Feria — Ana Iris Simón / Fair by Ana Iris Simón (spanish book edition)

Lo que sí digo es que nuestros padres parecían mayores de lo que eran en las fotos y mayores que nosotros a su edad. Hay mucho treintañero convencido de que es lícito llevar gorra en interior, de que es lícito, incluso, llevar gorra con treinta, poniéndome ya rigorista. También digo que seguramente nuestros padres se casaron y tuvieron hijos y se metieron en hipotecas por eso que se ha convenido en llamar «imperativo social», porque «era lo que había que hacer», pero que creer que sobre nuestras cabezas no sobrevuelan otros imperativos igual es la mayor prueba de que lo hacen y de que quizá nos hemos creído lo de la libre elección y lo del progreso y lo de la democracia liberal como única arcadia posible. Y menuda arcadia.
Nosotros, sin embargo, ni tenemos hijos ni casa ni coche. En propiedad no tenemos nada más que un iPhone…

Feria es un relato cercano de una joven manchega que nos cuenta una serie de historias autobiográficas con las que muchos podremos sentirnos identificados: los mitos caídos, lo que iba a ser y después no fue, o cómo todos abandonamos determinadas chorradas postmodernistas (el neofeminismo, por ejemplo) cuando nos va la vida en ello y reclamamos nuestro derechos a las raíces, el género y a su fabulación. Entiéndase como un relato ligero y actual, no literatura. Y hay que acercarse sin ideología alguna (aunque se declara la izquierda cada dos páginas, pero como experiencia, no como imperativo político). En fin, ligero y sencillo.
Ana Iris Simón dice lo que piensa, sin prejuicios, sin complejos y sin plegarse a la dictadura de lo políticamente correcto. Feria es un libro de cuestionable calidad literaria, pero en él se alza una voz independiente que se atreve a decir sin tapujos, como la niña del cuento de Andersen, que el rey va desnudo.
Ahora, una vez finalizada su lectura, os puedo adelantar que nos encontramos ante un ensayo breve, de rápida lectura, escrito en un tono muy íntimo, casi a modo de diario personal de la autora, que versa sobre multitud de facetas diferentes de su vida, desde cómo se desarrolló su infancia hasta la muerte de sus seres queridos. Para enfocar mi reseña de este libro he decidido separar completamente el fondo de la forma, pues mis conclusiones sobre ambos aspectos son radicalmente opuestas.
Si nos quedamos en la forma, en el mero aspecto literario de la obra, debo admitir que no es un estilo de escritura que a mí me guste. Es una manera de escribir que intenta imitar el estilo coloquial que se emplea en el lenguaje oral, lo que desemboca en una prosa que bajo mi punto de vista carece absolutamente de valor literario, que según vas leyendo te das cuenta que no te aporta prácticamente nada.
Diferente es mi visión de “Feria” si lo que valoro es el fondo, el contenido, lo que dice y no cómo lo dice. En este punto, e hilando con el principio de la reseña, debo reconocer que aun situándome en las antípodas de sus ideas políticas, estoy muy de acuerdo con gran parte de lo que comparte en su ensayo, o al menos con lo que yo creo entender del mismo. Eso si grandes dosis de mercadotecnia han influido en el libro.

Cuando más me gustaba la feria era por la tarde. Los puestos empezaban a abrir y los ruidos metálicos de los cierres se mezclaban con las primeras frases del de la tómbola, «y otra chochona, y otra chochona; si quiere la chochona, le damos la chochona».
Crecí escuchando historias de una feria que ya no era, de pueblos que recibían con aplausos a los circos y a los zoos chicos y al Bombero Torero, que era un grupo de enanos recortadores con los que la Ana Mari tiene una foto que me encantaba de niña en la que van todos vestidos de rosa.

En los noventa empezaba a existir la primera, la clase media aspiracional, y empezaba a existir a golpe de hipotecas concedidas con sospechosa facilidad; pero la segunda, la lumpen burguesía, la de los que parece que sienten nostalgia de un barro que no han pisado en su vida, ni estaba ni se la esperaba.

Los indies de los dos mil fueron a su vez otra farsa, la del grunge de los noventa. Cogieron todo lo malo, esa apariencia como de languidez, como de no tener ganas de nada y de estar al borde del suicidio y de tener un montón de traumas infantiles y de estar como rotitos por dentro y poco o nada de lo bueno. Los indies, esto es, los que pasaron a ser el arquetipo de hombre deseable para las adolescentes de los dos mil y pico, llevaban un luminoso en la frente que anunciaba que eran el mejor ejemplo de lo que El Fary convino en llamar «el hombre blandengue».
Yo de todas formas siempre he detestado al hombre blandengue. El hombre blandengue, no sé. Y además también he podido analizar que la mujer tampoco admite al hombre blandengue. La mujer es muy pícara, valga la palabra, el sentido de la palabra; porque como bien en otras ocasiones he dicho yo, lo que más valoro en esta vida es la mujer, y para mí la vida tiene sentido enorme con la mujer. La vida no tendría sentido sin la mujer.

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What I am saying is that our parents looked older than they were in the photos and older than us at their age. There are many thirty-year-olds convinced that it is legal to wear a cap indoors, that it is even lawful to wear a cap in their thirties, putting myself already rigorously. I also say that surely our parents got married and had children and got into mortgages, which is why it has been agreed to call a «social imperative», because «it was the right thing to do», but to believe that other imperatives do not hover over our heads The same is the greatest proof that they do it and that perhaps we have believed that of free choice and of progress and of liberal democracy as the only possible arcade. And what an arcadia.
We, however, neither have children nor a house nor a car. We own nothing more than an iPhone …

This book is a close story of a young woman from La Mancha who tells us a series of autobiographical stories with which many of us can feel identified: the fallen myths, what was going to be and then was not, or how we all abandoned certain postmodern bullshit (neofeminism, for example) when our lives go to it and we claim our rights to the roots, the genre and its fiction. Understand as a light and current story, not literature. And you have to approach it without any ideology (although the left is declared every two pages, but as an experience, not as a political imperative). In short, light and simple.
Ana Iris Simón says what she thinks, without prejudice, without complexes and without bowing to the dictatorship of the politically correct. Feria is a book of questionable literary quality, but it raises an independent voice that dares to say openly, like the girl in Andersen’s story, that the king is naked.
Now, once its reading is finished, I can tell you that we are in front of a short, quick-read essay, written in a very intimate tone, almost like the author’s personal diary, which deals with a multitude of different facets of her life , from how his childhood unfolded to the death of his loved ones. To focus my review of this book I have decided to completely separate the substance from the form, since my conclusions on both aspects are radically opposite.
If we stay in the form, in the mere literary aspect of the work, I must admit that it is not a style of writing that I like. It is a way of writing that tries to imitate the colloquial style used in oral language, which results in a prose that in my point of view has absolutely no literary value, which as you read you realize that it gives you practically nothing .
My vision of “Fair” is different if what I value is the substance, the content, what it says and not how it says it. At this point, and spinning with the beginning of the review, I must admit that even placing myself at the antipodes of his political ideas, I very much agree with much of what he shares in his essay, or at least with what I think I understand. of the same. That is if large doses of marketing have influenced the book.

When I liked the fair the most was in the afternoon. The stalls were beginning to open and the metallic noises of the closings mixed with the first sentences of the tombola, “and another chochona, and another chochona; if he wants the pussy, we give him la chochona* ».
I grew up listening to stories of a fair that was no longer, of towns that received with applause the circuses and small zoos and the Firefighter Bullfighter, who was a group of dwarf trimmers with whom Ana Mari has a photo that I loved as a child in which they are all dressed in pink.

In the nineties, the first, the aspirational middle class, began to exist and began to exist thanks to mortgages granted with suspicious ease; but the second, the lumpen bourgeoisie, that of those who seem to feel nostalgia for a mud that they have not stepped on in their lives, nor was they nor expected.

The indies of the two thousand were in turn another farce, that of the grunge of the nineties. They took everything bad, that appearance like languor, like not wanting anything and being on the verge of suicide and having a lot of childhood traumas and being like broken inside and little or nothing of the good. The indies, that is, those who became the archetype of desirable man for the teenagers of the two thousand and something, wore a luminous in the forehead that announced that they were the best example of what El Fary** agreed to call «the man soft».
I have always hated the soft man anyway. The soft man, I don’t know. And besides, I have also been able to analyze that the woman does not admit the soft man either. The woman is very mischievous, she is worth the word, the meaning of the word; because as well on other occasions I have said, what I value most in life is women, and for me life has enormous meaning with women. Life would be meaningless without the woman.

* It is a typical raffle doll, tombola so on.
**Spanish popular singer

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