Somos Agua — Laura Madrueño / We Are Water by Laura Madrueño (spanish book edition)

Los océanos son nuestros pulmones y se están deteriorando muy rápidamente. Están desapareciendo especies, las condiciones del agua están cambiando y los plásticos ya forman parte de nuestra dieta aunque no lo sepamos. Y hoy en día, aunque parezca mentira, nos falta mucha información sobre nuestros mares y las especies que los habitan. En los últimos años también he compaginado mi trabajo en televisión con la realización de documentales submarinos, charlas y ponencias, con el objetivo principal de divulgar y dar herramientas para que entre todos podamos frenar la crítica situación que viven nuestros océanos.
Ahora mismo somos el problema, pero también podemos ser la solución. Tenemos un planeta lleno de posibilidades, un sistema perfecto, vivo, al alcance de nuestras manos. Solo tenemos que observar a la naturaleza, estudiar sus procesos y copiarlos para poder habitar el planeta azul de una forma sostenible y resiliente. Los humanos necesitamos darnos cuenta de cuánto necesitamos a los insectos, a los corales, a los árboles…, pero también deberíamos tener claro cuanto antes que llevan aquí muchísimo más tiempo que nuestra especie y que ellos no nos necesitan a nosotros. La vida en la Tierra no desaparecerá, así que mirando por nuestra supervivencia deberíamos aplicarnos para conseguir que nuestro modo de vida sea rentable también para el planeta.

Me parece un interesante libro para concienciar sobre los océanos, grandes desconocidos.

Mis padres también fueron testigos de esos cambios y de la cantidad de residuos que había ya en esa época en nuestras costas. Siempre me han contado la cantidad de residuos que había ya en esa época en nuestras costas. Siempre me han contado la infinidad de vida que había hace treinta y tantos años en el mar Mediterráneo: las paredes llenas de morenas y pulpos, las grutas en silencio sepulcral, unas actinias tan grandes como olivos, centenares de castañuelas y doncellas, cigalas, santiaguiños e infinidad de restos de naufragios (que hoy en día han desaparecido absolutamente todos).
El ser humano siempre ha sentido una gran curiosidad por aquello que desconoce, que le resulta imposible o muy difícil de alcanzar, y las profundidades del océano siguen siendo un gran enigma. De nuevo gracias al comandante Cousteau y a su equipo, hoy en día sabemos cómo realizar estas inmersiones de forma correcta y hasta dónde podemos llegar. Desde los años cuarenta del pasado siglo, ellos se dedicaron a hacer infinidad de pruebas en el mar y se sometieron a numerosas inmersiones profundas para estudiar los efectos del nitrógeno en el cuerpo humano. Lo hacían descendiendo incluso hasta los ochenta o los noventa metros, guiados por una cuerda, y cada diez metros intentaban escribir algo en unas tablillas que colgaban de la misma. La «embriaguez de las grandes profundidades», como ellos la llamaban, les imposibilitaba escribir mensajes legibles e incluso al profesor Maurice Fargues le provocó una trágica muerte en 1947 cuando descendió hasta los ciento veinte metros.

Las Islas Columbretes, uno de los lugares más singulares y desconocidos de nuestro país.
Se trata de un archipiélago de pequeñas islas volcánicas que se asientan sobre fondos de ochenta metros de profundidad en el mar Mediterráneo, aproximadamente a sesenta kilómetros de las costas de Castellón, y que constituyen una reserva marina de gran importancia para nuestro ecosistema. Se formaron hace más de un millón de años y los primeros restos arqueológicos que se encontraron allí datan de la época de los fenicios. Fueron los romanos quiénes las bautizaron como «Colubraria» debido a la gran cantidad de serpientes que allí vivían y, en un intento de asolarlas, las islas fueron quemadas numerosas veces a lo largo de la historia, lo que unido al paso de los años nos ha dejado un paisaje agreste con muy poca vegetación.
Otro de mis azules favoritos lo encontré en el norte de Menorca, en la reserva marina de Fornells, donde he pasado varios veranos buceando y descubriendo las diferentes y variadas especies que tenemos en nuestro Mediterráneo. Menorca tiene un azul especial en esa zona, y unas bahías de aguas muy claras y tranquilas que permiten la práctica de la apnea. En esta zona hay muchísima vida en el arenal, solo hay que observar y ser prudente para jugar con los lenguados, las rayas o los pequeños calamares.
En esta zona todavía podemos disfrutar de los fondos típicamente mediterráneos llenos de posidonia, falso coral rojo, paredes llenas de esponjas, espirógrafos, castañuelas, anémonas, erizos, estrellas de mar… y algún mero de tamaño mediano, cabrachos, damiselas, gobios o morenas. El Mediterráneo es un mar muy cambiante y traicionero.
Mis primeros viajes internacionales de buceo me llevaron a las aguas tropicales del Caribe en Roatán (Honduras), donde vi por primera vez a los frágiles y extraordinarios caballitos de mar, cada vez más difíciles de encontrar. Allí me maravillaron sus aguas cálidas y la increíble visibilidad del mar. Mi diario de buceo está plagado de listas de especies tropicales tan vistosas como los peces ángel, peces mariposa, peces trompeta, peces arlequín, peces globo, langostas, peces cofre, grandes morenas verdes…, un estallido de color que es incomparable con las tonalidades que tenemos en superficie. Y por supuesto, el paraíso para amantes de los nudibranquios como yo. Además de buceos muy sencillos y poco profundos, la isla hondureña cuenta con una exuberante vegetación y playas de ensueño.
En esa línea visité varias veces Cozumel, la isla caribeña más grande de México, que acoge una de las mejores reservas marinas del mundo. Cozumel está cubierta de selva densa y pantanos, y se formó hace millones de años sobre un montículo marino que actualmente está rodeado por una línea costera fosilizada cubierta por un arrecife de coral vivo.
En México, concretamente en la costa de Tulum y en mis primeros años de buceo, descubrí una de las maravillas que esconde la naturaleza en este lugar: los cenotes, el entramado de cuevas inundadas más extenso del planeta.
Hace más de doscientos cincuenta millones de años, la península de Yucatán estaba sumergida. Cuando el nivel del mar descendió, dejó expuesta parte de esta meseta de piedra caliza; las lluvias tropicales la erosionaron a lo largo de los siglos y crearon estas enormes cuevas llenas de agua dulce. Con el paso del tiempo, partes de estas cuevas se derrumbaron formando lo que conocemos como cenotes.
Su nombre proviene de dz’onot, que en maya significa «sagrado». Eran elementos muy importantes de esta cultura, ya que, además de ser su principal fuente de agua dulce, también representaban las puertas a la eternidad y en ellos practicaban rituales y sacrificios.
En la actualidad, hay miles de cenotes y se descubren nuevas formaciones de este tipo cada año… Todavía no ha sido posible explorarlas en su totalidad porque continúan siendo inabarcables.

Muchas zonas costeras de nuestro país están totalmente arrasadas, ya sea por los vertidos, por las embarcaciones, por la temperatura del agua por la sobrepesca. En el Mediterráneo es urgente crear más zonas protegidas para que la fauna subacuática pueda regenerarse con el paso de los años. Y ocurre lo mismo en países idílicos como Maldivas, donde pude ver con mis propios ojos zonas enteras de coral blanquecino, muerto, destrozado, sin vida a su alrededor, probablemente debido al ascenso de la temperatura del agua y su acidificación. Y también otras zonas llenas de plástico flotando en la superficie, no solo allí, sino también en Borneo, en Bali, en Tailandia, en Egipto, en México…, y es que el plástico ha infestado los océanos hasta límites inenarrables. Podría afirmar que en más del 95 % de los lugares del mundo donde he buceado he encontrado plásticos y residuos humanos. Basuras de todo tipo flotando en la superficie o en el fondo, botellas mimetizadas con el entorno, arandelas, tapones, vasos, bolsas de plástico, zapatos, redes e incluso plomos de pesca —estos son bastante habituales y es fundamental recogerlos porque son metales pesados muy nocivos que debemos retirar del entorno marino y reciclar—.
Tenemos por delante una misión de educación enorme, pero que está al alcance de todos. El problema parece inalcanzable, pero con pequeños actos en casa entre todos podemos cambiar muchísimas cosas, y es fundamental que las hagamos y no nos dejemos llevar por el hecho de no poder hacerlo todo.
El movimiento global ha llenado de plástico cada rincón de la Tierra, creando necesidades nuevas en zonas donde no estaban acostumbrados a usarlo y donde por desgracia no tienen capacidad de deshacerse de él. En el continente africano o en el asiático, el plástico lo está invadiendo absolutamente todo, desde las islas hasta los ríos, la mayoría de los cuales están hoy en día colapsados de envases. Un material que estamos malgastando y que nos está dejando una factura impagable a nivel medioambiental.
Pero no es el único. Desgraciadamente, la humanidad en estos últimos cincuenta años ha desarrollado un potencial (auto)destructivo nunca visto en toda su historia.

La sobreexplotación que estamos haciendo de nuestras tierras también está provocando una pérdida tremenda de diversidad biológica. La generación de la basura, la nuestra, está siendo partícipe de una de las extinciones masivas de especies y animales más grande de la historia de la humanidad.
Esa extinción en masa compromete la integridad ecológica de la Tierra y su capacidad para satisfacer las necesidades humanas.
Está meridianamente claro que nuestro planeta no puede asumir este ritmo de vida, sobre todo si se sigue democratizando y extendiendo por todo el globo un consumo irresponsable que está agotando su riqueza natural de forma irremediable.
En los últimos cincuenta años nos hemos dedicado a generar un nuevo tipo de basura más complicada de reciclar, más tóxica, con más materiales mezclados, más peligrosa de manipular y mucho más dañina con el medioambiente…
Y es que contamos con los ingredientes perfectos para lograrlo: una carrera tecnológica desorbitada, un consumismo masivo y la obsolescencia programada; tres factores que han provocado el nacimiento de montañas infranqueables de basura tecnológica. Se estima que actualmente en el mundo cerca de cincuenta millones de toneladas de aparatos electrónicos son desechados anualmente, según datos del Programa para el Medio Ambiente de las Naciones Unidas (PNUMA). Es difícil hacerse una idea de lo que estamos hablando, quizá os ayude si os digo que de toda esa basura se podrían sacar hasta 300 toneladas de oro y 55 000 millones de euros al año.
La conocida como chatarra electrónica inunda nuestros cajones, nuestros trasteros, los vertederos, los puntos limpios… y el tercer mundo. Es la que producimos cuando cambiamos de móvil, de portátil, de televisión… y también al final de la vida útil de todo tipo de aparatos electrodomésticos.

Uno de los movimientos más interesantes que han surgido en los últimos años en relación con nuestra huella planetaria es Zero Waste, un concepto de vida sostenible que pretende eliminar nuestros residuos hasta hacerlos desaparecer.
Si ahora mismo os dijera que tenéis que vivir sin producir basura, ¿creéis que seríais capaces? Para nosotros es un gran reto, desde luego, por eso somos la generación de la basura.
El movimiento que propugna la basura cero aboga por un modelo de consumo radicalmente distinto al que tenemos, con el objetivo de reducir nuestro impacto en el medioambiente: elimina la cultura del usar y tirar, reutiliza los materiales, defiende la fabricación de productos de larga vida útil y recicla al máximo en el origen, en casa.
La ciudad de San Francisco es pionera en este tipo de legislación y desde 2009 trabaja para eliminar los residuos de sus más de 800 000 habitantes.

Hemos empezado a ser conscientes de los problemas medioambientales porque han comenzado a afectarnos de forma muy directa, deteriorando nuestro bienestar.
La contaminación ha empezado a ser noticia porque en las grandes ciudades está produciendo niveles altísimos de dióxido de carbono en la atmósfera que a su vez están generando nuevas alergias, afecciones respiratorias y cutáneas, aumentando el número de ataques cardiacos…, incluso ya estamos teniendo que tomar suplementos de vitamina D porque esa capa de polución no permite al organismo asimilar bien la vitamina del sol, lo que provoca a su vez problemas relacionados con el calcio: osteoporosis en personas de avanzada edad, de crecimiento en niños, de fragilidad en los huesos…
Nos enfrentamos a tres grandes amenazas (generadoras de otras muchas), que debemos conocer a fondo para poder decidir si queremos ser parte de la solución o continuar viviendo nuestras vidas al margen de lo que está ocurriendo. Tener información contrastada de primera mano es fundamental para poder tomar decisiones y conocer de cerca las consecuencias reales de lo que nos ocupa en este libro: el cambio climático, el consumo desorbitado de plásticos y la sobrepesca.

La llegada del plástico supuso una verdadera revolución en el mundo de la medicina a partir de la década de 1950. Los materiales como vendas, gasas, jeringas, guantes… de un solo uso evitaron la propagación de enfermedades y los hospitales redujeron los costes y ganaron tiempo para poder tratar a más pacientes: ya no tenían que esterilizar decenas de veces al día porque disponían productos desechables. Hasta los años ochenta, las botellas que proporcionaban el suero o el medicamento a los enfermos en los hospitales eran de cristal (un verdadero engorro debido a su fragilidad). Cuando estas botellas fueron sustituidas por bolsas de plástico, el día a día en los hospitales fue mucho más llevadero para enfermeros y pacientes, supuso también una mejoría para su transporte, para tratar a enfermos en una guerra o en el tercer mundo, para almacenar sangre e incluso para separar los distintos componentes de esta. ¡Una auténtica revolución!
Como también lo han sido soluciones como los marcapasos de plástico, implantados en miles de pacientes a diario en el mundo, las prótesis de plástico que sustituyen nuestras rodillas o caderas y los implantes de todo tipo que cambian o reconstruyen nuestro aspecto y que han dado lugar a la cirugía de nuestro tiempo: la cirugía plástica.
No hay duda de los adelantos que han supuesto los plásticos en el mundo de la medicina, pero lo que en aquel momento no pudimos imaginar es que aquellos materiales no eran inertes y seguros en contacto directo con la sangre.
Las bolsas y los tubos intravenosos que se emplean a diario en millones de hospitales del mundo están fabricados con policloruro de vinilo (PVC), un plástico que contiene unas sustancias químicas llamadas ftalatos —una familia de aditivos químicos industriales que se utilizan como flexibilizantes para plásticos como el PVC—.
Estas bolsas pueden contener más de un 50 % de un ftalato denominado di(2-etilhexil) ftalato (conocido como DEHP en inglés) y los catéteres intravenosos hasta un 80 %.
Este aditivo puede migrar directamente hacia el cuerpo del paciente desde estos productos, sobre todo a través de la sangre y de tejidos grasos.
El plástico es el desecho más abundante del mundo y apenas se está reciclando. Se estima que un 75 % de lo producido acaba en los vertederos, otra parte de estos residuos termina también en el entorno y es arrastrada por las lluvias hasta las alcantarillas y los ríos, y hasta un 18 % de los plásticos que acaban en el mar son desechados por la industria pesquera.
Los países que más residuos descargan al mar son China, Indonesia, Filipinas, Tailandia y Vietnam —de hecho, entre estos cuatro depositan más plásticos que todos los demás juntos; eso sí, los países del primer mundo les ayudamos bastante enviándoles millones de toneladas de plásticos—.

El Mediterráneo es uno de los mares más sobreexplotados del mundo, entre otras cosas porque no existen cuotas máximas de pesca para la mayoría de las especies, solo para las más pescadas como el pez espada o el atún rojo, ya al borde del colapso. Tampoco hay normativas sobre las tallas mínimas que se deben pescar de la mayoría de especies y muchas cofradías denuncian que ni siquiera saben cómo están las poblaciones. Recientemente el Consejo de Ministros de la Unión Europea ha aprobado el reglamento por el que se fijan los días de pesca en el Mediterráneo occidental, aumentando hasta en diecisiete días laborales más de media para cada uno de los buques de arrastre españoles.
En los últimos años estos arrastreros y la sobrepesca constante han esquilmado nuestro Mediterráneo, sus hábitats marinos y sus fondos de posidonia, hasta llegar a un punto en el que muchos pueblos pesqueros son los que están tomando medidas ante la falta de políticas sostenibles y de protección por parte del Gobierno y la Unión Europea.
En los últimos siglos muchas zonas costeras y familias en nuestro país se han sustentado casi exclusivamente gracias a la actividad pesquera, una de las profesiones más antiguas del mundo, que ha pasado de generación en generación y que ahora nadie está apoyando.
La acuicultura puede parecer una buena solución para hacer frente a la futura demanda de pescado que habrá en la humanidad en 2050, cuando nuestro consumo sea superior a la capacidad de producción de los océanos. Y por qué no, también para que descienda la actividad pesquera y la sobrepesca en nuestros mares. En Europa la acuicultura ya representa aproximadamente más del 20 % de la producción de pescado y da empleo directo a unas ochenta y cinco mil personas.
Pero como casi todo lo que hemos hecho de forma industrial, la acuicultura también representa una grave amenaza para los ecosistemas marinos y no solo no reduce la sobrepesca, sino que la incrementa.

¿Os imagináis qué ocurriría si los escualos desaparecieran?
El equilibrio oceánico se volvería muy vulnerable ante la falta de estos depredadores porque, como en el resto de la naturaleza, todo está conectado y sin los tiburones nuestros mares no sobrevivirían. Son una parte imprescindible de la cadena alimentaria que, en caso de desaparecer, provocaría un desastre ecológico sin precedentes en nuestra historia.
Sin los tiburones se desencadenaría un efecto cascada de dimensiones desconocidas que afectaría al resto de pobladores del mar y por supuesto a nosotros, los humanos. En ese escenario, los peces carnívoros acabarían con los herbívoros (con lo que desaparecería la pesca, una de nuestras principales fuentes de proteínas y de ingresos), y a partir de ahí las algas crecerían sin control en los océanos del planeta, provocando una catástrofe medioambiental que cambiaría nuestro futuro en este planeta, que quizá, en vez de azul pasaría a ser verde desde el espacio.
Hace tres años quedaban solo trescientos cincuenta tiburones blancos en el mundo.
Los tiburones son una especie muy vulnerable a la sobrepesca debido a que generalmente alcanzan la madurez sexual de forma tardía, tienen largos periodos de gestación y la mayoría dan a luz a pocas crías cada vez.

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The oceans are our lungs and they are deteriorating very rapidly. Species are disappearing, water conditions are changing and plastics are already part of our diet even though we don’t know it. And today, oddly enough, we lack a lot of information about our seas and the species that inhabit them. In recent years I have also combined my work on television with making underwater documentaries, talks and presentations, with the main objective of disseminating and providing tools so that together we can stop the critical situation in our oceans.
Right now we are the problem, but we can also be the solution. We have a planet full of possibilities, a perfect, living system, at our fingertips. We just have to observe nature, study its processes and copy them to be able to inhabit the blue planet in a sustainable and resilient way. Humans need to realize how much we need insects, corals, trees …, but we should also be clear as soon as possible that they have been here much longer than our species and that they do not need us. Life on Earth will not disappear, so looking for our survival we should apply ourselves to make our way of life profitable for the planet as well.

It was a nice read to me an interesting book to raise awareness about the oceans, great unknown.

My parents also witnessed these changes and the amount of waste that was already on our shores at that time. They have always told me the amount of waste that was already on our coasts at that time. I have always been told about the infinity of life that existed thirty-some years ago in the Mediterranean Sea: the walls full of moray eels and octopuses, the caves in sepulchral silence, some actinias as big as olive trees, hundreds of castanets and maidens, crayfish, santiaguiños and countless shipwrecks (which today have absolutely all disappeared).
The human being has always felt a great curiosity for what he does not know, that is impossible or very difficult to reach, and the depths of the ocean remain a great enigma. Thanks again to Commander Cousteau and his team, today we know how to do these dives correctly and how far we can go. Since the 1940s, they have been conducting countless tests at sea and underwent numerous deep dives to study the effects of nitrogen on the human body. They did it descending even to eighty or ninety meters, guided by a rope, and every ten meters they tried to write something on some tablets that hung from it. The ‘intoxication of the great depths’, as they called it, made it impossible for them to write legible messages and even caused a tragic death for Professor Maurice Fargues in 1947 when he descended to a hundred and twenty meters.

The Columbretes Islands, one of the most unique and unknown places in our country.
It is an archipelago of small volcanic islands that sit on bottoms eighty meters deep in the Mediterranean Sea, approximately sixty kilometers from the coast of Castellón, and which constitute a marine reserve of great importance for our ecosystem. They were formed more than a million years ago and the first archaeological remains found there date from the time of the Phoenicians. It was the Romans who baptized them as «Colubraria» due to the large number of snakes that lived there and, in an attempt to destroy them, the islands were burned numerous times throughout history, which together with the passing of the years. it has left a rugged landscape with very little vegetation.
Another of my favorite blues I found in the north of Menorca, in the marine reserve of Fornells, where I have spent several summers diving and discovering the different and varied species that we have in our Mediterranean. Menorca has a special blue in this area, and bays with very clear and calm waters that allow the practice of freediving. In this area there is a lot of life in the sand, you just have to observe and be careful to play with the sole, the rays or the small squid.
In this area we can still enjoy the typically Mediterranean seabeds full of posidonia, false red coral, walls full of sponges, spirographs, castanets, anemones, urchins, starfish … and some medium-sized groupers, goats, damsels, gobies or moray eels. . The Mediterranean is a very changing and treacherous sea.
My first international diving trips took me to the tropical waters of the Caribbean in Roatán (Honduras), where I saw for the first time the fragile and extraordinary seahorses, increasingly difficult to find. There I was amazed by its warm waters and the incredible visibility of the sea. My dive log is full of lists of tropical species as colorful as angelfish, butterfly fish, trumpet fish, harlequin fish, puffer fish, lobsters, box fish, large green moray eels …, a burst of color that is incomparable with the hues that we have on the surface. And of course, paradise for nudibranch lovers like me. In addition to very simple and shallow dives, the Honduran island has lush vegetation and dreamy beaches.
Along these lines, I visited Cozumel several times, the largest Caribbean island in Mexico, which is home to one of the best marine reserves in the world. Cozumel is covered in dense jungle and swamps, and was formed millions of years ago on a sea mound that is currently surrounded by a fossilized shoreline covered by a living coral reef.
In Mexico, specifically on the coast of Tulum and in my first years of diving, I discovered one of the wonders that nature hides in this place: the cenotes, the most extensive network of flooded caves on the planet.
More than 250 million years ago, the Yucatan Peninsula was submerged. When the sea level dropped, it exposed part of this limestone plateau; tropical rains eroded it over the centuries and created these huge caves filled with fresh water. With the passage of time, parts of these caves collapsed forming what we know as cenotes.
Its name comes from dz’onot, which in Mayan means “sacred”. They were very important elements of this culture, since, in addition to being its main source of fresh water, they also represented the doors to eternity and they practiced rituals and sacrifices.
Currently, there are thousands of cenotes and new formations of this type are discovered every year … It has not yet been possible to fully explore them because they continue to be vast.

Many coastal areas of our country are totally devastated, either by spills, by boats, by the temperature of the water due to overfishing. In the Mediterranean it is urgent to create more protected areas so that the underwater fauna can regenerate over the years. And the same thing happens in idyllic countries like the Maldives, where I could see with my own eyes entire areas of whitish coral, dead, destroyed, lifeless around it, probably due to the rise in temperature of the water and its acidification. And also other areas full of plastic floating on the surface, not only there, but also in Borneo, in Bali, in Thailand, in Egypt, in Mexico … because plastic has infested the oceans to unspeakable limits. I could say that in more than 95% of the places in the world where I have dived I have found plastics and human waste. Garbage of all kinds floating on the surface or on the bottom, bottles that blend in with the environment, washers, stoppers, glasses, plastic bags, shoes, nets and even fishing leads – these are quite common and it is essential to collect them because they are heavy metals very harmful that we must remove from the marine environment and recycle.
We have a huge education mission ahead of us, but one that is within everyone’s reach. The problem seems unattainable, but with small acts at home together we can change a lot of things, and it is essential that we do them and not get carried away by the fact of not being able to do everything.
The global movement has filled every corner of the Earth with plastic, creating new needs in areas where they were not used to using it and where unfortunately they do not have the ability to get rid of it. On the African or Asian continents, plastic is invading absolutely everything, from the islands to the rivers, most of which are now collapsed from packaging. A material that we are wasting and that is leaving us an unpayable environmental bill.
But he’s not the only one. Unfortunately, humanity in these last fifty years has developed a potential (self) destructive never seen in its entire history.

The overexploitation that we are doing of our lands is also causing a tremendous loss of biological diversity. The generation of garbage, ours, is participating in one of the largest mass extinctions of species and animals in the history of mankind.
That mass extinction compromises the Earth’s ecological integrity and its ability to meet human needs.
It is crystal clear that our planet cannot assume this rhythm of life, especially if it continues to democratize and spread irresponsible consumption throughout the globe that is irreparably depleting its natural wealth.
In the last fifty years we have dedicated ourselves to generating a new type of garbage that is more complicated to recycle, more toxic, with more mixed materials, more dangerous to handle and much more harmful to the environment …
And we have the perfect ingredients to achieve it: an exorbitant technological race, massive consumerism and planned obsolescence; three factors that have led to the birth of insurmountable mountains of technological garbage. It is estimated that currently in the world about fifty million tons of electronic devices are discarded annually, according to data from the United Nations Environment Program (UNEP). It is difficult to get an idea of what we are talking about, maybe it will help you if I tell you that up to 300 tons of gold and 55 billion euros a year could be extracted from all that garbage.
The so-called electronic scrap floods our drawers, our storage rooms, landfills, clean points … and the third world. It is what we produce when we change our mobile, laptop, television … and also at the end of the useful life of all types of household appliances.

One of the most interesting movements that have emerged in recent years in relation to our planetary footprint is Zero Waste, a concept of sustainable living that aims to eliminate our waste until it disappears.
If right now I told you that you have to live without producing garbage, do you think you would be capable? For us it is a great challenge, of course, that is why we are the garbage generation.
The movement that advocates zero waste advocates a consumption model radically different from the one we have, with the aim of reducing our impact on the environment: eliminate the culture of use and throw away, reuse materials, defend the manufacture of long-life products useful and recycles to the maximum at the source, at home.
The city of San Francisco is a pioneer in this type of legislation and since 2009 has been working to eliminate waste from its more than 800,000 inhabitants.

We have begun to be aware of environmental problems because they have begun to affect us in a very direct way, deteriorating our well-being.
Pollution has started to make the news because in large cities it is producing extremely high levels of carbon dioxide in the atmosphere which in turn are generating new allergies, respiratory and skin conditions, increasing the number of heart attacks … we are even already having to taking vitamin D supplements because this layer of pollution does not allow the body to assimilate well the vitamin from the sun, which in turn causes problems related to calcium: osteoporosis in the elderly, growth in children, brittle bones …
We face three great threats (generating many others), which we must know in depth in order to decide whether we want to be part of the solution or continue to live our lives regardless of what is happening. Having first-hand verified information is essential to be able to make decisions and learn about the real consequences of what we are dealing with in this book: climate change, the exorbitant consumption of plastics and overfishing.

The arrival of plastic was a true revolution in the world of medicine from the 1950s onwards. Materials such as bandages, gauze, syringes, gloves … single-use prevented the spread of diseases and hospitals reduced costs and won time to be able to treat more patients: they no longer had to sterilize dozens of times a day because they had disposable products. Until the eighties, the bottles that provided the serum or medicine to patients in hospitals were made of glass (a real nuisance due to its fragility). When these bottles were replaced by plastic bags, the day-to-day in hospitals was much more bearable for nurses and patients, it also meant an improvement for their transport, to treat sick people in war or in the third world, to store blood and even to separate the different components of it. A real revolution!
As have solutions such as plastic pacemakers, implanted in thousands of patients every day in the world, plastic prostheses that replace our knees or hips and implants of all kinds that change or rebuild our appearance and that have given rise to to the surgery of our time: plastic surgery.
There is no doubt about the advances that plastics have made in the world of medicine, but what we could not imagine at that time is that those materials were not inert and safe in direct contact with blood.
Intravenous bags and tubes used every day in millions of hospitals around the world are made from polyvinyl chloride (PVC), a plastic that contains chemicals called phthalates – a family of industrial chemical additives used as flexibilizers for plastics. like PVC.
These bags can contain more than 50% of a phthalate called di (2-ethylhexyl) phthalate (known as DEHP in English) and intravenous catheters up to 80%.
This additive can migrate directly into the patient’s body from these products, especially through the blood and fatty tissues.
Plastic is the most abundant waste in the world and it is barely being recycled. It is estimated that 75% of what is produced ends up in landfills, another part of this waste also ends up in the environment and is dragged by the rains to the sewers and rivers, and up to 18% of the plastics that end up in the sea they are discarded by the fishing industry.
The countries that dump the most waste into the sea are China, Indonesia, the Philippines, Thailand and Vietnam — in fact, these four deposit more plastics than all the others combined; yes, the first world countries help them a lot by sending them millions of tons of plastics—.

The Mediterranean is one of the most overexploited seas in the world, among other things because there are no maximum fishing quotas for most species, only for the most fished such as swordfish or bluefin tuna, already on the brink of collapse. There are also no regulations on the minimum sizes that must be fished for most species and many brotherhoods denounce that they do not even know how the populations are. Recently, the Council of Ministers of the European Union has approved the regulation that fixes the days of fishing in the western Mediterranean, increasing up to seventeen working days more on average for each of the Spanish trawlers.
In recent years, these trawlers and constant overfishing have depleted our Mediterranean, its marine habitats and posidonia bottoms, reaching a point where many fishing villages are taking measures in the absence of sustainable policies and protection. by the Government and the European Union.
In recent centuries, many coastal areas and families in our country have been supported almost exclusively thanks to fishing, one of the oldest professions in the world, which has passed from generation to generation and that no one is supporting now.
Aquaculture may seem like a good solution to meet the future demand for fish that will be in humanity in 2050, when our consumption will exceed the production capacity of the oceans. And why not, also to reduce fishing activity and overfishing in our seas. In Europe, aquaculture already represents approximately more than 20% of fish production and directly employs some eighty-five thousand people.
But like almost everything we have done industrially, aquaculture also poses a serious threat to marine ecosystems and not only does it not reduce overfishing, it increases it.

Can you imagine what would happen if the sharks disappeared?
The oceanic balance would become very vulnerable in the absence of these predators because, as in the rest of nature, everything is connected and without sharks our seas would not survive. They are an essential part of the food chain that, if they disappeared, would cause an ecological disaster unprecedented in our history.
Without sharks, a cascade effect of unknown dimensions would be unleashed that would affect the rest of the inhabitants of the sea and of course us humans. In this scenario, the carnivorous fish would destroy the herbivores (with which fishing, one of our main sources of protein and income, would disappear), and from there the algae would grow uncontrollably in the planet’s oceans, causing an environmental catastrophe that our future on this planet would change, that perhaps instead of blue it would turn green from space.
Three years ago there were only three hundred and fifty great white sharks left in the world.
Sharks are a very vulnerable species to overfishing because they generally reach sexual maturity late, have long gestation periods, and most give birth to few young at a time.

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