América — Manuel Vilas / America by Manuel Vilas (spanish book edition)

América, de Manuel Vilas, es un libro que me atrajo por su argumento: Vilas habla sobre Estados Unidos —y por su preciosa edición, por cierto, como todas las de esta editorial—. Cuidado, porque puede parecer una frase simple, pero Vilas y Estados Unidos son dos de las cosas más complejas con las que cualquier mortal puede encontrarse en su paseo por la Tierra.
Basados en los viajes del autor por diferentes estados del Midwest norteamericano, estos capítulos nos llevan por Iowa —declarada, por cierto, Ciudad de la Literatura por la UNESCO—, Mississippi, Houston, Chicago, Nueva York… Todo en Estados Unidos es diferente de España y Vilas compara muchas veces ambos países, llevándose sorpresas como cuando descubre que incluso las cisternas de los váteres son distintas en un país y en otro. Allí reina una curiosa atracción por la soledad y un apego sobrehumano al hogar. Porque allí se crearon Los Simpson, de los cuales habla Vilas, definiéndolos como un «delirio satírico de la utopía americana». Sin ir más lejos, el propio Jesucristo americano es más atractivo que el europeo. Pero eso ya son otros temas.
En este libro, Vilas hace un repaso a diferentes aspectos de la vida norteamericana y los relaciona con el mundo del arte —la literatura, la pintura, la música o el cine—, y admite haber nombrado así a este libro en honor a Franz Kafka, escritor que también publicó un libro llamado América, con la diferencia de que Kafka tuvo que imaginarse el continente porque nunca estuvo.
Prefiero la manera de este autor de narrar tragedia a la de narrar historias cómicas, también prefiero sus libros ‘basados en hechos reales’ o con pinta de ello como Ordesa o este antes que los otros que me he leído de él. Este, por tanto, puede deducirse que me ha gustado. Me esperaba quizás un poco más de Vilas, que hablara más del continente y que dejara el arte un poco de lado, pues al fin y al cabo creo que Estados Unidos tiene mucho que contar —y más si se ha estado viviendo allí— como para rellenar con las vidas de artistas que allí nacieron —creo pertinente que hable de ellos, pero no tanto—.
En definitiva, muy interesante, pero me he quedado con ganas de más, porque el autor tiene la capacidad —y creo que las ganas también— de retratar un país entero en miles de páginas que resultarían interesantístimas.

Los pueblos (esta palabra es tal vez inadecuada) o las pequeñas ciudades del Midwest son barrios residenciales conectados unos con otros por una maraña de carreteras locales. Cada barrio tiene su categoría, y su simbología económica. La casa es el fundamento moral de la vida. No la calle. Pero la suma de casas no contribuye a la creación de la ciudad. Como la suma de zombis no consigue crear la nación zombi. No hay ciudad, hay casas donde la gente vive escondida. Gigantescas casas donde se rinde culto a la soledad.
Decorar la soledad con abalorios o electrodomésticos envidiables, eso es la vida en el Midwest.
No existe la calle. De la abolición de la calle a la aparición del zombi hay un segundo de distancia. Hay grandes edificios, autopistas, centros comerciales, pero no hay calles.
No existen las calles, pero sí existen los supermercados. Muchos supermercados están abiertos las veinticuatro horas del día.
Los basements son un espacio arquitectónico difícil de definir. En teoría, equivalen a un sótano, o a una bodega. Pero son mucho más complejos. Pues en realidad son el inconsciente colectivo de la clase media americana. Un sitio en donde guardar todo lo que no sirve. Son un foco de putrefacción material y moral. No tendría un basement ni por todo el oro del mundo. Son un símbolo del mal y de la violencia, encriptados en todo hogar de clase media americano que se precie. Es el recordatorio de las cavernas, el lugar del esqueleto de la bisabuela, el lugar de los insectos, la puerta a la muerte, la puerta a la otra dimensión donde todo es mucho peor.

Iowa fue declarada por la Unesco Ciudad de la Literatura, como lo fue también la Dublín de Joyce. Y en Iowa han ejercido la docencia en esa escurridiza disciplina a la que se llama «escritura creativa» nombres legendarios de las letras estadounidenses como Flannery O’Connor, Robert Lowell, Raymond Carver, John Cheever, Kurt Vonnegut o Philip Roth, y también nombres de las letras en español como José Donoso u Óscar Hahn. Donoso, además, cedió a la Universidad de Iowa buena parte de sus diarios.
La ciudad de Dubuque es la gran ciudad del Mississippi y está desierta. No hay nadie en las calles. Ni siquiera pobres, ni siquiera homeless. Ni siquiera calles. Solo semáforos para nadie. ¿Dónde está la gente?. El Mississippi trajo los casinos, porque la antropología cultural americana del siglo xix liga el desarrollo comercial e industrial a la navegación a través de los ríos. Es como si el Midwest necesitase vida portuaria en medio de las praderas. Demasiada tierra sin mar. El Mississippi sustituyó al Atlántico.

Me encantan los absurdos rascacielos de Panamá City. La identidad panameña descansa sobre la celebración heroica del canal. Cuando veo el canal de Panamá me acuerdo del canal de Suez. El mundo está interconectado. Panamá City ofrece a los turistas una visita al canal. Retransmiten el paso de los buques de un océano a otro como si fuese un partido de fútbol.
Grandes petroleros que deambulan por el mundo cambian de océano aquí. Veo a la tripulación en cubierta. Sonríen. Están cambiando de océano y eso cuesta cien mil dólares. El canal fue construido en 1914.

En Miami existe un deporte político que consiste en hacerse con un buen telescopio y sentarse al lado de un mojito a contemplar cómo se hunde la economía de La Habana, lentamente. Tan lentamente que nunca se acaba de hundir. Los cubanos anticastristas que viven en Miami se van muriendo, y Fidel sigue allí. Me cuentan algunos cubanos que Fidel hace lo mismo, que tiene un oxidado telescopio soviético de los años sesenta que aún le funciona, y que se dedica a contemplar qué hacen los cubanos de Miami.
Miami no se explica sin la Cuba de Castro. La prosperidad de Miami está construida para recordarle a Castro el milagro capitalista del anticastrismo. Y mientras tanto, Castro se hace inmortal. El día que Castro se muera, Miami dejará de tener personalidad.

La ciudad de Syracuse es nieve y temperaturas polares. Te puedes enamorar perdidamente del frío. El frío es real. En Syracuse hay veintitrés grados bajo cero a la una del mediodía. Por la noche baja a treinta y un grados bajo cero. Syracuse está situada en el estado de Nueva York.
Hay una pastelería italiana en el centro donde me como una tarta de mantequilla y bizcocho y un café con jarabe de avellana.
El East River es un ejército de pedazos de hielo y nieve que flotan a la deriva. Me enamoro del hielo a la deriva. Todo está a la deriva y todo da completamente igual porque estás aquí, en Nueva York. Pero Nueva York está bien si tienes mucho dinero. Y si no lo tienes, bah, no te preocupes, enseguida lo tendrás, porque Nueva York te echará una mano. Esa es la idea: Nueva York es una espera, pronto tendrás lo que deseas. La ciudad entera es una espera. La espera de la redención económica.
Nueva York te recuerda de dónde vienes pero no te ofrece su casa. Ni cambiando de idioma te ofrecería su casa, porque acabarías escribiendo historias españolas aun cuando lo hicieras en inglés. La identidad te perjudica. Tus padres son perjudiciales. Pero no te preocupes, mientras tengas dinero la cosa funciona.
Camden es la ciudad donde la marginación se convierte en una forma rara de la inteligencia: un buen destino para Whitman, el hombre que se celebró a sí mismo, el hombre que no tuvo miedo.

La famosa Central Street, es la arteria principal y la que de alguna manera conforma el sentido urbanístico de la ciudad y por la que desfila el aclamado Carnaval, el “Mardi Gras”, que suele celebrarse en febrero, y algún año en marzo, cosa que ocurrirá en el futuro 2019. La calle Central es una avenida ancha y larga, por cuyos costados se entra en el popular Barrio Francés, o French Quarter, centro neurálgico de Nueva Orleans y principal reclamo turístico. El olor nauseabundo a putrefacción se intensificó de forma arrolladora cuando enfilé la calle Bourbon, que es la más transitada y la que contiene más bares, restaurantes, sex-shops y músicos callejeros por metro cuadrado de todo Estados Unidos. Las calles del Barrio Francés en agosto arden, hay un calor irrespirable, pero si entras en las tiendas o en los bares, te hielas. El calor de Nueva Orleans me recordó al de La Habana o Managua, pero a diferencia de estas, los aires acondicionados de los lugares públicos son de una potencia de frigorífico industrial. En eso, Nueva Orleans deja bien claro que es territorio estadounidense. Es verdad que la ciudad fue francesa y española. Pero las cosas importan por su último dueño. Y su último dueño, y por tanto el verdadero, es Estados Unidos. El uso desgarrador del aire acondicionado es una exhibición de nacionalidad impecable.
El jazz y la ciudad son la misma cosa. La ciudad se llena de músicos callejeros y en cualquier bar hay música en directo, en eso se parece mucho a Nashville. Todos los bares de cierta envergadura tienen su escenario y sus músicos. Haya público o no lo haya, los músicos en los bares hacen su trabajo y son capaces de cantar y tocar sus instrumentos para una sola persona, que ni siquiera está consumiendo una cerveza. Nadie te obliga a consumir nada. Entras en cualquier bar del Barrio Francés, escuchas la música en directo, y luego te marchas. No son músicos profesionalizados, son músicos que se la juegan, lo hacen de verdad. No son un adorno del bar. Esa sensación de música de verdad es una de las grandes afirmaciones de la ciudad.
Los músicos negros son los protagonistas. Bailan, se contorsionan, sufren, gritan, chillan, se retuercen como serpientes, y te ofrecen su negritud devastadora. La calle Bourbon es rabia y pasión.
El atavismo de Nueva Orleans descansa sobre recuerdos de civilizaciones pasadas, sobre la esclavitud, sobre las herencias europeas y africanas, todo mezclado en esos tambores que tocan los chicos, medio desnudos, sudando. Los balcones abiertos de las casas de arquitectura colonial muestran grandes sofás que se calientan bajo el sol, con cojines de colores y plantas y flores en los enrejados, en donde las celosías de las barandillas de hierro forjado acarician la mirada, o la perturban.
Visito el cementerio de Lafayette. Las gigantescas raíces de los árboles rompen las tumbas y acarician lo que queda de los muertos. Tengo que ir al cementerio de San Luis para ver la tumba de Marie Laveau, la afroamericana que practicaba vudú, porque el vudú es la religión de esta ciudad.

El fundamento de Las Vegas: el juego. Las moquetas esconden una realidad vergonzante: la tierra, el suelo. No existe el suelo en los resorts de Las Vegas. El suelo es como el recordatorio de la realidad, como el recuerdo de la muerte.
Hay que esconder el suelo como sea: miles de kilómetros cuadrados de moquetas han eliminado el suelo de la mirada americana. La moqueta es como la piel del suelo, la piel que oculta la miserable arena del desierto. La moqueta es tan farsa, como todo Estados Unidos: da la sensación de ser acogedora, pero no es más que un nido de suciedad escondida. Es imposible que tantos kilómetros cuadrados de moqueta no alberguen virus que se harán activos dentro de un par de décadas. También es importante eliminar el techo. Para eso están las lámparas colosales, redondas, imitación de algo, tal vez neoclásicas, pero iluminan poco. La clave es la semioscuridad.
Sin suelo y sin techo, Las Vegas cabalga.
Cada época ha jugado por distintas razones. Yo creo que ahora la gente juega en Las Vegas por comodidad. Porque mientras juegas, estás sentado. Es imposible jugar andando o corriendo o yendo en coche o en avión. Estás cómodo. Esa es la primera razón para que juegues: la posición del jugador es confortable. La palabra inglesa “comfortable” resume Estados Unidos. Y en los casinos hay una penumbra agradable, ha desaparecido la luz del sol. Es mejor que el sol no te vea jugar. Y en Las Vegas el juego es como respirar. Y eso significa que no pasa nada si eres una auténtico imbécil capaz de perder todos tus ahorros en un par de noches. Es el gran momento de la irracionalidad, y de la irracionalidad colectiva.
El juego es placer.
El juego infantiliza la vida.
Todo en Las Vegas es una infantilización de la realidad. Pero es una infantilización de la vida que no merma el sentido de la vida: toda una ocultación, una intriga, por eso me fascina esta ciudad, porque esta ciudad es quijotesca. Los estados resorts son una parodia de las naciones europeas. El nacionalismo en Las Vegas queda reducido a un cuento de hadas. Las Vegas es una imitación irónica de los logros estéticos y arquitectónicos de la historia occidental.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/05/14/ordesa-manuel-vilas-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2019/11/23/alegria-manuel-vilas-joy-by-manuel-vilas-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/08/18/america-manuel-vilas-america-by-manuel-vilas-spanish-book-edition/

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America, by Manuel Vilas, is a book that attracted me because of its argument: Vilas talks about the United States —and because of its beautiful edition, by the way, like all of this publishing house. Be careful, because it may seem like a simple phrase, but Vilas and the United States are two of the most complex things that any mortal can encounter on their walk on Earth.
Based on the author’s travels through different states of the North American Midwest, these chapters take us through Iowa – declared, by the way, the City of Literature by UNESCO – Mississippi, Houston, Chicago, New York … Everything in the United States is different from Spain and Vilas compare both countries many times, leading to surprises such as when he discovers that even the toilet cisterns are different in one country and another. There reigns a curious attraction to loneliness and a superhuman attachment to home. Because there The Simpsons were created, of which Vilas speaks, defining them as a «satirical delusion of the American utopia.» Without going any further, the American Jesus Christ himself is more attractive than the European. But those are other issues.
In this book, Vilas reviews different aspects of American life and relates them to the world of art – literature, painting, music, or cinema – and admits to having named this book in honor of Franz Kafka , a writer who also published a book called America, with the difference that Kafka had to imagine the continent because it never was.
I prefer this author’s way of narrating tragedy to that of narrating comic stories, I also prefer his books ‘based on real events’ or that look like Ordesa or this one before the others that I have read about him. This, therefore, it can be deduced that I liked him. I was expecting perhaps a little more from Vilas, that he would speak more about the continent and put art aside a bit, because after all I think the United States has a lot to tell —and more if it has been living there— to fill in with the lives of artists who were born there – I think it is pertinent to talk about them, but not so much.
In short, very interesting, but I have been wanting more, because the author has the ability —and I think he also wants to— to portray an entire country in thousands of pages that would be very interesting.

Towns (this word is perhaps inappropriate) or small towns in the Midwest are residential neighborhoods connected to one another by a tangle of local roads. Each neighborhood has its category, and its economic symbolism. The house is the moral foundation of life. Not the street. But the sum of houses does not contribute to the creation of the city. As the sum of zombies fails to create the zombie nation. There is no city, there are houses where people live in hiding. Gigantic houses where solitude is worshiped.
Decorate solitude with enviable trinkets or appliances, that’s what life in the Midwest is all about.
There is no street. From the abolition of the street to the appearance of the zombie is a second away. There are big buildings, highways, shopping centers, but there are no streets.
There are no streets, but there are supermarkets. Many supermarkets are open twenty-four hours a day.
The basements are an architectural space that is difficult to define. In theory, they are equivalent to a basement, or a cellar. But they are much more complex. For they are actually the collective unconscious of the American middle class. A place to keep everything that is useless. They are a source of material and moral putrefaction. I wouldn’t have a basement for all the gold in the world. They are a symbol of evil and violence, encrypted in every self-respecting American middle-class home. It is the reminder of the caverns, the place of the great-grandmother’s skeleton, the place of insects, the door to death, the door to the other dimension where everything is much worse.

Iowa was declared a City of Literature by UNESCO, as was Joyce’s Dublin. And in Iowa, legendary names in American letters such as Flannery O’Connor, Robert Lowell, Raymond Carver, John Cheever, Kurt Vonnegut or Philip Roth, and also names have taught in that elusive discipline called «creative writing.» of the letters in Spanish like José Donoso or Óscar Hahn. Donoso also gave the University of Iowa a good part of his diaries.
The city of Dubuque is the great city of the Mississippi and it is deserted. There is no one on the streets. Not even poor, not even homeless. Not even streets. Only traffic lights for anyone. Where are the people?. The Mississippi brought casinos because nineteenth-century American cultural anthropology linked commercial and industrial development to river navigation. It is as if the Midwest needs port life in the middle of the prairies. Too much land without a sea. The Mississippi replaced the Atlantic.

I love the absurd skyscrapers of Panama City. Panamanian identity rests on the heroic celebration of the channel. When I see the Panama Canal I remember the Suez Canal. The world is interconnected. Panama City offers tourists a visit to the canal. They retransmit the passage of ships from one ocean to another as if it were a football match.
Large oil tankers that roam the world change oceans here. I see the crew on deck. They smile. They are changing oceans and that costs a hundred thousand dollars. The canal was built in 1914.

In Miami there is a political sport that consists of getting hold of a good telescope and sitting next to a mojito to watch Havana’s economy slowly sinking. So slowly that it never just sinks. The anti-Castro Cubans who live in Miami are dying, and Fidel is still there. Some Cubans tell me that Fidel does the same, that he has a rusty Soviet telescope from the sixties that still works for him, and that he is dedicated to contemplating what the Cubans in Miami are doing.
Miami cannot be explained without Castro’s Cuba. Miami’s prosperity is built to remind Castro of the capitalist miracle of anti-Castroism. And meanwhile, Castro becomes immortal. The day Castro dies, Miami will no longer have a personality.

The city of Syracuse is snowy and polar temperatures. You can fall madly in love with the cold. The cold is real. Syracuse is minus twenty-three degrees at one in the afternoon. At night it drops to thirty-one degrees below zero. Syracuse is located in the state of New York.
There’s an Italian pastry shop downtown where I eat a shortbread cake and a coffee with hazelnut syrup.
The East River is an army of drifting chunks of ice and snow. I fall in love with drifting ice. Everything is adrift and everything does not matter completely because you are here, in New York. But New York is fine if you have a lot of money. And if you don’t have it, bah, don’t worry, you’ll have it right away, because New York will help you out. That’s the idea: New York is a wait, soon you will have what you want. The entire city is waiting. Waiting for economic redemption.
New York reminds you of where you come from but does not offer you its home. Not even changing the language would he offer you his house, because you would end up writing Spanish stories even if you did it in English. Identity hurts you. Your parents are harmful. But don’t worry, as long as you have money it works.
Camden is the city where marginalization becomes a rare form of intelligence: a good destiny for Whitman, the man who celebrated himself, the man who was not afraid.

The famous Central Street is the main artery and the one that in some way shapes the urban sense of the city and through which the acclaimed Carnival parades, the «Mardi Gras», which is usually celebrated in February, and some year in March, something that will happen in the future 2019. Central Street is a wide and long avenue, from whose sides you enter the popular French Quarter, or French Quarter, the nerve center of New Orleans and the main tourist attraction. The foul smell of putrefaction was overwhelmingly intensified as I turned onto Bourbon Street, which is the busiest and contains the most bars, restaurants, sex shops and buskers per square meter in the United States. The streets of the French Quarter in August burn, there is an unbreathable heat, but if you enter the shops or bars, you freeze. The heat of New Orleans reminded me of that of Havana or Managua, but unlike these, the air conditioners in public places are of an industrial refrigerator power. In that, New Orleans makes it very clear that it is US territory. It is true that the city was French and Spanish. But things matter because of their last owner. And its last owner, and therefore the real one, is the United States. The heartbreaking use of the air conditioning is a display of impeccable nationality.
Jazz and the city are the same thing. The city is full of buskers and in any bar there is live music, in that it is a lot like Nashville. All bars of a certain size have their stage and their musicians. Whether or not there is an audience, the musicians in the bars do their job and are able to sing and play their instruments for a single person, who is not even consuming a beer. Nobody forces you to consume anything. You walk into any bar in the French Quarter, listen to live music, and then walk away. They are not professionalized musicians, they are musicians who play it, they really do it. They are not a bar ornament. That real music feel is one of the city’s great claims.
Black musicians are the protagonists. They dance, they contort, they suffer, they scream, they scream, they twist like snakes, and they offer you their devastating blackness. Bourbon Street is rage and passion.
The atavism of New Orleans rests on memories of past civilizations, on slavery, on European and African heritages, all mixed in those drums that the boys play, half naked, sweating. The open balconies of the houses of colonial architecture show large sofas that warm in the sun, with colorful cushions and plants and flowers on the trellises, where the latticework of the wrought iron railings caress or disturb the gaze.
I visit the Lafayette Cemetery. The gigantic roots of the trees break the graves and caress what is left of the dead. I have to go to the San Luis cemetery to see the grave of Marie Laveau, the African American who practiced voodoo, because voodoo is the religion of this city.

The foundation of Las Vegas: gambling. Carpets hide a shameful reality: the earth, the floor. There is no flooring in Las Vegas resorts. The ground is like the reminder of reality, like the memory of death.
You have to hide the floor as it is: thousands of square kilometers of carpets have removed the floor from the American look. Carpet is like the skin of the floor, the skin that hides the miserable sand of the desert. Carpet is such a sham, like the whole of America: it feels cozy, but it is just a nest of hidden dirt. It is impossible that so many square kilometers of carpet do not harbor viruses that will become active within a couple of decades. It is also important to remove the roof. That’s what colossal, round lamps are for, imitation of something, perhaps neoclassical, but they illuminate little. The key is semi-darkness.
Without a floor and without a roof, Las Vegas rides.
Each era has played for different reasons. I think now people gamble in Las Vegas for convenience. Because while you play, you are sitting. It is impossible to play walking or running or going by car or plane. You are comfortable. That is the first reason for you to play: the player’s position is comfortable. The English word «comfortable» sums up the United States. And in the casinos there is a pleasant gloom, the sunlight has disappeared. It is better if the sun does not see you play. And in Las Vegas the game is like breathing. And that means that nothing happens if you are a real jerk capable of losing all your savings in a couple of nights. It is the great moment of irrationality, and of collective irrationality.
Play is pleasure.
The game infantilizes life.
Everything in Las Vegas is an infantilization of reality. But it is an infantilization of life that does not diminish the meaning of life: a whole concealment, an intrigue, that is why this city fascinates me, because this city is quixotic. Resort states are a parody of European nations. Nationalism in Las Vegas is reduced to a fairy tale. Las Vegas is an ironic imitation of the aesthetic and architectural achievements of Western history.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/05/14/ordesa-manuel-vilas-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2019/11/23/alegria-manuel-vilas-joy-by-manuel-vilas-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/08/18/america-manuel-vilas-america-by-manuel-vilas-spanish-book-edition/

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