Señoras Ilustres: Que Se Empotraron Hace Mucho — Cristina Domenech, Medusa Dollmaker (Ilustradora) / Illustrious (Dykes) Ladies by Cristina Domenech, Medusa Dollmaker (Illustrator) (spanish book edition)

Maravillosas ilustraciones de Medusa Dollmaker. En cuanto a Cristina Domenech; he de confesar que no la conocía, tiene una forma de escribir directa y jocosa que engancha de tal forma, que hace que no resulte pesado leer biografías. Porque sí, el libro, es un compedio de biografías (escuetas y que se enfocan solamente en el aspecto personal de sus vidas), sobre mujeres a lo largo de la historia (de las artes escritas mayormente) que se las relaciona o ha relacionado con el pasar del tiempo con el lesbianismo.
Emily Dickinson era pelirroja, y tenía una historia de amor preciosa con su cuñada Susan Gilbert. Con ella compartía complicidad y vida, a ella le enseñaba sus poemas. También se enviaban cartas, cartas preciosísimas llenas de respeto y amor. Cuando Emily falleció, borraron el nombre de Susan de todas ellas para hacerla parecer heterosexual y a consecuencia más vendible.
Lo que se hizo con la figura de Emily Dickinson ejemplifica a la perfección la insistencia de como se ha querido _y conseguido_ ocultar la orientación sexual de muchas mujeres a lo largo de los siglos. Y es que cuando dos mujeres viven juntas toda la vida, son solo “amigas”, mientras que si un hombre y una mujer viven juntos toda la vida son, sin ningún atisbo de duda, pareja.
Buscar referentes lésbicos siempre ha sido una tarea ardua, la ocultación de las preferencias sexuales de grandes pintoras, escritoras, poetas y actrices ha sido un trabajo primordial para académicos, historiadores, y hasta para productores y directores de Hollywood. Este es el caso de Greta Garbo, que tenía gente a su alrededor contratada por parte del estudio para hacer circular rumores sobre su falsa heterosexualidad.

Safo de Lesbos es una de las poetas más alabadas de la Antigüedad y una de las figuras más brillantes de la literatura universal. Y, por supuesto, las palabras «lesbiana» y «sáfica» tienen su origen en ella, así que en cierto modo estamos siempre bajo la sombra de su recuerdo.
En resumen, Safo me complica la vida porque su historia es a estas alturas más iconografía que biografía.
La mayoría de su poesía estaba compuesta para ser cantada, cosa que ella misma hacía acompañada de un instrumento llamado barbitón, que es como una lira con cara de raqueta.
Es para este instrumento para el que dicen que Safo posiblemente inventó un plectro con el que se ayudaba para tocar las cuerdas, que sería el antepasado de las púas de guitarra que conocemos actualmente. Safo no solo se hizo enormemente famosa entre sus contemporáneos por la fuerza, la expresividad y la técnica de sus poemas —que eran sensuales, íntimos, y describían el deseo en términos crudos y tiernos—, sino también por la belleza y habilidad con las que los interpretaba.
La razón principal por la que se piensa en Safo como la bollera primigenia son sus poemas, que están llenos de descripciones de muchachas guapísimas, canturreos detallados sobre lo mucho que quiere empotrar a según qué señora y crónicas de dramas bolleriles de celos, envidia, amores no correspondidos y todo eso que pasa cuando más de tres bolleras se juntan. Pero siento mucho deciros que, aunque es más que probable que los poemas de Safo contengan sentimientos y vivencias personales, no hay forma de confirmarlo, sobre todo porque Safo escribía a veces por encargo o para festejos concretos.

Ana realmente deseaba de Sarah era cariño. Anhelaba tener a alguien que estuviese con ella durante sus ataques de gota, sus dolores de espalda y las muchas secuelas de sus catorce abortos; alguien que le ofreciera la misma devoción excesiva y desmedida que ella profesaba. Sin embargo, Sarah, que estaba ocupada gobernando el país y tenía la ternura de dos piedras, cada vez pasaba menos tiempo con la reina y forzaba más sus propias ambiciones políticas.
Todo esto no pasó desapercibido para una de las muchas damas de compañía de Ana, Abigail Masham (por entonces Hill, su apellido de soltera). La maniobra de Abigail fue sumamente simple: darle cariño a Ana.
La reina Ana unificó Gran Bretaña, lideró a las tropas en la guerra de sucesión española y surcó un clima político innavegable. Muchos os dirán que no lo hizo ella, que lo hicieron otros en su nombre, y aunque es cierto que sus enfermedades, dolores crónicos y agotamiento emocional la alejaron irremediablemente del tipo de monarca asertivo que la historia suele admirar, hay fuerza en su historia: en ponerse al frente de un país tras dieciséis años de desgaste físico y mental, en enfrentarse a la gente a la que quería cuando pensaba que no eran justos, en rodearse de mujeres a las que amaba aunque el resto del mundo las difamara.
Pero también hay una parte de vulnerabilidad y cansancio, de agotamiento y mal humor, de enfermedad.

Anne Lister naturaleza de esta amistad romántica y sus excesos hacen que cualquier comportamiento afectivo o erótico entre mujeres pueda justificarse como algo completamente inocente si dices «no homo» lo bastante fuerte, y eso ha complicado tradicionalmente el estudio de las señoras que se empotraron hace mucho.
Entre las muchísimas cosas excepcionales que hizo durante su vida, cabría destacar que Anne heredó y reformó el hogar familiar, Shibden Hall; viajó ávidamente por toda Europa; escaló un número alarmante de montañas llevando falda y corsé; se adentró en el mundo de la venta de carbón, un negocio exclusivamente masculino, y capeó las burlas y amenazas de sus rivales; estudió una amplia variedad de temas, desde geología hasta lenguas modernas y clásicas, pasando por matemáticas, filosofía, medicina y anatomía, estas últimas bajo la tutela de algunos de los científicos más brillantes de su era, como Georges Cuvier y Étienne Geoffroy Saint-Hilaire.
Pero a día de hoy Anne es más conocida por las entradas de sus diarios, que están escritas en código y detallan sus encuentros románticos y sexuales con otras mujeres, incluyendo su matrimonio con la heredera Ann Walker en 1836 (matrimonio que Lister consideraba oficiado por la iglesia y sagrado).

Susan Gilbert (más tarde apellidada Dickinson tras casarse con Austin, el hermano de Emily) había entablado amistad con ella cuando eran adolescentes y su vida había orbitado alrededor de la de Emily desde entonces. Puedo decir sin despeinarme que Susan fue la persona más importante en la vida de Emily: fue su compañera, su crítica, su musa y su principal apoyo durante toda su adolescencia y su vida adulta. Emily valoraba su opinión por encima de todas las demás y atesoraba los minutos que pasaba con ella. La única etapa de su vida en la que Emily y Susan no estuvieron continuamente pegadas la una a la otra fue cuando Susan anunció que iba a casarse con Austin. Emily se lo tomó tan mal que estuvo dos años sin hablarle, y a la mayoría de artículos y libros que lo mencionan les gusta fingir que no saben por qué. Tampoco saben por qué Susan se casó con Austin, a pesar de que es dolorosamente evidente que no se querían y a pesar de que casarse con Austin le aseguraba una casa muy cerquita de la de Emily.
Emily era una mujer vital y enamorada de la poesía, un arte que practicó toda su vida con pasión y con el que experimentó amplia y ferozmente, para fortuna o desgracia de miles de estudiantes de literatura; que rompió ritmo y tradición, que revolucionó la forma de escribir poesía. Esa clase de disciplina, de talento y de entrega no salen de la nada. Dickinson no es una leyenda incomprensible y enigmática; no es un acertijo ni un puzle; no es una presencia intangible e imposible de descifrar. Emily era una mujer que, como muchos otros hicieron antes, eligió una vida inusual para poder entregarse al máximo a su arte.
Cuando sor Juana Inés decidió ingresar en un convento sin ninguna vocación religiosa para cultivar su arte, la alabamos por su claridad de mente y valentía.

El pozo de la soledad no fue el único libro de temática lésbica que se publicó en 1928. Otro mucho más explícito, que se salvó de la censura por publicarse en París y en una tirada muy pequeña, fue El almanaque de las mujeres, de Djuna Barnes. En la novela, Barnes satirizaba el comportamiento y las relaciones de algunas amigas y conocidas, usando nombres falsos y lenguaje arcaico para que solo aquellas que aparecían en el libro y sus conocidas pudieran saber realmente de quién se hablaba. Muchas de las bromas son tan específicas y privadas que a día de hoy todavía no las entendemos muy bien, y me atrevería a decir que no las entenderemos nunca.
En El almanaque de las mujeres se cuentan la vida y hazañas de su personaje principal, Evangeline Musset, una bollera santa canonizada por su incansable labor ofreciendo «alivio» a todas las jóvenes necesitadas. Al final, la santa muere con noventa y nueve años y la lloran en su funeral cientos de señoras que recibieron sus santísimas atenciones (muchas de ellas personajes reales e identificables, camufladas de forma regulera bajo nombres ficticios). Finalmente, cuando llega el momento de incinerarla sucede el milagro: la lengua, en todo su poder divino, no arde. Y no solo no arde, sino que la excelsa reliquia queda para siempre en estado permanente de agitación, moviéndose sin parar para regocijo y beneficio de todas las mujeres del mundo.
Amén.
La santa bollera representaba a Natalie Clifford Barney.
Natalie Clifford Barney dejó como parte de su herencia literaria un sinfín de frases ingeniosas, frases para reflexionar y frases revolucionarias. Hay muchas que me enamoran, como «Quiero ser a la vez el arco, la flecha y la diana»; o su epitafio, que ella misma compuso: «Soy una criatura legendaria en la que volveré a vivir». Pero, sin duda, la que más me llega al corazón es una de las menos conocidas, parte de una de sus obras más ignoradas, Petites Maitresses. Cuando la leo siempre me recuerda que Natalie dedicó toda su vida, su tiempo, su fuerza y su dinero a convertirse en un estandarte de la comunidad lésbica y su visibilidad, que luchó cada día de su vida para conseguirlo.

Virginia Woolf. Su figura es universalmente conocida y estudiada por la inusual calidad de su obra y existen fuentes inequívocas sobre su amor a las mujeres en muchísimos idiomas, así que era inevitable que se convirtiera en uno de los pilares más reconocibles de la cultura lésbica. Tanto es así que sus textos fueron los primeros que me descubrieron, siendo yo adolescente, que los conceptos «lesbiana» e «historia» podían ir de la mano.
Considerar la orientación sexual de Virginia es, cuanto menos, complicado. Es evidente que los hombres no despertaban su interés y así lo manifestó ella en varias ocasiones; por algunas mujeres, sin embargo, sintió fascinación, pasión e incluso amor, cosa que también manifestó ella misma. No obstante, a pesar del rechazo que profesaba a las costumbres victorianas, y de que a finales de los años veinte muchas lesbianas ya probaban suerte viviendo juntas y arriesgándose al escándalo, Virginia nunca contempló siquiera adoptar una forma de vida puramente sáfica y siempre vio el matrimonio como una necesidad vital y una institución inamovible. Se refería a Vita como «una safista», pero no parece que ella se considerara safista por comerle la cara a una. Por otro lado, Virginia no parecía asustada por las consecuencias de formar parte del grupo de Bloomsbury, afamado por sus ideas liberales sobre la homosexualidad.

Los círculos académicos nunca han sabido muy bien cómo interpretar a Vita Sackville West. ¿Estaba realmente enamorada de su marido, aunque su relación fuera platónica? ¿Era su atracción exclusivamente lésbica? Por lo general, se considera que cuando Vita hablaba de «su dualidad» lo hacía en referencia a la bisexualidad, aunque a mí siempre me ha parecido que intentaba expresar un sentimiento de género, y creo que no prestar atención a esa parte de Vita supone un gran error. No voy a sugerir que mi interpretación aporte nada nuevo ni que sea la correcta, pero Vita dejó escrito de su puño y letra tantos momentos de desasosiego, culpa y agitación a raíz de «su mitad masculina» que creo que no se está apreciando la verdadera complejidad de su historia. La discusión, por supuesto, podría alargarse hasta el infinito. ¿Acaso no se consideraban el género y la orientación sexual parte de la misma cosa en su contexto, lo que podría haber llevado a Vita a calificar su lesbianismo como «una mitad masculina»? ¿No era común adoptar patrones de lo que conocemos hoy como «lesbiana butch» para adaptarse a las convenciones románticas de la época y como liberación homosexual?.

Tamara de Lempicka fue una de las primeras personas en abandonar Europa cuando se acercaba la Segunda Guerra Mundial. No era la primera vez que veía un país agitarse antes de un conflicto, así que convenció a su segundo marido, el barón Raoul Kuffner, de que debían mudarse a Estados Unidos cuanto antes. En los siguientes años Tamara cambió la decadencia del París más bohemio por los círculos más prestigiosos de Hollywood, un cambio al que se adaptó con éxito pero con el que nunca estuvo contenta.
Desafortunadamente, la fiebre del art decó no duró demasiado. El estilo de Tamara pasó de moda y sus coleccionistas más ávidos (las estrellas de Hollywood y la aristocracia más bohemia) encontraron nuevas modas. Tamara dejó de hacer exposiciones hasta casi el final de su vida, cuando una galería francesa expuso sus cuadros y su nombre volvió a generar interés. Ella apenas disfrutó unos años del resurgir de su popularidad, que en las últimas décadas ha seguido creciendo.
Tamara pasó sus últimos años en Cuernavaca, México, donde su salud se deterioró deprisa tras los excesos de juventud.

La única referencia explícita que tenemos de Frida en un contexto sáfico es su relación con la cantante Chavela Vargas, que en sus últimos años de vida relató en sus memorias y en entrevistas la temporada que había pasado con Frida, a la que consideró siempre su gran amor. Las palabras de Chavela cuando describe a Frida son casi devotas, hablando de su belleza, su ternura y todo lo que le enseñó mientras vivieron bajo el mismo techo. Chavela nunca quiso dar detalles demasiado privados de su relación, por lo que muchos aún consideran que fue algo unilateral o que sencillamente se trataba de una relación de amistad, aunque se haya relatado mil veces que Frida le escribió a un amigo, el poeta Carlos Pellicer, que Chavela «se me antojó eróticamente», que «si me lo pide no dudaría un segundo en desnudarme ante ella» y que quizás era «un regalo que el cielo me envía».

En 1931 conoció a Mercedes de Acosta, una aristócrata abiertamente lesbiana, inteligente y cáustica, que trabajaba como poeta, guionista y dramaturga. Cualquiera que haya pasado algo de tiempo investigando figuras lésbicas de principios del siglo XX conoce a Mercedes: se le atribuyen romances con un número increíblemente elevado de mujeres célebres de la época, como la actriz de Broadway Eva Le Gallienne, la bailarina Isadora Duncan, Marlene Dietrich y, por supuesto, Greta Garbo, que fue el amor de su vida.
Greta y Mercedes pasaron décadas negociando su relación. La necesidad de privacidad de Greta no encajaba con la vida de Mercedes, quien se negaba a esconder su amor por las mujeres. A lo largo de los años vivieron juntas, como vecinas y separadas de forma intermitente, con Mercedes teniendo romances que a veces abandonaba de forma inmediata si Greta le pedía que volviera a su lado.
En 1941, con treinta y seis años, Garbo anunció que se iba a retirar del cine temporalmente para tomarse un descanso… y el descanso acabó durando hasta su muerte, cincuenta años después (que, personalmente, opino que es la longitud adecuada para un descanso). Tras su retirada, Greta y Mercedes se mudaron a Nueva York, donde continuaron su turbulenta relación de separaciones y reconciliaciones. Este patrón se mantuvo hasta que en 1960, enferma y prácticamente arruinada, Mercedes decidió publicar sus memorias para ganar algo de dinero. El libro incluía pasajes sobre unas vacaciones de seis semanas que Greta y ella habían disfrutado a solas en una casa apartada, así como varias fotografías que la misma Mercedes había hecho a Greta.

Las protagonistas son:
– Safo de Lesbos
– Sor Juana Inés de la Cruz
– Reina Ana de Inglaterra
– Anne Lister
– Emily Dickinson
– Radclyffe Hall
– Natalie Clifford Barney
– Virginia Wolf
– Vita Sackville West
– Tamara de Lempicka
– Frida Khalo
– Greta Garbo

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Wonderful illustrations by Medusa Dollmaker. As for Cristina Domenech; I have to confess that she did not know her, she has a direct and humorous way of writing that engages in such a way that it is not tiresome to read biographies. Because yes, the book is a collection of biographies (concise and that focus only on the personal aspect of their lives), about women throughout history (of the written arts mostly) who are related or have related to spending time with lesbianism.
Emily Dickinson was a redhead, and had a lovely love affair with her sister-in-law Susan Gilbert. With her he shared complicity and life, he taught her her poems. She also sent letters, precious letters full of respect and love. When Emily passed away, Susan’s name was removed from all of them to make her look straight and consequently more salable.
What was done with the figure of Emily Dickinson perfectly exemplifies the insistence on how it has been wanted – and managed to hide the sexual orientation of many women throughout the centuries. And it is that when two women live together their whole lives, they are only “friends”, while if a man and a woman live together their whole lives they are, without any hint of doubt, a couple.
Searching for lesbian references has always been an arduous task, hiding the sexual preferences of great painters, writers, poets and actresses has been a primary job for academics, historians, and even Hollywood producers and directors. This is the case with Greta Garbo, who had people around her hired by the studio to circulate rumors about her false heterosexuality.

Sappho of Lesbos is one of the most praised poets of antiquity and one of the most brilliant figures in world literature. And, of course, the words “lesbian” and “sapphic” have her origin in her, so in a way we are always in the shadow of her memory.
In short, Sappho complicates my life because her story is at this point more iconography than biography.
Most of her poetry was composed to be sung, which she herself did accompanied by an instrument called a barbiton, which is like a lyre with a racket face.
It is for this instrument that they say that Sappho possibly invented a plectrum with which she helped herself to play the strings, which would be the ancestor of the guitar picks that we know today. Sappho became enormously famous among her contemporaries not only for the strength, expressiveness, and technique of her poems – which were sensual, intimate, and described desire in raw and tender terms – but also for the beauty and skill with which they interpreted them.
The main reason why Safo is thought of as the primordial dyke are her poems, which are full of descriptions of beautiful girls, detailed chants about how much she wants to embed according to which lady, and chronicles of bollerile dramas of jealousy, envy, love unrequited and all that happens when more than three dumplings get together. But I am very sorry to tell you that, although it is more than likely that Safo’s poems contain feelings and personal experiences, there is no way to confirm it, especially since Safo sometimes wrote on request or for specific celebrations.

Ana really wished Sarah was affectionate. She longed for someone to be with her during her gout attacks, her back pain, and the many aftermath of her fourteen miscarriages; someone who would offer her the same excessive and inordinate devotion that she professed. However, Sarah, who was busy running the country and had the tenderness of two stones, was spending less and less time with the queen and straining her own political ambitions more.
All of this did not go unnoticed by one of Ana’s many companions, Abigail Masham (then Hill, her maiden name). Abigail’s maneuver was extremely simple: give Ana affection.
Queen Anne unified Great Britain, led the troops in the War of the Spanish Succession, and navigated an unnavigable political climate. Many will tell you that she did not do it, that others did it in her name, and although it is true that her illnesses, chronic pain and emotional exhaustion irremediably alienated her from the type of assertive monarch that history often admires, there is strength in her story: in taking charge of a country after sixteen years of physical and mental exhaustion, in confronting the people he loved when he thought they were not fair, in surrounding himself with women he loved even though the rest of the world defamed them.
But there is also a part of vulnerability and tiredness, of exhaustion and bad mood, of illness.

Anne Lister nature of this romantic friendship and its excesses mean that any affective or erotic behavior between women can be justified as something completely innocent if you say “no homo” loudly enough, and that has traditionally complicated the study of ladies who were embedded long ago .
Among the many, many exceptional things she did with her during her lifetime, it should be noted that Anne inherited and reformed her family home, Shibden Hall; she avidly traveled all over Europe; she climbed an alarming number of mountains wearing a skirt and corset; She entered the world of coal sales, an exclusively male business, and weathered the ridicule and threats of her rivals; She studied a wide variety of subjects, from geology to modern and classical languages, to mathematics, philosophy, medicine and anatomy, the latter under the tutelage of some of the most brilliant scientists of her era, such as Georges Cuvier and Étienne Geoffroy. Saint-Hilaire.
But today Anne is best known for her diary entries, which are written in code and detail her romantic and sexual encounters with other women, including her marriage to the heiress Ann Walker in 1836 (a marriage that Lister considered officiated by the church and sacred).

Susan Gilbert (later surnamed Dickinson after marrying Emily’s brother Austin) had befriended her when they were teenagers, and her life had orbited Emily’s ever since. I can easily say that Susan was the most important person in Emily’s life: she was her partner, her critic, her muse, and her main support throughout her adolescence and her adult life. Emily valued her opinion above all others and treasured the minutes spent with her. The only stage in her life where Emily and Susan were not continually attached to each other was when Susan announced that she was going to marry Austin. Emily took it so badly that she didn’t speak to him for two years, and most articles and books that mention it like to pretend they don’t know why. They also do not know why Susan married Austin, even though it is painfully evident that she was not loved by her and even though she marrying Austin she assured him of a home very close to Emily’s.
Emily was a vital woman in love with poetry, an art that she practiced all her life with passion and with which she experimented extensively and fiercely, to the fortune or misfortune of thousands of literature students; that broke rhythm and tradition, that revolutionized the way of writing poetry. That kind of discipline, talent and dedication don’t come out of nowhere. Dickinson is not an incomprehensible and enigmatic legend; she is not a riddle or a puzzle; she is not an intangible and impossible to decipher presence. Emily was a woman who, like so many others did before, chose an unusual life so that she could fully indulge in her art.
When Sor Juana Inés decided to enter a convent without any religious vocation to cultivate her art, we praised her for her clarity of mind and courage.

The well of loneliness was not the only lesbian-themed book published in 1928. Another much more explicit book, which was saved from censorship for being published in Paris and in a very small print run, was Djuna’s Almanaque de las mujeres Barnes. In the novel, Barnes satirized the behavior and relationships of some friends and acquaintances, using false names and archaic language so that only those who appeared in the book and their acquaintances could really know who was being talked about. Many of the jokes are so specific and private that to this day we still do not understand them very well, and I daresay we will never understand them.
The Women’s Almanac recounts the life and exploits of her main character, Evangeline Musset, a saint canonized for her tireless work offering “relief” to all young women in need. In the end, the saint dies at the age of ninety-nine and hundreds of ladies mourn her at her funeral, who received the most holy attention from her (many of them real and identifiable characters, regularly camouflaged under fictitious names). Finally, when the moment comes to incinerate her, the miracle happens: her tongue, in all her divine power, does not burn. And not only does it not burn, but the lofty relic is forever in a permanent state of turmoil, moving without stopping for the rejoicing and benefit of all the women of the world.
Amen.
The holy dumpling represented Natalie Clifford Barney.
Natalie Clifford Barney left behind as part of her literary heritage a host of witty lines, thought-provoking phrases, and revolutionary phrases. There are many that make me fall in love, like “I want to be the bow, the arrow and the target at the same time”; or her epitaph, which she composed herself: “I am a legendary creature in which I will live again.” But, without a doubt, the one that touches my heart the most is one of her least known, part of one of her most ignored works, Petites Maitresses. When I read it, it always reminds me that Natalie dedicated her whole life, her time, her strength and her money to becoming a banner of the lesbian community and her visibility, which she fought every day of her life to get it.

Virginia Woolf. The figure of her is universally known and studied for the unusual quality of her work and there are unambiguous sources about her love for women in many languages, so it was inevitable that she would become one of the most recognizable pillars of lesbian culture. So much so that her texts were the first to discover to me, as a teenager, that the concepts “lesbian” and “history” could go hand in hand.
Considering Virginia’s sexual orientation is, to say the least, complicated. It is evident that men did not arouse her interest, and she did so on several occasions; For some women, however, she felt fascination, passion and even love, which she also manifested herself. However, despite her rejection of Victorian customs, and the fact that by the late 1920s many lesbians were already trying their luck living together and risking scandal, Virginia never even contemplated adopting a purely Sapphic way of life and always saw the marriage as a vital necessity and an immovable institution. She referred to Vita as “a Sapphist,” but it does not seem that she considered herself Sapphist for eating one of her face. On the other hand, she Virginia did not seem scared by the consequences of being part of the Bloomsbury group, famed for her liberal ideas about homosexuality.

Academic circles have never really known how to play Vita Sackville West. Was she really in love with her husband, even though her relationship was platonic? Was her attraction exclusively lesbian hers? It is generally considered that when Vita spoke of “her duality” she was referring to bisexuality, although it has always seemed to me that she was trying to express a sense of gender, and I think that not paying attention to that part of Vita implies A big mistake. I am not going to suggest that my interpretation contributes anything new or that it is correct, but Vita has written in her own hand so many moments of unease, guilt and agitation as a result of “her male half” that I believe that the true one is not being appreciated. complexity of its history. The discussion, of course, could go on forever. Weren’t gender and sexual orientation considered part of the same thing in her context, which could have led Vita to label her lesbianism as “one half male”? Wasn’t it common to adopt patterns of what we know today as “lesbian butch” to suit the romantic conventions of the time and as homosexual liberation?

Tamara de Lempicka was one of the first people to leave Europe as World War II approached. It was not the first time that she had seen a country shake before a conflict, so she convinced her second husband, Baron Raoul Kuffner, that they should move to the United States as soon as possible. In the following years, she, Tamara, traded the decadence of the most bohemian Paris for the most prestigious circles of Hollywood, a change to which she successfully adapted but with which she was never happy.
Unfortunately, the art deco fever didn’t last long. Tamara’s style went out of style and her most avid collectors (Hollywood stars and the most bohemian aristocracy) found new fashions. Tamara stopped exhibiting until near the end of her life, when a French gallery exhibited her paintings and her name generated interest again. She barely enjoyed a few years of the resurgence of her popularity, which in recent decades has continued to grow.
Tamara spent her last years in Cuernavaca, Mexico, where her health rapidly deteriorated after her youthful excesses.

The only explicit reference we have of Frida in a sapphic context is her relationship with the singer Chavela Vargas, who in her last years of life related in her memoirs and in interviews the season she had spent with Frida, which she always considered her great love. Chavela’s words when she describes Frida are almost devout, speaking of her beauty, her tenderness and everything she taught him while they lived under the same roof. Chavela never wanted to give too private details of their relationship, so many still consider that it was something unilateral or that it was simply a friendship relationship, although it has been reported a thousand times that Frida wrote to a friend, the poet Carlos Pellicer , that Chavela “I felt like it erotically”, that “if she asked me, I would not hesitate for a second to undress before her” and that perhaps it was “a gift that heaven sent me.

In 1931 she met Mercedes de Acosta, an openly lesbian, intelligent and caustic aristocrat who worked as a poet, screenwriter, and playwright. Anyone who has spent some time researching lesbian figures from the early 20th century knows Mercedes: she is credited with romances with an incredibly high number of celebrated women of the time, such as Broadway actress Eva Le Gallienne, dancer Isadora Duncan, Marlene Dietrich and, of course, Greta Garbo, who was the love of his life.
Greta and Mercedes spent decades negotiating their relationship. Greta’s need for privacy did not fit with the life of Mercedes, who refused to hide her love for women. Over the years they lived together, as neighbors and intermittently apart, with Mercedes having romances that she sometimes would immediately leave if Greta asked him to come back to her side.
n 1941, at the age of thirty-six, Garbo announced that he was temporarily retiring from the cinema to take a break … and the break ended up lasting until his death, fifty years later (which, personally, I think is the appropriate length for a break). After his retirement, Greta and Mercedes moved to New York, where they continued their turbulent relationship of separations and reconciliations. This pattern continued until in 1960, sick and practically broke, Mercedes decided to publish her memoirs to earn some money. The book included passages about a six-week vacation that she and Greta had enjoyed alone in a secluded house, as well as several photographs that Mercedes herself had taken of Greta.

The protagonists are:
– Sappho of Lesbos
– Sor Juana Ines De La Cruz
– Queen Anne of England
– Anne Lister
– Emily Dickinson
– Radclyffe Hall
– Natalie Clifford Barney
– Virginia Wolf
– Vita Sackville West
– Tamara de Lempicka
– Frida Khalo
– Greta Garbo

Un pensamiento en “Señoras Ilustres: Que Se Empotraron Hace Mucho — Cristina Domenech, Medusa Dollmaker (Ilustradora) / Illustrious (Dykes) Ladies by Cristina Domenech, Medusa Dollmaker (Illustrator) (spanish book edition)

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