Bajo La Sombra De Los Lobos — Alvydas Šlepikas / Mano Vardas – Marytė by Alvydas Šlepikas

Como de la oscuridad, como un juego de sombras y de luz, como una película en blanco y negro, aparecían las esquirlas del pasado:
invierno de 1946.
Un invierno de posguerra frío y terrible, tiempos de desolación.
Un puente colgaba entre el cielo y la tierra sobre el caudal helado del Nemunas. El viento empujaba polvo de nieve a lo largo del río como si este fuera una autopista. En algunos puntos resplandecía el hielo, lechoso como el mármol. Hacía frío, más de veinte grados Celsius bajo cero.
Puntales de metal se cruzaban entre sí formando una confusa red entre cuyo entramado silbaba el viento. El puente aullaba las canciones del vendaval
En algún lugar sonó un disparo; luego otro. Las mujeres avivaron aún más el paso. A través de los aullidos del viento y los remolinos de nieve empezaron a llegar en bandadas las notas de un acordeón ruso. Aunque fuera un sonido ajeno a ellas, las tranquilizaba por llegar de manera tan inesperada, como de otro mundo. Eva incluso pensó que era ella, su conciencia, quien creaba aquella sencilla melodía en clave mayor, aquel canto a la naturaleza. Eva se aferró a las peladuras de patata que había conseguido en la cantina militar. En casa las esperaban los niños, hambrientos; esos niños a los que quería más que a su propia vida. Con gusto aullaría como una loba, se cortaría un pedazo de su cuerpo para alimentar a sus hijos, esos inocentes que sufrían un castigo divino. Volvía a casa con las sobras desechadas por los soldados rusos. Lotte, la hermana de su marido, secaría las peladuras de patata sobre una pequeña estufa de metal y luego las molería en un viejo molinillo de café para al fin hacer tortas con la harina resultante. Eva no sabría cómo sobrevivir sin Lotte; sin Lotte y sin Martha.
Eva y Martha seguían corriendo en dirección a su casa, encogidas por el viento y por el miedo de que alguien les dirigiera la palabra. Entre los remolinos de nieve surgían de vez en cuando luces, automóviles, soldados, algunas siluetas. Alguien se rio, en algún lugar se oyeron disparos. Intentaron pasar sin ser vistas junto a un grupo de soldados rusos…

Aunque la Segunda Guerra Mundial ha terminado, los soldados rusos se están apoderando de Prusia Oriental. Están obligando a los ciudadanos a abandonar sus hogares. Muchos de esos ciudadanos no tienen adónde ir. Los afortunados viven en los cobertizos de la propiedad que antes tenían. Hay poca o ninguna comida y mucho frío. Algunos de los soldados rusos están violando a las jóvenes y niñas. Desesperadas por comida, las madres están enviando a sus hijos pequeños a través del bosque a Lituania con la esperanza de que puedan pedir comida allí y traer algo de regreso o incluso encontrar trabajo a cambio de comida. Es un viaje peligroso el que están haciendo estos niños pequeños, y a algunos les va mejor que a otros.
El tema de este libro es muy difícil de leer. Es un libro corto, pero tardé más de lo habitual en leerlo porque hubo momentos en que no pude leer más y tuve que dejarlo. He leído tantos libros sobre guerras y las atrocidades cometidas y nunca me ha afectado tanto como este libro. Los personajes principales son niños jóvenes e inocentes a los que se les pide que hagan lo imposible: viajar a través de bosques oscuros, fríos y peligrosos y tratar de encontrar personas honestas y bondadosas que puedan ayudarlos. Como ser humano, no puedo imaginar la desesperación que estaría en la mente de estas mujeres por tomar una decisión así por sus hijos, pero era eso o que se murieran de hambre o se congelaran. Hay algunas escenas en este libro que será difícil sacar de mi mente. La escritura merece un libro excelente, pero el tema era demasiado difícil incluso para este amante de los libros trágicos y oscuros.
Este libro le recuerda al lector que para muchos la Segunda Guerra Mundial fue seguida por un período de hambruna y peligro en el que la gente hizo cualquier cosa para sobrevivir. Para aquellos alemanes en la antigua Prusia Oriental (ahora Kalingrado) también se enfrentaron al desalojo de los nuevos colonos de Rusia.
Este libro sigue la lucha de una familia por la supervivencia y los niños que fueron a Lituania en busca de comida, refugio y tal vez una nueva vida. Es un libro sombrío que cuenta una historia sombría que cubre el hambre, el frío, el despojo, el miedo y la buena persona ocasional. El autor es un guionista y se sintió como el esbozo de una película con pocas palabras y un final colgante.

—¿Estamos en Lituania? —preguntó Albert.
Por supuesto que estaban en Lituania, pero ninguno de los dos sabía hacia dónde debían dirigirse ahora.
Después de reflexionar unos instantes decidieron avanzar en la dirección contraria al sol.
Caminaron un buen rato; llegaron a una carretera, pero no había ningún pueblo ni ninguna aldea, solo bosque. Después, el bosque se acabó y los chicos siguieron andando: pequeños insectos negros en medio de infinitos campos blancos.
Comenzó a oscurecer y los niños sintieron miedo: ¿dónde dormirían?, ¿tendrían que acostarse sobre la nieve? Sin embargo, por fin llegaron a una granja. La casa y los edificios anexos estaban envueltos en la oscuridad, pero alguien había retirado con una pala la nieve del patio; era evidente que allí vivía gente. Al acercarse oyeron los ladridos furiosos de un perro; el guardián del lugar los recibió de malos modos, enseñando los dientes y tirando de su cadena. La casa tenía un aspecto lúgubre y no prometía nada bueno…
Por desgracia, los granjeros no pudieron ofrecerles nada de trabajo, y era obvio que allí no podían quedarse. Aquellas patatas eran quizás todo el alimento con el que contaba la numerosa familia. Bueno, además del tocino. La mujer les dio patatas para el camino. Fue la primera comida que recibían en Lituania. No estaba mal para empezar.

En aquel lúgubre país los bosques no tenían fin y envolvían las granjas y los pueblos como un muro negro. Los lobos ya no temían a las personas; se alimentaban de cadáveres helados.
Las cunetas de los caminos rebosaban de ellos.
Tal vez por eso morían tantos lobos de rabia. O quizás no fuera por eso; también se alimentaban de perros vagabundos.

Qué tiempos estos, Dios mío, todas las noches hay disparos en algún sitio. Dicen que se llevan a gente, aparecen por la noche y se los llevan, y los malditos rusos en nuestra propia casa… Cualquier chispa, cualquier tontería y acabaremos en Siberia. No podemos seguir así, no podemos; tenemos que andar con cuidado, tenemos que pensar en nosotros mismos en lugar de ocuparnos de huerfanitos. Esos niños andan ahora por todas partes, alemanes y rusos y hasta nuestros; no pensarás ocuparte de todos. Ahora hay que pensar en uno mismo, en nosotros mismos.

Renate vagó sin rumbo por las calles de aquella ciudad desconocida. No sabía adónde ir. Por las ventanas de las casas se oían rumores de voces felices, la gente celebraba aquel domingo milagroso. No parecían preocupados por la escasez en esos tiempos de posguerra ni por la nueva ocupación, de la que Renate no comprendía nada. El sol se volvía cada vez más rojo, sus rayos calentaban cada vez menos; la tarde avanzaba a pasos agigantados y un viento frío traía recuerdos del invierno.
Renate encontró una casa en ruinas. Le faltaba casi todo el tejado, pero la niña se acurrucó sobre unas tablas en el rincón más alejado de la entrada.
La noche cayó sobre la ciudad, oscura y fría.
Renate tenía miedo. En algún lugar no muy lejano ladró un perro; luego se oyeron gritos. Renate se encogió, tenía frío, temblaba, pero allí estaba mejor que en la calle; al menos no soplaba el viento.
La mujer vio a Renate y fue como si el mundo se ralentizara hasta casi detenerse. La niña comprendió que quizás no tendría tiempo suficiente, debía decir algo. Le tendió su huevo rojo a la mujer y esta se acercó…

* Jonas Marcinkevičius me propuso rodar juntos un documental sobre los niños alemanes que intentaban salvar la vida en Lituania al acabar la Segunda Guerra Mundial. Por primera vez oí la palabra alemana Wolfskinder, niños lobo. No es de extrañar que yo no supiera nada de los sufrimientos de esos niños, pues ni siquiera los propios alemanes saben mucho al respecto.
El empresario Ričardas Savickas se había puesto en contacto con él. Su propia madre había sido una niña lobo y ahora el hijo quería que el tema se mantuviera vivo, que las desdichas que habían sufrido aquellas personas no cayeran en el olvido. Le habló de la vida de su madre, Renata Markewitz-Savickienė, y no pocos fragmentos y detalles de ese relato han quedado reflejados en mi novela.

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Like out of the darkness, like a play of shadows and light, like a black and white film, the shards of the past appeared:
winter 1946.
A cold and terrible postwar winter, times of desolation.
A bridge hung between heaven and earth over the frozen stream of the Nemunas. The wind blew snow dust along the river as if it were a highway. In places the ice gleamed, milky like marble. It was cold, more than twenty degrees Celsius below zero.
Metal struts crossed each other, forming a confused web between whose lattice the wind whistled. The bridge howled the songs of the gale
Somewhere a shot rang out; then another. The women picked up the pace even more. Through the howling of the wind and swirling snow the notes of a Russian accordion began to come in flocks. Although it was a sound foreign to them, it reassured them by arriving so unexpectedly, as from another world. Eva even thought that it was she, her consciousness, who created that simple melody in a major key, that song to nature. Eva clung to the potato peels she had gotten from the military canteen. The hungry children were waiting for them at home; those children she loved more than her own life. She would gladly howl like a wolf, she would cut off a piece of her body to feed her children, those innocents who suffered divine punishment. She was returning home with the leftovers discarded by the Russian soldiers. Lotte, the sister of her husband, would dry the potato peelings on a small metal stove and then grind them in an old coffee grinder to finally make cakes with the resulting flour. Eva wouldn’t know how to survive without Lotte; without Lotte and without Martha.
Eva and Martha kept running towards their house, hunched over by the wind and afraid that someone would speak to them. From time to time lights, cars, soldiers, some silhouettes appeared among the swirls of snow. Someone laughed, shots rang out from somewhere. They tried to pass unseen with a group of Russian soldiers …

Though the Second World War is over, the Russian soldiers are taking over East Prussia. They are forcing the citizens out of their homes. Many of those citizens have nowhere to go. The lucky ones are living in the sheds on the property they formerly owned. There is little to no food and freezing cold. Some of the Russian soldiers are raping the young women and girls. Desperate for food, the mothers are sending their young children through the forest to Lithuania in the hopes that they can beg for food there and bring some back or even find some work in exchange for food. It’s a dangerous trip that these young children are taking, with some faring better than others.
The subject matter of this book is a very difficult one to read. It’s a short book but it took me longer than usual to read it because there were times I just couldn’t read any more and had to put it down. I’ve read so many books about wars and the atrocities committed and have never been quite as affected as I was by this book. The main characters are young, innocent children who are asked to do the impossible – travel through dark, cold, dangerous forests and try to find honest, caring people who can help them. As a human being, I can’t imagine the desperation that would be in these women’s minds to make such a decision for their children but it was that or have them starve or freeze to death. There are some scenes in this book that it will be difficult to get out of my mind. The writing deserves excellent book but the subject matter was too hard even for this lover of dark, tragic books.
This book reminds the reader that for many WWII was followed by a period of famine and danger with people doing anything to survive. For those Germans in the old East Prussia (now Kalingrad) they also faced eviction from the new settlers from Russia.
This book follows one family’s fight for survival and the children who went to Lithuania looking for food, shelter and maybe a new life. It’s a bleak book telling a bleak story covering hunger, cold, dispossession, fear and the occasional good person. The author is a screen writer and it felt like an outline of a movie with sparse words and a hanging ending.

«Are we in Lithuania?» Asked Albert.
Of course they were in Lithuania, but neither of them knew where they should go now.
After reflecting for a few moments, they decided to move in the opposite direction to the sun.
They walked for a long time; They came to a road, but there was no town or village, only forest. Then the forest ended and the boys kept walking: little black insects in the middle of endless white fields.
It began to get dark and the children were afraid: where would they sleep? Would they have to lie on the snow? However, they finally reached a farm. The house and outbuildings were shrouded in darkness, but someone had shoveled the snow from the yard; it was clear that people lived there. As they approached they heard the furious barking of a dog; the guardian of the place received them in a bad way, showing his teeth and pulling on his chain. The house looked gloomy and did not promise anything good …
Unfortunately, the farmers could not offer them any work, and it was obvious that they could not stay there. Those potatoes were perhaps all the food the large family had. Well, besides the bacon. The woman gave them potatoes for the journey. It was the first meal they had received in Lithuania. It wasn’t bad to start with.

In that gloomy country the forests had no end and enveloped the farms and villages like a black wall. Wolves were no longer afraid of people; they fed on frozen corpses.
The gutters of the roads were overflowing with them.
Maybe that’s why so many wolves died of rage. Or maybe it wasn’t because of that; they also fed on stray dogs.

What times are these, my God, every night there is shooting somewhere. They say they take people, show up at night and take them away, and the bloody Russians in our own house … Any spark, any nonsense and we’ll end up in Siberia. We can’t go on like this, we can’t; we have to be careful, we have to think of ourselves instead of dealing with little orphans. These children are now everywhere, Germans and Russians and even ours; you will not think to take care of everyone. Now we have to think about ourselves, about ourselves.

Renate wandered aimlessly through the streets of that unknown city. She didn’t know where to go. Rumors of happy voices could be heard through the windows of the houses, people were celebrating that miraculous Sunday. They did not seem concerned about the shortages in those postwar times or the new occupation, of which Renate understood nothing. The sun grew redder and redder, its rays warmed less and less; The afternoon advanced by leaps and bounds and a cold wind brought back memories of winter.
Renate found a house in ruins. Most of the roof was missing, but the girl huddled on some boards in the far corner from the entrance.
Night fell on the city, dark and cold.
Renate was scared. Somewhere not far away a dog barked; then there were screams. Renate shrugged, she was cold, she was shivering, but there it was better than on the street; at least the wind wasn’t blowing.
The woman saw Renate and it was as if the world slowed to a near stop. The girl understood that she might not have enough time, she had to say something. She handed her red egg to the woman and she approached …

* Jonas Marcinkevičius asked me to shoot together a documentary about German children trying to save their lives in Lithuania at the end of the Second World War. For the first time I heard the German word Wolfskinder, wolf children. It is not surprising that I did not know anything about the sufferings of these children, for not even the Germans themselves know much about it.
The businessman Ričardas Savickas had contacted him. His own mother had been a wolf child, and now the son wanted the issue to be kept alive, that the misfortunes these people had suffered would not be forgotten. He told her about the life of his mother, Renata Markewitz-Savickienė, and not a few fragments and details of that story have been reflected in my novel.

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