de sobra conocidos en el reducido círculo de estudiantes y amigos que tenían ocasión de tratarlo de cerca. En cuanto a su imagen pública como maestro y mulá, era preciso que diese ejemplo de autoridad y de grave dignidad. Durante las décadas de 1940 y 1950, además de continuar con sus tareas docentes en Qom, quizá no nos alejemos demasiado de la realidad si imaginamos a un Jomeini tratando de adoptar una postura ideológica propia, a medio camino entre el activismo anticolonialista y antibritánico del ayatolá Kashani (encarcelado por los ingleses entre 1942 y 1945), por un lado, y la posición mantenida por el ayatolá Husein Boruyerdi, más conservador y austero, de tendencias quietistas, que rara vez daba a conocer sus opiniones sobre asuntos políticos. Su extraordinaria capacidad intelectual, su curiosidad y su falta de apego a los convencionalismos bastaron para que, aun manteniendo una actitud deferente hacia sus superiores en la jerarquía de los ulemas, elaborase una doctrina más innovadora y creativa. Tras el fallecimiento de Boruyerdi, en marzo de 1961, Jomeini fue designado ayatolá; para entonces no dejaban de sumarse nuevos estudiantes a los ya numerosos alumnos que asistían a sus clases de ética, y algunos lo consideraban como su maryá, su ejemplo.
Desde 1964, Jomeini estaba fuera del país y, a primera vista, permanecía alejado de la política iraní. En cierto sentido, puede decirse que la política estaba desterrada de Irán, que era una actividad reservada a los estudiantes e iraníes residentes en el extranjero. En Irán, de puertas adentro, la prensa seguía sometida a férreos controles y censuras, las elecciones no eran sino un amaño, y la SAVAK lo mismo perseguía, detenía y encarcelaba a activistas del partido Tudeh que a disidentes de cualquier facción.

Entre 1963 y finales de la década de 1970, Irán experimentó un fuerte desarrollo económico, que elevó el producto nacional bruto por habitante de doscientos a dos mil dólares. La producción industrial se disparó gracias a la implantación de nuevas industrias en el sector de la minería, el textil y la automoción; se crearon innumerables puestos de trabajo que absorbieron el crecimiento demográfico y la cuantiosa mano de obra que había desertado del campo. Los salarios eran bajos, sin embargo. Los fondos públicos también llegaron a la educación y a la atención sanitaria.
Gracias al inesperado filón de los ingresos petrolíferos, las inversiones se sucedieron a un ritmo vertiginoso, sobre todo una vez que el sah negoció su participación en la empresa petrolífera y adquirió un mayor poder de decisión en producción y precios. En 1973, tras la guerra de Yom Kipur, el precio del petróleo se duplicó, y volvió a incrementarse otro tanto a finales de ese año, cuando el sah hizo ver a los países de la OPEP que debían elevar los precios, aduciendo que, en el mercado internacional, el precio del petróleo no se había incrementado al mismo ritmo que el de otras materias primas. En consecuencia, los ingresos del estado aumentaron considerablemente, aunque gran parte de aquellos fondos volvieron a Occidente, sobre todo a Estados Unidos y Gran Bretaña, como pago a cambio de ingentes cantidades de armamento (el sah compró a Gran Bretaña más tanques Chieftain de los que tenía el propio ejército británico).
En enero de 1978, apareció un artículo en el periódico Ettela’at en que se tildaba al clero, en general, y a Jomeini, en particular, de “reaccionarios negros”. Aunque rechazado por el Kayhan, un periódico de línea editorial más independiente, el artículo en cuestión había salido de la pluma de alguien que contaba con la aprobación del régimen y el consentimiento de la corona. Aparte de tergiversar los hechos, se hacían afirmaciones que eran pura invención, como que Jomeini era extranjero (porque su abuelo había nacido en la India, de ahí el sobrenombre Hindi), que había trabajado como espía para los británicos y, por si fuera poco, que era poeta, lo que no dejaba de ser cierto. Estos rumores o invenciones tenían la intención de despojarlo de su gravedad clerical (apoyándose en el Corán, la gran mayoría de los ulemas abominaba de la poesía). La publicación del escrito desencadenó protestas de forma inmediata en Qom, donde millares de estudiantes de teología clamaron contra el “gobierno de Yazid”, al tiempo que exigían una rectificación, una Constitución y el retorno de Jomeini. Se produjeron enfrentamientos con la policía, y varios seminaristas resultaron muertos. Al día siguiente, Jomeini, desde París, ensalzó el valor de los estudiantes e hizo un llamamiento a que continuasen las protestas. El ayatolá Shari’atmadari, por entonces uno de los más respetados maryás , condenó los hechos.
Una vez transcurridos los cuarenta días de luto tradicionales, en que comercios y universidades permanecieron cerrados, se registraron manifestaciones pacíficas en doce ciudades.
A medida que se acercaba el invierno, creció el número de trabajadores en huelga, y la violencia se intensificó a comienzos de muhárram, en diciembre. En Qazvín, arrollados por los tanques, perdieron la vida ciento treinta y cinco manifestantes. El día de Achurá (11 de diciembre) más de un millón de personas tomó las calles de Teherán. Tras la festividad, las bandas callejeras camparon a sus anchas por la capital. Numerosos indicios, deserciones masivas en Qom y Mashhad, por ejemplo, presagiaban que el ejército ya no era de fiar, mientras el presidente Carter se mostraba cada vez más reticente a prestar su apoyo al sah. Los ataques contra edificios de Estados Unidos, incluso contra su embajada, impulsaron a muchos norteamericanos a salir de Irán. El sah ya no controlaba la situación, y el 16 de enero de 1979 abandonó el país. El uno de febrero de aquel mismo año, el avión que trasladaba a Jomeini aterrizó en el aeropuerto de Teherán.

La revolución de 1979 no fue únicamente –quizá ni siquiera fundamentalmente– una revolución religiosa. Aparte del lastre moral que significaba haber dado su apoyo a un régimen corrupto y opresivo, el declive económico y la desilusión también habían hecho mella en la clase media. Eso sin olvidar el sentimiento de dignidad nacional ofendida, fruto de la desigual relación mantenida con Estados Unidos. Si la revolución tuvo fuerzas para imponerse fue gracias a su vertiente chií, que le proporcionó la cohesión necesaria y estableció una meta común para elementos tan dispares –incluidos aquellos que no tenían motivaciones religiosas–, y gracias también a las ideas y a la personalidad de Jomeini, que consiguió aunar en un solo clamor a diferentes grupos, movidos por intereses muy distintos (si bien sólo de forma temporal, según algunos). Al contrario que otras revoluciones que ocupan un lugar destacado en la historia, en especial la bolchevique de 1917, la revolución iraní se produjo como consecuencia de un levantamiento popular: su triunfo fue el resultado ineludible de la acción de las masas, y sus consecuencias inmediatas, que no a largo plazo, la expresión genuina de la voluntad popular.
Los partidarios de Jomeini establecieron comités a lo largo y ancho del país, aunque no todos se mostraron de acuerdo con la centralización. Por citar algunas zonas, en el noroeste, región de tradición izquierdista y con exigencias propias, la revolución tomó una deriva más reivindicativa y autonomista, mientras que en el Kurdistán se propugnaba abiertamente la independencia. En la década de 1970, el sah había alentado la resistencia armada de los kurdos establecidos en el vecino Irak. Era un apoyo sólo circunstancial, para presionar a los iraquíes y arrancarles determinadas concesiones. Cuando lo consideró oportuno, los abandonó a su suerte, y los kurdos iraquíes pagaron un alto precio por su rebelión. Este episodio exacerbó el nacionalismo en el Kurdistán iraní. Los kurdos iraníes, acaudillados en su día por Simko/Simitqu, ya habían protagonizado conatos separatistas en las décadas de 1920 y 1940. De las diversas minorías étnicas y religiosas presentes en Irán, los kurdos son el grupo que cuenta con un sentimiento de identidad nacional más acentuado, y mantienen estrechos lazos con las poblaciones hermanas asentadas en Irak, Turquía y Siria. La insurrección que protagonizaron durante la revolución jomeinista fue aplastada de raíz y causó a los kurdos de Irak en la década de 1980.
El referéndum celebrado a finales de marzo de 1979 rubricó la destitución del sah e instauró la república islámica con un noventa y siete por ciento de votos favorables.
Había desafíos, pero los más importantes eran los muyahidines del MKO , por un lado, y Sadam Husein, por otro. Los muyahidines habían apoyado la revolución, pero en noviembre de 1980 fueron objeto de las iras de Jomeini, que los tildó de munafiqín (“hipócritas”), término reservado para aquellos que, tras haberse declarado fieles seguidores de Mahoma, renegaron del Profeta. Bajo la acusación de que era un espía al servicio de la Unión Soviética, mantuvo encarcelado a su cabecilla durante diez años, mientras los hezbolaíes destrozaban los locales del MKO . Antes de que sus dirigentes optasen por el exilio, los muyahidines respondieron con manifestaciones y violencia callejera y, más adelante, incluso con bombas que acabaron con la vida de muchos seguidores de Jomeini. En junio de 1981, estallaron dos bombas en la sede central del Partido Islámico Republicano, que segaron la vida de más de setenta colaboradores y asesores de Jomeini, entre ellos su mano derecha, el ayatolá Beheshti. En represalia, varios miles de seguidores de los muyahidines perdieron también la vida –algunos fueron ajusticiados en público– o dieron con sus huesos en la cárcel.
En septiembre de 1980, las tropas de Sadam Husein invadieron Irán, dando así comienzo a una guerra que duró ocho años y que supuso una presión añadida para el régimen iraní. Son muchas y muy divergentes las opiniones sobre las causas que desencadenaron el conflicto. Es posible que, conociendo la debilidad del régimen iraní, Sadam aprovechase la oportunidad para atacar, con la esperanza de arrebatar a sus vecinos la franja de Chat-el Arab y algunos territorios más. El líder iraquí pretendía zanjar así una disputa fronteriza que se había resuelto en detrimento de Irak durante la década anterior. Otros sostienen que la propaganda religioso-revolucionaria del régimen iraní durante los años 1979-1980 iba destinada a provocar un levantamiento de los chiíes iraquíes y pretendía acabar con el régimen del país vecino. Así, pues, Sadam no tuvo otra opción que declarar la guerra. El caso es que Sadam fue quien ordenó invadir y ocupar parte del territorio iraní –en definitiva, el agresor–, y que, al final de la sangrienta contienda, de la idea de los iraníes de llevar la revolución religiosa más allá de sus fronteras no quedaba nada (se redujo a la intervención iraní en la creación de Hezbolá en Líbano, a principios de la década de 1980). Un millón de iraníes resultaron muertos o heridos, y toda una generación quedó marcada de nuevo por el simbolismo del martirio chií. Además de los soldados regulares y los pasdarán (“guardianes de la revolución”), muchos basiyíes (“voluntarios”), incluso niños de doce años, fueron llamados a filas.

En la elección del sexto Majlis , en mayo de 2000, los candidatos de las reformas consiguieron ciento noventa de los doscientos noventa escaños del parlamento. Muchos observadores pensaron que, por fin, soplaban vientos de cambio. Hubo quienes creyeron entonces que Irán podía evolucionar hacia una forma moderada de liderazgo religioso, un sistema en el que, más que desempeñar un papel preponderante y protagonista, como así era desde 1979, los clérigos se limitasen a impartir determinadas orientaciones, sólo de vez en cuando y discretamente. Con la perspectiva de hoy, puede afirmarse que los ataques de la prensa reformista contra el ex presidente Rafsanyani durante la campaña electoral fueron un error de bulto, y sólo consiguieron que éste, que hasta entonces había tratado de ejercer el papel de árbitro entre los dos bandos –bien que con escaso éxito–, se decantase a favor de la línea dura. Es posible que el propio Rafsanyani liderara desde el verano de 2000 el ala más radicalmente enfrentada al programa reformista, cuya actividad electoral se intensificó y ganó en efectividad. Por otra parte, una campaña perfectamente orquestada y programada de detenciones y cierres puso fin a la libertad de que había gozado la prensa. El
líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, intervino personalmente para evitar que el nuevo Majlis derogase la ley de prensa, aprobada durante los últimos meses de la legislatura anterior, que permitió tal atropello. Al mismo tiempo, los elementos más intransigentes del sistema impidieron cualquier aplicación práctica del programa de reformas. En aquel momento, Jatami dejó pasar la oportunidad de enfrentarse abiertamente con la línea dura. La confrontación habría sido inevitable en el caso de que Jatami hubiese cumplimentado el programa de reformas e impulsado el acercamiento en el terreno de las relaciones internacionales. Pero el momento pasó, la libertad de prensa se agostó y el ala dura del régimen recibió un balón de oxígeno. Los ensayos con el misil Shahab III, de alcance medio, realizados en julio de 2000, marcaron el inicio de una nueva era y aumentaron la inquietud internacional en cuanto a los programas de armamento y las pretensiones nucleares del régimen iraní.

Desde 1979, Irán se ha enrocado en la resistencia a los valores que representa Occidente y, más en concreto, Estados Unidos. Hasta cierto punto, es una actitud coherente con el sentir popular iraní, tan apegado a la excepcionalidad y trascendencia cultural de su nación. La revolución iraní de 1979 fue el preludio de un resurgimiento del islamismo que trascendió las fronteras de este país, un ejemplo meridiano de que pretender implantar en Oriente Medio y en otras regiones del mundo el modelo occidental tenía poco de realista. Como tantas veces ocurrió en el pasado, para lo bueno y para lo malo, otros pueblos siguieron el camino que Irán había desbrozado. A finales de la década de 1990, se pensó que el movimiento reformista encabezado por Jatami podía ser una alternativa el extremismo islámico, pero estas expectativas no se cumplieron, como ya vimos. En la actualidad, parece que la sociedad iraní es más escéptica con el liderazgo religioso y más proclive al laicismo que otras poblaciones de Oriente Medio, pero la esperanza de una “reconversión” a los valores de Occidente, aunque sea atemperada, es bastante prematura, cuando menos.
Occidente no supo sacar provecho de la mano tendida por un presidente reformista al frente de los destinos de Irán, y aquello fue un grave error. La oportunidad se presentó tras los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, cuando miembros de la clase dirigente iraní, no sólo Jatami, sino también Jamenei, condenaron sin paliativos los ataques terroristas, y fueron muchos los iraníes que se manifestaron solidariamente, con vigilias a la luz de las velas en las calles de Teherán. Un gesto muy diferente al que protagonizaron otros pueblos de Oriente Medio. Otra ocasión parecida se produjo cuando, a finales de 2001, Irán ofreció un respaldo importante a las fuerzas de la coalición contra los talibanes. Entonces se brindó a ejercer sus buenos oficios e intentó convencer a la OTAN para que aceptase una solución democrática en Afganistán.
Más todavía; en la primavera de 2003, la administración Bush ignoró la oferta que, tras la caída de Bagdad y a través de los suizos, le hicieron llegar los iraníes. La oportunidad no era baladí: una posible solución a la crisis nuclear y el reconocimiento de facto del estado de Israel (el conocido como “gran pacto”).
Digamos, sin embargo, que el reconocimiento de los errores propios no significa que nos adhiramos al quejumbroso sentimiento de culpa de muchos observadores occidentales en Oriente Medio. Occidente no es el culpable de lo que ocurre en Irán. Si fuese posible invertir la historia, y este país se hubiera encontrado en la misma situación de fuerza que Gran Bretaña entre 1815 y 1950, o que Estados Unidos desde entonces, probablemente habría actuado con idéntica o mayor torpeza. Los iraníes dejaron pasar la oportunidad que supusieron los años de Jatami en el poder. Pero las cosas no suceden porque sí, y cuando no se hacen bien, es normal que se tengan que pagar los platos rotos.
Con todo, las cosas no pintan tan mal como parecen. Con la sola y posible excepción de Hezbolá en Líbano, los fieles chiíes de Oriente Medio no muestran mucho entusiasmo ante la idea de un gobierno islámico a semejanza del iraní. Aunque las voces más críticas provienen de los suníes, para la chía, el concepto de velayat-e faqih es demasiado radical. Bajo las directrices de Ali Sistani y Múqtada al-Sadr, los chiíes iraquíes han optado por seguir una línea independiente, aunque si continúan los ataques y las provocaciones por parte de los insurgentes suníes, pueden acabar en brazos de los iraníes. Hay que tener en cuenta que, en cualquier caso, Irán ejerce una influencia nada desdeñable sobre los chiíes iraquíes, y los iraníes tienden a considerarse a sí mismos veladores de sus correligionarios iraquíes, igual que de los chiíes de cualquier otra parte. Pero la situación es bastante más compleja. La chía asentada en el sur de Irak –concentrada alrededor de los santuarios de Náyaf (sepulcro de Ali), Kerbala y Samarra– cuenta con una autoridad religiosa propia, independiente de la chía iraní, siempre más atenta a las enseñanzas emanadas de los seminarios de Qom. Los chiíes iraquíes acaban de fiarse del todo de los iraníes, y tampoco los iraníes ven con buenos ojos que su gobierno destine fondos y ayudas a ciudadanos de otros países, ya sean iraquíes, libaneses o palestinos, cuando muchos de sus paisanos carecen de trabajo, de vivienda o no han conocido nunca unas condiciones de vida dignas.

Detrás de los alarmantes titulares de los medios de comunicación, late un Irán profundo, reflexivo, humanista. Sólo así puede entenderse la eclosión del cine iraní, uno de los fenómenos culturales más sobresalientes que se han registrado en el país desde la revolución. Privado de los ingredientes de sexo y violencia que los productores de Hollywood consideran indispensables, el cine iraní aporta un lirismo poético bien aceptado en todas partes, como lo acreditan los numerosos premios internacionales que se le han otorgado. Directores como Abbás Kiarostami, Yafar Panahi, Mohsen Majmalbaf y su hija, Samira Majmalbaf, han visto reconocidos sus esfuerzos gracias a películas como La manzana, 10, El sabor de las cerezas, El círculo, La pizarra y El color del paraíso. Muchos de estos filmes abordan asuntos delicados, como los malos tratos a las mujeres, la indefensión de los niños, los efectos de la guerra o la descomposición política y social de Irán, aparte de otras cuestiones comprometidas o que pueden parecer críticas a ojos del régimen islámico.
Las culturas iraní y persa han ejercido una enorme influencia en la historia del mundo. Como en tantas otras ocasiones, lo que a Irán se le haya ocurrido hoy, el resto del mundo, o gran parte de él, lo atisbará mañana. En muchos aspectos, Irán ha sido el imperio de la razón; en cierto sentido, todavía lo es. La cultura iraní es la argamasa que ha mantenido unida una nación tan plural desde un punto de vista étnico y lingüístico. Irán está llamado a desempeñar un papel mucho más importante que hasta ahora en Irak, Afganistán y en todo Oriente Medio. Pero, ¿es un imperio del futuro? O dicho de otra manera, ¿está Irán en condiciones de asumir el importante y decisivo papel que le corresponde en Oriente Medio y en el mundo?
Así planteado, parece dudoso. Y una de las dudas es si el mundo estará dispuesto a consentirlo. Más dudoso aún –y ésa es la gran incógnita– es si el Irán de hoy, el país gobernado por una camarilla endogámica de estrechas miras, será capaz de asumir semejante papel.
Cuando Shirin Ebadi, una de las mentes más sutiles y altruistas del país, fue distinguida con el premio Nobel de la Paz en 2003, el entusiasmo con que se recibió la noticia en todo el mundo contrastó con el trato que le dispensó el gobierno iraní en su país. El mundo contempló estupefacto tal muestra de incompresión. Desde 1979, Irán mantiene un pulso con Occidente y con los valores que representa. Un empeño nada reprochable en sí mismo, de no haber sido por el sufrimiento y la opresión, la deshonestidad y la decepción que lo acompaña. ¿Puede Irán ofrecer algo más? No sólo puede, sino que debe intentarlo.

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Axworthy introduced the book by calling it “an introduction to the history of Iran for a general readership, assuming little or no prior knowledge.” That is basically true…but if that is where you are coming from, you are most likely going to find some sections slower going than others.
The first one-third is a very good overview of ancient central Asian history through Cyrus the Great; the middle third was overwhelming for its wealth of unknown names and specialised terms that demanded one’s full attention or repeated readings; the final third was surprisingly fascinating and a painless read given its coverage of the last 50 years of Iran’s history–a period I can recall events from (for example: watching a helicopter airlift the Ayatollah Khomeini’s casket to safety from the surging mobs on TV). Compartmentalising these sections is the only way I really could come to grips with this book, plucked from a library shelf because of a desire to fill in my knowledge of this much-maligned but historically rich country.
I heartily recommend this history to anyone especially interested in Iran’s rich literary past for it includes a very good introduction to Persian poetry and aesthetics. Its coverage of early history is also very good–concise and easy to read. But from 1000-1920, I confess I couldn’t keep my focus and didn’t re-connect until the final 100 or so pages, which caught me by surprise and completely held my attention…
Iran has a literary and poetry tradition few countries (Russia) can go near. US citizens usually reduce it all to owning a copy of Collected Rumi while geographically learning of it from the Flock of Seagulls, “Iran so far away”. What they don’t know is that in today’s Iran, “only 1.4 percent of the population attends Friday prayers”. Heck, in the US, far more people attend to our top weekly organized fundamentalist gathering: corporate televised sports. Before Iran, it was called the Persian Empire and its language Farsi comes from the dialect originating in the Fars province. I read elsewhere that Fars in today you find both the 518 BC ruins of Persepolis (the Achaemenid Empire Capital) and modern Shiraz. There, at the Haft Khan Restaurant, you can actually order a Shiraz in Shiraz. Just saying.
Early nomads had the upper hand because they could descend on agricultural zones at harvest times and there goes your years work. This led to peasants paying part of their harvest in order to be left alone. Think of the historic rulers of Iran as being of nomadic tribal origin. In comes Zoroastrianism, which Nietzsche saw as the first religion to emphasize personal choice and responsibility.
By the 1990’s Iran was “hosting two million refugees”. In 2002, Iran is included in the Axis of Evil Speech. Iran was a beneficiary of the US shortsightedly removing Saddam in Iraq. Michael is partly ignorant on the Iran Nuclear part of the book. He gets that countries need a deterrent if they don’t want to have to bend over in the shower for the US. but he doesn’t understand as Noam says, signing a nuclear free Middle East can’t happen because then Israel would have to let the unchosen look at their nuclear arsenal. So, blame Iran. Bomb Bomb Iran. Just don’t Blame Blame Israel. At the end of the book Michael writes the best of Iran has been the tolerance of the people and now much of the best have left, are imprisoned or are mute.
Reza Shah in the 1930’s switched Iran to modern dress as was done in Turkey. Mossadeq takes power, British technicians leave the Oil installations in the South, and Britain imposes a blockade so the Oil Industry becomes a huge stagnant money loser. The US refuses him a loan when he travels to the US. After back in Iran, the CIA removes him from power. In comes the brutal Shah and SAVAK, yadda yadda, but what really happens is the US replaces Britain as Iran’s repressive custodian. Now it was the US’s turn to hate on Iran, after Britain’s utter criminal neglect allowed the insane Iranian Genocide of 1917-19 [Mahd]. After the autocratic Shah leaves, you have the Iranian Revolution of 1979, a genuine people’s revolution. Then the hostage crisis. Then the Iran-Iraq War. The USS Vincennes ship goes into Iranian territorial waters and shoots down an Iranian civilian airliner with “a pair of surface-to-air-missiles” killing 290 people. Teaching the world exactly the US response with some gung-ho commander who defies international law and kills 60 very cute children with a press of the button, President Reagan sprang into action. He “awarded the commander a campaign medal”. From the internet I’ve learned that his citation from Reagan read: “For exceptionally . . . outstanding service as commanding officer, USS Vincennes from April 1987 to May 1989”. And where pray tell, is that commander now (since Michael won’t tell us)? Rogers is the commanding officer of Tactical Training Group Pacific at Point Loma, Calif., where every new commanding officer goes through a three-week course before deploying his ship. As such, Rogers is in a key position to influence the tactical thought aboard practically every warship in the Pacific Fleet. And don’t worry about the anti-air warfare officer either, he has been promoted to be the executive officer, or second-in-command, of those Cadillacs of the surface warfare community, another Aegis cruiser.

Violence and drama, invasions, conquests, battles and revolutions, these are the background colors that stain Iranian history, which dates back to ancient times and extends over vast territories. The corresponding religious, geopolitical and intellectual nuances are also not lacking, which unleashed profound changes within the country and made their way throughout the world. With the questions of a new situation, today’s Iran also demands our attention. Are we facing an aggressor power, or before a country that is a victim of the times in which we have lived? What has been the traditional attitude of the Iranians as a people, expansionist or rather passive and defensive? What is Iranian Shiism like: is it quietist or, on the contrary, is it a violent, revolutionary and millennial movement? Only by sticking to historical facts can we find answers to these questions. Iran is, since time immemorial, an extraordinarily complex and influential civilization.
Iran is a nation of stark contrasts and of contradictions and exceptional situations. Those who do not know it thoroughly imagine an almost desert and scorching country, when in reality it is a territory of high mountains and a cold climate, along with areas of great agricultural fertility and others of subtropical jungle; a country that, thanks to such a varied climate, can boast of a flora and fauna that are as rich as they are varied. Immersed in the Middle East, surrounded by Arabic-speaking nations, sandwiched between Iraq and Afghanistan, Russia and the Persian Gulf, Iranians express themselves in an Indo-European language. Generally, we conceive of Iran as a homogeneous nation, cohesive by strong cultural frameworks, when the truth is that minorities (Azeri, Kurdish, Jangalí, Baluchí, Turkmen and others) constitute almost half of the population. Since the 1979 revolution, Iranian women have been subject to one of the strictest Islamic codes of clothing, which partly explains why many Iranian families allow their daughters to study and even practice a profession. being married, so that women constitute sixty percent of the university population. In Iran, some of the most outstanding monuments of Islamic architecture are raised, while traditional traditions are maintained, such as goldsmithing or the manufacture of carpets, or the bazaar is used as an area for the development of commercial activity. However, little by little, the capital, Tehran, has ended up surrendering to concrete, traffic saturation and pollution. With the possible exception of Russia, few peoples are as proud of their literary heritage as the Iranian is, especially when it comes to poetry.

A fallacious interpretation that must be refuted: no matter how much thought we give it, Iran and Persia are the same. Faced with the romantic image of Persia that we all carry inside – gardens full of roses and nightingales, horses that gallop like the wind, tempting and mysterious women, sharp sabers, dazzling colored carpets, poetry and delicious melodies – the stereotype rises to the used by Western media when reporting on Iran: sullen-looking mullahs; Petroleum; the pale faces of women who gaze in thought from the inside of black chadors; exalted crowds that burn flags shouting “death to …”, and so on.
To the south of Iran is the province of Fars, whose capital, Shiraz, is home to the oldest and most impressive archaeological sites in the country: Persepolis and Pasargadae (apart from Susa, in nearby Khuzistan). In ancient times, the province was known as Pars, after the tribe that settled there, the Persians. When the Persians created an empire that brought together that region, the Greeks called it the Persian Empire, and the term “Persian” that they introduced was the same as the one used by the Romans and, later, the Europeans described the successive empires that arose. in the territory that today Iran occupies, namely: Sassanid Persia.

The traditional answer tells us that the Iranians were part of a branch broken off from the trunk of the Indo-European peoples who, coming from the Russian steppes, settled in Europe, Iran, Central Asia and northern India, as a result of a series of invasions and migrations that took place at the end of the second millennium BC. by C.
This answer also explains the close relationship not only between Persian and other Indo-European languages, such as Sanskrit or Latin, but also with more modern languages, such as Hindi, German or English. Thus, when a speaker of one of the European languages makes the decision to study Persian, he soon discovers words that are familiar to him, that “sound” to him, so to speak. Some come from terms like pedar (“father”, in Spanish; in Latin, pater; father, in English); dokhtar (daughter, girl, in English; Tochter, in German; in Spanish, “daughter”, “girl”), mordan (“to die”; in Latin, mortuus; mourir, la mort, in French), nam (“name “, In Spanish; name, in English), dar (door, in English; in Spanish,” door “) …
Zoroaster did not create a new religion, but limited himself to reforming and simplifying existing religious practices – which was a source of confrontation with the traditional priests -, investing them in a more complex philosophical theology, which emphasized morality and justice. An argument in support of this thesis is found in an ancient tradition that attributed to written texts an enigmatic and demonic character, which reinforces the idea that the Iranians associated this practice with the Semitic peoples and other tribes with whom, centuries later from that migration, they met again. This explanation is reinforced by the fact that the Persian word div, the root from which the Latin and Sanskrit terms derive to refer to the gods, designated – according to the teachings of Zoroaster – a class of demons contrary to the teacher and his doctrine, which allows us to suppose that the reforming prophet proceeded to identify some previous deities as evil spirits: demons were associated with chaos and disorder, antithesis of the principles of goodness and justice that the new religion wielded; the people, on the other hand, associated them with the diseases of man and animals, bad weather and other natural disasters.
Ahura Mazda means “god of wisdom” or “wise god”. Dualism took a long time to solve the problem of the existence of evil (evil comes from Ahriman, with whom Ahura Mazda had to face for supremacy), which causes so many headaches for monotheistic religions and, at least initially, It involved a firm commitment to the ideas of free will – a consequence of the need to choose between good and evil -, of the virtue that emanates from good works, of the belief in a judgment after death, of a heaven and hell in short. Some scholars suspect that after a few centuries, in any case before 600 BC. of C., the mazdeismo gave letter of nature to the concept of messiah (saoshyant), that miraculously will have to be born of a virgin and of the seed of the own Zoroaster at the end of the times.

Who were the Macedonians? There are those who think that they were not Greeks, but a people close to the Thracians, or descendants of Balkan tribes integrated into the orbit of the Indo-European Greeks. This was the situation in the time of Philip and Alexander, but even under these circumstances the Macedonians clearly marked the differences that distinguished them from, for example, the Greek addicts who accompanied Alexander on his forays through the lands of the East. Like other non-Greek peoples of the 5th century BC. of C., the Macedonians did not participate in the Olympic games. However, the Persians referred to them as “those Greeks who wear hats,” and Herodotus himself assumes that, although distant, they were of Greek descent. Like the Medes and Persians of the time of Cyrus and other warlike clans established in mountainous or remote regions, the Macedonians were aware of their superiority as a people, but their internal divisions and squabbles did not make them easy to rule. Most likely, his identity was the result of disparate origins and influences.

Many of the languages of the territories conquered by the Muslims disappeared before the strength of Arabic, but the Persian language survived. Pahlavi underwent a process of evolution, was enriched with numerous words of Arabic origin and, after being cornered for two centuries, re-emerged as the simple and elegant language that Iranians speak today. Although it may be thought that, as with English after the Norman invasion, Pahlavi was transformed into a new language, the fact is that modern Persian has not undergone substantial transformations since the 11th century. The poems of that time that have come down to us are perfectly intelligible to today’s Iranians, they are studied in schools and often quoted from memory. The people, therefore, continued to speak Persian, and Persian adopted the Arabic script.
The Shahnamah (Book of Kings), by Ferdousí, constitutes another of the milestones of that continuity in which language, history, popular tradition and poetry are confused. It is a unique compilation of the poems that circulated during that transitional period, a work dotted with passages and narratives that are well known in today’s Iran.
Love is the theme par excellence of Persian poetry since its dawn, a poetry full of loves of all kinds and conditions: sexual, divine, homoerotic, disappointed, desperate, deluded; loves that yearn for oblivion, that dream of consummation; loves that console or push to resignation. On many occasions, we intuit the presence of two or more kinds of love, metaphorically and subtly intermingled, as in a riddle. Other times, thanks to metaphors –especially those referring to that other great subject that is wine–, love is always present, even if it is not even mentioned.
Just as the epic poem Shahnamah, by Ferdousí, brings together a series of traditions referring to the kings of Persia, it is possible that these Persian poems are closely related to the courtly poetry of the Sassanids, of love or heroic transcript. Aside from the immediate motif of love, meter, and rhyme, most of these poems follow the traditional pattern of Arabic poetry, and are a good example of the linguistic and cultural marriage between Iranians and Arabs during the years that followed the conquest.

For many years, the Abbasid caliphs and other dynasties had used Turkish mercenaries and slaves from Central Asia as members of their armies to, incidentally, maintain order in their territories. In turn, the Turks had become a worthy political element, and on occasion, like the Ghaznavids in the eastern part of the empire, had threatened to seize power. In the middle of the 11th century, a confederation of Turkish tribes, led by the Seljukis, took another step: they defeated the Ghaznavis in the northeast, entered the heart of the empire and took Baghdad; then they continued their march to the West, where, after defeating the Byzantines (1071), they occupied most of Asia Minor.
The Timurí empire ended up fragmenting into a mosaic of states with their own dynasty. At the end of the 15th century, two of these states, important confederations of Turkmen tribes, the Aq-Qoyunlu (“white sheep Turks”) and the Qara-Qoyunlu (“black sheep Turks”) clashed for power in the most devastated Iranian plateau. The white sheep Turks were victorious, but were defeated by a new dynasty from Turkmen Anatolia, the Safavi, who had the support of the Qezelbash. To understand the Safavid dynasty, however, we have to go back to the seventh century, in order to have a more complete view of the history and expansion of the Shiite movement.

At the beginning of October 680, a hundred armed men and their families, coming from Mecca and after traveling hundreds of kilometers through the Arabian desert, arrived near the city of Kufa, on the banks of the Euphrates River, to the south of present-day Baghdad.
As the travelers, led by Hussein, prepared to enter the city, a thousand warriors on horseback met them. Escorted by the horsemen, the newcomers turned around and headed north. The next day, four thousand more men showed up with the intention of having Hussein take an oath of allegiance to Caliph Yazid I, but Hussein refused. By then, he and his people had almost no water, and the caliph’s troops prevented them from approaching the river.
After a few days they received new orders: by force, Hussein and his people had to pay vassalage. The soldiers lined up in battle order and prepared to charge the small group. Hussein tried to convince his people to get to safety and leave him alone in the face of the enemy.
Hussein was the son of Fatima and Ali, the daughter and cousin of the Prophet, and consequently the grandson of Muhammad. This version of the slaughter of Muhammad’s closest relatives has been passed down from generation to generation among Shiite Muslims. As usually happens in these cases, another interpretation of the facts must have circulated, in which the attitude of the Umayyad caliph did not turn out so badly, since, in the face of the sterile idealism of the Alawites, he acted with the pragmatism necessary to maintain the cohesion of such a disparate empire. For our purposes, the key is to understand the Shiites’ interpretation of such events as the crucial and decisive event that marked the dawn of Islamic chia. The tomb of Hussein in Kerbala, erected in the same place where the massacre took place, is one of the sacred places par excellence of the Shiites. Every year the tragedy (Achurá) is remembered with massive mourning processions and various public manifestations of pain. Around the events of Kerbala, Shiite Muslims have created a symbolism that extols the martyrdom of Hussein and perpetuates a ritual in which pain, betrayal and shame are intertwined.
The term “chia” actually means “Ali’s chia”, that is, it designates the followers of Ali, a cousin of the Prophet and one of the first converts. Chia, also known in early Islam as the Alawites, refers to those who defend the dynastic legitimacy of the direct descendants of Ali and the Prophet. Later other interpretations and doctrines related to chia appeared.
From the beginning, the followers of Muhammad had to contend with temporal authority. Thus, when the tense relations they maintained with the Meccan leaders degenerated into frank hostility, Muhammad, Ali and their people had to flee from Mecca and seek refuge in Medina. It is a situation that is repeated over and over again in the history of Islam and, especially, in the history of Shiism. Muhammad abhorred the way of life that the Mequins led, and exhorted them to lead a more orderly conduct and in accordance with the will of God, just as it had been revealed in the Qur’an. The Meccan authorities taunted him and persecuted him.
Shiite Muslims believe that Muhammad appointed Ali as his successor, with the rank of caliph, and that others usurped dynastic legitimacy. As we saw in the previous chapter, when Ali became the fourth Caliph in 656, the Islamic rulers had already conquered vast territories stretching from Egypt to Persia. In these circumstances, the most prominent families of the Arab tribes accumulated enormous power, especially some members of the Quraichi tribe, many of them faced with Muhammad before Mecca submitted and was converted, which forced the Arab conquerors to establish new forms of government and to test new balances of power.

The political influence of the ulama close to the court grew as the shah’s interest in state affairs waned. We know that one of these powerful clerics, Mohámed Baqer Majlesi, was involved in planning political measures against certain minorities – at least in the case of Hindu merchants – as a demagogic device to regain the popularity of the regime. The persecutions were as arbitrary as they were unpredictable: sometimes they were directed against Hindus or Jews; at other times, they attacked Armenians, Sufis, followers of Zoroaster, or Sunni Muslims in the provinces. In general terms, despite the favorable treatment accorded to Jews and Christians as “peoples of the Book”, they were at a disadvantage vis-à-vis the law and endured daily humiliations, defenseless against the ambition of the akhund (agitating preachers ), who tried to thrive by provoking revolts against minorities. However, there are doubts about the responsibility of Majlesi in the worsening of the situation in the days of Suleiman.
As the reign of Shah Suleiman, despite appearances, came to an end, the Safavid regime began to leak everywhere. His monuments were splendid to be sure, but the Persian intellectual world, once distinguished by its tolerance and open-mindedness, was now in the hands of mean and short-sighted men.

The decades that followed Nader’s disappearance are a story of chaos, destruction, violence and affliction. If the reader does not want to risk losing his faith in human nature, he should refrain from reading further.
After Nader’s assassination, his nephew Ali Qoli proclaimed himself sah by the name of sah Adel, which means “sah just,” an unfortunate appellation to say the least. He sent troops to the stronghold of his predecessor, Kalat-e Naderi, in Khorasan, where the soldiers put all but one of Nader’s sons and grandsons to the sword.
The Persia of the 18th century was not just a place of slaughter and tribulation. It is likely that in many, if not most of the localities far from the main cities and towns, life passed relatively quietly during those years. Other changes did affect them, such as those that occurred in Shiite theology and in the social and religious structure of Chia, phenomena that had great long-term significance. During the sixteenth and seventeenth centuries, the old controversy between tradition and reason that the Mutazilis and their detractors had maintained in the Abbasid period, under Sunni obedience, reappeared. It reappeared, although with different nuances, as an expression of the doctrinal differences between ajbaríes and usulíes, and opened a controversy between both schools that lasted until the 19th century.
According to the ajbaris, ordinary Muslims could read and interpret the sacred texts on their own, without the need for intermediaries. Oral traditions (the Hadith), especially the stories of the Shiite imams, were the best way for a good Muslim. The usuli, for their part, radically rejected this doctrine, and affirmed the need for an interpretation on the basis of authorized reason (ichtihad), which only the most prepared ulama (muchtaidines) can carry out, after a long period of time. deformation. Almost all facets of human existence could be interpreted, according to this school, in the light of ichtihad. On the contrary, the ajbaríes thought that those matters that are not contemplated in the sacred texts should be solved by the civil jurisdiction. The Ajbari school was closer to the orthodox Sunni, and they were on the verge of imposing their views during the reign of Shah Nader, whose religious policy – ambiguous in form, but ultimately decidedly pro-Sunni, as we have seen – the favored. Finally, and thanks to the influence of the great mullah Muhammad Báqir Vahid Behbahani (1706-1790), the usuli imposed their criteria.

The reaction that provoked the outcome of the querra with the Russians and the subsequent assassination of Griboyedov showed the power of the mullahs and the identification that existed between these characters and a good part of the inhabitants of the cities. Although, not all clergy thought the same way. In the decades that followed, as other European powers demanded and benefited from the same privileges that the Russians had achieved in Turkmanchai, and as the Qatari monarchy felt incapable of safeguarding the sovereignty and dignity of Persia, popular disenchantment was on the rise.

In 1925-1926, Jan Reza was crowned sah with the acquiescence of the Majlis, whose representatives considered him capable of achieving the aforementioned objectives, the same ones that others before him had set themselves, without success. Reza had given ample reasons to justify the confidence they gave him, but if he succeeded in putting his reformist program in motion, it was at the cost of taking a liberal and representative government. To some extent, it can be said that what he did was an unintended consequence of the constitutional revolution, the same one that had wrought him.
After the coup of 1921, when he was appointed Sardar-e Sepah, Jan Reza was forty-two years old. Apart from the fact that he had come into the world in the village of Alasht, in the forested region of Savad Kuh, in Mazanderán, we know little of his roots. Perhaps that is why, once he was crowned sah, his figure was the subject of innumerable fables. Some maintain that his family was of Turkmen origin; others, on the other hand, say that Pashtun. He lost his father when he was still a child; His mother took him to Tehran and he grew up in the home of a maternal uncle. Thanks to the contacts of his uncle in the Cossack brigade, young Reza joined his ranks at the age of fifteen. He eventually became a tall, strong man with a scowl and a pronounced jaw. Although some of the technocrats he chose to carry out his modernization program thought his manners and the way he spoke to be crude and scoffed at his scant culture, none dared to do so in the presence of him, who commanded deep respect.
Shah Reza was careful from the beginning to reaffirm his position and the autocratic nature of the regime he had established. Although he came to power with the approval of the Majlis, some of his opponents, such as Muhammad Musaddaq and Sajid Hasan Modarres (the voice of the ulama in parliament), tried to avoid his appointment as shah because they thought that Reza was willing to kill him. the liberal foundations of the Constitution. Musaddaq stayed on his thirteenth and found his bones in jail. Modarres and others tried to reach a compromise with the new shah, in which the Majlis and a constitutional government would have a fit. There were also defenders of the Constitution who, as ministers, placed themselves under Reza’s orders. Among them are figures of the stature of Hasan Taqizadeh (later on), so important during the five-year period from 1906 to 1911. Few enjoyed the position, and more than one was dismissed, imprisoned or exiled for reasons as banal as having become suspicious in the eyes of the shah, or because of the sovereign’s overriding need to reassert his personal authority.

After a period of tensions, negotiations and pressure from the United States and Great Britain, the Soviets announced their intention to withdraw from Iran. At the end of May 1946, Russian troops left the region. The Iranian forces immediately occupied it, partially restoring the prestige of the Iranian army with its people. However, at the end of that same year, force had to be resorted to to impose the authority of the central government. The Russian occupation eroded the image of the Soviet Union in the eyes of many Iranians. Not so that of the Tudeh party, which gained political weight and came to play government portfolios, from which it promoted social reforms and laws that limited working hours and established a minimum wage. In 1949, the Tudeh party, accused of participating in a plot to assassinate the young shah, was outlawed. From that moment, and with the support of related writers and journalists, he developed his political activity in hiding. Taking advantage of the low popularity of the Russians, the United States decided to increase its presence in the country, for which it sent advisers, technicians, military advisers and aid of all kinds. Once the nationalist clamor after the reincorporation of Azerbaijan and the recovery of territorial integrity had been silenced, popular concerns focused on the no less annoying grievances arising from the oil concessions.

Ruhollah Khomeini came to the world in September 1902, in Khomein, a small town halfway between Isfahan and Tehran. He was born into a family of sayids (descendants of the Prophet), perhaps originally from Nishapur, whose ancestors had been mullahs for several generations. In the 18th century, one of his ancestors moved to India and settled with his family in Kintur, near Lucknow, from where his grandfather, known as Said Ahmad Musawi Hindi, returned to Persia again. in 1839, to settle in Khomein. He bought a large house, and led a life commensurate with a wealthy social position. His son Mustafa studied in Isfahan, Najaf, and Samarra, and married the daughter of a distinguished clergy family. He belonged to the highest hierarchical level among the ulama, a category above the mullahs. Clergymen in his position made their living as spirit guides, notaries, or preachers.
Khomeini highly regarded himself, as well as the dignity of the ulama as a class, and he always dressed neatly, without the affected indifference of some young ulama. Many regarded him as a sullen and reserved man, some even as arrogant; but his generosity and good character were well known in the small circle of students and friends who had the opportunity to treat him closely. As for his public image as a teacher and mullah, he needed to set an example of authority and grave dignity. During the 1940s and 1950s, in addition to continuing his teaching duties in Qom, we may not stray too far from reality if we imagine a Khomeini trying to adopt an ideological stance of his own, halfway between the anti-colonial and anti-British activism of the Ayatollah. Kashani (imprisoned by the English between 1942 and 1945), on the one hand, and the position held by Ayatollah Hussein Boruyerdi, more conservative and austere, with quietist tendencies, who rarely made his views known on political matters. His extraordinary intellectual capacity, his curiosity and his lack of adherence to conventions were enough so that, while maintaining a deferential attitude towards his superiors in the hierarchy of the ulama, he developed a more innovative and creative doctrine. After Boruyerdi’s death in March 1961, Khomeini was appointed ayatollah; By then, new students were constantly joining the already numerous students who were attending his ethics classes, and some considered him as his Maryá, his example.
Since 1964, Khomeini had been out of the country and, at first glance, remained aloof from Iranian politics. In a sense, it can be said that politics was banished from Iran, which was an activity reserved for students and Iranians residing abroad. In Iran, behind closed doors, the press was still subjected to strict controls and censorship, the elections were nothing but a rigging, and the SAVAK persecuted, detained and imprisoned activists of the Tudeh party as well as dissidents of any faction.

Between 1963 and the late 1970s, Iran experienced strong economic development, raising its per capita gross national product from $ 200 to $ 2,000. Industrial production soared thanks to the introduction of new industries in the mining, textile and automotive sectors; Countless jobs were created, absorbing population growth and the large labor force that had deserted the countryside. The wages were low, however. Public funds also went to education and health care.
Thanks to the unexpected vein of oil revenues, the investments followed one another at a dizzying pace, especially once the shah negotiated his participation in the oil company and acquired greater decision-making power in production and prices. In 1973, after the Yom Kippur war, the price of oil doubled, and increased again by another at the end of that year, when the shah made the OPEC countries see that they should raise prices, arguing that, in the international market, the price of oil had not increased at the same rate as that of other raw materials. As a result, state revenues increased considerably, although much of those funds returned to the West, especially the United States and Great Britain, in exchange for vast amounts of weaponry (the shah bought Britain more Chieftain tanks of the United States). which had the British army itself).
In January 1978, an article appeared in the Ettela’at newspaper calling the clergy in general and Khomeini in particular “black reactionaries”. Although rejected by the Kayhan, a newspaper with a more independent editorial line, the article in question had come from the pen of someone who had the approval of the regime and the consent of the crown. Aside from misrepresenting the facts, claims were made that were pure fabrication, such as that Khomeini was a foreigner (because his grandfather was born in India, hence the Hindi nickname), that he had worked as a spy for the British and, to top it off , that he was a poet, which was still true. These rumors or inventions were intended to strip him of the clerical gravity of it (relying on the Qur’an, the vast majority of ulama abhorred poetry). The publication of the letter immediately triggered protests in Qom, where thousands of theology students clamored against the “government of Yazid”, while demanding a rectification, a constitution and the return of Khomeini. Clashes with the police broke out, and several seminarians were killed. The next day, Khomeini from Paris praised the courage of the students and called for the protests to continue. Ayatollah Shari’atmadari, at that time one of the most respected maryas, condemned the events.
After the forty days of traditional mourning, in which shops and universities remained closed, peaceful demonstrations were recorded in twelve cities.
As winter approached, the number of striking workers grew, and the violence intensified in early Muharram in December. One hundred thirty-five protesters were killed in Qazvín, overwhelmed by tanks. On Achurá day (December 11) more than a million people took to the streets of Tehran. After the festivity, street gangs roamed the capital. Numerous indications, mass desertions in Qom and Mashhad, for example, heralded that the army was no longer to be trusted, while President Carter was increasingly reluctant to lend his support to the shah. Attacks on US buildings, including his embassy, prompted many Americans to leave Iran. The shah no longer controlled the situation, and on January 16, 1979, he left the country. On February 1 of that same year, the plane carrying Khomeini landed at Tehran airport.

The 1979 revolution was not solely – perhaps not even fundamentally – a religious revolution. Aside from the moral burden of supporting a corrupt and oppressive regime, economic decline and disillusionment had also taken its toll on the middle class. This without forgetting the feeling of offended national dignity, the result of the unequal relationship with the United States. If the revolution had the strength to impose itself, it was thanks to its Shiite side, which provided the necessary cohesion and established a common goal for such disparate elements – including those who had no religious motivations – and thanks also to the ideas and personality of Khomeini. , which managed to unite in a single clamor to different groups, moved by very different interests (although only temporarily, according to some). Unlike other revolutions that occupy a prominent place in history, especially the Bolshevik of 1917, the Iranian revolution occurred as a consequence of a popular uprising: its triumph was the inescapable result of the action of the masses, and its immediate consequences , not in the long term, the genuine expression of the popular will.
Khomeini’s supporters established committees across the country, although not all agreed with centralization. To cite some areas, in the northwest, a region with a leftist tradition and with its own demands, the revolution took a more vindictive and autonomist drift, while in Kurdistan independence was openly advocated. In the 1970s, the shah had encouraged the armed resistance of the Kurds established in neighboring Iraq. It was only circumstantial support, to pressure the Iraqis and wrest certain concessions from them. When he saw fit, he abandoned them to their fate, and the Iraqi Kurds paid a heavy price for their rebellion. This episode exacerbated nationalism in Iranian Kurdistan. Iranian Kurds, once led by Simko / Simitqu, had already been involved in separatist attempts in the 1920s and 1940s. Of the various ethnic and religious minorities present in Iran, the Kurds are the group with a sense of national identity more accentuated, and maintain close ties with sister populations settled in Iraq, Turkey and Syria. The insurrection they carried out during the Khomeinist revolution was crushed in the bud and caused the Kurds of Iraq in the 1980s.
The referendum held at the end of March 1979 marked the dismissal of the shah and established the Islamic republic with 97 percent of favorable votes.
There were challenges, but the most important were the MKO mujahideen, on the one hand, and Saddam Hussein, on the other. The Mujahideen had supported the revolution, but in November 1980 they were subjected to the wrath of Khomeini, who called them munafiqin (“hypocrites”), a term reserved for those who, after declaring themselves faithful followers of Muhammad, denied the Prophet. Under the accusation that he was a spy in the service of the Soviet Union, he kept his leader imprisoned for ten years, while the Hezbolais vandalized the premises of the MKO. Before their leaders opted for exile, the Mujahideen responded with demonstrations and street violence, and later even with bombs that killed many Khomeini supporters. In June 1981, two bombs exploded at the Islamic Republican Party headquarters, killing more than 70 Khomeini aides and advisers, including his right-hand man, Ayatollah Beheshti. In retaliation, several thousand followers of the Mujahideen also lost their lives – some were executed in public – or found their bones in jail.
In September 1980, Saddam Hussein’s troops invaded Iran, starting an eight-year war that put added pressure on the Iranian regime. Opinions on the causes that triggered the conflict are many and widely divergent. It is possible that, knowing the weakness of the Iranian regime, Saddam seized the opportunity to attack, hoping to seize the Chat-el Arab strip and some other territories from his neighbors. The Iraqi leader thus sought to settle a border dispute that had been resolved to the detriment of Iraq during the previous decade. Others maintain that the religious-revolutionary propaganda of the Iranian regime during the years 1979-1980 was destined to provoke an uprising of the Iraqi Shiites and aimed to end the regime of the neighboring country. So Saddam had no choice but to declare war. The fact is that Saddam was the one who ordered to invade and occupy part of Iranian territory – in short, the aggressor – and that, at the end of the bloody contest, the Iranians’ idea of taking the religious revolution beyond their borders did not there was nothing left (it came down to Iranian intervention in the creation of Hezbollah in Lebanon in the early 1980s). One million Iranians were killed or wounded, and a whole generation was once again marked by the symbolism of Shiite martyrdom. In addition to the regular soldiers and the Pasdarán (“guardians of the revolution”), many Basiyis (“volunteers”), including twelve-year-old boys, were called up.

In the election of the sixth Majlis in May 2000, the reform candidates won one hundred and ninety of the two hundred and ninety seats in parliament. Many observers thought that the winds of change were finally blowing. There were those who believed then that Iran could evolve towards a moderate form of religious leadership, a system in which, rather than playing a leading and leading role, as it had been since 1979, clerics limited themselves to giving certain orientations, only from time to time. when and discreetly. With today’s perspective, it can be said that the attacks by the reformist press against former President Rafsanyani during the electoral campaign were a massive error, and only succeeded in making him, who until then had tried to act as a referee between the two sides – albeit with little success – favored the hard line. It is possible that Rafsanyani himself led since the summer of 2000 the wing most radically opposed to the reformist program, whose electoral activity intensified and became more effective. On the other hand, a perfectly orchestrated and programmed campaign of arrests and closures put an end to the freedom that the press had enjoyed. The Supreme Leader Ayatollah Ali Khamenei personally intervened to prevent the new Majlis from repealing the press law, passed during the last months of the previous legislature, which allowed such an outrage. At the same time, the most intransigent elements of the system prevented any practical application of the reform program. At that moment, Khatami missed the opportunity to confront the hard line openly. The confrontation would have been inevitable if Khatami had completed the reform program and promoted rapprochement in the field of international relations. But the moment passed, freedom of the press was exhausted and the regime’s hard wing received an oxygen balloon. Trials of the medium-range Shahab III missile in July 2000 ushered in a new era and increased international concern over the Iranian regime’s weapons programs and nuclear claims.

Since 1979, Iran has been rocked in resistance to the values that the West represents and, more specifically, the United States. To a certain extent, it is an attitude consistent with Iranian popular sentiment, so attached to the exceptionality and cultural significance of their nation. The Iranian revolution of 1979 was the prelude to a resurgence of Islamism that transcended the borders of this country, a prime example that trying to implant in the Middle East and other regions of the world the Western model was unrealistic. As has happened so many times in the past, for better and for worse, other peoples followed the path that Iran had cleared. In the late 1990s, it was thought that the reform movement led by Khatami could be an alternative to Islamic extremism, but these expectations were not met, as we have already seen. At present, it seems that Iranian society is more skeptical of religious leadership and more prone to secularism than other populations in the Middle East, but the hope of a “reconversion” to Western values, even if tempered, is quite premature. at least.
The West failed to take advantage of the hand extended by a reformist president at the forefront of the destinies of Iran, and that was a serious mistake. The opportunity arose after the September 11 attacks in the United States, when members of the Iranian ruling class, not only Khatami, but also Khamenei, condemned the terrorist attacks without palliative, and many Iranians demonstrated in solidarity, with vigils by candlelight on the streets of Tehran. A very different gesture from the one performed by other peoples of the Middle East. Another similar occasion occurred when, in late 2001, Iran offered significant backing to the coalition forces against the Taliban. He then volunteered to exercise his good offices and tried to convince NATO to accept a democratic solution in Afghanistan.
More still; In the spring of 2003, the Bush administration ignored the offer that the Iranians made to it after the fall of Baghdad and through the Swiss. The opportunity was not trivial: a possible solution to the nuclear crisis and the de facto recognition of the state of Israel (known as the “great deal”).
Let us say, however, that acknowledging one’s mistakes does not mean that we subscribe to the plaintive guilt of many Western observers in the Middle East. The West is not to blame for what is happening in Iran. If it were possible to reverse history, and this country had found itself in the same situation of strength as Great Britain between 1815 and 1950, or as the United States since then, it would probably have acted with the same or greater clumsiness. The Iranians let the opportunity of Khatami’s years in power pass by. But things do not happen just because, and when they are not done well, it is normal that they have to pay for the broken dishes.
Still, things are not looking as bad as they seem. With the sole possible exception of Hezbollah in Lebanon, faithful Shiites in the Middle East are not very enthusiastic about the idea of an Islamic government like the Iranian. Although the most critical voices come from Sunnis, for Chia, the concept of velayat-e faqih is too radical. Under the leadership of Ali Sistani and Muqtada al-Sadr, Iraqi Shiites have chosen to follow an independent line, although if attacks and provocations by Sunni insurgents continue, they may end up in the arms of the Iranians. Keep in mind that, in any case, Iran has a not inconsiderable influence over Iraqi Shiites, and Iranians tend to see themselves as watchmen for their Iraqi co-religionists, just as they do for Shiites elsewhere. But the situation is much more complex. The Chia settled in southern Iraq – concentrated around the shrines of Najaf (Ali’s tomb), Kerbala and Samarra – has its own religious authority, independent from the Iranian Chia, always more attentive to the teachings emanating from the seminaries of Qom. The Iraqi Shiites have just completely trusted the Iranians, and the Iranians also do not welcome their government allocating funds and aid to citizens of other countries, whether they are Iraqis, Lebanese or Palestinians, when many of their countrymen are unemployed, housing or have never known decent living conditions.

Behind the alarming headlines in the media, beats a deep, thoughtful, humanistic Iran. Only in this way can the emergence of Iranian cinema be understood, one of the most outstanding cultural phenomena that have been recorded in the country since the revolution. Deprived of the ingredients of sex and violence that Hollywood producers consider indispensable, Iranian cinema brings a poetic lyricism well accepted everywhere, as attested by the numerous international awards it has been awarded. Directors such as Abbás Kiarostami, Yafar Panahi, Mohsen Majmalbaf and their daughter, Samira Majmalbaf, have seen their efforts recognized thanks to films such as The Apple, 10, The Taste of Cherries, The Circle, The Slate and The Color of Paradise. Many of these films address sensitive issues, such as the mistreatment of women, the defenselessness of children, the effects of war or the political and social breakdown of Iran, apart from other issues that are compromised or that may seem critical in the eyes of the regime. Islamic.
Iranian and Persian cultures have had an enormous influence on world history. As on so many other occasions, whatever has occurred to Iran today, the rest of the world, or much of it, will get a glimpse of tomorrow. In many respects, Iran has been the empire of reason; in a sense, it still is. Iranian culture is the mortar that has held together such an ethnically and linguistically plural nation. Iran is called upon to play a much larger role than hitherto in Iraq, Afghanistan and throughout the Middle East. But is it an empire of the future? Or put another way, is Iran in a position to assume its important and decisive role in the Middle East and in the world?.
Thus posed, it seems doubtful. And one of the doubts is whether the world will be willing to consent to it. Even more doubtful – and that’s the big question – is whether today’s Iran, the country ruled by a narrow-minded endogamous clique, will be able to take on such a role.
When Shirin Ebadi, one of the country’s most subtle and altruistic minds, was awarded the Nobel Peace Prize in 2003, the enthusiasm with which the news was received around the world contrasted with the treatment of the Iranian government in his country. The world stared in amazement at such a display of incomprehension. Since 1979, Iran has maintained a pulse with the West and with the values it represents. An effort that is not reprehensible in itself, had it not been for the suffering and oppression, dishonesty and disappointment that accompanies it. Can Iran offer anything else? Not only can, but you must try.

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