Valle Inquietante — Anna Wiener / Uncanny Valley by Anna Wiener

Dependiendo de a quién preguntaras, fue la cúspide, el punto de inflexión o bien el principio del fin de la era de las startups de Silicon Valley; de aquello que los cínicos llamaban una burbuja, los optimistas llamaban el futuro y mis futuros compañeros de trabajo, ebrios de entusiasmo ante la posibilidad de participar en la historia mundial, llamaban, casi sin aliento, el ecosistema. Una red social que todo el mundo decía odiar pero a la que no podían dejar de conectarse salió a bolsa con una valoración de ciento y pico mil millones de dólares: el primer día de cotización su sonriente socio fundador abrió la sesión dando el toque de campana por videoconferencia y aquello fue la sentencia de muerte de los alquileres asequibles en San Francisco.
Fue un año de optimismo renovado: el optimismo de la ausencia de obstáculos, de límites y de malas ideas. El optimismo del capital, del poder y de las oportunidades. Allí donde el dinero cambiaba de manos, enseguida aparecían tecnólogos emprendedores y gente con másteres en administración de empresas. Proliferó el término «revolucionar» y no había sector que alguien no estuviera a punto de revolucionar o que no pudiera ser revolucionado: partituras, alquiler de esmóquines, comida casera, compras online, planificación de bodas, operaciones bancarias…
Fue el principio de la era de los unicornios, las startups valoradas por sus inversores en más de mil millones de dólares.

Este libro está etiquetado como una mirada al interior del mundo de los tecnólogos por una mujer que estuvo allí. Sin embargo, las ideas principales del libro, que los hombres que trabajan en Silicon Valley son principalmente hombres blancos, de clase media y sumamente seguros de sí mismos que piensan que cada idea que tienen tiene valor, no son nada que no supieras.
Seguí leyendo, esperando que hubiera un momento de «te atrapé», una idea de un hecho público bien conocido, pero nunca llegó. Se sintió como si estuviera escrito para personas que no siguen el mundo en línea en absoluto. Nunca trabajé en tecnología, pero hay tantos artículos sobre la cultura de Silicon Valley que te brindan la misma información sin someterte a descripciones terriblemente detalladas de fiestas que suenan horribles. La autora a menudo se estaba negando a sí misma mientras se jactaba humildemente.
Valle Inquietante es la historia de Anna Wiener sobre su trabajo en tecnología, principalmente en Silicon Valley. Anna está buscando dejar su trabajo editorial en Nueva York, buscando más en su carrera. Los millennials acudían en masa a la costa oeste, donde la industria de la tecnología seguía creciendo: software, proveedores de servicios digitales y plataformas de redes sociales, todos se hicieron un nombre y marcaron su presencia. Anna decide unirse a ellos.
En este libro, detalla su experiencia laboral en algunas empresas diferentes: un libro relacionado, uno centrado en el análisis de datos y el otro, software de código abierto, tanto del día a día como de eventos como retiros de equipos fuera del sitio. Anna tiene roles secundarios de servicio al cliente y observa rápidamente, en toda la industria, que estos puestos a menudo se valoran menos que sus contrapartes técnicas.
Quizás porque Silicon Valley ha sido así durante la mayor parte del tiempo, simplemente no encontré mucho de esto sorprendente o novedoso: una cultura del intelecto dominada por hombres, con un esfuerzo significativo para mantener la confidencialidad y la privacidad de la empresa, mientras que el acceso a la privacidad de los clientes y usuarios a veces permanece vago (verificar, verificar y verificar). Las revelaciones fueron mínimas en el mejor de los casos.
Todas las industrias tienen margen de mejora, la tecnología ciertamente no es inmune, pero luché con la complacencia de Anna. Si no te gusta lo que ves y no cambia, ¿por qué quedarte? Esto me cansó, especialmente en la segunda mitad del libro.
Las startups son un tema interesante al que me encuentro volviendo, innumerables veces, tanto en ficción como en no ficción.

La revolución vendría en forma de una aplicación de lectura electrónica para teléfonos móviles que operaría mediante un modelo de suscripción. Me pareció una idea destinada a un público minoritario, y el argumento de venta —la opción de acceder a una biblioteca gigante de libros electrónicos por una modesta tarifa mensual— me sonó a la típica promesa acompañada de un montón de letra pequeña. Aun así, la propuesta tenía algo que me resultó atractivo.
Una aplicación de lectura electrónica era un concepto nuevo para el mundo editorial, donde aparecían pocas ideas nuevas y las que aparecían jamás eran recompensadas. No contribuía mucho a mejorar esta situación el hecho de que la industria editorial pareciera estar siempre a punto de hundirse.
Mis amistades del mundo editorial se mostraron escépticas cuando les conté dónde iba a trabajar. Tenían un montón de preguntas que me incomodaba contestar. ¿Acaso un modelo de suscripción no minaba los royalties de los autores? ¿Acaso no era básicamente una apropiación capitalista y cínica del sistema público de bibliotecas? ¿Acaso una aplicación así no sería parasitaria en el mejor de los casos?…

La startup de análisis de datos vendía algo que era como las piquetas durante la Fiebre del Oro, es decir, la clase de producto en el que a los inversores de capital riesgo les encantaba invertir. La historia había demostrado que la Fiebre del Oro era un ejemplo de todo lo que no había que hacer, pero en Silicon Valley se usaban sus metáforas con orgullo, siempre y cuando de ellas pudiera extraerse el mensaje adecuado. Las piquetas solían ser productos que un negocio vendía a otro. Eran infraestructura, no servicios. Igual que las startups de Nueva York se desvivían por usar el legado cultural de su ciudad y creaban servicios para los medios de comunicación y las finanzas —o, más a menudo, elegantes interfaces para vender cosas que costaría más tiempo, dinero, energía o gusto comprar en otra parte—, en el Área de la Bahía los programadores de software intentaban usurpar el lugar de las empresas tecnológicas más antiguas a base de construir herramientas para otros programadores de software.

Me resistía a aceptar la idea de que el CEO fuera ególatra o vengativo. Me caía bien. Tenía algo familiar que resultaba reconfortante.
Los empleados veteranos éramos peligrosos. Habíamos vivido una versión temprana, más autónoma e insostenible de la empresa. La habíamos conocido antes de que hubiera reglas. Conocíamos demasiado bien el funcionamiento de las cosas, y sentíamos nostalgia y afecto por cómo había sido todo antes. No queríamos que la empresa se nos quedara pequeña, y sin embargo nos estábamos quedando pequeños para ella. Ninguno de nosotros había previsto que el éxito se produciría en detrimento de todo lo que había hecho que el lugar fuera especial; de todo lo que había hecho que lo sintiéramos como nuestro. Para los empleados nuevos, aquello era un trabajo cualquiera. Los empleados nuevos no tenían ni idea.
—Nuestra cultura empresarial se está muriendo. Yo interpretaba mi fe ciega en los jóvenes ambiciosos, agresivos y arrogantes venidos de las áreas residenciales de todo el país como una patología personal, pero no tenía nada de personal. Se había convertido en una enfermedad global.

La startup de código abierto era toda una institución. El software libre existía desde hacía décadas, desde mucho antes de que los socios fundadores de la empresa, cuatro programadores veinteañeros imberbes, revolucionaran —y monetizaran— el sector. La startup, sin embargo, hacía que el proceso fuera más rápido y más fiable, además de social. La plataforma realmente les facilitaba la vida a los programadores, que ya estaban predispuestos favorablemente a las soluciones simples y elegantes diseñadas por gente que pensaba igual que ellos. La empresa había dado beneficios casi desde el inicio, y era todo un modelo de buen encaje entre producto y mercado: un caramelito para inversores. Los socios decidieron cambiar la manera de hacer las cosas.
En el trabajo, había rincones de la plataforma de código abierto que se estaban volviendo cada vez más agresivos y grotescos. Se alertó al equipo de condiciones de uso sobre los contenidos que posteaban unos usuarios que afirmaban pertenecer a una organización terrorista; sobre lo que posteaban otros que hacían pública información privada sobre funcionarios del gobierno y acosaban a nuestros compañeros. Se nos alertó sobre contenido que contenía amenazas de muerte. Una de aquellas amenazas fue lo bastante creíble como para cerrar la sede central durante un día.
Silicon Valley se había convertido en un gesto, una idea, una expansión y un borrado. En una clave y un test de Rorschach. En un sueño o un espejismo. No estaba claro si South Bay era una comunidad dormitorio de San Francisco o viceversa. Ambas cosas parecían ciertas.
El sector tecnológico solo representaba un diez por ciento de la masa laboral, pero tenía un impacto desproporcionado. La ciudad estaba cambiando de manos. No paraba de venir gente.

Veía Silicon Valley como un tren imparable. Me había tragado la grandiosidad que se atribuía el sector tecnológico y confiaba en que las cosas dieran un giro favorable. No sabía quién se engañaba más: la clase emprendedora, por pensar que podían cambiar el rumbo de la historia, o yo, por creerles.
La vida en la economía de la atención me había dejado ciega. Las páginas de inicio de mis redes sociales rebosaban eslóganes, iconografía y productos feministas: jarrones de cerámica con forma de pechos desnudos y pijamas de una pieza para bebés que decían el futuro es mujer. Hacía meses que aquello era mi internet.

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Depending on who you asked, was it the peak, the tipping point, or the beginning of the end of the Silicon Valley startup era; of what the cynics called a bubble, the optimists called the future and my future co-workers, drunk with enthusiasm at the possibility of participating in world history, called, almost breathlessly, the ecosystem. A social network that everyone said they hated but could not stop connecting to went public with a valuation of one hundred and a billion dollars: on the first day of trading its smiling founding partner opened the session by ringing the bell by videoconferencing and that was the death knell for affordable rents in San Francisco.
It was a year of renewed optimism: the optimism of the absence of obstacles, limits and bad ideas. The optimism of capital, power and opportunities. Wherever money changed hands, enterprising technologists and people with masters in business administration quickly appeared. The term «revolutionize» proliferated and there was no sector that someone was not about to revolutionize or that could not be revolutionized: sheet music, tuxedo rental, home cooking, online shopping, wedding planning, banking …
It was the beginning of the era of unicorns, startups valued by their investors at more than a billion dollars.

This book is badged as an inside look into the world of tech bro’s by a woman who was there. However, the books main insights, that the men who work in Silicon Valley are mainly white, middle-class and supremely confident men who think that every idea they have has value, are nothing you didn’t already know.
I kept on reading, expecting that there would be a ‘gotcha’ moment, an insight into a well-known public occurrence, but it never came. It felt like it was written for people who don’t follow the online world at all. I’ve never worked in tech but there are so many articles about Silicon Valley culture that give you the same insights without subjecting you to excruciatingly detailed descriptions of awful sounding parties. The author was often negging herself while humble bragging.
Uncanny Valley is Anna Wiener’s story of working in tech, primarily in Silicon Valley. Anna is looking to leave her NY-based job in publishing, seeking more from a career. Millennials were flocking to the West coast, where the tech industry continued to grow — software, digital service providers, and social media platforms, all making a name for themselves and marking their presence. Anna decides to join them.
In this book, she details her work experience at a few different companies: one book related, one focused on data analytics, and the other, open source software — both the day-to-day and events like offsite team retreats. Anna holds customer service side roles, and quickly observes, across the industry, these positions are often valued less than their technical counterparts.
Perhaps because Silicon Valley has been this way for time ago, I just didn’t find much of this surprising or novel — A male-dominated culture of intellect, with a significant effort to maintain confidentiality and privacy of the company, while access to the privacy of customers and users sometimes remains vague (check, check, and check). The revelations were minimal at best.
Every industry has room for improvement, tech is certainly not immune, but I struggled with Anna’s complacency — If you don’t like what you see and it’s not changing, why stay? This wore on me, especially in the second half of the book.
Startups are an interesting topic I find myself returning to, countless times, in both fiction and nonfiction.

The revolution would come in the form of an electronic reading application for mobile phones that would operate through a subscription model. It struck me as an idea aimed at a minority audience, and the sales pitch – the option of accessing a giant library of e-books for a modest monthly fee – sounded like a typical promise accompanied by a lot of fine print. Still, there was something about the proposal that appealed to me.
An electronic reading application was a new concept for the publishing world, where few new ideas appeared and those that did appear were never rewarded. The fact that the publishing industry always seemed to be on the verge of collapse did little to improve this situation.
My friends in the publishing world were skeptical when I told them where I was going to work. They had a lot of questions that I was uncomfortable with answering. Didn’t a subscription model undermine authors’ royalties? Wasn’t it basically a capitalist and cynical appropriation of the public library system? Wouldn’t such an application be parasitic at best? …

The data analytics startup was selling something that was like pickaxes during the Gold Rush – the kind of product that venture capitalists loved to invest in. History had shown that the Gold Rush was an example of what not to do, but Silicon Valley used its metaphors with pride, as long as the right message could be drawn from them. Pickaxes used to be products that one business sold to another. They were infrastructure, not services. Just as New York startups went out of their way to use their city’s cultural heritage and create services for the media and finance – or, more often, fancy interfaces to sell things that would cost more time, money, energy, or taste. shop elsewhere – in the Bay Area, software developers were trying to usurp the place of older tech companies by building tools for other software developers.

I was reluctant to accept the idea that the CEO was egotistical or vindictive. I liked him. There was something familiar about it that was comforting.
Veteran employees were dangerous. We had experienced an early, more autonomous and unsustainable version of the company. We had known her before there were rules. We knew all too well how things worked, and we felt nostalgia and affection for how it had all been before. We did not want the company to be too small for us, and yet we were becoming too small for it. None of us had anticipated that success would come to the detriment of everything that had made the place special; of everything that had made us feel like ours. For new hires, this was just any job. The new hires had no idea.
«Our corporate culture is dying.» I interpreted my blind faith in the ambitious, aggressive, and arrogant young people from residential areas across the country as a personal pathology, but it was not personal at all. It had become a global disease.

The open source startup was quite an institution. Free software had been around for decades, long before the company’s founding partners, four beardless twenty-something programmers, revolutionized — and monetized — the industry. The startup, however, made the process faster and more reliable, as well as social. The platform really made life easier for programmers, who were already predisposed favorably to simple and elegant solutions designed by like-minded people. The company had been profitable almost from the beginning, and it was a model for a good fit between product and market: a little candy for investors. The partners decided to change the way of doing things.
At work, there were corners of the open source platform that were getting more and more aggressive and grotesque. The conditions of use team was alerted to the content posted by users claiming to belong to a terrorist organization; about what was posted by others who made public private information about government officials and harassed our colleagues. We were alerted to content that contained death threats. One of those threats was credible enough to shut down headquarters for a day.
Silicon Valley had become a gesture, an idea, an expansion, and an erasure. In a key and a Rorschach test. In a dream or a mirage. It was unclear if the South Bay was a San Francisco bedroom community or vice versa. Both things seemed true.
The technology sector only represented 10 percent of the workforce, but it had a disproportionate impact. The city was changing hands. People kept coming.

She saw Silicon Valley as an unstoppable train. I had swallowed the grandeur of the tech industry and was confident that things would take a turn for the better. I did not know who was more delusional: the entrepreneurial class, for thinking that they could change the course of history, or me, for believing them.
Life in the care economy had blinded me. My social media landing pages were brimming with feminist slogans, iconography, and merchandise: ceramic vases shaped like bare breasts and one-piece baby pajamas that said the future is woman. This was my internet for months.

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