Horizonte Móvil. Una Expedición Literaria A La Antártida — Daniele Del Giudice / Orizzonte Mobile by Daniele Del Giudice

Interesante libro, ganador del premio de literatura de la Unión Europea, repleto de apuntes antropológicos (especialmente de los indigenas de la Tierra del Fuego) e históricos de expediciones australes. El recuerdo de una expedición que realizó en 1990 sirve al autor asimismo para recrear dos expediciones históricas menos conocidas por el público como fueron la italoargentina de 1882 liderada por Giacomo Bove y la belga de Adrien de Gerlache, sin olvidar menciones a Amundsen, Scott, Shackelton o Frank Wild. Si has tenido la suerte de conocer esa zona es doblemente gratificante la lectura.

Los pingüinos están por todas partes, no hace falta buscarlos. Jeremy y yo los vemos en los desplazamientos de una base a otra, mientras caminamos, cada uno sumido en sus preocupaciones: la meteorología, la dirección que hay que seguir. Una mañana apareció a lo lejos una colonia enorme de pingüinos y alguna de las aves estaba sola, apartada. Encontramos dos adultos y uno más pequeño en la orilla del mar. Se intercambiaron una serie de saludos y elogios hasta que los dos adultos se lanzaron al agua y desaparecieron. De entre todas las expresiones que los pingüinos son capaces de adoptar, la de desolación es irresistible, ya que es una desolación sin remedio. El animal pequeño, el polluelo que se había quedado solo, empezó a gritar mientras caminaba hacia la orilla, mirando en todas direcciones. Los pingüinos ven mejor en el agua, ya que poseen un segundo párpado transparente.

Los piróscafos de la Pacific Steam Navigation cruzan el estrecho de Magallanes haciendo escala en Punta Arenas desde 1868. Hoy, los piróscafos alemanes se han sumado a los ingleses y Punta Arenas tiene conexiones semanales con Valparaíso, Buenos Aires y Europa. Ese mismo año la ciudad fue declarada puerto franco y desde entonces, la población aumentó tanto que ahora, durante nuestro pasaje, ha llegado a casi cuatro mil quinientos habitantes. La clase proletaria está formada en gran parte por dálmatas, gente trabajadora y honesta que se dedica sobre todo a trabajos marítimos. Los alemanes también abundan y muchos han logrado una buena posición económica gracias al comercio. Todos los países de Europa están representados en Punta Arenas, aunque sea por unas pocas personas.

La navegación en los canales de Tierra del Fuego se había vuelto muy difícil por la presencia de escollos. De día solían estar marcados por el enorme cúmulo de algas que los recubría y hacía las veces de aviso para los navegantes. Pero aventurarse durante la noche era temerario. Por este motivo debíamos proceder con extrema lentitud y elegir de día un buen fondeadero para la noche.
Parece que los indios alacalufes visitaban a menudo el puerto Esperanza. Nos hacía ilusión ver alguno, pero solo llegamos a encontrar un wigam, como llaman a sus pobres cabañas, la mayoría abandonadas desde hacía tiempo. Este wigam estaba hecho a partir de unas pocas ramas de árbol clavadas en la tierra y entretejidas con ramiza.
Antes de alcanzar Ushuaia, tuvimos que echar anclas hasta tres veces porque fuertes vientos huracanados de tierra nos golpeaban de forma brusca y repentina sin darnos tregua. Cuando todo estaba en calma y el cielo y el mar no estaban enturbiados por ningún golpe de viento ni por bramidos visibles, un murmullo sordo bajaba de las cimas de las montañas, rodaba por las laderas como un alud destructor y luego un silbido estridente se insinuaba entre las velas inclinando el barco de lado, como si opusiera un inmenso velaje. Pero unos instantes después, todo volvía a la calma más absoluta y la embarcación se enderezaba.
Por fin, el 21 de diciembre a las ocho de la tarde avistamos la península de Ushuaia. Dos horas y media después, tras rodear la corona de islotes que la cerca por el sureste, echamos el ancla en la bahía a diez metros de profundidad.
Ushuaia y Punta Arenas compiten por tener el honor de ser la ciudad más meridional del mundo. No obstante, a pesar del título oficial de capital de Tierra del Fuego, Ushuaia no es más que una aldea, una veintena de casas en construcción y una capilla de madera. Tras
su fundación, los primeros años fueron tan trágicos como los de Punta Arenas. No fue hasta 1862, después de una catástrofe, cuando la Sociedad Misionera de América del Sur estableció una misión en la ciudad. Al año siguiente, la estación evangélica se dejó en manos del reverendo Thomas Bridges y de su sustituto, John Lawrence. Desde entonces, la memoria histórica de Ushuaia y de los dos hombres se sobreponen y coinciden.
Debemos agradecer al reverendo Bridges un diccionario yámana – inglés con más de treinta mil vocablos, una importante contribución a nuestros rápidos trabajos etnográficos, necesariamente limitados a los fueguinos, ya que las tierras antárticas no están y no pueden estar habitadas. Me acordé de la suposición errónea del capitán inglés James Cook, que supuso que las islas antárticas comprendidas entre el meridiano 53 y el meridiano 73 oeste estarían habitadas.

La carretera recorre kilómetros y kilómetros de pampa desértica, de vez en cuando pasa por una estancia o por un «bosque muerto». Las estancias son preciosas, están cuidadas, bien pintadas, de colores, con sus vallas blancas. Son casa y hacienda, no tienen el carácter rústico de nuestros aglomerados agrícolas, oscuros, de ladrillos, con los trastos a la vista; aquí todo está bonito y es alegre, al menos visto desde fuera. La idea de la casa debe de ser importante para ellos si en la verja del largo camino que lleva a la estancia propiamente dicha, hasta el buzón tiene forma de casa, una casa en miniatura que a veces reproduce la de verdad, visible al fondo.
Pocos kilómetros después de salir de Punta Arenas tomo la carretera Austral. La carretera solo tiene la mitad asfaltada, la otra mitad no tiene baches especialmente grandes, pero está cubierta de gravilla que las ruedas hacen saltar contra la carrocería, provocando un ruido de metralla que te obliga a reducir la velocidad. La gravilla, junto a piedras más grandes, también salta contra los otros coches y por eso, muchos vehículos, incluido el mío, tienen una protección en el parabrisas que complica la conducción. El carril asfaltado de la carretera Austral es el que baja de norte a sur, y circulan tan pocos coches que se puede usar tranquilamente también en dirección opuesta, solo tienes que cambiar de carril en el último momento, cuando viene un coche o un camión. Pero parece que este sistema no siempre funciona, a juzgar por el alto número de pequeñas lápidas y monumentos fúnebres, uno cada quince o veinte kilómetros, en recuerdo de las víctimas de los accidentes.
Puerto Natales, es una ciudad con calles rectas que se cruzan en ángulo recto, típicas casitas de colores, una colina que desciende lentamente hacia un fiordo que se encuentra en un paisaje desértico con grandes montañas al fondo, con una estancia grande en la costa, debe de ser la del capitán Eberhard. Es la hacienda más metafísica que he visto jamás, un enorme edificio al final de un fiordo cerrado por montañas de nieves perennes que llegan casi a la costa. Me encontraba en la región de Última Esperanza, y en la hacienda no había nadie, y tampoco en la Cueva del Milodón, la «gruta más famosa de Suramérica», a una docena de kilómetros. Aquí, en 1895, Eberhard, más o menos en la época en que su hermano partió hacia California y puso en marcha la fábrica de los célebres relojes, encontró la piel perfectamente conservada de un gran animal prehistórico al que bautizó como milodón.

Tierra del Fuego es el gran archipiélago situado entre el estrecho de Magallanes y el cabo de Hornos. El hecho de que ofrezca a los navegantes un aspecto distinto en función del lado por el que se aproximan ha generado opiniones contradictorias respecto a él. El capitán James Cook visitó la parte meridional del archipiélago y sufrió las grandes tormentas de lluvia y nieve en la península desierta de Brecknock, así que denominó a esta zona «tierra de la Desolación». Wyse y Pertuiset, por otro lado, eligieron la parte del norte y vieron el encantador canal del Almirantazgo bajo el cielo soleado y puro del estrecho de Magallanes, al que consideraron un tesoro agrícola de los antiguos incas. El canal del Almirantazgo, la bahía Yendegaia y el On-Ashaga dividen Tierra del Fuego en dos partes muy distintas entre sí según su perfil natural, y es casi increíble que se encuentren en la misma latitud. Más interesante todavía es que tal división traza un límite natural entre las dos razas que la habitan: al oeste los alacalufes y los yaganes, desde el cabo Pilar hasta la isla Stewart y en las islas que hay al sur del canal Beagle respectivamente. Los onas viven en la parte oriental.
Los conocimientos históricos de estos habitantes de la parte más extrema de Suramérica son muy limitados, pero todo lleva a pensar que provienen de la Patagonia, los primeros de las faldas occidentales de los Andes y el resto de la amplia llanura de la pampa. De hecho, los alacalufes y los yaganes poseen todas las características del pueblo chono del Pacífico, aunque su lengua es distinta. Los onas, en cambio, tienen los rasgos de los tehuelches y casi la misma lengua. Hay tres mil yaganes, dos mil onas y tres mil alacalufes, según el señor Bridges.

Los yaganes tienen todas las características de una raza mezquina. Los hombres son generalmente de estatura media o algo más altos, mientras que es raro encontrar a una mujer de estatura normal. El rostro es ancho y redondo con pómulos muy pronunciados, la frente baja y prominente hasta la línea de los ojos, la nariz plana y ancha, los ojos generalmente negrísimos, húmedos, pequeños y nerviosos, y los labios carnosos y caídos. Tienen mandíbulas muy fuertes y dientes preciosos, con incisivos tan puntiagudos que no se diferencian mucho de los de sus perros. Tienen la vista y el oído muy finos, lo que es conveniente para aquellos que viven de la caza y la pesca.
Tanto los hombres como las mujeres están dotados de una fuerza formidable y saben transportar pesos que ni el más robusto de mis marineros podría siquiera levantar.
A pesar de los esfuerzos de la misión de Ushuaia, la poligamia está muy arraigada entre los fueguinos, hasta el punto de que muchos conversos a la fe de Cristo rompen el voto y añaden una o dos mujeres a la que permite la religión. Entre los alacalufes, igual que entre los yaganes y los onas, un hombre puede tener todas las mujeres que quiera, pero difícilmente serán más de cuatro. Con tal número de mujeres, la serenidad doméstica desaparece: el wigam o la canoa se transforman diariamente en campos de batalla horrorosos, y sucede no pocas veces que una mujer atractiva y joven pague con su propia vida el hecho de que el marido común la prefiriera. A veces la discordia femenina acaba causando daño al marido, quien aprende en esas ocasiones lo prudente que es tener una única esposa. La poligamia se explica tanto por la necesidad de mujeres que remen como por el gran amor de los fueguinos por las mujeres. Este último es, con diferencia, el factor más importante y es la causa del empobrecimiento físico de esta raza en el extremo de América del Sur. El amor de las mujeres por los hombres no se queda atrás; estas muestran el deseo por el hombre desde la edad más tierna, y el freno impuesto de los padres misioneros a los matrimonios precoces se considera la máxima tiranía de la civilización.
Las mujeres se casan entre los doce y los trece años, pero no tienen hijos hasta los diecisiete o los dieciocho. Los hombres contraen matrimonio entre los catorce y los dieciséis años, según convenga a cada uno, tanto entre los yaganes como entre los demás. Más que una unión por amor y por atracción recíproca, el matrimonio se puede definir como la compra de una mujer por parte de un hombre. Entre los varios pretendientes, el padre de la chica elige al más fuerte, más hábil y más dócil, según sus deseos, y pacta con él el número de pelos de foca que formarán el don nupcial y también durante cuántos días el yerno trabajará para beneficio del suegro. Hasta la conclusión del contrato no se comunica nada a la futura esposa, quien no puede oponerse a los deseos del padre.
La presencia de las misiones en Tierra del Fuego ya ha modificado mucho el carácter de los habitantes del canal del Beagle. Y dada la rapidez del progreso y los muchos sacrificios de los misioneros, estoy seguro de que dentro de no mucho se podrá decir de cada fueguino lo que hoy se dice del único Pallalaia: fue uno de los más belicosos, de los más deshonestos, de los más supersticiosos habitantes de Tierra del Fuego, pero ahora vive a la sombra de la cruz, modelo de virtud, ejemplo de trabajo.

Me pregunto sobre la relación que existe entre la naturaleza y las historias. El continente antártico, como tuve ocasión de descubrir, no es aquel de las fotos sacadas en los raros días de buen tiempo, donde todo es «bonito» y la belleza corresponde al criterio fotográfico imperante de luminosidad. Si aquí existe una belleza es aquella complicada de grises y opacos, de lo diáfano y de la luz dramática e irreal. A pesar de la gran violencia, aquí la naturaleza no es hostil ni amistosa, simplemente es indiferente ante la presencia humana, que es un hecho del todo accidental. Para nosotros el paisaje siempre es un sentimiento del paisaje, pero lo que aquí llamamos paisaje no brota de la conciencia, sino que la altera y le impone otra dirección. Por eso las historias antárticas son tan nerviosas.
El noventa y cinco por cierto de la isla Rey Jorge está cubierto por glaciares que bajan como un parapeto hasta el mar, o se detienen poco antes creando pequeñas bahías de piedras y morrena que las bases de las diversas naciones se disputan con los elefantes marinos, los pingüinos y los págalos polares, además de reclamárselas entre ellas.
El cielo es la otra mitad del paisaje, una especie de esfera de cristal que se puede usar para ver. En otras latitudes algunos exploradores vislumbraban, reflejados en espejismos, los barcos y a los compañeros que habían dejado atrás, y los espejismos eran reales, solo las dimensiones engañaban, todo parecía más grande y más cercano. Las nubes iridiscentes y las auroras australes* que rompían el azul por el efecto del viento solar no eran nada comparadas con los parhelios y las paraselenes, cuando el Sol o la Luna se mostraban acompañados de lunas o soles gemelos o rodeados por secciones de arcos y cruces luminosas que la imaginación recibía como símbolos teosóficos o jocosos, y que eran producto del paisaje de rayos en un cielo cargado de minúsculos cristales de hielo.

El problema del régimen alimentario era de la máxima importancia. No nos faltaban víveres, ya que los que teníamos a bordo se podían conservar. Teníamos todo lo posible y lo más variado posible en el mínimo volumen posible. Tanto en la mesa de los oficiales como en la mesa de la tripulación se servían las mismas bebidas. Generalmente faltaba pescado fresco porque la banquisa era demasiado alta y profunda. Por ejemplo, un filete de pingüino imperial era un plato suficiente para saciar a toda la tripulación. La carne de las aves y la carne de los anfibios tenían un cierto parecido en gusto y aspecto, ambas eran negras y duras, muy grasas y, por tanto, aceitosas; la de anfibio, además, al contrario de lo que se cree, no tiene sabor de pescado, ya que los pingüinos y las focas se nutren solo de minúsculos crustáceos.
Nuestro devenir común dependía tangiblemente de la existencia de nuestro querido barco. Nuestras alegrías y nuestras penas tenían origen en una única causa. La unión, la hermandad, la igualdad en el trabajo eran necesarias. El lema nacional de la patria, escrito en letras de oro en el lugar más vistoso de la cubierta, estaba allí para recordarnos nuestro deber.

Dos posibles vías para llegar a Punta Arenas. La del estrecho de Magallanes por el cabo Pilar y la del canal Cockburn. Aunque la existencia de un faro en las islas Evangelistas facilitara el abordaje en el cabo Pilar, no me fiaba mucho de tomar esta vía, ya que nos exponía al encuentro con otro barco en ruta hacia Europa que podría anunciar antes que nosotros, gracias al telégrafo del señor Marconi, nuestra entrada en el mundo de los «vivos». Pensé en los familiares del pobre Wiencke, ya que Danco no había dejado parientes, y en la falsa alegría que sentirían al conocer nuestra salvación sin la información fatal de la muerte de su hijo. Así que me decidí por el canal Cockburn, muy poco concurrido. Pusimos rumbo estenoreste, dispuestos a avistar Isla Negra, que podría ofrecernos amparo para la noche.
Poco a poco dejamos atrás las aves antárticas. Ahora nos seguían los albatros y las palomas del cabo. La brisa, después de haber soplado del sureste con regularidad, cambió primero del oestesuroeste y luego, lentamente, del norte. La temperatura también aumentó: el 24 de marzo a mediodía anotamos 5,7 °C. Hacía mucho tiempo que no sentíamos un calor semejante.
Durante las conversaciones nocturnas en las cabañas de los científicos, disueltas en un poco en el alcohol, todo esto, las historias, se intercalaban con cuestiones sobre la multiplicación de las bases, sobre las que eran bases de verdad y las que eran falsas (distinción posible atendiendo a la calidad del trabajo científico), sobre la contaminación, sobre las reivindicaciones territoriales, sobre la explotación minera, sobre el Tratado Antártico, que en los últimos treinta años había regulado la materia y la vida aquí, que todos los países consideraban un tratado fantástico, sin que eso les impidiera estar atentos para tomar el continente al asalto si alguna vez el texto se revisaba. Luego, de repente, volvían a hablar de las sombras de tierra, aquel curioso fenómeno por el que el Sol, iluminando desde abajo las montañas, proyecta las sombras en las nubes como un cono invertido, y qué racionamientos hicieron los exploradores para encontrar una explicación, y cómo usaban hojas de senna entre el pie y el fondo de los zapatos para reducir los riesgos de congelación.

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Interesting book, winner of the European Union Prize for Literature, full of anthropological notes (especially from the indigenous people of Tierra del Fuego) and histories of southern expeditions. The memory of an expedition that he carried out in 1990 also serves the author to recreate two historical expeditions less known to the public, such as the Italian-Argentine expedition of 1882 led by Giacomo Bove and the Belgian one by Adrien de Gerlache, without forgetting mention of Amundsen, Scott, Shackelton or Frank Wild. If you have been lucky enough to know that area, a double good reading experience.

Penguins are everywhere, you don’t have to look for them. Jeremy and I see them commuting from base to base as we walk, each mired in his own concerns: the weather, the direction to go. One morning a huge colony of penguins appeared in the distance and some of the birds were alone, apart. We found two adults and a smaller one on the seashore. A series of greetings and compliments were exchanged until the two adults jumped into the water and disappeared. Of all the expressions that penguins are capable of adopting, desolation is irresistible, as it is hopeless desolation. The small animal, the chick that had been left alone, began to scream as it walked towards the shore, looking in all directions. Penguins see better in water, as they have a transparent second eyelid.

The Pacific Steam Navigation pyroscaphs have been crossing the Strait of Magellan with a stopover in Punta Arenas since 1868. Today, the German pyroscaphs have joined the English and Punta Arenas has weekly connections with Valparaíso, Buenos Aires and Europe. That same year the city was declared a free port and since then, the population increased so much that now, during our passage, it has reached almost four thousand five hundred inhabitants. The proletarian class is largely made up of Dalmatians, honest hard-working people who are mainly engaged in maritime work. Germans also abound, and many have achieved good economic status through trade. All the countries of Europe are represented in Punta Arenas, even if only by a few people.

Navigation in the channels of Tierra del Fuego had become very difficult due to the presence of rocks. During the day they were usually marked by the huge accumulation of algae that covered them and served as a warning to sailors. But venturing out at night was foolhardy. For this reason we had to proceed extremely slowly and choose a good anchorage by day for the night.
It seems that the Alacalufe Indians often visited the Esperanza port. We were excited to see some, but we only found a wigam, as they call their poor cabins, most of them long abandoned. This wigam was made from a few tree branches driven into the ground and interwoven with branches.
Before reaching Ushuaia, we had to drop anchor up to three times because strong hurricane-force winds from land hit us abruptly and suddenly without giving us a break. When all was calm and the sky and sea were not clouded by any gust of wind or visible roaring, a low murmur came down from the mountain tops, rolled down the slopes like a destructive avalanche, and then a shrill hiss was hinted at between the sails tilting the boat sideways, as if it were opposing an immense veiling. But a few moments later, everything returned to the absolute calm and the boat straightened.
Finally, on December 21 at eight in the afternoon we sighted the Ushuaia peninsula. Two and a half hours later, after circling the crown of islets that surround it from the southeast, we dropped anchor in the bay at a depth of ten meters.
Ushuaia and Punta Arenas compete for the honor of being the southernmost city in the world. However, despite the official title of capital of Tierra del Fuego, Ushuaia is nothing more than a village, a score of houses under construction and a wooden chapel. After
Its foundation, the first years were as tragic as those of Punta Arenas. It was not until 1862, after a catastrophe, that the South American Missionary Society established a mission in the city. The following year, the evangelical station was left in the hands of Reverend Thomas Bridges and his replacement, John Lawrence. Since then, the historical memory of Ushuaia and the two men overlap and coincide.
We must thank Reverend Bridges for a Yámana – English dictionary with more than thirty thousand words, an important contribution to our rapid ethnographic work, necessarily limited to the Fuegians, since the Antarctic lands are not and cannot be inhabited. I was reminded of the erroneous assumption of the English captain James Cook, who assumed that the Antarctic islands between the 53rd meridian and the 73rd meridian west would be inhabited.

The road travels miles and miles of desert pampas, occasionally passing through a ranch or through a «dead forest.» The rooms are beautiful, they are neat, well painted, colorful, with their white fences. They are house and farm, they do not have the rustic character of our agricultural agglomerates, dark, of bricks, with the junk in sight; here everything is beautiful and cheerful, at least seen from the outside. The idea of the house must be important to them if, in the gate of the long path that leads to the room proper, even the mailbox is shaped like a house, a miniature house that sometimes reproduces the real one, visible in the background.
A few kilometers after leaving Punta Arenas I take the Austral highway. The road is only half asphalt, the other half does not have particularly large potholes, but it is covered with gravel that the wheels make jump against the body, causing a shrapnel noise that forces you to slow down. Gravel, along with larger stones, also jumps against other cars, which is why many vehicles, including my own, have a windshield guard that makes driving difficult. The asphalt lane of the Austral highway is the one that goes down from north to south, and so few cars circulate that it can be used calmly also in the opposite direction, you only have to change lanes at the last moment, when a car or truck comes. But it seems that this system does not always work, judging by the high number of small tombstones and funeral monuments, one every fifteen or twenty kilometers, in memory of the victims of the accidents.
Puerto Natales is a city with straight streets that intersect at right angles, typical colored houses, a hill that slowly descends towards a fjord that is in a desert landscape with large mountains in the background, with a large stay on the coast, It must be Captain Eberhard’s. It is the most metaphysical hacienda I have ever seen, a huge building at the end of a fjord enclosed by mountains of perennial snow that reach almost to the coast. I was in the region of Ultima Esperanza, and there was no one on the hacienda, and neither was there in the Cueva del Milodon, the «most famous cave in South America,» a dozen kilometers away. Here, in 1895, Eberhard, around the time his brother left for California and started the factory of famous watches, found the perfectly preserved skin of a large prehistoric animal that he named mylodon.

Tierra del Fuego is the great archipelago located between the Strait of Magellan and Cape Horn. The fact that it offers sailors a different look depending on the side from which they approach has generated contradictory opinions about it. Captain James Cook visited the southern part of the archipelago and suffered the great rain and snow storms on the deserted Brecknock peninsula, so he called this area «Land of Desolation.» Wyse and Pertuiset, on the other hand, chose the northern part and saw the charming Admiralty Canal under the pure, sunny sky of the Strait of Magellan, which they considered an agricultural treasure of the ancient Incas. The Almirantazgo Channel, Yendegaia Bay and On-Ashaga divide Tierra del Fuego into two very different parts according to their natural profile, and it is almost incredible that they are on the same latitude. Even more interesting is that such a division draws a natural boundary between the two races that inhabit it: to the west the Alacalufes and the Yagans, from Cape Pilar to Stewart Island and on the islands south of the Beagle Channel respectively. The Onas live in the eastern part.
The historical knowledge of these inhabitants of the most extreme part of South America is very limited, but everything suggests that they come from Patagonia, the first from the western slopes of the Andes and the rest of the wide plain of the pampas. In fact, the Alacalufes and the Yaganes have all the characteristics of the Chono people of the Pacific, although their language is different. The Onas, on the other hand, have the features of the Tehuelches and almost the same language. There are three thousand yagans, two thousand onas, and three thousand alacalufes, according to Mr. Bridges.

The Yagans have all the characteristics of a petty race. Men are generally of average height or somewhat taller, while it is rare to find a woman of normal height. The face is broad and round with very pronounced cheekbones, a low and prominent forehead to the line of the eyes, a flat and wide nose, the eyes are generally very black, moist, small and nervous, and the lips are full and drooping. They have very strong jaws and beautiful teeth, with incisors so pointed that they are not much different from those of their dogs. They have very fine sight and hearing, which is convenient for those who make a living from hunting and fishing.
Both men and women are endowed with formidable strength and can carry weights that even the most robust of my sailors could not even lift.
Despite the efforts of the Ushuaia mission, polygamy is deeply ingrained among Fuegians, to the point that many converts to the faith of Christ break the vow and add one or two women to the one allowed by religion. Among the Alacalufes, as among the Yagans and the Onas, a man can have as many women as he wants, but it will hardly be more than four. With such a number of women, domestic serenity disappears: the wigam or the canoe are transformed daily into horrifying battlefields, and it happens not infrequently that an attractive and young woman pays with her own life for the fact that the common husband I would prefer it. Sometimes female discord ends up causing damage to the husband, who learns on these occasions how prudent it is to have only one wife. Polygamy is explained both by the need for women to row and by the great love of Fuegians for women. The latter is by far the most important factor and is the cause of the physical impoverishment of this breed in the extreme of South America. The love of women for men is not far behind; These show the desire for man from the most tender age, and the restraint imposed by missionary parents on early marriages is considered the maximum tyranny of civilization.
Women marry between the ages of twelve and thirteen, but do not have children until they are seventeen or eighteen. Men marry between the ages of fourteen and sixteen, as is convenient for each, both among the Yagans and among others. More than a union for love and reciprocal attraction, marriage can be defined as the purchase of a woman by a man. Among the various suitors, the girl’s father chooses the strongest, most skillful and most docile, according to his wishes, and agrees with him the number of seals that will form the nuptial gift and also for how many days the son-in-law will work for the benefit. of father-in-law. Until the conclusion of the contract, nothing is communicated to the future wife, who cannot oppose the wishes of her father.
The presence of the missions in Tierra del Fuego has already greatly modified the character of the inhabitants of the Beagle Channel. And given the speed of progress and the many sacrifices of the missionaries, I am sure that within not long it will be possible to say about each Fuegian what is said today about the only Pallalaia: he was one of the most bellicose, of the most dishonest, of the most superstitious inhabitants of Tierra del Fuego, but now they live in the shadow of the cross, a model of virtue, an example of work.

I wonder about the relationship between nature and stories. The Antarctic continent, as I had the opportunity to discover, is not that of the photos taken in the rare days of good weather, where everything is «beautiful» and beauty corresponds to the prevailing photographic criterion of luminosity. If there is a beauty here, it is that complicated of gray and opaque, of the diaphanous and of the dramatic and unreal light. Despite the great violence, here nature is not hostile or friendly, it is simply indifferent to the human presence, which is an entirely accidental fact. For us, the landscape is always a feeling of the landscape, but what we here call landscape does not spring from consciousness, but alters it and imposes another direction on it. This is why Antarctic stories are so edgy.
Ninety-five percent of King George Island is covered by glaciers that descend like a parapet to the sea, or stop shortly before creating small bays of stones and moraine that the bases of the various nations dispute with the sea elephants, penguins and poles, as well as claiming each other.
The sky is the other half of the landscape, a kind of glass sphere that can be used to see. In other latitudes, some explorers glimpsed, reflected in mirages, the ships and the companions they had left behind, and the mirages were real, only the dimensions were deceiving, everything seemed bigger and closer. The iridescent clouds and the southern auroras * that broke the blue by the effect of the solar wind were nothing compared to the parhelios and paraselenes, when the Sun or the Moon were shown accompanied by twin moons or suns or surrounded by sections of arches and luminous crosses that the imagination received as theosophical or humorous symbols, and that were the product of the landscape of rays in a sky full of tiny ice crystals.

The problem of diet was of the utmost importance. We did not lack supplies, since what we had on board could be kept. We had everything possible and as varied as possible in the minimum possible volume. The same drinks were served at both the officers’ table and the crew table. Fresh fish was generally lacking because the ice pack was too high and deep. For example, an imperial penguin steak was enough to satiate the entire crew. The meat of the birds and the meat of the amphibians had a certain similarity in taste and appearance, both were black and hard, very fatty and, therefore, oily; the amphibian, in addition, contrary to what is believed, does not taste like fish, since penguins and seals feed only on tiny crustaceans.
Our common becoming depended tangibly on the existence of our beloved ship. Our joys and sorrows had their origin in a single cause. Union, brotherhood, equality at work were necessary. The national motto of the country, written in gold letters in the most colorful place on the cover, was there to remind us of our duty.

Two possible ways to get to Punta Arenas. That of the Strait of Magellan through Cape Pilar and that of the Cockburn canal. Although the existence of a lighthouse in the Evangelistas Islands facilitated the approach to Cape Pilar, I did not trust much to take this route, since it exposed us to the encounter with another ship en route to Europe that could announce before us, thanks to the telegraph from Mr. Marconi, our entry into the world of the «living.» I thought of poor Wiencke’s relatives, since Danco had left no relatives, and of the false joy they would feel at knowing our salvation without the fatal information of the death of his son. So I decided on the Cockburn canal, which is very little crowded. We headed east-northeast, ready to see Isla Negra, which could offer us shelter for the night.
Little by little we leave the Antarctic birds behind. Now the albatrosses and cape pigeons followed us. The breeze, having blown from the southeast regularly, shifted first from the west-west and then slowly from the north. The temperature also increased: on March 24 at noon we recorded 5.7 ° C. It has been a long time since we felt this warm.
During the night conversations in the scientists’ cabins, dissolved in a little in alcohol, all this, the stories, were interspersed with questions about the multiplication of the bases, about which were true bases and which were false (distinction possible taking into account the quality of scientific work), on pollution, on territorial claims, on mining exploitation, on the Antarctic Treaty, which in the last thirty years had regulated matter and life here, which all countries considered a fantastic treatise, without that preventing them from being vigilant to take the continent by storm if the text was ever revised. Then, suddenly, they would talk again about the shadows of the earth, that curious phenomenon by which the Sun, illuminating the mountains from below, casts the shadows on the clouds like an inverted cone, and what rationing did the explorers make to find an explanation , and how they used senna leaves between the foot and the bottom of their shoes to reduce the risk of frostbite.

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