Un Hombre, Mil Negocios. La Controvertida Historia De Antonio López, Marqués De Comillas — Martín Rodrigo Y Alharilla / One Man, One Thousand Business. The Controversial Story Of Antonio López, Marquis Of Comillas by Martín Rodrigo Y Alharilla (spanish book edition)

Un libro interesante que pone de manifiesto la importancia de la historia en los tiempos que corren de corrección política.

La mañana del domingo 4 de marzo de 2018, en un acto tan festivo como político, unos operarios retiraron de su pedestal la estatua de Antonio López y López, primer marqués de Comillas (1817-1883), situada hasta entonces en la homónima plaza de Barcelona. Al hacerlo, ejecutaban una decisión adoptada por el equipo de gobierno municipal, integrado exclusivamente por concejales de Barcelona en Comú y encabezado por la alcaldesa Ada Colau. Al retirar dicha estatua del espacio público, los responsables del Ayuntamiento de Barcelona aplicaban escrupulosamente una de las promesas del programa electoral con el que Barcelona en Comú se había presentado a las elecciones municipales del 24 de mayo de 2015, según el cual habían tomado el compromiso de «impulsar una revisión completa del nomenclátor y los espacios de memoria de la ciudad para garantizar que éste quede libre de referencias apologéticas en la memoria del esclavismo, el franquismo y el fascismo». En este caso, al verdadero Antonio López, en cuyo honor se había levantado aquella estatua en 1884, se le acusaba de haber estado vinculado, mientras vivió en Santiago de Cuba, al mundo de la esclavitud, en general, y al comercio de africanos esclavizados, en particular.
Si dicho personaje se dedicó, o no, a comerciar con esclavos, los defensores de su figura coinciden en que retirar la susodicha estatua del espacio público parte de un absurdo presentismo histórico, o sea, de una visión que juzga el pasado con ojos del presente. Y, más allá de resaltar las virtudes del controvertido personaje, entienden que su eventual dedicación al tráfico de africanos esclavizados no justifica, en ningún caso, la decisión de desmontar su estatua ni de rebautizar, con otro nombre, la plaza de Antonio López.

Antonio López y López nació el 12 de abril de 1817. Fueron sus padres María López de Lamadrid Fernández y Santiago López Ruiz del Piélago, nacidos en 1794 y 1795, respectivamente. Antonio fue el segundo de los tres hijos habidos en dicho matrimonio, siendo sus hermanos Genara (la mayor, nacida el 29 de septiembre de 1813) y Claudio (el más pequeño, quien hiciera lo propio el 15 de octubre de 1818). Los tres hermanos López y López nacieron en la villa cántabra de Comillas. Cabe señalar que Antonio López y López apenas llegó a conocer a su padre, quien falleció, precisamente en Cádiz, el 8 de octubre de 1819, cuando él sumaba dos años y medio de edad. Aquella inesperada muerte dejó viuda a su joven madre con apenas veinticinco años y con tres hijos pequeños a su cargo.

Parece bastante claro que en su adolescencia Antonio López se convirtió en un verdadero jándalo, como antes lo habían sido su propio padre y, al menos, uno de sus bisabuelos. Su trayectoria encajaba, de hecho, con un perfil relativamente frecuente entre sus convecinos. Sin ir más lejos, en el padrón municipal de Comillas de 1841 constan un total de 47 individuos ausentes (el 6,2 por ciento de una población total de 753 habitantes), quienes vivían entonces en alguna localidad de la región comprendida entre Sevilla, Cádiz, Jerez y Sanlúcar de Barrameda. Los otros destinos elegidos por los comillanos emigrantes eran, entonces, Manila (cinco individuos), La Habana (cuatro) y diversas ciudades de la América continental (ocho, en total). 3 Sabemos también que tras su experiencia andaluza el joven Antonio López buscó en tierras americanas unos nuevos horizontes que le permitiesen mejorar su fortuna.
Algunos biógrafos afirman que, como buen jándalo, López zarpó rumbo al Nuevo Mundo desde Cádiz (el puerto marítimo más cercano a Lebrija y a Jerez), mientras que otros consignan que lo hizo desde Santander (el más cercano a Comillas, adonde López habría regresado durante un tiempo).
López estuvo en Cuba (seguramente en La Habana) durante tres años, entre 1838 y 1841. En aquella época debió ahorrar, probablemente, sus primeros caudales, lo que le permitió enviar fondos a su madre, quien seguía viviendo en Comillas. Tal como recogería años más tarde un buen amigo de López, el periodista e intelectual catalán Juan Mañé y Flaquer.
En aquel entonces, la riqueza de la isla de Cuba superaba en mucho a la de su pobre y perturbada madre, la España peninsular, que estaba sufriendo en aquellos años una sangrienta y destructora guerra civil, un conflicto del cual había huido precisamente nuestro hombre hasta acabar recalando en la Gran Antilla. La peculiar relación entre la colonia de Cuba y su metrópoli España se aprecia mejor si entendemos la importancia de que se construyese antes un ferrocarril en una colonia (La Habana-Güines, en Cuba, en 1837) que en su metrópoli (Barcelona-Mataró, en España, en 1848).
No hay que olvidar que la otra cara de aquella opulencia cubana venía dada por la explotación de miles y miles de africanos esclavizados. Sin esclavos no había azúcar y sin azúcar no había riqueza. Fueron, precisamente, los brazos y los cuerpos de aquellos miles y miles de cautivos llevados a Cuba desde África contra su voluntad los que hicieron posible la acumulación de tantos y tantos capitales en la Isla. A la mayor de las Antillas no sólo llegaron, sin embargo, forzados cautivos africanos, convertidos en Cuba en esclavos y cuyo sudor regaría los campos de caña para multiplicar las ganancias de sus dueños, sino que también lo hicieron de manera voluntaria muchos jóvenes inmigrantes peninsulares en busca de fortuna. El caso que representa Antonio López no fue, ni mucho menos, único. Como él, muchos otros jóvenes españoles emigraron en aquellos años a Cuba, otros también a Puerto Rico, con la esperanza de hacer las Américas, y algunos de ellos en efecto lo consiguieron.
Aunque todavía con poco patrimonio propio, no cabe duda de que apenas dos años y medio después de haberse instalado en Santiago de Cuba el joven López había conseguido tejer alianzas con acaudalados empresarios de dicha ciudad, como Bru o como Valdés, quienes no dudaron en confiarle sus caudales o la administración de sus bienes en su ausencia. Para el cántabro, aquélla fue también una vía para la obtención de nuevas ganancias. Sabemos que durante tres años y medio, entre marzo de 1844 y septiembre de 1847, Valdés llegó a prestar a López un mínimo de 20.132 pesos con 8 céntimos, una cantidad respetable que superaba el valor que tenía entonces el almacén de la calle Santo Tomás del joven comillano, cifrado en torno a los 12.000 pesos.
A las pocas semanas de su arribo a la ciudad de Santiago, el 24 de julio de 1849, tuvo lugar la disolución de la sociedad Valdés y López. La dote que Antonio López había obtenido merced a su matrimonio con Luisa Bru Lassús le permitió prescindir de su antiguo socio Domingo Valdés para recuperar el pleno control y la propiedad tanto de su antiguo almacén de ropas como del resto de sus negocios. La escueta escritura de disolución de Valdés y López no ofrece mucha información sobre el valor de dicha empresa ni tampoco sobre el capital de sus socios o los beneficios que había generado. Tan sólo nos informa de que la susodicha compañía se disolvió «retirando Valdés su capital y utilidades, y quedando a cargo de los dos primeros [Antonio y Claudio López] el establecimiento.
A su regreso a Cuba, tras su boda en Barcelona, Antonio López y López amplió rápidamente tanto el capital como las actividades de su santiaguera casa de comercio, y que supo ampliar también su círculo de relaciones empresariales y políticas. Pudo, de aquella manera, emprender nuevos y variados negocios y registrar, en unos pocos años, un sensible incremento patrimonial. Si en el momento de casarse, en noviembre de 1848, López no había podido aportar a la nueva sociedad conyugal cantidad alguna en forma de esponsalicio, casi ocho años después, en septiembre de 1856 y al otorgar testamento, reconocía expresamente «que el dote de diez mil duros que trajo mi esposa al tiempo de nuestro matrimonio, ha ganado desde entonces otra suma igual» y añadía, por si fuera poco, «que durante mi matrimonio y secundado por ella [mi esposa] en todos mis asuntos he adquirido la mayor parte de mis capitales».

Como reconoció de forma abierta Antonio López a finales de 1850, no cabe duda de que su firma Antonio López y Hermano se dedicaba a comprar y vender un gran número de esclavos criollos (algo que era entonces completamente legal), para lo cual los adquirían en Santiago de Cuba (donde su precio era menor) y los enviaban a otros lugares del centro y, sobre todo, el occidente de la Isla, donde su precio acostumbraba a ser más alto. Y aquel margen entre ambas operaciones contribuía a alimentar la cuenta de ganancias de la citada empresa. De su actividad como intermediarios en las operaciones de compraventa de esclavos no cabe duda.
Al ser interrogado en diciembre de 1850 en relación con el alijo de la goleta Deseada , Antonio López declaró que se venía dedicando a la compra y venta de esclavos desde hacía cuatro años, o sea, desde diciembre de 1846. Quiero señalar que la primera referencia documental que he encontrado relativa a su participación en dicha actividad viene a confirmar sus aseveraciones. El 13 de enero de 1847 Antonio López acudió ante un notario de Santiago de Cuba para hacer constar la venta a favor de «Gabriel Pons, vecino de esta ciudad, para sí y sus sucesores [de] un negro que me pertenece en pleno dominio nombrado Francisco, casta luango, como de 25 años» a cambio de 500 pesos fuertes. Ocho meses después, el 19 de agosto de 1847 Antonio López volvió a acudir ante el mismo notario para retirar los poderes que había conferido previamente «al Lic. Don Joaquín Galain, y ha estado desempeñando este en los autos con Doña Petrona López sobre remate de unos esclavos», para otorgarlos, de nuevo y en su lugar, a favor del «otro Licenciado Don Hilario de Cisneros Saco, residente en la Ciudad de La Habana».
La fama de la empresa Valdés y López, primero, y sobre todo de su sucesora, la firma Antonio López y Hermano, después, trascendió los límites de la ciudad de Santiago de Cuba e incluso de la región oriental de la Isla. Quienes en La Habana, en Matanzas o en Cienfuegos necesitaban comprar un número relativamente crecido de esclavos sabían que podían conseguirlos en Santiago de Cuba a través de los hermanos López. Así lo hizo, por ejemplo, el habanero Antonio de la Torriente, quien consiguió comprar de golpe un total de cincuenta y cinco personas esclavizadas (provenientes, en este caso, de la sucesión del difunto empresario cafetalero Tomás Bravo, suegro de Joaquín Eizaguirre) en la primavera de 1853, gracias precisamente al encargo formal que había hecho de forma previa a la sociedad Antonio López y Hermano.
El número de esclavos vendidos por la sociedad Antonio López y Hermano se disparó en 1851.

Antonio López suscribió entonces el número máximo de títulos que se permitía a los accionistas particulares (150 títulos de 1.250 pesetas cada uno), debiendo afrontar un primer desembolso del 6 por ciento de su valor nominal, o sea, 11.250 pesetas en total. Aunque la iniciativa partió de la Sociedad Catalana General de Crédito no cabe duda de que Antonio López tuvo, desde el primer momento, un protagonismo destacado en aquella nueva firma aseguradora. No en vano formó parte, junto con Tomás Coma, Agustín Robert y Ramón Comas, de la «Junta provisional de la Sociedad Mallorquina de Seguros Marítimos», una reducida comisión cuya primera función fue tramitar la preceptiva aprobación de los estatutos sociales, tal como se exigía en la Ley de Sociedades Anónimas de 1848.
Poco pudo hacer, sin embargo, Antonio López en persona durante aquellas primeras semanas. No pudo asistir, por ejemplo, a una segunda reunión de los accionistas promotores de La Mallorquina, celebrada el 15 de junio de 1857, porque estaba lejos de Barcelona.
Estando en la Isla, López tomó parte directa en la creación de una nueva y magna entidad financiera domiciliada en Santiago de Cuba llamada Crédito Fomento y Seguros de Cuba. Cabe señalar que aquel año, la Gran Antilla estaba registrando una verdadera fiebre de creación de sociedades anónimas, y aunque el epicentro de aquella ola se situaba en La Habana, el resto de las ciudades de la Isla también tomaron parte, de una u otra manera, en un fenómeno que acabó tan rápidamente como había llegado, con una pronta y profunda crisis financiera que acabaría llevándose por delante la mayor parte de aquellas empresas de nueva creación. El momento álgido de aquella fiebre inversora coincidió con el breve regreso de Antonio López a Cuba. Así, el de Comillas pudo participar directa y personalmente en la fundación de aquel Crédito, Fomento y Seguros de Cuba, creado en Santiago de Cuba el 29 de julio de 1857 a partir de la iniciativa de catorce individuos o empresas, en su mayor parte de dicha ciudad, aunque contaba también con la presencia de alguna firma habanera. Junto con Antonio López, entre la nómina de fundadores de aquel nuevo banco santiaguero figuraba su primo José Gayón y su abogado Gonzalo Villar, así como diversas empresas participadas por empresarios catalanes, tal que Raventós Hermano y Cía., Casadevall Marió y Cía., Bueno Baralt y Cía., Salvador Lletjós y Cía. o la habanera Revuelta Demestre y Cía. El capital de aquella nueva empresa era ciertamente exorbitado (se fundó con un capital nominal de cuatro millones de pesos aunque estaba previsto que lo pudiese doblar hasta alcanzar los ocho millones de pesos, es decir, cuarenta millones de pesetas) y sus funciones eran tan amplias como diversas.

Tras haberse instalado, en 1855, en Barcelona, Antonio López empezó a invertir buena parte de sus caudales en diversos sectores de la economía española. Algunas de sus inversiones tuvieron por objeto impulsar nuevas empresas (como la aseguradora La Mallorquina y, sobre todo, la sociedad A. López y Cía., a la que me referiré enseguida), mientras que otras nacieron de una mentalidad claramente rentista. Estando precisamente en Madrid para firmar la escritura social de su firma naviera, en enero de 1857, López aprovechó para negociar la compra de un censo creado en 1779, un proceso que tardó en culminarse unas cuantas semanas. Así, de regreso a Barcelona, el 18 de febrero de 1857, Antonio López y López pudo otorgar poderes a favor del madrileño Pedro Elvira López «para que realice la adquisición que por cuenta y orden del señor compareciente tiene concertada verbalmente, de un censo de cien mil reales de capital con réditos del tres por ciento al año, constituido sobre varias tierras, casas y otros bienes situados en la Villa y término de la Universidad de Agost, provincia de Alicante».
En el plano de la promoción empresarial cabe recordar que una de las primeras compañías en cuya fundación había participado Antonio López tras su instalación en Barcelona fue, como vimos, La Mallorquina de Seguros Marítimos. Aunque aquella firma aseguradora se constituyó en marzo de 1857, la autorización gubernamental con la preceptiva aprobación de sus estatutos no llegó hasta nueve meses después. Lo hizo el último día de 1857, mediante una Real Orden expedida por el Ministerio de Fomento. Acto seguido, y tras una nueva junta general de accionistas celebrada el 14 de febrero de 1858, la junta directiva de aquella empresa aseguradora empezó a exigir a los accionistas que desembolsasen el 10 por ciento del capital nominal de sus títulos. Pronto se encontraron, no obstante, con que algunos de ellos no lo quisieron hacer y dicha junta directiva tuvo que actuar contra los mismos judicialmente. Los problemas arrancaban, de hecho, de la crisis financiera internacional que había estallado en 1857, la cual se había hecho notar, en Barcelona, a partir de mayo de dicho año y que acabaría afectando principalmente a las compañías de seguros marítimos ya constituidas que cotizaban en la oficiosa bolsa de Barcelona. La caída en la contratación de acciones de las aseguradoras reflejaba la pérdida de confianza de los capitalistas catalanes en el sector, lo que acabaría provocando una devaluación de dichos títulos. La multiplicación, por otro lado, de nuevas compañías de seguros se había traducido en sobreinversión y en competencia excesiva. Con este panorama, La Mallorquina de Seguros Marítimos acabaría finalmente optando por no comenzar su actividad. No fue aquélla, sin embargo, la principal iniciativa empresarial financiada en la España peninsular en 1857 por el cántabro Antonio López y López, sino la firma naviera que llevó su nombre: la sociedad Antonio López y Compañía, una empresa catalana cuya acta de nacimiento se formalizó, no obstante, en Madrid.
Desde su inauguración, los vapores de la naviera López cubrían la susodicha línea del Mediterráneo con dos viajes semanales pero el 17 de febrero de 1859 la citada sociedad compró, también por 110.000 pesos, un tercer vapor al que dieron el nombre de Marsella , 8 un buque que permitió a dicha empresa programar tres viajes semanales entre Alicante y Marsella. No cabe duda de que la apuesta de los hermanos López, los hermanos Eizaguirre y Patricio Satrústegui no sólo cumplía sus expectativas sino que empezaba a dar sus primeros frutos. Fue entonces cuando la susodicha naviera tuvo una primera y gran oportunidad para obtener grandes beneficios en un período corto de tiempo. Fue gracias a la llamada guerra de África, entre 1859-1860. Para la campaña militar relámpago que el gobierno de la Unión Liberal desencadenó contra Marruecos necesitó el concurso de vapores mercantes que transportasen tropas, municiones y víveres hasta las costas africanas. El gobierno contó para ello con el apoyo interesado de la naviera de López desde los primeros días del conflicto.

La adquisición, primero, y las ulteriores reformas y modificaciones realizadas en el Palau Moja, después, coincidieron en el tiempo con una fallida negociación en la que se vio implicado Antonio López. Fue a mediados de 1871 cuando los hermanos Leopoldo y José Gil Serra intentaron que el empresario de Comillas les comprase sus 108 hectáreas de terreno, ubicadas también en la antigua Cuadra de la Mogoda y, por lo tanto, contiguas a su finca de Santa Perpètua. Los Gil tenían necesidad de liquidez y pensaron realizar uno de sus activos inmuebles, dando por supuesto que su rico vecino podía estar interesado en comprarlo. Pero Antonio López era un empresario duro y correoso, y a Leopoldo Gil Serra le tocó sufrirlo en primera persona. De hecho, los hermanos Gil tuvieron que desistir de su intento al comprobar que el potencial comprador les ofrecía una cantidad ridícula.
A finales de 1871 cuando se dio el pistoletazo de salida a la construcción del futuro dique de Matagorda, también entonces tuvo lugar la fundación del Círculo Hispano Ultramarino de Barcelona, una entidad cuyo primer vicepresidente fue Antonio López y López y cuyo primer presidente fue su único consuegro, Juan Güell Ferrer. La reunión constitutiva de dicho grupo de presión tuvo lugar en la Casa Lonja de Barcelona, el 28 de diciembre de 1871. Cabe señalar que un mes antes, en noviembre, se había creado en Madrid el primer Círculo Hispano Ultramarino de toda España, una entidad que quedó bajo la presidencia de Juan Manuel de Manzanedo, primer marqués de Manzanedo.

López se había consolidado como un catalizador capaz de integrar en sus iniciativas a algunos de los más destacados indianos radicados en la Península, primero en su naviera A. López y Cía. y más adelante en el Crédito Mercantil. Aquellos importantes intereses indianos se habían expresado, asimismo, en la creación del Círculo Hispano Ultramarino de Barcelona en diciembre de 1871. La adscripción de la mayor parte de los hombres que se organizaron en dicho centro a la causa alfonsina es innegable. La composición de la Diputación de Barcelona, renovada en enero de 1875 tras la Restauración monárquica, lo refleja claramente: hombres como Antonio López, José Ferrer Vidal, José Antonio Salom, José Canela y Melchor Ferrer, miembros todos ellos de la junta directiva del Círculo Hispano Ultramarino, fueron nombrados diputados de la nueva corporación. Junto a ellos, otros indianos como Francisco Jaurés, Manuel Vidal Quadras e incluso Antonio Samá Urgellés (socio de Samá Sotolongo y Cía., de La Habana) se incorporaron también a la nueva Diputación.
FUNDADORES CUBANOS DEL BANCO HISPANO COLONIAL
A. López y Cía. / 5.250.000 pesetas
Banco Español de La Habana / 2.500.000 pesetas
Evaristo Arnús / 1.875.000 pesetas
Manuel Girona / 1.000.000 pesetas
Luis de Navás / 750.000 pesetas
J. M. Serra e hijo / 525.000 pesetas

Vale la pena resumir cuáles fueron los cuatro elementos esenciales del convenio definitivo entre los prestamistas y el Ministerio de Ultramar que se acabaría firmando en Madrid el 12 de octubre de 1876:
1) Un elevado tipo de interés . El tipo de interés efectivo al que el Banco Hispano Colonial prestó el dinero al Estado fue del 12 por ciento, muy por encima de la media que regía en los préstamos a particulares con garantía hipotecaria, así como por encima del tipo de interés de la deuda pública española en aquellos años.
2) La recaudación de las aduanas cubanas como garantía . El cobro de intereses, así como la amortización del capital prestado, se garantizaba con los productos de la renta de aduanas en la Gran Antilla. Para ello se ensayó una forma de cogestión que otorgaba un gran poder al banco: en el susodicho convenio se acordó que no podían «alterarse los actuales Aranceles de la Isla de Cuba, sin que previamente se ponga el Gobierno de acuerdo con la Sociedad», así como se le reconocía al banco el derecho a proponer los empleados de las aduanas, sin perjuicio del derecho último de nombramiento del gobierno.
3) El patrimonio del Estado como hipoteca . Uno de los pactos del convenio de 5 de agosto de 1876 obligaba al gobierno a dar «cuenta a las Cortes en una de sus primeras sesiones del presente contrato y pedir la garantía nacional para la amortización e intereses del anticipo, en el caso de que las rentas de la Isla no alcancen a cubrirla». Como resultado de ese compromiso, el gobierno acabaría promulgando la Ley de Garantía Eventual de la Nación, el 13 de enero de 1877, cuyo único artículo decía: «La Nación española garantiza eventualmente la amortización e intereses del anticipo de quince a veinticinco millones de pesos, con destino a las atenciones de la isla de Cuba […] en el caso de que los recursos propios y las rentas públicas de dicha Isla no fueran suficientes al efecto».
4) La consideración de las acciones del banco como efectos públicos . Si el Hispano Colonial se había asegurado un alto tipo de interés, la recaudación de las aduanas cubanas como fuente de ingresos y el patrimonio del Estado como hipoteca, el siguiente paso fue conseguir del gobierno que las acciones del banco se considerasen análogas «por completo a los demás efectos del Estado».

Con aquellas ventajosas condiciones, el siguiente paso dado por Antonio López y sus socios en aquella nueva aventura empresarial fue transformar jurídicamente el susodicho empréstito en un banco, el Hispano Colonial, una nueva entidad financiera que se fundó de manera formal en Barcelona el 30 de octubre de 1876. De aquella manera, cada uno de los suscriptores podía transformar su participación en el empréstito en acciones que podían venderse en bolsa. La peculiaridad de aquella nueva institución financiera llamada Banco Hispano Colonial (un rasgo que, como veremos, dejaría de ser tal a partir de 1880) radicaba en que su única finalidad era la gestión del préstamo al gobierno por la guerra de Cuba.
En sus cuatro primeros ejercicios en funcionamiento, o sea, entre octubre de 1876 y el mismo mes de 1880, la cantidad total que el Hispano Colonial repartió entre sus accionistas en forma de dividendos ascendió a 62.311.184 pesetas. Dicha cifra supone casi el 83 por ciento del capital fundacional de esta entidad financiera, que había sido, como antes vimos, de 75 millones de pesetas. Dicho de otra manera, en tan sólo cuatro años los accionistas del banco presidido por Antonio López habían podido recuperar cerca del 83 por ciento de su inversión inicial, manteniendo mientras tanto bajo su propiedad los títulos que habían suscrito en el momento de su fundación y los cuales podían vender, en bolsa, en cualquier momento para recuperar su inversión. Cabe añadir que, según el mandato estatutario, solamente un 80 por ciento de los beneficios líquidos generados por el Banco Hispano Colonial podía dedicarse al reparto de dividendos entre sus accionistas; el 20 por ciento restante se dedicaba a remunerar al consejo de administración y a gratificar los servicios de los altos empleados ejecutivos del banco, así como la colaboración leal de los funcionarios que prestaban sus servicios en las aduanas de Cuba.

Antonio López había conseguido, de hecho, que en su villa natal se alojasen por unos días no sólo Alfonso XII y la familia real sino también destacados políticos y militares españoles. López convirtió también a Comillas en el lugar donde se dieron cita varios ministros, empezando por el presidente del Consejo, quienes allí tomaron o rubricaron algunos acuerdos de gobierno. Cabe señalar que, más allá de aquella reunión, Sagasta y Martínez Campos quisieron disfrutar de dos días más en Comillas y que no llegaron a Madrid hasta el jueves 8 de septiembre. Llegaron el mismo día en que los reyes fueron a visitar la cercana villa de San Vicente de la Barquera, aprovechando así sus vacaciones en Comillas para conocer determinados lugares de la región. Sin ir más lejos, tres días más tarde, el 11 de septiembre, visitaron la villa de Suances y un día después la de Santoña. Las infantas tenían, eso sí, su propia agenda.
Alfonso XII acabó, por su parte, tan contento con aquella su primera estancia en Comillas que no sólo otorgó efectivamente a Antonio López y López la grandeza de España de primera clase sino que quiso, además y como veremos en el siguiente capítulo, repetir la experiencia en el verano de 1882. Entre el primer y el segundo veraneo real, eso sí, el primer marqués de Comillas desarrolló una intensísima labor empresarial, destacando la promoción de nuevos proyectos como el de la Compañía General de Tabacos de Filipinas. Y adquirió también su condición de senador por derecho propio.

La incorporación de Antonio López y de otros empresarios catalanes a la propiedad de Caminos de Hierro del Norte debió hacerse de acuerdo con el hasta entonces gran accionista de dicha compañía, el Crédito Mobiliario Español, sociedad que pasó de tener 35.000 acciones en 1878 a solamente 10.000 el año siguiente. El grupo francés de accionistas de Norte, articulado en torno al Crédito Mobiliario y liderado por la familia Péréire, fue perdiendo peso, aunque no influencia, en el conjunto de la sociedad. En 1879 más de la mitad de las acciones de Norte estaban en manos del grupo Péréire y, tres años más tarde, ese porcentaje había bajado a menos de una tercera parte. En aquellos años el marqués de Comillas había madurado, al parecer, el proyecto de unificar el mayor número posible de empresas ferroviarias españolas en una sola compañía (Norte), si bien para abordar definitivamente su plan quiso esperar a que la recién creada Compañía General de Tabacos de Filipinas empezase a rodar. Fue en ese contexto en el que negoció la compra de las asturianas minas de carbón de la firma La Montañesa, con el objetivo de aprovisionar de carbón dicho conglomerado ferroviario, además de su propia naviera. El que era entonces secretario del Banco Hispano Colonial, el polígrafo vasco Arístides de Artiñano Zuricalday, informó de las intenciones que López tenía, a finales de 1882, en relación con la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte. Antonio López no llegó a tiempo, sin embargo, de materializar sus proyectos porque la muerte pronto se cruzó en su camino. Acabada felizmente la primera junta de accionistas de la Compañía General de Tabacos de Filipinas, celebrada en Barcelona el lunes 15 de enero de 1883, el marqués de Comillas regresó a su casa. Allí pasó también el día siguiente. Aquel martes López estuvo tal vez ocupado en hacer avanzar sus proyectos ferroviarios y mineros. No obstante, como no acababa de encontrarse bien, decidió acostarse un rato a media tarde. Y ya no volvió a levantarse. En el Palau Moja descubrieron su repentina e inesperada muerte a las diez de la noche de aquel mismo 16 de enero de 1883. A sus sesenta y cinco años, Antonio López y López, primer marqués de Comillas y grande de España de primera clase.

Según el periódico La Vanguardia , la comitiva que seguía al féretro de Antonio López se componía «por lo menos de unas 2.000 personas entre las que figuraban todas las notabilidades del comercio, ciencias, artes y letras de Barcelona, confundidas, sin distinción de clases ni matices políticos, y cuyos nombres no citamos para no incurrir en olvidos involuntarios». De hecho y tal como publicó aquella misma tarde el Diario de Barcelona : «Este entierro ha sido para Barcelona un verdadero acontecimiento, tanto por la suntuosidad del acto como por el inmenso gentío que llenaba la Rambla y la calle de Fernando VII, plaza de la Constitución y alrededores de la Catedral». La presencia, de hecho, de una verdadera multitud de personas tuvo consecuencias tan inesperadas como indeseadas, tal como describía el mismo periódico: «Como los municipales no han podido detener la oleada de gente que ha entrado en la Catedral apenas ha llegado el cadáver, una gran parte del duelo no ha podido asistir a los divinos oficios».
Entre las múltiples semblanzas que loaban la figura del primer marqués de Comillas puede destacarse la que publicó Eugenio Martínez Vallejo en La Ilustración Española y Americana . Se sirvió dicho autor de numerosos epítetos, todos positivos, para calificar a Antonio López, a quien definió como «patricio insigne», «caritativo magnate», «noble caballero», «buen cristiano», además de «inteligente y afortunado comerciante» y de «opulento y patriótico naviero». Por todas aquellas virtudes hacía público dicho autor su deseo de «hacer imperecedero el nombre del marqués de Comillas», quien se había «ganado el más legítimo derecho a la aureola de la inmortalidad». Reclamaba así, de hecho, la necesidad de levantar algún tipo de estatua o de elemento conmemorativo que perpetuase la memoria del difunto Antonio López.
El conjunto monumental situado en la rebautizada plaza de Antonio López fue objeto de discordia prácticamente desde su inauguración. Lo fue entonces, a finales del siglo XIX ; lo siguió siendo, durante buena parte del siglo XX ; y lo ha vuelto a ser ahora, a principios del siglo XXI . Este último renacer de la polémica en torno al monumento barcelonés de Antonio López se ha producido mientras tenían lugar, en los Estados Unidos de América, debates muy parecidos en torno a la oportunidad de mantener en pie y en el espacio público aquellos símbolos que seguían glorificando la historia y la memoria de la Confederación esclavista del sur del país, como por ejemplo las estatuas en honor de Robert E. Lee.
Bienvenida sea, pues, la controversia si sirve, cuando menos, para alimentar un mejor conocimiento de nuestro pasado, con sus claros, sus oscuros y sus claroscuros. Y si sirve también para abrir el debate sobre las necesarias políticas de memoria en torno a la cuestión de la esclavitud y del comercio de esclavos, en Barcelona, en Cataluña y en España.

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An interesting book that highlights the importance of history in these times of political correctness.

On the morning of Sunday, March 4, 2018, in an act as festive as it was political, some workers removed from its pedestal the statue of Antonio López y López, first Marquis of Comillas (1817-1883), previously located in the square of the same name. Barcelona. In doing so, they were executing a decision adopted by the municipal government team, made up exclusively of councilors from Barcelona en Comú and headed by the mayor, Ada Colau. When removing this statue from public space, those responsible for the Barcelona City Council scrupulously applied one of the promises of the electoral program with which Barcelona en Comú had presented itself to the municipal elections of May 24, 2015, according to which they had made the commitment to «promote a complete revision of the gazette and memory spaces in the city to ensure that it remains free of apologetic references in the memory of slavery, Francoism and fascism.» In this case, the real Antonio López, in whose honor that statue had been raised in 1884, was accused of having been linked, while he lived in Santiago de Cuba, to the world of slavery, in general, and to the trade of enslaved Africans. , in particular.
Whether or not said character dedicated himself to trading with slaves, the defenders of his figure agree that removing the aforementioned statue from public space is part of an absurd historical presentism, that is, of a vision that judges the past with the eyes of the present . And, beyond highlighting the virtues of the controversial character, they understand that his eventual dedication to the trafficking of enslaved Africans does not justify, in any case, the decision to dismantle his statue or to rename, with another name, the Plaza de Antonio López .

Antonio López y López was born on April 12, 1817. His parents were María López de Lamadrid Fernández and Santiago López Ruiz del Piélago, born in 1794 and 1795, respectively. Antonio was the second of the three children born in this marriage, his brothers Genara (the oldest, born on September 29, 1813) and Claudio (the youngest, who did the same on October 15, 1818). The three brothers López and López were born in the Cantabrian town of Comillas. It should be noted that Antonio López y López barely got to know his father, who died, precisely in Cádiz, on October 8, 1819, when he was two and a half years old. That unexpected death left his young mother a widow when she was barely twenty-five years old and with three young children in her care.

It seems quite clear that in adolescence Antonio López became a true jándalo (an andalusian who was born in Cantabria), as before his own father and at least one of his great-grandparents had been. His career fit, in fact, with a relatively frequent profile among his neighbors. Without going any further, in the municipal register of Comillas from 1841 there are a total of 47 absent individuals (6.2 percent of a total population of 753 inhabitants), who then lived in a town in the region between Seville, Cádiz , Jerez and Sanlúcar de Barrameda. The other destinations chosen by the emigrant comillanos were, then, Manila (five individuals), Havana (four) and various cities in continental America (eight, in total). 3 We also know that after his Andalusian experience, the young Antonio López sought new horizons in America that would allow him to improve his fortune.
Some biographers affirm that, like a good jándalo, López set sail for the New World from Cádiz (the closest seaport to Lebrija and Jerez), while others state that he did so from Santander (the closest to Comillas, where López would have returned during a time).
López was in Cuba (probably in Havana) for three years, between 1838 and 1841. At that time he probably had to save his first money, which allowed him to send funds to his mother, who continued to live in Quotation marks. As a good friend of López’s, the Catalan journalist and intellectual Juan Mañé y Flaquer, would pick up years later.
At that time, the wealth of the island of Cuba far exceeded that of its poor and disturbed mother, mainland Spain, who was suffering in those years a bloody and destructive civil war, a conflict from which our man had fled precisely until end up landing in the Greater Antilla. The peculiar relationship between the colony of Cuba and its metropolis Spain is better appreciated if we understand the importance of a railway being built earlier in a colony (Havana-Güines, in Cuba, in 1837) than in its metropolis (Barcelona-Mataró, in Spain, in 1848).
It should not be forgotten that the other side of that Cuban opulence came from the exploitation of thousands and thousands of enslaved Africans. Without slaves there was no sugar and without sugar there was no wealth. It was precisely the arms and bodies of those thousands and thousands of captives brought to Cuba from Africa against their will that made possible the accumulation of so many capitals on the island. They not only arrived in the largest of the Antilles, without However, forced African captives, turned into slaves in Cuba and whose sweat would irrigate the cane fields to multiply the profits of their owners, but also many young peninsular immigrants in search of their fortune did so voluntarily. The case that Antonio López represents was by no means unique. Like him, many other young Spaniards emigrated to Cuba in those years, others also to Puerto Rico, with the hope of making the Americas, and some of them actually succeeded.
Although still with little of his own assets, there is no doubt that just two and a half years after settling in Santiago de Cuba, young López had managed to forge alliances with wealthy businessmen from that city, such as Bru or Valdés, who did not hesitate to entrust him with their funds or the administration of their assets in their absence. For the Cantabrian, that was also a way to obtain new profits. We know that for three and a half years, between March 1844 and September 1847, Valdés even loaned López a minimum of 20,132 pesos and 8 cents, a respectable amount that exceeded the value of the warehouse on Santo Tomás del young comillano, estimated at around 12,000 pesos.
A few weeks after his arrival in the city of Santiago, on July 24, 1849, the dissolution of the Valdés y López society took place. The dowry that Antonio López had obtained thanks to his marriage to Luisa Bru Lassús allowed him to dispense with his old partner Domingo Valdés to regain full control and ownership of both his old clothing store and the rest of his businesses. The brief deed of dissolution of Valdés y López does not offer much information about the value of said company or about the capital of its partners or the benefits it had generated. It only informs us that the aforementioned company was dissolved “with Valdés withdrawing the capital and profits from it, and the establishment being left in charge of the first two [Antonio and Claudio López].
Upon his return to Cuba, after his wedding in Barcelona, Antonio López y López rapidly expanded both the capital and the activities of his trading house from Santiago, and also knew how to expand his circle of business and political relations. He was able, in that way, to undertake new and varied businesses and register, in a few years, a significant increase in assets. If at the time of marrying, in November 1848, López had not been able to contribute any amount to the new conjugal society in the form of a nuptial, almost eight years later, in September 1856 and when granting a will, he expressly recognized «that the dowry of ten thousand dollars that my wife brought to the time of our marriage, has since earned another equal sum ”and added, as if that were not enough,“that during my marriage and supported by her [my wife] in all my affairs I have acquired the greatest part of my capitals».

As Antonio López openly recognized at the end of 1850, there is no doubt that his firm Antonio López y Hermano was dedicated to buying and selling a large number of Creole slaves (something that was then completely legal), for which they acquired them in Santiago de Cuba (where their price was lower) and they were sent to other places in the center and, above all, the west of the island, where their price used to be higher. And that margin between both operations contributed to feed the profit account of the aforementioned company. There is no doubt about their activity as intermediaries in the sale and purchase of slaves.
When questioned in December 1850 in relation to the stash of the schooner Deseada, Antonio López declared that he had been engaged in the purchase and sale of slaves for four years, that is, since December 1846. I want to point out that the first reference Documentary that I have found related to his participation in said activity confirms his assertions. On January 13, 1847, Antonio López went to a Santiago de Cuba notary to record the sale in favor of «Gabriel Pons, a resident of this city, for himself and his successors [of] a black man who belongs to me in full domain named Francisco, Luango caste, about 25 years old ”in exchange for 500 strong pesos. Eight months later, on August 19, 1847, Antonio López again went to the same notary to withdraw the powers that he had previously conferred “on Mr. Joaquín Galain, and he has been performing this in the proceedings with Doña Petrona López on auction of some slaves «, to grant them, again and in his place, in favor of» another lawyer Don Hilario de Cisneros Saco, resident in the City of Havana. »
The fame of the company Valdés y López, first, and especially of its successor, the firm Antonio López y Hermano, later, transcended the limits of the city of Santiago de Cuba and even the eastern region of the island. In Havana, in Matanzas or in Cienfuegos, they needed to buy a relatively large number of slaves, they knew they could get them in Santiago de Cuba through the López brothers. This was done, for example, by the Havana-born Antonio de la Torriente, who managed to buy at once a total of fifty-five enslaved people (coming, in this case, from the succession of the late coffee businessman Tomás Bravo, Joaquín Eizaguirre’s father-in-law) in the spring of 1853, thanks precisely to the formal commission that Antonio López y Hermano had previously made to the society.
The number of slaves sold by the Antonio López y Hermano society soared in 1851.

Antonio López then subscribed the maximum number of titles that private shareholders were allowed (150 titles of 1,250 pesetas each), having to face a first payment of 6 percent of their nominal value, that is, 11,250 pesetas in total. Although the initiative came from the Catalan General Credit Society, there is no doubt that Antonio López had, from the first moment, a prominent role in that new insurance firm. Not in vain did he form part, along with Tomás Coma, Agustín Robert and Ramón Comas, of the «Provisional Board of the Majorcan Maritime Insurance Society», a small commission whose first function was to process the mandatory approval of the bylaws, as stated required in the Public Limited Companies Act of 1848.
However, Antonio López could do little in person during those first weeks. He could not attend, for example, a second meeting of the promoter shareholders of La Mallorquina, held on June 15, 1857, because he was far from Barcelona.
While on the island, López took a direct part in the creation of a new and great financial entity domiciled in Santiago de Cuba called Credito Fomento y Seguros de Cuba. It should be noted that that year, the Greater Antilla was experiencing a true fever for the creation of joint-stock companies, and although the epicenter of that wave was located in Havana, the rest of the island’s cities also took part, in one way or another. , in a phenomenon that ended as quickly as it had come, with a prompt and deep financial crisis that would end up taking away most of those newly created companies. The peak of that investment fever coincided with the brief return of Antonio López to Cuba. Thus, that of Comillas was able to participate directly and personally in the founding of that Credit, Fomento y Seguros de Cuba, created in Santiago de Cuba on July 29, 1857 from the initiative of fourteen individuals or companies, most of them said city, although it also had the presence of a Havana firm. Along with Antonio López, the list of founders of that new bank from Santiago included his cousin José Gayón and his lawyer Gonzalo Villar, as well as various companies owned by Catalan businessmen, such as Raventós Hermano y Cía., Casadevall Marió y Cía., Bueno Baralt y Cía., Salvador Lletjós y Cía. or the Havana Revuelta Demestre y Cía. The capital of that new company was certainly exorbitant (it was founded with a nominal capital of four million pesos although it was expected that it could double it to eight million pesos, that is, forty million pesetas) and its functions were so broad as diverse.

After having settled in Barcelona in 1855, Antonio López began to invest a good part of his funds in various sectors of the Spanish economy. Some of his investments were aimed at promoting new companies (such as the insurance company La Mallorquina and, above all, the company A. López y Cía., Which I will refer to shortly), while others were born from a clearly rentier mentality. Being precisely in Madrid to sign the social deed of his shipping company, in January 1857, López took the opportunity to negotiate the purchase of a census created in 1779, a process that took a few weeks to complete. Thus, on his return to Barcelona, on February 18, 1857, Antonio López y López was able to grant powers in favor of Pedro Elvira López from Madrid “to carry out the acquisition that, at the expense and order of the appearing gentleman, has verbally arranged a census one hundred thousand reales of capital with revenues of three percent per year, constituted on various lands, houses and other assets located in the town and term of the University of Agost, province of Alicante ».
In terms of business promotion, it should be remembered that one of the first companies in whose foundation Antonio López had participated after his installation in Barcelona was, as we have seen, La Mallorquina de Seguros Marítimos. Although that insurance firm was established in March 1857, the government authorization with the mandatory approval of its statutes did not arrive until nine months later. He did so on the last day of 1857, by means of a Royal Order issued by the Ministry of Development. Then, and after a new general meeting of shareholders held on February 14, 1858, the board of directors of that insurance company began to require shareholders to pay 10 percent of the nominal capital of their securities. They soon found, however, that some of them did not want to do so and said board of directors had to act against them judicially. The problems started, in fact, from the international financial crisis that had broken out in 1857, which had become noticeable, in Barcelona, from May of that year and which would end up mainly affecting the already established maritime insurance companies that were listed. in the unofficial Barcelona Stock Exchange. The fall in the hiring of shares in insurance companies reflected the loss of confidence of Catalan capitalists in the sector, which would end up causing a devaluation of these securities. The multiplication, on the other hand, of new insurance companies had resulted in over-investment and excessive competition. With this scenario, La Mallorquina de Seguros Marítimos would finally end up opting not to start its activity. However, this was not the main business initiative financed in peninsular Spain in 1857 by the Cantabrian Antonio López y López, but the shipping company that bore his name: the Antonio López y Compañía company, a Catalan company whose birth certificate was However, it formalized in Madrid.
Since its inauguration, the steamships of the López shipping company covered the aforementioned Mediterranean line with two weekly trips, but on February 17, 1859, the aforementioned company bought, also for 110,000 pesos, a third steamship to which they gave the name of Marseille, 8 a vessel that allowed the company to schedule three weekly trips between Alicante and Marseille. There is no doubt that the bet of the López brothers, the Eizaguirre brothers and Patricio Satrústegui not only fulfilled their expectations but was beginning to bear its first fruits. It was then that the aforementioned shipping company had a first and great opportunity to obtain great benefits in a short period of time. It was thanks to the so-called war in Africa, between 1859-1860. For the lightning military campaign that the government of the Liberal Union unleashed against Morocco, it needed the help of merchant steamers to transport troops, ammunition and food to the African coast. The government had the interested support of López’s shipping company from the first days of the conflict.

The acquisition, first, and the subsequent reforms and modifications carried out in the Palau Moja, later, coincided in time with a failed negotiation in which Antonio López was involved. It was in mid-1871 when the brothers Leopoldo and José Gil Serra tried to get the businessman from Comillas to buy their 108 hectares of land, also located in the old Cuadra de la Mogoda and, therefore, adjacent to his Santa Perpètua farm. The Giles were in need of liquidity and considered realizing one of their real estate assets, assuming that their rich neighbor might be interested in buying it. But Antonio López was a tough and tough businessman, and Leopoldo Gil Serra had to suffer it in the first person. In fact, the Gil brothers had to give up their attempt when they found that the potential buyer was offering them a ridiculous amount.
At the end of 1871, when the construction of the future Matagorda dam was launched, the foundation of the Círculo Hispano Ultramarino de Barcelona also took place, an entity whose first vice president was Antonio López y López and whose first president was its only father-in-law, Juan Güell Ferrer. The constitutive meeting of said pressure group took place at the Casa Lonja in Barcelona, on December 28, 1871. It should be noted that a month earlier, in November, the first Spanish Ultramarine Circle of Spain had been created in Madrid, an entity that was under the presidency of Juan Manuel de Manzanedo, first Marquis of Manzanedo.

López had established himself as a catalyst capable of integrating into his initiatives some of the most prominent Indians living in the Peninsula, first in his shipping company A. López y Cía. and later in the Mercantile Credit. Those important Indian interests had also been expressed in the creation of the Círculo Hispano Ultramarino de Barcelona in December 1871. The ascription of most of the men who organized in that center to the Alfonsine cause is undeniable. The composition of the Barcelona Provincial Council, renewed in January 1875 after the Monarchical Restoration, clearly reflects this: men like Antonio López, José Ferrer Vidal, José Antonio Salom, José Canela and Melchor Ferrer, all of them members of the Circle’s board of directors Hispano Ultramarino, were appointed deputies of the new corporation. Along with them, other Indians such as Francisco Jaurés, Manuel Vidal Quadras and even Antonio Samá Urgellés (partner of Samá Sotolongo y Cía., From Havana) also joined the new Diputación.
CUBAN FOUNDERS OF BANCO HISPANO COLONIAL
A. López y Cía. / 5,250,000 pesetas
Spanish Bank of Havana / 2,500,000 pesetas
Evaristo Arnús / 1,875,000 pesetas
Manuel Girona / 1,000,000 pesetas
Luis de Navás / 750,000 pesetas
J. M. Serra and son / 525,000 pesetas

It is worth summarizing what were the four essential elements of the definitive agreement between the moneylenders and the Overseas Ministry that would end up being signed in Madrid on October 12, 1876:
1) A high interest rate. The effective interest rate at which the Banco Hispano Colonial lent the money to the State was 12 percent, well above the average that governed loans to individuals with a mortgage guarantee, as well as above the interest rate on the debt. Spanish public in those years.
2) The collection of Cuban customs as a guarantee. The collection of interest, as well as the amortization of the borrowed capital, was guaranteed with the proceeds of the customs income in Greater Antilla. To do this, a form of co-management was tried that gave great power to the bank: in the aforementioned agreement it was agreed that “the current Tariffs of the Island of Cuba could not be altered, without the Government having previously agreed with the Company”. Just as the bank was recognized with the right to propose customs employees, without prejudice to the ultimate right of appointment of the government.
3) State assets as a mortgage. One of the covenants of the agreement of August 5, 1876, obliged the government to report to the Cortes in one of its first sessions of this contract and request the national guarantee for the amortization and interest of the advance, in the event that the the island’s rents are not enough to cover it ». As a result of this commitment, the government would end up promulgating the Law of Eventual Guarantee of the Nation, on January 13, 1877, whose only article said: “The Spanish Nation eventually guarantees the amortization and interest of the advance of fifteen to twenty-five million pesos , destined to the care of the island of Cuba […] in the event that the own resources and public revenues of said island were not sufficient for this purpose.
4) The consideration of the bank’s shares as public effects. If the Colonial Hispano had secured a high interest rate, the collection of Cuban customs as a source of income and the State’s assets as a mortgage, the next step was to get the government to consider that the bank’s actions were completely analogous to the other effects of the State”.

With those advantageous conditions, the next step taken by Antonio López and his partners in that new business venture was to legally transform the aforementioned loan into a bank, the Hispano Colonial, a new financial entity that was formally founded in Barcelona on October 30. 1876. In this way, each of the subscribers could transform their participation in the loan into shares that could be sold on the stock market. The peculiarity of that new financial institution called Banco Hispano Colonial (a feature that, as we will see, would cease to be such after 1880) was that its sole purpose was to manage the government loan for the war in Cuba.
In its first four years in operation, that is, between October 1876 and the same month of 1880, the total amount that Hispano Colonial distributed among its shareholders in the form of dividends amounted to 62,311,184 pesetas. This figure represents almost 83 percent of the founding capital of this financial institution, which had been, as we saw before, 75 million pesetas. In other words, in just four years, the shareholders of the bank chaired by Antonio López had been able to recover about 83 percent of their initial investment, while keeping under their ownership the titles they had signed at the time of its foundation and the which they could sell, on the stock market, at any time to recoup their investment. It should be added that, according to the statutory mandate, only 80 percent of the liquid profits generated by Banco Hispano Colonial could be dedicated to the distribution of dividends among its shareholders; the remaining 20 percent was dedicated to remunerating the board of directors and rewarding the services of the bank’s senior executive employees, as well as the loyal collaboration of the officials who provided their services in the Cuban customs.

Antonio López had in fact managed to have not only Alfonso XII and the royal family stay in his hometown for a few days, but also prominent Spanish politicians and soldiers. López also made Comillas the place where several ministers met, starting with the president of the Council, who took or signed some government agreements there. It should be noted that, beyond that meeting, Sagasta and Martínez Campos wanted to enjoy two more days in Comillas and that they did not arrive in Madrid until Thursday, September 8. They arrived the same day that the kings went to visit the nearby town of San Vicente de la Barquera, thus taking advantage of their vacations in Comillas to see certain places in the region. Without going any further, three days later, on September 11, they visited the town of Suances and one day later that of Santoña. The infantas had, yes, their own agenda.
Alfonso XII ended up, for his part, so happy with his first stay in Comillas that he not only effectively granted Antonio López and López the greatness of first-class Spain but also wanted to repeat the experience, as we will see in the next chapter. in the summer of 1882. Between the first and second royal summer vacations, of course, the first Marquis of Comillas developed a very intense business effort, highlighting the promotion of new projects such as that of the Compañía General de Tabacos de Filipinas. And he also acquired his status as a senator in his own right.

The incorporation of Antonio López and other Catalan businessmen to the ownership of Caminos de Hierro del Norte had to be done in agreement with the until then large shareholder of said company, the Spanish Furniture Credit, a company that went from having 35,000 shares in 1878 to only 10,000 Next year. The French group of North shareholders, articulated around the Furniture Credit and led by the Péréire family, was losing weight, although not influence, in society as a whole. In 1879 more than half of the shares in Norte were in the hands of the Péréire group and, three years later, that percentage had dropped to less than a third. In those years the Marquis of Comillas had apparently matured the project of unifying as many Spanish railway companies as possible into a single company (North), although to definitively address his plan he wanted to wait for the recently created Compañía General de Tabacos de Filipinas started rolling. It was in this context that he negotiated the purchase of the Asturian coal mines of the La Montañesa firm, with the aim of supplying said railway conglomerate with coal, as well as his own shipping company. The one who was then secretary of the Banco Hispano Colonial, the Basque polygraph Aristides de Artiñano Zuricalday, reported the intentions that López had, at the end of 1882, in relation to the Northern Iron Roads Company. Antonio López did not arrive in time, however, to materialize his projects because death soon crossed his path. Happily ended the first shareholders meeting of the Compañía General de Tabacos de Filipinas, held in Barcelona on Monday, January 15, 1883, the Marquis of Comillas returned to his home. There he also spent the next day. That Tuesday López was perhaps busy advancing his rail and mining projects. However, as he was not quite well, he decided to go to bed for a while in the middle of the afternoon. And he no longer got up. At the Palau Moja they discovered his sudden and unexpected death at ten o’clock in the night of that same January 16, 1883. At sixty-five years old, Antonio López y López, first Marquis of Comillas and first class great of Spain .

According to the newspaper La Vanguardia, the entourage that followed Antonio López’s coffin consisted of “at least 2,000 people, among whom were all the notables of Barcelona’s commerce, science, arts and letters, confused, without distinction of classes or political nuances, and whose names we do not mention so as not to incur involuntary oblivion ». In fact, and as the Diario de Barcelona published that same afternoon: «This funeral was a true event for Barcelona, both for the sumptuousness of the act and for the immense crowd that filled the Rambla and Calle de Fernando VII, Plaza de la Constitution and surroundings of the Cathedral ». The presence, in fact, of a veritable crowd of people had consequences that were as unexpected as they were unwanted, as the same newspaper described: «As the municipalities have not been able to stop the wave of people who have entered the Cathedral, as soon as the body has arrived, a great part of the mourning has not been able to attend the divine services ».
Among the many portraits that praised the figure of the first Marquis of Comillas, the one published by Eugenio Martínez Vallejo in The Spanish and American Illustration can be highlighted. This author used numerous epithets, all positive, to describe Antonio López, whom he defined as «distinguished patrician», «charitable magnate», «noble gentleman», «good Christian», as well as «intelligent and fortunate merchant» and from «opulent and patriotic shipping.» For all these virtues, said author made public his desire to «make the name of the Marquis de Comillas imperishable», who had «earned the most legitimate right to the halo of immortality.» He thus claimed, in fact, the need to erect some kind of statue or commemorative element that would perpetuate the memory of the late Antonio López.
The monumental complex located in the renamed Plaza de Antonio López was the subject of discord practically from its inauguration. It was then, at the end of the 19th century; it continued to be, for much of the 20th century; and it has become so now, at the beginning of the 21st century. This latest rebirth of the controversy around the Barcelona monument of Antonio López has taken place while, in the United States of America, very similar debates were taking place around the opportunity to keep standing and in public space those symbols that continued to glorify the history and memory of the Slave Confederation of the south of the country, such as the statues in honor of Robert E. Lee.
Welcome, then, the controversy if it serves, at least, to nurture a better knowledge of our past, with its light, dark and light shades. And if it also serves to open the debate on the necessary memory policies around the issue of slavery and the slave trade, in Barcelona, Catalonia and Spain.

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