La Luz En La Oscuridad: Los Agujeros Negros, El Universo Y Nosotros — Heino Falcke / Licht Im Dunkeln: Schwarze Löcher, das Universum und wir (Light in the Darkness: Black Holes, the Universe, and Us) by Heino Falcke

Fue realmente interesante leer cómo surgió la primera imagen de un agujero negro. Cuántas personas y cuánto trabajo y planificación hay detrás.
En abril de 2019 una imagen pasó por los medios: la primera imagen de un agujero negro. Se muestra en el título de este libro de no ficción y es un poco más grande que la pizarra del apéndice. El jefe del equipo de investigación internacional estaba seguro de que la atención de los medios de comunicación pasaría unos días, pero después de un tiempo volvió a disminuir. Nunca lo solté y estaba feliz de aprender más sobre sus orígenes y antecedentes.
De hecho, esta imagen no muestra un agujero negro, sino la sombra del horizonte de eventos en el medio, rodeado por una corona de luz que, doblada por la gravedad, forma un anillo. Es una evidencia pictórica en forma de agujero negro supermasivo en el centro de la galaxia M87. Hubo imágenes anteriores, pero siempre fueron simulaciones derivadas de la relatividad general.
No se pudo utilizar un solo radiotelescopio para crear la imagen, pero por primera vez se tuvieron que conectar seis sistemas entre sí en un equipo de investigación mundial: calibrados mediante relojes atómicos y quásares, calibrados y calculados en un sofisticado proceso de obtención de imágenes, después de años de trabajo, esto dio lugar a varios millones de fondos de investigación Image y una extensa serie de artículos.
Al principio encontré irritantes las frecuentes citas de la fe católica, la Biblia y la teología relacionada. Hasta que entendí que esta es una parte esencial del carácter del autor. De hecho, me pareció variado escuchar un informe de un físico que no es agnóstico ni ateo.
Si estás más interesado en el trasfondo y el significado y al mismo tiempo no quiere llevarse consigo las matemáticas difíciles, se recomienda este libro entretenido y muy informativo, pero también personal.

Una vez que hemos alcanzado la órbita, también cambia nuestra perspectiva sobre el espacio y el tiempo. No solo obtenemos otra visión de nuestro hogar, la Tierra, sino también de cómo percibimos los días, los meses y los años. «Porque mil años ante tus ojos son como el día de ayer, que ya pasó», como se dice en un famoso y antiguo versículo de los Salmos. El tiempo es relativo. Los seres humanos ya lo sospechaban desde tiempos inmemoriales, pero en ningún otro lugar lo experimentamos de una manera más drástica que en el cosmos.
El camino hasta alcanzar esta comprensión ha sido excepcionalmente largo. Comienza, a grandes rasgos, con descubrimientos tan fundamentales como la estructura y las regularidades de nuestro propio sistema solar y se extiende hasta el entendimiento de todo nuestro cosmos. A pequeña escala, este camino de conocimiento empieza con la comprensión de la paradójica conducta cambiante de la luz como onda y también como partícula, y está vinculado, como es natural, a la famosa teoría de la relatividad de Einstein.
La clave de todo está en la comprensión precisa de las extrañas propiedades de la luz. Lo más asombroso es que gracias a ella no solo podemos ver la Tierra, la Luna y las estrellas, sino que está íntimamente ligada al tiempo, la gravedad y el espacio.
Dependiendo de donde se halle la Luna en su órbita elíptica, una nave espacial tiene que recorrer entre 356.000 y 407.000 kilómetros para alcanzarla.

Al dejar la Luna, nuestro camino nos conduce al Sol. Para realizar ese viaje desde la Tierra tendríamos que superar una distancia de ciento cincuenta millones de kilómetros. La luz lo consigue en ocho minutos, por lo que estamos a una distancia de ocho minutos luz del Sol. Y quien mira al Sol, mira un pasado de ocho minutos.
El Sol es la estrella que nos da la vida prácticamente en todos los sentidos. Como ningún otro cuerpo celeste —después de la Tierra—, hace posible la vida humana, afecta al clima, influye de manera profunda en nuestra cultura y ordena nuestra actividad diaria con el ritmo de los días y las noches. No comprendemos el valor del Sol hasta que nos falta. No es de extrañar que un eclipse de sol provocara una gran agitación en los seres humanos y en las sociedades de la prehistoria y de la protohistoria, y un poco todavía en nuestros días.
El Sol es una estrella como cualquier otra, pero es nuestra estrella y, por tanto, está mucho más cerca y es mucho más luminosa que todas las demás. Si no existiera ese gigantesco tórrido sol, no nos sería posible reconocer nuestra luna ni los demás planetas que orbitan en el cielo, pues estos solo reflejan la luz solar. El Sol es tan imponente que contiene más del 99 por ciento de la masa de nuestro sistema solar. Su fuerza gravitatoria mantiene unido nuestro sistema planetario, y lo que hemos aprendido sobre las estrellas y sobre la fuerza gravitatoria se lo debemos en primera instancia a nuestro sistema solar.
El Sol es una bola de gas de un tamaño colosal y altísima temperatura, en la que arde el fuego nuclear. El hidrógeno, del que está compuesta nuestra estrella en su mayor parte, le sirve de combustible. Este elemento ligero se fusiona en el núcleo solar para convertirse en helio, donde imperan unos inconcebibles quince millones de grados Celsius. De todas formas, en la superficie del Sol sigue habiendo cinco mil quinientos grados Celsius. La radiación de ese calor es, en definitiva, la fuente de toda nuestra energía en la Tierra y no se generaría sin la fuerza gravitatoria y la elevada presión resultante en el interior del Sol. Sin la luz solar no podrían crecer las plantas, que obtienen su energía de la fotosíntesis. También le debemos al Sol nuestra alimentación.
El Sol se está consumiendo prácticamente a sí mismo. Durante la fusión de hidrógeno a helio, la materia se transforma en energía. En ese proceso, nuestra estrella disminuye en torno a los cuatro mil millones de kilogramos por segundo. Teniendo en cuenta las grandes cantidades de energía que libera, tan solo consume una pequeñísima parte de su propia masa y posee, por consiguiente, una eficiencia inimaginable. Ninguna máquina humana puede producir tanta energía a partir de tan escaso combustible. Si nuestro cuerpo fuera tan eficiente y económico como el Sol, cada ser humano necesitaría en toda su vida menos de medio gramo de alimento. En el cosmos, solo los agujeros negros superan a las estrellas en lo tocante a la conversión eficiente de masa en energía.
No obstante, esto alberga también una noticia triste: en algún momento, el depósito solar se quedará vacío.Y no es posible repostar. El fuego del Sol se apagará y, por tanto, también la vida en la Tierra, si esta no se ha extinguido antes.

Cuando hoy en día los satélites atraviesan el sistema solar con una seguridad casi intuitiva o cuando los astrónomos miden el cosmos, debemos estos éxitos también a las tempranas expediciones astronómicas de los siglos XVII , XVIII y XIX, que exploraron nuestro sistema solar con los primeros telescopios y con ideas audaces. Ninguno de los primeros astrónomos se puso en marcha a solas. El cielo nos pertenece a todos, y a veces se necesita a todo el mundo para estudiarlo y ampliar nuestros conocimientos. La colaboración y la competencia globales siempre han formado parte de la esencia de la astronomía. Desde los primeros astrólogos de Oriente en los tiempos bíblicos, pasando por la exploración del sistema solar y por las expediciones para observar el tránsito de Venus, hasta el intento de recibir ondas gravitatorias o imágenes de radio de los agujeros negros, los astrónomos siempre han estado unidos, se han abierto al universo y han competido entre sí para explorar y medir el cosmos.

En la actualidad también empleamos la luz para medir el tiempo, pues está compuesta por oscilaciones electromagnéticas. Así pues, la luz es una medida fundamental de todo, y esto es cierto en un sentido muy profundo. Einstein reflexionó sobre lo que significaba que la luz se moviera siempre a la misma velocidad, independientemente de lo rápido que uno mismo se desplazara. Este razonamiento pondría del revés todas nuestras ideas acerca de que el espacio y el tiempo eran invariables y absolutos.
Nada puede moverse a mayor velocidad que la luz, pues nada puede ser menos inerte. Incluso los cambios en la gravedad y las ondas gravitatorias resultantes se propagan «solo» a la velocidad de la luz. Lo que en su momento comenzó como tal, se ha convertido entretanto en la «velocidad de la causalidad». Cuando hablamos en este libro de «luz», solemos incluir también, tácitamente, otros procesos que transmiten informaciones en forma de ondas como la luz.
La corrección del tiempo en la superficie de la Tierra es tan solo mínima y, no obstante, posee una importancia tecnológica. Todos estos efectos nombrados resultarían aún más extremos si se aplicara más masa en un espacio mucho más pequeño y se intensificara la curvatura del espacio. En el borde de los agujeros negros, el tiempo parece detenerse. Para generar esta curvatura se requieren unas fuerzas enormes, fuerzas estelares.

En la actualidad podemos deducir a partir de los datos de observación cómo nacen y evolucionan sistemas planetarios enteros. Cuando las nebulosas se contraen, el polvo se concentra en grandes discos que giran lentamente en torno al embrión de la estrella. Cuanta más materia se contraiga alrededor del centro, tanto mayor será su velocidad de giro.
Todos reconocemos este efecto en las piruetas propias del patinaje artístico: cuando la patinadora extiende los brazos, primero gira poco a poco sobre su propio eje, pero si acerca un brazo o una pierna al cuerpo, se eleva entonces la velocidad de rotación. Sobria y objetivamente, la física describe este proceso de la siguiente manera: el momento angular es igual al producto de la masa, el radio y la velocidad, y se conserva. Si se reduce el radio, se incrementa la velocidad. Así ocurre también en el espacio con las nubes de polvo que rodean a las estrellas jóvenes o que incluso las envuelven. Cuanto más se contraen, mayor es su velocidad de rotación: es entonces cuando surgen los discos de acrecimiento.
En el fondo sucede exactamente lo mismo que en el nacimiento de las estrellas: en los discos de polvo se forman otra vez pequeños grumos.
La exploración de la Vía Láctea sigue siendo una gran empresa. La sonda espacial Gaia, de la Agencia Espacial Europea (ESA), no cesa de sacar a la luz detalles nuevos sobre su estructura y su evolución. Amina Helmi es una arqueóloga galáctica, profesora de la Universidad de Groninga y, por tanto, sucesora de sus grandes predecesores Kapteyn y Oort. En el año 2018 aireó un secreto que nuestra Vía Láctea había mantenido oculto desde tiempos inmemoriales. En ella siguen arremolinándose hoy en día los restos de toda una galaxia, Gaia-Encélado, a la que engulló hace diez mil millones de años. Presas galácticas de ese calibre condujeron a que nuestra Vía Láctea aumentara de tamaño y se abovedara en el centro formando el denominado «bulbo galáctico».
Sin embargo, la evolución no ha acabado con ese episodio. Muchas otras galaxias pequeñas orbitan nuestra Vía Láctea, y en algunos miles de millones de años nos fusionaremos con Andrómeda, la galaxia vecina de un tamaño similar al nuestro. A nuestra Vía Láctea le esperan todavía épocas convulsas.

Durante miles de años, los seres humanos solo pudimos contemplar el cielo con los ojos. A partir del siglo XVII , los telescopios ópticos echaron una mano. Y hace noventa años se empleó una técnica completamente nueva que revolucionaría la exploración del espacio en muy poco tiempo. Cuando Karl Guthe Jansky descubrió señales de radio cósmicas en 1932, el universo entero se percibió al instante de una manera por completo distinta, pues por primera vez se empleaba una luz de otro ámbito del espectro electromagnético en lugar de la luz visible. Muchos astrónomos pisaban un territorio del todo nuevo, al que debían habituarse primero; algunos arrugaron la nariz. Pasaría mucho tiempo antes de que se aceptara y estableciera esta nueva disciplina, la radioastronomía, así como sus instrumentos, los radiotelescopios. Las piezas que proporcionan las imágenes en los telescopios ópticos se componen en general de cristal revestido; en los radiotelescopios, de acero.
En la actualidad escaneamos el cielo en todo el espectro electromagnético y para ello empleamos telescopios de radio, de rayos infrarrojos, visibles, ultravioletas, de rayos X y de rayos gamma.
Los radiotelescopios se interconectaban entonces en todo el mundo; se pretendía construir instalaciones que fueran tan grandes como el globo terráqueo y que proporcionaran las imágenes astronómicas más nítidas. Esta técnica recibió el inmanejable nombre en inglés de Very Long Baseline Interferometry (VLBI), que los astrónomos llaman «vielbiei» para abreviar. Se denomina «interferometría de muy larga base» porque los telescopios están, en parte, muy separados. Con esta técnica surgieron telescopios mundiales, y precisamente con ella conseguimos por fin capturar la imagen del agujero negro.
La materia oscura y la energía oscura no tienen nada que ver directamente con los agujeros negros, por muy misteriosas y enigmáticas que parezcan. Sin embargo, la materia oscura puede caer también sin problema en los agujeros negros y hacerlos crecer. Es probable que esto suceda en muy pequeña medida, ya que la materia oscura está repartida de forma muy diluida y espaciada en el centro de las galaxias. Por otro lado, la energía oscura solo puede reconocerse en las grandes escalas del universo y, en principio, no debería cambiar la estructura de los agujeros negros, de la misma manera que una brisa no puede realmente derribar el monte Everest a corto plazo, a pesar de que la masa total de aire de la Tierra es diez mil veces más pesada que esa montaña. De todos modos, la naturaleza desconocida de la energía oscura y de la materia oscura deja lagunas en nuestra comprensión de la física. Una nueva teoría del espacio y del tiempo que tenga en cuenta ambas podría transformar también las ecuaciones de los agujeros negros.
La mayoría de los agujeros negros no llaman mucho la atención. Alguna vez los he denominado la «mayoría silenciosa», pues funcionan como la mayoría de los seres humanos: solo poquísimos salen de la norma y se convierten en superestrellas excéntricas, llevan una vida excitante y atraen todas las miradas. Fue así como en los años noventa, después de la gran promoción de los cuásares, el foco de atención se apartó también de la cósmica población media de agujeros negros, incluso en los medios de comunicación. A la vanguardia se hallaba el telescopio espacial Hubble.

Una imagen del espacio no cae simplemente del cielo, sino todo lo contrario. Cualquier astrónomo sabe cuánta paciencia y cuánto esfuerzo son necesarios para una imagen cósmica, sobre todo cuando las ondas de luz están grabadas en discos duros. En principio, después de la grabación de los datos tenemos que reconstruir un telescopio en el ordenador e imitar lo que haría el plato de antena o el espejo de un telescopio gigante con ondas auténticas.
Si Hawking tenía razón, entonces los agujeros negros se desintegrarán en una radiación, de modo que su masa, su tamaño y su entropía volverían a reducirse. Sin embargo, la entropía total del universo no disminuiría, porque la radiación emitida la lleva consigo. Para un ser humano desparecido en el agujero negro del infierno y reducido a un punto, esto significa que en última instancia se descompondrá en las partes más pequeñas y será irradiado en todas las direcciones del universo. Todos sus pensamientos saldrían de alguna manera, pero estarían arremolinados, sin posibilidad de recuperación, y mezclados con el ruido de fondo cuántico del universo, que los haría inaudibles. Con la imparable expansión del espacio acabarían perdiéndose en la nada.
Por tanto, un agujero negro desintegrado en una forma de radiación sería como una caja volcada de bloques de construcción; un caos terrible. Sin embargo, dado que la entropía total no debe cambiar por esa radiación, esto significa que incluso los agujeros negros ya formaban un completo caos. De hecho, hoy en día casi toda la entropía del universo se encuentra en los agujeros negros.
Ahora bien, muchos físicos teóricos no quieren resignarse a esta pérdida de información y hablan de la paradoja de la información de los agujeros negros, pues en la física cuántica es sagrada la conservación de toda información.
Por tanto, el verdadero secreto de esta imagen no está en su brillante anillo de fuego, sino en su sombra.

La personalidad de Dios se halla fuera del alcance de los detectores físicos. Si la ciencia del cosmos nos ha mostrado lo pequeños que somos, Dios nos dice, en cambio, lo valiosos que somos.
Nuestra limitación natural y nuestra ignorancia constituyen también nuestra magia, pues nuestros límites nos convierten en buscadores. Justo las incertidumbres en este universo nos permiten tomar nuevas decisiones y formularnos nuevas preguntas una y otra vez. ¡Qué pocos atractivos tendría una ciencia en la que no hubiera nada más por descubrir! ¿Qué sería una vida sin preguntas, una vida en la que todo estuviera ya calculado de antemano? ¿Qué sería de un Dios en el que no necesitas creer porque piensas que ya lo sabes todo sobre él? También tiene su lado bueno no poder saberlo ni demostrarlo todo. Esta es también una forma de libertad, tal vez incluso su fundamento.
Como es natural, no puedo prohibirle a Dios que en algún momento demuestre su existencia y se me arrebate así mi libertad de creer. ¡Sin embargo, ELLA me decepcionaría profundamente!
Y tal vez la verdadera vocación del ser humano en este universo y mucho más allá sea seguir preguntando y buscando siempre. Esto es lo que nos diferencia del gran resto del universo. De ahí que los límites del saber sean a la vez una bendición y un desafío.
Nosotros, seres humanos, somos solo motas de polvo en una mota de polvo en las inmensidades inconmensurables del cosmos. No podemos hacer que exploten las estrellas, no somos quienes giramos la rueda de las galaxias ni quienes sujetamos el firmamento por encima de nosotros. Sin embargo, sí podemos admirar e indagar el cosmos. En este universo podemos tener fe, esperanza y amor, esto es lo que nos convierte en un polvo de estrellas muy especial.
Si hoy la Tierra desapareciera del sistema solar, si hoy desapareciera el sistema solar de nuestra galaxia, si hoy desapareciera toda nuestra Vía Láctea del cosmos, eso no le importaría lo más mínimo al espacio sideral; no obstante, le faltaría algo muy valioso, esto es, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor… y nuestras preguntas, con las que una y otra vez aportamos nueva luz en la oscuridad.

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It was really interesting to read how the first image of a black hole came about. How many people and how much work and planning is behind it.
In April 2019 an image hit the media: the first image of a black hole. It is shown in the title of this nonfiction book and is slightly larger than the board in the appendix. The head of the international investigation team was sure that the media attention would pass for a few days, but after a while it diminished again. I never put it down and was happy to learn more about its origins and background.
In fact, this image does not show a black hole, but the shadow of the event horizon in the middle, surrounded by a corona of light that, bent by gravity, forms a ring. It is pictorial evidence in the form of a supermassive black hole at the center of the galaxy M87. There were earlier images, but they were always simulations derived from general relativity.
Not a single radio telescope could be used to create the image, but for the first time six systems had to be connected together in a worldwide research team: calibrated using atomic clocks and quasars, calibrated and calculated in a sophisticated imaging process, After years of work, this resulted in several million Image research funds and an extensive series of articles.
At first I found the frequent quotes from the Catholic faith, the Bible, and related theology irritating. Until I understood that this is an essential part of the character of the author. In fact, I found it mixed to hear a report from a physicist who is neither agnostic nor atheist.
If you are more interested in background and meaning and at the same time do not want to take difficult math with you, this entertaining and highly informative, but also personal book is recommended.

Once we have reached orbit, our perspective on space and time also changes. We not only get another vision of our home, the Earth, but also of how we perceive the days, months and years. «Because a thousand years before your eyes are like yesterday, which is past,» as it is said in a famous and ancient verse from the Psalms. Time is relative. Humans suspected it from time immemorial, but nowhere do we experience it more drastically than in the cosmos.
The road to this understanding has been exceptionally long. It begins, broadly speaking, with discoveries as fundamental as the structure and regularities of our own solar system and extends to the understanding of our entire cosmos. On a small scale, this path of knowledge begins with an understanding of the paradoxical changing behavior of light as a wave and also as a particle, and is naturally linked to Einstein’s famous theory of relativity.
The key to everything is in the precise understanding of the strange properties of light. The most amazing thing is that thanks to it we can not only see the Earth, the Moon and the stars, but it is intimately linked to time, gravity and space.
Depending on where the Moon is in its elliptical orbit, a spacecraft has to travel between 356,000 and 407,000 kilometers to reach it.

Leaving the Moon, our path leads us to the Sun. To make that journey from Earth we would have to overcome a distance of one hundred and fifty million kilometers. Light achieves it in eight minutes, so we are at a distance of eight light minutes from the Sun. And whoever looks at the Sun, looks at an eight-minute past.
The Sun is the star that gives us life in practically every way. Like no other celestial body – after Earth – it makes human life possible, affects the climate, profoundly influences our culture and orders our daily activity with the rhythm of the days and nights. We do not understand the value of the Sun until it is missing. It is not surprising that a solar eclipse caused great upheaval in humans and in prehistoric and protohistoric societies, and a little still today.
The Sun is a star like any other, but it is our star and, therefore, it is much closer and much more luminous than all the others. If that gigantic torrid sun did not exist, we would not be able to recognize our moon or the other planets that orbit in the sky, since they only reflect sunlight. The Sun is so imposing that it contains more than 99 percent of the mass of our solar system. Its gravitational force holds our planetary system together, and what we have learned about the stars and the gravitational force we owe in the first instance to our solar system.
The Sun is a ball of gas of colossal size and extremely high temperature, in which nuclear fire burns. Hydrogen, which our star is composed of for the most part, serves as fuel. This light element fuses in the solar core to become helium, where an inconceivable fifteen million degrees Celsius prevail. However, on the surface of the Sun there are still five thousand five hundred degrees Celsius. The radiation of this heat is, in short, the source of all our energy on Earth and it would not be generated without the gravitational force and the resulting high pressure inside the Sun. Without sunlight, plants could not grow, which they obtain its energy from photosynthesis. We also owe our food to the Sun.
The Sun is practically consuming itself. During the fusion of hydrogen to helium, matter is transformed into energy. In this process, our star decreases at around four billion kilograms per second. Considering the large amounts of energy it releases, it consumes only a tiny part of its own mass and therefore has unimaginable efficiency. No human machine can produce so much energy from so little fuel. If our body were as efficient and economical as the Sun, each human being would need less than half a gram of food in his entire life. In the cosmos, only black holes outperform stars when it comes to efficiently converting mass to energy.
However, this also harbors sad news: at some point, the solar tank will be empty, and refueling is not possible. The fire of the Sun will go out and, therefore, also life on Earth, if it has not been extinguished before.

When today satellites traverse the solar system with almost intuitive confidence or when astronomers measure the cosmos, we owe these successes also to the early astronomical expeditions of the 17th, 18th and 19th centuries, which explored our solar system with the first telescopes. and with bold ideas. None of the early astronomers set out alone. The sky belongs to all of us, and sometimes it takes everyone to study it and expand our knowledge. Global collaboration and competition have always been at the core of astronomy. From the first astrologers of the East in biblical times, through the exploration of the solar system and expeditions to observe the transit of Venus, to the attempt to receive gravitational waves or radio images of black holes, astronomers have always been united, they have opened up to the universe and competed with each other to explore and measure the cosmos.

Today we also use light to measure time, as it is made up of electromagnetic oscillations. So light is a fundamental measure of everything, and this is true in a very deep sense. Einstein reflected on what it meant for light to always move at the same speed, regardless of how fast one was moving. This reasoning would reverse all our ideas that space and time were invariable and absolute.
Nothing can move faster than light, for nothing can be less inert. Even changes in gravity and the resulting gravitational waves propagate «only» at the speed of light. What began as such has meanwhile become the «speed of causation.» When we talk about «light» in this book, we usually also tacitly include other processes that transmit information in the form of waves such as light.
The weather correction on the Earth’s surface is only minimal, yet it is technologically important. All of these named effects would be even more extreme if more mass were applied in a much smaller space and the curvature of the space was intensified. At the edge of black holes, time seems to stop. To generate this curvature enormous forces are required, stellar forces.

We can now deduce from observational data how entire planetary systems are born and evolve. When the nebulae contract, the dust concentrates into large discs that slowly rotate around the embryo of the star. The more matter it contracts around the center, the faster its spin speed.
We all recognize this effect in the pirouettes typical of figure skating: when the skater extends her arms, she first turns little by little on her own axis, but if she brings an arm or a leg to the body, then the speed of rotation. Strictly and objectively, physics describes this process as follows: angular momentum is equal to the product of mass, radius, and velocity, and it is conserved. If the radius is reduced, the speed is increased. This is also the case in space with dust clouds that surround or even envelop young stars. The more they contract, the higher their speed of rotation: that’s when the accretion discs emerge.
In the background it is exactly the same as in the birth of stars: small lumps form again in the dust disks.
Exploring the Milky Way is still a great undertaking. The Gaia space probe, from the European Space Agency (ESA), is constantly bringing to light new details about its structure and evolution. Amina Helmi is a galactic archaeologist, professor at the University of Groningen and, therefore, successor to her great predecessors Kapteyn and Oort. In 2018 she aired a secret that our Milky Way had kept hidden since time immemorial. The remains of an entire galaxy, Gaia-Enceladus, which it engulfed ten billion years ago continue to swirl in it today. Galactic prey of this caliber led our Milky Way to increase in size and dominate in the center, forming the so-called «galactic bulb.»
However, evolution has not ended with that episode. Many other small galaxies orbit our Milky Way, and in a few billion years we will merge with Andromeda, the neighboring galaxy similar in size to our own. Troubled times still await our Milky Way.

For thousands of years, human beings could only contemplate the sky with our eyes. Starting in the 17th century, optical telescopes lent a hand. And ninety years ago a completely new technique was employed that would revolutionize the exploration of space in no time. When Karl Guthe Jansky discovered cosmic radio signals in 1932, the entire universe was instantly perceived in a completely different way, for the first time light from another part of the electromagnetic spectrum was used instead of visible light. Many astronomers were treading entirely new territory, to which they had to get used first; some wrinkled their noses. It would be a long time before this new discipline, radio astronomy, as well as its instruments, radio telescopes, was accepted and established. The parts that provide images in optical telescopes are generally made of coated glass; in radio telescopes, of steel.
Today we scan the sky across the entire electromagnetic spectrum and for this we use radio, infrared, visible, ultraviolet, X-ray and gamma ray telescopes.
Radio telescopes were then interconnected throughout the world; It was intended to build facilities that were as large as the globe and that would provide the sharpest astronomical images. This technique was given the unwieldy English name of Very Long Baseline Interferometry (VLBI), which astronomers call «vielbiei» for short. It is called «very long base interferometry» because the telescopes are, in part, very far apart. With this technique, world telescopes emerged, and precisely with it we finally managed to capture the image of the black hole.
Dark matter and dark energy have nothing to do directly with black holes, however mysterious and enigmatic they may seem. However, dark matter can also safely fall into black holes and make them grow. This is likely to be the case to a very small extent, since dark matter is very dilute and widely spaced in the center of galaxies. On the other hand, dark energy can only be recognized on the large scales of the universe and, in principle, it should not change the structure of black holes, in the same way that a breeze cannot really bring down Mount Everest in the short term, a Even though the total air mass on Earth is ten thousand times heavier than that mountain. Still, the unknown nature of dark energy and dark matter leaves gaps in our understanding of physics. A new theory of space and time that takes both into account could transform the equations of black holes as well.
Most black holes don’t attract much attention. I have once called them the «silent majority» because they function like most human beings: only a very few go out of the norm and become eccentric superstars, lead exciting lives and attract all eyes. This is how in the 1990s, after the great promotion of quasars, the focus of attention also shifted away from the cosmic average population of black holes, even in the media. At the forefront was the Hubble Space Telescope.

An image from space does not simply fall from the sky, quite the contrary. Any astronomer knows how much patience and effort are necessary for a cosmic image, especially when the light waves are recorded on hard drives. In principle, after recording the data we have to reconstruct a telescope in the computer and imitate what the antenna dish or mirror of a giant telescope would do with real waves.
If Hawking was right, then black holes will disintegrate into radiation, so their mass, size, and entropy would shrink again. However, the total entropy of the universe would not decrease, because the emitted radiation carries it with it. For a human being disappeared into the black hole of hell and reduced to a point, this means that ultimately he will decompose into the smallest parts and be radiated in all directions of the universe. All thoughts of him would somehow come out, but they would be swirled, unrecoverable, and mixed with the quantum background noise of the universe, rendering them inaudible. With the unstoppable expansion of space, they would end up losing themselves in nothingness.
Thus a black hole disintegrated into a form of radiation would be like an overturned box of building blocks; terrible chaos. However, since the total entropy should not change because of that radiation, this means that even black holes were already in complete chaos. In fact, today almost all the entropy of the universe is found in black holes.
Now, many theoretical physicists do not want to resign themselves to this loss of information and speak of the information paradox of black holes, because in quantum physics the conservation of all information is sacred.
Therefore, the true secret of this image is not in its brilliant ring of fire, but in its shadow.

The personality of God is beyond the reach of physical detectors. If the science of the cosmos has shown us how small we are, God tells us, instead, how valuable we are.
Our natural limitation and our ignorance also constitute our magic, because our limits make us seekers. Just the uncertainties in this universe allow us to make new decisions and ask ourselves new questions over and over again. How few attractions would a science have in which there was nothing else to discover! What would a life without questions be, a life in which everything was already calculated in advance? What would become of a God you don’t need to believe in because you think you already know everything about him? He also has the good side of him not being able to know it or show it all. This is also a form of freedom, perhaps even its foundation.
Of course, I cannot forbid God to prove his existence at some point and thus take away my freedom to believe. However, SHE would deeply disappoint me!
And perhaps the true vocation of the human being in this universe and far beyond is to keep asking and always searching. This is what sets us apart from the great rest of the universe. Hence the limits of knowledge are both a blessing and a challenge.
We human beings are just specks of dust on a speck of dust in the immeasurable vastness of the cosmos. We cannot make the stars explode, we are not the ones who turn the wheel of the galaxies or the ones who hold the sky above us. However, we can admire and investigate the cosmos. In this universe we can have faith, hope and love, this is what makes us a very special stardust.
If today the Earth disappeared from the solar system, if today the solar system of our galaxy disappeared, if today our entire Milky Way disappears from the cosmos, that would not matter the least to outer space; However, it would be missing something very valuable, that is, our faith, our hope, our love … and our questions, with which we again and again bring new light into the darkness.

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