Contra La España Vaciada — Sergio Del Molino / Against Empty Spain by Sergio Del Molino

Una comunidad política no se sostiene en la nada o por conveniencia racional. Si no hay un cuento común a todos sus miembros (un cuento que se puede discutir y matizar y reescribir), no hay forma de que un país funcione. Pero, cuidado, porque si el cuento es demasiado rígido y unívoco, como ocurre cuando cae en manos de nacionalistas y se impone por decreto hasta en la sopa, la comunidad política acaba también disgregándose por asfixia. Un país obsesionado con su mitología es una dictadura inhabitable. Un país sin mitología, en cambio, no existe. Encontrar el equilibrio es el reto de este patriotismo constitucional reformulado que no desprecia los sentimientos, aunque sí el sentimentalismo.
Una parte no desdeñable de los movimientos contra la despoblación aprovechó la circunstancia para plantear políticas de cortísimo recorrido.

Probablemente es mejor que sepas dónde te metes antes de leer este libro.
Sí, me ha gustado, a pesar de que no comparto todo lo que se dice en él.
Me gusta el autor y eso me hace poco objetivo pero lo que me ha gustado más es discrepar de sus opiniones y sentirme cómodo con esa discrepancia.
Como conclusión diré que me ha parecido “interesante” y he disfrutado pero no lo sé lo recomendaré a nadie, es de esos libros al que tienes que llegar por ti mismo.
Una nueva vuelta a la tuerca mostrada en 2016 por Sergio del Molino cuando acuñó el término de La España Vacía. En este ensayo se atiende menos al fenómeno del éxodo a las ciudades y trata de elevar el discurso hacia la política actual y cómo escapar del bipolarismo en que nos tiene enquistado el nuevo populismo forjado en este siglo XXI. Desordenado, irregular, pero un suave placer para los que apreciamos a este singular escritor.
No es la España vacía.
Partiendo de esta base, es un ensayo bastante complicado y que multitud de referencias, tanto a otros autores, publicaciones, históricas, etc. Sergio del Molino nos da su visión sobre la España más actual, fuera de remilgos y ensoñaciones como si tuvo en su primer libro y deja cuanto menos puntos de vista claros sobre algunas cuestiones vitales.

Casi siempre es denigrante, aunque, si lo usa un progre, puede sonar autocrítico, paródico o incluso vindicativo. Pijoprogre es un monstruo morfológico formado por dos sustantivos que arman un insulto-bomba. Pese a su fealdad (tanto pijo como progre, por separado, tienen la virtud de la brevedad y empiezan por la letra p, lo que permite escupir al pronunciarlos), cuajó en 2019 como insulto canónico de la ultraderecha hacia todo aquel que estuviera a su izquierda. Desde aquella esquina ideológica, el 90% de los españoles pueden ser pijoprogres.
Aunque el arquetipo del progre desactiva casi toda la corrosión moralista que llevaba la crítica de Gonzalo Suárez, mantiene su poso intelectual. El progre es, en esencia, alguien que hace lo contrario de lo que dice. Para desmentir sus pensamientos con sus actos necesita un buen repertorio de los primeros. El progre presume de cultura y bagaje lector (los tenga o no) y vive en un mundo simbólico, no material. Lo importante para él está en el papel impreso, en el cine y en la música, que marcan sus señas de identidad. Este rasgo será crucial cuando suceda la transubstanciación corporal del progre y deje de ser el entrañable barbudo de la chaqueta de pana para convertirse en el objeto de odio de la agit-prop derechista.
Según ha contado Miguel Ángel Aguilar alguna que otra vez, el presidente José Luis Rodríguez Zapatero consideraba a Federico casi una bendición, pues las hipérboles diarias de este colocaban a aquel en un espacio indudablemente izquierdista. Cuanto más lo azotaba Federico desde la COPE, más firme se volvía el suelo electoral de Zapatero, cuyos votantes se compadecían de las arremetidas furiosas que salían de la radio…

Los pijoprogres somos Bezújov y sufrimos la misma miopía. Creímos entender el mundo, pero el mundo nos pasó por encima. Nos hemos ganado todos los improperios que nos adornan, porque hemos demostrado ser incapaces de anticiparnos a ningún desastre. Los grandes cambios nos han sorprendido leyendo y enfrascados en dilemas íntimos. Si asomábamos la cabeza a la ventana, lo hacíamos con una mueca irónica o para lanzar un sarcasmo. ¿Cómo va a ganar unas elecciones Donald Trump, ese botarate? ¿Cómo van a votar los ingleses para irse de Europa? Los líderes independentistas catalanes sólo están ladrando y jugando a tensar la cuerda, pero sabrán parar antes de que sea tarde, no es más que un juego político, puro teatro.

Una de las mayores torpezas geopolíticas de Estados Unidos y Europa fue empoderar a China. En el cambio del siglo XX al XXI, la industria occidental era ineficiente y poco rentable debido al aumento progresivo de los costes salariales, a unas infraestructuras anticuadas que requerían grandes inversiones y a la dificultad de recambio generacional de la mano de obra. En resumen, el Estado del bienestar había encarecido los sueldos, gracias a las leyes y a la negociación sindical, y a la vez había provocado el éxodo de los hijos de los obreros, educados masivamente en la universidad, a empleos menos sufridos y de cuello más blanco. Al mismo tiempo, la globalización del comercio abarató los costes del transporte, hasta el punto de que una mercancía no alteraba su precio al viajar de una punta a otra del mundo. Los empresarios echaron cuentas. Entre lo que les costaban los sueldos de los trabajadores sindicados y lo barato que les salía fletar barcos desde ultramar, ¿por qué no trasladar la producción a China, un país con una mano de obra ingente, disciplinada y baratísima? En la ecuación pesaba un tercer factor, entonces embrionario y hoy decisivo: la economía real perdía peso en beneficio de la financiera. El negocio de las grandes empresas ya no dependía tanto de los ingresos generados por la venta de sus mercancías, como de la compra y venta de sus acciones.
Una economía que cada vez necesita menos cuadros técnicos y menos mano de obra (tanto por la deslocalización de la industria como por la automatización de muchas actividades que antes requerían de la acción humana) y unas empresas que no tienen como objetivo la creación de valor, sino la especulación financiera, van expulsando poco a poco a capas más amplias de la población.

Lo que necesita el populismo no es un análisis social que añada complejidad a un mundo complejo, sino una simplificación catártica de los prejuicios que circulan en una sociedad. Todo el esfuerzo doctrinario se concentra en subrayar un dualismo que divide el mundo en malos y buenos, de tal modo que los segundos se sientan legitimados para destruir a los primeros. La caracterización ha de ser difusa y confusa: el pueblo contra la casta. La nación contra la oligarquía. Para que cuaje ese dualismo en un discurso digerible se necesita un repertorio elástico y amplio de referencias ideológicas.

La ausencia de rituales no tiene por qué dejarnos perdidos y abandonados en mitad de un mundo egoísta. No necesitamos curas ni cánticos ni hábitos para restituir el sentido de la comunidad y recordar por qué es importante preservar esta democracia. Basta con narrar bien el dolor.

Discutir en serio requiere un poco de burla. Señalar la hipérbole y relativizar la ofensa victimista es un paso necesario para plantear un debate cívico que no sea una cacofonía camp. El humor ejerce una responsabilidad democrática al desarmar muchas imposturas y solemnidades y discriminar lo importante de lo ornamental. Por supuesto que la sátira es cruel y puede hacer que los satirizados se reafirmen en sus posiciones, pero es un riesgo que hay que correr, porque la única alternativa posible es dar la razón, ya que no se puede objetar nada a un discurso sentimental que se aferra a la subjetividad absoluta y niega a los demás el derecho a cuestionarlo.
La franja inferior de la bandera de la Segunda República es morada en honor de Castilla. Para los republicanos y los liberales españoles del siglo XIX, la revuelta de los comuneros a comienzos del siglo XVI se veía como un antecedente democrático, y la caída de sus líderes en la batalla de Villalar marcaba el fin de las libertades del pueblo, sojuzgado desde entonces por la monarquía. Esta mitología comunera servía por igual a los nacionalistas más exacerbados y a los demócratas republicanos que buscaban una tradición revolucionaria en la que anclarse. Se incorporó así a la bandera nacional de la República el pendón de Castilla, en homenaje al que enarbolaron Padilla, Bravo y Maldonado contra las huestes de Carlos I. El morado se convirtió también en el color de Castilla, como recuerdan la bandera actual de Castilla-La Mancha y multitud de imágenes corporativas asociadas a las administraciones de ambas Castillas.
Se confundieron de color. El pendón de Castilla fue rojo carmesí, según demuestran infinidad de pruebas, incluidos unos versos de Lope de Vega que mencionan «las rojas banderas de Castilla». Hay varias teorías que explican por qué los republicanos del siglo XIX lo tomaron por morado o púrpura (nombre más correcto, en términos heráldicos). Hay quien dice que se confundió a los comuneros con una orden del mismo nombre que lucía una enseña púrpura, pero no tenía nada que ver con el movimiento insurrecto castellano. Otros atribuyen el despiste a un tercio militar del siglo XVI creado en Castilla por Felipe II llamado «el Tercio de los Morados», por el color de su uniforme. También hay quien sostiene que la confusión es más cercana en el tiempo y se debe a una sociedad masónica de principios del siglo XIX llamada Hijos de Padilla, que adoptó el púrpura como color litúrgico.
La explicación que más me gusta está en Covarrubias, provincia de Burgos. En la colegiata de San Cosme y San Damián se encuentra el sepulcro de Fernán González, conde de Castilla y, para el nacionalismo castellano (que haberlo, haylo), héroe nacional. La tumba está cubierta por un pendón de Castilla que, con el paso de las décadas, se destiñó, declinando en morado.

Uno de los peores rasgos del populismo es la frivolidad. Si la sociedad no es capaz de aportar sentido de la trascendencia a los ciudadanos, no sólo los populistas vendrán a copar esa necesidad, sino que muchos se tirarán al monte en su búsqueda, deshaciendo en el camino algo más que la comunidad política.

La pandemia cambió el cuento. Del mismo modo que convirtió a los apocalípticos en analistas certeros, hizo de los eremitas políticos realistas. Zaratustra sustituyó de pronto a Cicerón. Y eso era lo que me entristecía en aquel paseo barcelonés, que tanta gente viera en la tragedia una oportunidad de montar su versión de paraíso en la tierra. Tenían a su favor el costumbrismo informativo y de las redes sociales, saturado aquellos días de vídeos en los que la fauna silvestre se adentraba por las calles vacías de seres humanos o de alabanzas al silencio y al trino de los pájaros, dominantes en unas capitales mudas de coches. No quería darles la razón, me negaba a celebrar la decadencia y caída de la Barcelona que acababa de cruzar a pie. Si al final nos vemos forzados a abandonar las ciudades, no deberíamos irnos silbando y felices, saludando al hermano jilguero y al hermano jabalí, sino cabizbajos y de luto, arrasados por la tragedia.
Parte de mi tristeza cuando paseaba por la Barcelona triste no se debía tanto a las puertas cerradas y los negocios arruinados como a la intuición, cada vez más clara, de que los pescadores de ríos revueltos habían echado las cañas. Como hicieron los bolcheviques en 1917, en marzo de 2020 algunos activistas se frotaron las manos ante la posibilidad de pasar del dicho al hecho, dejar de ser apóstoles utópicos y devenir líderes de un nuevo amanecer. Entre análisis sensatos, se entreveraba una corriente tóxica que mezclaba el oportunismo con la fe del creyente iluminado. El mismo paisaje urbano que me despertaba la melancolía más negra, a ellos les excitaba el fervor y el entusiasmo revolucionarios. Casi parecía que celebraban la ruina antes de que la ciudad se desmoronase.
Las transformaciones más profundas suceden a la vista de todos, pero en el rincón de la sala al que nadie presta atención.

Una democracia liberal no puede limitarse a los espacios de la corte, lo que los cursis llaman mentideros. Incluso en un país con un gobierno centralista, el Estado y sus instituciones —tanto las formales como las informales, tanto las de poder duro como las de blando— deben hacerse presentes en todo el país si la nación aspira a ser algo más que una bandera. El principal logro de la ciudad de provincias es que funcionaba en red y llegaba a casi todos los ciudadanos, sirviendo de nexo entre el poder del Leviatán y los rincones más abruptos y lejanos. Una vida provinciana estable garantiza la integración de los ciudadanos en la normalidad democrática. Al ser idéntica, es homologable, facilita el entendimiento de partes dispersas y la circulación rápida de talento e ideas entre las periferias y hacia el centro. La metáfora adecuada es la del sistema circulatorio y los movimientos de sístole y diástole del corazón.
La vida de provincias como reducción a escala de la vida nacional ha sido un elemento indispensable de la democracia europea.

No es cierto, que la España democrática, la que despectivamente se llama «régimen del 78», carezca de mitos fuertes. Manuel Azaña se ha impuesto, sotto voce y desde abajo, como un horizonte moral nítido al que cualquier demócrata puede mirar en caso de duda o desaliento. Azaña nos pone de acuerdo e incluso tiene la virtud de sacar del tablero a populistas de derechas como Vox.
El reto contemporáneo no consiste tanto en aprovecharse de un mito bien perfilado que cualquier demócrata puede invocar con orgullo, sino en identificar a los Azaña de hoy y organizar una respuesta contra la idiotez. No es una tarea fácil y excede con mucho las capacidades de un escritor. He constatado que hay motivos para la esperanza, que ni los populistas ni los nacionalistas han invadido del todo el ágora. Aún queda gente capaz de sentir la tierra que pisa y observarla con justeza y largura, sin fantasías mesiánicas ni historias-ficción. Personas que, como Azaña, aceptan sin complejos lo que son y el país en el que viven, con sus fallas, miserias y grandezas, y lo toman como el único material disponible para hacer política y trabajar. Personas tal vez perplejas y tristes, pero capaces aún de lanzar unas cuantas señales de inteligencia entre el ruido de la idiotez.

Los protagonistas de la transición democrática de la década de 1970 no fueron héroes ni santos de moral impoluta. Entre los líderes políticos y los ponentes constitucionales abundaron los cínicos, los oportunistas y los maquiavélicos calculadores. También los mediocres ambiciosos y resentidos. Casi todos eran tipos duros…
La transición no fue una excursión de jóvenes idealistas y fraternales, sino el ayuntamiento desganado de unos tipos encallecidos por las miserias de la vida que hubieran preferido no haberse encontrado. Casi ningún cronista daba dos pesetas por el entendimiento de tanto macho alfa. Si lograron alumbrar la mejor democracia que ha tenido España fue por azar y porque todos sabían que, solos, no tenían poder para imponer ningún proyecto. O cedían todos hasta alcanzar un mínimo aceptable o no habría forma de resolver ese bloqueo ni esquivar un nuevo conflicto civil. Es decir, todos veían el país tal cual era, no se hacían ilusiones sobre su posición en él ni sobre la sociedad española, y negociaron en consecuencia, condenados a aguantarse.
En conclusión: ni somos tan pocos, ni estamos tan aislados, ni somos tan frágiles. La comunidad llamada España sigue siendo posible, tiene mitos, ciudades y gente cómoda en sus zapatos que acepta el país legado y puede narrarlo, criticarlo y mejorarlo sin corregir su historia ni diseñar utopías de terror. No siempre es fácil constatar todo esto, pero la ingenuidad aprendida lo hace aflorar, y aunque esto no soluciona nada ni mitiga los peligros, la mera enunciación supone un punto de partida y de encuentro.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/04/01/la-espana-vacia-viaje-por-un-pais-que-nunca-fue-sergio-del-molino/

https://weedjee.wordpress.com/2018/09/27/la-mirada-de-los-peces-sergio-del-molino-fishes-look-by-sergio-del-molino-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2019/02/14/lugares-fuera-de-sitio-viaje-a-las-fronteras-insolitas-de-espana-sergio-del-molino-by-sergio-del-molino-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/07/la-piel-sergio-del-molino-skin-by-sergio-del-molino-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/09/12/contra-la-espana-vaciada-sergio-del-molino-against-empty-spain-by-sergio-del-molino/

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A political community does not stand on nothing or for rational convenience. If there is not a common story for all its members (a story that can be discussed and qualified and rewritten), there is no way for a country to function. But be careful, because if the story is too rigid and univocal, as it happens when it falls into the hands of nationalists and is imposed by decree even in the soup, the political community also ends up disintegrating due to suffocation. A country obsessed with its mythology is an uninhabitable dictatorship. A country without mythology, on the other hand, does not exist. Finding balance is the challenge of this reformulated constitutional patriotism that does not despise feelings, although sentimentality does.
A not inconsiderable part of the movements against depopulation took advantage of the circumstance to propose very short-term policies.

You probably better know where you are before reading this book.
Yes, I liked it, although I do not share everything that is said in it.
I like the author and that makes me little objective, but what I liked the most was to disagree with his opinions and to feel comfortable with that discrepancy.
In conclusion, I will say that I found it “interesting” and I enjoyed it but I don’t know, I will recommend it to anyone, it is one of those books that you have to reach for yourself.
A new turn of the screw shown in 2016 by Sergio del Molino when he coined the term La España Vacía. In this essay he pays less attention to the phenomenon of the exodus to the cities and tries to elevate the discourse towards current politics and how to escape the bipolarism in which the new populism forged in this 21st century has entrenched us. Messy, irregular, but a gentle delight for those of us who appreciate this unique writer.
It is not empty Spain.
On this basis, it is a rather complicated essay with a multitude of references, both to other authors, publications, historical, etc. Sergio del Molino gives us his vision of the most current Spain, out of fuss and daydreams as if he had in his first book and leaves at least clear points of view on some vital issues.

It’s almost always demeaning, although if used by a liberal it can sound self-deprecating, parodic, or even vindictive. Pijoprogre is a morphological monster made up of two nouns that create an insult-bomb. Despite its ugliness (both posh and progressive, separately, they have the virtue of brevity and begin with the letter p, which allows spitting when pronouncing them), it curdled in 2019 as a canonical insult of the extreme right towards anyone who was at its disposal. left. From that ideological corner, 90% of Spaniards can be posh.
Although the archetype of the progressive deactivates almost all the moralistic corrosion that the criticism of Gonzalo Suárez carried, it maintains its intellectual ground. The liberal is, in essence, someone who does the opposite of what he says. To disprove his thoughts with his actions you need a good repertoire of the first ones. The liberal boasts culture and reading baggage (whether he has it or not) and lives in a symbolic world, not a material one. What is important for him is in the printed paper, in the cinema and in music, which mark his identity. This trait will be crucial when the progressive’s bodily transubstantiation takes place from the endearing bearded man in the corduroy jacket to becoming the object of hatred of the right-wing agit-prop.
According to Miguel Ángel Aguilar from time to time, President José Luis Rodríguez Zapatero considered Federico almost a blessing, since his daily hyperbole placed him in an undoubtedly leftist space. The more Federico whipped him from the COPE, the firmer the electoral soil of Zapatero became, whose voters sympathized with the furious attacks that came from the radio …

We poshprogres are Bezújov and we suffer from the same myopia. We thought we understood the world, but the world passed us by. We have earned all the expletives that adorn us, because we have proven incapable of anticipating any disaster. The great changes have surprised us reading and immersed in intimate dilemmas. If we put our heads out of the window, we did it with an ironic grimace or to launch a sarcasm. How is Donald Trump going to win an election, that botarate? How are the English going to vote to leave Europe? The Catalan independence leaders are only barking and playing to tighten the rope, but they will know how to stop before it is too late, it is nothing more than a political game, pure theater.

One of the biggest geopolitical blunders of the United States and Europe was empowering China. At the turn of the 20th to the 21st century, Western industry was inefficient and unprofitable due to the progressive increase in wage costs, outdated infrastructures that required large investments and the difficulty of generational turnover of the workforce. In short, the welfare state had made salaries more expensive, thanks to the laws and union negotiation, and at the same time it had caused the exodus of the workers’ children, educated en masse at the university, to less enduring and whiter-collar jobs. . At the same time, the globalization of trade lowered transport costs, to the point that a commodity did not alter its price when traveling from one end of the world to another. The businessmen did the math. Between what the salaries of unionized workers cost them and how cheap it was to charter ships from overseas, why not move production to China, a country with a huge, disciplined and extremely cheap workforce? A third factor, then embryonic and today decisive, weighed in the equation: the real economy was losing weight to the benefit of the financial one. The business of large companies no longer depended so much on the income generated from the sale of their merchandise, as on the purchase and sale of their shares.
An economy that increasingly needs fewer technical staff and less labor (both due to the relocation of the industry and the automation of many activities that previously required human action) and companies that do not have value creation as their objective, but rather financial speculation, they are gradually expelling broader layers of the population.

What populism needs is not a social analysis that adds complexity to a complex world, but a cathartic simplification of the prejudices that circulate in a society. All the doctrinal effort is concentrated on underlining a dualism that divides the world into good and bad, in such a way that the latter feel legitimized to destroy the former. The characterization must be diffuse and confused: the people against the caste. The nation against the oligarchy. For this dualism to take shape in a digestible discourse, an elastic and broad repertoire of ideological references is needed.

The absence of rituals does not have to leave us lost and abandoned in the middle of a selfish world. We do not need priests or chants or habits to restore a sense of community and remember why it is important to preserve this democracy. It is enough to narrate the pain well.

Serious arguing requires a bit of teasing. Pointing out hyperbole and relativizing the victimizing offense is a necessary step to raise a civic debate that is not a Camp cacophony. Humor exercises a democratic responsibility by disarming many impostures and solemnities and discriminating the important from the ornamental. Of course, satire is cruel and can make the satirized reaffirm their positions, but it is a risk that must be taken, because the only possible alternative is to agree, since nothing can be objected to a sentimental speech that it clings to absolute subjectivity and denies others the right to question it.
The lower strip of the flag of the Second Republic is purple in honor of Castile. For the republicans and the Spanish liberals of the 19th century, the revolt of the comuneros at the beginning of the 16th century was seen as a democratic precedent, and the fall of their leaders in the battle of Villalar marked the end of the freedoms of the people, subjugated since then by the monarchy. This communal mythology served the most exacerbated nationalists and Republican Democrats alike looking for a revolutionary tradition in which to anchor themselves. The banner of Castile was thus incorporated into the national flag of the Republic, in homage to the one that Padilla, Bravo and Maldonado flew against the hosts of Carlos I. Purple also became the color of Castile, as the current flag of Castile recalls. -La Mancha and a multitude of corporate images associated with the administrations of both Castiles.
They got mixed up in color. The banner of Castile was crimson red, as evidenced by countless pieces of evidence, including some verses by Lope de Vega that mention “the red banners of Castile.” There are several theories that explain why the republicans of the 19th century took it for purple or purple (more correct name, in heraldic terms). Some say that the commoners were confused with an order of the same name that wore a purple insignia, but it had nothing to do with the Castilian insurgent movement. Others attribute the oversight to a 16th century military third created in Castile by Felipe II called “the Tercio de los Morados”, because of the color of their uniform. There are also those who maintain that the confusion is closer in time and is due to a Masonic society of the early nineteenth century called Hijos de Padilla, which adopted purple as its liturgical color.
The explanation that I like the most is in Covarrubias, province of Burgos. In the collegiate church of San Cosme and San Damián is the tomb of Fernán González, count of Castile and, for Castilian nationalism (there should be, there is it), a national hero. The tomb is covered by a banner of Castile that, over the decades, faded, declining in purple.

One of the worst features of populism is frivolity. If society is not capable of providing citizens with a sense of transcendence, not only will the populists come to take over that need, but many will jump into the mountains in their search, undoing something more than the political community along the way.

The pandemic changed the story. Just as he turned apocalyptics into accurate analysts, he made political hermits realists. Zarathustra suddenly replaced Cicero. And that was what saddened me on that Barcelona walk, that so many people saw in the tragedy an opportunity to mount their version of paradise on earth. They had in their favor the informative and social media manners, saturated those days of videos in which the wild fauna entered the streets empty of human beings or of praise to the silence and the trill of the birds, dominant in silent capitals of cars. I did not want to agree with them, I refused to celebrate the decline and fall of the Barcelona that I had just crossed on foot. If in the end we are forced to leave the cities, we should not go whistling and happy, greeting brother goldfinch and brother boar, but head down and mourning, devastated by tragedy.
Part of my sadness when I walked through sad Barcelona was not so much due to closed doors and ruined businesses as to the increasingly clear intuition that fishermen in troubled rivers had cast their rods. As the Bolsheviks did in 1917, in March 2020 some activists rubbed their hands at the possibility of moving from saying to fact, ceasing to be utopian apostles and becoming leaders of a new dawn. Between sensible analysis, there was a toxic current that mixed opportunism with the faith of the enlightened believer. The same urban landscape that aroused my blackest melancholy, they were excited by revolutionary fervor and enthusiasm. It almost seemed like they were celebrating the ruin before the city fell apart.
The most profound transformations happen in plain sight, but in the corner of the room that nobody pays attention to.

A liberal democracy cannot be limited to court spaces, what the cheesy call liars. Even in a country with a centralist government, the state and its institutions – both formal and informal, both hard and soft – must be present throughout the country if the nation aspires to be more than a flag. . The main achievement of the city of provinces is that it worked in a network and reached almost all citizens, serving as a link between the power of the Leviathan and the most abrupt and distant corners. A stable provincial life guarantees the integration of citizens in democratic normality. Being identical, it is comparable, it facilitates the understanding of dispersed parts and the rapid circulation of talent and ideas between the peripheries and towards the center. The proper metaphor is that of the circulatory system and the systole and diastole movements of the heart.
The life of the provinces as a reduction to the scale of national life has been an indispensable element of European democracy.

It is not true that democratic Spain, which is contemptuously called the “regime of 78”, lacks strong myths. Manuel Azaña has imposed himself, sotto voce and from below, as a clear moral horizon to which any democrat can look in case of doubt or discouragement. Azaña agrees with us and even has the virtue of taking right-wing populists like Vox off the board.
The contemporary challenge is not so much to take advantage of a well-profiled myth that any Democrat can proudly invoke, but to identify the Azaña of today and organize a response against idiocy. It is not an easy task and far exceeds the capabilities of a writer. I have found that there are reasons for hope, that neither the populists nor the nationalists have completely invaded the agora. There are still people capable of feeling the earth on their feet and observing it with fairness and length, without messianic fantasies or fiction-stories. People who, like Azaña, accept without complexes who they are and the country in which they live, with its flaws, miseries and greatness, and take it as the only material available to do politics and work. People perhaps perplexed and sad, but still capable of sending a few signals of intelligence amid the noise of idiocy.

The protagonists of the democratic transition of the 1970s were neither heroes nor saints of pristine morals. Among political leaders and constitutional rapporteurs, cynics, opportunists, and calculating Machiavellians abounded. Also the mediocre ambitious and resentful. They were almost all tough guys …
The transition was not an excursion of idealistic and fraternal young men, but the reluctant city hall of some types calloused by the miseries of life who would have preferred not to have encountered. Almost no chronicler gave two pesetas for the understanding of so many alpha male. If they managed to create the best democracy Spain has ever had, it was by chance and because everyone knew that, alone, they had no power to impose any project. Either they all gave in until they reached an acceptable minimum or there would be no way to resolve that blockade or avoid a new civil conflict. That is to say, everyone saw the country as it was, they had no illusions about their position in it or about Spanish society, and they negotiated accordingly, condemned to endure.
In conclusion: we are not so few, we are not so isolated, we are not so fragile. The community called Spain is still possible, it has myths, cities and people comfortable in its shoes who accept the country’s legacy and can narrate, criticize and improve it without correcting its history or designing horror utopias. It is not always easy to verify all this, but the naivety learned makes it emerge, and although this does not solve anything or mitigate the dangers, the mere enunciation is a starting point and a meeting point.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/04/01/la-espana-vacia-viaje-por-un-pais-que-nunca-fue-sergio-del-molino/

https://weedjee.wordpress.com/2018/09/27/la-mirada-de-los-peces-sergio-del-molino-fishes-look-by-sergio-del-molino-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2019/02/14/lugares-fuera-de-sitio-viaje-a-las-fronteras-insolitas-de-espana-sergio-del-molino-by-sergio-del-molino-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/07/la-piel-sergio-del-molino-skin-by-sergio-del-molino-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/09/12/contra-la-espana-vaciada-sergio-del-molino-against-empty-spain-by-sergio-del-molino/

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