Breve Historia De Inglaterra — Simon Jenkins / A Short History of England by Simon Jenkins

Fácilmente podría cambiarse de nombre, «Breve historia de la monarquía y la política inglesas». Soy reacio a ser demasiado severo con Jenkins por «omitir» ciertos elementos aquí, ya que cualquier intento de dar un relato conciso de la historia de una nación (especialmente una tan elaborada como Inglaterra) está destinado a ser truncado. Sin embargo, esto parecía ser explícitamente Inglaterra a través del lente de la política, la monarquía y la clase dominante. Poco o nada está hecho de movimientos sociales, cultura, arte (aunque se toca la arquitectura) y los pensamientos de la gente. Otra maldición del género, ‘Una breve historia de …’, especialmente uno que se centra en Cientos de años de monarquía y parlamento, es demasiado fácil convertirse en una vertiginosa avalancha de fechas, nombres, decretos y títulos, en partes que se leen casi como notas de exámenes de historia. Sin embargo, en general, para el dominio que eligió, Jenkins ofrece un relato muy claro y destilado de algunos de los momentos y figuras definitorias de Inglaterra y, al igual que la historia de Inglaterra, a pesar de los períodos intermitentes de tedio y trabajo pesado, hay momentos de brillantez y claridad.
Disfruté este libro, ya que me dio una idea de los eventos históricos de los que no sabía mucho (antes de 1066), pero a veces había demasiado sesgo histórico y político y esto me hizo sentir vergüenza por la negativa del autor a ver ambos lados del argumento.

Los ingleses fueron a su vez invadidos por los vikingos y los normandos. Pero a diferencia de lo que ellos hicieron, borrando del mapa a sus predecesores británicos, los ingleses consiguieron conservar la cultura y la lengua anglosajonas a pesar de las sucesivas incursiones. Fueron un pueblo asombrosamente resistente: contaba con la ventaja de la seguridad que le proporconaba la geografía insular y el vigor marinero que con frecuencia ostentan los pueblos isleños. Rápidamente desarrollaron una lengua común, leyes colectivas y un sistema de gobierno único, basado en una tensa armonía entre el histórico nepotismo sajón del kith and kin (amigos y familia) y la tradición normanda de una autoridad única.
Gales, Escocia e Irlanda se considerarán países con sus propias historias particulares. Han pasado menos de la mitad de su existencia como integrantes de la unión de «Gran Bretaña e Irlanda», una relación que tiende a subordinarlos en la historiografía tradicional del estado. Pero Inglaterra es un país por derecho propio, distinto de sus vecinos y con un pueblo que puede denominarse a sí mismo inglés, para diferenciarse de escoceses, galeses e irlandeses.
Los ingleses nunca han sido especialmente diestros a la hora de definirse a sí mismos. En la época del orgullo imperial no tuvieron esa necesidad. En la actualidad, a la mayoría de ellos les disgusta considerarse europeos, pero no son capaces de distinguirse con precisión de sus vecinos celtas. Libraron guerras de exterminio contra Gales, contra Escocia y, con especial brutalidad, contra Irlanda. A principios del siglo XX se encontraron con una Irlanda mayoritariamente hostil, mientras que Escocia y Gales se mostraban también distantes, tanto política como culturalmente. El componente inglés del Reino Unido se quedó, por tanto, en un limbo de incómoda debilidad. Inglaterra no tiene un Parlamento propio ni instituciones políticas distintivas propias.

Los siglos V y VI fueron ciertamente sombríos en las Islas Británicas. Los celtas de las Edad de Hierro, también llamados «antiguos britones», habían emigrado del continente entre el año 1000 y el 600 a.C., y se habían mezclado con los invasores romanos durante los tres siglos que duró la ocupación (del siglo I al IV d.C.) Pero la retirada de las legiones los debilitó demasiado como para que pudieran defenderse a sí mismos o su herencia de villas romanas, templos y anfiteatros. Así pues, quedaron a merced de los saqueadores contra los que habían implorado auxilio.
En cualquier caso, parece evidente que, en el transcurso de los siglos V y VI , un pueblo cuyas lengua y sociedad procedían del continente europeo se fortaleció y se desplazó con agresividad hacia el oeste a través de la Britania romana, eliminando casi por completo a los britones indígenas. Según Beda, en estas invasiones participaron los jutos, los frisios, los anglos y los sajones. «Saeson», «Sassenach» y «Sawsnek» son las palabras del antiguo galés, del gaélico y del córnico para referirse a esos nuevos pobladores.
El territorio de la Anglia sajona estaba empezando a adquirir su forma definitiva, situándose al sur del Muro de Adriano y al este de las fronteras del Severn y Devon. Al parecer, algunos núcleos de antiguos britones sobrevivieron en las tierras altas de los Peninos y en algunos lugares como Elmet, en el Yorkshire occidental (que fue invadido en el 627). Pero el territorio inglés en ningún caso podía denominarse una nación. No había ni autoridad, ni rey ni iglesia que hubiera sustituido a los romanos. Los pueblos eran gobernados, si es que lo eran, por señores de la guerra sajones, a los que los celtas cristianos del oeste consideraban unos bandoleros paganos y analfabetos. Los sajones eran gentes del llano, no de las montañas, acostumbrados a la lucha y a trabajar la tierra en las grandes llanuras de la Europa septentrional. Estaban acostumbrados a talar los bosques y a utilizar arados para roturar la tierra en suelos aluviales, pero se paralizaban cuando se topaban con las montañas. En las tierras altas los suelos son menos fértiles y los britones tal vez menos proclives a la rendición. El entusiasmo de la conquista parecía evaporarse cuando se desplazaban hacia el oeste.
Los sajones estaban aferrados a una lealtad familiar, al asentamiento y al clan, una lealtad representada en la expresión anglosajona «kith and kin» (los amigos y la familia), derivada de «couth [arc., “conocido”, “amigo”, “familiar”] and known [“conocido”, “pariente”]». Su centro de poder no radicaba en un rey lejano y en una corte remota, sino en un salón comunitario situado en medio de cada asentamiento, donde las comunidades de granjeros libres (ceorls) juraban fidelidad a sus jefes. A estos ancianos —o magistrados— y a la nobleza menor se les debía hospitalidad y servicios militares y, a cambio, ellos se ocupaban de la defensa de los súbditos, de sus vidas y sus tierras.

Lindisfarne practicaba el rito de Iona, reforzado en 657 cuando Oswy, el hermano y sucesor de Oswaldo fundó un nuevo monasterio en Whitby. Pero en la corte de Northumbria muchos prefirieron seguir el rito romano que introdujo Paulino en York. Lo que comenzó como una disputa familiar sobre cuándo ayunar o celebrar la Semana Santa no tardó en extenderse a trifulcas en el seno de la iglesia de Northumbria, donde los tradicionalistas de Iona se enfrentaron a los reformistas de Canterbury. En el año 664, Oswy convocó a todos los prebostes desde Canterbury para que se reunieran en un sínodo en Whitby, donde se entabló una batalla entre Colman de Northumbria y Wilfrid de Ripon. Wilfrid, que había visitado Roma y apoyaba firmemente la causa papal, representaba a Canterbury porque hablaba anglosajón. Para él, la autoridad del papa y la liturgia romana, cada vez más extendida, eclipsaba la obsoleta tradición celta. Convenció al sínodo y, aún más importante, al propio Oswy, diciendo que San Pedro era «la piedra sobre la que se edificó la Iglesia» y que tenía en su poder las llaves de la vida en el más allá. Los partidarios del rito de Iona, seguidores de Colman, se retiraron furiosos y se refugiaron en Irlanda, un lugar que a su vez sería el escenario de otras escisiones litúrgicas. Wilfrid se convirtió en obispo de York.
Roma se apresuró a aprovechar aquel triunfo. Un nuevo emisario papal llegó a la isla en el año 669: Teodoro de Tarso, nacido en Asia Menor y versado en la erudición griega, romana y bizantina. Para cuando murió, en el 690, ya había fundado catorce obispados dependientes de Canterbury.
Después de dos siglos de lo que Milton denominó «guerras de halcones y cuervos, arremolinándose en bandadas y luchando en el cielo», el pueblo inglés bajo Egbert y sus sucesores pudieron contemplar una paz sajona. La supremacía temporal de Wessex fue reconocida y su capital, Winchester, se convirtió en la sede de los reyes de Inglaterra. Pero una gran amenaza se cernía sobre el país. Del mismo modo que los sajones habían acabado con los antiguos britones desde el este, así ahora, escribió un cronista anglosajón, «tormentas huracanadas de rayos y feroces dragones se vieron surcando los cielos». Alcuin informó a Carlomagno: «Jamás se vio tal terror […] como el que hemos sufrido a manos de esta raza pagana». Habían llegado los vikingos.
Los sajones eran gentes de tierra adentro. Sus vecinos escandinavos, los vikingos, eran gentes del mar. Los de Noruega hacía mucho que habían saqueado Escocia y los asentamientos costeros en torno al Mar de Irlanda, mientras que los daneses, por su parte, habían hecho incursiones en el Mar del Norte y se habían adentrado en Francia. Su arma más poderosa era el drakkar, una máquina de guerra que podía alcanzar velocidades de quince nudos (unos 25 kilómetros por hora) y con un calado de no más de tres pies (menos de un metro) con sesenta hombres a bordo.

El año 1066 es el más famoso de la historia de Inglaterra. Para todos los escolares ingleses esa fecha evoca la figura de un héroe sajón, Harold, y un villano francés, William, que se enfrentaron y lucharon en la batalla de Hastings. El desenlace se resolvió con una flecha clavada en un ojo de Harold. Pero la historia rara vez es tan sencilla. Harold, hijo de Godwin, era en el mejor de los casos medio sajón y no tenía ningún argumento para reclamar el trono de Inglaterra más allá de la bendición de Eduardo en su lecho de muerte. Guillermo no era francés, sino descendiente del guerrero nórdico Rollo, que se hizo con Normandía gracias a la donación del rey francés Carlos el Simple en el año 911. Él tampoco tenía ninguna razón para reclamar el trono más allá de la supuesta (aunque anterior) concesión de Eduardo. Ambos eran descendientes directos de los vikingos.

La Magna Carta ha sido objeto de exégesis y análisis durante siglos. No fue el primer documento de ese tipo, como Langton había señalado, sino que además iba a ser revisado tres veces durante el reinado de Enrique III. Muchos de los artículos tratan asuntos tales como las redes de pesca en el Támesis, el trato a los prisioneros galeses o la destitución de todos los enemigos de Juan Plantagenet en la corte. Con todo, fue el primer estatuto de derechos redactado en Europa y destinado a afianzar específicamente las libertades civiles en un estado de derecho.
El artículo 12 manifiesta que «ningún impuesto feudal o recurso de ningún tipo debe exigirse en nuestro reino salvo por el consejo común de nuestro reino», que no es más que una versión primitiva del «no hay tributación sin representación». El artículo 39 fijaba la figura del habeas corpus , que «ningún hombre libre será arrestado o encarcelado o desposeído o proscrito o desterrado o de ningún modo mancillado […] salvo mediante juicio legal de sus pares o por la ley del país». El artículo 40 incorporaba el manoseado concepto judicial según el cual «a nadie privaremos, a nadie negaremos ni aplazaremos sus derechos o la justicia». El artículo 52 sostiene que «si hemos privado a alguien de sus tierras, castillos, libertades o derechos sin un juicio justo de sus pares, se los restauraremos de inmediato. Y si cualquier disputa surgiera por esta razón, se resuelva el conflicto por el juicio de veinticinco barones».
La carta de derechos sentó un precedente al que los constitucionalistas regresarían una y otra vez a lo largo de la historia con la idea de concederle una importancia retrospectiva que quizá no mereció en su momento. La Carta Magna fue ignorada por Shakespeare en su obra sobre el Rey Juan. 4 Pero era un texto imprescindible. La Carta Magna se encuentra entre los documentos fundamentales del estado de derecho contra el poder absoluto y, como tal, los revolucionarios del siglo XVII le concedieron una enorme importancia. La constitución también consagra la importancia de los barones frente a la autoridad del rey. Como resultado de su incompetencia y debilidad, los barones se habían hecho fuertes. Constituían una élite nobiliaria y territorial «por derecho propio», con dominio sobre amplias comarcas y la fidelidad feudal de caballeros, siervos y villanos. Se había producido un giro radical en el equilibrio de poder, apartando la autoridad monárquica y la discrecionalidad personal en favor del espíritu de una ley moderna y un parlamento moderno.

La energía de Thatcher era extraordinaria. Podía quedarse hasta altas horas con un whisky en la mano y levantarse después de haber dormido apenas cuatro horas, someterse a la sesión de peluquería y escuchar las noticias agropecuarias. Una secretaria personal siempre estaba presente para escuchar sus habituales arrebatos contra los granjeros «hipersubvencionados» y trasladárselos debidamente por escrito al ministro de Agricultura. A finales de la década, en todo caso, parecía visiblemente cansada. Disfrutó enormemente con la caída del Muro de Berlín, en noviembre de 1989, y sintió que así quedaba justificada toda una vida de estridente anticomunismo. Pero en ese momento ya estaba desconectada de la realidad al oponerse fervientemente a la reunificación de Alemania. En el trato con sus ministros y compañeros, su estilo egocéntrico y lleno de bravuconadas hacía difícil trabajar con ella y, como otros tantos que han estado mucho tiempo en el cargo, el final fue casi un retiro al cubículo de Downing Street rodeada de sus más allegados.
Durante el último año de Thatcher en el cargo, el país asistió a la desintegración de su autoridad. En su manifiesto de 1987, había prometido sustituir los impuestos locales sobre la propiedad, en aquel momento conocidos como «the rates » (las tasas), por un «recargo comunitario». En realidad, aquello era el impuesto de capitación que se volvía a implantar por vez primera desde los tiempos de Juan de Gante, y fue conocido como tal entre la gente. Se implantó en Escocia en 1989 y fue tan impopular que al norte de la frontera desapareció cualquier apoyo a los tories de Inglaterra.
El liderazgo de Margaret Thatcher tuvo como fundamento, tanto en su éxito como en su fracaso, la personalidad de la propia premier . Ella se convirtió en el epítome de los tories como animal político inflexible y clasista, y sus enemigos definieron al grupo como el «partido» desagradable. Uno de sus comentarios más debatidos fue: «Eso que se llama sociedad no es nada». Aunque el control al que Thatcher sometía a su gabinete y a su grupo en los Comunes era extraordinario, su cálculo político flaqueó cuando empezó a alejarse de Westminster. Era especialmente débil allí donde la política hunde sus verdaderas raíces: en las pequeñas agrupaciones de provincias. Lo único que hizo fue desmantelar la maquinaria tory en las grandes ciudades, cuando no en los condados, y acabó con su caladero de votos entre la clase trabajadora al implantar el impuesto de capitación (poll tax). Tampoco pudo manejar a otros grupos que habían amargado la vida de los gobernantes de Inglaterra a lo largo de los siglos, como los líderes de la periferia celta y del continente europeo. Para ellos, como para buena parte de la clase obrera inglesa, el legado del thatcherismo fue el cierre de los altos hornos, las minas vacías y los rascacielos de gélido cristal elevándose sobre la City de Londres y los docklands que acogían a brokers con bonos disparatados.
Thatcher fue una gobernante al estilo normando, más que al estilo sajón: centralista y desde luego poco amiga de las transferencias de poder o del laissez faire . Ella creía en el poder del estado, y en su derecho democrático a ejercerlo. Y aunque suprimió buena parte del viejo sector comercial público, lo que quedó en manos del gobierno se concentró bajo el control aún más rígido del departamento de Economía. La democracia local, responsable del 85 por ciento de la participación política en Gran Bretaña, quedó castrada.
Recortó la inflación británica desde un 22 a un 4 por ciento, y redujo la recaudación estatal sobre el producto interior desde un 43 a un 36,5 por ciento. Devolvió la economía de nuevo al sendero del crecimiento a través de una regulación férrea de presupuestos equilibrados y privatizaciones. Fue bastante duro, y Thatcher fue admirada pero no querida como lideresa popular. En 1990 había conseguido para el Reino Unido una prosperidad que le había sido esquiva a todos sus predecesores durante un tercio de siglo.

Los noventa vieron cómo se asentaba el thatcherismo. La economía quedó prácticamente desindustrializada y se fio toda la riqueza a los servicios financieros, la tecnología de la información, el turismo, la cultura y el entretenimiento. La lujosa arquitectura de los renovados muelles londinenses (docklands) se dedicó a las finanzas y a las empresas especuladoras. Mientras los centros de las ciudades provincianas británicas seguían languideciendo a mucha distancia de sus iguales en el resto de Europa, sobre todo debido a las restricciones que el gobierno central imponía a las empresas locales, el campo —que gozaba de amplia protección debido a una planificación sometida a leyes estrictas— conoció un rápido desarrollo. En el corredor MII en Cambridgeshire, las midlands del este y el valle del Severn florecieron las urbanizaciones y los polígonos industriales que devoraban anualmente un área de terreno del tamaño de Bristol.
La agricultura aún resistía, sobre todo apoyada en sustanciosos subsidios europeos a las explotaciones. Pero el mundo rural británico encontró nuevos usuarios. Caminantes, ciclistas, campistas e incluso surfistas comenzaron a ser habituales. Los socios del National Trust aumentaron de los dos millones que había en 1990 a los cerca de tres millones a finales de la década. El festival de música de Glastonbury atraía a más de 100.000 visitantes cada año. Tras el Protocolo de Kioto sobre el cambio climático, adoptado en 1997, la política adquirió un tinte «verdoso», y el activismo medioambiental exigió al país que empezara a restringir la emisión de gases de efecto invernadero.

Blair actuó con decisión en un asunto que había amargado la vida de sus predecesores. Se redactaron leyes para establecer asambleas legislativas en Escocia, Gales y Londres. El Parlamento escocés se abrió en 1999, la primera asamblea electa desde 1707. Una asamblea también nueva, la galesa, la primera desde la Edad Media, se formalizó ese mismo año. Las conversaciones con los líderes republicanos del Norte de Irlanda se habían iniciado en secreto durante el mandato de John Major, y en 1998 Blair supervisó el llamado «acuerdo del Viernes Santo» entre los partidos católicos y protestantes, aunque el reparto de poder resultante aún tardó otros diez años en formalizarse. Estas medidas transformaron la política del Reino Unido. Llamaba mucho la atención el discurso político en Edimburgo, en Cardiff o en Belfast que ya no se pronunciaba en inglés, y los partidos separatistas empezaron a ganar terreno en los tres territorios; los nacionalistas escoceses, finalmente, consiguieron formar gobierno en 2007. Después de un milenio de poder centralista en Londres, las Islas Británicas por fin iban a recuperar algún equilibrio constitucional. Por fin era posible que la siempre infeliz unión de ingleses y celtas pudiese relajarse un tanto en una confederación más flexible, si no se repetía la historia de Irlanda y se producía una escisión completa.
El thatcherismo no acabó con la llegada del nuevo laborismo, por mucho que el hábil Blair quisiera disfrazarlo.
El público respaldó los métodos de Blair al reelegirlo en 2001, tras lo cual el gasto público comenzó a dispararse rápidamente. El liderazgo político estaba adquiriendo una forma difusa, no en virtud de las decisiones que tomara un gabinete ministerial sino en virtud de los objetivos y las encuestas que elaboraba el equipo de una oficina gubernamental. Un funcionario civil veterano se quejaba de las «andanadas diarias de órdenes e iniciativas». El gasto en «consultores» alcanzó los dos mil quinientos millones de libras en 2005, y para entonces el coste del trabajo ministerial en Whitehall se había multiplicado por tres. A pesar de todo este gasto, las encuestas mostraban insistentemente una opinión pública crítica respecto a la calidad de los servicios dependientes del gobierno. YouGov, una empresa de encuestas, informaba habitualmente de que la mayoría de la gente se quejaba de que las cosas se habían «deteriorado con el laborismo».
Como la mayoría de los líderes que se encuentran bajo presión en el interior, Blair prefirió retirarse a las zonas más tranquilas de la política exterior.
El gobierno de Blair, al tiempo que ampliaba las privatizaciones a casi todos los servicios públicos, se había esforzado en suavizar los ángulos más duros del thatcherismo.
En un asunto sí que Blair estuvo acertado: en su convicción personal de que Brown no estaba preparado para asumir el liderazgo de la nación. Su consejero Campbell admitió que había acuñado una expresión que se filtró después y que sugería que Brown era «psicológicamente deficiente». El exministro de Hacienda había supervisado las cuentas durante casi tantos años como Gladstone, pero lo había hecho manteniendo conflictos cada vez mayores con su primer ministro. El resultado fue que el control del gasto público desapareció. La timidez de Brown y los ataques de ira resultaban especialmente inapropiados en las altas esferas fuera de la torre de marfil de Hacienda. Fue incapaz de trabajar con ministros con los que disentía —un grave problema en política—, y al final buscó ayuda en su viejo camarada —y al final, enemigo— Peter Mandelson, que en 2008 recibió su correspondiente título nobiliario y se convirtió prácticamente en viceprimer ministro.

Las presiones que habían hostigado a Inglaterra desde la Edad Media seguían siendo las mismas. El gobierno tenía que esforzarse para poder gobernar. El pueblo, luchando, protestando y quejándose, aceptaba o derrocaba al gobierno. Pero en el centro de la escena aún permanecía en pie la única institución que había preservado la constitución durante casi un milenio: un Parlamento constitucional. No había indicios de que fuera a dar por concluida la monarquía hereditaria. Nadie reclamaba un ejecutivo elegido directamente, ni siquiera había muchas exigencias de una representación proporcional en la Cámara de los Comunes. La aritmética parlamentaria forjó en 2010 una coalición y esos números determinarían su estabilidad y su destino final. Igual que el Parlamento de Simón de Montfort desafió el poder de Enrique III, igual que el Parlamento Largo había desafiado a Carlos I e igual que el Parlamento de 1832 había salvado al país de la revolución, así el Parlamento del siglo XXI siguió siendo la institución que dictó el gobierno de Inglaterra.

Inglaterra ha sido, como país, un éxito. Se convirtió muy pronto en una nacionalidad, curiosamente con escaso derramamiento de sangre, y con solo dos guerras civiles largas en su historia, en el siglo XV y en el siglo XVII . Al concluir la era georgiana, la mayoría de los ingleses disfrutaban de una cierta seguridad, prosperidad y libertades civiles que resultaban raras en cualquier otra parte del mundo. Incluso en la actualidad, cuando otras naciones la han igualado e incluso la han superado en muchos aspectos, Inglaterra aún se sigue viendo a sí misma como una potencia mundial, con armas nucleares, y reclama para sí un estatus, junto con Estados Unidos, de policía global. Presume de ser un país puntero en educación, medicina, ciencia y literatura. Su capital, Londres, su mundo rural, su patrimonio y su actividad artística atraen a visitantes de todo el mundo.
Hay varios factores que han contribuido a este éxito. Antes de que comenzara la historia, la fértil geografía de la mitad oriental de las Islas Británicas favoreció los asentamientos sajones. Las fronteras obligadas del Mar del Norte, el Canal de la Mancha y las tierras agrestes de Gales y Escocia generalmente eran zonas pacíficas, pero al final resultaron ser barreras muy efectivas frente a las incursiones foráneas.
En los siglos XVI y XVII Inglaterra tuvo la suerte de contar con monarcas, consejeros y políticos cuyos talentos la guiaron a través de las tempestades de la revolución a un nuevo acuerdo constitucional. Los conflictos matrimoniales de Enrique VIII favorecieron que la riqueza de la Iglesia pasara a la Corona, y luego a una nueva clase media de comerciantes, leguleyos y administradores públicos. Con la riqueza, como siempre, llegaba el poder. La revolución religiosa de Enrique VIII se afianzó durante el reinado de su segunda hija, Isabel, una de las pocas mandatarias europeas con un instinto monárquico enraizado en el gobierno consensuado (basado en el consentimiento del pueblo). En el siglo XVII , una nueva clase media, rica y poderosa, dio forma a una segunda revolución política contra los Estuardo.
A lo largo de toda la historia, la constitución de Inglaterra se había visto obligada a cambiar solo cuando sus gobernantes habían hecho oídos sordos a los gritos de la gente, o como mínimo al curso de los acontecimientos. Ocurrió cuando los monarcas medievales se tuvieron que someter a los poderes territoriales y de los barones. Ocurrió cuando la Iglesia tuvo que ceder a la Reforma y a una clase mercantil emergente.

Inglaterra también está perdiendo su ansia por gobernar a los pueblos no británicos más allá de sus fronteras, incluso a aquellos que forman parte de las Islas Británicas. Siempre habrá una necesidad de instituciones para un «reino unido» en la medida en que los escoceses, galeses y algunos irlandeses lo deseen. Pero la naturaleza asimétrica del Parlamento de Westminster, con el gobierno de Inglaterra parcialmente encadenado a los parlamentarios procedentes de la periferia semiautónoma celta, no puede sostenerse a largo plazo. Es una democracia distorsionada. Tarde o temprano, Inglaterra necesitará su propia asamblea, sea dentro o fuera del ámbito del Parlamento de Westminster.

Las tradiciones liberales de la historia de Inglaterra se remitieron los revolucionarios americanos para inspirarse en el siglo XVIII , aun cuando se estaban rebelando contra la Corona inglesa. Imitaron en su momento los municipios independientes de la era Tudor, los condados, con sus corregidores (sheriffs) y sus alcaldes, y la venerada democracia de la asamblea municipal. Se remitieron, en fin, a los primeros estadios de la ley, al Parlamento Largo, a la Revolución Gloriosa y a la Carta de Derechos. Las naciones de la Commonwealth británica, tales como Canadá, Australia e incluso la India subcontinental, también se remitieron a la tradición legislativa del país. Pusieron por escrito lo que importaba, y se rigieron por sus constituciones para crear lo que hoy son ejemplos vivos de la democracia en el mundo.
La moraleja de esta historia es que las naciones evolucionan con más éxito cuando los cambios sociales, económicos o políticos surgen desde abajo. El poder central corrompe a aquellos que lo ejercen, convirtiéndolo en una fuerza conservadora y represiva. Aquellos que creen en la libertad y la democracia deben tener esto siempre presente.

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Could easily be renamed, «A short history of English Monarchy and Politics». I am reluctant to be too harsh on Jenkins for ‘missing’ certain elements here as any attempt to give a concise account of a nation’s history (especially one as elaborate as England) is destined to be a truncated one. However this seemed to be explicitly England through the lens of politics, monarchy and and the ruling class. Little to nothing is made of social movements, culture, art, (though architecture is touched upon) and the thoughts of the people.. Another curse of the, ‘A short history of…’ genre, especially one which centers itself around 100’s of years of monarchy and parliament, is it too easily slips into being a dizzying spate of dates, names, decrees and titles, in parts reading almost like history exam notes. In general though, for his chosen domain, Jenkins gives a very clear distilled account of some of England’s defining moments and figures and, much like England’s history, despite intermittent periods of tedium and drudgery, there are moments of brilliance and clarity.
I enjoyed this book as it gave me insight into historical events that I didn’t know much about (Before 1066) but there was a little too much historical and political bias at times and this made me cringe at the author’s refusal to see both sides of the argument.

The English were in turn invaded by the Vikings and the Normans. But unlike what they did, wiping their British predecessors off the map, the English managed to preserve the Anglo-Saxon culture and language despite successive incursions. They were an astonishingly resilient people: they had the advantage of security provided by the island’s geography and the maritime vigor that island peoples often display. They quickly developed a common language, collective laws, and a single system of government, based on a tense harmony between the historic Saxon nepotism of kith and kin (friends and family) and the Norman tradition of a single authority.
Wales, Scotland and Ireland will be considered countries with their own particular histories. They have spent less than half their existence as members of the union of ‘Great Britain and Ireland’, a relationship that tends to subordinate them in the traditional historiography of the state. But England is a country in its own right, distinct from its neighbors, and with a people who can call themselves English, to differentiate themselves from Scots, Welsh, and Irish.
The English have never been particularly adept at defining themselves. In the age of imperial pride they had no such need. Today, most of them dislike considering themselves European, but are unable to accurately distinguish themselves from their Celtic neighbors. They waged wars of extermination against Wales, against Scotland and, with particular brutality, against Ireland. At the beginning of the 20th century they encountered a largely hostile Ireland, while Scotland and Wales were also distant, both politically and culturally. The English component of the United Kingdom was therefore left in a limbo of uncomfortable weakness. England has no Parliament of its own and no distinctive political institutions of its own.

The 5th and 6th centuries were certainly bleak in the British Isles. The Celts of the Iron Age, also called «ancient Britons», had migrated from the continent between 1000 and 600 BC, and had mixed with the Roman invaders during the three centuries that the occupation lasted (from the 1st to the 4th centuries AD) But the retreat of the legions weakened them too much to defend themselves or their heritage of Roman villas, temples, and amphitheaters. Thus, they were left at the mercy of the looters against whom they had pleaded for help.
In any case, it seems clear that, in the course of the 5th and 6th centuries, a people whose language and society came from the European continent became stronger and aggressively moved westward through Roman Britain, almost completely eliminating the indigenous Britons. According to Bede, the Jutes, the Frisians, the Angles and the Saxons participated in these invasions. «Saeson», «Sassenach» and «Sawsnek» are the Old Welsh, Gaelic and Cornish words for these new settlers.
The territory of Saxon Anglia was beginning to take its final shape, lying south of Hadrian’s Wall and east of the Severn and Devon borders. It seems that some ancient Briton nuclei survived in the Pennine highlands and in places like Elmet in West Yorkshire (which was invaded in 627). But the English territory could in no case be called a nation. There was no authority, no king, and no church that would have replaced the Romans. The villages were ruled, if they were, by Saxon warlords, whom the Christian Celts of the west viewed as pagan and illiterate bandits. The Saxons were people of the plains, not of the mountains, used to fighting and working the land on the great plains of northern Europe. They were used to cutting down forests and using plows to plow through alluvial soils, but they were paralyzed when they hit mountains. In the highlands the soils are less fertile and the Britons perhaps less inclined to surrender. The enthusiasm of the conquest seemed to evaporate as they moved west.
The Saxons were attached to a family, settlement and clan loyalty, a loyalty represented in the Anglo-Saxon expression ‘kith and kin’ (friends and family), derived from ‘couth [arc., «Acquaintance», «friend» , “Familiar”] and known [“known”, “relative”] ». Their center of power was not in a distant king and remote court, but in a community hall in the middle of each settlement, where communities of free farmers (ceorls) swore allegiance to their chiefs. These elders – or magistrates – and the lesser nobility were owed hospitality and military services and, in return, they took care of the defense of the subjects, their lives and their lands.

Lindisfarne practiced the Iona rite, reinforced in 657 when Oswy, Oswaldo’s brother and successor, founded a new monastery at Whitby. But at the Northumbrian court many preferred to follow the Roman rite introduced by Paulinus in York. What began as a family feud over when to fast or celebrate Easter soon escalated into brawls within the Northumbrian church, where Iona traditionalists clashed with Canterbury reformers. In 664 Oswy summoned all the provost from Canterbury to meet at a synod at Whitby, where a battle broke out between Colman of Northumbria and Wilfrid of Ripon. Wilfrid, who had visited Rome and strongly supported the papal cause, represented Canterbury because he spoke Anglo-Saxon. For him, the authority of the pope and the increasingly widespread Roman liturgy overshadowed the outdated Celtic tradition. He convinced the synod and, more importantly, Oswy himself, saying that Saint Peter was «the stone on which the Church was built» and that he held the keys to life in the afterlife. The partisans of the Iona rite, followers of Colman, withdrew in fury and took refuge in Ireland, a place which in turn would be the scene of other liturgical splits. Wilfrid became Bishop of York.
Rome was quick to take advantage of that triumph. A new papal emissary arrived on the island in 669: Theodore of Tarsus, born in Asia Minor and versed in Greek, Roman and Byzantine scholarship. By the time he died, in 690, he had already founded fourteen dependent bishoprics of Canterbury.
After two centuries of what Milton called «the wars of hawks and ravens, swirling in flocks and fighting in the sky,» the English people under Egbert and his successors were able to contemplate a Saxon peace. Wessex’s temporal supremacy was recognized and its capital, Winchester, became the seat of the kings of England. But a great threat loomed over the country. Just as the Saxons had wiped out the ancient Britons from the east, so now, an Anglo-Saxon chronicler wrote, «hurricane-force lightning storms and ferocious dragons were seen soaring through the skies.» Alcuin informed Charlemagne: «Never was such terror seen […] as we have suffered at the hands of this heathen race.» The Vikings had arrived.
The Saxons were people from the inland. Their Scandinavian neighbors, the Vikings, were people of the sea. The Norwegian people had long ago plundered Scotland and the coastal settlements around the Irish Sea, while the Danes, for their part, had made inroads into the North Sea and into France. Their most powerful weapon was the drakkar, a war machine that could reach speeds of fifteen knots (about 25 kilometers per hour) and with a draft of no more than three feet (less than one meter) with sixty men on board.

The year 1066 is the most famous in the history of England. For all English schoolchildren that date evokes the figure of a Saxon hero, Harold, and a French villain, William, who met and fought at the Battle of Hastings. The denouement was resolved with an arrow stuck in Harold’s eye. But the story is rarely that simple. Harold, Godwin’s son, was half-Saxon at best and had no argument to claim the throne of England beyond Edward’s deathbed blessing from him. William was not French, but a descendant of the Norse warrior Rollo, who took over Normandy thanks to the donation of the French King Charles the Simple in 911. He also had no reason to claim the throne beyond the supposed (albeit earlier) Eduardo grant. Both were direct descendants of the Vikings.

The Magna Carta has been the object of exegesis and analysis for centuries. It was not the first document of its kind, as Langton had pointed out, but was also to be revised three times during the reign of Henry III. Many of the articles deal with matters such as the fishing nets on the Thames, the treatment of Welsh prisoners or the removal of all enemies of John Plantagenet at court. All in all, it was the first statute of rights drafted in Europe and aimed specifically at securing civil liberties in a state of law.
Article 12 states that «no feudal tax or recourse of any kind should be exacted in our kingdom except by the common council of our kingdom,» which is nothing more than a primitive version of «no taxation without representation.» Article 39 established the figure of habeas corpus, that «no free man shall be arrested or imprisoned or dispossessed or proscribed or banished or in any way sullied […] except by legal judgment of his peers or by the law of the country.» Article 40 incorporated the hackneyed judicial concept according to which «we will deprive no one, deny or defer to anyone their rights or justice.» Article 52 holds that “if we have deprived someone of his lands, castles, freedoms or rights without a fair trial from his peers, we will restore them immediately. And if any dispute arises for this reason, the conflict is resolved by the judgment of twenty-five barons.
The bill of rights set a precedent to which constitutionalists would return again and again throughout history with the idea of giving it a retrospective importance that it perhaps did not deserve at the time. The Magna Carta was ignored by Shakespeare in his play on King John. 4 But it was an essential text. The Magna Carta is among the fundamental documents of the rule of law against absolute power and, as such, the revolutionaries of the 17th century attached enormous importance to it. The constitution also enshrines the importance of the barons against the authority of the king. As a result of their incompetence and weakness, the barons had grown strong. They constituted a noble and territorial elite «in their own right», with dominion over vast regions and the feudal fidelity of knights, serfs and villains. There had been a radical shift in the balance of power, moving away from monarchical authority and personal discretion in favor of the spirit of modern law and modern parliament.

Thatcher’s energy was extraordinary. She could stay up late with a whiskey in hand and wake up after barely four hours of sleep, get her hair done and listen to the farm news. A personal secretary was always present to listen to her usual outbursts against «over-subsidized» farmers and duly convey them in writing to the Minister of Agriculture. By the end of the decade she, if anything, she seemed visibly tired. She greatly enjoyed the fall of the Berlin Wall in November 1989, and she felt that a lifetime of strident anti-communism was justified. But by this time she was already disconnected from reality by fervently opposing the reunification of Germany. In dealing with her ministers and peers, her self-centered and bravado style made it difficult to work with her and, like so many who have been in office for a long time, the end was almost a retreat to the Downing Street cubicle surrounded by her more relatives.
During Thatcher’s last year in office, the country witnessed the disintegration of her authority. In her 1987 manifesto of hers, she had promised to replace local property taxes, at the time known as «the rates», with a «community surcharge.» Actually, this was the poll tax that was being reintroduced for the first time since the days of Juan de Gante, and was known as such among the people. It was established in Scotland in 1989 and was so unpopular that north of the border any support for England’s Tories disappeared.
Margaret Thatcher’s leadership was founded, both in her success and in her failure, by the personality of the premier herself. She became the epitome of the Tories as an inflexible and class-oriented political animal, and her enemies defined the group as the unsavory «party.» One of her most debated comments was: «That which is called society is nothing.» Although Thatcher’s control of her cabinet and her group in the Commons was extraordinary, her political reckoning wavered as she began to move away from Westminster. She was especially weak where politics had its true roots: in the small groupings of provinces. The only thing she did to her was to dismantle the Tory machinery in the big cities, if not in the counties, and she ended her fishing ground for votes among the working class by introducing the poll tax. She also could not handle other groups that had embittered the lives of the rulers of England throughout the centuries, such as the leaders of the Celtic periphery and the European continent. For them, as for much of the English working class, the legacy of Thatcherism was the closure of blast furnaces, empty mines and icy glass skyscrapers towering over the City of London and the docklands that welcomed brokers with crazy bonuses.
Thatcher was a ruler in the Norman style, rather than the Saxon style: centralist and certainly not very fond of transfers of power or laissez faire. She believed in the power of the state, and in her democratic right to exercise it. And although it did away with much of the old public business sector, what was left in government hands was concentrated under the even more rigid control of the Economics department. Local democracy, responsible for 85 per cent of political participation in Britain, was emasculated.
She cut UK inflation from 22 to 4 percent, and cut state revenue on domestic product from 43 to 36.5 percent. She put the economy back on the path of growth through tight regulation of balanced budgets and privatizations. It was tough enough, and Thatcher was admired but not loved as a popular leader. By 1990 she had achieved a prosperity for the UK that had eluded all her predecessors for a third of a century.

The 1990s saw Thatcherism take hold. The economy was practically de-industrialized and all the wealth relied on financial services, information technology, tourism, culture, and entertainment. The lavish architecture of London’s renovated docklands was dedicated to finance and speculative companies. While the centers of British provincial cities continued to languish a long way from their peers in the rest of Europe, largely due to central government restrictions on local businesses, the countryside – which was widely protected due to planning subjected to strict laws – experienced rapid development. On the MII corridor in Cambridgeshire, the eastern midlands and the Severn Valley, housing estates and industrial estates flourished, devouring an area of land the size of Bristol annually.
Agriculture was still holding out, mostly supported by substantial European farm subsidies. But the rural British world found new users. Walkers, cyclists, campers, and even surfers began to be common. Members of the National Trust increased from 2 million in 1990 to nearly 3 million by the end of the decade. The Glastonbury Music Festival attracted more than 100,000 visitors each year. After the Kyoto Protocol on climate change, adopted in 1997, politics took on a «greenish» tinge, and environmental activism demanded that the country begin to restrict the emission of greenhouse gases.

Blair acted decisively on an issue that had embittered the lives of his predecessors. Laws were drafted to establish legislative assemblies in Scotland, Wales, and London. The Scottish Parliament was opened in 1999, the first assembly elected since 1707. A new assembly, the Welsh, the first since the Middle Ages, was formalized that same year. Talks with the Republican leaders of Northern Ireland had begun in secret during John Major’s tenure, and in 1998 Blair oversaw the so-called ‘Good Friday deal’ between the Catholic and Protestant parties, although the resulting power-sharing still took some time. another ten years to formalize. These measures transformed UK politics. The political discourse in Edinburgh, Cardiff or Belfast that was no longer delivered in English attracted a lot of attention, and the separatist parties began to gain ground in the three territories; Scottish nationalists finally managed to form a government in 2007. After a millennium of centralist power in London, the British Isles were finally going to regain some constitutional balance. At last it was possible that the ever-unhappy union of English and Celts could relax somewhat into a more flexible confederation, if Irish history was not repeated and a complete split ensued.
Thatcherism did not end with the arrival of New Labor, however clever Blair wanted to disguise it.
The public backed Blair’s methods when he was reelected in 2001, after which public spending began to skyrocket rapidly. Political leadership was taking on a diffuse form, not by virtue of the decisions made by a ministerial cabinet but by virtue of the objectives and the surveys carried out by the team of a government office. A veteran civil servant complained about the «daily barrage of orders and initiatives.» Spending on ‘consultants’ reached 2.5 billion pounds in 2005, and by then the cost of ministerial work in Whitehall had tripled. Despite all this spending, the polls consistently showed a critical public opinion regarding the quality of government-dependent services. YouGov, a polling company, routinely reported that most people complained that things had «deteriorated with Labor.»
Like most leaders under pressure at home, Blair preferred to retreat to the quieter areas of foreign policy.
The Blair government, while expanding privatizations to almost all public services, had worked to soften the harshest angles of Thatcherism.
On one issue, Blair was correct: on his personal conviction that Brown was unprepared to assume leadership of the nation. His counselor Campbell admitted that he had coined an expression that later leaked out that suggested that Brown was «psychologically deficient.» The former finance minister had overseen the accounts for almost as many years as Gladstone, but he had done so in increasing conflict with his prime minister. The result was that the control of public spending disappeared. Brown’s shyness and fits of anger were especially inappropriate in high places outside the ivory tower of the Treasury. He was unable to work with ministers with whom he disagreed – a serious problem in politics – and eventually he turned to his old comrade – and ultimately enemy – Peter Mandelson for help, who in 2008 received his corresponding title of peerage and became practically a deputy prime minister.

The pressures that had plagued England since the Middle Ages remained the same. The government had to strive to be able to govern. The people, fighting, protesting and complaining, accepted or overthrew the government. But at the center of the scene still stood the only institution that had preserved the constitution for almost a millennium: a constitutional Parliament. There was no indication that the hereditary monarchy was ending. No one was demanding a directly elected executive, there weren’t even many demands for proportional representation in the House of Commons. Parliamentary arithmetic forged a coalition in 2010, and those numbers would determine its stability and ultimate fate. Just as the Parliament of Simon de Montfort challenged the power of Henry III, just as the Long Parliament had challenged Charles I, and just as the Parliament of 1832 had saved the country from revolution, so the 21st-century Parliament remained the institution issued by the government of England.

England has been, as a country, a success. She quickly became a nationality, curiously with little bloodshed, and with only two long civil wars in its history, in the 15th century and in the 17th century. By the end of the Georgian era, most English enjoyed a certain security, prosperity, and civil liberties that were rare in any other part of the world. Even today, when other nations have equaled and even surpassed it in many respects, England still sees itself as a world power, with nuclear weapons, and claims for itself a status, alongside the United States, of global police. It boasts of being a leading country in education, medicine, science and literature. Its capital, London, its rural world, its heritage and its artistic activity attract visitors from all over the world.
There are several factors that have contributed to this success. Before history began, the fertile geography of the eastern half of the British Isles favored Saxon settlements. The enforced borders of the North Sea, the English Channel and the wilderness of Wales and Scotland were generally peaceful areas, but in the end they proved to be very effective barriers to foreign incursions.
In the 16th and 17th centuries England was fortunate to have monarchs, advisers, and politicians whose talents guided her through the storms of revolution to a new constitutional settlement. The marital conflicts of Henry VIII favored that the wealth of the Church passed to the Crown, and then to a new middle class of merchants, lawyers and public administrators. With wealth, as always, came power. Henry VIII’s religious revolution took hold during the reign of his second daughter, Elizabeth, one of the few European leaders with a monarchical instinct rooted in consensual government (based on the consent of the people). In the 17th century, a new, wealthy and powerful middle class shaped a second political revolution against the Stuarts.
Throughout history, England’s constitution had been forced to change only when its rulers had turned a deaf ear to the cries of the people, or at the very least to the course of events. It happened when the medieval monarchs had to submit to the territorial powers and the barons. It happened when the Church had to give in to the Reformation and an emerging merchant class.

England is also losing its eagerness to rule non-British peoples beyond its borders, even those that are part of the British Isles. There will always be a need for institutions for a ‘united kingdom’ to the extent that the Scots, Welsh and some Irish want it. But the asymmetrical nature of the Westminster Parliament, with the government of England partially chained to MPs from the semi-autonomous Celtic periphery, cannot be sustained in the long run. It is a distorted democracy. Sooner or later England will need its own assembly, whether within or outside the Westminster Parliament.

The liberal traditions of the history of England were handed down to American revolutionaries for inspiration in the 18th century, even as they were rebelling against the English Crown. They imitated the independent townships of the Tudor era, the counties, with their sheriffs and mayors, and the revered democracy of the municipal assembly. Finally, they referred to the first stages of the law, the Long Parliament, the Glorious Revolution and the Bill of Rights. British Commonwealth nations, such as Canada, Australia, and even subcontinental India, also referred to the country’s legislative tradition. They put in writing what mattered, and they followed their constitutions to create what are now living examples of democracy in the world.
The moral of this story is that nations evolve most successfully when social, economic, or political changes emerge from below. Central power corrupts those who wield it, turning it into a conservative and repressive force. Those who believe in freedom and democracy must always keep this in mind.

2 pensamientos en “Breve Historia De Inglaterra — Simon Jenkins / A Short History of England by Simon Jenkins

  1. Esta entrada en tu blog está genial. Inglaterra tiene muchas sombras (Eslava Galán los pone finos en su Historia del Mundo), pero también ostentan el derecho a decir que desde los sesenta hasta los ochenta hicieron alguna de la mejor música de la historia: Beatles, Stones, Pink Floyd, Dire Straits, Black Sabbath y otras maravillas. Saludos David!

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