El Hombre De Las Checas: La Historia De Alfonso Laurencic, El Artista De La Tortura — Susana Frouchtmann / The Man From The Gulags: The Story Of Alfonso Laurencic, The Artist Of Torture by Susana Frouchtmann (spanish book edition)

Interesante investigación sobre uno de los personajes secundarios de la Guerra Civil en Barcelona, sobre el cual no conocía gran cosa. La autora se ve concernida por la cercanía a su familia de Alfonso Laurencic, ejecutado sumariamente en julio de 1939 por el régimen franquista. En ningún momento Susana Frouchtmann cuestiona que el protagonista no mereciera ser condenado por sus actos pero, además, a través de casi 200 páginas nos acerca a la persona, desbrozando al personaje que la propaganda de la posguerra construyó sobre él.

Alfonso Laurencic lo señalaban como uno de los más crueles artífices de una época de terror y represión, ya que los agentes socialistas y estalinistas del SIM —señalaban asimismo— optaron por una represión implacable, y así las checas de Barcelona eran genuinos campos de concentración, en los que la tortura, el hambre y el asesinato estaban a la orden del día. Y acusaban a Laurencic, estalinista al frente del SIM, de haber tomado el control de las mismas en 1937, momento en que empezó lo que se ha denominado el «terror rojo».
Alfonso Laurencic, salvo que tenía un hermano, Eugenio (¿tendría más?), no encontré nada nuevo; nada, sobre todo, que me explicara con una base documentada por qué aterrizó en una Barcelona tan convulsa e inestable como empezaba a ser la ciudad en 1933. También Alcalá repetía que Laurencic había estado antes, en 1923. No me parecía razón suficiente.

Guillermo Bosque Lapena, que estuvo detenido en las checas de La Tamarita y Vallmajor —en esta última desde mayo hasta enero de aquel año (1939)— también da cuenta de las duchas de agua fría —hasta tres y cuatro veces al día— para después ser lanzados los presos desnudos a una carbonera. Una vez lo tuvieron cinco días sin comer nada. Respecto a las palizas, relata que solían empezar a las nueve de la noche —que era cuando sus cancerberos estaban más alegres— y duraban hasta las cinco de la mañana, siendo requeridos a declarar cada dos horas. Bosque Lapena resistió quince días así, luego lo llevaron al barco-prisión Villa de Madrid y de ahí a Vallmajor, donde lo sentaron en la silla eléctrica una docena de veces; también allí lo pusieron a «escribir a máquina» —según la jerga de los chequistas—, una tortura habitual que consistía en descoyuntar los dedos cuyas secuelas aún eran visibles.
Respecto a Laurencic, el testigo contó que un tal capitán Alegría un día le dijo: «“Este señor [Laurencic] os está haciendo cosas muy bonitas”.

Según asegura Laurencic en su texto de alegación, acatando los detalles que le dio Urdueña, dibujó celdas de 50 centímetros de ancho por 40 de profundidad, de altura graduable de 1,40 a 1,60; asimismo en su respaldo había un saliente de unos 13 centímetros de largo, colocado a 63 centímetros del suelo, que debía servir «como de asiento» al detenido.
La altura de este asiento obligaba al paciente a sostenerse sobre las puntas de los pies; la estrechez, o mejor, la poca profundidad hacía que tocara la puerta con sus rodillas, reposando en estas todo el peso del cuerpo, que resbalaba continuamente del asiento. El techo graduable, rebajado a medida, impedía al paciente enderezar el cuerpo. Sendas tablas, colocadas entre las piernas y delante del pecho, debían impedir cualquier movimiento de las extremidades —cruzar las piernas, cambiar de posición, apoyar la cabeza sobre los brazos, taparse la cara o la vista de la luz encendida—. Urdueña opinaba que una permanencia de cinco a diez minutos en los mismos sabría ablandar al más recalcitrante.
A este tipo de mazmorra-armario, por denominarlas de alguna manera, los propios presos le dieron el nombre de «La verbena». Asimismo, Laurencic explica que en celdas —de 3 por 3 metros— permanecían diez, doce o quince presos durante tres meses, por lo menos.

Lejos de ser «una barriada marginal» a las afueras de París, como señalan algunas fuentes al referirse a la procedencia de Alfonso Laurencic, Enghien-les-Bains ha sido una localidad apreciada como un lugar elegante desde que la princesa Matilde Bonaparte la puso de moda durante el Segundo Imperio.
A partir de julio de 1937 Alfonso Laurencic estuvo detenido en varias ocasiones y en distintas checas. Pero sus detenciones nunca se debieron a algún tipo de actuación política o subversiva, sino a que, aprovechándose de su posición como agente de contraespionaje, vendió pasaportes falsos cobrando importantes sumas. No obstante, la primera vez que fue arrestado y conducido a la checa de la Puerta del Ángel, declaró que la causa de su captura se debió a que él sospechaba que Paulino Gómez Sáiz, delegado de Orden Público de Cataluña, era el asesino de Mark Rein, hijo del dirigente mencheviqueRafaelAbramovitch, redactor en París del diario Le Popoulaire. Si en verdad le confió a alguien esta sospecha, Laurencic fue un insensato,ya que acusar a Gómez Sáiz, hombre de la total confianza de Negrín, era una tremenda imprudencia. Pero también lo era estafar al SIM, como luego haría una vez empezó a colaborar como «arquitecto». Es curioso, sin embargo, que el único documento hallado relativo a una estafa —supuestamente llevada a cabo por Laurencic, con fecha 13 de febrero de 1936— demuestre que el juez la sobreseyó. Pero esto sucedió antes de la guerra, cuando comprar víveres era posible. Al estallar la guerra, Barcelona se convirtió en una ciudad donde toda ley, moral y humana, se quebrantaría.
En la primera detención fueron apresados asimismo su hermano Eugenio y Meri (no fue ese un periodo en el que el gobierno se anduviera con remilgos de ningún tipo, ni comparecencias previas, ni juicios). De hecho, desde el inicio de la guerra, el destino de Eugenio estuvo estrechamente ligado al de su hermano; por el relato de las declaraciones de ambos, siempre parece acompañar a Alfonso en sus quehaceres (o más bien, andanzas). Alfonso no solo era el mayor, sino su única familia en aquella Barcelona convulsa.
En Vallmajor, como Alfonso anhelaba, no tardó en «llamar la atención» del jefe supremo del SIM: Santiago Garcés. Léase: hizo todo tipo de piruetas meritorias y varias demostraciones de sus muchas habilidades para que este se fijara en que no era un preso cualquiera, ni tampoco un copartícipe de la quinta columna. Y Garcés lo nombró arquitecto de la secretaría particular. Pero el SIM no planeaba una expansión inmobiliaria en Barcelona, sino construir nuevas celdas de castigo como las que ya había hecho en Valencia, y antes en Madrid, a imagen y semejanza de las originales: las cárceles rusas de la represión estalinista. Lo que no hizo Laurencic fue construir todas las checas de Barcelona (cuarenta y cinco). Ya lo estaban.

Cualquiera en su lugar nada más salir de prisión se habría ido lejos, muy lejos. Aunque ¿cómo ir a Alemania, donde estaba la familia de su madre, si cinco meses antes había invadido Polonia iniciándose la Segunda Guerra Mundial que afectó a toda Europa? De haber tenido el talante de Alfonso, se hubiera ido a Estados Unidos, país al que este habría llegado dispuesto a emular a Benny Goodman o a Woody Herman; a la banda de Artie Shaw o la de Stan Kenton, y, además, lo hubiera conseguido. Porque la capacidad de aventura, supervivencia y liderazgo no se le puede negar a Alfonso Laurencic. La falta de humanidad, tampoco.
Era él. Químico, ponía de nuevo. Soltero. Había dejado Suiza en febrero de 1948 a los cuarenta y un años embarcándose en el vapor Groix con destino a Buenos Aires. En aquel momento pude cerrar la historia de Alfonso Laurencic. Si bien todo cuanto os he contado sucedió en «tiempos tan desesperados».

El último rastro de Meri apareció en la sección de avisos oficiales de La Vanguardia, el 17 de diciembre de 2013. El anuncio notificaba que un difunto pasaba provisionalmente al nicho de M. Luisa Preschern, viuda Laurencic. Probablemente por vez primera tras la guerra, Meri, que durante años para el censo y para la Barcelona de la posguerra fue Maria Luisa Preschern, quiso dejar constancia de que su vida siempre perteneció a Alfonso. Como la de Alfonso a ella hasta su último segundo de vida.
Cuando le fue comunicada la sentencia, Laurencic exclamó: «Aunque sé que voy a morir, ¡viva el Generalísimo Franco!». Imposible explicar por qué lo hizo. ¿Albergó aún la insensata esperanza de que la pena le podía ser conmutada? ¿De que volvería a reunirse con Meri?
El día antes de ser ajusticiado, no quiso cenar, se confesó, comulgó y escribió a su mujer una carta que nadie ha encontrado. Ya nunca volvería a despertarse a su lado, ni tendrían aquellos hijos que ella tanto deseó; ni pasearían su amor, risueños. A él solo le esperaba la nada. A ella, el resto de su vida sin él. La madrugada del 9 de julio de 1939, fue conducido al Campo de la Bota, donde lo fusilaron sin haber dejado que le vendasen los ojos y haciendo el saludo nacional: brazo en alto. Sus restos fueron llevados a la fosa común del Fossar de la Pedrera en Montjuïc. Las últimas líneas de las que hay constancia son aquellas que le envió a su esposa con el dibujo hecho en la cárcel. La dedicatoria, aunque breve, la escribe un hombre que en las peores condiciones no pide consuelo, sino solo se muestra aún enamorado.

Meri: Aus den Augen          Meri: Lejos de los ojos
Aus dem Sinn…                   Lejos del corazón…
Die grosse Ausnahme        La gran excepción
Ich binn…                            Soy yo…
Alfonso
Cárcel Modelo, 17 de mayo de 1939

—————-

Interesting research on one of the secondary characters of the Civil War in Barcelona, about which he did not know much. The author is concerned by her closeness to her family of Alfonso Laurencic, who was summarily executed in July 1939 by the Franco regime. At no time does Susana Frouchtmann question that the protagonist does not deserve to be condemned for his actions, but also, through almost 200 pages, she brings us closer to the person, unraveling the character that postwar propaganda built on him.

Alfonso Laurensic pointed to him as one of the cruelest architects of a time of terror and repression, since the socialist and Stalinist agents of the SIM – they also pointed out – opted for implacable repression, and thus the Czechs in Barcelona were genuine concentration camps, in which torture, starvation and murder were the order of the day. And they accused Laurencic, a Stalinist at the head of the SIM, of having taken control of them in 1937, at which point what has been called the «red terror» began.
Alfonso Laurencic, except that he had a brother, Eugenio (would he have more?), I didn’t find anything new; nothing, above all, to explain to me with a documented basis why he landed in a Barcelona as turbulent and unstable as the city was beginning to be in 1933. Alcalá also repeated that Laurencic had been there before, in 1923. It didn’t seem like a sufficient reason to me.

Guillermo Bosque Lapena, who was detained in the Czechs of La Tamarita and Vallmajor – in the latter from May to January of that year (1939) – also reports cold water showers – up to three and four times a day – for later prisoners being thrown naked into a bunker. Once they had it for five days without eating anything. Regarding the beatings, he relates that they used to start at nine at night — which was when his keepers were happiest — and lasted until five in the morning, being required to testify every two hours. Bosque Lapena resisted for fifteen days like this, then they took him to the Villa de Madrid prison ship and from there to Vallmajor, where they sat him in the electric chair a dozen times; There, too, he was put to «typewriting» —according to the jargon of the Chekists—, a habitual torture that consisted of dislodging the fingers, the consequences of which were still visible.
Regarding Laurencic, the witness said that one day Captain Alegría told him: «‘This man [Laurencic] is doing very nice things to you.»

According to Laurencic in his allegation text, complying with the details that Urdueña gave him, he drew cells 50 centimeters wide by 40 deep, adjustable in height from 1.40 to 1.60; Likewise, on the back of him there was a projection of about 13 centimeters long, placed 63 centimeters from the ground, which was to serve «as a seat» for the detainee.
The height of this seat forced the patient to stand on the balls of the feet; the narrowness, or rather, the shallow depth made him touch the door with his knees, resting on them all the weight of the body, which continuously slipped from the seat. The adjustable ceiling, lowered to measure, prevented the patient from straightening the body. Boards, placed between the legs and in front of the chest, were to prevent any movement of the extremities – crossing the legs, changing position, resting the head on the arms, covering the face or the sight of the light on. Urdueña believed that a stay of five to ten minutes in them would soften the most recalcitrant.
To this type of dungeon-closet, to name them in some way, the prisoners themselves gave the name of «La verbena.» Likewise, Laurencic explains that in cells – 3 by 3 meters – ten, twelve or fifteen prisoners were held for at least three months.

Far from being «a marginal neighborhood» on the outskirts of Paris, as some sources point out when referring to the origin of Alfonso Laurencic, Enghien-les-Bains has been a town appreciated as an elegant place since the Princess Matilde Bonaparte put it in fashion during the Second Empire.
From July 1937 Alfonso Laurencic was detained on several occasions and in different Czechs. But his arrests were never due to any kind of political or subversive action, but rather because, taking advantage of his position as a counterintelligence agent, he sold false passports for large sums. However, the first time he was arrested and taken to the Czech Puerta del Ángel, he declared that the cause of his capture was due to the fact that he suspected that Paulino Gómez Sáiz, delegate of Public Order of Catalonia, was Mark’s murderer. Rein, son of the Menshevik leader Rafael Abramovitch, editor in Paris of the daily Le Popoulaire. If he truly confided this suspicion to someone, Laurencic was a fool, since accusing Gómez Sáiz, a man of Negrín’s total confidence, was tremendously reckless. But he was also cheating the SIM, as he would later do once he began to collaborate as an «architect.» It is curious, however, that the only document found relating to a scam – supposedly carried out by Laurencic, dated February 13, 1936 – shows that the judge dismissed it. But this happened before the war, when buying groceries was possible. When the war broke out, Barcelona became a city where all laws, moral and human, would be broken.
In the first arrest, his brother Eugenio and Meri were also arrested (this was not a period in which the government was fussy of any kind, or prior appearances, or trials). In fact, from the beginning of the war, Eugenio’s fate was closely linked to that of his brother; from the account of the statements of both, he always seems to accompany Alfonso in his chores (or rather, adventures). Alfonso was not only the oldest, but his only family in that troubled Barcelona.
In Vallmajor, as Alfonso longed for, he did not take long to «draw the attention» of the supreme head of the SIM: Santiago Garcés. Read: he did all kinds of meritorious pirouettes and various demonstrations of his many abilities so that he would notice that he was not just any prisoner, nor was he a co-participant of the fifth column. And Garcés appointed him architect of the private secretariat. But the SIM did not plan a real estate expansion in Barcelona, but rather to build new punishment cells like the ones it had already built in Valencia, and earlier in Madrid, in the image and likeness of the original ones: the Russian prisons of the Stalinist repression. What Laurencic did not do was build all the Czechs in Barcelona (forty-five). They already were.

Anyone in his place right out of prison would have gone far, far away. Although, how to go to Germany, where his mother’s family was, if five months before he had invaded Poland, starting the Second World War that affected all of Europe? Had he had Alfonso’s spirit, he would have gone to the United States, a country where he would have come willing to emulate Benny Goodman or Woody Herman; to Artie Shaw’s band or Stan Kenton’s band, and besides, he would have made it. Because the capacity for adventure, survival and leadership cannot be denied to Alfonso Laurencic. The lack of humanity, either.
It was him. Chemist, he put it back. Single. He had left Switzerland in February 1948 at the age of forty-one, embarking on the steamer Groix bound for Buenos Aires. At that moment I was able to close the story of Alfonso Laurencic. Although everything I have told you happened in «such desperate times».

The last trace of Meri appeared in the official notices section of La Vanguardia, on December 17, 2013. The announcement reported that a deceased was temporarily passing to the niche of M. Luisa Preschern, widow Laurencic. Probably for the first time after the war, Meri, who for years for the census and for post-war Barcelona was Maria Luisa Preschern, wanted to record that her life always belonged to Alfonso. Like Alfonso’s to her until the last second of her life.
When the sentence was communicated to him, Laurencic exclaimed: «Although I know that I am going to die, long live Generalissimo Franco!» Impossible to explain why he did it. Did he still entertain the foolish hope that his sentence might be commuted? That he would meet with Meri again?
The day before he was executed, he did not want to eat dinner, he confessed, received communion and wrote a letter to his wife that no one has found. He would never wake up next to her again, nor would they have those children she so desired; nor would her love walk, laughing. Nothing awaited him. To her, the rest of her life without him. At dawn on July 9, 1939, he was taken to Campo de la Bota, where he was shot without having been blindfolded and with the national salute: arm raised. His remains were taken to the mass grave of the Fossar de la Pedrera in Montjuïc. The last lines on record are those that he sent to his wife with the drawing made in jail. The dedication, although brief, is written by a man who in the worst conditions does not ask for consolation, but only appears to be still in love.

Meri: Aus den Augen Meri: Far from the eyes
Aus dem Sinn … Far from the heart …
Die grosse Ausnahme The great exception
Ich binn… It’s me…
Alfonso
Model Prison, May 17, 1939

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