Desde Las Ruinas Del Futuro. Teoría Política De La Pandemia — Manuel Arias Maldonado / From The Ruins Of The Future. Political Theory of the Pandemic by Manuel Arias Maldonado (spanish book edition)

Aunque estemos saturados (y muy preocupados sobre todo) con el asunto, siempre sería mejor apagar la tele, dejar a un lado el móvil y ponerse a leer ensayos tan claros y, a la vez, tan completos y complejos como ‘Desde las ruinas del futuro’. Sus temas y puntos de vista son múltiples y me he parado mucho a pensar qué es un virus en sí.
Sus propuestas sobre una Ilustración pesimista intentan reforzar la situación ante una regresión de la razón que ya comenzó antes del desastre. Son muy fértiles también sus razonamientos sobre la responsabilidad del déficit de modernidad en el origen del problema y en la imposibilidad de detener su expansión, así como sus consideraciones sobre los primeros pensadores, quizás demasiado tempranos, que han intentado aprovechar la situación para llevar apresuradamente el ascua a su sardina ecologista o antiliberal.

No puede decirse que la pandemia carezca por completo de precedentes: ni la zoonosis es un fenómeno nuevo, ni sus manifestaciones se pierden en el túnel de la historia. Un mundo interconectado crea condiciones idóneas para la difusión vírica: si la Gran Guerra puso freno a una intensa fase de la globalización, también conoció esa temible pandemia que fue la llamada «gripe española», capaz ella sola de llevarse por delante a no menos de cincuenta millones de personas. Pero ha habido otras pandemias de origen animal, menos espectaculares y más recientes, en las que solo reparamos ahora que nuestra atención se vuelca sobre el tema. La de gripe asiática de 1957, que mató a dos millones de personas en todo el mundo, redujo el crecimiento de la economía estadounidense hasta un 10 por ciento en el primer cuatrimestre del año siguiente y desencadenó una recesión tan honda como breve.Y la gripe de Hong Kong, originada en la ciudad tutelada por Gran Bretaña en 1969, que provocó un millón de muertes en todo el mundo, incluyendo veinticinco mil personas en Francia solo en diciembre: un mes fatídico cuya macabra contabilidad supera incluso la mortandad provocada por la COVID-19.
Irónicamente, como ha subrayado el filósofo Antonio Diéguez, hemos redescubierto la fragilidad de nuestros cuerpos justo cuando empezábamos a fantasear con una humanidad «mejorada» que tenía a su alcance el sueño de la inmortalidad biológica. Andábamos haciendo elucubraciones sobre el daño moral que padecerían las últimas generaciones de mortales que hubieran de coexistir con los primeros inmortales, cuando un viejo enemigo de la humanidad ha reaparecido y nos ha obligado a administrar recursos sanitarios escasos que no han podido impedir miles de muertes por asfixia. Aunque no es la única ironía en juego, ya que también nos parecía que el espacio de inseguridad que hacía posible el enfrentamiento agonista con la naturaleza se había reducido drásticamente; habíamos pasado de sentir miedo a experimentar piedad hacia la naturaleza. Lo cierto es que un virus también es naturaleza, recuerdo inmemorial de nuestra propia condición animal: preocupados por el nivel macro del medioambiente.

Si está en lo cierto Peter Sloterdijk y podemos entender las sociedades como «comunidades de estrés», o sea sistemas de preocupaciones que ejercen presión sobre sí mismos debido a las exigencias de la autoconservación, entonces no cabe duda de que las sociedades contemporáneas se han encontrado sometidas a un apremio inhabitual a consecuencia de la pandemia global de la COVID-19. Su impacto sobre la salud pública, sobre los sistemas sanitarios y sobre los derechos constitucionales, así como sobre unas economías afectadas severamente por las inéditas restricciones a la movilidad de la población, ha sido una fuente natural de inquietud pública y privada.
La crisis provocada por el coronavirus, en definitiva, se caracteriza por la locuacidad de sus intérpretes: nadie parece haberse quedado sin nada que decir y, de hecho, seguimos hablando. Esto obedece, como ya se ha señalado, al estado actual de las tecnologías comunicativas, pero también a la lógica inherente a unos medios de comunicación cuya acción conjunta produce un rápido efecto inflacionario.

Una llamativa variante de esta maniobra argumentativa es la denominada «nueva normalidad» que la pandemia estaría llamada a traer consigo. Pronto se hizo evidente, a la vista de la rápida transmisión del virus y de su impacto sobre los sistemas sanitarios, que las sociedades habrían de adaptarse hasta que estuviera disponible una vacuna: primero vino el llamado «distanciamiento social», luego las políticas de desescalada y, finalmente, la aplicación de protocolos destinados a permitir la actividad económica y la vida social sin desdoro de la prevención epidemiológica. Es esta última fase, que se presumía estable aunque de una duración indefinida, la que se planteó como una «nueva normalidad»; se subrayaba así, entre otras cosas, la necesidad de despedirse de la vieja cotidianidad. Pero la expresión original, que ya había sido empleada tras la crisis financiera de 2008-2012, hacía referencia al final de un proceso tras el cual se consolidaban como parte del paisaje elementos que antes no figuraban en el mismo: había aspectos de la realidad social que habían cambiado. La vieja norma dejaba paso a nuevos preceptos.
En cambio, la «nueva normalidad» de la pandemia fue proclamada antes de su materialización; su descripción correspondía no a lo que podía observarse en vivo, sino a lo que la especulación racional se figuraba que podría observarse en el futuro. No es una cuestión menor; describir no es lo mismo que predecir.
Así que ni la pandemia del coronavirus ni sus espectaculares efectos negativos son un producto «natural» de la modernidad o un inevitable efecto colateral de la misma, sino más bien una consecuencia de su carácter inacabado. En el mundo globalizado, se solapan distintos momentos de este proceso, con las correspondientes diferencias culturales entre sociedades cada vez más interconectadas; por ello, no es descabellado sostener que China se encuentra, en muchos aspectos, en el estadio salvaje de la modernidad; desde este punto de vista, la pandemia es un drama ligado a la incorporación a esta última. Pese a su relativo desprestigio, el proceso de modernización continúa siendo el marco apropiado para el análisis de las tribulaciones de todos los habitantes del planeta. La modernidad no está acabada: ni la Gran Recesión tuvo el impacto de la crisis de 1929, ni la pandemia del coronavirus posee una letalidad parecida a la de la gripe española. No vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero tampoco en el peor imaginable: sería deseable no sustituir la teleología positiva del progreso inmaculado por la teleología negativa de la catástrofe infinita.

Estamos tan acostumbrados a ejercer un control suficiente sobre las circunstancias de la vida social que cualquier materialización del riesgo nos parece escandalosa; no digamos si esta es tan espectacular como la pandemia de la COVID-19. Se ha demostrado que un virus puede matarnos; en especial, uno en el que no hayamos invertido el dinero suficiente. Y conviene recordarlo.
Ahora bien: no sabemos si los estados democráticos prolongarán de manera abusiva las medidas excepcionales que han servido para frenar el avance de la enfermedad. Pero, si llegaran a hacerlo, no estarían desplegando formas sutiles de control biopolítico, sino ejerciendo un control autoritario a la manera clásica: disciplinamiento, vigilancia y castigo a los ciudadanos amparándose en una situación de emergencia. ¡Toque de queda y multa al viandante! No estaríamos en ese caso ante el sofisticado Estado liberal descrito por Foucault, que procura gobernar lo menos posible, sino ante el «Estado de policía» también descrito por el pensador francés: aquel que «se hace cargo de la actividad de las personas hasta el más tenue de sus detalles». Sería un autoritarismo que no se esconde y no sería necesario el concurso de ningún pensador especializado en controles sutiles; cualquier ciudadano de a pie podría desenmascarar a un ejecutivo que mantiene indefinidamente el estado de alarma una vez terminada la epidemia.

Durante aquellos días de marzo en los que el mundo se detenía, era difícil evitar la sensación de que asistíamos a un momento excepcional: a un verdadero acontecimiento llamado a modificar duraderamente el ánimo de los contemporáneos. En aquellas sociedades en las que se aplicaron medidas más estrictas de confinamiento de los ciudadanos, esa impresión fue todavía más fuerte. Las imágenes que documentaban la paralización mundial del tráfico aéreo en tiempo real bastaban para hacer sentir que la humanidad había caído en una hondonada; como si las tijeras del tiempo se hubiesen abierto inesperadamente ante nosotros. No hay que sorprenderse de que un espectáculo así produjese de inmediato los anuncios más grandilocuentes.
Sobre todo, nos hemos cansado de leer que las epidemias del pasado cambiaron profundamente las sociedades que las padecieron.
La pandemia de la COVID-19 parece cumplir con los requisitos necesarios para ser considerada un acontecimiento sublime. Es un sublime paradójico; se manifiesta por sus efectos. Nadie puede ver el virus y solo los más infortunados han podido experimentarlo en carne propia. Sin embargo, el confinamiento decretado en varios países del mundo produjo imágenes insólitas de ciudades vacías, cielos despejados y animales salvajes que abandonaban sus escondites ante la retirada del ser humano: una belleza terrible. Si a ello se suma la falta de conocimiento acerca de la letalidad de un virus que cercenaba a diario la vida de miles de individuos, al tiempo que amenazaba con provocar la ruina económica mundial, la angustia de las mayorías estaba más que justificada.
¿Y cuál es el sentido de este acontecimiento sublime? Sobre eso, seguimos discutiendo. Aquí se defiende que esta crisis debe entenderse sobre todo en conexión con los déficits de modernidad producidos por el largo proceso de globalización, sin olvidarnos de las consecuencias de la transformación antropogénica del planeta; otros sostienen tesis diferentes. Y si, para muchos, la pandemia traerá necesariamente cambios a gran escala, el virus podría apenas limitarse a acelerar tendencias preexistentes.

La pandemia de la COVID-19 ha detenido en seco la marcha acelerada del mundo globalizado: los aviones dejaron de volar, los turistas se quedaron en casa, las carreteras estaban vacías. Esta situación sin precedentes no tuvo la misma intensidad en todos los países, ni todos ellos fueron paralizados al mismo tiempo; el transporte de mercancías y las cadenas logísticas han operado con una admirable eficacia. Pero la sensación de que el mundo se había parado no fue caprichosa y se vio reforzada por la suspensión de la vida cotidiana allí donde se decretó el confinamiento forzoso. Esta excepcionalidad fue sentida de manera más intensa durante las primeras semanas de la alerta sanitaria; la costumbre alivió en lo sucesivo el encierro sin suprimir el extrañamiento. Donde había velocidad, sobrevino la lentitud; la actividad, al menos hasta que las empresas fueron capaces de reorganizarse, fue reemplazada por la ociosidad; nadie nos esperaba en ninguna parte.
Podría decirse entonces que la pandemia es un ejercicio de situacionismo.
Este brusco detenimiento podría así entenderse de dos maneras. Por un lado, como advertencia contra la saturación de determinados fenómenos de aceleración característicos de la modernidad, tales como la población humana o el empleo de recursos naturales planetarios. Y, por otro, como reconvención moral que nos dice que la vida buena no puede ser la vida acelerada. Este doble filo es característico de las propuestas desaceleracionistas, que apelan tanto a la insostenibilidad de la organización socioeconómica tardomoderna como a su indeseabilidad moral. Pero no es lo mismo decir una cosa que la otra, como las reacciones a la pandemia han vuelto a demostrar: que el virus ponga en riesgo la supervivencia de la especie humana es muy distinto a que los efectos del virus sobre la sociedad puedan revelarnos los defectos del estilo de vida moderno.
Se diría que en la pugna entre dos modelos teóricos que defienden usar el tiempo como herramienta contra el capitalismo, ha ganado aquel que defiende la vía desaceleracionista; lo habría hecho gracias a la iluminación moral proyectada por la pandemia. Pero depende: los aceleracionistas, que propugnan intensificar el desarrollo material y tecnológico para hacer colapsar al capitalismo desde dentro, podrán argumentar que la rápida difusión del SARS-CoV-2 jamás habría podido tener lugar bajo condiciones distintas a las creadas por la globalización liberal. Desde este punto de vista, la pandemia sería un producto del aceleramiento que conduce a una rápida desaceleración.
En definitiva, la pandemia ha creado una rara oportunidad para la reevaluación del mundo: la actividad social se ha detenido y nosotros mismos, aunque en distinta medida según el caso, hemos experimentado una ralentización teñida con frecuencia de ociosidad. Sin embargo, no podemos hablar de una experiencia universal de la cuarentena; esta ha sido vivida de distintas maneras según las circunstancias sociales y la idiosincrasia personal. Para muchos, el confinamiento habrá implicado trabajo suplementario en el cuidado de los hijos; otros habrán sentido claustrofobia debido a la reclusión o angustia a causa de la incertidumbre; y aun otros habrán podido entregarse a sensaciones menos prosaicas que bien pueden incluir una diferente conexión con el entorno. Nada impide que los movimientos que defienden el decrecimiento o la inoperosidad puedan emplear la experiencia colectiva de la pandemia como fundamento para la defensa de nuevas formas de vida. Pero no puede obviarse que la ausencia de un significado compartido —más allá de la voluntad común de que algo así no vuelva a repetirse— disminuye a la fuerza el rendimiento político de la crisis. Y es que no todos regresamos de la contemplación del abismo sublime con la misma historia que contar.

La pandemia ha venido a recordarnos que la humanidad común existe; para empezar, como objetivo del virus. Si en el tiempo ordinario anterior a la pandemia era dominante una política de la identidad basada en el reconocimiento de las diferencias entre distintos grupos sociales, en tiempos de excepción esas disimilitudes se han subsumido en una única identidad propiamente humana. Podríamos decir que la enfermedad no hace distingos, pero lo cierto es que alguno hace: además de afectar en mayor medida a los mayores y a los varones, parece también más dañina para los portadores de sangre del grupo A. Esas disparidades biológicas se ven acompañadas por desigualdades sociales que se manifiestan en la estructura y organización necesarias para atender a poblaciones vulnerables, así como en los medios a disposición de las autoridades para ejecutar las medidas de confinamiento domiciliario y distanciamiento social. Las epidemias son como los demás riesgos ambientales: están mediados por la clase social, la raza, el sexo o la etnicidad. Así que ante el virus todos somos iguales, pero algunos menos que otros. Esto no es una sorpresa, como tampoco lo es que ese desequilibrio podría a su vez contribuir a la propagación del virus
Pero estas no son nuevas desigualdades, sino manifestaciones de la vieja desigualdad. Podrían ser suficientes, sin embargo, para desbaratar el argumento de que el patógeno demuestra la unidad esencial del anthropos como especie biológica.

El postulado de que la humanidad es primeramente una especie a la que pertenecen todos sus miembros puede mediar entre esos dos niveles de decisión, recordándonos la necesidad de disponer de formas políticas cosmopolitas que permitan gestionar una interdependencia global que la pandemia ha puesto de manifiesto: el aleteo de un murciélago en Wuhan ha encerrado en sus casas a los habitantes de medio mundo.

¿Qué nos dice la pandemia de la COVID-19? ¿De qué manera habría de afectar a nuestra percepción de la realidad y a la manera en que nos relacionamos con ella? ¿Qué lecciones debemos extraer de este acontecimiento singular? Naturalmente, no existe una única forma de aproximarse a él; como no hay un análisis «correcto» que conduzca a una lista cerrada de conclusiones válidas.
– La pandemia ha confirmado que el gran tema de nuestro tiempo es la reorganización sostenible de las relaciones socionaturales.
– La pandemia muestra los límites de la capacidad humana para anticipar y controlar los acontecimientos.
La pandemia de la COVID-19 no constituye una crisis de inteligibilidad: sabemos lo que ha pasado y sabíamos que podía pasar. Pero sí ha sido una crisis de previsibilidad y de mensurabilidad, ya que no podíamos saber cuándo tendría lugar una epidemia de estas proporciones ni cómo se desenvolvería. A diferencia de lo que sucede con una erupción volcánica o un terremoto, las sociedades pueden reducir la probabilidad de que los episodios zoonóticos sean frecuentes o peligrosos; lo que no tienen en su mano es eliminarlos, especialmente en un mundo de fronteras porosas y cadenas de producción globales. Así que la pandemia es la confirmación de que no controlamos los acontecimientos.
– La pandemia sugiere la necesidad de dar forma a una Ilustración pesimista.
De las observaciones anteriores se sigue una prescripción de orden normativo: la conveniencia de dar forma a una Ilustración pesimista. No es que la pandemia de la COVID-19 produzca por sí sola este resultado; más bien culmina de manera espectacular el catastrófico recorrido de nuestro joven siglo, que parecía en sus comienzos destinado a redimirnos de los amargos desastres del anterior. Entendámonos: así como el optimismo de la primera modernidad es irreproducible, porque ya hemos leído demasiados libros de historia, no por ello hemos de incurrir en un fatalismo que ignore los avances materiales y morales experimentados por la humanidad desde entonces. Hablar de una «Ilustración pesimista» es así esperanzador: conservamos cierta confianza en la modernidad, aunque nos dejemos las ilusiones más adolescentes por el camino.

Ilustración pesimista. Sus postulados pueden enunciarse sencillamente:

1) Incluso si nos atrevemos a pensar por nosotros mismos, nada garantiza que el fruto de nuestros razonamientos sea benéfico o que lleguemos a los mejores acuerdos intersubjetivos. Pero eso no es motivo para renunciar al uso cauteloso de la razón.
2) La emancipación total de la humanidad no es un objetivo a nuestro alcance: se trata de una bella ilusión, característica de la primera etapa de la modernidad, que hemos de disipar. En su nombre se han desarrollado experimentos sociales indeseables.
3) De ahí no se deduce que hayamos de abandonar el ideal emancipatorio, sino que habremos de conformarnos con una emancipación constreñida y reflexiva, cuya precondición es un bienestar material ecológicamente sostenible. No hay una manera única, prefijada, de alcanzar ese objetivo.
4) No existe una historia humana libre de accidentes y catástrofes, ya sean exógenos (como los virus) o endógenos (como una crisis económica). Los desastres jamás han quedado del todo atrás y siguen esperándonos en el futuro: no podemos evitar su materialización, pero sí cultivar la disposición a hacerles frente.
5) El ser humano acaso sea la medida de muchas cosas, pero no de todas: es necesaria una mayor conciencia de la materialidad del mundo no humano y de su relativa autonomía que, en ocasiones, se expresa de forma catastrófica y, en todo caso, exige del ser humano una permanente tensión inmunitaria.

La pandemia de la COVID-19 no debe conducir al derrotismo. Lo cierto es que la humanidad se ha movido de muchas maneras a lo largo de su historia y las retiradas no son menos características que los avances. Y si la ilustración no solo es una actitud crítica, sino también un aprendizaje, la pandemia nos ha enseñado que la viejísima amenaza de la enfermedad infecciosa no ha desaparecido y que las diferentes temporalidades de la modernidad pueden causar accidentes globales: resultan de aquí exigentes tareas que reclaman el esfuerzo concertado de los pupilos humanos para las próximas décadas. No queda más remedio que ponerse a trabajar.

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Although we are saturated (and very concerned above all) with the matter, it would always be better to turn off the TV, put aside the mobile and start reading essays as clear and, at the same time, as complete and complex as’ From the ruins of the future’. Their themes and points of view are multiple and I have stopped a lot to think about what a virus itself is.
His proposals on a pessimistic Enlightenment attempt to reinforce the situation in the face of a regression of reason that already began before the disaster. His reasoning on the responsibility of the modernity deficit in the origin of the problem and in the impossibility of stopping its expansion, as well as his considerations on the first thinkers, perhaps too early, who have tried to take advantage of the situation to hastily lead the Ember your ecologist or anti-liberal position.

The pandemic cannot be said to be completely unprecedented: neither is zoonosis a new phenomenon, nor are its manifestations lost in the tunnel of history. An interconnected world creates ideal conditions for the spread of viruses: if the Great War put a stop to an intense phase of globalization, it also experienced that fearsome pandemic that was the so-called «Spanish flu», capable of itself alone of taking away no less than fifty million people. But there have been other pandemics of animal origin, less spectacular and more recent, in which we only notice now that our attention turns to the subject. The 1957 Asian flu, which killed two million people worldwide, slowed the growth of the US economy by as much as 10 percent in the first quarter of the following year and triggered a recession as deep as it was brief. Hong Kong, which originated in the city under the command of Great Britain in 1969, which caused a million deaths worldwide, including 25,000 people in France in December alone: a fateful month whose macabre accounting exceeds even the mortality caused by COVID -19.
Ironically, as the philosopher Antonio Diéguez has emphasized, we have rediscovered the fragility of our bodies just as we began to fantasize about an «enhanced» humanity that had the dream of biological immortality within its grasp. We were making speculations about the moral damage suffered by the last generations of mortals who had to coexist with the first immortals, when an old enemy of humanity has reappeared and has forced us to administer scarce health resources that have not been able to prevent thousands of deaths due to suffocation. Although it is not the only irony at stake, since it also seemed to us that the space of insecurity that made possible the agonistic confrontation with nature had been drastically reduced; we had gone from feeling fear to experiencing pity towards nature. The truth is that a virus is also nature, an immemorial memory of our own animal condition: concerned about the macro level of the environment.

If Peter Sloterdijk is correct and we can understand societies as ‘stress communities’, that is, systems of worries that exert pressure on themselves due to the demands of self-preservation, then there is no doubt that contemporary societies have found themselves under unusual pressure as a result of the global COVID-19 pandemic. Its impact on public health, on health systems and on constitutional rights, as well as on economies severely affected by the unprecedented restrictions on population mobility, has been a natural source of public and private concern.
The crisis caused by the coronavirus, in short, is characterized by the loquacity of its interpreters: nobody seems to have been left with nothing to say and, in fact, we continue talking. This is due, as has already been pointed out, to the current state of communication technologies, but also to the logic inherent in some communication media whose joint action produces a rapid inflationary effect.

A striking variant of this argumentative maneuver is the so-called «new normal» that the pandemic would be called to bring with it. It soon became clear, in view of the rapid transmission of the virus and its impact on health systems, that societies would have to adapt until a vaccine was available: first came so-called ‘social distancing’, then de-escalation policies and, finally, the application of protocols aimed at allowing economic activity and social life without derogation from epidemiological prevention. It is this last phase, which was presumed stable although of an indefinite duration, which was proposed as a «new normal»; Thus, among other things, the need to say goodbye to the old daily life was underlined. But the original expression, which had already been used after the financial crisis of 2008-2012, referred to the end of a process after which elements that had not previously appeared in it were consolidated as part of the landscape: there were aspects of social reality that they had changed. The old rule gave way to new precepts.
Instead, the «new normal» of the pandemic was proclaimed before it materialized; his description corresponded not to what could be observed live, but to what rational speculation imagined could be observed in the future. It is not a minor issue; Describing is not the same as predicting.
So neither the coronavirus pandemic nor its spectacular negative effects are a «natural» product of modernity or an inevitable collateral effect of it, but rather a consequence of its unfinished nature. In the globalized world, different moments of this process overlap, with the corresponding cultural differences between increasingly interconnected societies; For this reason, it is not unreasonable to argue that China is, in many respects, in the wild stage of modernity; From this point of view, the pandemic is a drama linked to joining the latter. Despite its relative loss of prestige, the modernization process continues to be the appropriate framework for analyzing the tribulations of all the inhabitants of the planet. Modernity is not over: neither the Great Recession had the impact of the crisis of 1929, nor the coronavirus pandemic has a lethality similar to that of the Spanish flu. We do not live in the best of all possible worlds, but neither in the worst imaginable: it would be desirable not to substitute the positive teleology of immaculate progress for the negative teleology of infinite catastrophe.

We are so used to exercising sufficient control over the circumstances of social life that any materialization of risk seems scandalous to us; Let’s not say if this is as spectacular as the COVID-19 pandemic. It has been shown that a virus can kill us; especially one in which we have not invested enough money. And it should be remembered.
Now, we do not know if democratic states will abuse the exceptional measures that have served to halt the spread of the disease. But, if they were to do so, they would not be deploying subtle forms of biopolitical control, but exercising authoritarian control in the classic way: disciplining, surveillance and punishment of citizens under the cover of an emergency situation. Curfew and fine to passerby! In that case, we would not be facing the sophisticated liberal state described by Foucault, which tries to govern as little as possible, but rather the «police state» also described by the French thinker: the one that «takes charge of people’s activity until the end of the day. more tenuous of its details ». It would be an authoritarianism that does not hide and it would not be necessary the participation of any thinker specialized in subtle controls; Any ordinary citizen could unmask an executive who maintains the state of alarm indefinitely after the epidemic is over.

During those days of March when the world stood still, it was difficult to avoid the feeling that we were witnessing an exceptional moment: a true event destined to permanently modify the minds of our contemporaries. In those societies in which stricter citizen confinement measures were applied, this impression was even stronger. The images documenting the global stoppage of air traffic in real time were enough to make humanity feel like it had fallen into a hollow; as if the scissors of time had been unexpectedly opened before us. No wonder such a show immediately produced the most bombastic commercials.
Above all, we have grown tired of reading that the epidemics of the past profoundly changed the societies that suffered from them.
The COVID-19 pandemic seems to meet the necessary requirements to be considered a sublime event. It is a sublime paradox; it manifests itself by its effects. No one can see the virus and only the most unfortunate have been able to experience it firsthand. However, the confinement decreed in several countries of the world produced unusual images of empty cities, clear skies and wild animals that left their hiding places before the withdrawal of the human being: a terrible beauty. If to this is added the lack of knowledge about the lethality of a virus that daily cut off the lives of thousands of individuals, while threatening to cause global economic ruin, the anguish of the majority was more than justified.
And what is the meaning of this sublime event? About that, we keep arguing. Here it is argued that this crisis must be understood above all in connection with the deficits of modernity produced by the long process of globalization, without forgetting the consequences of the anthropogenic transformation of the planet; others hold different theses. And if, for many, the pandemic will necessarily bring large-scale changes, the virus might just be limited to accelerating pre-existing trends.

The COVID-19 pandemic has brought the accelerated march of the globalized world to a halt: planes stopped flying, tourists stayed home, roads were empty. This unprecedented situation did not have the same intensity in all countries, nor were all of them paralyzed at the same time; freight transport and logistics chains have operated with admirable efficiency. But the feeling that the world had stopped was not capricious and was reinforced by the suspension of daily life where forced confinement was decreed. This exceptionality was felt more intensely during the first weeks of the health alert; custom relieved the confinement from now on without suppressing the estrangement. Where there was speed, slowness came; activity, at least until companies were able to reorganize, was replaced by idleness; no one was waiting for us anywhere.
It could be said then that the pandemic is an exercise in situationism.
This abrupt stop could thus be understood in two ways. On the one hand, as a warning against the saturation of certain acceleration phenomena characteristic of modernity, such as human population or the use of planetary natural resources. And, on the other, as a moral counterclaim that tells us that the good life cannot be the accelerated life. This double edge is characteristic of decelerationist proposals, which appeal both to the unsustainability of the late modern socio-economic organization and to its moral undesirability. But it is not the same to say one thing than the other, as the reactions to the pandemic have shown once again: that the virus puts the survival of the human species at risk is very different from the fact that the effects of the virus on society can reveal the flaws of the modern lifestyle.
It would seem that in the struggle between two theoretical models that defend using time as a tool against capitalism, the one who defends the deceleration path has won; it would have done so thanks to the moral illumination projected by the pandemic. But it depends: the accelerationists, who advocate intensifying material and technological development to bring down capitalism from within, may argue that the rapid spread of SARS-CoV-2 could never have taken place under conditions other than those created by liberal globalization. From this point of view, the pandemic would be a product of acceleration leading to a rapid slowdown.
Ultimately, the pandemic has created a rare opportunity for the world’s reassessment: social activity has come to a halt and we ourselves, although to varying degrees depending on the case, have experienced a slowdown often tinged with idleness. However, we cannot speak of a universal experience of quarantine; this has been lived in different ways according to social circumstances and personal idiosyncrasies. For many, confinement will have involved extra work in caring for children; others will have felt claustrophobic due to seclusion or anguish due to uncertainty; Still others may have indulged in less prosaic sensations that may well include a different connection to the environment. Nothing prevents the movements that defend degrowth or inoperableness from using the collective experience of the pandemic as a basis for the defense of new forms of life. But it cannot be ignored that the absence of a shared meaning – beyond the common will that something like this not happen again – forcibly diminishes the political performance of the crisis. And it is that not all of us return from the contemplation of the sublime abyss with the same story to tell.

The pandemic has come to remind us that common humanity exists; to begin with, as a target of the virus. If in ordinary time before the pandemic an identity politics based on the recognition of the differences between different social groups was dominant, in times of exception these dissimilarities have been subsumed into a single, properly human identity. We could say that the disease does not distinguish, but the truth is that some do: in addition to affecting the elderly and men to a greater extent, it also seems more harmful for group A blood carriers. These biological disparities are accompanied by Social inequalities that are manifested in the structure and organization necessary to serve vulnerable populations, as well as in the means at the disposal of the authorities to execute the measures of home confinement and social distancing. Epidemics are like other environmental risks: they are mediated by social class, race, sex, or ethnicity. So in the face of the virus we are all the same, but some less than others. This is not a surprise, nor is it that this imbalance could in turn contribute to the spread of the virus
But these are not new inequalities, but manifestations of the old inequality. They might be enough, however, to thwart the argument that the pathogen demonstrates the essential unity of anthropos as a biological species.

The postulate that humanity is primarily a species to which all its members belong can mediate between these two levels of decision, reminding us of the need for cosmopolitan political forms that allow us to manage a global interdependence that the pandemic has revealed: the The fluttering of a bat in Wuhan has locked people around the world in their homes.

What does the COVID-19 pandemic tell us? In what way would it affect our perception of reality and the way we relate to it? What lessons should we draw from this unique event? Naturally, there is no single way to approach it; as there is no «correct» analysis that leads to a closed list of valid conclusions.
– The pandemic has confirmed that the great issue of our time is the sustainable reorganization of socio-natural relations.
– The pandemic shows the limits of the human capacity to anticipate and control events.
The COVID-19 pandemic is not an intelligibility crisis: we know what happened and we knew it could happen. But it has been a crisis of predictability and measurability, since we could not know when an epidemic of these proportions would take place or how it would unfold. Unlike a volcanic eruption or earthquake, societies can reduce the likelihood that zoonotic events are frequent or dangerous; what they do not have in their hand is to eliminate them, especially in a world of porous borders and global production chains. So the pandemic is confirmation that we do not control events.
– The pandemic suggests the need to shape a pessimistic Enlightenment.
A normative prescription follows from the previous observations: the convenience of shaping a pessimistic Enlightenment. It is not that the COVID-19 pandemic alone produces this result; Rather, the catastrophic journey of our young century culminates in a spectacular way, which at the beginning seemed destined to redeem us from the bitter disasters of the previous one. Let us understand each other: just as the optimism of the first modernity is irreproducible, because we have already read too many history books, we do not have to incur a fatalism that ignores the material and moral advances experienced by humanity since then. To speak of a «pessimistic Enlightenment» is thus hopeful: we retain a certain confidence in modernity, even if we leave our most adolescent illusions along the way.

Pessimistic illustration. His postulates can be stated simply:

1) Even if we dare to think for ourselves, nothing guarantees that the fruit of our reasoning will be beneficial or that we will reach the best intersubjective agreements. But that is no reason to renounce the cautious use of reason.
2) The total emancipation of humanity is not an objective within our reach: it is a beautiful illusion, characteristic of the first stage of modernity, which we must dispel. Undesirable social experiments have been developed in his name.
3) From this it does not follow that we have to abandon the emancipatory ideal, but rather that we have to settle for a constrained and reflective emancipation, the precondition of which is an ecologically sustainable material well-being. There is no single, preset way to achieve that goal.
4) There is no human history free of accidents and catastrophes, either exogenous (like viruses) or endogenous (like an economic crisis). Disasters have never been completely behind us and they still await us in the future: we cannot prevent them from materializing, but we can cultivate the willingness to face them.
5) The human being may be the measure of many things, but not of all: a greater awareness of the materiality of the non-human world and of its relative autonomy is necessary, which, on occasions, is expressed in a catastrophic way and, in any case , demands from the human being a permanent immune tension.

The COVID-19 pandemic must not lead to defeatism. The truth is that humanity has moved in many ways throughout its history and withdrawals are no less characteristic than advances. And if illustration is not only a critical attitude, but also a learning process, the pandemic has taught us that the age-old threat of infectious disease has not disappeared and that the different temporalities of modernity can cause global accidents: demanding tasks result from here that call for the concerted effort of human wards for decades to come. There is no choice but to get to work.

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